martes, 14 de septiembre de 2010

EN ESAS HISTORIAS NO HAY NADA

       Una Fábula de Robert Louis Stevenson

Los nativos le contaron muchas historias. Lo previnieron especialmente contra la casa de juncos amarillos, ceñida de cáñamo negro. Quien la tocaba era inmediatamente apresado por Akaänga y sometido a su poder por Miru el Rojo y adormecido por el vino de los muertos y asado en los hornos y devorado por los devoradores de los muertos.

—En esas historias no hay nada —dijo el misionero.

Había una bahía en esas islas, una hermosa bahía, pero los nativos decían que bañarse en sus aguas era morir.

—En esas historias no hay nada —dijo el misionero, y llegó a la bahía y salió a nadar. Un remolino lo arrastró hacia un arrecife—. Caramba —dijo el misionero—, parece que hay algo —y nadó con más fuerza, pero el remolino se lo llevó—. No me importa este remolino —dijo el misionero, y al pronunciar esas palabras vio una casa elevada sobre pilotes. Era de junco amarillo. Cada junco se entrelazaba con otro y todo estaba ceñido por cáñamo negro. Una escalera conducía a la puerta y alrededor pendían calabazas. No había visto nunca una casa así ni semejantes calabazas. El remolino lo arrastraba hacia la escalera—. Esto es raro —dijo el misionero—, pero no es nada —y arribó al pie de la escalera y subió. Era una hermosa casa, pero adentro no había nadie, y cuando el misionero miró hacia atrás no vio ninguna isla, sólo el mar y el oleaje—. Es raro lo de la isla —dijo el misionero—, pero quién dice miedo. Mis historias son la verdad —y tomó una calabaza, porque le gustaban las curiosidades, pero en cuanto la tocó, reventó como una burbuja y desapareció. La noche lo cercó, y las aguas y las tramas de la red lo oprimieron, y se revolcó como un pez.

—Uno diría que estas historias son ciertas —dijo el misionero—, pero si lo son, ¿qué será de las mías?

El brillo de la antorcha de Akaänga se acercaba en la noche y las deformes manos tanteaban la trama de la red, y agarraron al misionero entre el pulgar y el índice, y lo llevaron chorreando en la noche y en el silencio al lugar del horno de Miru. Y ahí estaba Miru, rojo en el resplandor de los hornos, y ahí estaban sentadas sus cuatro hijas, preparando el vino de los muertos, y ahí estaban los que habían llegado de las islas de los mortales, quejándose y llorando.

Para los hijos de los hombres terrible era llegar a aquel sitio. Pero de cuantos llegaron ahí, el más preocupado era el misionero y, para peor, el que lo llevaba era un converso suyo.

—Caramba —dijo el converso—, aquí está usted con sus vecinos. ¿Y ahora qué pasa con sus historias?

—Parece —dijo el misionero, bañado en lágrimas—, que en mis historias no había nada.

El vino de los muertos ya estaba listo y las hijas de Miru entonaron su antiguo canto.

—Ya se fueron las verdes islas y el claro mar, el sol, la luna y los cuarenta millones de estrellas, y la vida, el amor y la esperanza. Desde ahora no queda nada, salvo la sombra y el silencio, y ver a sus amigos devorados, porque la vida es un engaño y la venda ha caído de vuestros ojos.

Concluido el canto, una de las hijas de Miru llegó con el cuenco, y la sed del vino se despertó en el pecho del misionero, y el misionero lo deseó como el nadador desea la tierra o el hombre a la mujer, y tendió la mano y tomó el cuenco y estuvo a punto de beber. Y entonces recordó, y lo rechazó.

—Bebe —dijo la hija de Miru—. No hay vino como el vino de los muertos. Beber lo es la mayor recompensa.

—Gracias —dijo el misionero—, su aroma es excelente, pero soy abstemio. Y aunque sé que hay diversos pareceres en nuestra propia fe, he sido siempre de opinión que nos está vedado beber el vino de los muertos.

—¿Cómo? —exclamó el converso—. ¿Va usted a respetar un tabú en tiempos como éstos; usted, que cuando estaba vivo, se oponía siempre a los tabúes?

—A los tabúes ajenos —dijo el misionero—. Nunca a los míos.

—Pero ahora se ve que los suyos estaban equivocados —dijo el converso.

—Así parece —dijo el misionero—, yo no puedo hacer nada, pero ésa no es razón para que yo rompa mi juramento.

—Nunca oí nada parecido —dijo la hija de Miru—. ¿Qué espera usted ganar?

—Eso no importa —dijo el misionero—. Tomé este voto para otros. No voy a romperlo para mí.

La hija de Miru estaba perpleja. Fue y se lo dijo a su madre, y Miru se irritó. Fueron y se lo dijeron a Akaänga.

—No sé qué hacer —dijo Akaänga, y fue y discutió con el misionero.

—Pero hay dos cosas que se llaman el bien y el mal —dijo el misionero—, y sus hornos nada pueden hacer con ellas.

—Dale el vino a los otros —dijo Akaänga a la hija de Miru—. Debo librarme de este abogado naval inmediatamente, o quién sabe qué ocurrirá.

En un segundo, el misionero surgió en medio del mar, y ahí estaban las palmeras de las islas. Nadó a la orilla alegremente y tocó tierra. Mucho tenía en qué pensar.

—Parece que me han informado mal sobre ciertos puntos —dijo él—. En esas historias no hay nada, pero al fin y al cabo hay algo. Eso me alegra.

Y tocó la campana para la misa.

MORALEJA

Los maderos se rompen, las piedras se hacen trizas,

Los eternos altares vacilan y se caen,

Las sanciones y las historias se desvanecen

Ante el asombrado evangelista.

Que inconmovible está de pie desde la vejez hasta la juventud

Sobre una punta de alfiler: la verdad.

 

Algo sobre el autor

Robert Louis Balfour Stevenson (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850 – Upolu, Samoa, 3 de diciembre de 1894). Es autor de algunas de las historias fantásticas y de aventuras más populares, como La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde o La flecha negra adaptadas para niños y llevadas varias veces al cine en el siglo XX. Fue importante también su obra ensayística, breve pero decisiva en lo que se refiere a la estructura de la moderna novela de peripecias. Fue muy apreciado en su tiempo y siguió siéndolo después de su muerte.

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