viernes, 5 de febrero de 2010

A veces el mundo, nuestro mundo, ¡duele mucho!

Me bombardean terribles noticias de los sitios más lejanos, también de los muy cercanos. Ya me escuecen los ojos de tanto llanto agolpado entre párpados cansados de esforzarse por retener algo de luz entre confusiones y tinieblas. Duele Haití, Duele Irak, duele Afganistán, duele la casa a la vuelta de mi cuadra, duele ese vecino que duerme en la calle con sus tres pequeños y la mujer que un rincón del mundo es golpeada por capricho y el hambre, el egoísmo y la mirada que huye disfrazando realidades.

Sé que breves intersticios entre espantos anida cierta bienaventuranza, cierta generosidad, el brillo de algunas almas que no cejan en su empeño por mantener viva la esperanza. Sé que junto a tanto odio, crueldad, injusticia, discriminación, habita el amor, la solidaridad, el abrazo. Ese saber me empuja cada día, abre mis ojos y mis manos, me permite la caricia, la ternura y la fuerza… Hoy, y ustedes perdonen si les resulta duro lo dicho, hoy que esta humanidad tan deshumanizada me duele, quiero compartirles las palabras de una Gran Mujer, que dicen aquello que late en mi alma….

 

LA PENA DE MUERTE

Artículo escrito por María Elena Walsh

aparecido originalmente en Clarín, 12 de setiembre de 1991

Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos.

Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado.

Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.

Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial.

Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia.

Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante.

Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.

Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios.

Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales.

Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.

Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno.

Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.

Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común.

A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.