lunes, 13 de septiembre de 2010

La cigüeña cruel y el cangrejo listo

             

En un espeso bosque había un pequeño estanque lleno de truchas. Como la estación era muy calurosa y el río que vertía sus aguas en el estanque muy poco caudaloso, pronto los peces se encontraron con que el lugar les resultaba bastante incómodo.

Una blanca cigüeña que les estaba observando se dijo:

- Es necesario que encuentre la manera de engordar a esos peces y convertirlos en mi comida.

Mientras buscaba la solución el problema, acercóse al estanque y se sentó a su orilla.

Al cabo de un rato, los peces, extrañados de verla allí, le preguntaron en qué pensaba.

- En vosotros -contestó el ave.

- ¿De veras? ¿Y qué es lo que piensas?

- Pues me decía que en este estanque hay muy poca agua y por lo tanto muy poca comida, por lo cual muchos de vosotros no tendréis apenas qué llevaros a la boca.

- Eso que dices es verdad -contestó un viejo barbo.- Pero ¿qué solución puede haber a un problema semejante?

- Hay una solución muy sencilla. Si queréis os llevaré a un estanque que hay cerca de aquí. Es un estanque muy profundo y está lleno de flores de loto. Puedo cogeros uno por uno, con el pico, y trasladaros a ese lugar.

- No estaría mal si fuese verdad, pero las cigüeñas tenéis la mala costumbre de comeros a los peces, y ya comprenderéis que no vamos a exponernos a perder la vida.

- Estáis muy equivocados; ni por un momento se me ha ocurrido comerme a ninguno de vosotros. Si queréis, puedo llevar a uno de vosotros a que vea el estanque tan hermoso que hay a pocos pasos de aquí. Si vuelve con vida será señal de que no quiero causaros daño alguno.

Estas palabras convencieron algo a los peces, quienes delegaron a uno de ellos para que hiciera el viaje en el pico de la cigüeña. Era una trucha vieja y tuerta, que había demostrado en mil ocasiones que era suficientemente capaz de salir por sí misma de cualquier apuro.

El ave cogió con todo cuidado a la trucha y la llevó a que viese el magnífico estanque. Después la devolvió con sus compañeras, a las cuales explicó que la cigüeña había dicho verdad al describir el estanque.

Los peces celebraron consejo y al fin decidieron trasladarse al otro estanque, y así se lo comunicaron a la cigüeña, quien emprendió el primer viaje con la trucha tuerta.

Al llegar junto al estanque, en vez de tirar la trucha al agua, el ave la mató de un picotazo y se la comió con gran apetito, tirando las espinas al pie de un árbol.

Cuando hubo terminado con la primera trucha, regresó al estanque diciendo:

- Ya he trasladado al primer pez, ahora trasladaré al segundo.

Y como había hecho con el primero, hizo con las demás truchas y barbos que fueron lo bastante tontos para dejarse engañar por ella.

Sin embargo, aún quedaba un cangrejo muy viejo, y al verle, la cigüeña se dijo que debería estar muy sabroso, tanta era su gordura.

- ¿No quieres reunirte con tus amigos, buen cangrejo? -preguntó con voz dulce la cigüeña.

- Ya quisiera, pero no veo la forma en que me podrás llevar.

- Te sostendré con el pico.

- No podrías, y quizá cayese por el camino.

- No tengas miedo -insistió el ave.- Te aseguro que te sostendré lo mejor que pueda.

El cangrejo reflexionó unos instantes.

- Esa cigüeña es incapaz de coger un pez con el pico y soltarlo en un estanque -se dijo.- Si me trasladase a otro sitio mejor, sería maravilloso, pero si fuera a parar a su estómago me causaría un profundo disgusto. Seguiré reflexionando.

Pasaron unos minutos, y la cigüeña empezó a impacientarse. Por fin el cangrejo asomó la cabeza fuera del agua y dijo:

- Bien, señora cigüeña, estoy dispuesto a que me trasladéis al estanque ese de que me habéis hablado. Sin embargo, utilizando el sistema que habéis empleado con los demás peces no conseguiríamos nada. Se me ha ocurrido un medio mejor. Con mis tenazas me agarraré a vuestro cuello y así, cuando lleguemos al estanque no tendré que hacer más que soltarme y caer al agua.

- Perfectamente -asintió la cigüeña. Y bajando la cabeza dejó que el cangrejo se le cogiese al cuello con sus fuertes tenazas.

Al llegar junto al estanque de los lotos, el cangrejo vio que la cigüeña no se dirigía hacia el agua, sino hacia el árbol junto al cual había devorado a los demás peces.

- ¡Eh, amiga! -llamó el cangrejo.- El estanque está en otro sitio. ¿Dónde me lleváis?

- ¿Por quién me habías tomado? -replicó furiosa la cigüeña.- ¿Crees acaso que soy tu esclava? Si te he traído aquí ha sido para comerte, lo mismo que he hecho con tus demás compañeros. Al pie de ese árbol tienes sus restos.

- Si mis compañeros fueron lo bastante tontos para dejarse devorar por vos, yo no lo soy. Al contrario, quien va a perecer sois vos, amiga cigüeña. Sin duda no os habéis dado cuenta de que estás en mi poder, y que sí bien yo moriré, vos seréis destruido antes que yo.

Y al decir esto apretó sus tenazas alrededor del cuello del ave.

Este sintió que le faltaba la respiración y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos. Vio la muerte muy cerca y como amaba la vida, tartamudeó:

- Os juro que no quería comeros, señor cangrejo. No me apretéis más el cuello y os prometo llevaros al estanque. ¡Os doy mi palabra de honor!

- Bien -asintió el cangrejo.- Si es así llévame al estanque de los lotos.

La cigüeña obedeció presurosa y depositó el cangrejo a la orilla del estanque. Pero el cangrejo, que había sido muy buen amigo de las truchas y los barbos del estanque, decidió vengarlos, y antes de que la cigüeña pudiera retirarse cerró con fuerza sus tenazas y le cortó la cabeza, que cayó dentro del agua.

Al ver esto, el genio que habitaba el sauce, junto al cual la cigüeña había devorado a las truchas, agitó sus hojas y murmuró al viento: - El malvado nunca prospera en el ejercicio del mal y tarde o temprano acaba como la cigüeña, que se dejó engañar por el cangrejo.

   Tomado del libro: Cuentos de Hadas de la India -© Ed. Molino – 1939