jueves, 1 de octubre de 2009

EL ANILLO ESTELAR, EL ANILLO LUNAR y EL ANILLO SOLAR

 

Erase una vez un rey que tenía un único hijo y como este estaba ya en edad de casarse, quería encontrarle la mejor esposa. Fue así como envió una carta a un rey de un país vecino del que se decía que tenía la hija más hermosa. En la carta que remitía adjuntaba un anillo de oro como regalo de prometidos. Cuando el padre de la muchacha recibió la carta y la leyó, le dijo al emisario que esperase a que consultara a su hija pues sin su opinión no podía responder.

Fue a ver a su hija y le comunico la noticia mostrándole el hermoso anillo

La hija tomó al anillo y casi sin mirarlo lo devolvió a su padre

—¿Es esto una negativa?», preguntó confundido el rey.

—Quizás si, quizás no. Con anillo de oro toda princesa se casa, más yo quiero completa mi alianza. Dile que solo accederé a ser esposa de quien me ofrende el Anillo estelar, el Anillo lunar y el Anillo solar.—

El rey desconcertado intentó convencer a su hija de las ventajas de este matrimonio, pero ella se mantuvo firme. Apesadumbrado el rey comunicó estas palabras al emisario y añadió:

—Saluda a tu rey en mi nombre, y dile que agradezco muy sinceramente su interés por mi hija. Ruégale que no se disguste por las palabras de esta testaruda hija mía —

El emisario regresó a su reino e informó exactamente a su rey, palabra por palabra. Éste se sorprendió mucho ante esta respuesta y así se lo comunicó a su hijo. El príncipe desilusionado se encerró en su cuarto negándose a salir.

El rey muy preocupado intentó convencerle que no era esa la princesa adecuada.

—Te equivocas padre, si antes la deseaba ahora que he sabido sus palabras la deseo aún más pues sé que solo a ella podré amar—

Cuando escuchó estás palabras el rey ya no insistió. Reflexionó seriamente en busca de una solución para adquirir los tres anillos. Fue su esposa quien le aconsejó divulgar la noticia por todo el mundo prometiendo que aquel que consiguiese estos tres anillos y se los trajera, recibiría como recompensa vastas tierras, importantes títulos e innumerables tesoros.

Pero todo fue en vano.

La tristeza embargaba cada vez más al hijo del rey, y su salud comenzó a debilitarse. Un día, mientras paseaba por las montañas, encontró a una anciana sentada al borde del camino.

—¡Que Dios os guarde por mucho tiempo buena señora! – saludó el príncipe.

—¡Que Dios os guarde a ti príncipe triste, príncipe feliz. El más feliz! — respondió la anciana.

Al escuchar aquellas palabras, el príncipe desconcertado preguntó a la anciana qué significaban sus palabras.

—Lo que es hoy puede no ser mañana, como lo que fue ayer no es hoy – repuso la anciana.

Estaba el príncipe a punto de replicar cuando la voz de la anciana le detuvo

Quiso el príncipe explicarle la causa de su pesar, pero la anciana no lo dejó hablar, sino que exclamó

— ¡Calla!.¡Calla!. ¡Bien sé lo que te ocurre!.—

El príncipe cada vez más aturdido no atinó a moverse ni a responder, la anciana continuó

—Ven, toma esta hierba de mi pecho y ponla sobre tu pecho, luego suéltame los cabellos

deja que una mitad caiga sobre la frente, la otra mitad por la espalda—.

El príncipe obedeció, cogió la hierba de su pecho y la colocó en el suyo. Luego le soltó los cabellos, que, curiosamente, cubrían todo el valle.

Justo en ese momento anochecía, ambos quedaron un tiempo en silencio mirando ponerse al sol. Tan pronto anocheció, la anciana le dijo:

— Cuando divises la primera estrella, coge la hierba de tu pecho y pronuncia las siguientes palabras: "¡Entrégame, Dios mío, el Anillo Estelar!".

El príncipe obedeció sin titubear y cuando divisó la primera estrella, pronunció aquellas palabras e inmediatamente para su total sorpresa, resplandeció frente a él un anillo, y en el interior del anillo había una estrella.

La voz de la anciana le arrancó del estupor:

—Presta atención. Cuando la Luna aparezca detrás de las montañas. Coge otra vez la hierba de tu pecho y pronuncia las palabras: "¡Dios mío!, entrégame el Anillo Lunar!".

Nuevamente el príncipe obedeció y pronunció estas palabras tan pronto apareció la Luna. Delante suyo apareció inmediatamente un anillo, y en el interior del anillo estaba la Luna.

Cuando empezó a amanecer, aunque el Sol no había aparecido todavía, la anciana le dijo:

—¡Vigila bien la salida del Sol! Tan pronto aparezca, mira a través de mis cabellos y exclama tres veces seguidas: "¡Dios mío. Transforma estos cabellos en el Anillo Solar!".

A la salida del Sol, el sorprendido príncipe procedió tal como le había dicho la anciana. Apenas había pronunciado tres veces aquellas palabras, los cabellos de la anciana se transformaron en un anillo, tan radiante como el mismo Sol.

De esta forma, el príncipe real había conseguido los tres anillos. Entonces preguntó a la anciana:

— ¿Qué te debo, madrecita por tan grandes favores que me has hecho?—.

—Mis favores no tiene precio. Solo te ruego que mientras vivas reces por mi alma y cuides estos anillos. Ellos han de ser uno contigo y uno con ella—.

El príncipe le expresó otra vez su agradecimiento por haber conseguido los tres anillos, besó su mano, le prometió que rezaría por su alma y se despidió. Al llegar al palacio le contó a sus padres lo que había sucedido.

Sin demoras el rey envió un mensajero portando los tres anillos. La boda se celebró poco tiempo después y dicen que los novios fueron por siempre felices.

©Ana Cuevas Unamuno

Adaptación de un cuento anónimo de Serbia