lunes, 26 de enero de 2009

El valor de la narración oral

Vivimos una época en que poco recordamos el valor de la palabra como constructora de vínculos, puentes, caminos, espacios creativos y también espacios para recordar que somos únicos y simultáneamente partes de un todo mayor que a su vez está inserto y es parte de otro todo mayor.

Cuando contamos nuestra historia, cuando escuchamos las historias de los otros, cuando recordamos y mantenemos vivas las historias de todos los tiempos crece nuestra conciencia. Alcanza nuevas dimensiones, se enriquece y se abre a las tantas posibilidades de la vida.

Las palabras tejen, nos tejen construyendo la trama humana que es trama de vida.

Quizás sea esta ausencia de palabras y abundancia de emoticones, mensajes hiperabreviados, conversaciones cibernéticas casi en código Morse, lo que nos está empobreciendo dando así espacio a tanta violencia, desamor y soledad… Digo quizás porque son muchos otros factores los que se suman a la ausencia de palabras que cuenten.

Vaya un cuento entonces que cuente lo que estoy contando…….

(Ver en: El cuento que te cuento: Las ciudades y los Cambios de Italo Calvino)

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Las ciudades y los cambios- Ítalo Calvino

A ochenta millas de proa al viento  el hombre llega a la ciudad de Eufamia, donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufamia sino también porque de noche junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna», «amantes»- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufamia, la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.

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viernes, 16 de enero de 2009

El " Propio Sitio” (Un paso inevitable)

Cuando el hombre vivía en el principio de los tiempos, su sensación de vulnerabilidad era tan grande y consciente, que no dudaba de la poderosa influencia del cielo, la tierra y la naturaleza, sobre su ser. Así creó sus oraciones y creencias. Actuaba con profundo respeto por todo y aceptaba las leyes del universo como guías en su vida.

De esa conciencia de vulnerabilidad nacían sus creencias, también su respeto por el entorno. Sabían desde las vísceras que ellos y la tierra en que vivían eran una única y misma cosa.

Durante mucho tiempo el ser humano deambuló por el inmenso espacio, siguiendo o imitando el movimiento de las estrellas, en busca del sitio adecuado. Su "Propio Sitio".

Ese sitio que les resultaba fecundo y afín, que les permitía dar el paso siguiente y cultivar creando así cultura.

El tiempo pasó, el ser humano se asentó, se civilizó…. Y hoy es evidente que olvidó.

Olvido que es vulnerable y se piensa inmortal

Olvidó que pertenece a la tierra y es una con ella.

Olvidó escuchar las señales.

Se olvidó a sí mismo… y sufre.

Sufrimos.

A pesar del olvido, a pesar de lo mucho que podamos menospreciar a esos seres humanos tan lejanos y “primitivos”, a pesar de todo lo que creemos haber conquistado, progresado, logrado. A pesar, digo, de todo, cada ser humano tarde o temprano ha de hallar su Propio Sitio.

"Propio Sitio", no siempre es aquel en el que todo nos es maravilloso, sino en el que encontramos nuestro destino. Nuestro ser interno.

No es necesariamente un lugar, puede serlo, o puede ser un momento en la vida, o una experiencia…

En algún punto del planeta, del tiempo o de la vivencia está nuestro espacio afín, al encontrarlo chocamos con nuestro karma en forma consciente; sentimos que el universo personal comienza un giro vertiginoso, cambian nuestros hábitos, modos, deseos, sensaciones, creencias...

Los sucesos ocurren uno tras otro y nos vemos sacudidos sin descanso.

Allí ya no podemos dejar tareas pendientes o hacernos los distraídos, nuestro ser interno se manifiesta y la reacción a las acciones es plasmada al instante.

O se modifica o se perece (o padece).

En el "Propio Sitio", el " YO SOY " personal, nos suena ridículo, descubrimos a cachetazos, que no tenemos idea de quienes somos, vemos los infinitos retazos de los que estamos hechos, retazos tomados de otros, retazos adheridos sin que nos demos cuenta, retazos como reacción al afuera, retazos copiados, contagiados, infiltrados, añejos e inútiles, retazos multicolores que nos han ido alejando cada vez más de nuestro centro.

Vamos por la vida como parte de un enjambre, perdiéndonos en acciones que no observamos ni siquiera un instante, sin comprender los motivos que nos mueven, copiando o intentando diferenciarnos por medio de reacciones opuestas a lo que creemos la forma rechazada, sin tomarnos el Tiempo-Espacio, para estar en el silencio y desde allí dejar que surja la voz interior que nos guíe el paso a dar.

Cuando llegamos al "Propio Sitio", por decisión o por accidente, todo se modifica más allá de la voluntad.

Un día nos " VEMOS ", la historia personal pasa delante nuestro como un film y los diálogos y monólogos, los pensamientos y sus resultados, las palabras dichas y oídas, lo que hacemos y sus efectos, comienzan a retumbar dentro nuestro, nos acosan, nos obligan a prestar atención, ya no podemos mentirnos, no podemos tapar, justificar, disimular.

¡Ahí estamos! ¡Eso somos!, sin disfraces, sin vueltas.

Descubrimos las creencias que nos guiaron a ese punto del camino, que crearon nuestra historia personal, las corazas que nos fueron poniendo trampas, los miedos que nos cerraron puertas...

Allí desnudos, nos sentimos ridículos, perdidos, confusos, desmoronados.

Es un Big-Bang personal donde los códigos desaparecen. El camino ya no existe, la forma tampoco, somos sólo sombra, siluetas en un mundo vasto y complejo.

El trabajo interno que creíamos realizado, no ha sido más que un conjunto de técnicas y palabras, conocimientos, que no sabemos realmente utilizar.

El " Propio Sitio", no es un lugar determinado, no tiene forma cognoscible, es solo el instante del derrumbe, es el momento de la explosión, donde ruge el ser que olvidamos preso en nosotros y nos enfrenta con la imagen creada de la realidad.

Cuando esto sucede nos quedan dos posibilidades: quedar como átomos dispersos girando desconectados por el mundo o detenernos a observar y aprender a fluir desde el ser que nacimos para ser.

Recién ahí nos descubrimos vulnerables frente a una sabia y exuberante naturaleza, dentro de un cosmos infinito e imperturbable, ínfima parte de un Todo que nos contiene y nos trasciende.

Descubrimos cuánto hemos ido en contra del orden natural, lo poco que respetamos las leyes cósmicas y eternas, lo tontos que fuimos con tanta omnipotencia e inconciencia y solo podemos rendirnos a la fuente del verdadero poder tornándonos humildes y respetuosos.

Recién después de atravesar esta experiencia, podemos iniciar el camino personal.

Así como las estrellas conocen su ser y su espacio, así también nosotros, luego de conocer nuestro ser, podemos encontrar nuestro espacio.

Quizás la gravedad de este tiempo este guiándonos a eso.

Como si gritase: "Exploten, desháganse, queden desnudos, descarnados, vacíense y mírense… Mueran para renacer”. ¡¡ DESPIERTEN!!

¡Cuando ya nada queda, sólo se puede construir!

© ANA CUEVAS UNAMUNO

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