domingo, 23 de agosto de 2009

EL RUEGO DE LAS NUTRIAS

(Cuento premiado en el: I Encuentro Internacional de Escritores- (San Juan): Entretejiendo el Hacer de las palabras)

Cuenta una vieja leyenda, que hace mucho, mucho tiempo, cuando todavía los animales y los hombres hablaban la misma lengua, unas nutrias llegaron a un gran poblado y casi desde que llegaron, los desastres empezaron.

Ellas sin preocuparse por los efectos de sus acciones, comenzaron a construir sus largos y complejos túneles y sus diques.

Los habitantes del poblado que nada sabían de la llegada de las nutrias, ni de lo que hacían bajo tierra, veían desconcertados que sus casas de un día para otro se tambaleaban. Los postes que las sostenían primero se hundían y luego caían arrastrando todo con ellos.

¡Y eso no era todo!, el río cada vez trasportaba menos agua y hasta las plantas y los brotes tiernos morían sin causa aparente, o bien desaparecían de repente como si las entrañas de la tierra las tiraran hacia abajo. Cosa que en realidad no hacían las entrañas de la tierra sino las nutrias, pero ellos no lo sabían.

Cansados de estos problemas los habitantes decidieron investigar la causa y así fue como descubrieron a las nutrias.

Cuando se encontraron con ellas, como los habitantes eran muy amables y educados, les pidieron reunirse para tratar de llegar a un acuerdo. Las nutrias de mala gana accedieron.

Por tanto humanos y nutrias finalmente se reunieron un atardecer, en la hora justa en que nacía la luna y se marchaba el sol.

—Estimadas nutrias — comenzó diciendo el jefe del poblado que era un bondadoso anciano — Entendemos que ustedes tienen el mismo derecho que nosotros a vivir en este sitio.

— ¡Así es! ¡Así es! — interrumpieron las nutrias a coro, mirando altaneras a los habitantes.

—El inconveniente que nos ha reunido— continuó el anciano con la misma tranquilidad —es que vuestros hábitos y los nuestros son diferentes...

— ¡Por supuesto! ¡Por supuesto!— volvieron a interrumpir las nutrias burlonas.

—Estas diferencias no son menores pues nos están causando serios problemas. —Continuó el anciano — No pretendemos que cambien sus hábitos, ni nos molestan las diferencias...

— ¡Muy bien! ¡Muy bien!— corearon las nutrias girando para marcharse.

— ¡Esperen!— llamó el anciano — No he terminado — Se apresuró a agregar. — Nuestras casas se caen, nuestros sembrados se pierden y nos falta el agua, todo a causa de ustedes, por eso pensamos que podríamos dividir el espacio y llegar a un acuerdo de buena convivencia, para que todos podamos vivir contentos.

— ¿Dividir? No, no, eso no. — Dijo con brusquedad la jefa de las nutrias — Si no les gusta este sitio o no les resulta propicio, pueden mudarse. ¡Nosotras ya estamos contentas! No necesitamos ningún acuerdo. —añadió muy seria.

—Por favor, estimadas vecinas —suplicaron los habitantes del maltrecho poblado —Son muy egoístas al pensar sólo en sus necesidades. No les pedimos que se marchen, queremos vivir todos felices. Escuchen nuestras súplicas — pidieron dolidos los pobladores.

Ignorando ruegos y súplicas las nutrias orgullosas regresaron a sus casas.

Desesperados al ver frustrados sus intentos los habitantes se vieron obligados a mudarse, por lo que días más tarde se marcharon con todas sus cosas en busca de nuevas tierras. Al verlos partir las nutrias contentas al quedarse con tan fértil tierra, salieron a despedirlos.

— ¡Quizás un día vayamos a visitarlos!— les gritó una joven nutria, indiferente a la tristeza de los despojados.

Se oyó entonces un estruendo de furia en el cielo y ante las aterradas nutrias apareció la Señora de las Bestias.

—Querida Señora. ¿Habéis venido a visitarnos? — preguntó atemorizada una nutria vieja que a diferencia de las otras sabía que la diosa nunca se mostraba sin un importante motivo.

— ¡He venido porque me habéis avergonzado! Ninguna de mis criaturas se ha comportado jamás con tanto egoísmo como lo han hecho ustedes. Y es a causa de vuestra mezquina conducta que desde ahora y hasta que yo lo juzgue merecido, cuando alguien intente darles caza y las acorrale, como ustedes han acorralado a vuestros hermanos humanos, suplicarán como ellos han suplicado, sin obtener nada a cambio.

— ¿Perdonaréis a otros lo que a nosotras no nos perdonas?

— ¡No! A nadie perdono la injusticia. Aquellos que les den caza sufrirán la persecución de la adversidad igual que ustedes.

Dicho esto la Diosa regresó por el camino de plata a su hogar en la luna.

— ¡Oh, Señora! Perdona nuestra arrogancia— gimieron las nutrias desesperadas al verla partir.

Pero la diosa ni siquiera giró a mirarlas.

Cuentan que hasta hoy la Diosa no las ha perdonado y por eso las nutrias continúan uniendo en un gesto de súplica sus manitas, cada vez que alguien está por darles caza.

FIN