martes, 13 de octubre de 2009

Parejas… ¿Parejas o desparejas?….

Ya hablé algo sobre el amor, pero algo siempre es poco, el amor permite llenar infinidad de páginas, tantas como lo permite el desamor...
Esta vez pensaba en el tema de elegir pareja. Elegir, claro, cuando es posible, pues últimamente pareciera que los vínculos resultan más y más difíciles. Imaginando entonces que es posible, las dudas comunes suelen ser ¿Durará esta relación? ¿Funcionará? ¿Es esta la persona indicada? ¿Cómo saber si estoy haciendo lo correcto?.....
Ninguna de estas preguntas tienen respuesta posible más que la que nos da el tiempo mismo. Sin embargo es un hecho que muchas parejas que comienzan con gran entusiasmo pronto parecen apagarse y dónde hubo entusiasmo sólo quedan quejas. Creo que uno de los motivos es que esperamos demasiado del "otro" o de la "otra". Queremos que sea nuestra pareja, nuestro compañero o compañera, nuestra o nuestro amante, nuestra o nuestro amigo, nuestra o nuestro sostén, padre, madre, hermano, consejero, cocinero, electricista......y más y más.
Fue pensando en eso que se me ocurrió traerles hoy un cuento que habla de una muchacha que intuitivamente supo que una sola persona no lo puede todo...

 

mujer dana11

 

LA NIÑA DE LOS TRES MARIDOS

Erase una vez un padre como tantos padres, que tenía una hija tan hermosa, como voluntariosa y terca. Terca en realidad la consideraba su padre, pues la muchacha no era ni más ni menos que una mujer que confiaba en sí misma y sabía tomar sus decisiones.

Creció la niña y cuando tuvo edad de casarse, se vio enfrentada al dilema de elegir marido. Según cuentan un día de tantos se presentaron tres jóvenes, a cual más apuesto, a pedirle al padre la mano de la niña.

El padre, luego de observarlos y hacerles las preguntas pertinentes, contestó que los tres tenían su beneplácito, por lo tanto y porque era buen padre, preguntaría a su hija a cuál de ellos prefería.

Así lo hizo, y para su sorpresa, la niña sin titubear le contestó que a los tres.

—Pero, hija, eso no puede ser.

—Tú me has dado a elegir y he elegido a los tres —contestó la niña.

—Un poco de sensatez. Hija. No es momento para juegos —volvió a decir el padre—. Dime de una vez ¿a cuál de ellos doy el sí?

—A los tres —volvió a contestar la niña, y no hubo quien la sacase de ahí.

El pobre padre desconcertado y cabizbajo volvió donde los jóvenes y luego de meditar les confesó que su hija los quería a los tres; pero como eso no era posible, él había determinado que se fuesen por esos mundos de Dios a buscar y traerle una cosa única en su especie. Aquel que trajese la mejor y más rara sería quien se casase con su hija.

De inmediato los jóvenes se pusieron en camino, cada cual por su lado, y al cabo de mucho tiempo por pura casualidad, volvieron a reunirse allende los mares, en lejanas tierras, sin que ninguno hubiese hallado cosa hermosa y única en su especie. Desfallecientes y casi sin esperanzas, decidieron recorrer el pueblo en que se hallaban y reencontrarse al día siguiente.

Marcho uno a visitar la feria del poblado y paseando estaba cuando se cruzó en su camino un viejecito intentando venderle un espejito.

El joven lo rechazó con amabilidad, pues de poco podía servirle un simple y feo espejo cuando lo que él necesitaba era algo único. Sonrió el viejo y le dijo que ese no era cualquier espejo pues poseía la virtud de mostrar en él las personas que su dueño deseaba ver. El joven desconfiado deseo ver el rostro de su padre y para su sorpresa al instante el espejo le mostró a su anciano padre labrando la tierra. Sin poder creerlo pagó al viejo lo que le pedía y guardó con alegría el espejo.

Mientras tanto el segundo joven paseaba por las calles buscando una taberna. Estaba por beber el primer trago de cerveza cuando un viejecito se le acercó pidiéndole que le comprara comprar un potecito con bálsamo.

— Con gusto lo compararía si fuese de utilidad, pero ¿para qué podría servirme este bálsamo cuando lo que necesito es algo único y original? —preguntó al viejecito.

—Entonces has de comprarlo pues este bálsamo tiene una gran virtud: resucita a los muertos.

El joven soltó una carcajada que se le quedó atragantada, pues justo en ese momento pasaba un cortejo y vio como el viejo echaba una gota de bálsamo en la boca al difunto, y este se levantaba de un salto tan bueno y dispuesto que cargó con su ataúd y se fue a su casa. Al instante el joven pagó al viejo lo que le pidió y se hizo con el pote de bálsamo.

Nos queda ahora saber que sucedió con el tercer pretendiente. Este joven optó por ir hacia el mar. Extrañaba su tierra, su barca y el olor del salitre. Concentrado en su problema jugueteaba con la arena cuando vio llegar navegando a buen ritmo sobre las olas una barca muy grande. Llegada a la playa la barca se abrió, y ante los ojos estupefactos del joven de su interior salieron infinidad de pasajeros a cual más contento.

— ¿Quiere usted comprar mi barca? — le dijo un viejecito

— Bien quisiera una barca nueva, más esta de poco sirve y menos que menos hoy.

—Quizás no tenga la mejor apariencia, más esta barca no es cualquiera pues sólo ella es capaz de transportar en pocas horas a su dueño y a los que con él se embarcan, allí donde les apetezca ir.

Río el joven creyéndose burlado pero el viejo lo instó a preguntarle a los pasajeros de dónde venían y cuánto habían viajado.

Nada más saber el joven que en apenas unos minutos los pasajeros habían recorrido la distancia de España a Francia, pagó al viejo lo que le pidió y compró la barca.

Como habían convenido, al día siguiente se reunieron los tres, y cada cual contó muy satisfecho que ya había hallado lo que deseaba, y que iba, pues, de regreso en busca de la muchacha.

Dijo el primero: —He comprado un espejo mágico en el que se refleja, con sólo desearlo, a la persona en que se piense. Al mismo tiempo los tres jóvenes desearon ver a la niña. ¡Cuál sería su asombro cuando la vieron tendida en un ataúd y muerta!

Dijo angustiado el segundo: — ¡Qué desgracia! Yo he comprado un bálsamo mágico que resucita a los muertos, más de nada servirá pues debe aplicarse en las primeras horas y nos llevará días estar de regreso. ¡Nada podremos hacer!

Casi sin poder creer lo que sucedía, dijo el tercero: ¡Podremos! Pues yo he comprado una barca mágica que en apenas horas nos llevará a casa de la muchacha.

Sin decir más corrieron a embarcar y dos horas más tarde saltaban a tierra y corrían a la casa de la joven.

El padre desconsolado les pidió que se retiraran pues no era m omento de visitas, pero los jóvenes pidieron ver a la difunta. Cuando estuvieron en el cuarto en que se encontraba el ataúd, se acercó el que tenía el bálsamo, echó unas gotas sobre los labios de la joven y de inmediato esta abrió los ojos y sonrió. Los jóvenes le ayudaron a bajar del ataúd mientras su padre atónito no encontraba que decir.

La joven se acercó a su padre, le abrazó y le dijo: —Ya ve padre que no estaba equivocada. ¡Los necesitaba a los tres!

 

© Adaptación. Ana cuevas Unamuno