martes, 29 de septiembre de 2009

EL EXTRAÑO DEL PARQUE

Erase que se era un hombre extraño que moraba en las calles dónde habitan las criaturas abandonadas del señor y al que tantos acudían por su intensa presencia de factura indescriptible, a confiarle sus penas y tribulaciones. En una mañana como esta, acudió a él un niño menesteroso en demanda de algo con qué aplacar el hambre de su madre y sus hermanos. Lo halló en la avenida, cerca de los bancos dónde comían las palomas, y con voz de sentida angustia le narró sus penas pidiéndole ayuda para remediarlas.

—Seis hermanos tengo y otro por llegar, ha muerto mi padre por ir a robar. Mi madre gastada de tan mala vida, nos mira y solloza su hambre y la nuestra. Vendo estampitas, recorro vagones, pido unas monedas, canto en ocasiones, Adela mi hermana ofrece su cuerpo, Ricardo esta preso por una nimiedad, Roberto saca lustre a botas y zapatos, Cristina vende rosas en bares de moda, Clarita da besos a cambio de monedas, y Arturo va conmigo porque es muy pequeño, a veces lo cargo, la gente nos mira y voltea el rostro para ocultar su vergüenza. Ninguno va a la escuela, ni tiene calzado, compartimos manta en noches muy frías y dormimos siempre debajo de un puente

El buen hombre viejo que por darlo todo nada tenía, sentíose conmovido por tanta miseria y hondamente apenado por no poder aliviarla; y así conmovido y apenado, púsose a despotricar contra la injusticia clamando a los gritos por la Gracia Divina. Mientras declamaba su público rezo y alcanzaba al cielo su voz desmedida, sus ojos se posaron en una lagartija que inapropiadamente reposaba a su vera, alargó hacia ella su mano, tomándola suavemente.

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Al contacto de esa mano milagrosa, la lagartija se trocó en una joya de oro y esmeraldas que entregó al niño diciéndole:

—Mira mi cuerpo gastado de sol, de frío y de viento, no porto calzado ni ropa decente, tan solo esta túnica de raída hechura y color incierto. Voy perdiendo dientes a cada mordida que le doy al tiempo, mi pecho se curva al peso de egoísmos y mezquindades propias y ajenas. Solo viven mis ojos que aún conservan la furia del mar y la inmensidad el cielo y mi voz que crece cada día llegando más lejos. Llevo siglos escuchando el clamor de entrañas secas, el raspar de harapos, el tiritar de heladas, el llanto incontenible de almas que se secan en sus cuerpos ateridas de dolor, de injusticia, de furia. Años de mirar ojos velados de miedo, sordos oídos al dolor ajeno, muecas complacientes, muecas de asco, manos inertes. He caminado todos los caminos y estrechado miles de encuentros, he vaciado mis pies de rutas, y soltado mis voces sembrando preguntas. He renunciado al silencio, a la conformidad, al acuerdo, y he permitido a mi pecho abrirse en surcos sangrantes para que de ellos beban los que marchen sedientos. Tengo las manos abiertas, los bolsillos rotos, la piel expuesta, la mirada despierta. Pero bueno, que no es de mí que hablamos sino de tu pena. Toma esto y ve a algún negocio de empeño, no dejes que te engañen, pelea precio y podrás calmar tu hambre y tu tristeza —

Obedeció el niño y con lo obtenido, no solo remedió el hambre de los suyos y la propia, sino que pudo cambiar su vida. Compró primero una tierra fértil, allí en el pueblo del que habían huido sus ancestros buscando el engañoso bienestar de la ciudad, construyó una casa, un granero, corrales, compró animales y sembró la tierra junto a sus hermanos, antes que nada quería que nunca más faltase el alimento. Y sin planearlo prosperó por su eficiente desempeño y la rectitud imposible de sus actos. Es que a cada deseo de injusticia le frenaba el recuerdo del anciano. Pasaron los años y el niño, ahora un hacendado, despertó un día pensando que era llegada la hora de restituir a su legítimo dueño aquella joya que de tanto provecho le había sido. Mucho anduvo buscándola hasta hallarla y recuperarla y una hermosa mañana estival volvió con ella en busca del viejo. Lo halló en una avenida, cerca de los bancos dónde comían las palomas, mucho más viejo y de ser posible mucho más pobre, pero con la misma intensa presencia que le había atraído aquel día hacia tiempo.

—Mi querido salvador— le dijo el ahora hombre— He vuelto a buscarlo para devolverle esta joya que me dio cuando siendo niño vine a suplicarle por un mendrugo para saciar el hambre. Mucho más que comida me ha permitido ella y mucho más que alimento me ha ofrecido usted. Ya no la necesito y por ello se la devuelvo, para que acaso cambie su vida o sea de ayuda para socorrer a otro que hoy sufra lo que antes yo he sufrido. Muchas gracias y que los caminos de la vida y las bendiciones del cielo le sean propicios.

El anciano nada recuerda ya. Con aire distraído toma la lagartija de oro y esmeraldas, su boca sin dientes sonríe al verla tan quietecita y la deposita con suavidad, su mano rugosa como viejo pergamino, en el rinconcito dónde el sol aún entibia. Nuevamente por milagro de su mano, aquel objeto precioso vuelve a ser lo que antes había sido, una lagartija que hecha a andar lenta en dirección a su hogar.

© Ana Cuevas Unamuno

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lunes, 28 de septiembre de 2009

LA VENDEDORA DE CERILLAS

Un cuento de Hans Christian Andersen

 

¡Qué frío hacía!; nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta.

Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos.
Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío.

En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; era hora de regresar a su casa y estaba hambrienta y medio helada.

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Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos bucles le cubrían el cuello, brindándole escaso abrigo.
Sin saber que hacer pues ningún bien le aguardaba ,se sentó acurrucada como un ovillo en el viejo portal de una casa.

Encogió los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, el temor a regresar a su hogar sin una moneda, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo, le helaba el alma. Sabía, sin duda alguna, que su padre le pegaría para descargar en ella su furia.

¿Para qué volver?, se preguntaba. En la casa también hacía frío; sólo los cobijaba el enclenque tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas.

Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! ….

 

Yesca Dudó… El frío pudo más y en un impulso sacó uno: «¡ritch!». ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! El fósforo dio una llama clara, cálida, como una lucecita. La niña intentó resguardar con la mano, el mayor tiempo posible, esa luz, que se le antojaba maravillosa.

Cerró los ojos e imagino que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien!

La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a ésta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared.


Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad.

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Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas, ardían en las ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos... y entonces se apagó el fósforo.

Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.
«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho: - Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.
Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.
- ¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad…

Mientras decía esto, a la pequeña se le ocurrió una idea: mantuvo abiertas las cajas de cerillas y las fue encendiendo una tras otra, una tras otra.

Desesperada, prendió los fósforos que le quedaban, uno tras otra. La abuela sonría en medio del prodigioso resplandor. Se acercaba cada vez más, y a la niña le pareció que la levantaba en brazos, como cuando era muy pequeñita, y la llevaba hacia arriba, alto, muy alto…allá donde no hace frío, donde no se siente hambre, junto a las estrellitas.

Así en envuelta en el cálido resplandor, salió del Año Viejo la pequeña vendedora de cerillas, para entrar en el Año Nuevo, feliz de estar siempre acurrucada en los cálidos brazos de su abuelita.

 

Con las primeras luces del alba la calle comenzó a animarse. Al pasar junto al portal en que al pequeña vendedora había pasado tantas horas, los vecinos madrugadores vieron un montón de restos de cerilla

Ninguno sospechó lo que había sucedido allí durante aquella fría noche del Año Nuevo.

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ESA PUTA PUNTA FRIA- JUCECA

Otro cuento contado de Julio César Castro...
Esta vez es un microcuento de su libro "Nadie Entiende Nada"

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viernes, 25 de septiembre de 2009

CRISTINA MIRINDA CUENTA

Cristina Mirinda cuenta: "Romance de la Derivada Enésima y el Arcotangente"

¡Una Excelente Narradora y una divertida, insólita y original historia!



AMOR… ¡Ay el AMOR!

Hay veces que ciertos temas parecen rondarnos con insistencia, y entonces nuestra cabeza se llena de pensamientos al respecto, de historias conocidas, de sensaciones, de dudas.

Justo ahora el tema que me ronda (seguramente a muchos de ustedes también) es el Amor….

¡El Amor!, fuerza universal que nos penetra y nos trasciende, fuerza llena de misterio al que ni los mejores poetas han podido atrapar en sus metáforas, en sus canciones a la luna, a la noche, a la amada... Y no han podido porque ellos intentan descifrar al amor puro, amor sublime, y nosotros, simples mortales, experimentamos día a día el confuso espectro que va de la necesidad de amor, al amor verdadero que tiene poco de poesía y mucho de tarea.

¡Cuantas cosas confundimos con Amor!

Amor le decimos a la necesidad de otro que nos mire y al hacerlo nos de identidad. O que siquiera marche a nuestro lado para no sentirnos tan solitarios.

Amor le decimos a quien nos hace de reflejo grato. A quien creemos que nos completa, a ese otro a quien aspiramos transformar hasta convertirle en la persona ideal que anhelamos, (¡y que por cierto siempre, siempre termina resultándonos imposible cambiarle!)

¡Tan simple que parecía en las novelas y tan complejo que resulta en la vida real! Porque hay que decirlo, por mucho que intentemos explicarlo, el amor que tan transparente y simple y lindo parecía, resulta ser un montón de incógnitas, de dudas, de sensaciones, un mapa que intentamos conocer y recorrer hasta desentrañar, y del que nos alejamos cada vez que nos sentimos atascados en un mojón... ¡Y vaya que hay mojones, y precipicios, y rocas, y traspiés, y…..Por lo visto el amor no es un estado previsible, es frenético y sereno, vigilante y calmo, tenso y fuerte, explosivo y moderado, sublime y cotidiano, certero y complejo, el amor comanda un vasto ejército de estados de ánimo, que para bien y mal nos desafían a cada momento.

Hoy, justo cuando estaba pensando en estos avatares del amor que tan pronto entusiasma como deriva en conflicto, alegra y enfurece....Se lo desea como lo más vital y luego al poseerlo pareciera que nada es suficiente, recordaba un cuento de Nasrudín. Como aquí cuento cuentos, ¿Qué mejor que seguir hablando del tema por mediación de estas historias?

La mujer perfecta

Nasrudín conversaba con un amigo.

- Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte?

- Sí pensé -respondió Nasrudin. -En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.

Continué viajando, y fui a Isfahan; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita.

Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material.

- ¿Y por qué no te casaste con ella?

- ¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.


¡Cuán cierta es esta búsqueda infructuosa de una perfección imposible!

¡Ay! amor, enamoramiento, necesidad..... dilema de ayer, de hoy, de siempre….


Las vías del Amor son inauditas,

como sabe quien las ha seguido,

pues Amor, de repente, retira su consuelo

No puede permanecer firme

aquel a quien toca el Amor

y gusta

muchas horas innombradas.

Tan pronto ardiente, tan pronto frío,

tan pronto tímido, tan pronto audaz;

numerosos son los caprichos del Amor....

Hadewjich de Amberes (hacia 1240) -

(Fragmento del poema estrófico V)

Claro que a veces tenemos experiencias que no son ni frustraciones ni lamentaciones, como este poema de Claudio M Cuenca a Inés…

INÉS- CLAUDIO M CUENCA (1812)


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miércoles, 16 de septiembre de 2009

UNA MUERTE DIGNA

Este es un cuento de JUCECA (Julio César Castro), exclente escritor y humorista Uruguayo a quien admiro profundamente. El cuento UNA MUERTE DIGNA ha sido publicado en el libro "Nadie entiende nada".

Narradora: Ana Cuevas Unamuno.
Los dejo para que disfruten.....



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domingo, 13 de septiembre de 2009

EL QUIRQUINCHO MÚSICO



Aquel quirquincho viejo, nacido en un arenal de Oruro, acostumbraba pasarse horas de horas echado junto a una grieta de la peña donde el viento cantaba eternamente. El animalito tenía una afición musical innegable. ¡Cómo se deleitaba cuando oía cantar a las ranas en las noches de lluvia! Los pequeños ojos se le ponían húmedos de emoción y se acercaba, arrastrando su caparazón, hasta el charco, donde las verdes cantantes ofrecían su concierto.

-¡Oh, si yo pudiera cantar así, sería el animal más feliz del altiplano! - exclamaba el quirquincho, mientras las escuchaba extasiado.

Las ranas no se conmovían por la devota admiración que les tenía el quirquincho sino que, más bien, se burlaban de él.

-Aunque nos vengas a escuchar todas las noches hasta el fin de tu vida, jamás aprenderás nuestro canto, porque eres muy tonto.

El pobre quirquincho, que era humilde y resignado, no se ofendía por tales palabras, dichas en un lenguaje tan musical, como suele ser el de las ranas. El sólo se deleitaba con la armonía de la voz y no comprendía el insulto que ella encerraba.

Un día creyó enloquecer de alegría, cuando unos canarios pasaron cantando en una jaula que conducía un hombre. ¡Qué deliciosos sonidos! Aquellos pajaritos amarillos y luminosos, como caídos del Sol, lo conmovieron hasta lo más hondo... Sin que el jaulero se diera cuenta, lo siguió, arrastrándose por la arena, durante leguas y leguas.

Las ranas que habían escuchado, embelesadas, el canto, salieron a orilla de la laguna y vieron pasar a los divinos prisioneros que revoloteaban en las jaulas.

-Estos cantores son de nuestra familia, pues los canarios… son sólo sapos con alas -dijeron las muy vanidosas y agregaron- : Pero nosotras cantamos mucho mejor. -Y reanudaron su concierto interrumpido.

-¡Chist...! ¡Esperen! -dijo una de ellas-. Miren al tonto del quirquincho. Se va tras las jaulas. Ahora pensará aprender a trinar como un canario... ja... ja... ja...

El quirquincho siguió corriendo y corriendo tras el hombre de las jaulas, hasta que las patitas se le iban acabando, de tanto rasparlas en la arena.

-¡Qué desgracia! ¡No puedo caminar más y los músicos se van! -Allí se quedó tirado hasta que el último trino mágico se perdió a lo lejos... Ya era de noche cuando regresaba a su casa. Y al pasar cerca de la choza de Sebastián Mamani, el hechicero, tuvo la idea de visitarlo, para hacerle un extraño pedido.

-Compadre, tú que todo lo puedes, enséñame a cantar como los canarios -le dijo llorando.

Cualquier persona que no fuera el hechicero se hubiera reído a carcajadas del quirquincho, pero Sebastián Mamani puso la cara seria y repuso:

-Yo puedo enseñarte a cantar mejor que los canarios, que las ranas y que los grillos, pero tienes que pagar la enseñanza... con tu vida.

-Acepto todo, pero enséñame a cantar.

-Convenido. Cantarás desde mañana, pero esta noche perderás la vida.

-¡Cómo!... ¿Cantaré después de muerto?

-Así es.

Al día siguiente, el quirquincho amaneció cantando, con voz maravillosa, en las manos del mago. Cuando éste pasaba, poco más tarde, por el charco de las ranas, se quedaron mudas de asombro.

-¡Vengan todas! ¡Qué milagro! ¡El quirquincho aprendió a cantar!...

-¡Canta mejor que nosotras!...

-¡Y mejor que los pájaros!...

-¡Y mejor que los grillos!...

-¡Es el mejor del mundo!...

Y, muertas de envidia, siguieron a saltos tras del quirquincho que, convertido en charango se desgranaba en sonidos musicales. Lo que ellas ignoraban era que nuestro pobre amigo, como todo gran artista, había dado la vida por el arte.



VOCABULARIO

Quirquincho = Armadillo del Altiplano Boliviano y del Norte Argentino.

Charango = Instrumento musical de cuerdas y sonido agudo, hecho con la caparazón del quirquincho. (Afortunadamente, hoy el charango se construye en base a madera).



Y si quieren que se los cuente.... acá les dejó el cuento

EL CUENTO QUE TE CUENTO....

video

EL QUIRQUINCHO MÚSICO- LEYENDA AYMARÁ
Narración: Ana Cuevas Unamuno

sábado, 12 de septiembre de 2009

EL SUEÑO DE LA SIRENA

Sirena (de Odisea)

Amara atraída por el canto de los pájaros

asciende a la superficie como cada atardecer. Ninguna fluorescencia marina, ningún pez colorido le produce tanto gozo y tanta nostalgia de lo imposible como la luz de la luna reverberando sobre las olas y los cientos de lucecitas parpadeando sobre la montaña del templo, y las ventanas de las casas esparcidas sobre la tierra. Sentada sobre una roca se deja llevar por el titilar, hasta que sus ojos posados en la gran ciudad le cuentan de cosas que no ven, de sueños desconocidos, de ansias insatisfechas eternamente.

El viento agita su cabellera que ondula en el espacio como alas de pájaro, la luna la tiñe de anhelos argentos que brotan en canto, en grito, en desgarro, un ruego.

Amara roza con su mano las escamas de su cola de pez, y sus pechos hambrientos de caricias distintas, secas, terrosas, se estremecen frustrados, alejándose, si esto fuera posible, de la humedad constante que la envuelve como cuna y tumba a su existencia.

Amara alza una vez más los ojos y se prohíbe todo llanto, ¡no creará más agua para el océano que la mantiene prisionera! Criatura de aire y de mar, doble identidad que combate en sí misma, La roca es su límite, ombligo que articula realidad y sueño.

La luna llena ilumina su rostro enfurecido y Amara la enfrenta lanzando un juramento: su hija no quedará sometida a las leyes arbitrarias del océano, será hija del aire, de los vientos, de la tierra y alcanzarán sus manos las luces que nunca se encuentran en las aguas, pues son luces humanas.

Amara regresa a su sitio y espera. Espera el día en que pueda cumplir su promesa.

©Ana Cuevas Unamuno

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jueves, 10 de septiembre de 2009

El secreto de la mariposa.

Roberta estaba tristísima porque Daniela su amiga del alma estaba muy enferma.

Un mes atrás cuando Daniela faltó al colegio, Roberta pensó que seguro tenía gripe y pronto volvería. Le pidió a su mamá que la llevará a visitarla pero su mamá le dijo que mejor no, que había que dejarla descansar. Para ponerla contenta le escribió una cartita llena de sonrisas.

Los días pasaron y como Daniela no volvía al colegio Roberta pensó que seguro tenía varicela. Ella la había tenido y se acordaba de las ronchas rojas que picaban mucho pero mucho y luego se curaban.

— ¿Tiene varicela?— le preguntó a su mamá

—No— le contestó su mamá y se fue a cocinar.

Toda la semana faltó Daniela al colegio y también la siguiente semana, entonces Roberta se asustó y le preguntó a su mamá:

— ¿Daniela se mudó a otra parte?

Su mamá se sentó a su lado, la abrazo con cariño y despacito le contó:

—No mi amor, no se mudó, pero está muy, pero muy enferma, por eso quizás no pueda volver al colegio.

— Va a volver cuando se cure— afirmó Roberta sorprendida.

—Si se cura sí— le dijo su mamá con una voz llena de dudas— Pero quiero que sepas que a veces las personas no pueden curarse.

—No te creo. Quiero ir a visitarla— le dijo Roberta enojada.

—No se puede porque está en el hospital— le explicó su mamá.

Tanto lloró Roberta que al final su mamá la llevó a visitar a su amiga, haciéndole prometer que no la cansaría.

El hospital era un edificio muy grande, todo blanco y lleno de gente que iba y venía. A Roberta no le gustó para nada ni el hospital, ni el cuarto donde estaba Daniela acostada en una cama grande, ni los tubos y cables que tenía en el cuerpo, ni lo flaca y pálida que estaba su amiga.

—Me parece que los doctores creen que voy a morirme— le dijo Daniela casi susurrando. Tan mal se sentía que hasta hablar le costaba.

—Eso es mentira, cuando te enfermas después te curas— le dijo Roberta enojada con los doctores y con todo lo que estaba pasando y no le gustaba. — Es este lugar que te pone así— añadió.

Daniela sonrió despacito, cerró los ojos y ya no le habló. Al ratito la mamá de Roberta le dijo que tenían que irse para que Daniela descansase.

Roberta estaba tan triste que se pasaba horas llorando en el jardín. Llorando y pensando que los niños no pueden morirse así como así, que las personas viejísimas se mueren, o los que tienen accidentes, pero su amiga Daniela no. Su mamá le había dicho que sólo un milagro podía salvar a Daniela, ¿dónde se encuentran los milagros? ¿Cómo se consiguen los milagros?

— ¡Quiero un milagro! Gritó sin deja de llorar.

De repente una mariposa amarilla se le posó en el hombro.

—No llores, sonríe— le dijo.

Roberta miró extrañada a la mariposa que estaba muy tranquila parada sobre su hombro derecho.

— ¡Qué tonta, ya me estoy imaginando cosas!— dijo en voz alta pensando que las mariposas no hablan y por las dudas añadió—No quiero sonreír, quiero llorar porque mi mejor amiga se va a morir.

— ¿Cómo lo sabes?— le preguntó la mariposa que evidentemente sí hablaba.

—Me lo dijeron— le contestó Roberta creyendo que estaba soñando.

—No es un sueño, esto es real. ¡Está sucediendo!— le dijo la mariposa como si le leyera el pensamiento.

—Pero… pero… No puede ser— dijo Roberta confundida.

—Te contaré un secreto: ¡Si es, puede ser!

— ¿Qué quiere decir eso? — le preguntó Roberta más confundida.

—Quiere decir que creas en las cosas que desea tu corazón. Deseabas un consejo y te he traído uno: si quieres verdaderamente que tu amiga se cure, tienes que creer que puede curarse.

— ¡Eso es ridículo! ¿Cómo voy a curarla yo? ¿Sólo queriendo?— se burló Roberta.

—Inténtalo. Imagina que está curada y sentada aquí a tu lado riendo contigo. Imagínala en el colegio estudiando, imagínala corriendo…

— ¿Eso es todo? — Le preguntó Roberta intrigada.

—No, eso sólo no alcanza, hay algo más.

— ¿Qué?

—Dile a tu amiga que ella también se imagine sana, jugando, corriendo contigo y de regreso al colegio. Las dos tienen que desearlo e imaginarlo con mucha fuerza.

—No puedo porque no permiten visitas, dicen que no se la puede cansar— le contó con tristeza Roberta.

—Hazlo, no la cansarás, la ayudarás. Hazlo pero sólo si realmente me crees— le dijo la mariposa y se echó a volar.

Roberta se frotó los ojos, miró a todas partes y creyó que se había vuelto un poco loca por la pena.

Esa noche una y otra vez soñó con la mariposa. Al día siguiente tomó una decisión: le pediría a su abuelo que la llevase al hospital, pero antes de hacerlo se imaginó toda la mañana que se lo pedía y su abuelo le contestaba que sí y que sería un secreto de los dos.

A la tarde le dijo a su abuelo

—Quiero que me lleves a ver a Daniela porque tengo algo importantísimo que decirle.

— ¿Qué es eso tan importante que quiere decirle?— le preguntó su abuelo

—Quiero decirle que va a curarse, que las dos vamos a imaginarnos fuerte que se cura y lo vamos a lograr.

El abuelo se quedó pensando un rato y luego le dijo:

—Te llevaré pero esto será un secreto entre los dos.

Roberta escondió la sonrisa de placer que le produjo comprobar que todo sucedía como ella lo había imaginado.

Sin decirle a nadie se escabulleron los dos hasta el hospital.

Cuando llegaron al cuarto en que estaba Daniela espiaron y como no había nadie entraron en puntitas de pie.

Daniela parecía dormida.

Roberta le agarró la mano y la llamó:

—Dani. Dani, soy yo, Roberta. Estoy aquí porque quiero decirte algo importante.

Daniela no se movió, Roberta desesperada miró a su abuelo que le sonrió y le dijo que igual le contara.

Roberta confiando en su abuelo se sentó junto a la cama y le contó a su amiga su encuentro con la mariposa.

—Vamos a intentarlo. No importa lo que digan los médicos ni nadie, nosotras podemos.

Daniela abrió los ojos y la miró. Roberta emocionada contuvo la respiración hasta que Daniela parpadeó dos veces.

—Yo te imaginaré a mi lado y tú me imaginarás a tu lado haciendo las cosas que hacíamos antes y… otras mejores — le dijo Roberta entusiasmada.

Desde ese día Roberta imaginaba todo el tiempo que estaba con Daniela, estudiaba con ella, le contaba todo, dormían juntas, se tiraban en el pasto, se bañaban, comían y reían.

Cada vez que estaba a punto de dudar cerraba los ojos y veía a la mariposa, entonces se sacaba las dudas del corazón y seguía imaginándose junto a su amiga. El tiempo pasaba y Daniela seguía enferma, Roberta tuvo miedo ¿y si la mariposa la había engañado?...Esa idea no le gustó, sacudió la cabeza y la echó, ¡Daniela se iba a curar!

Un día sonó el teléfono y Roberta corrió gritando:

—Es para mí, Daniela me está llamando

La mamá la miró sorprendida y preocupada, sacudiendo la cabeza de un lado al otro, pero Roberta sonrió al oír la voz de su amiga.

—Hola, ya volví a casa. ¿Quieres venir a visitarme? — le dijo Daniela riendo.

— ¡Claro!

Cuando Daniela se curó las dos amigas decidieron planear pequeños milagros como por ejemplo imaginarse paseando en dos bicicletas nuevas iguales, o imaginando que a Pablo, su vecino, finalmente el papá le dejaba tener un perro, o imaginando que era fácil hacer la tarea del colegio… Increíblemente todo lo que deseaban e imaginaban con todas sus fuerzas sucedía de un modo u otro; a veces rápido otras veces llevaba más tiempo, pero siempre sucedía.

De tanto imaginar descubrieron que si sonreían en vez de tener cara de enojadas, las cosas resultaban mejor y que si en vez de criticar trataban bien a los otros, los otros las trataban bien. También descubrieron que a veces algo que se quiere no resulta tan bueno como se espera y que otras veces suceden maravillosas cosas inesperadas gracias a que el corazón está contento.

Una tarde estaban sentadas en el jardín cuando de pronto tuvieron una idea grandiosa: ¡fabricarían pequeñas mariposas para sus amigas! Sin dudarlo pusieron manos a la obra, buscaron alambre, papel celofán amarillo, marcadores, lentejuelas, y luego le pidieron ayuda al abuelo de Roberta que siempre sabía como resolver los problemas.

En un ala de la mariposa escribían la palabra: ¡Inténtalo! Y en la otra: ¡Imagínalo!

Era tan divertido hacer las mariposas que cuando se hizo de noche descubrieron que tenían una caja de zapatos llena.

—No tenemos tantas amigas— dijo Daniela

La solución se las dio otra vez el abuelo de Roberta.

—Pueden contarle a sus amigas el secreto de la mariposa y luego regalarles una mariposa para ellas y otras tres para las personas a las que ellas quieran contarles. ¡Pueden crear la red de la mariposa!

La idea les encantó y la pusieron en práctica al día siguiente.

Esto pasó hace ya mucho tiempo y desde entonces sigue sucediendo, por eso si un día encuentras o alguien te regala una mariposa ya sabes que se te da la bienvenida a la red de los que ¡imaginan e intentan!

Algunos no hacen caso…, otros sí y pronto comprueba que los milagros suceden todo el tiempo.

©Ana Cuevas Unamuno

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jueves, 3 de septiembre de 2009

LA PROHIBICIÓN

En el país de Acá, antes que llegasen los conquistadores nadie tomaba Licor porque el Licor no existía. Ellos lo trajeron, y como nuestra tierra era buena para cultivar y hacer mucho buen Licor se la quedaron sin echarnos. Nos dejaron seguir trabajándola si lo hacíamos como ellos querían y les dejábamos lo cosechado. Algunos no quisieron y los mataron, otros se fueron para no morir y muchos sin saber qué hacer, asustados y cansados de llorar, se quedaron. De esto hace mucho tiempo. Fue antes que naciera el abuelo de mi papá.

Cuando yo nací ya vivíamos aquí y el tirano era tirano, por eso yo no sabía que antes era distinto y creí que era así como tenía que ser. A mí gustaba mucho el Licor. A casi todos nos gustaba, quizás porque de tanto fabricarlo le tomamos costumbre, o porque cada mes nos pagaban con vales y botellas… Cierto que las peleas violentas, los destrozos y la desidia también eran costumbre en ocasiones. Es que el Licor a veces se sube a la cabeza y daña los controles del cuerpo y la inteligencia, pero otras cosas también los dañan y nadie dice nada.

En el país de Allá; la patria de los conquistadores; también se tomaba Licor, pero no necesitaban trabajar la tierra porque eso lo hacíamos nosotros.

Nosotros que no sabíamos que en el país de Allá ahora era presidente un señor que detestaba el Licor y había decidido que nadie más lo bebiese. Tampoco sabíamos, aunque algunos lo sospechaban, que el tirano trabajaba para él. Cuándo lo supimos nos dio miedo, ¿de qué trabajaríamos?, ¿qué cultivaríamos? Por suerte como muchos campos eran de este señor y los otros de sus amigos, no nos quitó el trabajo, se contentó con prohibirnos beber.

La guardia del tirano vigilaba a toda hora para asegurarse que cumpliésemos la ordenanza, y si encontraban a alguien desobedeciendo, no le pagaban el jornal en meses. Era muy difícil desacostumbrarse a lo que antes nos habían hecho acostumbrar, sólo el miedo nos ayudaba, pero más difícil era saber qué hacer con las botellas con las que nos seguían pagando.

©Ana Cuevas Unamuno

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