lunes, 15 de marzo de 2010

Algo de los Tehuelches….

Cuentos de bocportada mapuchea a oreja.

EL CREADOR DE LA PATAGONIA

Hay una historia que ha pasado de boca en boca entre los tehuelches, desde el comienzo de los tiempos... Desde ese lejano comienzo en que aún no había tierra, ni mar, ni luna, ni aves, ni sol... Solamente existía Kòoch sumido en las tinieblas que todo lo envolvían.

Nadie sabe por qué de pronto Kòoch se sintió muy, muy solo y se puso a llorar. Lloro tantas lágrimas que de ellas se formó primero un río y luego, de tanto que creció, nació Arrok, el mar primordial, el inmenso océano adonde la vista se pierde.

Kòoch se dio cuenta que el agua crecía y estaba a punto de cubrirlo todo, y entonces dejo de llorar y suspiro un suspiro tan hondo y poderoso, que convertido en un fuerte viento, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar, separó las aguas y la tierra.

Quiso ver Kòoch lo que había sucedido más no pudo, todo estaba envuelto en la terrible oscuridad. Molesto hizo un gran tajo en las tinieblas y en ese mismo momento una chispa saltó y de ella nació Kéenyenken como luego lo llamaron unos o Xàleshen, como lo llamaron otros. Nosotros le llamamos Sol.

Todo lo iluminó Kéenyenken, y Kòoch estaba satisfecho, pero pronto comprendió que con tanta luz tampoco podía ver y eso no le gustó, por eso, cuando el intenso calor del sol comenzó a evaporar las aguas formando las nubes hasta entonces desconocidas, y estas, que primero disfrutaron andar por los cielos, pero luego desearon regresar a Arrok, su primer hogar, fueron a quejarse ante él con estruendo de truenos, relámpagos y rayos, Kòoch decidió cambiar las cosas.

Ordenó al sol que disminuyera su energía y de inmediato repartió una parte del cielo para él y otra para las tinieblas. Las nubes estallaron en lluvia regresando presurosas a su hogar, sin embargo tanto les había gustado subir volar y deslizarse en lluvia, que decidieron que así seguirían para siempre, y por eso desde entonces vemos a las nubes vagando incansables por el cielo empujadas por el viento, a veces suavemente, otras veces en forma tan violenta que las hace chocar entre si, Esas veces ellas se quejan con su grito de truenos retumbantes y amenazan con el brillo de los relámpagos.

Contento estaba Kòoch admirando su obra cuando se dio cuenta que las tinieblas en su total oscuridad se creían perfectas, eso no le gustó. Decidió crear a Kéenguenkon, la Mujer-Luna para que las suavizara.

Satisfecho al fin, vio todo lo que había hecho y se regocijó.

Mientras tanto el dorado Kéenyenken despertaba y grande fue su sorpresa a encontrarse frente a la luminosa y fría blancura de Kéenguenkon. Sin pensárselo dos veces se apresuró a cortejarla. Del amor entre los dos nació Karro, la estrella vespertina. Kòoch al verla tuvo ganas de embellecer su obra.

Primero hizo surgir del agua una isla muy grande, y luego dispuso allí los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Y el viento, el sol, la luna y las nubes, encontraron tan hermosa la obra de Kòoch que decidieron cuidarla.

El sol iluminaba y calentaba a todas las criaturas, las nubes dejaban caer la lluvia alimentando a todos y nutriendo la tierra, el viento susurraba para no asustar ni al pasto... la vida era dulce en la pacífica isla de Kòoch.

Concluida su tarea el Creador satisfecho se alejó cruzando el mar. A su paso hizo surgir otra tierra cercana a la primera, antes de continuar su marcha rumbo al horizonte, de donde nunca más volvió.

Y así hubieran seguido las cosas en la isla de no ser por el nacimiento de los gigantes, los hijos de Tons, la Oscuridad.

Un día, uno de ellos, llamado Nòshtex, un monstruoso gigante, rapto a la nube Teo que paseaba solitaria y distraída, y la encerró en su oscura y helada caverna. Desconsolada lloraba Teo sin saber cómo escapar. Nunca antes había conocido ella los huecos oscuros y profundos de la tierra, y les tuvo mucho miedo.

Mientras tanto sus hermanas, al no encontrarla ni en el cielo ni en el agua, salieron a buscarla preguntando a todos si la habían visto.

Ni el chingolo, ni el ñandú, ni el ratón, ni el guanaco, ni las aves pequeñas, ni los insectos, la habían visto. Cuando ya no quedó nada por revisar, las nubes en su furia provocaron la tormenta más grande que jamás haya existido. El agua corrió sin parar, desde lo alto de las montañas, arrastrando las rocas, inundando las cuevas de los animalitos, destruyendo los nidos, arrasando la tierra sin dejar nada en pie.

Todas las criaturas de la isla, aterradas al ver que la tormenta no cesaba, le contaron a Karro lo que estaba sucediendo. Ella presurosa fue a contarles a sus padres y enterado Kéenyenken viajó más allá del horizonte en busca de Kòoch.

Cuando Kòoch supo lo que sucedía, mucho se enojó con el atrevimiento de Tons, la oscuridad, al haber llenado la isla con sus hijos y mucho más se enojó con la maldad de los gigantes, por eso con voz tronante sentenció:

— Cuándo nazca el niño que Teo lleva en su vientre tendrá mi fuerza y mi sabiduría. A él encomendaré que derrote a su padre y expulse para siempre a los gigantes.

Presto viajó el sol a la isla a comunicar el mensaje del Creador. Las primeras en saberlo fueron las nubes que dispersándose por todo el cielo llevaron la noticia a las aves y al viento. Xòchem, el viento, que en todo se podía entrometer, penetró aún en las cuevas más pequeñas y en las cimas más altas. Y tan molesto estaba que con furia sopló el mensaje en las puertas mismas de las cavernas de los gigantes, para que supieran lo que les esperaba.

Al chingolo se lo contaron los árboles y este se lo contó al guanaco, el guanaco al ñandú, el ñandú a zorrino, el zorrino a la liebre, al armadillo, al puma...

Así fue como escuchó Nòshtex las palabras de Kòoch, y tuvo miedo de su pequeño enemigo, que ya vivía en el vientre de Teo.

—Nadie podrá conmigo— bramó haciendo temblar el suelo. — Ya mismo voy a matarlos. El pequeño nunca nacerá, me lo comeré y tendré la fuerza y la sabiduría que le ha dado Kòoch. — rió mientras a paso rápido regresaba a la cueva donde dormía Teo ignorando la tragedia que se avecinaba.

Antes que la pobre Teo despertase, Nòshtex la golpeó con tanta saña que la mató. De inmediato arrancó al niño de sus entrañas despedazando a Teo al hacerlo. Entonces la tierra toda tembló, tanto, tanto, que el gigante tuvo que soltar al niño para poder sujetarse de las paredes de piedra y no caer al piso.

En ese mismo momento aprovechando el susto del gigante asomó su cabecita Terr-Werr, una tuco-tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta y que había escuchado todo. Sigilosamente sujetó al niño, lo arrastró bajo los mismos pies del gigante que aún luchaban por sujetarse a la tierra temblorosa, y lo escondió en su cueva.

Terminado el temblor y ya más seguro, Nòshtex buscó al niño. ¡Tremenda fue su furia al no encontrarlo! Cruzaba la caverna haciéndola temblar con sus pasos de gigante, recorría la isla buscando enloquecido al pequeño, pisando, golpeando y lastimando a cuanto animal o planta se cruzaba en su camino.

Terr-Werr comprendió que su escondite no era seguro y no pasaría mucho tiempo antes que el gigante la descubriera. ¿Qué podía hacer ella tan pequeña y tan sola? Sin dudarlo más corrió a pedir ayuda a todos los animales

—¿Adónde podemos esconder al bebé? ¿Cómo lo pondremos a salvo del gigante? — preguntaba a unos y a otros cuando se reunieron todos los animales en asamblea para discutir el asunto.

En medio del alboroto, cuando ya todos desesperaban, se oyó una voz suave decir:

—Lo llevaremos a la otra tierra que creó Kòoch. —Quien habló fue Kìuz, el chorlo, el único que sabía de la existencia de esa tierra misteriosa ubicada más allá del mar. La había descubierto tiempo atrás gracias a su espíritu curioso y aventurero que le llevaba a recorrer el cielo en toda su extensión.

Sin titubeos ni discusiones todos aceptaron la propuesta y comenzaron a prepararse para la fuga secreta.

Una madrugada el sol, cómplice de los animales, tardó en nacer y la luna se escondió para ayudarlos. Terr-Werr aprovechó la inesperada oscuridad para llevar al niño hasta las orillas del mar y allí lo escondió entre los juncos. Luego llamó a Kìken, el chingolo, para que a su vez avisara a todos que había llegado la hora.

Kiken alzó vuelo y en un abrir y cerrar de ojos todos fueron convocados. Más no todos respondieron, el puma se negó sin explicaciones, le dio vergüenza decir que temía el agua. El flamenco y el ñandú, caminaron a paso tan lento que llegaron demasiado tarde, en cambio el zorrino iba tan contento que distraído no se dio cuenta que era interceptado por el gigante. Fue tanto su miedo, tanto, tanto, que entre sollozos reveló el secreto.

Nòshtex ciego de ira lo aplastó contra una piedra y luego se dirigió a grandes pasos hacia el mar, pero el pecho-colorado, instruido por Terr-Werr, fue el primero en distraerlo con su canto, hasta que atraído por el ruido llegó el puma y avergonzado de su cobardía, peleó con el gigante. Nòshtex no llegó a tiempo para ver como los animales colocaban al niño sobre el lomo del cisne, ni tampoco para ver como todos se despedían de él mientras el cisne carreteaba con suavidad y abría majestuosamente sus alas para levantar vuelo.

Todo lo que vio el gigante fue un pájaro blanco que, con su largo cuello estirado y las alas desplegadas, volaba en lo alto el cielo, delicadamente hacia el oeste.

Así fue como el pequeño Elal, el protegido de Kòoch, el hijo de Teo, se alejó, en el colchoncito de plumas de su amigo Kóokne, el cisne, hacia la tierra salvadora de la Patagonia, rodeado por bandadas de coloridas aves.

Cuando luego de mucho viajar aterrizaron en la cima de Chaltén, el cerro al que hoy llamamos Fitz Roy, todos festejaron la victoria.

Bueno, todos no, Nòshtex frustrado y aterrado vivió día tras día temblando de miedo a la espera del momento en que su hijo regresara a matarlo.

Muchas lunas se sucedieron antes que Elal, ya grande, volviese a la isla a vengar a su madre, pero esa ya es otra historia...