miércoles, 29 de diciembre de 2010

Los Pies Desnudos

                                                 Un cuento de Silvina Ocampo.- Argentina

Esas peleas servidas como fiambres del día anterior son las peores, nos atan a un malestar hecho de nudos dobles, imposibles de desha­cer, tienen la consistencia pegajosa de las cataplasmas, pensaba Cristián Navedo, mientras agravaba el desorden de su escritorio apilando libros y papeles nuevos, cuya presencia agrandaba las cor­dilleras que crecían sin cesar sobre la mesa. Tenía el temor constan­te de morir asfixiado debajo de los papeles perdidos para siempre en el desorden, papeles que se buscan y no se encuentran nunca, por­que nadan en una zona indefinida de otros papeles detrás de los es­tantes, enredados para siempre en la obscuridad de los rincones empolvados de tierra. Y sin embargo, le habían enseñado de chico a ser ordenado, a doblar la ropa sobre una silla al acostarse, a guar­dar los cuadernos y los lápices en el cajón del pupitre, y más de una vez lo habían dejado sin postre. Pero todo eso no había hecho sino agravar su desorden, todo eso no había servido más que para ense­ñarle a ordenar su desorden, fervorosamente.

Cristián guardaba todo, hasta algunos de los cuadernos de su infancia, y sin embargo vivía en una perpetua angustia de haber perdido todo. Detrás de ese regimiento indisciplinado de cosas ha­bía toda una vida frondosa que se extendía en profundidades inson­dables; guardaba todo, hasta las peleas abortadas el día anterior; pero eran lo único que volvía a encontrar; no se le perdían nunca: las peleas, siempre las peleas con Alcira (las tenía todas registra­das, como en un libro de cuentas).

Se conocían desde hacía poco tiempo, pero ese tiempo parecía ha­ber nacido junto con ellos, tan hermanos se sentían. Y de pronto, co­mo asesinos lentos que entran de noche a una casa, las peleas se ha­bían introducido dentro de los días, traicioneramente. A medida que iba creciendo en ellos el amor, crecía la desconfianza y esa desconsi­deración prolija que trae consigo el amor: como los pliegues de un traje mal planchado que no se borran con nada, se intercalaban los pliegues del mal modo de los gritos y del silencio; todo equivalía a un Insulto. Así se había instalado entre ellos un mutuo desacuerdo que disminuía en forma de resentimiento mudo a la espera de otra rabia.

Cristián extrañaba secretamente sus amores confiados, distan­tes y distintos. Era tan fácil confiar en lo que no le importaba dema­siado. Esos amores de confiterías, de esquinas de almacenes, de pla­yas, que no le robaban nada, ni sus paseos por las mañanas al sol, ni sus horas vacías, ni la soledad que lo llevaba a tientas al lado de los demás seres, ni las visitas a casa de sus primas, ni la generosi­dad divina del tiempo, ni su desgracia de estar siempre solo.

Se acordaba de Ethel Buyington y de la relación inconsistente que los había unido durante un mes. Qué sensación de irrealidad le había dado esa inglesa transparente que le confió su vida la prime­ra tarde sentados en el banco de una plaza. Le había contado su in­fancia en un colegio de Londres. En casa de sus padres no vivía más que cuatro o cinco meses, durante las vacaciones. Había escrito una novela a los catorce años y debajo de su cama tenía una caja que contenía todos sus tesoros: una muñeca, un museo que consistía en una cajita con muchas divisiones donde coleccionaba toda clase de curiosidades: una mariposa, las puntadas de una operación de apendicitis, una piedra anaranjada, un caracol, un diente de leche, los ojos de una muñeca, y después la novela y después dieciocho poemas dedicados a su muñeca.

Ethel terminó los estudios más ignorante que antes y se fue a viajar por las costas de África con una familia francesa. Durante su ausencia se le murió la madre; las hermanas vendieron los muebles y la casa donde habían vivido. Recibió la noticia un mes después; sus tesoros se perdieron en la mudanza. Cuando volvió a Inglaterra no encontró en ninguna parte su cuartito cubierto de vuelos de pá­jaros y de flores; habían vendido hasta las cretonas. No encontró en ninguna parte el museo de cajas debajo de la cama. Ya no tenía ca­torce años ni en sus retratos de antes, ya no podía escribir ni sentir como entonces. Se hizo bailarina y bailaba con los pies desnudos pa­ra no tener que depender de los zapatos de baile que se pierden en los viajes debajo de las camas de los hoteles. Ethel tenía razón.

Pero él, Cristián ¡necesitaba tal equipaje! ¡Tal regimiento de li­bros, de cuadernos y papeles para hacer cualquier cosa, tal regi­miento de zapatos para usar al fin y al cabo siempre los mismos y no bailar con ellos!

¡Oh!, la felicidad de los bailarines contorsionistas y pruebistas que no necesitan llevar sino su cuerpo! Pero Alcira, pensaba Cris­tián...

 

Sobre la autora

Silvina Ocampo (1903-1993) nació en Bue­nos Aires. Desde joven estudió dibujo y pintura; uno de sus maestros fue Giorgio De Chirico. Publicó por primera vez en 1937 (Viaje olvidado). En 1940 se casa con Adolfo Bioy Casares y ese mismo año compila con éste y con Borges una Antología de la literatura fantástica. Sus poemas y cuentos aparecieron en la revista Sur que dirigía su hermana Victoria. Entre más de veinte obras publicadas vale recor­dar: Enumeración de la patria (poemas), Los que aman, odian (novela policial en cola­boración con Bioy, Emecé, 1945) y Los traidores (teatro, en colaboración con J. R. Wilcock). Recibió el Premio Munici­pal de Poesía y el Primer Premio Nacio­nal de Poesía. Realizó numerosas tra­ducciones del inglés y el francés y, a su vez, fue traducida a varios idiomas.

 

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lunes, 27 de diciembre de 2010

BUEN HUMOR

 

Mi padre me dejó en herencia el mejor bien que se pueda imaginar: el buen humor. Y, ¿quién era mi padre? Claro que nada tiene esto que ver con el humor. Era vivaracho y corpulento, gordo y rechoncho, y tanto su exterior como su interior estaban en total contradicción con su oficio. Y, ¿cuál era su oficio, su posición en la sociedad? Si esto tuviera que escribirse e imprimirse al principio de un libro, es probable que muchos lectores lo dejaran de lado, diciendo: «Todo esto parece muy penoso; son temas de los que prefiero no oír hablar». Y, sin embargo, mi padre no fue verdugo ni ejecutor de la justicia, antes al contrario, su profesión lo situó a la cabeza de los personajes más conspicuos de la ciudad, y allí estaba en su pleno derecho, pues aquél era su verdadero puesto. Tenía que ir siempre delante: del obispo, de los príncipes de la sangre...; sí, señor, iba siempre delante, pues era cochero de las pompas fúnebres.

Bueno, pues ya lo sabéis. Y una cosa puedo decir en toda verdad: cuando veían a mi padre sentado allá arriba en el carruaje de la muerte, envuelto en su larga capa blanquinegra, cubierta la cabeza con el tricornio ribeteado de negro, por debajo del cual asomaba su cara rolliza, redonda y sonriente como aquella con la que representan al sol, no había manera de pensar en el luto ni en la tumba. Aquella cara decía: «No os preocupéis. A lo mejor no es tan malo como lo pintan».

Pues bien, de él he heredado mi buen humor y la costumbre de visitar con frecuencia el cementerio. Esto resulta muy agradable, con tal de ir allí con un espíritu alegre, y otra cosa, todavía: me llevo siempre el periódico, como él hacía también.

Ya no soy tan joven como antes, no tengo mujer ni hijos, ni tampoco biblioteca, pero, como ya he dicho, compro el periódico, y con él me basta; es el mejor de los periódicos, el que leía también mi padre. Resulta muy útil para muchas cosas, y además trae todo lo que hay que saber: quién predica en las iglesias, y quién lo hace en los libros nuevos; dónde se encuentran casas, criados, ropas y alimentos; quién efectúa «liquidaciones», y quién se marcha. Y luego, uno se entera de tantos actos caritativos y de tantos versos ingenuos que no hacen daño a nadie, anuncios matrimoniales, citas que uno acepta o no, y todo de manera tan sencilla y natural. Se puede vivir muy bien y muy felizmente, y dejar que lo entierren a uno, cuando se tiene el «Noticiero»; al llegar al final de la vida se tiene tantísimo papel, que uno puede tenderse encima si no le parece apropiado descansar sobre virutas y serrín.

El «Noticiero» y el cementerio son y han sido siempre las formas de ejercicio que más han hablado a mi espíritu, mis balnearios preferidos para conservar el buen humor.

Ahora bien, por el periódico puede pasear cualquiera; pero veníos conmigo al cementerio. Vamos allá cuando el sol brilla y los árboles están verdes; paseémonos entonces por entre las tumbas, Cada una de ellas es como un libro cerrado con el lomo hacia arriba; puede leerse el título, que dice lo que la obra contiene, y, sin embargo, nada dice; pero yo conozco el intríngulis, lo sé por mi padre y por mí mismo. Lo tengo en mi libro funerario, un libro que me he compuesto yo mismo para mi servicio y gusto. En él están todos juntos y aún algunos más.

Ya estamos en el cementerio.

Detrás de una reja pintada de blanco, donde antaño crecía un rosal - hoy no está, pero unos tallos de siempreviva de la sepultura contigua han extendido hasta aquí sus dedos, y más vale esto que nada -, reposa un hombre muy desgraciado, y, no obstante, en vida tuvo un buen pasar, como suele decirse, o sea, que no le faltaba su buena rentecita y aún algo más, pero se tomaba el mundo, en todo caso, el Arte, demasiado a pecho. Si una noche iba al teatro dispuesto a disfrutar con toda su alma, se ponía frenético sólo porque el tramoyista iluminaba demasiado la cara de la luna, o porque las bambalinas colgaban delante de los bastidores en vez de hacerlo por detrás, o porque salía una palmera en un paisaje de Dinamarca, un cacto en el Tirol o hayas en el norte de Noruega. ¿Acaso tiene eso la menor importancia? ¿Quién repara en estas cosas? Es la comedia lo que debe causaros placer. Tan pronto el público aplaudía demasiado, como no aplaudía bastante. - Esta leña está húmeda -decía-, no quemará esta noche -. Y luego se volvía a ver qué gente había, y notaba que se reían a deshora, en ocasiones en que la risa no venía a cuento, y el hombre se encolerizaba y sufría. No podía soportarlo, y era un desgraciado. Y helo aquí: hoy reposa en su tumba.

Aquí yace un hombre feliz, o sea, un hombre muy distinguido, de alta cuna; y ésta fue su dicha, ya que, por lo demás, nunca habría sido nadie; pero en la Naturaleza está todo tan bien dispuesto y ordenado, que da gusto pensar en ello. Iba siempre con bordados por delante y por detrás, y ocupaba su sitio en los salones, como se coloca un costoso cordón de campanilla bordado en perlas, que tiene siempre detrás otro cordón bueno y recio que hace el servicio. También él llevaba detrás un buen cordón, un hombre de paja encargado de efectuar el servicio. Todo está tan bien dispuesto, que a uno no pueden por menos que alegrársele las pajarillas.

Descansa aquí - ¡esto sí que es triste! -, descansa aquí un hombre que se pasó sesenta y siete años reflexionando sobre la manera de tener una buena ocurrencia. Vivió sólo para esto, y al cabo le vino la idea, verdaderamente buena a su juicio, y le dio una alegría tal, que se murió de ella, con lo que nadie pudo aprovecharse, pues a nadie la comunicó. Y mucho me temo que por causa de aquella buena idea no encuentre reposo en la tumba; pues suponiendo que no se trate de una ocurrencia de esas que sólo pueden decirse a la hora del desayuno - pues de otro modo no producen efecto -, y de que él, como buen difunto, y según es general creencia, sólo puede aparecerse a medianoche, resulta que no siendo la ocurrencia adecuada para dicha hora, nadie se ríe, y el hombre tiene que volverse a la sepultura con su buena idea. Es una tumba realmente triste.

Aquí reposa una mujer codiciosa. En vida se levantaba por la noche a maullar para hacer creer a los vecinos que tenía gatos; ¡hasta tanto llegaba su avaricia!

Aquí yace una señorita de buena familia; se moría por lucir la voz en las veladas de sociedad, y entonces cantaba una canción italiana que decía: «Mi manca la voce!» («¡Me falta la voz!»). Es la única verdad que dijo en su vida.

Yace aquí una doncella de otro cuño. Cuando el canario del corazón empieza a cantar, la razón se tapa los oídos con los dedos. La hermosa doncella entró en la gloria del matrimonio... Es ésta una historia de todos los días, y muy bien contada además. ¡Dejemos en paz a los muertos!

Aquí reposa una viuda, que tenía miel en los labios y bilis en el corazón. Visitaba las familias a la caza de los defectos del prójimo, de igual manera que en días pretéritos el «amigo policía» iba de un lado a otro en busca de una placa de cloaca que no estaba en su sitio.

Tenemos aquí un panteón de familia. Todos los miembros de ella estaban tan concordes en sus opiniones, que aun cuando el mundo entero y el periódico dijesen: «Es así», si el benjamín de la casa decía, al llegar de la escuela: «Pues yo lo he oído de otro modo», su afirmación era la única fidedigna, pues el chico era miembro de la familia. Y no había duda: si el gallo del corral acertaba a cantar a media noche, era señal de que rompía el alba, por más que el vigilante y todos los relojes de la ciudad se empeñasen en decir que era medianoche.

El gran Goethe cierra su Fausto con estas palabras: «Puede continuarse», Lo mismo podríamos decir de nuestro paseo por el cementerio. Yo voy allí con frecuencia; cuando alguno de mis amigos, o de mis no amigos se pasa de la raya conmigo, me voy allí, busco un buen trozo de césped y se lo consagro, a él o a ella, a quien sea que quiero enterrar, y lo entierro enseguida; y allí se están muertecitos e impotentes hasta que resucitan, nuevecitos y mejores. Su vida y sus acciones, miradas desde mi atalaya, las escribo en mi libro funerario. Y así debieran proceder todas las personas; no tendrían que encolerizarse cuando alguien les juega una mala pasada, sino enterrarlo enseguida, conservar el buen humor y el «Noticiero», este periódico escrito por el pueblo mismo, aunque a veces inspirado por otros.

Cuando suene la hora de encuadernarme con la historia de mi vida y depositarme en la tumba, poned esta inscripción: «Un hombre de buen humor».

Ésta es mi historia.

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No temer

“En verano la sombra del pino cruzaba el jardín. Allí a lo lejos, el mar como atormentado por la indecisión enviaba velados fulgores intermitentes para responder a los del cielo.

-Observe la sombra de ese pino-dije

-Hermosa. ¿verdad?

-¿Solo hermosa?

-Sí.

-No solo es hermosa, tiene la ventaja de no temer nada, incluso si empieza a soplar el viento”

.diálogo de Kusamakura de Sosheki Natsume.

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martes, 21 de diciembre de 2010

El gigante de ojos azules

El gigante de ojos azules - El Poema original de Nazim Hikmet (Turquía, 1902-1963) -

Un gigante de ojos azules

Amaba a una mujer pequeña

Cuyo sueño era una casita

Pequeña, como para ella,

Que tuviera al frente al jardín

con temblorosas madreselvas.

El gigante amaba en gigante,

Su mano, a grandes obras hecha,

Mal podía construir los muros

Ni usar el timbre de la puerta

De una casita con jardín

con temblorosas madreselvas.

El gigante de ojos azules

Amaba a esa mujer pequeña

Que pronto se cansó, mimosa,

De tan desmesurada empresa

Que no concluía en un jardín

con temblorosas madreselvas.

Adiós, ojos azules, dijo.

Y, con graciosa voltereta,

Del brazo de un enano rico

Penetró en la casa pequeña

Que tenía al frente un jardín

con temblorosas madreselvas.

El gigante comprende ahora

Que amores de tanta grandeza

No caben ni siquiera muertos

En esas casas de muñeca

Que al frente tienen un jardín

con temblorosas madreselvas.



Leyenda Mocovíe: El árbol de sal

Los mocovíes, indígenas del norte argentino, conocen un helecho llamado Iobec Mapic, al que muchos confunden con un árbol, por que tiene un gran porte y puede llegar a los 2 metros de altura.

Dice la leyenda que cuando Cotaá (Dios) creó el mundo hizo esta planta para que alimentara al hombre; la planta se expandió rápidamente y fue de gran utilidad para la humanidad que la consumía agradecidamente.

Neepec (el diablo), sintió envidia de ver lo útil que era esta planta y se propuso destruirlas a todas, de la forma en que fuese necesario y posible. Se elevó por los aires y fue a las salinas más cercanas, llenó un gran cántaro con agua salada y los arrojó sobre las matas con la intención de quemarlas con el salitre.

Fue entonces que las raíces absorbieron el agua; la sal se mezcló con la savia y las hojas tomaron el mismo gusto. Cotaá triunfó una vez más porque la planta no perdió su utilidad, ya que con ella sazonan las carnes de los animales salvajes y otros alimentos...

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Ser infeliz. Franz Kafka

 

Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada, me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la puerta hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos al enemigo, se hubiesen enfurecido en la batalla.

Cual pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente oscuro, en el que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre las manos, pero de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la corriente de aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los pies, también del cuello, también de las sienes. Miré un poco en esa dirección, después dije: “buenas tardes”, y tomé mi chaqueta de la pantalla de la estufa, porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir. Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitación me abandonase por la boca. Tenía la saliva pesada; en la cara me temblaban las pestañas. No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La niña estaba todavía parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aquélla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco fuese ásperamente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije:

-¿Es a mí realmente a quien quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más fácil que equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo así y asá; vivo en el tercer piso. ¿Soy entonces yo a quien usted desea visitar?

-¡Calma, calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien.

-Entonces entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta.

-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo, tranquilícese.

-¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente. Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de abrir y mirar qué pasa. Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terminado su trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna? Por lo demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.

-¿Pero qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?

-Está bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber cerrado con la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi huésped. Tenga plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema ponerse a sus anchas. No la obligaré a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta decírselo? ¿Tan mal me conoce?

-No. En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo dicho. Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí?

-¡No es para tanto! Naturalmente, una niña. Pero tampoco es usted tan pequeña. Ya está bien crecidita. Si fuese una chica no habría podido encerrarse, así no más, conmigo en una pieza.

-Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve de mucho conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante mí. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se lo pido, dejémoslo. Y a esto hay que agregar que no lo conozco en cualquier lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor que encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en cuenta que ya me ha amenazado.

-¿Cómo? ¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin esté aquí! Digo “por fin” porque ya es tan tarde. No puedo entender por qué vino tan tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera. Concedo diez veces que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo que quiera. Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, cómo pudo creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza este pequeño momentito de presencia suya aquí? Un extraño sería más complaciente que usted.

-Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué entonces esa tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al instante.

-¿Así? ¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En definitiva está en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared! Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a obrar de otra manera.

-¿Es esto amable?

-Hablo de antes.

-¿Sabe usted cómo seré después?

-Nada sé yo.

Y me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces no tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa, hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero que estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso.

-¿Ya sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas bien abiertas sobre dos escalones.

-¿Qué puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.

-Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa.

-Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.

-Muy cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?

-¡Ajá! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve este no creer?

-Muy simple. Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene realmente a su pieza.

-Sí. Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro de mí.

De pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos.

-Ya que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle tranquilamente por la causa de su venida.

-Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos una información clara. Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar.

-Pero yo he oído decir que se les puede seducir.

-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?

-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón.

-¡Ah, sí…! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.

Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.

-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.

-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.

-Entonces está bien -dije.

Y ahora sí que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.

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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Las líneas de la mano

Un cuento de Julio Cortázar

 

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hacia el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.

Tomado del libro: Historias de cronopios y de famas, 1962

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lunes, 6 de diciembre de 2010

AMOR LITIGIOSO

 

Una acción posesoria yo entablara

para probar, con alegatos sabios,

tranquila posesión sobre tus labios

y derecho real sobre tu cara.

Sé que costumbre inmemorial me ampara

y que son rescindibles tus agravios;

pero al decir de Ulpiano y de los Flabios,

perdiera el juicio si tu amor ganara.

Responde a mi demanda dolorida

y reanuda la audiencia, suspendida

cuando iba a secuestrarte el primer beso.

Que prescribió la acción has pretendido,

pero el mío es derecho ya adquirido

como consta en las actas del proceso.

Francisco Ordóñez, Amor litigioso

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domingo, 5 de diciembre de 2010

HISTORIADOR MEDIEVAL

Hasta hace muy poco un hombre se enorgullecía de no tener que ganarse la vida y se avergonzaba de tener que hacerlo, pero hoy, ¿existe acaso la persona que, solicitando un pasaporte, se atreva a presentarse como Hidalgo, aun si la realidad es que tiene algunas rentas y ningún trabajo? Hoy la pregunta «¿A qué se dedica usted?» significa «¿Cómo se gana usted la vida?» En mi pasaporte aparezco como «Escritor»; esto no me causa molestias con las autoridades porque los funcionarios de inmigración y aduanas saben que ciertos tipos de escritores hacen mucho dinero. Pero si en el tren un desconocido pregunta por mi ocupación, jamás respondo «escritor» por temor a que continúe preguntándome sobre la naturaleza de mis escritos, ya que responderle «poesía» nos incomodaría a ambos, pues ambos sabríamos que nadie puede ganarse la vida escribiendo únicamente poesía. (Hasta ahora la mejor respuesta que he encontrado, buena porque marchita la curiosidad, es Historiador Medieval).

W.H. Auden, El poeta y la ciudad

 

sábado, 4 de diciembre de 2010

Angus y la doncella mágica.

                                                       (Leyenda Celta)

Cierta vez, Angus Og, hijo de Dagda y Boanna del palacio de New Grange, cayó profundamente enamorado de una doncella a la que había visto en sueños.

Sus padres, preocupados por el mal que acosaba a su hijo, buscaron a la joven por toda Irlanda, pero no pudieron encontrarla.

Finalmente decidieron llamar a Bov el Rojo, rey de los daanos de Munster y hombre diestro en misterios y encantamientos, quien tras buscar durante un año anunció que había encontrado a la ilusoria doncella en un lago llamado Boca de Dragón.

Angus y Bov viajaron hasta al lago, donde encontraron a quinientas doncellas paseando en parejas, cada joven unida a su pareja por una cadena de oro.

Entre todas las doncellas, Angus feliz reconoció a la de sus sueños y le preguntó a Bov quién era la muchacha, así supo que era Caer, la hija de Ethal Anubal, el príncipe de los daanos de Connacht.

Angus se lamentó por no ser lo suficientemente fuerte como para arrancarla de sus compañeras, pero siguiendo el consejo de Bov el Rojo, fue a pedir la ayuda de los reyes mortales de Connacht, Ailell y Maev.

Los reyes mandaron un mensaje al príncipe Ethal, pidiéndole la mano de Caer para Angus, pero él se negó a entregarla.

Ante el rechazo de Ethal, las fuerzas del rey Ailell lo sitiaron en su castillo y ante el segundo pedido de mano de Caer, el príncipe explicó que la joven vivía alternativamente bajo la forma de doncella un año y de cisne al año siguiente: "el próximo 1 de noviembre la podéis ver con otros ciento cincuenta cisnes en el lago Boca de Dragón".

Angus fue allí en el tiempo propicio, se acercó a la orilla y llamó a la blanca y alada Caer, le explicó quién era y de pronto se trasformó en cisne él también.

La doncella correspondió su amor y juntos volvieron al palacio de Angus, emitiendo una música tan divina que todos lo que la oyeron cayeron en un sueño plácido durante tres días y tres noches.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El Churrinche (Leyenda tehuelche).

 

Ulian era un indio tehuelche que poseía extraordinarios poderes. Todos lo amaban y respetaban en su tribu y no sólo sus hermanos, los indios; lo amaban también las plantas y los animales, con los que podía hablar porque conocía todos sus idiomas y podía entenderse con ellos a las mil maravillas.

Fueron ellos, los animales del bosque, los que, cuando Ulian era niño, lo salvaron de una muerte horrible...

Cierto día, el indiecito se sentó en el bosque para hablar seriamente con un insignificante pajarito gris al que él llamaba "Churrinche". Como tantas otras veces, Ulian trataba de convencerlo de que él era tan útil y bello como los otros pájaros, pero el churrinche no se convencía:

-¿No ves que no tengo ni una pluma de color? ¿No te das cuenta de que soy tan chiquito que casi no se me ve? Mírame bien: ¡Soy feo!... ¡muy feo!

Tan seguro estaba el pajarito de lo que decía, que creía que todos pensaban lo mismo que él y, por eso, andaba siempre solo, así nadie podría compararlo con las bellísimas aves multicolores que habitaban el bosque.

Tan ocupado estaba el indiecito con su pajarito desvalido, que no oyó acercarse a un gigante malvado que vivía en las cercanías y que tenía mucha envidia de los poderes mágicos de Ulian.

En un abrir y cerrar de ojos había atado pobre niño y lo había encerrado en una cueva, que había tapiado totalmente, esperando que muriera.

Pero... sin darse cuenta, el gigante había dejado una pequeña hendidura sin tapar, y por allí se coló el churrinche. Con su débil pico intentó desatar las cuerdas que inmovilizaban al prisionero, pero tenía tan poquita fuerza que no pudo conseguir nada. Además, el gigante, al darse cuenta de su presencia, lanzó un rugido tan fuerte que le arrancó todas las plumas de su copete.

- Andá y pedí ayuda a mis hermanos, los animales, ellos me ayudarán; dijo Ulian con el pensamiento, ya que estaba amordazado.

El churrinche estaba tan asustado y desesperado que se olvidó de su vergüenza y de un solo vuelo aterrizó en el claro del bosque, donde estaban reunidos los animales y les contó, casi llorando, lo que pasaba.

Rápidamente, se formó un congreso y quedó preparado el plan: el tucutuco cavaría un túnel desde su guarida hasta la cueva y por él sacarían a Ulian.

Esperaron a que se hiciera de noche y comenzó la tarea; si bien es cierto que el jefe era el tucutuco, todos los animales ayudaban a sacar la tierra y despejar el túnel, hasta que por fin llegaron a las paredes de la caverna.

Allí escucharon unos golpecitos que Ulian pegaba con los talones para indicar su posición y, en el mayor silencio, el tucutuco cavó un gran orificio.

El churrinche, mientras tanto, se había vuelto a meter en la cueva, para hacerle compañía a Ulian y ver los pormenores del rescate.

Entre todos los animales arrastraron al prisionero, todavía atado y amordazado, por el túnel recién cavado, rumbo a la guarida del tucutuco, donde pensaban esconderlo.

Ya estaban por empezar la marcha, cuando el gigante se despertó y lanzó un feroz rugido.

El churrinche se llevó un susto mayúsculo, pero lo primero que pensó era que debía avisar a sus amigos que el gigante estaba furioso, y lo primero que se le ocurrió fue ponerse a gritar tan fuerte como el gigante (en realidad, eso creía él):

- churruit... churruit... churruit... churruit...

churruit... churruit... churruit... churruit.

El gigante, más enfurecido que antes, por semejante batifondo, le arrojó una gruesa espina que se clavó profundamente en el pecho del pájaro, y se dedicó a perseguirlo.

Los animales aprovecharon para proseguir con el rescate, mientras el tucutuco iba taponando el túnel recién construido

Cuando estuvo seguro de que Ulian estaba a salvo, el churrinche, totalmente ensangrentado, dejó de gritar y, con las pocas fuerzas que le quedaban, voló hasta un chañar, a cuyos pies cayó desmayado.

Allí lo recogió una calandria, que lo llevó hasta Ulian que, con unos pocos pases mágicos lo curó, pero decidió que para siempre llevara el color de la sangre en su plumaje, como muestra de su coraje y valentía.

Y, por esa causa, el churrinche ya no es gris, sino que tiene los colores que tanto envidiaba a las otras aves.

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jueves, 18 de noviembre de 2010

EL TAZÓN DE MADERA

                                                    Cuento tradicional de oriente

El viejo se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto cuatro años. Ya las manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban. La familia completa comía junta en la mesa, pero las manos temblorosas y la vista enferma del anciano hacían el alimentarse un asunto difícil. Los guisantes caían de su cuchara al suelo de y cuando intentaba tomar el vaso, derramaba la leche sobre el mantel. El hijo y su esposa se cansaron de la situación. "Tenemos que hacer algo con el abuelo", dijo el hijo. "Ya he tenido suficiente. Derrama la leche, hace ruido al comer y tira la comida al suelo". Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba la hora de comer. Como el abuelo había roto uno o dos platos, su comida se la servían en un tazón de madera. De vez en cuando miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba ahí sentado sólo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran fríos llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.

El niño de cuatro años observaba todo en silencio. Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con trozos de madera en el suelo. Le preguntó dulcemente: "¿Qué estás haciendo?" Con la misma dulzura el niño le contestó: "Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá para que cuando yo crezca, ustedes coman en ellos."Sonrió y siguió con su tarea. Las palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer. Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupó un lugar en la mesa con ellos. Y por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecían molestarse más, cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.

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martes, 16 de noviembre de 2010

La Sonrisa

                                         Un cuento de MAX AUB

Cuando el general Den Bié Uko se enteró que su enemigo el general Bai Pu Un había caído prisionero, se alegró muchísimo. La verdad: nada hubiera podido satisfacerle tanto. Nadie lo notó. Así era de reservado, dejando aparte que los músculos de su cara no se prestaban a la exteriorización de ningún sentimiento.
Lo mandó encerrar en la última mazmorra del fuerte de Xien Khec. La conocía de tiempo atrás, cuando los ingleses lo tuvieron allí a pan y agua, cuatro años. Hacía de eso bastante tiempo: entonces Bai Pu Un era como su hermano. Ocho barrotes a ras de tierra, cosa de veinte centímetros de alto, sitio suficiente para que corrieran las ratas, gordas, de los arrozales de la colina en declive.
Sí, había sido como su hermano. Ahora había perdido. Den Bié Uko no dudó nunca, siempre tuvo fe en su estrella, aun cuando ayudaba a su amo —¿fue su padre?— a mover aquel telar primitivo. Entonces los franceses y los ingleses enviaban agentes suicidas que se hacían matar para que sus gobiernos tuvieran pretexto relativamente valedero para ocupar militarmente el país, hacíanse llamar misioneros. Den Bié Uko los admiraba y aprendió de ellos. Ahora, con Bai Pu Un en su poder no tendría problemas, pero estuvo a punto de fracasar. La culpa la tenía su rival, en el fondo siempre lo supo: era de sangre Kuri. ¿Cómo hacerle pagar los dos últimos años de inseguridad; de correr, esconderse, pasar hambre y miedo?
No era tan fácil como pudiera parecer a primera vista. Inmóvil en su hamaca el general vencedor rumiaba las posibles venganzas. En ningún momento se le ocurrió recurrir al tormento físico. Eso quedaba para los europeos o los mahometanos. El dolor se soporta cuando uno está decidido a ello. Lo sabía por propia experiencia, y ajena. El que quiere aguantar, aguanta.
Había traicionado a Bai Pu Un hacía tiempo y vencido. En estas condiciones no podía mostrarse generoso. Un mes antes, previendo el final dichoso le envió un emisario. Lo que le mandó decir su todavía rival no es para recordarlo. El empalamiento no era suficiente. Si lo hubiera insultado sólo a él, pase. Pero tuvo a bien meterse con su madre. Ahora lo tenía enjaulado bajo tierra. Den Bié Uko sonrió teóricamente.
La idea surgió al despertar. Sólo en el "pensar recto, querer recto, hablar recto, obrar recto, profundizar recto" reside la verdad. ¿Qué estaría pensando, qué estaría esperando Bai Pu Un? Pensaría en él, pendiente de su inclemencia: preparándose para el tormento, resignado a los suplicios.
Llegaban cantos de victoria apoyados en tambores.
A menos que creyera que Jembogan pudiera hacer algo por él. ¿Por qué no había de suponerlo? Pero ¿quién podía haberle puesto en antecedentes? Nadie. Jembogan, un dios. ¿Qué no podría si se lo propusiera? Si llegaba a enterarse de que Bai Pu Un había sido hecho prisionero por Den Bié Uko, intervendría, con toda su fuerza, que liberaría al preso. Bai Pu Un ignoraba el acuerdo a que había llegado con su vencedor. Si Bai Pu Un pudiera creer, hasta última hora, hasta ultimísima hora, que Jembogan lo iba a liberar. Que se iba a voltear la suerte de todo en todo...
Den Bié Uko se relame interiormente. Llama a U Ma Ni, su ayudante preferido y le da un amuleto de Jembogan, que trae atado bajo el sobaco. Le da la orden de hacerlo llegar por persona interpuesta a manos del prisionero.
Cuando supo que su orden había sido cumplida, mandó detener y ejecutar al mensajero en la plaza del fuerte para que, desde su celda subterránea, Bai Pu Un pudiera verlo. Debieron entregar el amuleto hacia las diez de la mañana, la ejecución tuvo lugar a las tres de la tarde. Den Bié Uko dejó pasar el resto del día sin hacer nada. No recibió a nadie pensando en lo que pensaba su enemigo.
Al caer la noche ordenó que al Norte, al Este y al Sur se dispararan unos cuantos tiros y, una hora después, una ráfaga de ametralladora a cosa de dos kilómetros de la fortaleza. Luego se emborrachó. Al despertar ordenó formar lo más de sus tropas disponibles como si fuesen a entrar en combate. Luego las mandó hacer un simulacro en las orillas del río. Las dos baterías no dejaron de disparar desde las diez de la mañana. Dizque se olvidaron de dar de comer al prisionero. Cuando el sol empezó a decaer hizo que sus tropas se replegaran hacia el recinto que las cobijaba sin dejar de disparar. De pronto dio la orden de suspender el fuego, de dispersarse en silencio, de formar el cuadro que había de fusilar a un vencido enemigo.
Por eso Jembogan nunca pudo explicarse el esbozo de sonrisa que apareció en la faz de Den Bié Uko, algún tiempo después —poco: las alianzas son frágiles— al enfrentarse al arbolón donde iba a ser, para lección de propios y extraños, colgado por los pies.

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lunes, 15 de noviembre de 2010

EL CIRCULO DE BABA

 

Cuenta un viejo mito que el Sapo vivía preocupado porque tenía en su campo un claro rival frente al que no tenía chances de sobrevivir: ¡La Serpiente!

Ella reptaba, cambiaba y alteraba la seguridad del viejo sapo.  Asustado y sin saber que hacer, el sapo hecho mano de un recurso impensado: hizo salir de su boca una baba con la que fue encerrando a la Serpiente en un Círculo.

Cada vez que la Serpiente intentaba pasar el borde, el Sapo, aterrorizado, escupía mas baba. Y La Serpiente, literalmente, rebotó siempre contra ese límite. Una vez encerrada ahí, se acomodó a vivir dentro del Círculo que el Sapo le trazó.Dice la leyenda que la serpiente un día dejó de intentar cruzar el círculo de baba y murió dentro de él.

La serpiente es símbolo del nacimiento constante, de la renovación, del desprendimiento de lo muerto, que en cada nuevo ciclo cambia su piel como en un nuevo nacimiento. Mientras esta se moviera libremente, el Sapo, símbolo de lo lento, lo viejo, que vive en el pozo, con su piel rígida y durísima, caería siempre vencido frente a ella.Al igual que el sapo las sociedad y nuestro temores, construyen círculos de BABA en los cuáles el impulso al cambio y la renovación, lo “nuevo” puede terminar prisionero, muriendo antes de ser.

La baba con que impedimos a nuestra serpiente interior manifestarse son: las creencias (no se puede, no está bien, no soy así o asá….)

Pero piensen: Si la Serpiente encuentra el modo de atravesar el Círculo, podrá crear su propio universo, y encontrará que ese mundo es infinito. ¿No creen que vale la pena?

domingo, 14 de noviembre de 2010

EL RECADO

                           Un cuento de Poniatowska Elena (México)

Vine, Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es éste tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles... En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy derechas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos... Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tu ventana y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa de pasta cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones... Pienso en ti muy despacito, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de ti que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: «No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche...» Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo al amor.

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Te esperaba a ti. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos –oh mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: «Te quiero»... No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo... Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado; que te diga que vine.

© Ediciones Era S.A., 1978.
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jueves, 11 de noviembre de 2010

Mundos... Mundos...

El cielo se abre celeste, casi sin nubes. Debajo, el bosque y el prado verde de pasto fresco y cimas pequeñas, onduladas como las olas del mar. La tierra con olor a rocío brota en flores que señalan la primavera naciente. El sol emerge del limite de los mundos, la luna acaba de esconderse; en un espacio mágico los astros del universo se han encontrado en un instante de amor, el mundo recibe sus dones. El hombre está dormido.
La niña corre por el prado sintiendo bajo sus pies descalzos el fresco del pasto mojado, el blando de la tierra húmeda. Abre los brazos y recibe en medio del pecho el primer rayo del disco dorado de los cielos.
Más allá, el lago despierta, las aves se acercan a beber, los animales cumplen sus rutinas, los árboles sacuden la modorra y los pájaros irrumpen ensordeciendo al silencio nocturno con su coro de melodías.
La niña corre casi desnuda, no teme nada, es libre y ríe, ríe a carcajadas...
El cielo la cuida cubriéndola, la tierra la cuida nutriéndola, ¿que más puede pedir?. El mundo se reduce a su espacio verde y fresco, la vida a danzar y reír. Todo esta bien en su mundo...

El cielo debe ser celeste y casi sin nubes, ¿cómo saberlo si el hollín de las chimeneas cubre la vista? El prado está asfaltado, los pájaros huyeron y solo unos pocos, tras sus barrotes, entonan su lamento a la perdida libertad. Los árboles están tiesos, los animales domesticados.
El hombre sigue dormido pero se cree despierto; no ve, no oye, no huele, no toca..., corre en pos de un hambre imposible de saciarse. Corre haciendo para no hacer. Teme todo, su panza no ríe, no ríe su corazón.

La niña mira por la ventana de un rascacielos. ¡Que pequeño es el hombre, que inmenso el cielo!, piensa mientras descubre el pálido reflejo de un sol lejano e invisible. Su pecho tiene frío, no hay rayos que la toquen, ni susurros de hojas, ni piares, ni aromas.
¿Seguirán los astros teniendo su instante pleno de amor eterno? ¿Habrá alguien que sienta los dones que al mundo le entregan?

La niña tuvo un sueño...
El cielo se abría celeste casi sin nubes, debajo el bosque y el prado verde de pasto fresco y cimas pequeñas, onduladas como las olas del mar.
Se vio la niña casi desnuda, corriendo, riendo, riendo a carcajadas, y abrió sus brazos al cielo para recibir el primer rayo del dorado astro de los cielos...
La niña despertó, giró los ojos, detrás de la ventana un cielo que podría ser celeste se cubría con el hollín de las chimeneas. Dos lágrimas escaparon de sus ojos mientras una sonrisa asomaba en sus recuerdos.
© Ana Cuevas Unamuno




martes, 9 de noviembre de 2010

El Cuento de las Arenas

 

Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaba a éstas.

Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo le susurró:

"El Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el río"

El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.

"Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo no lograrás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino"

-¿Pero cómo esto podrá suceder?

"Consintiendo en ser absorbido por el viento".

Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?"

"El viento", dijeron las arenas, "cumple esa función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río"

-¿Cómo puedo saber que esto es verdad?

"Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."

-¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?

"Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz. "Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial."

Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento. También recordó --¿o le pareció?-- que eso era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio. Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó: "Sí, ahora conozco mi verdadera identidad". El río estaba aprendiendo pero las arenas susurraron: "Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña"

Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía está escrito en las Arenas.

Awad Afifi el Tunecino

domingo, 7 de noviembre de 2010

LECCIÓN DADA A UN JOROBADO

                                                                     (Anónimo-Francia)

Cuenta una historia, que un jorobado escuchando a un predicador, se le hacía difícil creerle sobre la perfección de la obra de Dios. Un día lo esperó a la salida de la iglesia y le dijo:

-Usted pretende que Dios lo hace todo bien, ¡pero mire como me hizo a mí!

El predicador lo examinó un instante y le contestó:

- Pero amigo mío, ¿de qué se queja? ¡¡Está muy bien hecho para ser un jorobado!!!

sábado, 6 de noviembre de 2010

EL UNIVERSO ESTA RODEADO DE BUENAS NOTICIAS…

                                                                             Autor: Facundo Cabral

Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la Tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo.

Además, el Universo siempre está dispuesto a complacernos, por eso estamos rodeados de buenas noticias.

Cada mañana es una buena noticia. Cada niño que nace es una buena noticia, cada cantor es una buena noticia, porque cada cantor es un soldado menos, por eso hay que cuidarse del que no canta porque algo esconde….

Aprendí que nunca es tarde, que siempre se puede empezar de nuevo, ahora mismo, le puedes decir basta a la mujer (o al hombre) que ya no amas, al trabajo que odias, a las cosas que te encadenan a la tarjeta de crédito, a los noticieros que te envenenan desde la mañana, a los que quieren dirigir tu vida; ahora mismo le puedes decir 'basta' al miedo que heredaste, porque la vida es aquí y ahora mismo.

Que nada te distraiga de ti mismo, debes estar atento porque todavía no gozaste, la más grande alegría, ni sufriste el más grande dolor.

Vacía la copa cada noche, para que Dios te la llene de agua nueva en el nuevo día.

Vive de instante en instante porque eso es la vida. Me costó 57 años llegar hasta aquí, ¿cómo no gozar y respetar este momento?

Se gana y se pierde, se sube y se baja, se nace y se muere.

Y si la historia es tan simple, ¿por qué te preocupas tanto?

No te sientas aparte y olvidado, todos somos la sal de la Tierra. En la tranquilidad hay salud, como plenitud dentro de uno.

Perdónate, acéptate, reconócete y ámate, recuerda que tienes que vivir contigo mismo por la eternidad, borra el pasado para no repetirlo, para no abandonar como tu padre, para no desanimarte como tu madre, para no tratarte como te trataron ellos, pero no los culpes porque nadie puede enseñar lo que no sabe, perdónalos y te liberarás de esas cadenas.

Si estás atento al presente, el pasado no te distraerá, entonces serás siempre nuevo.

Tienes el poder para ser libre en este mismo momento, el poder está siempre en el presente, porque toda la vida está en cada instante, pero no digas “no puedo” ni en broma porque el inconsciente no tiene sentido de humor, lo tomará en serio y te lo recordará cada vez que lo intentes.

Si quieres recuperar la salud abandona la crítica, el resentimiento y la culpa, responsables de nuestras enfermedades.

Perdona a todos y perdónate, no hay liberación más grande que el perdón, no hay nada como vivir sin enemigos.

Nada peor para la cabeza y por lo tanto para el cuerpo, que el miedo, la culpa, el resentimiento y la crítica que te hace juez (agotadora y vana tarea) y cómplice de lo que te disgusta.

Culpar a los demás es no aceptar la responsabilidad de nuestra vida, es distraerse de ella.

El bien y el mal viven dentro de ti, alimenta más al bien para que sea el vencedor cada vez que tengan que enfrentarse.

Lo que llamamos problemas son lecciones, por eso nada de lo que nos sucede es en vano.

No te quejes, recuerda que naciste desnudo, entonces ese pantalón y esa camisa que llevas ya son ganancia.

Cuida el presente, porque en él vivirás el resto de tu vida.

Libérate de la ansiedad, piensa que lo que debe ser, será, y sucederá naturalmente.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

CERQUITA DE UN HÉROE

                           Un cuento de: MARÍA ESTHER DE MIGUEL

Cómo no, señor, trataré de hacerle un sosegado informe acerca de lo que me tocó pasar cuando fui a las Islas y enfrenté con las fuerzas propias al enemigo, mejor pertrechado y con armamento sofisticado, como es sabido, porque salió en todos los diarios.
En primer lugar quiero decirle que el día en que resulté designado fue un gran momento de mi vida, porque yo quería ir a luchar contra las fuerzas invasoras, aunque no me gustaba dejar Corrientes, que, amo usted sabe, es una tierra relinda. Y yo sabía que la iba a extrañar, como iba a extrañar a mi familia, o sea a mi mamá y a los gurises, o sea la Ñata y el Pedro y la Juana y el Lula y ... bueno, como son ocho no quiero cansarlos. Yo soy hijo de mi papá y de mi mamá, pero a lo mejor soy hijo de mí mamá solamente, porque en el tiempo en que yo nací, entre la Juana y el Lula, mi papá estuvo preso por razón de ser de política distinta (a la del Gobierno, claro) y yo recién de grande me dí cuenta de que sin mi papá mi mamá no pudo tenerme. Bah, pudo tenerme, si, pero no de mi papá, ¿estamos? Pero mi papá, que es el Rolo, ha sido siempre un padre, o sea que yo no he estado nunca guacho, como algunos desgraciados, razón por la cual te cuento que a mí me costó dejarlos, pero los dejé no más, porque servir a la Patria es un deber y a mi en todo ese año que estuve en la colimba me enseñaron subordinación y valor y yo bien que entendí la lección, aunque soy un poco lerdo de entendederas, además de no tener escuela ¿vio?. Primero y basta. En cambio, miré, rápido soy de oído, por eso puedo tocar en mi bandoneón, y de corrido, cualquier cosa, no bien la escucho. Compensaciones que trae la vida ¿no?
Bueno; yo ya era un soldado camino a la guerra y cerquita de ser un héroe, que era lo que la Patria andaba necesitando, según nos decían. Un "Hércules" nos llevó al teatro de operaciones, a sea a Puerto Argentino. Fue emocionante llegar. Más por las cosas que nos habían inculcado, supongo, porque, la verdad, todo aquello era un páramo y si a mí me hacía recordar algo de Corrientes (que, en realidad, es lo único que conozco de geografía del mundo) era a algunos descampados de Iberá, donde entre los esteros uno camina y se entierra, y ya no camina más, porque se enterró del todo.
Novedad, novedad fue el frío !válgame Dios! Y después, el viento, yo conocía la crecida del río, pero de crecida de viento tuve noticias allí. Por cierto, aprendí muchas cosas: cavar trincheras, minar campos, asentar caminos. Si parecía mentira, yo que hasta entonces sólo servía para gritar "sábalo a ochenta el kilo" o tocar el bandoneón No hay caso una guerra enseña cosas útiles si uno pone atención. Se lo contaré al Lula, me decía.
Pensamientos del principio, qué quiere, Con el tiempo, se nos fueron mermando las ganas de pelear. Para colmo, a los extranjeros esos les gusta pelear los feriados. Al principio pensamos que de punto herejes la tenían con los domingos. Pero despUés, cuando ya las fuerzas propias entraron en contacto directo con el invasor, supimos que todo era porque a ellos en los week end, que les dicen, cobraban doble. Supongo que usted sabrá: ellos no pelean por la patria y cosas como subordinación y valor sino por un sueldo ¿vio? ¿Qué me dice? Cada uno tiene sus gustos, pero dejarse matar por plata, digo yo, ese no entra en mis pensamientos. Entra en los de otros ¿vio? Claro que no son pensamientos extranjeros.
Le iba diciendo: todos veíamos que las cosas se ponían feas. Ya ni ganas nos quedaban de llegar a ser héroes, metidos como estábamos en el barrizal, muertos de frío y de hambre y viendo morir a montones bajo el nutrido fuego enemigo. Yo anotaba todo para contárselo al Lula y pensaba y pensaba. ¿Que cuál era el curso de mis pensamientos? La velocidad de corazón es algo grande en tiempo de guerra, pensaba se pasa del coraje al miedo, del mucho ánimo a la disminución del espíritu, del temor religión al descreimiento... Lo único que no pasa es el frío. Y el hambre. Y la bronca. Porque, como le decía, con tanta helazón, con días y días de aguante y con dieciocho  grados bajo cero, lo único que se desea es que todo acabe de una vez, aunque sea reventado como acabó el Ramírez, uno de Goya, que no dijo ni ay cuando dio un paso desgraciado, pisó una mina y voló por los aires en pedazos que nosotros juntamos. Pero le juró: en ninguno de los pedazos yo reconocí la figura del Ramírez de Goya.
Pero lo peor de lo peor llegó cuando, por decisión de los mandos superiores, mi Compañía emprendió su curso en dirección Sudoeste, hacia el monte Longton, entonces bajo el poder enemigo, que debíamos recuperar.
El duro fuego de accionar inglés no nos daba paz, pero nosotros avanzábamos, no más. Cuando llegamos a lo que había sido el puesto de las fuerzas propias !qué quiere que le diga, señor. Pero sosiego mi corazón y le explico: aquello era una carnicería. Mezclados los soldados argentinos y los otros eran todos iguales, y por todos uno se moría de lástima. ¿Sería necesario todo esto? Información que pregunto, señor, pero no creo hallar respuesta. En un refugio patriota encontramos ... una salvajería. Le ahorro detalles, pero le digo: cosa de bicho animal, no de hombre. Dijeron que eran los gurkas, y que ese tratamiento le daban a los enemigos, o sea a nosotros. Pero yo puse mi pensamiento: tales ruindades no creo sean cuestión de raza sino que va de persona a persona. Fíjese que en Corrientes yo conocí, aunque no por mirada propia sino por historias transmitidas, algunos matreros que descuartizan y esas cosas y por eso me dije: ser así es una maldición que alcanza a algunos, ya sean correntinos de Corrientes 0 gurkas de no sé dónde. Porque al enemigo, se lo digo yo a usted, usted le tiene rabia cuando no lo ve, pero en cuanto lo tiene de cuerpo cercano, con ojos y cara, cambia el sentimiento. No sé cómo decirle, pero le juro que pasa. Yo, por ejemplo, estaba sirviendo de apoyo a las propias fuerzas con fuego de mortero, cuando tuve ocasión de ver a un inglés enterito. Medio despistado, se había acercado por demás al enemigo, o sea a nosotros. Y qué quiere, en vez de darme alegrón tenerlo tan cerca, me entristecí. Me pareció que le veía los ojos azules como bolillas, y el pelo rubio y la cara llena de esos miedos que da ver tanta muerte cerca y ¿vio?, sentí tanta lástima que casi le digo cuidado, pero no le dije nada, cumplí con mi deber, o sea, apreté el dispositivo, pero eso sí, justo entonces cerré los ojos porque, la verdad, no quería enterarme qué le había pasado al rubión de los ojos claros.
Justo cuando nos estábamos replegando, porque al monte Longton minga que lo íbamos a retomar, según iban las cosas, con esos como dos mil fusileros ingleses que venían por oleadas, justo entonces, le digo, oigo como un suspiro, pero más dolido que un suspiro cualquiera. ¿Y quién era? El teniente Osorio, pálido con toda la palidez del mundo y en el vientre un buraco y saliendo del buraco el triperio, con perdón, que eran vísceras de cristiano y teniente, y los ojos, pobrecito, estaban como si de golpe les hubiera entrado muchísima vejez.
Yo me acerqué y un sargento también y lo quisimos levantar pero vimos que si lo movíamos se iba, porque hay avisos y avisos y el de ese porte era aviso de muerte. El. con un hilo de voz, nos dijo váyanse y comuniquen qué me pasó. Y el sargento lo cubrió con su capote y le dio la mano y le dijo sí, mi teniente, y a los dos les caían lagrimones y a mí también, para qué lo voy a negar.
Se fue el sargento pero yo me quedé, me quedo en razón de mis piernas, le dije, porque a mi también me dieron y no puedo caminar. Y ahí no más me puse a su lado. Pero a mí no me habían alcanzado nada sino que ¿cómo iba a dejarlo solo al teniente para que se muriera como un perro? Dígame. Y a más ¿qué le iba a decir al Lula? Así que me quedé, pero no mucho, porque al teniente los ojos se le fueron cerrando, como si no dieran más de sueño, y después dio un respingo y después nada más. Y entonces yo le puse su mano, - la que encontré - sobre el pecho y le dije el reguiescatimpace que decía mi abuela en los velorios y empecé a correr y correr. Porque de golpe se me había ido el aprecio por el jefe y me entró el amor por mí. Y corrí hasta que todo se oscureció y yO apenas alcancé a preguntarme: ¿Y esto se lo podré contar al Lula? Pero no alcancé a darme ninguna contestación.
Me desperté en la enfermería de las fuerzas captoras, por cuestión de las piernas. Yo me decía: por suerte, la granada no me dio en la cabeza. Porque una pierna es una pierna y otra pierna es otra pierna y las dos piernas juntas es peor, pero siempre es peor peor, porque es sin vuelta, la cabeza, y yo a la cabeza la tenía.
Tenía, además, las manos, mire qué suerte. Por lo del bandoneón lo digo ¿vio? Además, le cuento: yo creo que me conformé así, con tanta conformidad, porque en seguida me acordé de Pepe, de apelativo el Cortito, puesto que es de humanidad abreviada: tronco, cabeza y de extremidades, sólo las de arriba. Pepe el Cortito ¿sabe? se pasó su vida vendiendo limones y naranjas y mandarinas, o sea cítricos, que es lo que por allá se da, en el mercado frente a la plaza. ¿Y por qué yo no podría hacer lo mismo, cuanto más que lo mío no ha sido por microbio de enfermedad o destino de nacimiento sino por hecho bélico patriótico, o sea por defender algo nuestro? A más que el pobre Pepe siempre tuvo que andar sobre sus muñones y a mí, seguro, me van a regalar en seguida una silla de ruedas, ahora que soy casi un héroe, según me dicen todos y hasta salió en los diario.
Algo siento, no le digo que no: no poder ser tractorista, que era lo que más quise ser en mi vida. Pero pienso: aunque me quedé sin piernas no es tan grave, o sea, que mi destino no se cerró, como quien dice. Si la vida trae desgracias, apareja también linduras. ¡Míreme el tiempo de este día lleno de sol, por un ejemplo! ¡Y todas las cosas que tengo para contarle al Lula! ¿Se sonríe? ¿Qué quiere? Pasé los peligros de las muertes que arrastra la guerra. Ahora soy de este modo: pensar tranquilo y corazón sosegado. Ah, y el bandoneón para alegrarnos, que, por suerte, como le decía, me quedaron las manos.

domingo, 31 de octubre de 2010

EL ARTE DE CONTAR

                 Un cuento de Javier de Rios Briz

Todo comenzó un verano, cuando el abuelo Pascual se empeñó en enseñar al pequeño Daniel a sumar. “Para que vaya adelantando trabajo del nuevo curso”, dijo como apoyo a su decisión. “Deje al chaval que disfrute de las vacaciones, padre”, rebatió Marisa, la madre de Daniel, “que para eso ya están los maestros”.

Pero no hubo manera, el abuelo Pascual era y sigue siendo muy testarudo, y si se le mete una idea en la cabeza, no ha nacido el mortal que pueda disuadirle de seguir adelante con ella.

Así que fue a buscar la arrugada libreta que su mujer usaba para apuntar los litros de leche que vendían a los vecinos, y el flamante bolígrafo que le había regalado días atrás el comercial de la casa de piensos. El abuelo Pascual sentó al niño en sus rodillas, que accedió a recibir una improvisada clase de matemáticas sin rechistar, y empezó a escribir con grandes caracteres: 50.

- ¿Sabes qué número es éste, Dani?

- Sí, abuelo, el cincuenta.

- Sí señor, muy bien, chaval.

Debajo del primer cincuenta, escribió otro idéntico, y debajo de ellos trazó una línea más o menos recta, con esmero, como si se enfrentara a una obra de artesanía. Después procedió a hacer la suma, mientras le explicaba al niño en voz alta lo que estaba haciendo, intentando adoptar un estilo lo más didáctico posible: que si cero más cero es cero, que si cinco y cinco diez, y nos llevamos una, y como hemos acabado ponemos el uno delante..., y ya está: cincuenta más cincuenta, cien.

- ¿Te has enterado, Dani?

- Sí, pero no me lo creo, abuelo. -dijo el niño con esa bendita sinceridad que todos perdemos al entrar en la adolescencia.

- ¿Cómo que no te lo crees?

- Como que no me lo creo -aseguró el rapaz testarudo, y después amenazó- y si no me lo demuestras, no pienso estudiar nunca más.

- ¡Jodío crío! -murmuró el abuelo entre dientes.

- ¿Qué dices, abuelo?

- ¡Nada! Ven aquí conmigo. Vamos a dar un paseo.

Todos los que vieron pasar al abuelo y al nieto, veían sorprendidos como ambos se iban agachando de vez en cuando para coger con mimo diminutas piedrecitas, que después introducían con cuidado en una bolsa de plástico que portaba el anciano maestro.

Ya de vuelta en la casa, el abuelo se preparó para dar una clase magistral a su nieto, en la que demostraría la suma que habían hecho antes. Para ello sacaron al pequeño corralillo dos sillas, y el abuelo Pascual comenzó a contar piedrecitas con paciencia.

- ...cuarenta y nueve, y cincuenta. Bien ahora voy a hacer otro montón como

éste. ¿Me sigues Dani?

- Sí, abuelo.

El abuelo Pascual hizo dos montoncitos idénticos de cincuenta piedrecitas cada uno, y luego juntó los dos.

- ¿Ves? Los he juntado, es decir, los he sumado. Ahora voy a volver a contar las piedrecitas, y ya verás como hay cien.

- Noventa y cinco..., noventa y seis..., noventa y siete..., noventa y ocho..., noventa y nueve..., cien..., y ciento uno. ¡Me cago en la hostia!

- ¿Qué dices abuelito?

- Nada, Dani, nada, que algo ha fallado, pero tranquilo, que yo te lo demuestro, como que me llamo Pascual, yo te lo demuestro.

Y con paciencia, separó las pequeñas piedras, volvió a hacer dos montones de cincuenta, volvió a juntarlos y contó de nuevo. El pequeño Daniel no perdía ojo, y seguía extasiado las evoluciones de su abuelo.

- Noventa y siete..., noventa y ocho..., noventa y nueve. ¡Me cago en la mar serena!

- ¿Qué pasa abuelo? ¿Qué lo de las sumas es mentira? Eso pensaba yo, que es un invento para fastidiar a los niños.

Siete veces más lo hizo aquel mismo día, con diferentes métodos, y las piedras resultaron ser tan testarudas como él. Unas veces contaba noventa y nueve, y otras ciento dos, pero nunca, nunca, cien, ni por casualidad. Siempre hacía primero los dos montones de cincuenta, porque si no la demostración de la suma no sería válida, y al juntarlos nunca hallaba cien piedrecitas.

Por fortuna, el pequeño Daniel no cumplió sus amenazas. Ahora, el pequeño Danielito mide uno noventa y cinco, y está a punto de doctorarse en ciencias exactas. De vez en cuando visita a su abuelo, que sigue allí, en el pueblo.

Ha transcurrido el tiempo, inexorable como siempre, pero no pasa un sólo día sin que el abuelo Pascual cuente sus piedrecitas, siempre con idéntica mala fortuna.

Cuando va de visita, Dani le observa en silencio, pero no se atreve a colaborar; él prefiere creérselo sin más.

- Los matemáticos sólo demostramos las cosas sobre el papel -se suele justificar- dejamos ese tipo de experiencias a los físicos, o a gente como el abuelo, que tienen tiempo para las pruebas empíricas.

Y el abuelo Pascual sigue a lo suyo, cuenta que te cuenta, porque siempre ha sido muy testarudo. Tal vez lo hace porque si no consigue demostrar esta pequeña suma, pueden derrumbarse otras muchas cosas que el suele dar como ciertas. Creo que ya lleva así veinte años, o tal vez veintiuno, no sé, que es que lo de contar parece fácil, sí, pero como todo, el arte de contar requiere poseer ciertas habilidades, que no todos tenemos.

viernes, 29 de octubre de 2010

EL CLUB DE LOS PERFECTOS

                                                                Un cuento de Graciela Montes

Hay gente que ya está cansada de que yo cuente cosas del barrio de Florida. Pero no es culpa mía: en Florida pasa cada cosa que una no puede menos que contarla.

Como la historia esa del Club de los Perfectos.

Porque resulta que los perfectos de Florida decidieron formar un club.

Algunos de ustedes preguntará quiénes eran los Perfectos. Bueno, los Perfectos de Florida eran como los Perfectos de cualquier otro barrio, así que cualquiera puede imaginárselos.

Por ejemplo, los Perfectos no son gordos pero tampoco son flacos.

No son demasiado altos, y mucho menos petisos.

Tienen todos los dientes parejos y jamás de los jamases se comen las uñas.

Nunca tienen pie plano ni se hacen pis encima.

No son miedosos. Ni confianzudos.

No se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido.

Los Perfectos siempre están bien peinados, siempre piden “por favor” y jamás hablan con la boca llena.

Hay que reconocer que los Perfectos de Florida no eran muchos que digamos. Es más, eran muy pocos. Tan pocos que había calles, como Agustín Alvarez donde no podía encontrarse un Perfecto ni con lupa. Pero -pocos y todo- decidieron formar un club porque todo el mundo sabe que a los Perfectos sólo les gusta charlar con Perfectos, comer con Perfectos y casarse con Perfectos.

El Club de los Perfectos fue el tercer club de Florida. Los otros dos eran el Deportivo Santa Rita y el Social Juan B. Justo.

El Deportivo Santa Rita era sobre todo un club de fútbol. Los sábados por la tarde se llenaba de floridenses porque los sábados por la tarde se jugaban los partidos amistosos con el equipo de Cetrángolo.

El Social Juan B. Justo era el club de los bailes. Los sábados por la noche los floridenses que querían ponerse de novios se reunían a bailar con los Rockeros de Florida entre guirnaldas verdes, rojas y amarillas.

Pero el Club de los Perfectos era otra cosa.

Para empezar no era ni un galpón ni una cancha. Era una casa en la calle Warnes, con grandes ventanales y una verja alta de rejas negras. Y en el jardín que daba al frente, nada de malvones, dalias y margaritas, sólo palmeras esbeltas, rosales de rosas blancas y gomeros de hojas lustrosas.

Los sábados por la noche los Perfectos llegaban al club con sus ropas planchadas y sus corbatas brillantes. Como eran perfectamente puntuales llegaban todos juntos.

Se sentaban alrededor de la mesa con mantel almidonado y vajilla deslumbrante. Comían tranquilos y educados. Masticaban bien. Sonreían. Nunca parecían tener hambre. Ni apuro. Ni sueño. Ni rabia. Ni ganas. Ni celos. Ni frío.

Tan diferentes eran, que a los floridenses se les hizo costumbre eso de ir a visitar el Club de los Perfectos. Bueno, visitar es una manera de decir porque al Club de los Perfectos sólo entraban Perfectos, y los demás miraban de afuera.

Lo cierto es que, a eso de las siete de la tarde, en cuanto terminaba el partido, los del Deportivo Santa Rita se venían en patota a la calle Warnes y, a eso de las ocho, antes de ir para el baile del Social Juan B. Justo, las parejas de novios pasaban por la calle Warnes para echarles una ojeadita a los Perfectos.

Los floridenses se apretaban todos junto a la verja. Eran un montón, pero ninguno era perfecto. Estaba doña Clementina, llena de arrugas; el nieto de don Braulio, que era un poco bizco; el chico del almacén, que era petiso; Antonia, llena de pecas… y chicos que usaban aparatos en los dientes, chicos que a veces se comían las uñas, chicos que a veces se hacían pis encima, chicos con mocos, muchachos que clavaban los dientes en los sánguches de milanesa porque tenían hambre y chicas un poco despeinadas porque había viento.

Los sábados por la noche el Club de los Perfectos estaba siempre rodeado de floridenses. Y fue por eso que, cuando pasó lo que tenía que pasar, hubo muchos que pudieron contarlo.

Resulta que estaban ahí los Perfectos, tan perfectos como siempre reunidos alrededor de la mesa, perfectamente bronceados porque era verano y perfectamente frescos y perfumados, cuando pasó lo que tenía que pasar.

Pasó una cucaracha.

Una cucaracha lisita, negra, brillante, en cierto modo una cucaracha perfecta, que trepó lentamente por el mantel almidonado y empezó a caminar, perfectamente serena, por entre los platos.

El primero que la vio fue un Perfecto de saco blanco y corbata a rayas, perfectamente rubio. La cucaracha se acercaba, pacíficamente, hacia su plato.

El Perfecto rubio se puso de pie… demasiado bruscamente, porque voló la silla, empujó con el codo el plato decorado, que se estrelló contra el piso, y derramó el vino tinto de su copa labrada sobre la Perfecta de vestido blanco.

La cucaracha entre tanto, posiblemente sorda y seguramente valiente, seguía recorriendo la mesa, desviándose sin sobresaltos cuando se le interponía algún plato.

Los Perfectos en cambio sí que parecían sobresaltados. Había algunos que se subían a las sillas y gritaban pidiendo ayuda, y otros que se comían velozmente las uñas acurrucados en los rincones. Había algunos que lloraban a moco tendido y otros que, de puro nerviosos, se reían a carcajadas.

El mantel ya no parecía el mismo, lleno como estaba de platos rotos y copas volcadas. Y serena, parsimoniosa, la machita negra y lustrosa proseguía su camino.

Los floridenses que estaban junto a la reja al principio no entendían. Se agolpaban para ver mejor, los de la primera fila les pasaban noticias a los de atrás. Aníbal, el relator de los partidos amistosos, se trepó a lo alto de la verja y empezó a transmitir los acontecimientos:

-El Perfecto de la Camisa a Cuadros se cae de espaldas. Rueda. Quiere ponerse de pie, trastabilla y cae sobre la Perfecta del Collar de Nácar. La Perfecta del Collar de Nácar pierde la peluca. Se arroja al suelo y camina en cuatro patas tratando de recuperarla. El Perfecto del Traje Azul tropieza con ella, pierde el equilibrio y cae… Cae también su dentadura, que golpea ruidosamente contra la pata de la mesa…

Arrugados, despeinados, manchados y llorosos, los Perfectos fueron abandonando la casa de la calle Warnes. Los floridenses los miraban salir y no podían casi reconocerlos. Algunos estaban pálidos. Otros parecían viejos. Algunos, si se los miraba bien, eran francamente gordos. Y todos, uno por uno, estaban muertos de miedo.

A los floridenses más burlones les daba un poco de risa.

Los floridenses más comprensivos les sonreían y les daban la bienvenida: al fin de cuentas no era tan malo estar de este lado de la reja.

De más está decir que ese mismo día se disolvió el Club de los Perfectos.

Y cuentan en el barrio que los sábados por la tarde algunos de los que fueron sus socios llegan cansados y hambrientos del Deportivo Santa Rita y que otros van, un poco despeinados, al Social Juan B. Justo.

Cuentan también que en la casa de la calle Warnes ahora crecen malvones.

Y parece que así es mucho mejor que antes.

Editorial Colihue, 1989. Colección del Pajarito Remendado.

jueves, 28 de octubre de 2010

Interpretando según convenga

Cuento Sufi

Un día de lluvia torrencial un vecino corría presuroso buscando cobijo, cuando un hombre devoto le preguntó:

-¿Por qué corres?

-Corro para no mojarme -contestó.

-¿No sabes, desgraciado, que el agua de lluvia es una bendición divina? ¡Disfruta de ella! -le increpó el religioso.

Impresionado, el vecino comenzó a caminar despacio, calándose hasta los huesos.

Ocurrió que, otro día, el vecino vio al devoto corriendo bajo la lluvia.

-¿Has olvidado ya que la lluvia es una bendición del Señor? -preguntó irónico.

-Precisamente por eso corro a fin de no pisar esta bendita agua -respondió mientras se perdía calle abajo.

 

martes, 26 de octubre de 2010

LA TRAMPA DE LAS OVEJAS

                          

  Un cuento de Laura Devetach

Era horrible aquella noche. A Margarita le ardían los ojos y el corazón hacía ruido de animalito encerrado.

La abuela se iba a otra ciudad por mucho tiempo, y no y no, ella no quería, se sentía demasiado sola. Las lágrimas salían calientes de los ojos calientes.

La abuela ya le había dicho que regresaría y volverían a estar juntas.

Todos le habían asegurado que iba a volver algún día. Pero a Margarita no le interesaba nada que volviera.

Ella lo que quería era que no se fuera. No quería que la dejara.

—¡No y no! —se llenaba las manos con puñados de sábana, con puñados de almohada mojada de lágrimas.

El sueño llegaba como un peso sobre los ojos pero, de un salto, se volvía a ir.

—Duérmase mi niña –había dicho la abuela—. Pronto volveré.

Pero Margarita sentía un dolor muy grande, una falta de cielo, se sentía como en un campo sin nada de nada. Estaba muy cansada y no podía dormir.

—Algo pasará. Algo rarísimo va a pasar y la abuela no podrá irse
–decía—. Sí, algo va a pasar.

Cerró lo ojos para tratar de dormir. Entonces se acordó de las ovejas.

Tenía que empezar a contarlas de a una, suavemente, dándoles tiempo para saltar un pequeño cerco. Así se lo había enseñado la abuela.

—Si no se puede dormir, una tiene que contar ovejas, Margarita.

—¿Cuántas?

—Todas las que hagan falta.

Margarita empezó por traer una oveja apretando fuerte los ojos. Tan fuerte que saltaban chispas doradas y gusanos fosforescentes por el lado de atrás de los ojos.

A la oveja le costó saltar el cerco. Ya del otro lado, se volvió a mirar para tras como si hubiera olvidado algo.

—Bueno, que se vaya, andate oveja, si no, no viene otra y yo necesito muchas, muchas.

Pero la oveja quedó allí, esperando.

Con un esfuerzo, como si la trajera arrastrando suspendida por las lanas del cuello, Margarita trajo otra, que también saltó.

Entonces la primera desapareció de un brinco empujada por la segunda. Y apareció la tercera, un poco dudosa todavía, pero después siguieron de a dos, de a tres, de a miles.

Eran como chorros de ovejas, bandadas, ejércitos, ventarrones, tifones con patas. Hacían temblar todo como los búfalos de las películas de vaqueros.

Con la habilidad de una vieja pastora, Margarita las fue conduciendo y amontonando en la terminal de colectivos, a la salida del pueblo y en la ruta llena de curvas que iba a la ciudad.

Un mar de ovejas taponaba todo camino posible. Olor de oveja, de pis de oveja, de bee bee de ovejas. Todo tan apiñado, apretado y compacto como para que nadie, nadie, pudiera salir del pueblo ni irse a ninguna parte nunca más en ningún colectivo.

Margarita, dormida, respiraba entre sollozos. Pero una sonrisa empezó a aparecer en la esquina de la boca.

En el fondo sabía que la abuela iba a partir a pesar de la trampa de las ovejas. La veía abrirse camino, despidiéndose.

La saludaba con el brazo en alto, sin ninguna duda.

Margarita respondió moviendo apenas los dedos. Como si de ese modo pudiera evitar algo.

Ahora que la abuela ya no estaba, había que mandar a dormir una por una a cada oveja. Eso llevaría tiempo. Las ovejas no retroceden fácilmente. Se empacan, piden comida, hay que empujarlas por las ancas, tironearlas por las lanas del cuello. Son una verdadera trampa.

Margarita empezó a trajinar con las ovejas, suspirando. A hacerlas trotar, a deshacer rebaños para que el camino quedara despejado y limpio. Y, también suspirando, empezó a esperar que la abuela regresara a buscarla, con el brazo en alto, por la punta del camino.

(De El enigma del barquero, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2000, Colección Pan Flauta)

Bibliografía y algo más de la autora, ver acá

 

lunes, 25 de octubre de 2010

La eñe también es gente

                                                     Por María Elena Walsh

1. La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe.

2. ¡Señoras, señores, compañeros, amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la eñe! Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y de admiración. Ya nos redujeron hasta el apócope. Ya nos han traducido el pochoclo. Y como éramos pocos, la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe con su gracioso peluquín.

3. ¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños? ¿Entre la fauna en peligro de extinción figuran los ñandúes y los ñacurutúes? ¿En los pagos de Añatuya cómo cantarán Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? Y, ¿cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní?

4. “La ortografía también es gente”, escribió Fernando PESSOA. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W y la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda, la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui. A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, solo porque la eñe da un poco de trabajo. Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad. Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños. ¡Impronunciables nativos!

5. Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo no compartido porque así nos canta.

6. No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César BRUTO, compinche del maestro OSKI. Ninios, suenios, otonio. Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania.

7. La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera dónde se debate nuestro discriminado signo. Letra es sinónimo de carácter.

8. ¡Avisémoslo al mundo entero por Internet! La eñe también es gente.