jueves, 27 de agosto de 2009

DESIDERATA

Encontrada en la Vieja Iglesia de Saint Paul, Baltimore; fechada en 1692

Anda plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda qué paz puede haber en el silencio. Vive en buenos términos con todas las personas, todo lo que puedas sin rendirte. Di tu verdad tranquila y claramente; escucha a los demás, incluso al aburrido y al ignorante; ellos también tienen su historia. Evita las personas ruidosas y agresivas, sin vejaciones al espíritu. Si te comparas con otros, puedes volverte vanidoso y amargo; porque siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú. Disfruta de tus logros así como de tus planes. Mantén el interés en tu propia carrera, aunque sea humilde; es una verdadera posesión en las cambiantes fortunas del tiempo. Usa la precaución en tus negocios; porque el mundo está lleno de trampas. Pero no por eso te ciegues a la virtud que pueda existir; mucha gente lucha por altos ideales; y en todas partes la vida está llena de heroísmo. Sé tú mismo. Especialmente, no finjas afectos. Tampoco seas cínico respecto del amor; porque frente a toda aridez y desencanto el amor es perenne como la hierba. Recoge mansamente el consejo de los años, renunciando graciosamente a las cosas de juventud. Nutre tu fuerza espiritual para que te proteja en la desgracia repentina. Pero no te angusties con fantasías. Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad. Junto con una sana disciplina, sé amable contigo mismo. Tú eres una criatura del universo, no menos que los árboles y las estrellas; tú tienes derecho a estar aquí. Y te resulte evidente o no, sin duda el universo se desenvuelve como debe. Por lo tanto mantente en paz con Dios, de cualquier modo que lo concibas y cualesquiera sean tus trabajos y aspiraciones, mantén en la ruidosa confusión paz con tu alma. Con todas sus farsas, trabajos y sueños rotos, este sigue siendo un, mundo hermoso. Ten cuidado. Esfuérzate en ser feliz.

communication company (San Francisco)

Extraído del Libro Hippie de Jerry Hopkins

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lunes, 24 de agosto de 2009

Leyendas Argentinas-del Noroeste Argentino

 

Nos encontramos en el extremo Noroeste del país, zona de puna, quebradas y valles. De tierras multicolores en las que destacan los cobres, los bermellones, los tonos terrosos y profundos de una tierra intensa y majestuosa. Sobrevuela un cóndor desplegando sus majestuosas alas en una espiral ascendente, busca la cima nevada de las montañas dónde tiene su nido.

De lejos llegan los sonidos de las cajas[1] que golpean las copleras[2], y la dulce melodía de sus voces.

Recurriendo al poder de la imaginación vamos a remontarnos en el tiempo hasta la época en que florecían en esta región una diversidad de comunidades indígenas, entre las cuales la más destacada era la de los diaguitas.

Nos acercamos a ellos escuchando atentamente los sonidos que el viento lleva de boca a oreja….. 


[1] Instrumento típico de percusión hecho con caja de madera, parches de cuero de cabra, tensores de cuero de vaca, que se percute con palitos tallados en madera de ancochis.

[2] La copleras son mujeres que se juntan por los caminos y a veces en las ranchadas para compartir sus dicho en forma de canto, como un modo de de mantener viva la relación con la naturaleza. Las coplas son típicas del norte argentino y suelen cantarse durante las festividades más importantes como son el carnaval, el 1 de agosto, veneración a la Pachamama, también para la fiesta de señalada de cabritos, y durante las yerras de vacas.

Keo

KEO

El silencio profundo apenas es interrumpido por el vuelo majestuoso de algún cóndor, que deteniéndose en lo más alto del cerro parece observar la

oscura mancha velada por la niebla, que es el valle a aquellas horas. A su alrededor se alzan las pedregosas montañas con sus cimas blancas de nieve y sus quebradas profundas que, a manera de pliegues inmensos, surcan la ladera.

Es la hora en que se aproxima la aurora y el paisaje se repliega en su soledad y silencio a la espera del milagro. De pronto un fulgor irrumpe y modifica el entorno, la nieve de las altas cumbres refulge con brillo de oro y el cielo se tiñe de rosas, violáceos y añiles. La luz se expande, la niebla se disipa y todas las cosas vivificadas adquieren su relieve.

Danzan infinitos matices verdosos en el valle conjugándose con los tonos castaños, los rojizos, los naranjas... mientras el cielo metamorfosea sus colores y el sol venciendo a las tinieblas asciende a su trono.

Parados en la cima del cerro, con la vista fija en oriente podemos sentir aún palpitante la presencia de la pequeña Keo….

En la cima de un cerro se alza un cardón con sus brazos extendidos y a su lado con la vista fija en oriente, una hermosa doncella aguarda la bendición de Inti[1], señor de la vida, del tiempo y de las estaciones, que al alcanzarla, magnánimo y generoso, la baña en su luz.

Sonriente retorna la doncella a la aldea que se alza en el valle, va acompañada por su inseparable llama[2] blanca, de andar ligero y elegante, de la que va tomando de tanto en tanto suaves cordones de lana. Es Keo, la hija del cacique Choro, que cada noche cuando el cielo se salpica de estrellas y asoma su faz mamá Quilla, la luna, pintando de plata los senderos, la niña emprende su ascenso, anhelando que el sol la descubra a ella antes que a ningún otro, y cada mañana cumplido su encuentro con la dorada luz, regresa a sus labores.

Desde lejos se divisa su fino rostro de color cobrizo, en el que resaltan los ojos grandes y negros de mirada brillante, que no abandonan al sol ni por un instante y la boca roja, sonriente… Enmarca el rostro el cabello lacio y renegrido que ha peinado en dos simbas[3]. Una fina manta de lana de vicuña con diversas guardas de variados dibujos en colores brillantes, cubre su vestido y en sus pies calza ojotas[4] de cuero que le permiten caminar segura sobre las piedras del camino.

La casa de su padre, está construida como tantas otras con grandes piedras colocadas las unas sobre las otras, formando un rectángulo amplio de muros anchos y poco elevados y puertas bajas con marcos de madera cardón[5]. Las flores amarillas de los grandes algarrobos que rodean la casa parecen juguetear con las estrelladas flores blancas y rosas del yuchán y del samohú. Las mariposas revolotean entre las flores y los pájaros llenan el aire con sus trinos melodioso

Keo extasiada contempla la fantástica belleza que la rodea y sus ojos regresan al cielo en busca de su amor dorado.

— ¡Keo...! ¡Keo...! — la llama con urgencia una voz familiar.

La niña se sobresalta y como si despertase de un sueño reemprende la marcha.

— ¡Ya voy madre! ¡Ya voy...!

La madre la espera junto a la puerta. Es una mujer joven y bella de estatura mediana y tez cobriza. Su rostro de salientes pómulos y mirada vivaz, refleja una belleza serena. Su cabello lacio y negro al igual que el de su hija, esta peinado en trenzas que, recogidas en forma de moños sobre ambos lados de la cabeza, sujeta con una vincha[6] de color vivo.

—No te entiendo hija ¿qué afán te mueve cada día hasta la cima del cerro?— le preguntó su madre con cierto dejo de reproche en la voz.

—Es Inti quien me llama, madre, para entregarme su primera luz—respondió muy suave la niña y sin más llevó a su llama hasta el corral de pircas[7].

La madre la miró desconcertada y siguió observándola mientras Keo, como acostumbraba hacerlo diariamente, se instalaba ante su telar colocado bajo las ramas protectoras de un tarco en flor y reanudaba el tejido de una manta que ya empezaba a mostrar la magnífica policromía de su fondo ocre conjugándose con variadas grecas blancas, rojas y negras.

Keo, olvidada de su madre y de todo, pues su mente y su corazón estaban fijos en Inti, trabajó mecánicamente, pasando una y otra vez el ovillo de lana de llama por los lizos [8], separados al golpe de los pedales, golpeando de tanto en tanto la tela con el peine para apretar el tejido y hacerlo compacto, cambiando el color de la lana y el dibujo que formaban las guardas.

Su madre preocupada se acercó con pasos suaves sin que la joven lo advirtiera de tan ensimismada que estaba.

— Keo...— la llamó — Keo... —insistió —, tu padre quería hablarte, pero te habías ido... Debe comunicarte algo importante... que tú tendrás que resolver...

Al oírla la niña miró a su madre.

— ¿Hablarme? ¿De qué quiere hablarme?

—Ya te lo dirá él a su vuelta... Ha ido a consultar al machi...

Keo asintió distraída y regreso a su tarea.

La madre inquieta e impotente, pensó en seguir hablando, pero la mirada ausente de su hija la detuvo. S in decir más se dirigió a la casa en busca de las madejas de lana que debía teñir en las ollas de barro conteniendo las tintas previamente preparadas, que estaba ya dispuestas cerca del telar de su hija.

Volvió la madre con las madejas listas para ser sometidas al teñido y las echó en los recipientes que colocó luego sobre el fuego a fin de hacer hervir su contenido, hasta que adquiriesen el color buscado. El marrón, lograda con resina de algarrobo; el rojo, obtenido con cochinilla colorada, y el amarillo, preparado con chilca. Keo seguía distante y callada, el único sonido que rodeaba a las mujeres era el ruido que hacía el pedal al ser golpeado para separar los lizos.

De pronto el sol se ocultó detrás de una nube, Keo, libre del poderoso influjo, despertó de su ensueño y le preguntó a su madre que en ese momento estaba colocando las madejas teñidas en salvado de maíz y agua donde debían quedar durante tres días.

—Madre, no me has dicho ¿para qué me buscaba mi padre? ¿Lo sabes?

—Sí, hija, lo sé.

— Dime entonces

—No es a mí a quien corresponde decirlo, ten paciencia, él pronto regresará.

—Nada bueno a de ser si callas— reflexionó Keo en voz alta ya punto estaba de insistir cuando el sol desde el cielo nuevamente limpio volvió a envolverla con su luz haciéndola olvidar de todo.

Ya oscurecía cuando regresó el curaca [9] Choro, su padre, acompañado por dos extranjeros vestidos como para las grandes ocasiones. Los presentó a su hija al tiempo que ellos el ofrecían a la joven sus respetos y presentes. El primero en saludarla le entregó un manojo de valiosas plumas de suri [10], el otro le ofrendó una finísima manta de lana de vicuña[11].

Keo desconcertada agradecía mientras miraba a su padre con un mudo interrogante

—Carahuay y Huamango son los enviados del gran curaca Sinchica que, enamorado de tu belleza desea hacerte su esposa. — le dijo el padre a modo de respuesta.

— ¿Yo? ¿Su esposa? Pero padre si ni siquiera nos conocemos...

—Eres tú la que no lo conoces, él lleva tiempo observándote cuando en las madrugadas te diriges al cerro y se ha enamorado de ti. Ahora ha enviado a sus emisarios para conocer tu respuesta.

Keo estupefacta miró a uno a otros sin decir palabra. Al ver el gesto insistente de su padre, con triste voz y acento implorante dijo:

—Lo siento padre, no es posible.

Choro frunció el entrecejo, clavó en su hija una mirada colérica y preguntó iracundo:

— ¿Qué has dicho? ¿Por qué no puede ser? ¿Quién lo impide?

— ¡Es imposible, padre! Te lo suplico, ¡no me preguntes más! -agregó la niña en un ruego.

Intrigado quedó el cacique ante la insólita actitud de su hija, cuya sumisión a sus padres era uno de los más encomiables rasgos de su carácter. Con indignación señalando la casa de piedra que le servía de vivienda, ordenó:

— ¡Ve de inmediato a nuestra casa y espérame allí!

Keo con la mirada fija en el suelo obedeció.

En la casa, la madre esperaba ansiosa el resultado de la demanda. Su rostro se entristeció en cuanto vio a su hija pues comprendió por su expresión que no había aceptado. “la desgracia caerá sobre nosotros”, pensó con pena, pues Sinchica, el más poderoso de los caciques de la región, famoso por su valor, por sus hazañas guerreras y por sus riquezas fabulosas que lo convertían en el pretendiente más codiciado del país, no aceptaría de buen grado el rechazo.

Esa noche el padre y la madre intentaron comprender que llevaba a su hija a rechazar un pretendiente tras otros, pero la niña callaba provocando la desesperación y la furia de sus padres.

Indignado ante la terquedad de su hija le dijo.

—Soy tu padre y te exijo una explicación a tu terca actitud.

—Por favor padre, acepta mi decisión y ya no me preguntes— rogó Keo con lágrimas en los ojos.

Choro no cedió.

— Padre mío no deseo provocarte sufrimiento y lamento en verdad decepcionarte, más… Inti me ha llamado desde el cielo y deseo consagrarme a él. ¡Seré una de sus ñustas[12] y le ofrendaré mi vida! Sólo podré casarme si él me envía uno de sus rayos, encarnado en un joven guerrero. Mientras esto no suceda, aquí estaré yo, feliz con vosotros y feliz de cumplir el destino que Inti ha señalado para mí...

Trató de convencerla el padre. Trató la madre de explicarle la conveniencia de su unión con el poderoso Sinchica, mostrándole el brillante porvenir que la esperaba. Todo fue inútil. La doncella se había prometido a Inti y nada la haría desistir de su promesa.

Tal como temía la madre de Keo, no era Sinchica persona que se dejara vencer por un fracaso. Decidido a conseguir a Keo por esposa, resolvió ser él quien se dirigiera a la tribu de Choro para hacer la petición por sí mismo.

Se presentó acompañado por un gran séquito cargado con los presentes más valiosos, seguido por una recua de llamas blancas. La gran apostura de su altivo porte, la cabeza erguida, dominante, ornada por una diadema de plumas, lo distinguían de cuantos le rodeaban.

Bajo el gran tacu [13] cubierto de flores amarillas, El curaca Choro y su familia prepararon grandes vasijas de barro repletas de aloja para dar la bienvenida a Sinchica.

Keo, obligada por su padre, vistió sus prendas más finas sujetas con topos[14] de plata y esmeraldas. Su negro cabello dividido en el centro de la cabeza formaba dos trenzas que caían sobre su espalda y estaban atadas entre sí por medio de una cinta de lana terminada con borlitas de colores. Aros de finísimas láminas de plata en forma de trapecios, pendían de sus orejas pequeñas.

Llegado el instante de enfrentarse con el poderoso pretendiente, la doncella se negó a hacerlo; pero el padre, esperanzado hasta último momento, y midiendo las graves consecuencias que podría causarle este desaire hecho a la persona del altivo cacique, la obligó a presentarse.

La apuesta figura de Sinchica destacaba sobre el fondo oscuro de la montaña. Llevaba el cabello, largo y lacio, peinado en simbas que se anudaban artísticamente sobre la cabeza. El llauto[15] con borla que caía hacia la izquierda, y un brazalete en su brazo derecho, eran símbolos de su autoridad. Sobre su pecho, en un escudo de cuero, se hallaban pintados un uturuncu[16] y un kúntur[17], correspondientes al signo de la tribu.

Saludó Sinchica, y Choro dio la bienvenida. Keo, sumisa, bajó la vista y detuvo su mirada en la tierra.

El más importante de los guerreros del séquito alcanzó a su señor una vasija de barro que él, a su vez, ofreció a la hermosa doncella. Ella, en sumisa actitud, no osaba aceptar el presente; pero una palabra de su padre fue suficiente para que la hija, extendiendo ambas manos recibiera la ofrenda de Sinchica y le agradeciera al poderoso curaca.

Este sacó de la vasija un collar de malaquitas que colocó alrededor del cuello de Keo y varios brazaletes de cuentas de plata y de oro con los que adornó sus brazos. Volvió a agradecer, pero con su mirada suplicante dio a entender al noble pretendiente, que sólo un acto de obediencia al padre, la había obligado a aceptar los obsequios.

Una vez cumplidas estas ceremonias, el viejo cacique presentó a su huésped un vaso de barro colmado de alija y ambos jefes bebieron haciendo votos por una eterna amistad entre los dos pueblos.

Pero no debía durar mucho tiempo tanta cordialidad.

En cuanto se trató el motivo de la visita de Sinchica, el ambiente cambió.

Ante la firme negativa de Keo, que no cedió a súplicas ni a amenazas, el orgullo herido de Sinchica lo hizo alejarse prestamente mascullando su venganza contra la orgullosa doncella.

En el largo y penoso camino que debió recorrer, únicamente amargos pensamientos y funestos propósitos de venganza colmaron su mente.

Llegado a sus dominios, llamó a su presencia al machi más famoso de la tribu y le ordenó que pidiera a los dioses un castigo para la doncella que lo hiciera víctima de su desprecio.

Hizo el adivino ciertas mezclas de hierbas secas que molió en un mortero de piedra; las quemó acompañándolas con saltos, movimientos de manos y palabras raras. Luego, abriendo los brazos, quedó ensimismado, mirando el humo que producían las hierbas al quemarse y que se elevaba en giros diversos. De pronto sonrió satisfecho.

—Ampatu [18]ha de ayudarnos. Necesito cuatro cabellos de la orgullosa doncella que hayan quedado en el peine, luego de peinarse— le dijo al curaca.

Sinchica asintió.

Esa misma tarde partió en emisario en busca de los cuatro cabellos de Keo.

Varios días tardó en volver; pero cuando llegó, traía triunfante el peine tal como lo dejara Keo después de peinarse. Entre los dientes del mismo, consistentes en espinas de cardón sujetas entre dos palitos por ataduras de lanas que les prestaban resistencia, habían quedado muchos de los negros cabellos de la joven.

El machi sólo tomó cuatro, pues sólo la justa proporción permite buenos resultados en los hechizos, los hizo ovillo y envolviéndolos en un trapo, lo traspasó varias veces con espinas. Tomó luego un sapo, lo puso panza arriba en la puerta de la vivienda, y levantando en alto, sobre el animal, el pequeño envoltorio de cabellos, trapo y espinas, repitió varias veces el nombre de la víctima señalada, acompañándolo con sonidos guturales sin duda destinados a invocar la ayuda del ampatu, enviado de Súpay[19] a la tierra.

De inmediato habló el hechicero:

—Has sido complacido, mi señor. Keo, la ingrata que te despreció por el sol, perderá su forma humana y transformada en una ave pequeña e insignificante huirá de la tribu de su padre para vivir a la orilla de ríos y de lagunas adorando al sol que se reflejará en las aguas. A nadie responderá cuando la llamen. Sólo oirá la voz y obedecerá los mandatos de aquél que espera en vano sobre la tierra. De su persona, solamente quedará como recuerdo su nombre, pues así se la continuará llamando:

-Keo... Keo...

Lo miró incrédulo el cacique y el machi, respondiendo a sus pensamientos, agregó:

—Marcha hacia el cerro, y mañana muy temprano, cuando el Inti aparezca por oriente, verás a la nueva Keo que junto al arroyo que serpentea entre jarillas y achiras, la mirada dirigida al cielo y como ausente de la tierra, estará en muda contemplación de su adorado.

Marchóse Sinchica.

Cuando amaneció tal como se lo indicara el machi, se hallaba en el cerro y tal como aquél lo predijera, también, allí había una especie de perdiz que, abstraída, mirando al sol, ni siquiera lo oyó llegar...

 

Curiosidades y comentarios:

El keo es un ave de la familia de la perdiz, aunque de mayor tamaño y su carne es más delicada. Esta ave habita en la falda de los cerros, cerca de las vertientes y se dice que su canto pronostica el clima, si canta por la mañana va a hacer buen tiempo, y si lo hace por la noche, al día siguiente será ventoso.

Lo más sorprendente de esta ave es lo que se llama “la danza de los Keos”. Cuando se reúnen varios de ellos, forman una rueda, afirmando cada uno su pico en el ala izquierda del que se halla a su lado. Cuando la rueda ha quedado cerrada, dan vueltas alrededor de uno de ellos que ha quedado en el centro. Después de algunos instantes cambian de dirección y dan vueltas en sentido inverso. Esto dura varios minutos.


[1] Dios Sol.

[2] Mamíferos pertenecientes a la familia de los camélidos, al igual que el guanaco, la alpaca y la vicuña. Estos animales naturales de la zona eran (y son) domesticados y utilizados para transportar cargas, Se utiliza para carga y también se extrae su lana para realizar tejidos.

[3] Trenzas.

[4] Calzado especial constituido por una suela de cuero o de cardón y que se sujeta al pie por varios tientos entre los que se introducen los dedos del pie.

[5] Planta de la familia de los cardos típica de la árida puna.

[6] Tira de tela tejida con distintos tonos y diseños.

[7] Lajas.

[8] Hebras de la urdimbre.

[9] Curaca: Cacique o jefe de tribu.

[10] Suri: Es un ave sudamericana similar al avestruz. Posee tres dedos en cada pata, tienen la cabeza y el cuello totalmente cubiertos de plumas. La cola está sin desarrollar, pero tienen largas plumas que cuelgan y les cubren la parte posterior del cuerpo. Su coloración varía de gris pálido a castaño. El nombre científico del ñandú mayor es Rhea americana. Para los indígenas representaba la tierra y era símbolo de lluvia, ambas cosas fundamentales para sobrevivir.

[11] Vicuña: ver llama.

[12] Princesas o Vírgenes del sol. Doncellas consagradas al servicio del dios sol.

[13] Tacu: Algarrobo. Árbol frondoso siempre verde. Su fruto es la algarroba con la que se fabrica el patay, especie de pan, y la aloja, bebida fermentada.

[14] Topos: Alfileres largos con una placa circular en un extremo con el que las mujeres prendían el rebozo o túnica.

[15] Llanto: vincha. Tira de tejido que sujeta el cabello.

[16] Uturunco: Tigre, animal sagrado de los pueblos andinos, símbolo de la tierra.

[17] Kúntur: Cóndor, ave nativa símbolo del cielo.

[18] Ampatu: sapo.

[19] Dios del mal

 

©Adaptación -Ana Cuevas Unamuno

 

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domingo, 23 de agosto de 2009

EL RUEGO DE LAS NUTRIAS

(Cuento premiado en el: I Encuentro Internacional de Escritores- (San Juan): Entretejiendo el Hacer de las palabras)

Cuenta una vieja leyenda, que hace mucho, mucho tiempo, cuando todavía los animales y los hombres hablaban la misma lengua, unas nutrias llegaron a un gran poblado y casi desde que llegaron, los desastres empezaron.

Ellas sin preocuparse por los efectos de sus acciones, comenzaron a construir sus largos y complejos túneles y sus diques.

Los habitantes del poblado que nada sabían de la llegada de las nutrias, ni de lo que hacían bajo tierra, veían desconcertados que sus casas de un día para otro se tambaleaban. Los postes que las sostenían primero se hundían y luego caían arrastrando todo con ellos.

¡Y eso no era todo!, el río cada vez trasportaba menos agua y hasta las plantas y los brotes tiernos morían sin causa aparente, o bien desaparecían de repente como si las entrañas de la tierra las tiraran hacia abajo. Cosa que en realidad no hacían las entrañas de la tierra sino las nutrias, pero ellos no lo sabían.

Cansados de estos problemas los habitantes decidieron investigar la causa y así fue como descubrieron a las nutrias.

Cuando se encontraron con ellas, como los habitantes eran muy amables y educados, les pidieron reunirse para tratar de llegar a un acuerdo. Las nutrias de mala gana accedieron.

Por tanto humanos y nutrias finalmente se reunieron un atardecer, en la hora justa en que nacía la luna y se marchaba el sol.

—Estimadas nutrias — comenzó diciendo el jefe del poblado que era un bondadoso anciano — Entendemos que ustedes tienen el mismo derecho que nosotros a vivir en este sitio.

— ¡Así es! ¡Así es! — interrumpieron las nutrias a coro, mirando altaneras a los habitantes.

—El inconveniente que nos ha reunido— continuó el anciano con la misma tranquilidad —es que vuestros hábitos y los nuestros son diferentes...

— ¡Por supuesto! ¡Por supuesto!— volvieron a interrumpir las nutrias burlonas.

—Estas diferencias no son menores pues nos están causando serios problemas. —Continuó el anciano — No pretendemos que cambien sus hábitos, ni nos molestan las diferencias...

— ¡Muy bien! ¡Muy bien!— corearon las nutrias girando para marcharse.

— ¡Esperen!— llamó el anciano — No he terminado — Se apresuró a agregar. — Nuestras casas se caen, nuestros sembrados se pierden y nos falta el agua, todo a causa de ustedes, por eso pensamos que podríamos dividir el espacio y llegar a un acuerdo de buena convivencia, para que todos podamos vivir contentos.

— ¿Dividir? No, no, eso no. — Dijo con brusquedad la jefa de las nutrias — Si no les gusta este sitio o no les resulta propicio, pueden mudarse. ¡Nosotras ya estamos contentas! No necesitamos ningún acuerdo. —añadió muy seria.

—Por favor, estimadas vecinas —suplicaron los habitantes del maltrecho poblado —Son muy egoístas al pensar sólo en sus necesidades. No les pedimos que se marchen, queremos vivir todos felices. Escuchen nuestras súplicas — pidieron dolidos los pobladores.

Ignorando ruegos y súplicas las nutrias orgullosas regresaron a sus casas.

Desesperados al ver frustrados sus intentos los habitantes se vieron obligados a mudarse, por lo que días más tarde se marcharon con todas sus cosas en busca de nuevas tierras. Al verlos partir las nutrias contentas al quedarse con tan fértil tierra, salieron a despedirlos.

— ¡Quizás un día vayamos a visitarlos!— les gritó una joven nutria, indiferente a la tristeza de los despojados.

Se oyó entonces un estruendo de furia en el cielo y ante las aterradas nutrias apareció la Señora de las Bestias.

—Querida Señora. ¿Habéis venido a visitarnos? — preguntó atemorizada una nutria vieja que a diferencia de las otras sabía que la diosa nunca se mostraba sin un importante motivo.

— ¡He venido porque me habéis avergonzado! Ninguna de mis criaturas se ha comportado jamás con tanto egoísmo como lo han hecho ustedes. Y es a causa de vuestra mezquina conducta que desde ahora y hasta que yo lo juzgue merecido, cuando alguien intente darles caza y las acorrale, como ustedes han acorralado a vuestros hermanos humanos, suplicarán como ellos han suplicado, sin obtener nada a cambio.

— ¿Perdonaréis a otros lo que a nosotras no nos perdonas?

— ¡No! A nadie perdono la injusticia. Aquellos que les den caza sufrirán la persecución de la adversidad igual que ustedes.

Dicho esto la Diosa regresó por el camino de plata a su hogar en la luna.

— ¡Oh, Señora! Perdona nuestra arrogancia— gimieron las nutrias desesperadas al verla partir.

Pero la diosa ni siquiera giró a mirarlas.

Cuentan que hasta hoy la Diosa no las ha perdonado y por eso las nutrias continúan uniendo en un gesto de súplica sus manitas, cada vez que alguien está por darles caza.

FIN

jueves, 13 de agosto de 2009

miércoles, 5 de agosto de 2009

LEYENDAS PARA NIÑOS

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la llorona lA NOCHE DE LAS ESTRELLAS la xcolche

la xtabay Las tablillas que cantan tajin

PACTO CON LA FELICIDAD ¿TE ANIMAS?

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¿Es lo que nos sucede o lo que interpretamos de lo que nos sucede, lo que determina nuestra vida?

La calidad de nuestras vidas depende en gran medida de la actitud con la que nos enfrentemos a ella y la interpretación que hagamos de los acontecimientos cotidianos.

Cuando sentimos que no logramos los objetivos buscados, cuando experimentamos frustración laboral, afectiva, creativa. Cuando sentimos que nuestra vida no es lo que soñamos ni deseamos, ha llegado el momento de revisar nuestras actitudes y modificarlas.

Dice un antiguo refrán: “Según creas crearás”  Toda creencia promueve una determinada actitud hacia nosotros mismos y hacia el exterior, actitud que a su vez atraerá una reacción afín.

Si deseamos un cambio de trabajo pero nos aferramos al que tenemos, el cambio no llegará. Si anhelamos encontrar el amor y rechazamos todo contacto, nuestro deseo se verá frustrado. Si una y otra vez nos vemos defraudados por otros, algo estamos enfocando mal. Detenernos a observar qué creemos, qué imaginamos, qué hacemos, nos permite conocernos y descubrir las causas de muchas de las dificultades frustraciones e incluso imposibilidades con que tropezamos.

Vivir sintonizados con nuestro ser más real, nuestra esencia, nos permite tener una vida plena y feliz.

COMO SABER SI ALGUIEN MIENTE

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Aprenda a interpretar el idioma gestual en el amor, la amistad y el trabajo.

El lenguaje no verbal, también llamado gestual o corporal, transmite mucha información más allá de las palabras. Se manifiesta en expresiones, señas, gestos y movimientos de las distintas partes del cuerpo. Conocer el idioma de los gestos es conocer al otro y a nosotros mismos.

 

CONQUISTA TUS MIEDOS

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ConquistaMiedos El miedo como la alegría es una emoción propia de todo ser vivo. Emoción que surge ante el presentimiento (o realidad) de un peligro contra el cual no se tiene, o se cree no tener, herramientas de defensa eficaces.

El miedo despierta a la acción, sea de huida o ataque. Sin embargo a medida que los seres humanos nos hemos ido civilizando y alejando del instinto, el miedo ha ido tomando otros rumbos y no siempre nos impele a la acción. Sentimos miedo ya no sólo ante un peligro real sino ante muchos imaginarios: miedo a la soledad, miedo a la muerte, miedo al abandono y la lista sigue y sigue.

¿Quién no ha sentido miedo? ¿Quién no se ha sentido en ocasiones paralizado, entorpecido en su camino, intimidado?

Miedo, terror, fobia, pánico… muchas causas, muchas sensaciones para una misma emoción que a su modo nos demanda atención. ¿Qué hacer para superar estos miedos? ¿Cómo descubrir las herramientas con que contamos? ¿Cómo saber si estamos sufriendo un ataque de pánico? …

 

¿TIENES 40? AHORA COMIENZA LO MEJOR

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tiene40

Cómo prepararse a vivir a pleno lo que está por venir.

¿Quién acuñó aquello de la crisis de los 40? Hoy los tiempos cambiaron y la llegada de los 40 es un paso a la madurez de la mujer. Es cierto que para algunas suele ser una etapa que se atraviesa con dificultad, por eso, esta obra nos ayudará a transitarla y aprovechar la experiencia para disfrutar al máximo el tiempo que llega.

HIJAS DE LA LUNA

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hijas DE LA LUNA

Los ciclos vitales femeninos.

Niñas, madres, abuelas...

Pubertad, fertilidad, menopausia. Cambios en el cuerpo. Cambios en el alma. Cómo atravesarlos y recorrer este tránsito sumando sin restar. Los ritos que se necesitan recordar para vivir plenamente cada ciclo con sabiduría y vitalidad.

Francois Valleys y la Abuelita



Un excelente Cuenta Cuentos, para ver más de él:
http://www.youtube.com/watch?v=jd2Rk10UDxA

NARRADORES COLOMBIANOS



http://www.youtube.com/watch?v=zOywHxG446s

martes, 4 de agosto de 2009

LA MUERTE ENAMORADA

No tengo por costumbre moverme por impulsos, sin embargo, el día que a la distancia vi al pobre campesino desechar por igual al diablo y al santo como padrinos de su hijo, supe que había llegado la hora de nombrar un nuevo ayudante. Pues, ¿qué otra cosa son los sanadores, sino mis mejores colaboradores?

No se lo dije entonces, ni nunca. Me limité a pararme frente a él y ofrecerme como madrina para su hijo. Aceptó sin titubeos y eso me satisfizo. Pidió honores y fama para su niño y se lo concedí dado que solo así podría serme útil.

Nada pueden reprocharme, desde el comienzo mismo me ocupé de él y sin que me viesen le vi crecer, y esperé el día de su vigésimo cumpleaños para cumplir mi palabra de visitarle.

No esperaba un cálido recibimiento cuando llegué en medio de la fiesta, curioso resultó por lo mismo, la sencillez y alegría con que el joven me recibió. Ahora, a la distancia, creo que en ese momento, lo imprevisible, lo inesperado, lo imposible, se instaló entre nosotros como un germen diminuto e invisible que en ese entonces no supe ver.

Como tantas otras veces a lo largo de los siglos y siglos que dura mi tarea entre los hombres, le entregué la hierba que sana y le di mi bendición junto a mis instrucciones. Él aceptó el trato y prometió obedecer. Si me encontraba a la derecha, tenía mi permiso para sanar, si a la izquierda, debía retirarse. ¡Fáciles instrucciones para tan trascendente tarea!

Fui yo quien le convirtió en el más grande de los médicos, y la fama, los honores y riquezas prometidos, llovieron sin cesar sobre él. Durante años, ni un sí ni un no nos enfrentó, tal como yo esperaba, tal como debía ser.

Hasta ese malhadado día en que viéndome a la izquierda de la cama de un pequeño moribundo, como tantos otros, algo sucedió en mi muchacho, algo terrible, poderoso, que le hizo rehuir mi mirada al tiempo que me desobedecía, salvando por sí mismo la vida del niño.

¿Qué sucedió en mi que se lo permití? ¿De qué rincón de su ser, oculto a mis ojos, extrajo el poder de insuflar vida? ¿Fue acaso ese misterio lo que paralizó mi determinación?..

Aturdida, me alejé. Le esperé en su casa envuelta en mi helada furia, deseosa de verle desafiante para poder castigarle como merecía. Pero él llegó suave, sumiso, sereno y en sus ojos vi la vergüenza de haberme desobedecido pero no el arrepentimiento. Y ese germen invisible nacido el primer día cosquilleó en mí, transformado en palabras imposibles de perdón. ¡Yo, que jamás he vacilado, que nunca antes me he visto perturbada, que carezco de corazón, de sentimientos y tantas otras debilidades mortales, tuve que reconocer ante mi misma, pues ante nadie más respondo, que por primera vez conocía una fuerza que podía afectarme!

Casi huí de esa casa, ¡ridícula acción para la Muerte que ante nada ni nadie ha huido nunca!, a refugiarme en mi útero de roca, palpitando con tanta fuerza como las llamas recién nacidas.

No poseo como atributos la reflexión ni el análisis, menos el remordimiento o la compasión, me basta ser impecable en mi tarea sin buscarle jamás sentido. Quizás por eso la paz restablecida entre nosotros me facilitó olvidar el episodio y continuar imperturbable mi tarea.

Más ¡Ay!, estaba escrito que el destino me había alcanzado y ya nada podría permanecer igual, como no permanece igual el cielo cuando muere una estrella.

Llegada la hora del Gran Rey, allí estaba yo buscando lo que me pertenecía, cuando mi niño llegó y al verme a la izquierda supo que nada podía hacer, y gacha la cabeza le vi temblar de pena.

Si tuviese sentimientos, podría jurar que me alegré al verle obediente, tanto como me enfurecí al instante al verle levantar la cabeza y con gesto decidido darle al rey la pócima que me lo arrebataba de las manos. Los hielos mismos del abismo se encendieron en ese momento en mis entrañas y latiendo en gélidas ráfagas, le esperé en su casa decidida a castigarle con todo el poder de mi ira.

¿Porqué al verle llegar, si se quiere aún más sólido y sereno que la primera vez, percibí cómo se debilitaba mi determinación? No se excusó en disculpas vanas, no bajó la mirada, no suplicó... Tampoco fueron sus palabras las que detuvieron mi sentencia en un espasmo inaudito de terneza, que inundándome por completo, a duras penas me dejó advertirle que ya no podría otra vez perdonarle. ¿Qué fue entonces?

Mucho tiempo cavilé en esa duda que me carcomía y la respuesta llegó inesperadamente a través de quien me la causaba, el día en que por tercera vez me desobedeció al mismo tiempo que se me entregaba por completo.

A la princesa que él amaba más que a nada, le había llegado la hora de acudir a mi abrazo, mi joven al verme lo supo y en mirada abierta y transparente vi al mismo tiempo su elección y su entrega.

Yo, que siempre he sido temida, odiada, investida de las peores formas, acusada de las mayores injusticias, convertida en la enemiga cruel de toda vida y no he conocido ni caricias, ni dulzuras, ni tan siquiera una plácida comprensión, recibí de improviso y sin aviso un amor tan vasto que llegaba a mi, vacío de pedidos. Y ese amor de quien siendo mi ahijado se convertía en mi hijo por el lazo que creaba al penetrarme, transformó mi destino hasta tal punto que al llevarlo a mi mundo de velas ardientes y mostrarle la inevitabilidad de su suerte, en el mismo momento que su vela y la de la princesa expiraban juntas su último destello, comprendí por fin cuál era mi verdadera naturaleza: ¡Ser quien diera el sentido a toda vida!

Y supe entonces lo que él siempre había sabido, que el Amor en su expresión más plena habitaba cobijado entre mis pliegues y era yo al fin su expresión final.

©Ana Cuevas Unamuno

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LA BATALLA DE LOS ESQUELETOS

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Tiempo había pasado desde que terminara la guerra de los treinta años, cuando en una tarde clara de primavera llegó un joven pintor al pueblito de Oppenheim. Una muchacha hermosa le salió al paso casi como surgida del aire y le interrogó sobre los motivos de su visita.

El joven gratamente sorprendido al encontrar tanta hermosura y cordialidad, le correspondió contándole los motivos de su aventura:

—Soy un artista a cuyos oídos han llegado loas de este valle y he venido a glorificar mis ojos con él y a dejar su imagen en la tela.

La muchacha complacida le invitó a la posada de su padre y en el camino fue contándole las mil y una maravillas que el joven encontraría en su amado valle.

Llegados a la posada el padre de la muchacha dio de comer y beber en abundancia al pintor y una vez concluida la cena, le ofreció una pipa y buen licor.

Así estaba el artista fumando y bebiendo bajo la claridad lunar cuando sintió tenues pasos que se le acercaban.

—Si vais a pintar— le susurró la muchacha — Debéis hacerlo junto a las ruinas de la antigua abadía, bajo la luz brillante de la luna.

—¿Por qué bajo la luna y no bajo el dorado sol?— preguntó intrigado el joven, volteando el rostro para mirarla.

—Porque solo la luna devela el horror y la belleza secreta del paisaje— repuso la jovencita, mirándole con tal ardor y suplica cómplice, que el joven se sintió turbado como jamás lo había estado, sabiéndose en ese mismo instante enamorado.

Sin más tomó su maleta de pinturas, telas y pinceles, salió de la posada y se dirigió al camposanto.

Era una noche tranquila, iluminada por una luna cálida y brillante, ni un solo sonido interrumpía la placidez del paisaje.

Llegado al campo santo se sentó sobre una lápida lisa, frente a las ruinas de la abadía. Sacó con cuidado sus materiales y buscó la imagen perfecta para su obra.

Preparando su tela estaba cuando su pire golpeó contra lo que creyó una piedra, se inclinó para apartarla y al levantarla descubrió con espanto que se trataba de una calavera. Horrorizado ante tan macabro hallazgo, lo arrojó lejos y poseído por el tropel de ideas desatadas en su mente, pintó con frenesí durante horas; hasta que bruscamente se asustó al oír dar las campanadas de medianoche, que en mala hora le arrebataron de su ensimismamiento; pues al alzar sus ojos hacia la torre del lejano campanario, mientras comenzaba a recoger sus cosas, tropezó con una escena que le puso la carne de gallina: miles de huesos desparramados entre las lápidas y la tierra, se alzaban uniéndose en perfectos esqueletos formaban horripilantes y espantosos batallones y obedeciendo a una orden nacida de la noche, reemprendían una antigua y descarnada batalla.

La batalla era cada vez más sangrienta, los esqueletos caían heridos de muerte y el chocar de las espadas aturdía el silencio de la noche; mientras la luna, como si estuviese empeñada en acompañar la macabra escena, pendía estática en el cielo justo sobre el campo santo.

El joven sintió que la sangre se le helaba en sus venas y el corazón le brincaba enloquecido dejándole impedido de todo movimiento. Con los ojos desorbitados, observó como la lucha se iba enardeciendo, hasta que la calavera qué poco antes había arrojado lejos, desprendiéndose del esqueleto caía nuevamente a sus pies y con voz sepulcral, le ordenaba que dijese al mundo que las almas de aquellos que habían sido forzados a luchar tiempo atrás y que noche tras noche se veían obligados a revivir la batalla final, no conseguirían descansar hasta que fuesen enterrados con dignidad.

En cuanto el reloj dio la una, el combate cesó y los huesos volvieron a colocarse por el suelo en desorden. El artista liberado del macabro hechizo, corrió de regreso a la posada, dejando olvidados sus materiales.

En la puerta lo esperaba la jovencita, que al verlo en tan espantoso estado le abrazó ayudándole a entrar. Ya provisto con una copa de fuerte licor, con voz vacilante relató a la joven y a su padre, la atroz experiencia vivida. Y supo entonces que años atrás en efecto había acontecido una terrible batalla en el campo santo, siendo algunos de los muertos enterrados y muchos otros abandonados sobre la tierra sin recibir sepultura.

—Tú lo sabías— gritó el artista mirando a la jovencita

Ella sintió y arrodillándose a su lado le dijo con la mayor dulzura

—Lo sabía y te suplico me perdones, más solo en voz de un forastero el pueblo creerá la historia y temiendo su divulgación dará al fin sepultura a los esqueletos extranjeros.

Comprendió el artista la verdad de estas palabras y al día siguiente el pueblo entero supo de su aventura y, antes del anochecer, todos los esqueletos recibieron digna sepultura.

Poco tiempo después, estalló la Guerra de los Siete Años, fue entonces cuando los habitantes de Oppenheim declararon que la aparición de los esqueletos habían presagiado el suceso.

Adaptación de una vieja leyenda. ®© Ana Cuevas Unamuno