domingo, 6 de diciembre de 2009

A LA HORA DEL TÉ- CUENTO DE FRAY MOCHO

Fray Mocho es uno de los escritores que más me gustan por su humor, por su habilidad para captar con lucidez el habla y los modos de la sociedad, —que no ha cambiado tanto desde sus tiempos hasta los nuestros— y por su capacidad para resultar profundo con tan aparente simpleza.

Sus magnificas historias no suelen tener mucha difusión por eso quiero compartirlas con ustedes

mujeres 1900

A LA HORA DEL TÉ—

FRAY MOCHO— 14—4—1900

—¡No me digas, che!... Estos de ahora ya no son mozos... ¡Los muchachos parece que nacieran viejos y de las muchachas no te digo nada!... Vos las ves reunidas y es un cotorreo y una charla y unas risas, que cres por lo menos está desfilando todo Buenos Aires ridículo por delante del grupo y te ponés a escuchar... ¡Hijita!... ¡Qué insulsez!... Todo ese barullo es para hablar de baratillos y de pichincheo con las costureras o ponderaciones de lo tiradas que eran en París, según les contó fulanita las puntillas que aquí cuestan un sentido... Parece que fueran dependientes de tienda... ¡Mirá, cuando nosotras!... ¿Te acordás?... El día nos era corto para nuestras cosas y nuestro tijereteo... íbamos a perder el tiempo en discutir centavitos... ¡cómo no!

—¿Qué me vas a decir, Feliciana, si esa es mi guerra todos los días? Vos las ves a mis hijas que gastan un platal en monadas y en adornos y eso que no puedo acusarlas de que sean ahorradas... ¿Y para qué?... ¡Para irse a Palermo en el coche, como estatuas! ¿Te crees que siquiera se dicen algo de la gente que ven?... ¡Pues no, che!... ¡No faltaba más! ¡Van como si estuviesen en misa, porque no hay importancia sin formalidá!

—Pero si no se usa hablar, che... a lo menos en castilla... ¡Parece que es muy ordinario, muy guarango!...

—Vez pasada me dijo a mí una amiga, que acababa de venir de Europa y que me vio en Palermo con Federico, charlando a más y mejor, que en París che, cuando se veía en un paseo una señora y un caballero que iban conversando y riendosé, ¡se podía asegurar que no eran casados!... ¡Figurate!

—¡A propósito de los que vienen de París, hijita, te voy a contar lo que me sucedió el otro día en lo de Mariquita, mi sobrina, que como sabrás, recién ha venido!... ¡Voy a visitarla y si vieras qué comedia!... Llego a la casa y lo primero con que me topo es un francés todo afeitado y vestido de fraque que no entendía ni jota; de balde le decía, desgañitándome: "Vaya, dígale que está su tía Feliciana... ¡Nada!... Al fin busco en la cartera y le doy una tarjeta, pero en vez de darle una mía, con el apuro y la agitación, hijita, le doy una de Pepita Aguirre que tenía guardada y lo oigo que gritaba desde la puerta cancel a otro sirviente que estaba en el descanso de la escalera... ¡Madame Vassilicós!... ¡y oigo que el otro repetía la cosa y que el grito seguía!... Entonces, me subo ligerita para decirles a aquellos condenados mi equivocación y tomo para el lado del comedor, donde siempre acostumbraba recibirme Mariquita; pero me ataja el sirviente y me mete a la sala, que a las tres de la tarde estaba ya con luz encendida y con todas las ventanas cerradas... ¿Crerás?... Tuve miedo del cú de charol che, y estaba pensando en escaparme de algún modo, cuando se aparece Mariquita en una de las puertas, de gran cola y me hace una cortesía a uso de minué... ¡Claro!... Corrí a abrazarle diciéndole: "sí, soy yo, m'hijita", pero ella con una sonrisa seria en que solamente me mostraba el colmillo de un lado, me estiró la mano en silencio y con una frialdad que me heló, che, a pesar del calor... Nos sentamos y naturalmente le pregunté por su esposo, por González, que era, como sabrás, antes de sacarse la lotería que se sacó, uno de los escribientes del ministerio que nombró tatita... Apenas me dijo que estaba bien preguntándome de paso por Mamerto... ¡Si vieras la cara que puso cuando le dije que todavía seguía con sus pobres pies y que lo atendía Federico, tu marido!... Y después de esto, se estiró bien en el sofá y no me habló una palabra más...

—Así es la moda de ahora, Felicianita de mi alma... ¿Que no ves los bailes que se usan?... ¿Acaso son como aquellos de nuestro tiempo en que las muchachas y los mozos podían bailar y conversar?... Ahora para bailar se necesita ser casi un ingeniero para estar contando los pasitos y golpecitos con el pie...

—Mirá, m'hijita, ¿sabés una cosa?... Yo no creo que en París la gente sea como esta que va y vuelve... ¿Qué querés?... A mí me parece que éstos toman por franceses a los manequís de alguna tienda... ¡Mirá!... ¡En esto ha de estar sucediendo alguna gran barbaridá!

 

 

Breve biografía de Fray Mocho

Pseudónimo de José Sixto Álvarez (n. Gualeguaychú, 1858 - † Buenos Aires 1903). Escritor y periodista argentino famoso por sus retratos costumbristas y de época, frecuentemente escritos en clave humorística. Era conocido por sus amigos como "Mocho”, y más tarde se agregó al seudónimo el título de “Fray” (un fraile, en la Iglesia Católica).

Fue fundador y primer editor de la celebérrima revista Caras y Caretas; allí realizaba ilustraciones sobre sujetos nacionales y extranjeros: de la realidad social, de interés general y de moda; también publicaba literatura urbana y rural. Fue el primer escritor profesional de Argentina. En sus excepcionales descripciones de las costumbres regionales, el narrador es un observador. El mechaba sus escritos con los diferentes hablas de Buenos Aires incluyendo el “lunfardo” (el argot rioplatense). Sus escritos fueron parte del “naturalismo” que fue una reacción contra el que prevalecía "romanticismo", la rigidez del castellano, y la literatura en boga, y tuvo una contraparte en el París de esos años. Álvarez usó también otros apodos, como Nemesio Machuca o Fabio Carrizo.

Estas producciones fueron compiladas póstumamente en Cuentos de Fray Mocho (1906), que se reeditaron en muchas ocasiones, y Fray Mocho desconocido (1979), que reúne la totalidad de los cuentos y las viñetas aparecidos en la revista. En las variaciones del lenguaje coloquial y las formas de conducta de los personajes, Álvarez supo captar el carácter ridículo de ciertas convenciones sociales.

 

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