domingo, 22 de noviembre de 2009

LUZ DE ORO La Leyenda sobre como nació el Arcoiris

 

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Hace muchos años, no había en las islas del Caribe lagos ni ríos que las bañaran. Por eso, los nativos dependían de la lluvia para sobrevivir. Juntaban esta agua en grandes cántaros de arcilla que la mantenían siempre fresca, y de allí la utilizaban para beber y preparar sus comidas.

Por aquellos tiempos, gobernaba las islas un gran cacique que estaba a punto de ser padre. Cuando nació Car, su primogénito, todo fue alegría. El niño era fuerte, sano, vivaz y tenía unos bellísimos ojos negros.

Como el buen cacique quiso compartir con el pueblo su bienestar, organizó una gran fiesta a la que también asistieron las tribus vecinas, ya que todos estaban deseosos de conocer a Car.

-¡Pero que niño más bonito y vivaz! -decían sonriendo las mujeres-.

-Y tiene el gesto adusto y sereno de su padre -añadían los ancianos-. Es un magnífico heredero de su estirpe.

Los sabios de la tribu llevaron, en tributo al niño, mantas para protegerlo del frío. Además, se ofrecieron gustosos para educarlo cuando creciera y convertirlo así, en un digno sucesor de su padre. Ante esto el cacique se mostró complacido. Sin embargo, la felicidad no duraría demasiado.

Un día, Car enfermó. Los sabios acudieron preocupados a verlo y, tras examinarlo concienzudamente, lo trataron con pócimas y ungüentos. Sin embargo, el niño empeoraba. Entonces el más anciano y sabio de todos dijo que Car sólo se salvaría si bebía agua fresca y dulce. Pero en los cántaros no había, ya que hacía tiempo que la sequía azotaba la región.

Su madre, desesperada, clamó incesantemente al cielo por lluvia durante doce días. Mientras lo hacía, lloraba con desconsuelo, sin advertir que la sal de su llanto iba empeorando día a día la salud de su hijo.

En tanto, el cacique, a quien las tristezas volvían gigante, descargó su dolor contra el suelo de la isla, que golpeó con sus pies durante doce días, mientras con los brazos extendidos al cielo, suplicaba:

-¡Oh, lluvia, ven a nosotros! No nos abandones, agua, madre de la vida. ¡Ven a nosotros, lluvia, y salva a mi hijo y a mi pueblo!

Enceguecido por la tremenda pena que lo aquejaba, el cacique no se dio cuenta de que sus golpes estaban formando un gran hoyo en el que él, poco a poco, se iba hundiendo.

Entonces, sucedió lo que todos, con tantas ansias, esperaban. En la mañana del día trece, los dioses, compadecidos de los ruegos de la madre, y del dolor y las suplicas del cacique, ordenaron a la lluvia que cayera abundante sobre esas tierras. Y llovió sin cesar durante doce días, reviviendo los cultivos, colmando de bendiciones a los nativos y, por supuesto, salvó a Car, quien, finalmente, creció fuerte y noble y sucedió a su padre.

¿Pero qué ocurrió con el cacique? Muchos todavía se lo preguntan.

Lo cierto es que el día trece, cuando terminó de llover, en el lugar donde él se encontraba apareció un gran lago que se había formado con sus golpes y el agua de la lluvia. ¡Ya no tendrían que preocuparse si las lluvias no eran propicias! ¡Y todo gracias al buen cacique!

Los nativos, creyendo que su gran jefe vivía en esas aguas, arrojaron en ellas todo el oro de la región, como tributo a quien les había dado, para siempre, agua dulce.

Desde ese día, cada vez que el sol brilla en el lago, su luz se refleja en el oro que hay en sus aguas y forma un magnífico arco iris, al que los indios del Caribe llaman, por eso, Luz de Oro.

 

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