viernes, 2 de octubre de 2009

Cuentos de boca a oreja.

La Leyenda de ANAHÍ
Sobre el misterioso del ceibo existen muchas leyendas entre las cuales la más bella es la que cuenta sobre Anahí…

ANAHÍ Y EL ORIGEN DEL CEIBO

En el tiempo en que los grandes cambios no habían sucedido y los indios guaraníes eran los únicos amos y señores de las tierras que bañaba el gran río Paraná y sus muchas ramas, en una tava[1], una ciudad fortaleza entre las muchas que existían, que se encontraba justo, justo, a orillas del Paraná Guazú vivía una indiecita muy especial llamada Anahí.

Anahí habitaba junto a su familia en una de las seis ogas[2] , que eran las casas comunales en la que cada familia tenía su propio tapiy [3] o habitación familiar, pues la tava era el conjunto de ogas rodeados de una empalizada hecha con troncos de palmera o caranda-í, como la llamaban los indios, que les servían para protegerse de cualquier ataque de tribus enemigas y también de invasiones repentinas de algún hambriento yaguareté o de los atolondrados pecaríes que son grandes cerdos salvajes.

Anahí no era especial por ser la hija del mburubichá, o Ruvichá [4], el cacique de la tribu, tampoco por ser la más hermosa de todas las mujeres, ni la más alta ni la más baja, más bien era fea, bastante fea y menuda. Anahí no era especial por su apariencia ni por su rango, ni por su destreza, lo era por el mágico “Don” de su dulce voz. Cuando cantaba su rostro se iluminaba y todos la veían como la más bella de las indias. Tan pero tan maravillosa era su voz, que hasta los pájaros de la selva callaban para escucharla.

Anahí era alegre y bondadosa como todos los miembros de su tribu. Amaba profundamente su tierra selvática y las aguas oscuras del río barroso que día a día les proveía de alimento y agua fresca. Conocía todos los rincones de la espesura, todos los pájaros que la poblaban, todos los animales, desde los grandes monos a los pequeños insectos como la cava-pitá, la maliciosa avispa colorada de la que todos huían apenas verla acercarse. Conocía todas las flores, todos los árboles, todos los sonidos y los disfrutaba con todo su ser, por que para ella la música nacida de la tierra, de los árboles, de las alturas, eran la vida misma.

Labrando la tierra, sembrando el maíz, las batatas, la mandioca, recolectando cazabí, mandibíes o piñas, cazando venados, dantas, perdices, o criando cerdos, gallinas y patos, cantaba con una voz dulcísima alegrando los corazones de todos, los que al oírla juraban que era la favorita de los dioses y que en su voz, ellos les hablaban.

Por las tardes, cuando la faena concluía, Anahí corría por entre los árboles de su selva amada dejando que de su garganta nacieran las dulces melodías que subían al cielo junto al rumor del río que iba a perderse en las islas hasta desembocar en el ancho estuario. La alegría parecía vivir en su corazón y contagiarse a todo lo que la rodeaba. Porque Anahí realmente se sentía agradecida y feliz con su vida de libertad, grandes espacios, y buenos amigos.

Disfrutaba cada momento del día, reía mojando sus pies en el agua mientras miraba el movimiento de los pirayús, los hermosos dorados que brillaban como Cuarajhi, el sol. Bailoteaba mientras recogía la eíra, la dulce miel oculta en los troncos de los árboles, ¡todo para ella era música y felicidad!

Sus amigos la llamaban Yerutí Anahí, que significa “feliz Anahí” y nadie imaginaba el terrible destino que le aguardaba.

Quizás nunca se hubiese sabido de ella de no ser por el día fatídico en que regresando de una tava lejana dónde había ido de visita, caminando a orillas del río persiguiendo con la vista la belleza con que se deslizaba un surubí, vio a lo lejos, casi, casi, dónde nacía el horizonte, surgir unas extrañas naves que se acercaban a toda prisa. Sorprendida se ocultó entre los aguaribay, los tupidos molles, y los yuchán, los retorcidos palos borrachos, para poder espiar a los desconocidos. Así fue como los vio alcanzar la costa, detenerse y escupir unos seres monstruosos de pecho de plata y cabeza dorada, que con terrible estruendo alteraban la vida ruidosa de la selva.

A Anahí no les gustó nada la música de esos seres. Le lastimaba los oídos, le hacía rechinar los dientes y le picaba en la piel. Sin saber qué hacer corrió de regreso a su aldea contando a todo aquel que se cruzaba en su camino, la preocupante novedad.

Pronto el Ruvichá llamó al consejo al mismo tiempo que los curumí, los niños más veloces, corrían a llevar el mensaje a las tavas cercanas.

Ese día nada era igual. En el aire mismo se sentía la tensión que la irrupción de los hombres blancos extranjeros había provocado. Algunos pensaban que nada malo sucedería, la tierra era grande y había lugar para todos, pero otros temían la desgracia e instaban a tomar las armas.

Dos días más tarde, a la caída del sol, se reunió en el ocará, la plaza central, el amandayé, el gran consejo de tribus, para decidir que hacer.

Largas fueron las conversaciones y muchos los desacuerdos. A los guaraníes, si bien eran bravos guerreros, no les gustaba pelear. Preferían la paz de sus kojué, sus cuidadas chacras, la pesca y la caza, o la recolección de frutos que estaba ya pronta a comenzar. Pero tampoco les gustaba perder su libertad, ni ver su amada tierra lastimada por nadie.

Luego de muchas idas y vueltas el consejo acordó que sólo pelearía si los extraños intentaban invadir sus tierras.

Durante casi una luna completa, los forasteros no se acercaron, ni dieron señales de buscar pelea.

Tal como había acordado el consejo, un grupo de Tuyás, los sabios ancianos, se acercaron al campamento de los extranjeros llevando alimentos y mantos queriendo pactar un acuerdo de buena convivencia. Los forasteros aceptaron gustosos los regalos y nada contaron de sus intenciones.

Satisfechos los nativos, poco a poco regresaron a su vida cotidiana y la recolección de piñones con que fabricarían la harina, comenzó.

Pero un día resonó en la selva un rumor más violento que el del río, más poderoso que el de las cataratas que allá hacia el norte estremecían el aire. Retumbó en la espesura el ruido de las armas y los extraños de piel blanca con rostros feroces y gritos escalofriantes como aullidos de Áña, el demonio, se internaron en la selva destrozando todo a su paso.

Antes que los indios pudiesen reaccionar les cayeron encima matando sin distinción a hombres, mujeres, ancianos y niños. La tribu de Anahí sorprendida se defendió como pudo contra los invasores.

Paralizada, Anahí vio caer a sus seres queridos y espantada ante los que sus ojos veían se arrojó con bravura a la batalla. Del dolor sacó fuerzas para seguir luchando, para tratar de impedir que aquellos extranjeros se adueñaran de su selva, de sus pájaros, de su río, de su gente... Nadie hubiera sospechado tanta fiereza en su cuerpecito moreno, tan pequeño.

La mano firme de Ñaró, un valiente guerrero, la rescató del peligro y pronto se encontró Anahí corriendo por la selva en busca de refugio. Por mucho que les doliese la batalla estaba perdida, y sus vidas habían cambiado para siempre.

Durante algunas lunas los sobrevivientes vivieron ocultándose en la frondosidad impenetrable de la selva, saliendo de noche y escondiéndose de día, mientras los invasores talaban sin ton ni son los majestuosos árboles y el canto de Anahí abrumado por la pena era tan sólo un suave quejido.

La desgracia seguía acechando y un mal día, en el momento en que Anahí se disponía a volver a su refugio, fue apresada por dos soldados enemigos. Inútiles fueron sus esfuerzos por librarse, aunque era ágil ellos la doblaban en fuerza y tamaño.

La llevaron a la rastra hasta el campamento y la ataron a un poste, para impedir que huyera, mientras se burlaban de ella y su fealdad.

Allí quedó expuesta a las burlas, y a los rayos del sol, que le quemaban menos que la tristeza que sentía al ver su mundo hecho pedazos.

Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, sintiendo como del dolor surgía en su interior una feroz determinación, no se entregaría tan fácilmente, no sería una cautiva más doblegándose ante los forasteros. Un día escaparía.

Una noche sin luna, cuando la oscuridad cubría todos los rincones y los extraños se durmieron vencidos por el cansancio y la borrachera, la pequeña Anahí, con maña natural, rompió sus ligaduras y a punto estaba de escapar cuando el centinela encargado de vigilarla despertó, sin pensarlo Anahí le enterró su afilado cuchillo en el pecho y vio como la vida se le escapaba en un grito que estremecía la tierra. Rápida corrió y corrió internándose en la espesura.

No pudo llegar muy lejos. Sus enemigos alertados por el grito y furiosos por la muerte de su compañero, la persiguieron en una brutal cacería y la pequeña Anahí volvió a caer en sus manos.

La juzgaron con severidad. Anahí, culpable de haber matado a un soldado, sufriría la peor de las muertes, moriría quemada en la hoguera.

Esa misma tarde la indiecita fue atada a un árbol de anchas hojas y a sus pies apilaron leña y más leña. Cuando prendieron el fuego este parecía no querer alargar sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra, sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado. Luego, poco a poco, como a regañadientes, las llamas comenzaron a crecer, lentamente al principio, titubeantes, y luego, como si hubiesen tomado una decisión, con inusitada rapidez alcanzaron increíbles alturas ante el asombro de los que contemplaban la escena.

Fue entonces cuando Anahí comenzó a cantar.

Era como una invocación a su selva, a su tierra, a la que entregaba su corazón antes de morir. Su voz dulcísima estremeció a la noche a tal punto que hasta el río detuvo su eterno murmullo. En el más dolido de los silencios sólo se oía la voz de Anahí. Cuarajhí, el sol, atraído seguramente por la melodía, nació antes de tiempo y apenas estiró sus rayos se apagaron las llamas que envolvían a Anahí.

Mudos y paralizados miraron los rudos soldados que la habían sentenciado la sorprendente escena que les salía al encuentro. El cuerpo moreno de la indiecita se había transformado en un manojo de flores, rojas como las llamas que la envolvieron, hermosas como no había sido nunca la pequeña, maravillosas como su corazón apasionadamente enamorado de su tierra, adornando el árbol que por protegerla había resistido al fuego y la había sostenido.

Los indios llamaron Zuiñandí al árbol nacido del sacrificio, nosotros lo llamamos Ceibo. Y desde entonces la flor del ceibo con su forma de ave a punto de levantar vuelo, habla de las almas puras y altivas de una raza que ya no existe.

Hasta el día de hoy para muchos, esta historia es real y tanto se aprecia a la indiecita que incluso se le han dedicado cantos, como la hermosa canción que lleva su nombre…

ANAHÍ

Anahí...

las arpas dolientes hoy lloran arpegios que son para ti

recuerdan acaso tu inmensa bravura reina guaraní.

Anahí,

indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.

Anahí, Anahí,

tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí.

Defendiendo altiva tu indómita tribu fuiste prisionera.

Condenada a muerte, ya estaba tu cuerpo envuelto en la hoguera

y en tanto las llamas lo estaban quemando

en roja corola se fue transformando...

La noche piadosa cubrió tu dolor y el alba asombrada

miro tu martirio hecho ceibo en flor.

Anahí,

las arpas, dolientes hoy lloran arpegios que son para ti

recuerdan a caso tu inmensa bravura reina guaraní,

Anahí,

indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.

Anahí, Anahí,

tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí.

y SI QUIERES…

Escúchala cantada por el maravilloso TRÍO LOS PANCHOS







[1] Tava: Ciudad Fortaleza típica de este pueblo aborigen

[2] Ogas: Casa comunal.

[3] Tapiy: Habitación familiar.

[4] mburubichá, o Ruvichá: cacique o jefe de la tribu.


Curiosidades y comentarios:

El Ceibo, Flor Nacional de la República Argentina.

El Ceibo, también denominado seibo, seíbo, o bucare, es la flor nacional de la República Argentina, desde el decreto emitido el 2 de diciembre de 1942. Su color rojo escarlata es el símbolo de la fecundidad del país. Su nombre científico es Erythrina Cristagalli.

Este árbol originario de América, de la zona subtropical, no muy alto, de tronco retorcido, pertenece a la familia de las leguminosas, por lo que las semillas se guardan en vainas encorvadas. Sus flores son rojas, de un rojo carmín y sus ramas poseen una especie de aguijones. Crece en las riberas del Paraná y del Río de La Plata, pero se lo puede hallar en zonas cercanas a ríos, lagos y zonas pantanosas a lo largo del país.

La madera de ceibo es muy liviana y porosa, y se la utiliza para la construcción de balsas, colmenas, juguetes de aeromodelismo.

Adaptación: Ana Cuevas Unamuno

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