miércoles, 4 de noviembre de 2009

LAS PROPIAS FRONTERAS

cerradura iglesia

—Lo que vale es la tierra, señora

—La tierra... — Miro al desconocido que con brutal desparpajo desdeña casi cien años de historia. ¡De mí historia! — Entiendo— concedo resignada, al fin y al cabo de la vida nuestra ¿no queda tan solo polvo al final?

Polvo es hoy la riqueza deslumbrante de Sumeria, polvo y restos el Partenón, el Circo Romano, los templos de Apolo y Afrodita. Polvo los recintos sagrados de la Diosa y la danza de los druidas en los bosques. Hasta los bosques mismos no son más que tocones olvidados a fuerza de cemento y bocinazos. ¿Por qué no entonces la casa de mi infancia? El magnífico “Maison d´Or”, que de francés tenía tan solo el nombre, la madama y la miseria de sus emplumadas danzarinas, y sin embargo, le dio a mi niñez un aire privilegiado de misterio y arrogancia que me ha acompañado hasta hoy.

¡Oh, sí! Crecí hablando francés en un pueblo sin escuelas, y bailando antes de saber sujetar correctamente un tenedor. Aprendí a tocar el piano y conocía a Bach y a Strauss cuando ni siquiera llegaba a los pedales, y en el otro mundo, el mundo de afuera, resonaban chacareras y malambos. ¡Qué importaban el hambre y las burlas, cuando mi universo privado estaba lleno de colores, risas, y aventuras!

La miro por última vez y compruebo que el esplendor que le adjudica mi memoria infantil en nada coincide con su burdo, casi grotesco, aspecto real. El magnífico palacio imaginado, hoy es un montón de ladrillos cascados, puertas desvencijadas, techos hundidos. Ayer, eran los mismos ladrillos pero blanqueados, las puertas firmes ornamentadas con lamparitas de colores y los techos erguidos como mudos testigos de los secretos de alcobas; mañana serán simples cascotes que partirán lejos llevándose hasta el último rastro de su existencia y en su sitio crecerá otro edificio moderno, idéntico a tantos, aséptico y olvidable.

La tierra vale. La tierra que oculta los secretos de mi historia, mi única herencia, pienso mientras firmo la venta.

¡Ya está, todo ha terminado!

El hombre indiferente sonríe satisfecho y quizás algo socarrón ante mi aspecto estrafalario de vieja nostálgica. Seguro le han contado en este pueblo de chismosos que soy la hija de la Francesa, la loca que tuvo el despropósito de enamorarse de un aventurero que terminó dejándola sola y preñada en un pueblo de mala muerte a miles de kilómetros de su tierra natal. La loca, que en vez de irse decidió quedarse y plantar burdel en tierra de solitarios, ganando fama por su indomable temperamento y su inusitada resistencia a la desgracia. Así, sí, así era mi madre.

—Venga—le invito.

Es un hombre joven e ignorante que cree haber aprendido todo y por eso se atreve a desdeñar la vida con tanta ligereza

—Estoy un poco apurado— titubea

—Venga, es un momento — insisto

Indiferente a la suciedad y las telarañas me detengo ante ella y la recuerdo: Era verde con un ojo violeta y azul, toda salpicada de oro. Bueno, no exactamente de oro, sino más bien de puntos descascarados que dejaban traslucir su antiguo tono de sobrio amarillo. Nadie recordaba cuándo la sobriedad había mutado en tanto desparpajo, tampoco importaba saberlo ahora teniendo en cuenta que incluso del aparente desparpajo, que alguna vez había atraído la atención de multitudes, ya no quedaban más que restos lamentables.

Antes, cuando se la veía rutilante y misteriosa, me gustaba agacharme y espiar por su ojo las negras siluetas que se perfilaban construyendo danzas fantasmales al ritmo de la tenue luz que lograba filtrarse por el ventiluz trasero. Allí, acurrucada, soñaba con las noches de gala, los trajes plumíferos y el piano de cola, que embriagaban soledades y consolaban tristezas, en los tiempos en que mamá era una estrella famosa y La Maison d´Or, su reino. Su ojo era mi puerta al infinito, mi pasaje a los sueños, el umbral que develaba el misterio de la naturaleza humana a mi inocencia aún ilesa. Y también mi frontera entre dos mundos semejantes y dispares.

Me gustaba espiar en las madrugadas cuando todo callaba y se envolvía en sombras y silencios mostrando los restos de la fantochada, y también, me gustaba en las noches cuando se vestía de luces y brillos, de risas y manos, de caricaturas de amor y llantos desgarrantes. Allí, tras ella, la vida del revés trascurría repetida e irreverente como si quisiese con sus excentricidades borrar los recuerdos de la otra, de esa otra vida rutinaria y opaca del mundo exterior, dónde el dolor duele y las manos callosas sangran en pos de frutos nunca alcanzados.

Ahora es de un verde sucio y carcomido mezclado hasta lo indiferenciado con el oro que adquirió un tono diarreico, sólo el ojo conserva, aunque pálido, el violeta y el azul. No puedo evitar una sonrisa triste y una opresión en el pecho ¿qué quedará tras ella?.

Palpo su marco de madera dura, sus molduras talladas con dantescas figuras, mientras el hombre incómodo me observa preguntándose si estoy loca o le estoy tomando el pelo, me río por dentro y le dejo pensar cuanto quiera.

Me agacho temerosa hasta el ojo y espío: El sol del mediodía suelta sus rayos dejando que los más atrevidos iluminen como focos la danza del polvo entre negras siluetas apiladas. Me levanto despacio, el hombre intenta controlar un temblor ¿Me teme?.

Por primera vez realizo un gesto prodigioso: Coloco la llave en el ojo y abro la puerta del reino sagrado. Casi setenta años esperé para usar la llave y cruzar la frontera que separó mi vida en dos realidades reconciliadas a la fuerza. De un lado la recepción, mi cuarto, la cocina y la puerta al exterior, del otro los rincones prohibidos. Entré.

Al fondo estaba el piano, a los lados las mesas con sus sillas, a un costado, a la izquierda de la puerta, el mostrador y los estantes de las bebidas, antes rebosantes, ahora vacíos y empolvados, a la derecha y al fondo, casi junto al piano, el escenario con los restos de sus rojos cortinados. Por doquier pendían restos de guirnaldas multicolores y ángeles, íncubos y súcubos, de perdido dorado.

— ¡Estrafalario!— chilla el hombre sorprendido y al instante temeroso de haberme ofendido intenta retractarse — En su tiempo debe haber sido...

—Estrafalario— interrumpo sonriente — Terriblemente estrafalario, grotesco, vital, intenso. ¿De qué otro modo podría destacar en esta tierra polvorienta y árida? Mire, allí en las arcadas colgaban coloridos caireles de vidrio y allí en las columnas, pendían lámparas de kerosén pintadas de rojo que iluminaban lo necesario y ocultaban la sangre que ocasionalmente caía, y velas, velas por todos lados y bandejas con frutas y copas, muchas copas para invitar a confesiones e intimidades. Imagine aquellas mujeres abandonadas de todo, cubiertas de plumas y collares y tacones, bailando al son del piano, y a los hombres codiciando sus cuerpos y rogando por pechos protectores. Imagine los sueños que poblaron las paredes y quedaron en ellas olvidados...

—No soy afecto a la nostalgia, prefiero pensar en el futuro — se defendió incómodo

—Cierto— dije soltando mi último suspiro por lo que ya no era — Lo que vale es la tierra y... mañana—, asentí coincidiendo con sus palabras y regalándole un instante de alivio— Un mañana que sin importar qué posea, tendrá también su mañana en que todo quedará convertido en tierra. ¿Me ayuda?

El hombre duda, está nervioso, molesto, tenso. Le sonrío.... Cede y me ayuda, juntos la sacamos de sus goznes y la cargamos en mi auto.

No me importa lo que digan, la reparé y la puse en medio de mi habitación. Nuevamente es verde con un ojo violeta y azul, toda salpicada de oro, bueno, de pintura amarilla, casi no se nota la diferencia. Ya sé que no es lugar para poner una puerta ¡qué me importa!, es el lugar dónde esta vez yo elijo trazar mi línea divisoria, mi frontera privada. La llave cuelga nuevamente inútil en la pared junto al retrato de mi madre, no la necesito, no pretendo abrir ni cerrar puertas, no necesito llaves, tampoco espacios, ni territorios nuevos, solo necesito su presencia.

Ya sé que no lleva a otros mundos, ni abre a nada nuevo, por eso la quiero, por que puedo agacharme, y espiar por el ojo de su cerradura, ese ojo que ha sido, para mí, siempre el ojo mágico, el juego de sombras que traza la luz de la ventana, e imaginar lo que pudo haber sido aquello que fue, tal como de pequeña imaginaba que sería lo que aún no existía. Y entonces el ojo mismo cobra vida y es mi mirada y el verde es bosque y selva, inmensidad, infinito y el oro es sol y ríos y lluvia y otros; todos esos otros que un día conoceré, o no, pero igual existen, están.

A veces, de noche, cuándo me asaltan temores y nostalgias, acurrucada a su lado, escucho al pianista anunciando el baile y las risas y los tacos y la magia feroz de la locura apasionada, que ahuyenta los fantasmas del día.

©Ana Cuevas Unamuno