lunes, 24 de mayo de 2010

EL ESPEJO MÁGICO

Nada la satisfacía. Revolvía casi con fruición entre los viejos trastos del anticuario, casi todos ya los conocía. Quería algo nuevo, algo original que le quitase el malhumor.

Hay mujeres que compran ropa, o van a la peluquería, o se satisfacen tomando el té con amigas, pero Marina, cuando estaba decepcionada, malhumorada o simplemente fastidiada, se consolaba buscando antiguos objetos extraños que nunca servían para nada. Esa inutilidad era lo que la aliviaba.

Estaba por irse cuando un cartel atrajo su atención: -“Espejo mágico”- Se acercó con una sonrisa burlona en la boca.

—¿Mágico, eh?— exclamó al aire

—Viene de oriente y tiene cerca de mil años o más — comentó el tendero acercándose.

—¡Vamos!— río Marina al tiempo que lo tomaba en la mano.

Sin querer se miró en el espejo. La mujer que la observaba del otro lado no podía ser ella. Arrugada, con la mirada triste, y esa curva contenida en los labios... No. Ella era joven, vital, llena de sueños que aún no había cumplido. La otra, la del espejo, tampoco los había cumplido, peor, los había olvidado.

—Fíjese — dijo el tendero parado a su lado

No quería ver más, pero miró. Un escalofrío la recorrió. No eran sus ojos mirándose, era la otra quien la miraba como si pretendiese atraparla. Había furia en esos ojos, furia y lágrimas. Lágrimas que lentamente, como a desgano, resbalaban por las mejillas incoloras y surcadas. En un gesto mecánico Marina se pasó la mano por la mejilla cerciorándose, estaban secas, no eran suyas las lágrimas de esa mujer. Ella no lloraba. Nunca lloraba. La mujer se hundía en su llanto y en su hondura la ahogaba. Marina boqueó en busca de aire y bruscamente soltó el espejo.

—¡No es mágico, es maldito!— gimió

—¿Maldito?. No. ¡Es mágico!— replicó el tendero tomándolo en su mano — Mire — dijo y Marina vio a un hombre de edad indefinida riendo con una satisfacción que ella desconocía. Lo miró mejor. Los ojos parecían los del viejo, quizás la forma de la boca... tenía un aire...

—¡Es un truco!. ¡Un maldito truco!— chilló enfrentando furiosa al tendero —¡Ese no es usted, ni esa soy yo!—

—¿No?

—¡No! —Las manos le temblaban, el cuerpo le temblaba, la boca le temblaba, ante la risa cantarina y jovial del anciano.

¿En que momento el temblor se hizo lágrima?. ¿En que momento la lágrima llanto y el llanto inmensidad, y la inmensidad abismo y el abismo desmayo?

La mujer alzó el espejo y se miró. Una dulce sonrisa asomó en sus labios al despedirse de la otra que parecía aturdida dentro del espejo.

—¡Gracias!— dijo

—Es la magia— contestó el tendero.

                                            

                                                               © ANA CUEVAS UNAMUNO- 2000

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