lunes, 19 de julio de 2010

EL SECRETO DEL DOMUYO[1]

En la provincia de Neuquén se alza imponente el volcán Domuyo, desafiando a quienes se atrevan a escalarlo.

Muchos llegan sin saber nada de él y bien harían, si quieren preservar su vida, en escuchar la historia que susurran las brisas, cantan las nieves, lloran las aguas, cuentan las aves….

Quien escucha sabe que cuando un hombre intenta escalar sus laderas el cerro se enoja. En un instante, el cielo se cubre con un manto oscuro, como cuando llega la nada. Fuertes vientos arrastran polvo, que se clava como agujas en los ojos. Llueve, truena, graniza. Y si esto no fuera suficiente para desalentar al forastero, el cerro enfurecido se sacude y grandes piedras ruedan desde la cima persiguiendo al atrevido hasta matarlo, o… hasta que se halla alejado para siempre. Y es que, en palabras de los ancianos que conservan la memoria, cuando alguien pretende acercarse a la cima, un bravísimo toro escarba con sus poderosas patas arrojando enormes piedras monte abajo, y el potro salvaje resopla desatando tormentas de viento y nieve, truenos y rayos.

VOLCAN DOMUYO

Los que saben cuentan también que algunas veces al año, cuando amanece con tenues rayos rosados y todos los pájaros callan al mismo tiempo, la brisa trae de la cumbre un canto suave como un suspiro, y advierten a los ingenuos aventureros que no se dejen tentar por el canto. Pero claro, no todos escuchan los consejos….

Así sucedió tiempo atrás….

 

Un joven intrépido, hijo del cacique de la tribu, seducido por el canto decidió, contra todo consejo, subir a la cima en busca de la dueña de esa voz maravillosa.

Antes de partir pidió protección a Gnechén.

Arduo fue el camino, no había sendero ni guía, hasta la luna y las estrellas se volvían esquivas dejándole cada vez más atrapado en la oscuridad. El joven sintió miedo mas no detuvo el paso.

De pronto el viento tronó con relinchos ensordecedores y desenfrenados. Inmensas piedras cayeron rodando hacia él. Las inmensas rocas que forman el cerro crujieron amenazando caérseles encima. Los ojos se le llenaron de tierra y en medio de esa confusión creyó ver, allá en la cumbre, un gran toro salvaje que reía y pateaba piedras enormes. Luchando por esquivar los golpes, testarudo en su deseo continuó avanzando.

Mas de repente vio con sus propios ojos al negro potro salvaje pasar a su lado dando furiosos resoplidos y desatando un remolino de nubes negras y una tremenda tormenta de viento y nieve, de truenos y rayos. La nieve y las ráfagas heladas le impedían continuar; aterrado clamó por ayuda mientras continuaba subiendo con sumo cuidado, pues el blanco manto de nieve había tapado las huellas.

Sus ruegos deben haber sido escuchados pues a pesar de todo logró llegar a una explanada donde descubrió una laguna cuyas aguas relucientes exhalaban un suave perfume; sus orillas estaban adornadas con totoras de oro, y vio, asombrado, sentada sobre una roca de oro, a una joven de increíble hermosura que peinaba sus cabellos con un peine de oro. Y poco más arriba, ya en la cima vio un inmenso árbol de oro que parecía llegar al cielo. Verlo le estremeció y un anhelo de llegar a él despertó en su interior. En ese momento las aguas susurraron

— Calla y pasa...

O quizás fue la joven, o el viento… no lo sé.

El joven olvidó el áureo árbol, miró a la muchacha y quedó hechizado al contemplar sus ojos negros, sus rojos labios, su elegante talle y sus pequeñas y graciosas manos. Ella le miró y el joven descubrió perlas de tristeza en su mirada. Quiso acercarse para preguntarle por qué estaba allí, cuál era su tristeza, pero de entre las totoras salió un toro colorado dando un bramido que estremeció la montaña, sacudiendo furioso la cabeza y la cola como para embestirlo.

Miró el joven tembloroso la furia del toro, el brillo del oro, la belleza de la joven y dudó. Pensó sujetar a la joven y llevarla consigo, pensó tomar tan solo un poco de esas bellas piedras doradas… Bramó entonces el toro aún más fuerte, relinchó el negro caballo agitando los vientos y la nieve y asustado huyó el joven pensando tan solo en escapar del furor.

Corrió y corrió hasta creerse a salvo. Se detuvo un instante a meditar y un destello le distrajo. Una lluvia de pedregullos de oro, como caídos del árbol cuál pétreos frutos brillaban con en enguecedor resplandor regando el sendero por el que él descendía. Alargó la mano para recoger un fragmento y ¡ay!, ni bien lo hizo, una lluvia de piedras cayó sobre su cabeza dejándole sin sentido, mientras oía a su alrededor los mas tristes lamentos que había oído en su vida...

Cuando despertó creyó oír en el viento una voz que le decía

— Este es el camino. Vuelve con los tuyos y no digas nada. Si revelas el secreto de lo que has visto morirás...

Sintió que lo llevaban por el aire y cuando despertó, se halló en un lugar desconocido totalmente y no pudo encontrar sus huellas por ninguna parte.

Dicen los que cuentan los cuentos de la memoria que el joven no supo guardar el secreto y por esa causa murió tres días más tarde, como mueren aquellos que a pesar de las advertencias pretenden llegar a al cima…

Ustedes se preguntarán ¿Quién era la joven del peine de oro? A bueno esa es otra historia que otro día les contaré.

[1] Impropiamente llamado volcán, con sus 4.702 m., es la mayor altura de la Patagonia, que posee los únicos campos de hielo de la Argentina, -glaciares-, fuera del macizo cordillerano de los Andes. Es el cerro tutelar del Norte Neuquino, génesis de innumerables cuentos y leyendas, tratado siempre con respeto y veneración por los pobladores rurales: "el Padre Domuyo".

Sobre su significado se han forzado diversas traducciones, siendo lo más correcto recomponerlo de dos vocablos mapuches: Dumdum = rezongar y Nuyun = temblar. La rápida pronunciación de estos dos vocablos, fueron transformándolos en Domuyo con el significado de: el que tiembla y rezonga, dando justificativo a las leyendas de los enojos y las corridas.

 

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