martes, 15 de diciembre de 2009

CALIDOSCOPIO DE SER

 

Echer-ronda

Cada vez que he creído no poder más, una nueva situación me exigió seguir adelante. Siempre adelante, probando, acomodando, cambiando. Ningún pensamiento, sensación, emoción, queda por siempre en calma, todo muta como las hojas del árbol.

Observo al mundo, lo observo cada día más...

Me observo, me observo cada día más...

La senda que elegí esta plena de obstáculos, no he dejado hueco llano para aflojar la atención, ni para hallar descanso. La marcha dura, sacando fuerzas del universo, me enseñó de disciplina, la tierra árida me obligó a la austeridad, Las rocas resbalosas, los cardos altos, las alimañas, me exigieron desarrollar la voluntad y depender de ella. Hoy llevó mucho del camino recorrido, sé caminar descalza y con la espalda erguida, se recurrir a mi para hallar el centro, descubrí el poder interno que me da respuestas a los miedos, al dolor, al intento de cada instante.

Me vi como serpiente arrastrándome en los recodos, con la mente fija en el obstáculo que debía cruzar, buscando un punto vulnerable para atravesarlo y seguir adelante, palpando el terreno con todo mi cuerpo y mi alma pegada a lo que creía seguro. De un golpe de rayo me transformé en mono, haciendo morisquetas para esquivar el lío en que yo sola me había metido, jugueteando inconsciente del peligro, brincando sin ver el piso y dándome un porrazo que me transformó en buey. Paciente y prudente, llevé carga más pesada de lo que mi lomo soportaba y en los momentos de agonía, me recosté en una ladera cualquiera y como dragón soñador imagine soluciones mágicas, vi salir de mí un fuego más poderoso que el de un volcán y quemar el futuro en un segundo. Me vi princesa para despertar poco después recordando mi realidad de harapos.

Quise ser caballo y correr libre y potente por la pradera, sentirme briosa e indomable, salvaje, independiente...escapé de lazos y corrales sin ver que me convertía en caballo de calesita.

He mirado desde siempre los pájaros. Los he mirado desde que me pregunté de dónde había venido. Ellos parecían tener la respuesta, lograban llegar tan alto...Quise preguntarles, me ignoraron.

Pensé: si pudiera volar hasta el cielo, hallaría respuesta...

¡Volé! El cielo es cielo, cambiante, maravilloso y terrible, cielo abierto, soleado; cielo tormentoso. Allí no hay respuestas, no hay palabras, no hay puertas.

Quise penetrar la tierra y me convertí en gusano, topo, raíz...La tierra es cambiante, en constante movimiento, es dura y blanda, oscura, opresiva, sólida, limitante. Allí no hay respuestas, no hay palabras, no hay puertas.

La tierra y el cielo me enseñaron que están en mí, nacen de mí y me gestan al mismo tiempo.

Entonces pensé que si pudiese ser árbol tendría lo que ansiaba, he visto por años a los árboles tan quietos, tan serenos, siempre muriendo, siempre floreciendo. Ellos sabían penetrar la vida, ellos sabían estirarse hasta alcanzar las nubes y más allá de ellas. Ellos escuchaban los secretos de los pájaros, la charla de las hormigas, los lamentos de los yuyos. Conocían la impiedad de los hombres y los dejaban hacer sin inmutarse.

Fui árbol. Me llevó mucho tiempo lograrlo. Al principio no pasaba de clavel del aire, no hallaba sitio donde echar raíces, y mis torpes ramas no alcanzaban al cielo. Le pregunté al pino como debía hacer, y al roble, al álamo y al sauce, al jacarandá y al manzano. Hazlas en ti, dijeron y así lo hice.

Comencé despacio, me dolía penetrar lo duro, mi tierra se resistía. Entonces supe cuantas rocas se habían fabricado sin siquiera darme cuenta, cuán poco había regado, cuán seca estaba. Y tuve que regar, picar, remover, airear, hasta que poco a poco las raíces comenzaron a crecer, encontraron huecos, se extendieron y el tronco se fue consolidando, engrosando, el tiempo me dio vetas y más vetas, la corteza fue tornándose más vistosa, la savia aprendió a circular, las ramas nacieron y tuve que estar atenta a ellas, debía nutrirlas, empujarlas a alejarse de mi, ayudarlas con sus brotes, y para eso fue necesario que las raíces crecieran cada vez más, buscaran en lo hondo nuevas aguas, más nutrientes, más solidez.

Algunas ramas cayeron por la mano despiadada de los hombres y comprendí que nada podía hacerse, solo empujar a la vida con nuevos brotes, con mayor fuerza, con la savia palpitando con coraje y firmeza.

Algunos brotes no alcanzaron a crecer, no estaban listos, carecían de algo, y del fondo de mi llegó la comprensión de que todo tiene su destino y así está bien.

Quise ser el árbol más bello, me esmeré, dedique todo mi esfuerzo hasta lograr corteza dorada como el sol, ramas floridas y tronco alto. Cuando comenzaba a sentirme satisfecha, un rayo, en una noche de tormenta, me partió al medio, quedé en cenizas, que arrastró el viento hacia ningún sitio. ¿Porqué a mi? pregunté a los cielos, ¿porqué a mi?, pregunté a la tierra, ¿porqué a mi?, pregunté a los pájaros, a las moscas, a los perros, a los monos, a los gusanos. Nadie contestó, no sé si no me vieron o no quisieron.

Mis cenizas cayeron junto a un tronco viejo, árbol frondoso y feo, simple, absolutamente simple. Una rama me cubrió como saludándome, descubrí que ningún daño le habían hecho las tormentas. Lo miré por largo tiempo y ya no me importó que nadie admirase mi belleza, no quise ramas apabullantes de flores y frutos, ni corteza de sol, ni tronco erguido.

Recomencé la tarea de echar raíces, lenta, muy lentamente fueron naciendo, me costaba tanto, tanto esfuerzo cada estirón, cada escollo ha vencer, me dolía echar brotes, paciencia infinita fue precisa para cada rama nueva. Fui creciendo, la corteza marrón, se cubría de musgo, una hiedra se aferró de mi y debí cargar con ella, no podía distraerme o la savia detenía su fluir y el dolor me envolvía. Cada flor, cada fruto costaron mil lágrimas y millones de esfuerzos. Todo nacía para morir y moría para nacer. El movimiento era quietud y la quietud movimiento. Cuánto agradecí al sol que me daba calor, a la lluvia que me nutria, al viento que me ayudaba a sacarme el peso del polvo, a los pájaros que me arrullaban la pena, a las hormigas que me enseñaban a tener paciencia, a la tierra que me daba sostén, a los rayos que mantenían en mi el recuerdo de las lecciones aprendidas, despertándome al primer descuido. ¡No hubiese podido crecer sin ellos!

Pasaron días, años, siglos, me volví frondosa, simple, quizás fea, quizás bella. Di cobijo y me sentí cobijada. A veces cuando retornaba el invierno, la soledad y el frío me atormentaban, pero recordaba que más tarde la primavera me acariciaría trayéndome los trinos frescos y mis ramas desnudas se brotarían de ganas, entonces respiraba hondo y esperaba serena, calma. Ser árbol me enseño que el tiempo es ciclos, ciclos que cambian y cambian.

Ahora quiero ser águila, o cóndor, o grulla. Quiero agitar las alas, probar mi coraje, fijar la vista y ver más allá del horizonte, descubrir el origen, saber la meta. Quiero desafiar al viento, aprender hacia dónde van las nubes, dónde duerme el sol y se esconde la luna, quiero penetrar el vórtice del huracán, girar en un tornado, viajar con los rayos, ser bruma, brisa, lluvia. Quiero, conocer cada pluma y fabricarlas de a una, hacer de todas ellas un solo impulso, un solo movimiento.

Quiero ver desde muy alto el universo, detenerme en lo profundo del abismo, reconocerme pulso en la música cósmica, saberme Una en el caos.

Quiero encontrar en mis garras la seguridad de la montaña, la firmeza del roble, el coraje del fuego, la potencia del agua.

Quiero saber con certeza el polvo con que construir y la roca que tornar polvo.

Quiero tener en mi corazón la fuerza de la vida, la sabiduría de la encina, la claridad del blanco, la calma del lago.

Quiero saberme de memoria y reconocerme en la sombra. Quiero expandir mis alas abarcando el ancho y surcar el largo en vuelo. Reposar en la cima más elevada, en el silencio solitario de la nada plena y descender al bullicio de la vida en el valle. Saludar de cerca al sol y velar la noche del mundo. Ser espíritu puro, sin tiempo, sin grietas, compacta y abierta, firme y blanda, movimiento y calma.

Quiero ser violenta como el trueno y romper de un soplo el horror que fabrican los hombres cada día, y suave como un pétalo para acariciar el corazón de aquellos que buscan consuelo.

Las primeras plumas están cubriéndome, aún son frágiles y se desbandan fácilmente, a veces, solo a veces puedo moverlas a un tiempo...

©Ana Cuevas Unamuno – 1989

 

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