domingo, 13 de diciembre de 2009

El ciervo y Las Montañas

Leyenda Medieval sobre el origen del eco.

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Cuéntase que en un lugar recóndito, encontrábase la isla Lavática. Era esta isla de un tamaño menudo, sus montañas estaban circundadas en torno a ella, de modo que desde sus entrañas se divisaba como un gran habitáculo circence. Cubierta en su totalidad por plantas y árboles de agradable semblante, podría definirse como aquel lugar idílico a que le placería morar a criaturas de toda índole.

Después de una fuerte marejada situada en las cercanías de su costa, arribó un día, un ciervo, que asiéndose a una rama había logrado burlar el trágico destino que le tenían reservado las parcas. Siendo muy trabajador, y a sabiendas que las montañas son gustosas del frescor y humedad selvática, pues de otro modo el Viento y el Agua no dudaban en arañar grano a grano su cuerpo para transfórmalas en meras mesetas áridas, dedicóse al cultivo de árboles y plantas. Las Montañas a la vista del buen hacer del ciervo, no vacilaron en hacerse amigas de éste, de forma que le complacían concediéndole todo lo que el ciervo les pedía.

Pidióle el ciervo, que dada su vida monacal alejada de las demás criaturas del orbe, le proporcionasen alguna distracción de la que pudiera gozar. Oído esto por las Montañas, dejaron reposar en sus lomos la nieve, proporcionando al ciervo auténticas autopistas de deslizamiento a través de ellas, siendo este hecho del agrado del animal.

Pasado alrededor de medio viaje de la tierra sobre su buen amado Sol, dijole el ciervo a las Montañas, que habiendo estado disfrutando del hielo durante un largo período, preferiría de algún entretenimiento más sereno y menos alocado. Oído esto por las Montañas, permitieron que los rayos luminosos acechasen sus lomos, generándose así un sinfín de cascadas en las faldas monteses y apareciendo en el centro de Lavática un lago de amplio caudal. Dado que era el ciervo amante del ejercicio de caminar por el agua sin hundirse, también este hecho agradó mucho al animal.

Era tan pura el agua que en el lago se vertía, que su color era el color de la isla, mas viendo el ciervo que su temperatura era muy reducida, pidió a las Montañas que elevaran la misma. De muy buen grado las montañas permitieron que se filtrara parte de su calor templando al agua. Hiciéronlo de forma que en múltiples ocasiones aparecían burbujas en la superficie del lago, reflejando su bullir. A veces, las Montañas, para dar esplendor al lago, causaban un chorro ascendente de agua en su centro. Era tal su tamaño, y emanaba con tal intensidad que en su caída formaba olas multiformes en sus orillas.

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Haciéndose cada vez más laboriosa su tarea agraria, quiso el ciervo disponer de metales que le permitiesen la construcción de herramientas más sofisticadas a las lascas que empleaba.

Concediéronle las Montañas piritas y cobre entre otros metales aparte de una gran cantidad de azufre con el que distraerse con su dispar comportamiento al calentarlo, de modo que mezclado con pigmentos naturales creaba sensaciones muy espectaculares.

Acercándose la fecha en que naufragara el ciervo sobre la isla, quiso el animal construirse un refugio del cual asilarse del frío que acompañaba la caída de nieve. Por ello, estando alejado del lago, pidió a las Montañas que le permitieran asentarse cercano al sinclinal. Si bien las Montañas próximas al ciervo entendieron correctamente su proposición, no ocurrió así con las situadas en el extremo opuesto de la isla, habiendo entendido que el lugar elegido era el litoral.

Comenzó así una batalla dialéctica entre las Montañas, sin que el ciervo pudiese mediar, puesto que apenas tomaba palabra, todas ellas muy orgullosas le hacían silenciar. Decían pues, unas Montañas que les parecían completamente singular que se situase la choza en el sinclinal, siendo el litoral de un clima más agradable y pudiendo disponer prontamente del océano para la recolección de crustáceos muy apetecibles al paladar del ciervo. Propugnaban las otras Montañas que sin duda era el sinclinal, lugar abrigado de vientos y humedad, donde resolvía el ciervo a poner su lecho.

Como quiera que no se ponían acordes, se enzarzaron en una despiadada lucha. Comenzaron a arrojarse mutuamente piedras incandescentes para lesionar a la parte contraria. Lavática se convirtió en un sumidero de ríos, rojo sandía, fluyendo por él y mostrando las heridas contraídas por sendas partes. Tal era el furor de unas para con otras que anocheció tempranamente en la isla agrietándose y descomponiéndose su perfil en apenas dos amaneceres.

Apaciguados los ánimos, contemplaron todas ellas el error perpetrado y se lamentaron sobremanera. El ciervo, fiel amigo de las Montañas, yacía en la vera del exiguo lago. Por mucho tiempo avergonzaronse de los actos ejecutados, y viendo las fatídicas consecuencias de su enajenamiento, determinaron que hechos como este no se repitieran.

Estuvieron las Montañas deliberando el mejor modo de prevenir un nuevo malentendido, acordándose finalmente que para que todas las partes tuviesen constancia de lo que sucedía en el interior de Lavática, voceáranse los sonidos emitidos en ella, de modo que propagándose de unas a otras, llegara a todos los confines sin distorsión alguna.

Pusieron a prueba este acuerdo y obtuvieron unos resultados tan gratos, que todas las Montañas de la biosfera terrestre se acogieron a él.

 

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