domingo, 14 de febrero de 2010

HISTORIAS DE AMOR EN SAN VALENTIN

 

EXTRAÑA CRIATURA CUPIDO QUE CON SU ARCO Y SU FLECHA SIEMBRA AMORES DE VARIADOS COLORES.

  • Los hay trágicos y jocosos
  • Frustrados y gloriosos
  • Burlescos y solemnes
  • Casuales y eternos
  • Sólidos e interesados
  • Creativos y destructivos

Volátiles, asfixiantes, apasionados, incomprensibles, mágicos, mediocres ……

Nadie está libre de estas flechas y nadie tiene de antemano la receta.

¡El amor se aprende amando!

Y aunque no apuesto a este día comercial que se ha vaciado de su sentido original, que era, les cuento a quienes no lo sepan, el de una celebración de la anunciación de la primavera, en la que hombres y mujeres se entregaban al amor y al gozo convocando desde sí mismos la potencia vital y fértil de la tierra. Danzaban llamando a los aromas, a los colores y a los pájaros. Se amaban sin promesas, ni expectativas como ama el agua a la tierra, la semilla al alimento, la vida al sol….

A modo de homenaje a esas fuerzas y a nuestra naturaleza humana siempre hambrienta de amor y con tanto miedo a amar, les comparto estas historias.

Los amantes de Teruel

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La leyenda sobre los amores de Isabel Segura y Diego Marsilla es la más popular y tierna de todas las que se conocen en España, también muy conocida a nivel internacional. Todas las literaturas y todas las civilizaciones tienen historias de amor desdichadas: Píramo y Tisbe, que murieron juntos en los ríos de la lejana Babilonia; Leandro, que muere arrastrado por las olas del Helesponto y Ero, su amante, que no le sobrevive; Romeo y Julieta en la Mantua del Renacimiento... Pero si todas estas parejas son inequívocamente legendarias, en nuestro caso, Isabel y Diego fueron dos personajes de carne y hueso, que vivieron en el Teruel reconquistado a los árabes, allá por el siglo XIII. De ello pueden dar fe sus dos cuerpos momificados, que se conservan en unas urnas de cristal, recubiertas por dos magníficos sepulcros de mármol, en una iglesia de la ciudad.

En la calle de los Ricos-hombres de Teruel se encontraba el solar de la casa de Marsilla, nobles hidalgos, y muy cerca de ella habitaba la familia Segura, perteneciente, también, a la nobleza turolense. Los Marsilla tienen un solo hijo, Diego y los Segura, son padres de una hija única, Isabel. Son casi de la misma edad, y desde pequeños, como sus respectivas familias son amigas, se han criado, prácticamente juntos, jugando en los jardines de uno o de otro.

De la amistad se pasó al amor. Isabel, que se dice tiene la belleza de una "madonna", sólo piensa en Diego y no hay joven en la ciudad que le parezca más gentil, más tierno, más apuesto y más fiel. Diego, por su parte, comparte los mismos sentimientos hacia su amada. Sólo piensa en el momento feliz en que pueden unirse y compartir su vida por siempre. Pero los Marsilla no son ricos. Perdieron gran parte de su hacienda en las guerras contra los moros y en las dispuestas entre los nobles de distintas facciones y de este quebranto no han llegado a reponerse. Los Segura tampoco tienen una posición desahogada. Algunos dicen que debido a esto, Diego tuvo que partir a la guerra para ganar honra y dineros. Otros apuntan que los Segura querían que su hija se casase con alguien más rico para que gozara de una vida holgada.

Por aquellos días, llegó a la ciudad Rodrigo de Azagra, un rico hombre, comisionado por el rey de Aragón para resolver ciertos asuntos en Teruel. Este cortesano influyente y con gran fortuna, apareció rodeado de un séquito brillante que causó gran asombro. Azagra lo tenía todo, y hasta este momento la vida había sido generosa con él. Cualquier deseo o capricho lo había satisfecho al instante y se sentía fuerte y seguro de sí mismo.

La nobleza turolense se desvivió por atenderle y agasajarle y quiso la mala fortuna que, en uno de esos agasajos conociese a Isabel Segura y se prendase de su belleza y dulzura. Sin pensarlo dos veces, habló con Pedro Segura, padre de la joven, y la pidió en matrimonio.

La riqueza del pretendiente, su nobleza y su importancia en la corte, deslumbraron a los padres de Isabel, que dieron palabra de matrimonio al señor de Azagra.

Cuando Isabel tuvo conocimiento de su futuro matrimonio, creyó morir de dolor. A pesar de que en aquellos tiempos el cabeza de familia era el que tomaba todas las decisiones y más las que correspondían a los enlaces de sus hijos, Isabel se atrevió a decirle que, desde niña, amaba a otro hombre al que había jurado amor eterno.

En vano trató el padre de imponer su voluntad y de hacerla razonar la madre, habiéndole de las ventajas de este matrimonio, tanto para ella como para su casa. Isabel sólo pudo decir que si pronunciaba un sí en una boda forzada no sería más que un perjurio.

Diego recibió aviso de su amada de lo que estaba sucediendo y habló con el padre de Isabel. El hombre se conmovió ante la sinceridad de los sentimientos de ambos y le dio un plazo al enamorado galán. Si dentro de seis años y seis días no volvía rico, juraba entregar la mano de Isabel a Rodrigo de Azagra.

Aquella misma tarde, Isabel y Diego se despidieron entre lágrimas y suspiros.

- Hasta la dicha o la muerte -le dijo él a modo de adiós.

- Tuya o muerta -respondió, llorando la bella Isabel.

Diego Marsilla marchó con una banda atada al brazo, divisa que le entregó Isabel y una rosa que ella había mojado con sus lágrimas.

Lejos de Teruel, Marsilla trata de conseguir fortuna. Es diestro con la espada y, con valor, combate en la batalla de Las Navas de Tolosa, donde obtiene un buen botín. Parece que la fortuna le sonríe, pero alistándose a las órdenes de su señor natural, el rey Pedro II, lucha en el sur de Francia, donde las tropas aragonesas son vencidas y él cae prisionero de Simón de Monfort. Su ingenio y el recuerdo de Isabel, le ayudan a huir de su cautiverio y marcha a Siria como cruzado. De nuevo siente que su vida se encarrila cuando un francés albigense al que salvó la vida en Beziers, en la campaña francesa, le nombra su heredero universal, y recibe muchos bienes. El tiempo pasa... pero ya puede volver a su ciudad para cumplir el anhelo de su vida: casarse con Isabel. Embarca y, de nuevo, la desgracia se ceba en él. La nave que le trae a su patria es capturada por unos piratas. A pesar de que lucha con denuedo, cae prisionero y, herido, es llevado a Valencia y encerrado en una lóbrega mazmorra. Desesperado, ve pasar el tiempo, un tiempo precioso que se consume sin que Diego pueda hacer nada. Sólo quedan seis días para que cumpla el plazo fatídico. En un esfuerzo supremo, agotando sus últimas fuerzas, logra escapar de su cautiverio, pero cae rendido y pierde el conocimiento.

Cuando lo recupera, se encuentra en una estancia elegante, bajo los cuidados de una dama mora principal, Zulima, que lo ha recogido, ocultándolo y protegiéndolo. Se ha enamorado de él, de su gentileza y hermosura y así se lo dice a Diego, proponiéndole que huyan juntos, ayudados por las riquezas que ella posee. Pero Diego Mar silla hace tiempo que entregó su corazón y le resulta imposible sentir nada por otra mujer que no sea su Isabel. Decide presentarse ante el rey moro y ponerle en sobre aviso de una conspiración que se trama contra la vida del monarca y que él descubrió mientras estuvo en prisión. El rey le agradece ese gesto, le deja libre y enterado de su historia, le colma de riquezas. Sólo faltan unas horas para que expire el plazo... a galope parte hacia Teruel con el corazón lleno de esperanza y la imaginación perdida en los encantos y en las palabras de Isabel.

Ella ha esperado, un día, otro día... un mes, un año, otro año. Y ni una noticia, ni una carta... No faltan los que le dicen que quizás la haya olvidado o que haya muerto, pero el corazón enamorado de Isabel le dice que no es verdad, que Diego vive, que la quiere, que piensa en su reencuentro... Nada consigue doblegar su ánimo, pero pasa muchas horas llorando la ausencia del ser amado.

Cuando apenas quedan dos días, llega a Teruel un peregrino que habla de Siria, de Valencia, de las Cruzadas... Isabel lo recibe en su casa, ansiosa de conocer, de saber algo concreto. Sí, el misterioso peregrino conoce a Marsilla y le da detalles que no permiten dudarlo, pero Marsilla ha muerto, mientras intentaba una fuga con una mora cayendo bajo las estocadas de sus perseguidores. Isabel se siente morir también... además de perder a su amado, éste le ha sido infiel... la voluntad y el ánimo de Isabel se quiebran. Aquel extraño peregrino que le trajo tanta información, se retira mientras en su rostro se dibuja una sonrisa y en sus ojos brilla una luz de triunfo. La venganza de la despechada Zulema se ha cumplido.

Diego corre a uña de caballo. Al llegar a Teruel, las campanas tocan a vísperas en la iglesia de San Pedro. Corre hacia la iglesia en la que se está celebrando una boda. Entra en el templo con el corazón preso de los más negros presagios... ha llegado tarde. Isabel acaba de casarse con Azagra. Tras una columna, observa el paso del cortejo nupcial. Isabel, más que una novia parece una difunta, con el rostro pálido y los ojos extraviados y enrojecidos por el llanto. El flamante marido, orgulloso, la toma del brazo y saluda, sonriente, a los invitados inclinando levemente la cabeza. Todo se ha consumado. ¡No ha sido capaz de mantener su fidelidad ni sus promesas! ¡Tantos esfuerzos, tantos avatares superados! ¡Todo lo que hecho en su vida por Isabel ha sido inútil! "Tuya o muerta", le dijo al despedirse...y ahora es la esposa de otro... Su vista se nubla, y el corazón, literalmente, se le rompe. Como fulminado por un rayo, cae sobre las frías losas de la iglesia. Diego ha muerto.

La noticia corrió como un reguero de pólvora por toda la ciudad. Se forman corrillos, se comenta el luctuoso suceso cuando todavía están los novios en el porche de la casa de los Segura, donde tendrá lugar el banquete de bodas. Y esos murmullos llegan a los oídos de Isabel que, inquieta, pregunta. ¡Diego ha vuelto, a tiempo para escuchar el sí que sus labios perjuros han pronunciado en el altar! No ha podido soportarlo y ha muerto de dolor.

Vestida con su traje de novia, Isabel corre como una loca hacia el lugar donde yace su amor. El cadáver ha sido colocado en un féretro, en la misma iglesia donde cayó muerto, y allí llega ella, sollozando, gritando el nombre del ser querido, mientras la gente le abre paso, atónita ante tanto dolor. ¡Ella lo ha matado con su boda! ¡Ella lo ha matado, engañada por las falsas nuevas que le trajo Zulima!

Sintiéndose culpable, Isabel se abraza al cadáver, mientras le besa la cara, los párpados, ya cerrados, y los yertos labios, y le musita palabras de amor, y suplica su perdón. De pronto los sollozos cesan, e Isabel permanece enlazada al cuerpo de Diego con un férreo abrazo. Los que acuden a separarla de aquel despojo, se dan cuenta de que también ella está muerta.

La población entera quedó pasmada por estos hechos y muchos dijeron que era el castigo del cielo contra aquellos que habían separado a estas dos almas sencillas, puras y enamoradas. Por fin, se decidió enterrarlos en una misma sepultura para que, por toda la eternidad, permaneciesen unidos los dos amantes a los que había separado un destino cruel. El lazo de la muerte, más fuerte que la vida, hizo que jamás volvieran a separarse.

Desde entonces, Diego e Isabel reposaron en la capilla de San Cosme y San Damián, entre el respeto de muchos enamorados que, a lo largo de los siglos, han visitado el mausoleo de los amantes. En la actualidad, la ciudad de Teruel concede un premio, conocido como el de los Amantes, a parejas famosas que han sabido mantener su amor.

 

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