viernes, 1 de octubre de 2010

El agujero en la manga

                                    Cuento Anónimo suizo

El muchacho de quien hemos de contar ahora tenía un gran agujero en la manga. Esto le daba tanta vergüenza, que en la escuela no le era posible prestar en absoluto atención a las explicaciones del maestro.

Su madre no podía remendárselo; trabajaba en casa de gente extraña.

En su apuro se dirigió el chiquillo a las muchachas y les dijo:

-¿Quién quiere zurcirme mi juboncillo?

Pero las muchachas, ocupadas en jugar al escondite, no tenían tiempo para ello.

Entonces se dirigió el muchacho a las mujeres y les dijo:

-¿Quién quiere zurcirme mi juboncillo?

Pero las mujeres tenían que lavar los platos, y así le contestaron.

-¡Vuelve mañana!

Pero el muchacho no se atrevió a ir de nuevo a la escuela con el agujero en la manga. Se ocultó detrás de la escuela, y se encaminó presuroso al bosque. Miró hacia el tierno follaje de primavera y preguntó al cielo azul:

-¿Quién me zurcirá mi juboncillo?

Entonces, ante sus narices, descendió una araña a lo largo de un hilo. El muchacho recordó, al verla, una cancioncilla que le habían enseñado en la escuela:

¡Oh araña de larga patita!

Es tu hilo como seda finita.

Ligero, añadió a la canción:

Zúrceme tú, araña, por favor

el agujero de mi jubón,

para que yo, ¡ay, pobre de mí!

pueda a la escuela hoy asistir.

La araña se deslizó por su hilo hasta el chiquillo y contempló con atención el gran agujero de la manga. Ágilmente corrió de un lado a otro y anudó, de arriba abajo, firmemente, los hilos. Luego corrió en círculo alrededor del agujero, cien veces quizás, y no cesó de enlazar hilo con hilo, hasta que todo el agujero quedó oculto por ellos, magníficamente entrelazados.

-¿Cuánto tiempo durará el zurcido? ­preguntó el chiquillo.

La araña no pudo darle ninguna respuesta; pero el cuclillo pasó volando sobre la cabeza del muchacho y cantó repetidamente:

-¡Cu-cú! ¡cu-cú! ¡cu-cú!

-¿Tres años? -exclamó gozoso el chiquillo-. ¡Qué alegre estoy!

Se encaminó presuroso a la escuela y llegó a tiempo para la lección.

¡Qué maravillosamente podía ahora atender! Ni una sola palabra del maestro se dejaba perder el chiquillo; pues, no teniendo ya ningún agujero en la manga, tampoco tenía ya por qué avergonzarse.