jueves, 28 de enero de 2010

LA FLOR DE LA DEIDAD

Leyenda popular.

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Había un rey que tenía tres hijos.

De la noche a la mañana el rey quedó ciego. Desesperado por curarse no quedo médico ni curandero son ser llamado a palacio, más ninguno halló remedio a su ceguera.

Ya desesperaba de curar, cuando un día llegó a su casa una vieja bruja, quien dijo al rey:

—El único remedio para tu enfermedad es "la flor de la deidad".

—Búscala y tráemela— pidió el rey

—No puedo. Para conseguirla hay que vencer muchas dificultades, y por otro lado si os revelo dónde hallarla perderé mis poderes curativos.

El rey llamó a su hijo mayor y le mandó en busca de la flor. El joven de inmediato se puso en marcha, sin rumbo fijo, guiándose por el azar. Al día siguiente, el segundo hijo del rey se presentó a su padre diciendo que él también quería ir en busca de la flor. El rey se opuso, pero, ante su insistencia, accedió y el joven partió.

Al tercer día, el hijo menor solicitó al rey la bendición y el permiso para partir en busca de la flor de la deidad. El rey se enojó ante la audacia del jovencito, pero éste insistió tanto y tanto que el rey tuvo que dar su consentimiento y el joven emprendió su camino.

Tres días después alcanzó a sus hermanos, quienes trataron de impedir que siguiera viaje con ellos, pues lo consideraban demasiado joven e inexperto. Todos sus afanes para hacerlo desistir fueron inútiles y al fin, a disgusto, lo dejaron seguir.

Marcharon juntos uno y dos días, pero al tercero, llegaron a un punto en el que el camino por el que marchaban se dividía en tres direcciones. Luego de dudar y discutir, decidieron separarse y seguir cada uno por una senda. Antes de elegir la dirección los hermanos mayores miraron y pensaron que el camino que estaba más borrado y angostado sería sin duda el errado y peligroso, así decidieron que el menor de los tres fuese por él. El jovencito aceptó y se puso en marcha.

Al amanecer del nuevo día encontró un viejito montado en un burro.

—¿Adónde vas, criatura, a estas horas y por éste camino?

—Voy en busca de la flor de la deidad.

—¡Tú estás loco!— dijo el anciano-. No sabes lo difícil que es conseguirla, pues hay que luchar con grandes peligros.

—Quiero curar a mi padre— dijo el joven con convicción— ¡Afrontaré los peligros!

Vio el anciano su determinación y sacando una espada de su morral se la entregó diciendo:

—Mañana, a la salida del sol, llegarás a una laguna en cuyas aguas divisarás un toro. Él te atacará en cuanto lo enfrentes. Si eres certero y consigues pegarle con esta espada en la frente, caerá partido en dos, pero rápida como una bala escapará de su interior una paloma. Sin darle un segundo de tiempo para que inicie su vuelo, la partirás de igual modo; de ella saldrá un huevo que tratarás de romper antes que toque tierra. Hecho esto, tendrás a tu alcance la flor que buscas.

El muchacho le dio las gracias y se alejó.

Todo se cumplió como le anunciara el anciano. En cuanto llegó, del medio de la laguna se levantó el toro enfurecido. Fue llegar a él y quedar separado en dos; salió la paloma y la partió a un metro de vuelo, saltó el huevo, lo deshizo en el aire y, tomando la flor que de él caía, dio la vuelta camino a la casa del rey, su padre.

Llegó a la unión de los tres caminos y encontró a sus hermanos, que allí lo esperaban. Festejaron la gran hazaña, pero la envidia los excitaba y a poco de caminar de una sola mirada decidieron matar la menor. Se apoderaron de la flor, enterraron al pequeño y siguieron contentos su camino.

Llegaron a casa del rey, que se alegró mucho al saberlos de regreso con la flor de la deidad pero al mismo tiempo sintió terrible tristeza por la pérdida de su pequeño.

Tal como había indicado la bruja muchas curas hicieron al rey, pero ninguna produjo el resultado anunciado. Finalmente el rey se resigno a su ceguera incurable.

Un día un pastor bajó con sus ovejas a darles de beber en un arroyo, y se sorprendió al ver un cañaveral que no había existido antes. Cortó una caña, hizo con ella una flauta y, al hacerla sonar, la flauta dijo:

No me toques, pastorcito,

ni me dejes de tocar,

que mis hermanos me han muerto

por la flor de la deidad.

Repetidas veces la flauta cantó la misma canción, y el pastor, asustado, dejó el rebaño y corrió con la noticia al rey. Sopló el rey la flauta y ésta dijo:

No me toques, padre mío,

ni me dejes de tocar,

que mis hermanos me han muerto

por la flor de la deidad.

Y así siguió hablando.

Confundido el rey quiso ir al cañaveral a verlo por si mismo.

Hizo cortar las cañas y mover la tierra y para su asombro y el de todos los presentes, de la removida tierra surgió el hijo del rey.

Y así todos comprendieron que lo dicho por la flauta era la verdad.

El rey furioso ordenó el castigo para sus hijos mayores, a pesar de los muchos ruegos del menor para que los perdonase.

Finalmente el rey los desterró para siempre del reino, advirtiéndoles que si regresaban los castigaría con la muerte.

Cuando los hermanos se hubieron marchado el joven entregó la flor conseguida a su padre y en cuanto le hizo al primera cura su vista sanó.

—Ahora puedo ver de nuevo— exclamó feliz

—Ahora puedes ver — dijo el joven y el rey comprendió que mucho había aprendido de su ceguera y, del juicio generoso de su hijo menor.

Desde entonces el rey gobernó junto a su sabio hijo.

 

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martes, 26 de enero de 2010

EL VENDEDOR DE ESTATUAS

Un cuento de: SILVINA OCAMPO

 

Para llegar hasta el comedor, había que atravesar hileras de puertas que daban sobre un corredor estrechísimo y frío, con paredes recubiertas de algunas plantas verdes que encuadraban la puerta del excusado.

En el comedor había manteles muy manchados y sillas de Viena donde se habían sentado muchas mujeres y profesores gordos.

Mme. Renard, la dueña de la pensión, recorría el corredor golpeando las manos y contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Había un profesor de griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de la mesa; había un jugador de ajedrez; un ciclista; había también un vendedor de estatuas y una comisionista de puntillas, acariciando siempre con manos de ciega las puntas del mantel. Un chico de siete años corría de mesa en mesa, hasta que se detuvo en la del vendedor de estatuas. No era un chico travieso, y sin embargo una secreta enemistad los unía. Para el vendedor de estatuas aun el beso de un chico era una travesura peligrosa; les tenía el mismo miedo que se les tiene a los payasos y a las mascaritas.

En un corralón de al lado el vendedor de estatuas tenía su taller. Grandes letras anunciaban sobre la puerta de entrada: "Octaviano Crivellini. Copias de estatuas de jardines europeos, de cementerios y de salones"; y ahí estaba un batallón de estatuas temibles para los compradores que no sabían elegir. Había mandado construir una pequeña habitación para poder vivir confortablemente. Mientras tanto vivía en la casa de pensión de al lado y antes de dormirse les decía disimuladamente buenas noches a las estatuas.

Sentado en la mesa del comedor Octaviano Crivellini era un hombre devorado de angustias. Es-taba delante de los fiambres desganado y triste, repitiendo: "No tengo que preocuparme por estas cosas", "No tengo que preocuparme por estas cosas".

El chico de siete años se alojaba detrás de la silla y con perversidad malabarista le daba pequeñas patadas invisibles, y esta escena se repetía diariamente; pero eso no era todo. Las patadas invisibles a la hora de las comidas, las hubiera podido soportar como picaduras de mosquitos de otoño, terribles y tolerables porque existe el descanso del mosquitero por la noche, las piezas sin luz y el alambre tejido en las ventanas, pero las diversas molestias que ocasionaba Tirso, el chico de siete años, eran constantes y sin descanso. No había adónde acudir para librarse de él. Debía de tener una madre anónima, un padre aterrorizado que nadie se atrevía a interpelar.

Hacía ya una semana de aquella noche en que se había escapado de la casa detrás de él. Sin duda lo había visto repartir besos con un movimiento habitual de limpieza sobre las cabezas de yeso que se movían en la noche con frialdad de estrella. Tirso se rió destempladamente y cabalgó sobre un león con melena suelta y abultada. La luna hacía de la tierra un lago relleno de sombras donde lloraban ángeles de cementerio, alguna Venus de ojos vacíos, alguna Diana Cazadora corriendo contra el viento, algún busto de Sócrates. Octaviano, al ver a Tirso cabalgando sobre uno de sus leones preferidos, abrevió rápidamente su despedida nocturna y se fue abrumado de vergüenza y terror.

Tirso, creyendo que el vendedor inmóvil de estatuas no lo había visto, sintió que tenía un poder prodigioso de invisibilidad, y volvió a acostarse en puntas de pie con la sensación de haber presenciado un milagro. Desde ese día todas las noches lo había seguido hasta el corralón, se había familiarizado con las estatuas, con las manos y los pies de yeso guardados en los armarios, con los perros blancos. Octaviano en cambio se había distanciado de sus estatuas, las limpiaba ahora con escasas caricias delante del chico.

Tirso empezó a cansarse de ese don de invisibilidad del que gozaba desde hacía poco tiempo. El jugador de ajedrez le había hablado dos o tres veces. El ciclista le había dado un caramelo. La comisionista le había probado un cuello de puntillas, confundiéndolo con una chica, un día que llevaba un delantal, pero el vendedor de estatuas no le hablaba.

Cuando terminaron de comer, Octaviano se levantó como un chico en penitencia, sin postre, él, que hubiera deseado que Tirso se quedara sin postre. Se ató un pañuelo alrededor del pescuezo y salió como de costumbre. Tirso lo siguió. Empezaba a grabar su nombre con tiza colorada en las estatuas y Octaviano creía enloquecer de pena. Tirso lo desalojaba, le robaba su tranquilidad, lo asesinaba subterráneamente, y Tirso era inconmovible e independiente como lo son raras veces los grandes criminales. Cuando volvió a acostarse, al querer cerrar la puerta de su cuarto sintió una fuerza gigante que la retenía; hizo tentativas inútiles por cerrarla, hasta que de pronto, inesperadamente, se le vino encima, aplastándole casi el brazo. Pocos minutos después la puerta volvió a abrirse. No era necesario ver quién abría la puerta con esa fuerza, no podía ser sino Tirso; y esta escena, como las otras, se repitió todas las noches.

Las primeras veces trató de juntar toda su fuerza en los ojos al clavarlos sobre Tirso, pero los ojos de Tirso eran duros como paredes metálicas. Tenía unos ojos que nunca debían de haber llorado, y solamente matándolo se lo podía quizás lastimar un poco.

En el fondo del corralón había un gran armario donde el hombre desesperado se refugió una noche. Tirso, al ver que no estaba allí el vendedor de estatuas, se fue decepcionado. Pero persistió en sus cabalgatas nocturnas. Empezó a notar que sus actos eran tan invisibles como su cuerpo: los nombres que había grabado en las estatuas, no los encontraba nunca la noche siguiente; por eso sacó su cortaplumas para grabarlos, como en los árboles de una manera más segura.

Una noche llena de perros que ladraban a la luna, el vendedor de estatuas se retiró más temprano que de costumbre en el refugio del armario. Tirso no se resolvía a bajarse de encima del león, pe-ro al fin empezó a trotar en círculos y semicírculos enloquecidos, arrastrando un ruido de fierros oxidados por el suelo. El vendedor de estatuas después de un rato no oyó más nada; el silencio y el bienestar habían entrado de nuevo en la noche circundante. Iba a salirse del armario cuando oyó dar a la llave dos vueltas que lo encerraban.

Quedaba poco aire respirable, quizás alcanzaría para unas horas de vida; sintió desfilar todas las estatuas que había vendido y que no había vendido a lo largo de su existencia. Un ángel de cementerio estaba cerca de él y le indicaba el camino al cielo. Llevaba un nombre grabado sobre la frente. Tuvo miedo: sacó el pañuelo y borró largamente el nombre en la obscuridad del armario donde se acababan las últimas gotas de aire y de luz que todavía le permitían vivir.

SILVINA OCAMPO: Silvina Ocampo (1903-1993) nació en Buenos Aires. Desde joven estudió dibujo y pintura; uno de sus maestros fue Giorgio De Chirico. Publicó por primera vez en 1937 (Viaje olvidado). En 1940 se casa con Adolfo Bioy Casares y ese mismo año compila con éste y con Borges una Antología de la literatura fantástica. Sus poemas y cuentos aparecieron en la revista Sur que dirigía su hermana Victoria. Entre más de veinte obras publicadas vale recordar: Enumeración de la patria (poemas), Los que aman, odian (novela policial en colaboración con Bioy, Emecé, 1945) y Los traidores (teatro, en colaboración con J. R. Wilcock). Recibió el Premio Municipal de Poesía y el Primer Premio Nacional de Poesía. Realizó numerosas traducciones del inglés y el francés y, a su vez, fue traducida a varios idiomas.

martes, 19 de enero de 2010

EL VIGILANTE DE LOS ELFOS

- (Leyenda Irlandesa) -

 

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Cuando los Elfos llegaron a la Tierra desde sus inexpugnables moradas, acostumbraron a habitar en medio de los bosques vírgenes. Trataron por todos los medios de mantener alejada a la Gente Grande de allí, y para ello utilizaron a Vigilantes, seres humanos sometidos a los Elfos por poderosos encantamientos. Cuando un ser humano entraba en sus posesiones, los Vigilantes daban aviso a los Elfos y estos, la mayor parte de las veces, los sometían a tormentos despiadados hasta que morían. Sólo los poetas y los soñadores podían tener alguna posibilidad de salvarse de las maldiciones élficas, aunque poco les duraba la suerte si caían en manos de los Vigilantes, celosos de su fortuna y condenados a no poder huir de los Elfos.

Esta es la historia que se cuenta en las cabañas de Irlanda sobre un Vigilante de los Elfos que consiguió escapar:

La princesa Juana vivía en su castillo cercano a los bosques de Carterbaugh, pero el celo de su padre el rey la obligaba a sufrir una clausura más propia de monjas que de muchachas de su edad. Por eso, el día que halló unas piedras derrumbadas en la vieja tapia que rodeaba el huerto no se lo pensó dos veces, se arremangó las faldas y pasó por la oquedad hacia el horizonte verde poblado de árboles que se extendía ante ella. Corrió durante más de media hora, sin atreverse a volver la mirada, temiendo ver a los guardianes persiguiéndola a caballo. Pero esas eran imaginaciones suyas. En realidad los guardianes tenían otras cosas más importantes de las que ocuparse, pues el rey había convocado un importante consejo ante la inminencia de unas violentas revueltas en la comarca.

La princesa Juana se dió cuenta de que se hallaba en el interior de un bosque cuando empezaron a escocerle los arañazos de sus manos y de su rostro. De repente, el sol que lucía al salir del castillo había desaparecido bajo la sombra de los imponentes árboles y de sus apretadas copas. No había sendero para sus pies doloridos, ni banco para reposar, pero nada de eso importaba: la libertad era la libertad. Entrevió un rayo dorado que hendía la húmeda atmósfera entre los troncos grises y las enmarañadas ramas. Se dirigió hacia allí, dejando más retazos de sus prendas enganchados a las zarzas. El sol había conseguido colarse e iluminaba una pequeña pradera con flores azules y violetas. Aquello sí que era belleza y no el ordenado jardín de tulipanes del castillo. Se recostó la princesa, luego, riendo, como una niña, se revolcó sobre la hierba húmeda, y, al fin, se sentó, feliz y risueña. No pudo resistir la tentación de arrancar las flores de tallo más largo, pero se detuvo en seco al escuchar un ruido tras de sí, entre los árboles. El corazón comenzó a latirle deprisa. Escrutó con la mirada todo a su alrededor sin distinguir nada anormal, salvo ramas, hojas y troncos; sombras y luces; crujidos y aleteos; lo normal, se dijo, en un bosque como éste. Pero la voz que escuchó no la esperaba, y le hizo dar un respingo:

-Siento deciros que debéis abandonar este lugar cuanto antes, Milady.

De un árbol se descolgó un joven, que fue a parar delante mismo de ella. La princesa se puso rápidamente en pie, tratando de recuperar por todos los medios la dignidad perdida.

-¿Y quién me lo ordena, señor?¿Quién osa a decirle lo que tiene que hacer la hija del rey en sus dominios?

-Milady, estos dominios son libres, y por ser libres, pertenecen en exclusiva a los Elfos. Que yo sepa, nadie os ha dado permiso para arrancar esas flores, por muy hija de rey que os considereis.

El joven contestó con arrogancia y con una pizca de furor contenido. Pero todo su aplomo se vino abajo cuando la princesa siguió diciendo:

-Mis excusas, entonces, por mi ignorancia. Apenas he salido más allá de los límites de la muralla de mi castillo y no conozco las antiguas costumbres más que lo que cuentan las comadres junto al fuego. Si os he molestado...- y terminó inclinando la cabeza.

-Perdonadme a mí, por mi brusquedad...-dijo entonces el hombre, mostrando un pesar real, desarmado ante la sencillez de la dama, y deslumbrado por su belleza- Mi nombre es Tam, y mi trabajo es alejar a los humanos de este bosque, pues soy un Vigilante de los Elfos. Yo debería ahora dar el aviso y apresaros para someteros a su voluntad, mas no temáis, bella dama, que no lo haré. Antes bien, os acompañaré hasta los lindes de Carterbaugh, si aceptáis mi humilde compañía.

-No sólo la acepto, Sire, sino que me agradaría gozar de vuestro acompañamiento por más tiempo, y desearía que aceptárais la hospitalidad del rey y la mía propia, y viniérais a alojaros al castillo.

-Mi Señora... eso no es posible, los Elfos, mis amos, nunca lo consentirían. Estoy condenado a permanecer aquí siempre, salvo que ocurriera algo muy especial que ni soñar puedo.

-Por favor, Sire, decídme qué es necesario para ello, ¿necesitáis riquezas con las que comprar vuestra libertad?¿armas acaso? ¡Decídmelo presto y haré que os lo consigan!

El joven la miró con ojos arrobados, se acercó a ella y la tomó de la mano, haciendo un gesto para acomodarse juntos sobre la hierba.

-Milady, vivo aquí escondido desde muy niño. Soy hijo único y ya he perdido toda mi esperanza de volver a ver con vida a mi padre ni a mi madre. Cuando cumplí doce años insistí para que me dejaran participar en una cacería, a pesar de la oposición inicial de mi padre. Lo logré y a duras penas aguanté unos minutos con el grupo a caballo. Mi inexperiencia, unida a mi arrogancia, me llevaron a perderme por el bosque malmontado en mi cabalgadura. Oscurecía, se levantaba el fuerte viento del norte, no notaba ya las manos desnudas y pronto un calambre me hizo caer de la montura. El caballo huyó relinchando de miedo. Eso es lo último que recuerdo. Cuando desperté me di cuenta de que estaba en posesión de los Elfos. Ellos me criaron y me obligaron a hacer la promesa que desde entonces me ata a su servicio.

El sol que antes iluminaba el claro se había ido apagando. La luz era ahora rojiza. Las flores se habían cerrado sobre sí mismas, esperando la noche.

-Dentro de una horas, Milady, los Elfos, encabezados por su Reina, organizarán una cabalgata para ir a celebrar la Fiesta del Solsticio. Si antes de que amanezca sigo con ellos, estaré definitivamente condenado, sometido a ellos de por vida. Sólo hay una posibilidad, pero es tan pequeña que no merece la pena que os apesadumbre más con mis cuitas, mi Señora, por favor, acompañadme, salgamos de aquí, antes de que caiga la noche.

El joven se levantó con gesto decidido, pero Juana le cogió de la mano y le obligó a seguir sentado junto a ella.

-Confiad en mí, Tam. Una corazonada me dice que nuestro encuentro no ha sido fortuito. Decídme, por lo que más queráis, cuál es esa esperanza de la que habláis, y no me ocultéis nada como me parece que hacéis, quizá pensando que de esa forma me protegéis. Antes al contrario, si no os puedo ayudar, permaneceré aquí hasta que lleguen ellos, y, oídme bien, estoy dispuesta incluso a convencer a la mísmisima Reina de los Elfos de que os libere. Así que, ¡hablad presto, Sire!

La determinación parecía tan firme, su apostura era tan regia, que el joven Tam acabó por ceder, e inclusó llegó a recuperar un atisbo de confianza en la posibilidad de salir de allí.

-Está bien, mi Señora, creo que podemos intentarlo. Escuchad atentamente porque deberéis hacer todo exactamente como os lo diga, de no hacerlo así las consecuencias serían terribles, y no llego a imaginar de qué sería capaz la Reina élfica con una princesa humana bajo su poder... Recordad que nos encontraremos frente a poderes muy antiguos, no hablamos de fuerza ni de inteligencia, así que no tratéis de usar ni la una ni la otra. Ante los Elfos no sirve de nada preguntarnos la razón de lo que vemos, sencillamente lo vemos, sucede y ya está. Y debo preveniros de que os vais a enfrentar a sucesos horripilantes, pero deberéis soportar todas las visiones sin ceder en nada, sin flaquear ni un sólo instante. Pensad que el sufrimiento es tal sólo cuando lo reconocemos así ¿Estáis dispuesta a pesar de todo?

La joven tan sólo pudo asentir con la cabeza, notaba un nudo en el estómago, la lengua paralizada y la boca seca.

-Como os decía antes, esta noche la Reina y su Corte de Elfos pasarán por la encrucijada que hay en el centro del bosque. Irán de camino hacia el castillo en ruinas, donde acude todo el Pueblo de las Hadas a celebrar el Solsticio. Deberéis estar allí, en el cruce mismo, escondida. Veréis a la Reina en cabeza, montada en su caballo y seguida de cerca por un grupo de jinetes. Detrás marchará otro grupo que dejaréis pasar. Por último, yo cabalgaré con los del tercer grupo. Me reconoceréis por mi montura, que será blanca, y por una cinta dorada con la que ceñiré mi cabello. Acercaos entonces, sin mirar atrás, tomad las riendas de mi caballo y detenedlo. Yo me deslizaré de la silla y vos me tomaréis entre vuestros brazos. No me dejéis fuera de vuestro abrazo pase lo que pase, y sobre todo, por lo que más queráis, no habléis, no abráis vuestros labios por muchas visiones terroríficas que contempléis. Porque si eso sucede... Dios no lo quiera, sólo una palabra, y todo resultaría en vano, la desgracia caería sobre vos y sobre mí.

La princesa asentía continuamente, y trataba de dibujar una débil sonrisa que ocultara el temor que sentía en ese momento. Se levantaron y esta vez fue Tam el que cogió su mano y la acercó a sus labios:

-Y ahora debo marcharme. Confío en Vos, mi Señora, si algo saliera mal, con mi vida defenderé la vuestra, no lo dudéis. Y cuando salgamos de aquí, os lo juro por la memoria de mi padre y por esta su espada, seré vuestro esclavo y vuestro paladín.

Dicho esto, echó a correr y desapareció entre los árboles enseguida. La princesa se dió cuenta entonces de que la noche ya se había cerrado sobre el bosque, oscuridad sobre oscuridad, y se apresuró a buscar el camino que la conduciría a la encrucijada. No fue muy difícil, después de unos instantes de aturdimiento. El estrecho sendero pelado, sin hierba, resaltaba por su claridad sobre el resto de la maleza, y lo siguió, hasta llegar enseguida a otro lugar abierto, donde confluían los demás caminos. Allí, detrás de un matorral se escondió, dispuesta a esperar a la Cabalgata de los Elfos, tratando de acallar el ritmo desesperado de su corazón.

No pudo saber cuánto tiempo pasó. Un ruido como de hojas arrastradas por el viento la sacó de su ensimismamiento. Por el camino de su izquierda los árboles parecían moverse. Unas sombras se fueron haciendo cada vez más consistentes. Alguien vestido de un blanco deslumbrante, visible aún en medio de la negrura de la noche, como una fosforescencia venida de otros mundos, apareció ante sus ojos. Se trataba de la imponente figura de la Reina de los Elfos, ataviada con gasas de suaves colores luminiscentes, tan claros que parecían blancos. Sobre su rostro brillaban, fríos, dos ojos verdes como fuegos fatuos. Montaba a la antigua usanza inglesa, a la dama, sobre un soberbio ejemplar negro, tan oscuro que parecía cabalgar sobre el vacío del firmamento. Al pasar a su lado, la princesa se echó a temblar, porque en ese momento la Reina élfica bajó la cabeza un instante, hacia el matorral que le servía de escondite. Afortunadamente, un caballero se adelantó unos pasos colocándose entre ella y la reina, y siguieron su camino. Detrás, el grupo estaba formado por una veintena de elfos y elfas, se oían canciones lejanas y música de laúd y arpa. Pero Juana observó con gran extrañeza que las pisadas de los cascos de los enormes caballos, todos negros, no hacían ningún ruido. Al cabo de un rato que a la muchacha le pareció muy breve, apareció el segundo grupo de jinetes, con los caballos animados en un lento trotecillo. Este grupo resultaba mucho más curioso que el anterior. Supuso que se trataba de los guerreros elfos, pues iban vestidos con armaduras que despedían destellos verdes, como si la luz saliera del mismo metal bruñido. Espadas y lanzas, escudos y jabalinas refulgían como estrellas de plata. Algunos lucían yelmos coronados por impresionantes penachos, plumas flamígeras y cabezas de dragones y murciélagos. Otros llevaban los joviales rostros descubiertos y sus dientes también brillaban con una extraña blancura fosforescente. Los caballeros élficos gritaban y reían a carcajadas, y con ellos cabalgaban tanto en sus propios caballos como a las grupas de los de los hombres, hermosas damas ataviadas con vaporosos vestidos de cortesanas. En torno a ellos, por debajo de las largas patas de los caballos, sujetos a las crines y a las colas, dando brincos circenses, una tropa de hombrecillos grotescamente ataviados correteaba de aquí para allá, parloteando incomprensibles jerigonzas con voz chillona, cantando y soplando flautas de todos los tamaños y formas. Cuando desaparecieron por el recodo del camino que se internaba otra vez en el bosque, el silencio parecía sepulcral después de tal algarabía. Los minutos se alargaron ahora. El tiempo no avanzaba, y Juana comenzó a sospechar que todo había acabado, y ella había sido objeto de las bromas de los Elfos, incluido el hombre que dijo llamarse Tam. A punto estaba de levantarse cuando escuchó, esta vez claramente, el sonido de los cascos de los caballos. Pero en esta ocasión no eran elfos, sino seres de carne y hueso, a juzgar por el profundo retumbar de las pisadas de las bestias. Apareció por fin el tercer grupo, formado en su totalidad por hombres con los rostros al descubierto, serios, tristes y absolutamente silenciosos. Los caballos eran de distinta pelambre, y entre todos ellos destacaba un animal blanco montado por Tam, quien, como prometió, lucía en su frente una banda dorada. Haciendo acopio de valor, Juana salió de su escondite y se dirigió con paso decidido hacia el corcel blanco. Tuvo que esquivar a varios caballos, y ninguno de los jinetes parecía ver lo que sucedía delante de él. Tampoco Tam la miró cuando se puso a andar a su lado, antes de coger las riendas. Luego tiró de la brida y el animal, piafando nervioso, se detuvo. Tam parpadeó un momento, como si despertara de un sueño, levantó la pierna contraria por encima del lomo del caballo, y se deslizó a este lado hacia el suelo, yendo a parar, de pie, entre los brazos de Juana. ¿Tan sencillo había sido? -se preguntó la muchacha- ¿ya había terminado todo?

Entonces, un viento de tempestad se levantó al instante, el aire se puso a silbar como mil serpientes al unísono, y las copas de los árboles se azotaron unas a otras, provocando un estruendo enorme, a la par que los rayos chasqueaban sobre ellos y los truenos retumbaban ensordecedores. Como surgido de la misma noche, un enorme potro negro pareció volar hasta donde estaban la princesa y el vigilante. Los belfos de la bestia lanzaban espumarrajos, sus relinchos destrozaban los tímpanos y sus cascos brillaban como si estubieran envueltos en metal. Montada a horcajadas sobre la inmensa cabalgadura, la Reina de los Elfos reía y gritaba con voces de locura, y su mirada era capaz de helar a quien la contemplara. Hizo corcovear al cuadrúpedo infernal y ponerse de manos a un palmo de la cara anonadada de Juana, pero la muchacha consiguió dominar el miedo, o quizá el miedo la atenazaba en su sitio ante la visión demoníaca de la Elfa. Cuando creía que iba a volverse loca, algo frío y pringoso se movió entre sus brazos, y el horror se quintuplicó: ¡Tam había desaparecido y en su lugar un lagarto gigantesco se debatía por escapar, arañándole y rozándole con la lengua bífida! Apenas pudo reprimir la naúsea, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no soltar a ese aborto de dragón en que se había convertido el joven. Pero no acabó allí el pánico, lo que vino después fue peor. El lagarto perdió sus patas y alargó su cuerpo. Se transformó en una interminable serpiente verdeamarillenta, de escamas brillantes, que le atenazó la cintura y las piernas con sus anillos, con la intención de ahogarla para clavarle los dos afilados colmillos venenosos que en ese momento lucía ante los ojos desorbitados de la infeliz dama. Nada parecía ya capaz de superar tal pavor, cuando la serpiente desapareció y, en su lugar, encima de los brazos desnudos de Juana, comenzó a arder un gran pedazo de carbón al rojo vivo, llagándole la piel abrasada. Temblando por el tremendo esfuerzo, la pobre muchacha aún consiguió aguantar el dolor el tiempo suficiente para que las lágrimas que caían abundantes de sus ojos fueran apagando con un siseo la turba, mientras se oía la voz estridente de la Reina de los Elfos:

-Está bien, lo habéis conseguido. Habéis logrado vencer a la Reina de los Elfos. He cometido un error que nunca volveré a cometer: he infravalorado tu valor, el valor de una mujer humana. La vergüenza y el orgullo herido son ahora mi penitencia, por encima de mi odio y mi afán de venganza. Pero huid, rápido, marchad lejos de aquí. El deseo de volver a encontraros dentro de mis dominios mantendrá mi ira encendida, y si tal ocurre, si volvemos a encontrarnos, creedme que no se habrá visto hasta entonces una venganza igual ni en este mundo ni en los otros.

El caballo negro se encabritó una vez más, una llamarada verde iluminó los ojos de la Reina élfica, y los árboles parecieron abrirse como una cortina que engulló a la oscura aparición.

Al cabo de un tiempo, por un extremo del bosque de Carterbaugh, salieron un hombre y una mujer. Caminaban a duras penas, apoyándose el uno en la otra, en dirección al castillo cercano, cuando una tropa de soldados les dio el alto. Los hombres armados tardaron más de diez minutos en convencerse de que aquella joven vestida con harapos, de rostro demacrado, ojos enrojecidos, mechones blancos en el cabello y mirada demente, decía la verdad cuando se presentó como la Princesa Juana. Al cabo de muchos años, todos en la comarca la recordaron como la Princesa que venció a la Reina de los Elfos.

Y así ha llegado la leyenda hasta nosotros, y así permanecerá, sea con estas u otras palabras. Si peligrosos son algunos bosques, también el fondo de los lagos de las montañas pirenaicas encierra terribles misterios. Escuchad ...

 

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jueves, 14 de enero de 2010

LA MUJER PERFECTA

La mujer perfecta –  un cuento de  NASRUDÍN

Nasrudin conversaba con un amigo.

- Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte?

- Sí pensé -respondió Nasrudin. -En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.

Continué viajando, y fui a Isfahan; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita.

Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material.

- ¿Y por qué no te casaste con ella?

- ¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.

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miércoles, 13 de enero de 2010

LA PÉRDIDA DEL ARTE DE CONTAR

Leía hoy un artículo sumamente interesante de Raúl Minchinela en la revista Ñ sobre los nuevos modelos comunicacionales que optan por la brevedad y no por la calidad de contenido. (Si quieren leer la nota completa clik acá).

Me pareció oportuno compartirlo con ustedes, pues siento y creo que este hábito de brevedad nos está empobreciendo a pasos agigantados.

Entre muchas otras cosas dice Minchinela:

Esas directrices han conducido a que el ciudadano esté más interesado en los titulares que en las noticias. Estar al día es hoy sinónimo de visitar muchos titulares, sin necesidad de profundizar en ningún tema. El hombre informado es un consumidor de resúmenes telegráficos.

Es absolutamente cierto. Hablamos en códigos cada vez más incompletos, llenos de gadgets (simbolitos), una expresión como “Te quiero mucho” ha quedado convertida en TKM, un hola que tal es un muñequito que saluda, y en las apuradas cotidianas ya sea vía Facebook o vía teléfono terminamos teniendo conversaciones tipo:

—Hola todo oki.

—Sip. ¿Vos?

—Ok.

—Novedades.

— Hace calor. Juan se fue al sur. Marita se separó

— Mucho. ¿Y? ¿Cómo está?

— Procesando. Es lo mejor ¿no?

— Y si. Bueno hablamos.

— Besos.

Es un pobre ejemplo pero seguro cada uno de ustedes tendrá miles mejores….

Más adelante en la nota dice Minchinela:

Ahora mantenerte al día con los amigos es tener constancia de sus updates. Estar informado de tu círculo cercano consiste, de nuevo, en repasar titulares. Hemos llevado la atomización de la información hasta nuestras propias vidas. Y en el proceso hemos sacrificado algo crucialmente importante. Cuando antes los amigos te informaban de que, supongamos, Carlos había cortado su relación con Ana, la noticia venía indefectiblemente con una historia complementaria, porque en el medio para recibirla venía incluido el ir más allá del titular. Ahora, todo se concentra en el update. No hace falta conocer los inconvenientes. La Eneida se puede reformular en forma de actualizaciones, pero revela algo más grave: estamos perdiendo las historias. Nuestras propias historias. (El resaltado es mío)

Durante milenios la buena costumbre de la narración oral de boca a oreja, de padres a hijos, de persona a persona, tejió redes sólidas entre los habitantes de cualquier grupo, dio sentido de pertenencia al grupo y a los ancestros, educó, sostuvo y alimento las almas para que pudiesen transitar y sobrellevar las penurias de la vida cotidiana con un sentido trascendente. ¿Qué alimentará ahora a nuestras almas agobiadas en el diario vivir? ¿Qué nos estimulará a la trascendencia?

Yo amor las historias, sería incapaz de vivir sin ellas, quizás por eso este tema me ocupa tanto y me impulsa a mantenerlas vivas, a compartirlas, a crearlas y narrarlas… Y sufro, sufro mucho cuando me siento presionada a la brevedad, cuando sé lo mucho que le cuesta a una inmensa mayoría detenerse un tiempo a leer. El microcuento, el texto corto, lo “mini”, lo inmediato, es el modo del presente, un modo que aunque no nos demos cuenta, nos opaca el espíritu, nos empequeñece como individuos, nos condena a la repetición de los viejos errores y sobre todo nos deja solos, muy solos aunque nos rodeemos de mucha gente.

El universo nació de la Palabra, quizás esta escasez de palabras que padecemos actualmente, sea tan grave como el cambio climático, y nos conduzca a un nuevo vacío….

Por eso siembro palabras y me alegra encontrar a tantos otros que como yo insistimos en esta siembra sonora…. ¡A ustedes también los invito a convertirse en sembradores!

 

martes, 12 de enero de 2010

LO QUE DURA UN AMOR

Esta es la noche más triste, porque me marcho y no volveré. Mañana por la mañana, cuando la mujer con la que he convivido durante seis años se haya ido a trabajar en su bicicleta, meteré unas cuantas cosas en una maleta, saldré discretamente de casa, esperando que nadie me vea, y tomaré el metro para ir al apartamento de Andrés.

Duerme y yo la miro, me conmueve su certeza en lo seguro. Siempre quiso que yo la considerase mi redentora, quizás por eso no supo si ser mujer o madre, la dejé, esa puede ser mi falta, sin embargo se lo advertí siempre, de mil modos. ¿Cuántas veces le repetí que no eran los veinte años que nos separaban, ni sus arrugas, ni sus incipientes canas, lo que me impedían prometer lo que ella deseaba? ¿Cuántas veces le repetí que es este gusto mío por la libertad y la variación que nunca, en los treinta años que llevo vividos, me han dejado apegarme a ningún espacio ni persona?

Recuerdo esa tarde de verano en la playa en que nos conocimos, los dos envueltos de entusiasmo. Yo acababa de ganar mi primer campeonato de surf, Alicia sus primeras vacaciones sola, sin ex marido, ex suegra, ni hijos que la reclamasen y antes quienes debiera comportarse. Ella quería una experiencia nueva, rebelde, insólita, que rompiese con la monotonía de su triste vida, se lo adiviné apenas mirarla y sentí, no sé por qué, deseos de satisfacerla. Me acerqué y sonreí. ¿Y yo? No estoy seguro, creo que me atrajo su piel vestida de experiencia, su sonrisa triste, sus ojos ansiosos, inocentes...

Sus vacaciones terminaron, no quería dejarme, un mundo nuevo se le había abierto gracias a mí y se resistía a perderlo, la entendí y no quise defraudarla. Por eso cuando me invitó a su casa acepté. Me pareció divertido, yo nunca había vivido en Buenos Aires, ni en ninguna ciudad grande.

Al principio todo iba de maravillas, después se complicó. Quería y no quería que sus hijos me conociesen, quería y no quería todo el tiempo y cuando le dije que me iba a otro campeonato se puso como loca. Se enfureció, me acusó de vago, de inmaduro, de vividor, le dije que nunca volvería, lloró, cedió. Me fui y volví pero supe que el vínculo entre nosotros ya no era el mismo. Y tuve razón.

Alicia comenzó a mezquinarme el dinero, a exigirme tonterías: que limpiase un poco, que por lo menos cocinase, que me buscase una changa, que ella trabajaba todo el día mientras yo solo pensaba en mí... ¡Nunca entendió mi derecho! Pobrecita

Ahora ella cree que amenazándome va a lograr que cambie, se equivoca, ya he decidido ir al caribe al campeonato mundial, Andrés lo entiende, tiene otra sensibilidad. Sé que no volveré a verla y eso me entristece, la quiero, sí, la quiero. Le di todo lo que pude, la dejé cuidarme, la dejé mantenerme para que se sienta útil e importante, la dejé mostrarme, la hice reír y jugar como nunca en su vida lo había hecho, le canté serenatas y hasta le escribí dulces poemas... no funcionó, está demasiado apegada a sus costumbres.

Mañana, definitivamente mañana, me iré, lo haré cuando ella se vaya al trabajo montada como cada día en su bicicleta, para que no le resulte tan duro, no soporto más sus llantos, ni sus súplicas, no tolero los injustos reproches que sé que me hará.

Andrés no es responsable de mi decisión. Lo conocí la última vez que me fui de viaje. Alicia no vino, nunca quiso viajar conmigo, siempre la excusa de su trabajo, su responsabilidad, ¡bah! Yo le ofrecí posibilidades, le dije que vendiera la casa, con eso bien podríamos haber vivido dos años o más pasándonosla genial, no quiso. Y bueno, que iba a hacer yo, estaba solo, triste, Andrés se acercó, mi miró con ternura, me vio hambriento y me invitó a comer. Esa comida llevó a otra, paseamos, compartimos, él también necesitaba compañía a su soledad de viejo homosexual millonario, me enterneció, siempre fui flojo para decepcionar a otro.

No sé por que Alicia no lo entiende, le dije que era bueno probar todo, vivir todo, se puso como loca ¡Pacata! Ella me obligó a tomar la decisión de dejarla con su intolerancia, sus prejuicios... Igual me da mucha tristeza. La miro dormir tan serena, tan insegura, tan inocente... La quiero.

La quise.

©Ana Cuevas Unamuno

 

lunes, 11 de enero de 2010

La leyenda del Yuchán- (Chaco- Argentina)

leyenda de Chilaj y Tokwaj, de la zona chaqueña de la república argentina.

 yucan

  Hace muchísimo tiempo -cuentan los matacos del Chaco- había un yuchán más alto y más panzón que cualquiera.  Es que ese yuchán estaba lleno hasta el tope de agua y de peces.

  Chiláj, el dueño y protector de todos los peces, les permitía a los indios que pescaran adentro del yuchán (algo tenían que comer). Pero se ponía de los más furioso cuando algún gracioso pescaba por pescar y dejaba a los pobrecitos pescados tirados por ahí, boqueando.

  Entre todos los peces que había en el árbol, el más lindo era un dorado grandote.  A ése no había que molestarlo. 

   -¡Miren que de un solo coletazo es capaz de romper todo, y después qué hacemos! -decía Chiláj.

   Pero un día llegó uno que se llamaba Tokwaj.

   Chiláj lo miró de reojo:

   -¡Cuidadito con tocar el dorado grandote! ¿Me escuchaste bien vos?

   -¡Eh, no tanto grito! ¿Por quién me toma? -dijo Tokwaj haciéndose el ofendido.

   Entonces preparó el arco y la flecha (ellos pescaban así) y se puso a pescar.

   Pescó uno, más bien chico.  Después otro, grande y gordo.  La verdad que ya era suficiente.

   Pero él no estaba tranquilo y los ojos se le iban detrás del dorado grandote.

   Hasta que, de repente, no aguantó más y ¡zás! le clavó una flecha ¡Para qué! Loco de dolor, el dorado grandote empezó a dar coletazos para aquí y para allá.  Hasta que, en una de ésas, lo partió al árbol por la mitad.  Entonces el agua empezó a salir y a salir del yuchán.  Y se vino la inundación.  Se vino, nomás.

   Con los ojos salidos para afuera de la rabia, Chiláj lo encaró a Tokwaj, a grito pelado.

   -¿Te lo dije o no te lo dije, cabezón?  ¡Ahora me arreglás este lío, rapidito y sin chistar! ¡ooooh, también!

   Pero Tokwaj se quedó duro, sin saber para dónde agarrar.  Y eso que el agua ya estaba llegándole al cuello.

   Cuando Chilaj vio que el otro no se daba ninguña maña, pensó "este encima se nos va a ahogar  ¡Y va a haber que pagarlo por bueno! No voy a tener más remedio que darle el palo mágico..."

    Entonces con su peor voz, le dijo:

    -Mirá, Tokwaj; te me vas de acá...¡y te me llevás toda esta agua! (Tokwaj puso cara de no tener la menor idea de lo que tenía que hacer).

    Entonces Chilaj agregó:

    -Tomá este palo.  Vos caminá nomás, y el agua te va a seguir.  Cuando estés muy cansado, clavás el palo y el agua se va a quedar quietita...¡Y ahora, chau! ¡Si te he visto, no me acuerdo!

    Tokwaj, que estaba bastante llovido, obedeció sin decir ni mu.  Caminó y caminó.  Cuando las piernas no le dieron más, clavó el palo (y por su cuenta agregó algunas palabras mágicas).  El agua paró y Tokwaj pudo echarse un sueñito (pero soñó que hacía papelones).

     A la mañana siguiente, desclavó el palo y siguió caminando.  Atrás de él iban las aguas, mansitas como ovejas.  Para no aburrirse, Tokwaj, ya más tranquilo, empezó a caminar en zigzag, a pegar saltitos, a correr...

     Y siguió y siguió.  Con el agua, atrás.  Y en el agua, los peces.

     Fue así nomás, aunque ustedes no lo crean, como nacieron los ríos, todos los ríos.

    Ah, me olvidaba: si alguno va a pescar... ¡ni se le ocurra sacar pescaditos por gusto y dejarlos tirados por ahí, boqueando! Nunca se sabe si Chilaj anda cerca, disfrazado de viejito pescador.

Yuchán: Palo borracho

Chilaj o Ilaj: señor de agua y de los peces entre los matacos, a quiénes enseñó a pescar con arco y flecha.

Tokwaj: uno de los héroes míticos de los matacos.  Difundió muchas enseñanzas sobre agricultura, pesca, caza.  Sin embargo, tiene un lado negativo: haber desobedecido a Chilaj cuando éste le prohibió pescar el dorado.

Cuento y Glosario de Graciela Beatriz Cabal.

miércoles, 6 de enero de 2010

CONFIDENCIA

Conocer a Jerónimo cambió mi universo de silencios, de vallas, de timidez en la que siempre las palabras me fueron escasas. Mi mundo rutinario y escaso en el que crecí acompañada por el ronco murmullo del agua, el graznido seco de gaviotas y pájaros, el zumbido del viento y la mudez de las soledades. Mundo de tierra áspera, pedregosa, escasa, de horizonte vasto, apenas interrumpido en la punta de la escollera por el viejo faro que denunciaba su abandono, cubriendo de musgo sus paredes descascaradas y de oscuridad sus grandes ventanas.

Jerónimo, apareció sin anunciarse y las luces del faro se encendieron de pronto alertando a navegantes y atrayendo mis ojos.

Jerónimo, alejado de convenciones y temores, derrochador de excentricidades, exuberante en gestos y voces, parece andar desnudo y abierto por la vida convocando confidencias, con la misma naturalidad con que otros ocultamos recuerdos y secretos. Por eso, cuando el otro día, recostados ante la única ventana del faro que había librado del polvo acumulado, en los días que llevaba viviendo allí, me contó del secreto oculto entre los muros de piedra que llevan guiando barcos desde hace más de cien años y, sin recato ni suspiros temblorosos, habló de los marinos muertos que cada luna nueva acuden a reclamar luz para sus galeones y buques hundidos, me vi impulsada por el oscuro silencio que dejaron sus palabras, a contarle lo que nunca jamás había contado.

—Yo también— tartamudee de pronto sorprendiéndome a mí misma con mi propia voz de golpe suelta, mientras pensaba ¿por qué no confesarlo a quien me ha ofrecido generosamente una noche de escucha dispuesta? —¡Sí! Yo tengo un pequeño fantasma, un duende de familia, casero, sencillo, privado—

Jerónimo no dijo nada. Dejó su mirada flotando en el delicado oleaje nocturno y con dulzura cómplice acarició, como al descuido, mi mano.

Mi pequeño duende, mi fantasmita casero y cotidiano que no es protagonista de epopeya medieval alguna, ni convoca con su iracundia espantos ni exorcistas, que no busca revancha ni revuelca su esqueleto agusanado en tumba alguna reclamando agua bendita, ni misas que le libren de ataduras otorgando perdón a sus pecados, ni médiums que develen secretos del pasado convocando justicias irresueltas. No figura en catálogos, ni porta nombre de preclaro linaje. No ulula en noches sin luna, ni viste de blanca sábana, ni asoma repentinamente al sonido de grilletes, entrechocando puertas y cerraduras o agitando llamas, o apagando luces. No, mi fantasma es tierno, respetuoso, apacible. No necesita bulla, deshecha la burla, no se le ha helado el pecho con resentimientos ni envidias, no llora penas, ni suspira por amores perdidos. Es minúsculo, intenso, juguetón, travieso, curioso, atento, le basta sacudirme de tanto en tanto cuando me sabe perdida y temerosa, o triste. Esconde entonces lo que ando buscando, enciende luces para que alejen las sombras, me envuelve en frescos aromas y danza entre gotas de canillas rotas. Raspa puertas buscando notas, mezcla papeles, me deja besos pintados con rouge en los espejos, susurra al silencio despojándolo de tragedia y recorre mis rincones ahuyentándome las penas. Pensé agradecida.

—Tengo un fantasma propio para las noches oscuras donde el miedo me ahoga en tristezas solitarias y me duele el hambre de caricias y besos, de cercanías— dije mientras mis dedos se entrelazaban con esos otros dedos que transmitían calor a la fría noche de invierno.

Jerónimo me miró y una sonrisa emergió en sus labios. Luego me abrazó.

Miro los rincones, reviso cajones, parpadeo despacio, luego rápido. Me recuesto en la alfombra, lo llamo. Creo que se ha marchado mi fantasma casero pues no puedo encontrarlo ni responde a mi ruego.

Golpean la puerta.

No es él, no, es Jerónimo que esta noche se queda a vivir a mi lado.

©Ana Cuevas Unamuno

martes, 5 de enero de 2010

La Opinión de los Demás

BURRO HOMBRE C 139 copia

Un viejo y un joven viajaban con un asno. Cuando llegaron a una aldea, los niños de la escuela se rieron al verlos pasar diciendo:

— Mira esos tontos, tienen un asno robusto y van caminando, por lo menos el viejo podría montarse en él.

Al escuchar a los niños, los hombres pensaron que deberían de seguir el consejo, pues pronto llegarían a otra población y la gente se volvería a reír de ellos. Así pues, el viejo se montó en el burro y el joven camino detrás.

Habían avanzado unos pocos kilómetros cuando se encontraron un grupo de gente que los miró y dijo:

— ¡Mirad! El hombre viejo montado en el burro y el pobre muchacho caminando.

Avergonzados al oírlos, cambiaron puestos, el hombre viejo caminó y el joven montó en el burro. Pero a poco de andar se cruzaron con otro grupo de gente que al verlos exclamaron:

—¡Mirad que muchacho más arrogante! Quizás el viejo es su padre o su maestro, y va caminando mientras el joven va montado en el burro. ¡Esto es contrario a toda norma!

¿Ahora que podían hacer? Ambos decidieron probar la única posibilidad restante: Sentarse los dos en el burro. Así que montaron ambos en él.

Pero no tardaron mucho en cruzarse con otro grupo que al verles exclamaron:

—¡Mirad que gente tan violenta! El pobre burro esta casi muerto, mejor sería que lo cargaran ellos en sus hombros.

Así que otra vez lo discutieron y decidieron llevar al burro en hombros, pues de otra manera la gente de la aldea vecina los llamaría tontos. Por lo tanto, cortaron un bambú, colgaron al burro de las patas y lo cargaron. El pobre animal trato de rebelarse -como cualquier burro lo haría- y trató obviamente de escapar, pero los dos hombres estaban empeñados y lo forzaron, así que el burro se doblegó.

Se hallaban cruzando un puente en la entrada de la aldea cuando una multitud se reunió en derredor suyo y exclamó:

—¡Mirad a esos tontos! Jamás existieron idiotas semejantes, en vez de montar el burro lo llevan a cuestas. ¿Se habrán vuelto locos?

El burro mientras tanto se puso inquieto, tan inquieto que saltó y se cayó desde el puente al río, matándose enseguida. Ambos bajaron al río y se miraron perplejos.

Un anciano que estaba pescando en la orilla, les vio y dijo sacudiendo la cabeza:

—Desgraciado como el burro es quien de tanto escuchar la opinión de los demás olvida seguir la propia.

 

 

lunes, 4 de enero de 2010

El Paraíso

mujer-ouroburos

Un cuento de Orlando Romano

 

         Eva pidió un compañero. La diosa se arrancó una costilla; el hueso transmutó en un hermoso mancebo.

-Este es Laesilae, que significa Señor de la Lujuria.

-No lo quiero- Eva frunció el ceño.

         La diosa se arrancó una segunda costilla.

-Este es Virbífido, que significa Placer Supremo.

         Eva tampoco lo quiso, como no quiso al resto de los atléticos, alegres y ardorosos postulantes que fueron surgiendo. Malhumorada y descostillada, la diosa se extirpó una uña: floreció de indisputable fealdad y rostro compungido.

-Se llama Adán, no sé que significa.

         Incapacitados de saber por qué ellas adoran el misterio, contentémonos con saber desde cuando.

 

(Este cuento forma parte de Cuentos de un minuto. CADDAN, Buenos Aires, 1999)

 

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