martes, 20 de octubre de 2009

LA TÍA TERESA

El amor da para tantas vivencias, encuentros y desencuentros, miedos, dudas, ganas, situaciones misteriosas e insólitas como esta…

A veces para aprender hace falta un terremoto, decían mis tías, cada vez que yo me empecinaba en algo jurando y perjurando que era imposible, y de reojo miraban a la tía Teresa que se ponía toda colorada y resoplaba con una mezcla de burlona ofensa. Entonces yo hacía una mueca y me retractaba.

Teresa había sido siempre distinta. Nunca había hecho travesuras, ni le había contestado a su padre, Jamás se quejaba, ni participaba en los juegos, tampoco reía.

A decir de las tías, era muy pero muy limpia y pudorosa. A ella no le gustaba que nada la sorprendiese sin estar preparada, por eso, por ejemplo, siempre tenía bizcochos frescos en la lata, un licorcito por las dudas y la casa como recién estrenada. Tampoco le gustaban las malas palabras, los exabruptos, las exageraciones, las carcajadas fuertes, los dobladillos descosidos, andar despeinada, tener las manos sucias, ni hablar de intimidades.

Ya desde pequeña, quizás por haber tenido que hacer de madre para sus hermanas cuando aún ella misma necesitaba madre, había sido reconcentrada, hacendosa y regañona. Hermanas y primas apostaban si tendría o no un novio. ¡Imposible!, decían algunas. Lo hará y se casará con él porque es lo que corresponde decían las otras, y todas entre murmullos reían sin malicia cuando ella no estaba.

Un día sucedió: Teresa se puso de novia.

Con el novio se casó y tuvo hijos. Fue el único cambio, pues siguió fregando y teniendo siempre todo preparado por las dudas. Su eficacia previsora la dejaba sin tiempo para que la vida la sorprendiese. Y tanta era su manía por erradicar cuanta pelusa existiese en el mundo, como si a fuerza de fregar, lustrar y pulir pudiese despojar a la realidad de sus miserias, y a su alma de sus penas y ausencias, que no tuvo oportunidad de enterarse de la infidelidad del marido, ni de su hartazgo, ni de lo mucho que habían crecido sus niñas, que ahora ya eran mujeres y tenían sus propios novios y sueños.

¿Habrá algo que la saque de sí misma? ¿Algo que la obligue a reaccionar? Se preguntaban preocupadas sus hermanas, sacudiendo descreídas las cabezas.

Una noche dormía profundamente cuando su marido, que vaya a saber porqué, había decidido dormir en la cama conyugal, la despertó con bruscas sacudidas: Levántate… rápido… terremoto, dijo y salió corriendo. Teresa se levantó medio aturdida, fue al baño apresurada por lavarse y cambiarse la bombacha, le costó llegar al bidé a causa de los sacudones pero lo logró, y en eso estaba cuando se apagó la luz, obligándola a seguir a tientas.

A pocos pasos una luz poderosa la encandiló gritando: ¡Pero qué hace señora! ¿Está loca?, y una mano fuerte y decidida, como nunca había conocido, la sujetó y de un tirón la sacó a la calle al mismo tiempo que la casa se derrumbaba con un estrépito infernal. El terremoto satisfecho se detuvo.

Todos suspiraron aliviados y al mismo tiempo espantados. Mi tía se miró descubriendo horrorizada que estaba en camisón, el dueño de la mano la miró con gusto y sin horror.

Mi esposo, balbuceó Teresa sin saber que decir. ¿Uno bajito, algo panzón, de bigotes anchos? Mi tía asintió. Se fue, contestó el hombre, quizás lo espantó el susto o quizás lo aprovechó, añadió con un gesto que era mezcla de compasión y sorna. Teresa lo miró fijo, luego miró los restos de su casa largamente. Todo es polvo, dijo. Nosotros también lo seremos, comentó el hombre. Se miraron. Una carcajada añeja que aguardaba desde hacía cincuenta años su oportunidad, estalló como compitiendo con los rugidos de las sirenas, los sollozos de la gente, el tosco sonido de paredes que aún continuaban su desintegración. Y Teresa siguió riendo mientras pateaba el polvo como una chiquilla y lo tiraba al aire dejando que cayera sobre ella bendiciéndola. El hombre la besó con la dulzura de los sorprendidos y se siguieron besando con la pasión de los desesperados, de los hambrientos, de los renacidos.

©Ana Cuevas Unamuno