domingo, 28 de febrero de 2010

La gota de cera

 

Cuento  de Emilia Pardo Barzán aparecido en "El Imparcial", 25 de septiembre de 1898.

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  Aunque los historiadores apenas le nombran, Higinio fue de los más íntimos amigos de Alejandro Magno. No se menciona a Higinio, tal vez porque no tuvo la trágica muerte de Filotas, de Parmeion, y de aquel Clitos a quien Alejandro amaba entrañablemente, y a quien así y todo, en una orgía atravesó de parte a parte; y sin embargo (si no mienten documentos descubiertos por el erudito Julios Tiefenlehrer), Higinio gozó de tanta privanza con el conquistador de Persia, como demostrarán los hechos que voy a referir, apoyándome, por supuesto, en la respetabilísima autoridad del sabio alemán antes citado.

Compañero de infancia de Alejandro, Higinio se crió con el héroe. Juntos jugaron y se bañaron en Pela, en los estanques del jardín de Olimpias, y juntos oyeron las lecciones de Aristóteles. La leche y la miel de la sabiduría la gustaron, así puede decirse, en un mismo plato; y en un mismo cáliz libaron el néctar del amor, cuando deshojaron la primera guirnalda de rosas y mirto en Corinto, en casa de la gentil hetera Ismeria. Grabó su afecto con sello más hondo el batirse juntos en la memorable jornada de Queronea, en la cual quedó toda Grecia por Filipo, padre de Alejandro. Los dos amigos, que frisaban en los diecinueve años entonces, mandaron el ala izquierda del ejército, y destruyeron por completo la famosa "legión sagrada" de los tebanos. La noche que siguió a tan magnífica victoria, Higinio pudo haber conseguido el generalato; Alejandro se lo brindaba, con hartos elogios a su valor. Pero Higinio, cubierto aún de sangre, sudor y polvo, respondió dulcemente a los ofrecimientos de su amigo y príncipe:

—No acepto el generalato, porque habiéndome portado bien hoy, tal recompensa y tan alta dignidad me obligarían en conciencia a portarme todavía mejor en otras ocasiones que sobreviniesen, y no puedo comprometerme a amanecer cada día con más valor y más fortuna. Además, de las enseñanzas de nuestro maestro Aristóteles saco yo en limpio que el hombre, habitualmente, debe vivir en paz y no en guerra. Queda demostrado que no soy ningún medroso. El que ha combatido a tu lado en Queronea ya tiene derecho a plantar un laurel en el sagrado bosque de Marte. Déjame de batallas y dame otro puesto cerca de ti, Alejandro, porque te quiero bien y te serviré fielmente.

Alejandro, cuya sangre hervía pidiendo luchas y glorias, se conformó mal de su grado a los deseos de Higinio, y le nombró su gran copero. Era cargo en extremo descansado y de alta confianza, pues sus funciones consistían en custodiar y servir la copa de oro reservada al príncipe, a fin de que nadie pudiese depositar en ella ponzoña. El oficio de Higinio le permitía vivir en constante comunicación con Alejandro, y cuando éste subió al trono, sucediendo a su padre, asesinado por Pausanias, los cortesanos auguraron a Higinio brillante carrera. Poco tardaron en verse desmentidos tales pronósticos: Higinio continuó presentando, recogiendo y custodiando la ya regia copa, sin mezclarse en intrigas ni aspirar a otras grandezas.

Mientras tanto, Alejandro asombraba al universo con sus campañas y triunfos, y ofrecía a Grecia, en compensación de la perdida libertad, páginas de luz para la Historia.

Conteniendo a los bárbaros y sojuzgando el inmenso Imperio de Asia, bien pronto se vio dueño del mundo Alejandro. Cuando, después de dejar trazado el emplazamiento de Alejandría, y de entrar vencedor en Babilonia y Ecbtana, el hijo de Filipo se declaró "hijo de Júpiter" y decretó su propia apoteosis, Higinio —que hacía mucho tiempo no departía con su rey, limitándose a servirle la copa en silencio— fue despertado a las altas horas de la noche por orden de Alejandro que le llamaba a su cabecera. La recién hecha deidad no podía dormir, y reclamaba cuidados y consuelos...

—Señor —dijo Higinio —, celebro poder hablarte sin testigos, como antaño. Justamente deseaba rogarte que me consientas dejar tu servicio y retirarme a mi casita del Ática, donde poseo olivos y colmenas.

— ¡Bonita ocasión escoges para abandonarme! —exclamó furioso Alejandro —. ¡Por el intento merecías que te mandase crucificar! ¿Deseas riquezas? Pide cuanto se te antoje... Pero ¿marcharte? Ni lo sueñes. ¿Y de dónde nace esa manía?

—Ya que lo preguntas —contestó Higinio—, lo vas a saber. Yo fui amigo y servidor de un hombre; pero ahora parece que ese hombre se ha vuelto dios. No tengo vocación al sacerdocio. Desde que has ascendido a hijo de Júpiter Hamnon, hermano de Apolo, me inspiras temor y frialdad. El Alejandro que yo amaba no existe. Has ascendido al Olimpo. Él es inmortal, yo mortal. No nos entendemos. Por otra parte, la idea que me he formado de un dios, según la sublime doctrina de Aristóteles...

— ¡Dale con Aristóteles! —Interrumpió el conquistador—. ¡Como le atrape, a ese sí que le crucifico! ¡Y alto, para que todos lo vean!

—Crucifica, pero escucha. Prescindamos de Aristóteles y supongamos que, en efecto, eres dios. Pues si eres dios, yo no puedo cometer sacrilegio; yo no puedo seguir envenenándote.

— ¿Envenenarme tú? —Gritó Alejandro incorporándose convulso sobre su lecho de marfil incrustado de oro—. ¡Ahora comprendo por qué un fuego constante abrasa mis venas; ahora comprendo por qué no descanso sino en horrible modorra; ahora me explico las visiones y las pesadillas que de noche me asaltan y empapan mis sienes en sudor frío! ¡Envenenarme tú! —y con súbito acceso de ternura suspiró—. ¿Y por qué quieres mi muerte, tú, mi amigo de la niñez, mi hermano de armas en Queronea?

Higinio, conmovido, se arrojó a los pies de Alejandro, y éste abrió los brazos; los dos amigos juntaron sus rostros y mezclaron sus cabelleras, y el copero declaró, en tono muy diverso del de antes:

—Señor, dulce amado mío, si te enveneno, es contra mi voluntad y por orden tuya... Esas visiones, esas torturas de que te quejas proceden de la doble embriaguez en que vives: estás ebrio de poder y de vino añejo... Antes sólo me pedías la copa dos o tres veces en cada comida; desde que el Asia te ha inoculado su molicie y sus vicios, me duelen las manos de tanto recoger la copa vacía y extendértela colmada... Tu alma se ha turbado, la demencia te ronda, te habitúas a la crueldad, hieres a tus leales y morirás joven, sin que nadie necesite pegarte una puñalada, como a tu padre. No quiero ser cómplice, y me voy.

Alejandro, pensativo, seguía estrechando el cuello y la cabeza de su amigo contra su pecho.

—Tienes razón, amado —murmuró al fin con sinceridad generosa—. Pero el hábito de beber se ha arraigado en mí, y si no bebo, me caigo a pedazos. ¿Qué haré? Aconséjame.

—No puedo —declaró Higinio— curarte la borrachera del poder; pero trataré de salvarte de la otra sin que te prives de tu gusto. Fíate en mí y verás.

En efecto, los días que siguieron a esta conversación, Alejandro continuó bebiendo copas tan rebosantes y tantas en número como siempre. No obstante, poco a poco notó con placer gran mejoría. Gradualmente se despejaba su cabeza, se tranquilizaban sus nervios, volvía a sus miembros el vigor y la alegría a su espíritu. Vastos planes maduraban en su cerebro, sobrehumanas empresas bullían en su imaginación heroica. Pasmado y enajenado preguntó a Higinio el secreto, sin que éste se prestase a revelarlo. Pero un cierto Arsotas, juglar persa, adulador y afeminado, que divertía mucho al rey, le dio la clave del enigma.

—Tu gran copero, ¡oh divino Alejandro!, echa cada día una gota de cera en el fondo de tu copa. Así, insensiblemente, reduce su cabida y acorta tus libaciones. Bebes cada día una gota menos. ¡El osado Higinio se atreve a engañar a su soberano y a cercenar sus deleites!

Quedó Alejandro sorprendido; después su sorpresa se convirtió en enojo. ¡Tratarle como a un chiquillo! ¡Embaucarle con un artificio así! ¡Ah! No lo consentiría. ¿Qué se figuraba Higinio? Y una mañana mandó registrar y limpiar la copa, y a la tarde estableció sus famosos certámenes de intemperancia, apostando a beber con los más pellejos de su ejército. Higinio entonces desapareció; probablemente se retiraría al Ática. En cuanto a Alejandro, nadie ignora la ocasión y modo de su muerte: después de vaciar, con alarde jactancioso, no su propia copa, sino la enorme llamada de Hércules, cayó redondo, dando un grito. La fiebre que allí mismo se apoderó de él le arrebató del mundo a los treinta y dos años de edad, en la plenitud de la vida y de la gloria.

 

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miércoles, 17 de febrero de 2010

¡Ya comenzó el Año Nuevo Chino!

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Este 14 de Febrero de 2010 se celebró el Año Nuevo Chino, conocido tradicionalmente como Festival de Primavera, es la festividad tradicional más importante del calendario chino, celebrada también en otros países del este de Asia, (coreanos, japoneses o vietnamitas).

Sus festejos inician el primer día del primer mes lunar (正月, zhēng yuè) y terminan el día quince, cuando se celebra el Festival de los faroles (元宵节, 元宵節, yuánxiāojié). Durante este periodo se produce la mayor migración humana del planeta, el "movimiento de primavera" (春运, 春運, chūnyùn), con millones de personas viajando a sus lugares de origen para celebrar las fiestas con sus familias. Este año concluye con una gran celebración el 28 de febrero de 2010.

El conteo de los Años lunares en China comenzó en el año occidental 2600 AC, cuando el Emperador Huang Ti introdujo el primer ciclo del zodíaco chino.

El '''Año Nuevo Chino''' (en chino: Chūnjíe; , Nónglì Xīnnián) está basado en el calendario lunar utilizado tradicionalmente en China. Según el calendario chino, la celebración de un nuevo año cae en general, a la segunda luna nueva luego del solsticio de invierno boreal (21 de diciembre). Debido a su carácter lunar, el Año Nuevo Chino no puede ser convertido a una fecha exacta del calendario gregoriano y en realidad, puede ocurrir entre el 21 de enero o el 21 de febrero, dado que la Luna en su movimiento cíclico, no sigue una pauta idéntica año tras año.

En el calendario chino, 2010 es el Año Lunar 4708.

La búsqueda de un calendario que reflejara correctamente las estaciones fue fundamental para la agricultura, por lo cual los pueblos buscaron maneras de observar el movimiento de los astros (que en realidad es el recorrido de la tierra alrededor del sol) y reflejarlo en un sistema cronológico de días completos.

Algunas Tradiciones del Año Nuevo Chino

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* El "sobre rojo" (红包, hóng bào), también llamado Lai See, consiste en la entrega a niños o parientes más jóvenes que uno, como deseo de buena suerte, de un sobre de color rojo que contiene una pequeña cantidad de dinero.

* Los Chun Lian 春联, o coplas de la "fiesta de la primavera", como también se conoce el año nuevo en China, para diferenciarlo del occidental. En los 春联 se escriben en buenas caligrafías, aquellos caracteres relacionados con la abundancia, la felicidad, prosperidad... que acompañará a la familia en el año que entra.

* Guardianes de las puertas: representación de figuras en actitud defensiva, colocadas en las puertas de las casas para defender a los moradores de la posible entrada de Nien.

* El pez, Yu 鱼 es homófono del carácter para abundancia es frecuente la colocación de estos animales en las casas. De color rojo ahuyentarán a Nien.

* Colocación del carácter Fu 福 (felicidad) de cabeza, ya que "estar de cabeza" y "llegar" son homófonos en la lengua china, así se dirá "la felicidad (fu) está de cabeza" o lo que es lo mismo "la felicidad (fu) ha llegado".

* Dios de la riqueza, este se presenta con barba y ataviado con una túnica roja y un saco amarillo a la espalda. Se presenta en las casas y reparte imágenes, los moradores de las casas regalan propinas a esta figura, todo ello acompañado de tambores y gongs.

* Hacer platos típicos como los ravioles 饺子 (jiaozi) para la cena de "noche vieja".

* Wu Shi 舞狮 o Danza del León y "Wu Long 舞龙" o "Danza del Dragón", conservadas desde tiempos antiguos, se originan de las artes marciales y sirven para ahuyentar a los malos espíritus

Información Sobre Tradiciones sacada de Wikipedia.

 

Y para sumergirnos más en este mundo maravilloso vaya aquí una leyenda

 

EL TIGRE DEL ESPEJO

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Una leyenda china cuenta que, hace muchísimos años, el mundo de los espejos y el de los humanos estaban comunicados. Ambos mundos convivían pacíficamente hasta que el Emperador Amarillo capturó al magnífico tigre del espejo. Entonces, estalló la guerra…

Cuentan que hace muchísimos años, el mundo de los espejos y el de los humanos estaban comunicados. Cualquiera podía entrar y salir de un espejo de pared, de un espejito de mano y hasta de los pequeñísimos fragmentos de un espejo roto.

La gente de los espejos se parecía bastante a la gente humana, aunque eran más pálidos y brillaban en las noches de luna. Los animales del mundo de los espejos tenían un pelaje cristalino, plumas transparentes y ojos de un color plateado que centelleaba bajo la luz. El gran tigre era el más hermoso de estos animales, con sus rayas negras como la noche y blancas como la luna. Sus dientes relucían como cuchillos de plata cuando se deslizaba silencioso a través de un espejo para caminar por los larguísimos pasillos del palacio del Emperador Amarillo.

La vida de los dos mundos había transcurrido sin problemas hasta la noche en que el Emperador, desvelado, observó desde su lecho imperial el paso del tigre frente a la puerta de su recámara. Inmediatamente quiso tenerlo cautivo en su zoológico imperial y llamó a sus imperiales guardias para que lo apresaran. Éstos se acercaron medio muertos de miedo y provistos de una enorme red. Se ubicaron temblando a ambos lados del final del pasillo y lanzaron la red sobre el majestuoso animal.

El rugido del tigre prisionero hizo temblar las paredes del palacio, rompió los vidrios de los ventanales y, atravesando los espejos, llegó hasta los oídos de la gente del otro lado. Entonces, se declaró la guerra.

La gente de los espejos se armó con lanzas de plata y espadas de cristal para rescatar al tigre. Los soldados del Emperador se armaron con mazas de bronce y escudos de hierro para prevenir el ataque. Durante días y noches, los dos ejércitos aguardaron, tensos y sin dormir, el momento de la batalla. Mientras tanto, el tigre recorría una y otra vez su estrecha celda mordiendo los barrotes.

Por fin, una noche sin luna, la gente de los espejos cruzó el cristal que los separaba y arremetió, pálida y fantasmal, contra los soldados del Emperador. La sangre de los humanos corrió roja como el coral y la sangre de sus rivales corrió plateada como el mercurio. Una y otra vez ganaron y perdieron sendas batallas, con una tristísima pérdida de vidas en los dos bandos. Sin embargo, la guerra no terminaba de definirse y el pueblo del Imperio Amarillo empezaba a hartarse de ver morir a sus hijos por un capricho de su gobernante. Temeroso de perder su poder, el Emperador Amarillo llamó a su palacio a un hechicero famoso.

—¿Cómo puedo ganar esta guerra sin perder a mi tigre? —preguntó.

—El secreto es el azogue, mi señor —respondió el hechicero—. El azogue es la base de los espejos y, si bañáis en él al ejército enemigo, volverán adonde les corresponde.

El Emperador encargó a los sabios y alquimistas que prepararan incontables recipientes repletos de azogue y simuló una retirada de su ejército. Cuando la gente del espejo invadió la plaza imperial creyendo haber ganado la guerra, desde lo alto de las murallas recibió un baño líquido y plateado que, poco a poco, los fue disolviendo y devolviéndolos a su mundo. En algunas horas, la gente del espejo quedó prisionera detrás de los espejos de pared, de los espejos de mano y hasta de los pequeñísimos fragmentos de un espejo roto.

Pero allí no se detuvo la venganza del Emperador, sino que los condenó a repetir para siempre los gestos de los humanos. Por eso, desde ese momento, los espejos copian nuestras caras y nuestros gestos.

Sin embargo, la historia también dice que un día los seres humanos del espejo se despertarán de este sueño mágico, y que el primero en despertarse será un nuevo tigre. Entonces, los espejos no nos devolverán nuestra imagen sino otra diferente. Cada vez más diferente y cada vez más parecida al resplandor del tigre liberado.

Esta historia forma parte del libro del mismo título, publicado por Ediciones Abran Cancha. Adaptación de: Graciela Pérez Aguilar/ Imagen: Ariel Abadi

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domingo, 14 de febrero de 2010

El Amor en San Valentín- 2-

He aquí otra historia de amor

LA NIÑA DE LOS TRES MARIDOS.

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Había un padre que tenía una hija muy hermosa, pero muy voluntariosa y terca. Se presentaron tres novios a cual más apuesto, que le pidieron su hija; él contestó que los tres tenían su beneplácito, y que preguntaría a su hija a cuál de ellos prefería.

Así lo hizo, y la niña le contestó que a los tres

—Pero, hija, si eso no puede ser.

—Elijo a los tres —contestó la niña.

—Habla en razón, mujer —volvió a decir el padre—. ¿A cuál de ellos doy el sí?

—A los tres —volvió a contestar la niña, y no hubo quien la sacase de ahí.

El pobre padre se fue mohíno, y les dijo a los tres pretendientes que su hija los quería a los tres; pero que como eso no era posible, que él había determinado que se fuesen por esos mundos de Dios a buscar y traerles una cosa única en su especie, y aquel que trajese la mejor y más rara sería el que se casase con su hija.

Pusiéronse en camino, cada cual por su lado, y al cabo de mucho tiempo se volvieron a reunir allende los mares, en lejanas tierras, sin que ninguno hubiese hallado cosa hermosa y única en su especie. Estando en estas tribulaciones, sin cesar de procurar lo que buscaban, se encontró el primero que había llegado con un viejecito, que le dijo si le quería comprar un espejito.

Contestó que no, puesto que para nada le podía servir aquel espejo, tan chico y tan feo.

Entonces el vendedor le dijo que tenía aquel espejo una gran virtud, y era que se veían en él las personas que su dueño deseaba ver; y habiéndose cerciorado de que ello era cierto, se lo compró por lo que le pidió.

El que había llegado el segundo, al pasar por una calle se encontró al mismo viejecito, que le preguntó si le quería comprar un botecito con bálsamo.

—¿Para qué me ha de servir ese bálsamo? —preguntó al viejecito.

—Dios sabe —respondió este—; pues este bálsamo tiene una gran virtud, que es la de hacer resucitar a los muertos.

En aquel momento acertó a pasar por allí un entierro; se fue a la caja, le echó una gota de bálsamo en la boca al difunto, que se levantó tan bueno y dispuesto, cargó con su ataúd y se fue a su casa; lo que visto por el segundo pretendiente, compró al viejecito su bálsamo por lo que le pidió.

Mientras el tercer pretendiente paseaba metido en sus conflictos por la orilla del mar, vio llegar sobre las olas una arca muy grande, y acercándose a la playa, se abrió, y salieron saltando en tierra infinidad de pasajeros.

El último, que era un viejecito, se acercó a él y le dijo si le quería comprar aquella arca.

—¿Para qué la quiero yo —respondió el pretendiente—, si no puede servir sino para hacer una hoguera?.

—No, señor —repuso el viejecito—, que posee una gran virtud, pues que en pocas horas lleva a su dueño y a los que con él se embarcan adonde apetecen ir y donde deseen. Ello es cierto; puede usted cerciorarse por estos pasajeros, que hace pocas horas se hallaban en las playas de España.

Cerciorose el caballero, y compró el arca por lo que le pidió su dueño.

Al día siguiente se reunieron los tres, y cada cual contó muy satisfecho que ya había hallado lo que deseaba, y que iba, pues, a regresar a España.

El primero dijo cómo había comprado un espejo, en el que se veía, con sólo desearlo, la persona ausente que se quería ver; y para probarlo presentó su espejo, deseando ver a la niña que todos tres pretendían.

¡Pero cual sería su asombro cuando la vieron tendida en un ataúd y muerta!

—Yo tengo —exclamó el que había comprado el bote— un bálsamo, que la resucitaría; pero de aquí a que lleguemos, ya estará enterrada y comida de gusanos,

—Pues yo tengo —dijo a su vez el que había comprado el arca— un arca que en pocas horas nos pondrá en España.

Corrieron entonces a embarcarse en el arca, y a las pocas horas saltaron en tierra, y se encaminaron al pueblo en que se hallaba el padre de su pretendida.

Hallaron a este en el mayor desconsuelo, por la muerte de su hija, que aún se hallaba de cuerpo presente.

Ellos le pidieron que los llevase a verla; y cuando estuvieron en el cuarto en que se encontraba el féretro, se acercó el que tenía el bálsamo, echó unas gotas sobre los labios de la difunta, la que se levantó tan buena y risueña de su ataúd, y volviéndose a su padre, le dijo:

—¿Lo ve usted, padre, cómo los necesitaba a los tres?

 

HISTORIAS DE AMOR EN SAN VALENTIN

 

EXTRAÑA CRIATURA CUPIDO QUE CON SU ARCO Y SU FLECHA SIEMBRA AMORES DE VARIADOS COLORES.

  • Los hay trágicos y jocosos
  • Frustrados y gloriosos
  • Burlescos y solemnes
  • Casuales y eternos
  • Sólidos e interesados
  • Creativos y destructivos

Volátiles, asfixiantes, apasionados, incomprensibles, mágicos, mediocres ……

Nadie está libre de estas flechas y nadie tiene de antemano la receta.

¡El amor se aprende amando!

Y aunque no apuesto a este día comercial que se ha vaciado de su sentido original, que era, les cuento a quienes no lo sepan, el de una celebración de la anunciación de la primavera, en la que hombres y mujeres se entregaban al amor y al gozo convocando desde sí mismos la potencia vital y fértil de la tierra. Danzaban llamando a los aromas, a los colores y a los pájaros. Se amaban sin promesas, ni expectativas como ama el agua a la tierra, la semilla al alimento, la vida al sol….

A modo de homenaje a esas fuerzas y a nuestra naturaleza humana siempre hambrienta de amor y con tanto miedo a amar, les comparto estas historias.

Los amantes de Teruel

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La leyenda sobre los amores de Isabel Segura y Diego Marsilla es la más popular y tierna de todas las que se conocen en España, también muy conocida a nivel internacional. Todas las literaturas y todas las civilizaciones tienen historias de amor desdichadas: Píramo y Tisbe, que murieron juntos en los ríos de la lejana Babilonia; Leandro, que muere arrastrado por las olas del Helesponto y Ero, su amante, que no le sobrevive; Romeo y Julieta en la Mantua del Renacimiento... Pero si todas estas parejas son inequívocamente legendarias, en nuestro caso, Isabel y Diego fueron dos personajes de carne y hueso, que vivieron en el Teruel reconquistado a los árabes, allá por el siglo XIII. De ello pueden dar fe sus dos cuerpos momificados, que se conservan en unas urnas de cristal, recubiertas por dos magníficos sepulcros de mármol, en una iglesia de la ciudad.

En la calle de los Ricos-hombres de Teruel se encontraba el solar de la casa de Marsilla, nobles hidalgos, y muy cerca de ella habitaba la familia Segura, perteneciente, también, a la nobleza turolense. Los Marsilla tienen un solo hijo, Diego y los Segura, son padres de una hija única, Isabel. Son casi de la misma edad, y desde pequeños, como sus respectivas familias son amigas, se han criado, prácticamente juntos, jugando en los jardines de uno o de otro.

De la amistad se pasó al amor. Isabel, que se dice tiene la belleza de una "madonna", sólo piensa en Diego y no hay joven en la ciudad que le parezca más gentil, más tierno, más apuesto y más fiel. Diego, por su parte, comparte los mismos sentimientos hacia su amada. Sólo piensa en el momento feliz en que pueden unirse y compartir su vida por siempre. Pero los Marsilla no son ricos. Perdieron gran parte de su hacienda en las guerras contra los moros y en las dispuestas entre los nobles de distintas facciones y de este quebranto no han llegado a reponerse. Los Segura tampoco tienen una posición desahogada. Algunos dicen que debido a esto, Diego tuvo que partir a la guerra para ganar honra y dineros. Otros apuntan que los Segura querían que su hija se casase con alguien más rico para que gozara de una vida holgada.

Por aquellos días, llegó a la ciudad Rodrigo de Azagra, un rico hombre, comisionado por el rey de Aragón para resolver ciertos asuntos en Teruel. Este cortesano influyente y con gran fortuna, apareció rodeado de un séquito brillante que causó gran asombro. Azagra lo tenía todo, y hasta este momento la vida había sido generosa con él. Cualquier deseo o capricho lo había satisfecho al instante y se sentía fuerte y seguro de sí mismo.

La nobleza turolense se desvivió por atenderle y agasajarle y quiso la mala fortuna que, en uno de esos agasajos conociese a Isabel Segura y se prendase de su belleza y dulzura. Sin pensarlo dos veces, habló con Pedro Segura, padre de la joven, y la pidió en matrimonio.

La riqueza del pretendiente, su nobleza y su importancia en la corte, deslumbraron a los padres de Isabel, que dieron palabra de matrimonio al señor de Azagra.

Cuando Isabel tuvo conocimiento de su futuro matrimonio, creyó morir de dolor. A pesar de que en aquellos tiempos el cabeza de familia era el que tomaba todas las decisiones y más las que correspondían a los enlaces de sus hijos, Isabel se atrevió a decirle que, desde niña, amaba a otro hombre al que había jurado amor eterno.

En vano trató el padre de imponer su voluntad y de hacerla razonar la madre, habiéndole de las ventajas de este matrimonio, tanto para ella como para su casa. Isabel sólo pudo decir que si pronunciaba un sí en una boda forzada no sería más que un perjurio.

Diego recibió aviso de su amada de lo que estaba sucediendo y habló con el padre de Isabel. El hombre se conmovió ante la sinceridad de los sentimientos de ambos y le dio un plazo al enamorado galán. Si dentro de seis años y seis días no volvía rico, juraba entregar la mano de Isabel a Rodrigo de Azagra.

Aquella misma tarde, Isabel y Diego se despidieron entre lágrimas y suspiros.

- Hasta la dicha o la muerte -le dijo él a modo de adiós.

- Tuya o muerta -respondió, llorando la bella Isabel.

Diego Marsilla marchó con una banda atada al brazo, divisa que le entregó Isabel y una rosa que ella había mojado con sus lágrimas.

Lejos de Teruel, Marsilla trata de conseguir fortuna. Es diestro con la espada y, con valor, combate en la batalla de Las Navas de Tolosa, donde obtiene un buen botín. Parece que la fortuna le sonríe, pero alistándose a las órdenes de su señor natural, el rey Pedro II, lucha en el sur de Francia, donde las tropas aragonesas son vencidas y él cae prisionero de Simón de Monfort. Su ingenio y el recuerdo de Isabel, le ayudan a huir de su cautiverio y marcha a Siria como cruzado. De nuevo siente que su vida se encarrila cuando un francés albigense al que salvó la vida en Beziers, en la campaña francesa, le nombra su heredero universal, y recibe muchos bienes. El tiempo pasa... pero ya puede volver a su ciudad para cumplir el anhelo de su vida: casarse con Isabel. Embarca y, de nuevo, la desgracia se ceba en él. La nave que le trae a su patria es capturada por unos piratas. A pesar de que lucha con denuedo, cae prisionero y, herido, es llevado a Valencia y encerrado en una lóbrega mazmorra. Desesperado, ve pasar el tiempo, un tiempo precioso que se consume sin que Diego pueda hacer nada. Sólo quedan seis días para que cumpla el plazo fatídico. En un esfuerzo supremo, agotando sus últimas fuerzas, logra escapar de su cautiverio, pero cae rendido y pierde el conocimiento.

Cuando lo recupera, se encuentra en una estancia elegante, bajo los cuidados de una dama mora principal, Zulima, que lo ha recogido, ocultándolo y protegiéndolo. Se ha enamorado de él, de su gentileza y hermosura y así se lo dice a Diego, proponiéndole que huyan juntos, ayudados por las riquezas que ella posee. Pero Diego Mar silla hace tiempo que entregó su corazón y le resulta imposible sentir nada por otra mujer que no sea su Isabel. Decide presentarse ante el rey moro y ponerle en sobre aviso de una conspiración que se trama contra la vida del monarca y que él descubrió mientras estuvo en prisión. El rey le agradece ese gesto, le deja libre y enterado de su historia, le colma de riquezas. Sólo faltan unas horas para que expire el plazo... a galope parte hacia Teruel con el corazón lleno de esperanza y la imaginación perdida en los encantos y en las palabras de Isabel.

Ella ha esperado, un día, otro día... un mes, un año, otro año. Y ni una noticia, ni una carta... No faltan los que le dicen que quizás la haya olvidado o que haya muerto, pero el corazón enamorado de Isabel le dice que no es verdad, que Diego vive, que la quiere, que piensa en su reencuentro... Nada consigue doblegar su ánimo, pero pasa muchas horas llorando la ausencia del ser amado.

Cuando apenas quedan dos días, llega a Teruel un peregrino que habla de Siria, de Valencia, de las Cruzadas... Isabel lo recibe en su casa, ansiosa de conocer, de saber algo concreto. Sí, el misterioso peregrino conoce a Marsilla y le da detalles que no permiten dudarlo, pero Marsilla ha muerto, mientras intentaba una fuga con una mora cayendo bajo las estocadas de sus perseguidores. Isabel se siente morir también... además de perder a su amado, éste le ha sido infiel... la voluntad y el ánimo de Isabel se quiebran. Aquel extraño peregrino que le trajo tanta información, se retira mientras en su rostro se dibuja una sonrisa y en sus ojos brilla una luz de triunfo. La venganza de la despechada Zulema se ha cumplido.

Diego corre a uña de caballo. Al llegar a Teruel, las campanas tocan a vísperas en la iglesia de San Pedro. Corre hacia la iglesia en la que se está celebrando una boda. Entra en el templo con el corazón preso de los más negros presagios... ha llegado tarde. Isabel acaba de casarse con Azagra. Tras una columna, observa el paso del cortejo nupcial. Isabel, más que una novia parece una difunta, con el rostro pálido y los ojos extraviados y enrojecidos por el llanto. El flamante marido, orgulloso, la toma del brazo y saluda, sonriente, a los invitados inclinando levemente la cabeza. Todo se ha consumado. ¡No ha sido capaz de mantener su fidelidad ni sus promesas! ¡Tantos esfuerzos, tantos avatares superados! ¡Todo lo que hecho en su vida por Isabel ha sido inútil! "Tuya o muerta", le dijo al despedirse...y ahora es la esposa de otro... Su vista se nubla, y el corazón, literalmente, se le rompe. Como fulminado por un rayo, cae sobre las frías losas de la iglesia. Diego ha muerto.

La noticia corrió como un reguero de pólvora por toda la ciudad. Se forman corrillos, se comenta el luctuoso suceso cuando todavía están los novios en el porche de la casa de los Segura, donde tendrá lugar el banquete de bodas. Y esos murmullos llegan a los oídos de Isabel que, inquieta, pregunta. ¡Diego ha vuelto, a tiempo para escuchar el sí que sus labios perjuros han pronunciado en el altar! No ha podido soportarlo y ha muerto de dolor.

Vestida con su traje de novia, Isabel corre como una loca hacia el lugar donde yace su amor. El cadáver ha sido colocado en un féretro, en la misma iglesia donde cayó muerto, y allí llega ella, sollozando, gritando el nombre del ser querido, mientras la gente le abre paso, atónita ante tanto dolor. ¡Ella lo ha matado con su boda! ¡Ella lo ha matado, engañada por las falsas nuevas que le trajo Zulima!

Sintiéndose culpable, Isabel se abraza al cadáver, mientras le besa la cara, los párpados, ya cerrados, y los yertos labios, y le musita palabras de amor, y suplica su perdón. De pronto los sollozos cesan, e Isabel permanece enlazada al cuerpo de Diego con un férreo abrazo. Los que acuden a separarla de aquel despojo, se dan cuenta de que también ella está muerta.

La población entera quedó pasmada por estos hechos y muchos dijeron que era el castigo del cielo contra aquellos que habían separado a estas dos almas sencillas, puras y enamoradas. Por fin, se decidió enterrarlos en una misma sepultura para que, por toda la eternidad, permaneciesen unidos los dos amantes a los que había separado un destino cruel. El lazo de la muerte, más fuerte que la vida, hizo que jamás volvieran a separarse.

Desde entonces, Diego e Isabel reposaron en la capilla de San Cosme y San Damián, entre el respeto de muchos enamorados que, a lo largo de los siglos, han visitado el mausoleo de los amantes. En la actualidad, la ciudad de Teruel concede un premio, conocido como el de los Amantes, a parejas famosas que han sabido mantener su amor.

 

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viernes, 12 de febrero de 2010

LA LEYENDA DEL JACARANDA

 

Leyenda Guaraní de la zona de Corrientes- Argentina.

guaranies

 

Cuentan los que saben pues lo han oído de bocas que saben que hace ya mucho tiempo en lo que hoy conocemos como la provincia argentina de Corrientes, se instalaron los recién llegados españoles.

Vinieron los conquistadores con sus familias y entre ellos llegó un caballero que traía consigo a su hija llamada Pilar.

Era la niña una bella jovencita de escasos dieciséis años, de tez blanca, ojos azul oscuro y negra cabellera, que miraba asombrada el extraño nuevo mundo al que su padre la había conducido. Todo era nuevo para ella, los colores, los aromas, las texturas, las costumbres y los sonidos.

Se instalaron en una zona no muy retirada de la ciudad de las Siete Corrientes, en una reducción donde los jesuitas cumplían su misión evangelizadora y civilizadora, enseñando a los guaraníes, naturales de la zona, tanto su religión como nuevos modos de cultivar la tierra.

Entre los jóvenes de esa reducción se distinguía Mbareté, un mocetón veinteañero alto y fornido, que trabajaba la tierra con tesón, como queriendo arrancar de sus entrañas toda su riqueza y sus secretos, o, como descargando en ella su furia y su impotencia al verse prisionero.

Una tarde en que Pilar salió a caminar en compañía de una doncella que la servía, vio a Mbareté. Fue verlo y prendarse de su apostura. El indio también la observó con disimulo al principio, con desenfado después, y admiró su blanca piel, su negro cabello y el color de sus ojos.

El encuentro fue fugaz. Tan sólo intercambiaron una mirada. Pero Mbareté la siguió con la vista hasta que la joven desapareció entre unos arbustos.

Desde ese momento el indio buscó la forma de que el jesuita le asignara tareas cerca de las casas y, en silencio, hurgaba por cuanta abertura había, para poder ubicar a la joven.

Pilar, entre tanto, no podía borrar de su retina la imagen del joven aborigen. No podía olvidar lo hermoso que le pareció con su torso desnudo, cubierto de gotas de sudor que le parecían chispas del sol que se le pegaban al cuerpo.

No pasó mucho tiempo y un día Pilar y Mbareté se encontraron. Esta vez las miradas fueron largas y profundas. Tan profundas que, sin palabras, sus espíritus y sus corazones se entrecruzaron y se conocieron.

Mbareté, decidido, pidió al sacerdote que los instruía que le enseñara el castellano. Aprendió rápido las palabras necesarias para decirle a Pilar cuánto la amaba desde el primer día en que se conocieron. Día tras día buscó la forma de encontrarla a solas y poder hablarle.

La oportunidad llegó. La joven estaba rodeada de indiecitos a quienes les enseñaba el catecismo, el joven se acercó al grupo y sin musitar palabra permaneció observándola hasta que los niños se fueron. Entonces, Mbareté caminó junto a ella y, ante su asombro, le habló en español, balbuceante al principio, firme después, confesándole su amor.

Pilar confundida, y también emocionada, se ruborizó, y trató de ocultar sus sentimientos, pero sus hermosos ojos azules y su cálida sonrisa la traicionaron y el joven pudo comprobar que era correspondido.

Los encuentros se repitieron. Mbareté le propuso huir juntos, lejos, donde su padre no pudiera encontrarlos. Le habló de construir una choza, junto al río, para ella y allí unir sus vidas. Pilar aceptó y, cuando la choza estuvo concluida, amparándose en las sombras de una noche en que Yasy, (la luna) les brindó su complicidad, escapó con su amado.

A la mañana siguiente, el caballero español buscó infructuosamente a su hija, hizo averiguaciones y alguien de la reducción le comentó que la habían visto frecuentemente en compañía de Mbareté y que éste también había desaparecido.

Furioso, el padre convenció a varios compañeros para que lo ayudaran a encontrar a la pareja y, fuertemente armados, comenzaron la búsqueda.

Pasaron varios días hasta que descubrieron la choza junto al río. Sigilosamente, tomaron posiciones para observar a sus moradores. Así vieron llegar a Mbareté en su canoa, con el producto de su pesca, y vieron también salir a Pilar a recibirlo.

El padre de la joven no resistió la visión de la tierna escena de los amantes abrazados y salió de su escondite gritando el nombre de su hija y apuntando con su arma al indio. La joven vio el fuego del odio en los ojos de su padre y comprendió lo que cruzaba por su mente. Trató de evitarlo; de explicarle su actitud, pero el español siguió avanzando con el dedo en el disparador. Pilar se interpuso entre los dos hombres en el preciso instante en que la carga fue lanzada y cayó con el pecho teñido de rojo, fulminada por su propio padre.

Al ver esto, Mbareté quedó atónito, tieso, sin atinar a defenderse. Fue entonces cuando otro disparo le dio en plena frente y el joven se desplomó sobre el cuerpo de su amada.

El padre, dolorido e indignado, no se acercó siquiera a los cuerpos yacentes e instó a sus compañeros a volver a la reducción. Esa noche, la imagen de su hija no pudo apartarse de su mente, y con las primeras luces del alba, inició el camino hacia el lugar donde tan tristemente terminara ese amor tan grande que motivó que los jóvenes se olvidaran de sus diferencias de raza.

Cuando llegó a la choza, el español no halló restos de la tragedia y en el lugar donde la tarde anterior yaciera la pareja, en vez de la sangre que esperaba ver, se erguía un hermoso árbol de tronco fuerte, cubierto de flores azul oscuro que se mecían suavemente con la brisa.

Jacaranda

El hombre tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de las azules flores del jacarandá.

 

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jueves, 11 de febrero de 2010

TODO ES POSIBLE!!!

Hoy les comparto un video que me ha parecido maravilloso.
Con ternura resume en poco espacio un mensaje de tolerancia, amor, hermandad....
Les dejo pues para que ustedes juzguen.



Mientras sigamos cantando con la voz, con los gestos, con los ojos, con los suspiros, con la piel...tendremos una oportunidad de hacer de la vida algo maravilloso.

martes, 9 de febrero de 2010

El sueño es vida

el principe del sueño-miguel ocampo

Desperté como todos los días.

Desayuné, me vestí y salí en busca de un taxi.

Allí, en el trayecto a mi trabajo recordé las palabras: te espero esta noche.

Trabajé, discutí, volví a casa, resolví mil pequeñas miserias cotidianas.

Me levanté con los ojos brillantes y una paz nueva que emanaba por los poros y latía en mis sienes.

Había vuelto y habíamos hablado circunvalando nuestros laberintos.

El día fue tedioso, las horas eternas, los miembros se paralizaron en un hartazgo ansioso.

La noche me encontró engalanada, dispuesta, abierta. Llegó y sin palabras nos deslizamos en ese ondular de las caricias y los secretos que buscan fundir pasados y crear encuentro; hasta que el ruido del reloj me lo arrebató de las manos.

El enojo invadía mis entrañas y sólo me calmaba buscando los rincones más oscuros para dormir y soñar, y vivir. 

Mis extrañas actitudes hicieron que perdiera mi trabajo, que se alejara mi familia, que mi mundo se redujera a una cama y un sueño. Perder para ganar, dormir para vivir y soñar para existir en realidad.

Por eso decidí que se eclipsara el tiempo en una noche eterna para vivir mis sueños.

©Ana Cuevas Unamuno

lunes, 8 de febrero de 2010

EL TIEMPO Y….NOSOTRAS LAS MUJERES

Como el tiempo cambia, cambia mi mirada, mis espacios del alma, mis ganas. Hoy comparto un poco de humor. Irónico, agudo, preciso, familiar…

Estoy segura que algunas de nosotras al leer reconoceremos las que fuimos, otras las que somos, y otras…otras las que serán…

Les dejo disfrutar……

 

LOS GRAFITIS DE MAMÁ

TOTI MARTINEZ DE LEZEA

Monólogo de un ama de casa de 50 años … y más

Autora: Totí Martínez de Lezea

¡Por fin sola! Voy a poder ducharme sin que alguien abra un grifo y el agua cambie súbitamente de temperatura y, además, voy a depilarme sin tener que salir del baño a media operación porque alguien quiere lavarse los dientes. Todo sea que llamen a la puerta de la calle, que no es la primera vez que ocurre, y tenga que ir a abrir envuelta en ese albornoz del año de la cachipún, descolorido y con algún que otro hilo colgando. Un día de éstos me compraré uno nuevo, pero ya veremos, porque, la verdad, tampoco es que lo utilice demasiado. El último que compré hace un par de años se lo regalé a Mirari sin estrenar porque ella no tenía ninguno. Por cierto, que también le regalé un jersey de rayas horizontales que a ella le está de cine ya mí me hacía cuadrada.

Pues mira, pensándolo mejor, en vez de una ducha voy a tomar un baño y le voy a echar el contenido del frasco que me regaló mi cuñada Lucía hace tropecientas navidades y que metí en el fondo del armario del cuarto de baño porque no hacía más que estorbar. De hecho tengo varios. A ver... dónde está... A veces pienso que me los regala porque alguien se los ha regalado a ella primero y no sabe qué hacer con ellos. Es muy persistente en su ecuación: Navidad igual a frasco de gel de baño. En fin, también yo le regalo lo mismo cada año: una poinsetia, de las pequeñas.

¿Qué, decido ducha o baño? Baño. Me lo merezco; me merezco un baño de espuma como esos que aparecen en las películas, y no voy a poner velas encendidas porque es de día y porque tampoco tengo velas, ni sitio para colocarlas. Quedan muy bien en las películas, pero luego habrá que limpiar la cera que se queda pegada en las baldosas. Pondré música y cerraré los ojos. ¿Dónde diablos estará aquella casete de Joan Baez que tanto me gustaba? Da igual. Bob Dylan servirá. Y ahora, adentro.

¡Cielos! ¡Qué placer, qué pérdida de tiempo y... de agua! Pero, mira, un día es un día, y hoy es mi cumpleaños. A ver si así se me pasa el dolor de espalda.

Esto de levantarse de la cama con dolor de espalda es una lata; se supone que tendría que despertar fresca como una rosa. Tal vez sea el colchón, mejor dicho: los colchones, el original de nuestra cama y el que pusimos encima cuando quitamos la cama de Jon y no sabíamos qué hacer con el suyo. ¡Con eso de que Manu no tira nada porque todo puede ser útil en algún momento! Un día voy a tirarle esas cajas que tiene llenas de papeles. No sé para qué le vale guardar los recibos de la luz de hace treinta y tres años, y los de la renta del primer piso, y las placas que le hicieron cuando era niño...

A lo mejor me pasa a mí lo que a la princesa del cuento, aquella a la que la reina hizo dormir encima de doce colchones bajo los que había colocado un guisante para comprobar que era de sangre real y al día siguiente apareció llena de moratones. Aunque lo más probable es que se deba al acarreo durante años de la bolsa de la compra, de la botella del butano y los mil y un pesos que un día sí y otro también muevo de un lado para otro.

¿Qué edad tendrá Bob Dylan? Tiene que ser ya bastante viejo porque era mayor que yo cuando me emocionaba con sus canciones protesta en la década de 1960. Me las sabía todas de memoria. ¿Qué será de aquella guitarra vieja que aprendí a rascar? Treinta y tres..., treinta y tres... Blowin' in the wiiii-iind! ¡Dios! ¡Qué años más estupendos! Claro que... ¿cómo no iban a ser estupendos si yo entonces te-nía dieciséis o diecisiete años? Y aquella ropa..., vestidos hasta los tobillos, blusas indias, túnicas y pantalones de pata de elefante que, por cierto, vuelven a estar de moda. Qué pena haberme deshecho de los que tenía, aunque ¿qué tonterías estoy diciendo? ¡No me entrarían más allá de las rodillas! Yo no soy, aunque me encantaría, como Felimari, que se tiñe el pelo de colores chillones, lleva faldas largas y chalecos de flecos e incluso una vez me la encontré por la calle con calcetines de rayas de colores. Le tengo una envidia..., porque ella está a gusto consigo misma, no parece que vaya a cambiar y le importa un bledo lo que opine la gente.

Blowin' in the wiiiiiind! Haz el amor y no la guerra... El amor con reparos, claro, sin pasar de un beso de tornillo y de algún manoseo que otro en la oscuridad del portal, que era lo más a lo que se podía llegar cuando había que estar en casa a las diez en punto de la noche. Los chicos pusieron los ojos como cuadros el otro día, cuando les dije que había fumado algún que otro porro en mis años mozos. Se me quedaron mirando como si estuvieran viendo a un marciano. Y cómo se rieron cuando les dije que yo también iba a las manifas y corría delante de los grises. ¡Se creerán que han inventado ellos el mundo! No pueden imaginarse joven a su madre y, sin embargo, lo fui y lo soy. No envejece el cuerpo, sino el espíritu, y el mío está en plena forma. Creo que ni siquiera se imaginan a sus padres haciendo el amor, aunque, a decir verdad, yo tampoco me imagino a los míos en sus buenos tiempos, pero ¡de algún sitio salí yo y de alguno han tenido que salir ellos! En fin, la juventud es una enfermedad que desaparece con los años, todo es cuestión de esperar a que se quiten los granos.

Bueno, voy a depilarme las piernas antes de que se quede el agua fría. Siempre he querido hacer como en los anuncios de la tele. Cojo la maquinilla, levanto la pierna por encima de la espuma y... ¡mierda! ¡Qué leche me he dado! Es que no lo he hecho bien. A lo mejor... si pongo el pie encima del borde de la bañera..., ¡mierda! Yo sí que voy a acabar como la princesa del guisante, pero ¡a golpes! Está visto que esto de hacer de modelo publicitario no es lo mío. Bueno, ya me depilaré después.

Voy a lavarme el pelo con este champú de «rosas silvestres» que lo deja brillante y le da volumen, a ver si funciona, aunque lo dudo. Si todo lo que anuncian fuera cierto, no habría por la calle más que mujeres de mi edad estupendas, delgadas, con melenas hasta la cintura y sin una arruga. «Utilice esta crema y su rostro volverá a recuperar la tersura de su juventud...» Y nos colocan a una jovencita sin chicha ni «limoná» para demostrarnos lo eficaz que es la susodicha crema, ¡como si todas las maduras fuéramos tontas de capirote! Es como esas películas que echan en la tele en las que aparecen unas ingenieras, unas médicas o unas abogadas que son la repera de listas y de guapas, mientras los tíos son viejos y fofos, excepto el protagonista, claro, que siempre es un cachas. Ya me gustaría a mí ver a la tía Elisa en el «antes» y el «después».

Qué guapa era... ¡Guapísima! Siempre tan bien vestida y tan bien peinada; con un cutis de geisha, perfecto. Sin embargo, nunca reía; todo lo más una sonrisa de vez en cuando. Según ama, era para que no le salieran arrugas. ¿Y de qué le ha servido? Hay que ver cómo está ahora la pobre, parece la momia de Tutankamón, con la cara llena de arrugas: en la frente, en las mejillas, en la barbilla e incluso en la nariz. Es la única persona que conozco que tiene arrugas en la nariz y no se le van a quitar aunque se meta en una bañera llena de crema supermaravillosa, superguay, superrejuvenecedora de esas que anuncian en la tele. Jabón, agua y aceite era la receta de la abuela para mantenerse joven, y también, creo yo, el optimismo, la risa a flor de los labios, la sonrisa que iluminaba su preciosa cara de abuela de cuentos, con una piel de melocotón que daba gusto besar. Igual que ama, que está estupenda y siempre dice que durante toda su vida ha procurado no mezclarse con gente envidiosa y no ha añorado nunca lo que otros tenían, ni se ha quejado por lo que no tenía. Esa es la única receta mágica, dice, para estar guapa. Lo de la envidia es que es como la octava plaga de Egipto. Cuando era joven no me daba cuenta, aunque ama ya me decía que no me fiase de las que se llamaban amigas y aprovechaban la menor oportunidad para quitarte el novio. La verdad es que tampoco le di a nadie la oportunidad de quitarme al Manu... ¡Bien guardado que me lo tuve! Y ahí lo tengo, tan guapo, o casi, como cuando nos casamos. Ahora, sin embargo, veo, palpo la envidia y hago como ama, evito tratar con esas personas que nunca son felices porque siempre anhelan lo que tienen los demás, aunque ellas posean mucho más.

¡Tengo espuma hasta en las cejas! Voy a quitar el tapón y a esperar a que se vaya el agua, y mientras, me aclararé con la ducha. ¡Vaya éxito! Para eso podría haberme evitado la molestia del baño espumoso. Creo que el teléfono está sonando... Será mi madre o mi suegra, que llaman para felicitarme. Pues que vuelvan a llamar. No voy a salir así, desnuda y sin aclarar, porque voy a mojar todo el suelo.

¡Jobar! ¡Se ha acabado el agua caliente! ¡Maldita sea! ¡Mira que le dije ayer por la noche a Manu que cambiara la bombona! «Qué va. Tú siempre tan exagerada. Si todavía hay para unos días...» Pero, por si acaso, él sí se ha duchado con agua caliente. A ver cuándo nos ponen el gas ciudad, que estoy hasta el moño dé tirar de la bombona.

Menos mal que ya me he aclarado la cabeza y parte del cuerpo. Un pequeño esfuerzo y ¡hala! agua fría en las piernas, que dicen que es bueno para la circulación de la sangre. No sé quién dijo el otro día que antes nadie se bañaba y todo el mundo olía a sudor y a otras cosas, pero supongo que no lo notarían. Como esos amigos de Manu que viven al lado de la papelera y no la huelen.

¿Qué hago, me depilo o no? Mejor lo dejo para otro día. Total, un pelo de más o de menos... Además, siempre voy con pantalones y no se ven. ¿Y si me atropella una bici al salir del supermercado y me tienen que llevar al hospital? Habría que ver la cara de las enfermeras cuando descubrieran las melenas de mis piernas. Oye, pues mira, en algunos países opinan que el vello es bello y las mujeres ni siquiera se depilan los sobacos. Claro que en otros se depilan hasta... eso. No me sentí nada cómoda cuando me lo depilaron las veces que fui a dar a luz: cuatro partos, cuatro depilaciones. La verdad..., eso de que venga alguien y te rasure como si estuvieras en una barbería de hombres... De todas formas, como decía la abuela, lo importante es llevar siempre la ropa interior limpia y sin agujeros, que luego te pasa lo que a la tía Leo, que fue al hospital a por la ropa de la prima, que había tenido un accidente, y a poco se muere de la vergüenza al comprobar que las bragas eran de color azul tirando a gris, de ese color que se queda cuando se te cuela un calcetín negro entre la ropa blanca. Igual al de los calzoncillos de Manu que la vecina recogió de la cuerda un día de lluvia. Desde entonces siempre cuelgo en el baño la ropa de color «incierto», pero ¡habrá que oír los comentarios de esa chismosa! Seguro que todavía se acuerda.

Voy a estrenar el conjunto sujebraga que compré en esa tienda de ropa interior que han abierto aquí al lado. Nunca he sido fetichista, donde esté una buena braga de algodón que se quiten las puntillas, que luego hay que almidonar, pero me gustó este color granate vino Burdeos. De vez en cuando no está mal hacer una pequeña locura. A ver el sujetador... Tenía que habérmelo probado antes de comprarlo..., ¡y eso que cogí la talla más grande! Bueno, los pechos quedan un poco prietos; parezco la chica ésa que corre por la playa y se dedica a hacer el boca a boca a los ahogados. Dicen que a los hombres les gustan los pechos grandes, pero cuanto más grandes, más abajo caerán, pienso yo. Todo se cae con el tiempo.

Algunas se los operan para aumentar su tamaño, ¡vaya ganas! No digo que no te operes cuando es necesario, cuando hay una malformación, una secuela de enfermedad o una quemadura grave, pero, al parecer, eso de las operaciones estéticas es una industria que genera miles de millones de beneficios anuales y es una práctica que se ha convertido en usual. Que no me gusta la nariz, me la opero; que no me gustan los labios, me los opero; que tengo arrugas, me las quito; que me cae la papada, me la estiro... No sé, eso de entrar alegremente en un quirófano para que me quiten de aquí, me pongan de allí, me estiren o me encojan, me da repeluznos. Y, de todos modos, aunque te arreglen algunas cosas, ¿qué pasa con el resto? Los brazos, los muslos, el culo... Y si te quitan la piel que te sobra, ¿qué ocurre cuando vuelves a engordar?, ¿la piel se estira porque es elástica o explota como un globo hinchado?

 

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viernes, 5 de febrero de 2010

A veces el mundo, nuestro mundo, ¡duele mucho!

Me bombardean terribles noticias de los sitios más lejanos, también de los muy cercanos. Ya me escuecen los ojos de tanto llanto agolpado entre párpados cansados de esforzarse por retener algo de luz entre confusiones y tinieblas. Duele Haití, Duele Irak, duele Afganistán, duele la casa a la vuelta de mi cuadra, duele ese vecino que duerme en la calle con sus tres pequeños y la mujer que un rincón del mundo es golpeada por capricho y el hambre, el egoísmo y la mirada que huye disfrazando realidades.

Sé que breves intersticios entre espantos anida cierta bienaventuranza, cierta generosidad, el brillo de algunas almas que no cejan en su empeño por mantener viva la esperanza. Sé que junto a tanto odio, crueldad, injusticia, discriminación, habita el amor, la solidaridad, el abrazo. Ese saber me empuja cada día, abre mis ojos y mis manos, me permite la caricia, la ternura y la fuerza… Hoy, y ustedes perdonen si les resulta duro lo dicho, hoy que esta humanidad tan deshumanizada me duele, quiero compartirles las palabras de una Gran Mujer, que dicen aquello que late en mi alma….

 

LA PENA DE MUERTE

Artículo escrito por María Elena Walsh

aparecido originalmente en Clarín, 12 de setiembre de 1991

Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos.

Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado.

Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.

Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial.

Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia.

Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante.

Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.

Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios.

Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales.

Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.

Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno.

Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.

Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común.

A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.

 

miércoles, 3 de febrero de 2010

¿QUÉ APRENDIMOS? ¿QUÉ APRENDEMOS?

Hoy quiero compartirles un video que conmueve hasta lo más profundo invitando a una reflexión y a una toma de conciencia sobre nuestros aprendizajes y nuestras elecciones.
Son palabras que hablan aquello que late en mi alma. Que dicen lo que debe ser dicho. Que me acompañan y me sostiene, pues a mi también se me hace difícil…vivir a contratiempo, con la sensación de ser testigo de un desatino histórico gigantesco…

QUE ME PALPEN DE ARMAS



Y para quienes quieran leer la letra, que bien vale leerla y releerla, aquí se las dejo

Que me palpen de armas
Creo en el amor como en la experiencia más maravillosa de la existencia, como generador de toda clase de alegrías. Y en el amor correspondido, como la felicidad misma. Pero no fui educado para él, ni para la felicidad, ni para el placer. Porque fui advertido malamente contra la entrega y el gozoso abandono que supone. Cada día, entonces, todavía es una ardua conquista, una transgresión, una desobediencia debida a mí mismo, una porfía. La laboriosa tarea de desaprender lo aprendido, el desacato a aquel mandato primario y fatal, aquel dictamen según el cual se gana o se pierde, se ama o se es amado, se mata o se es muerto. La vida, por tanto, no me ha endurecido, ese sea tal vez mi mayor logro. Que me palpen de armas. Dejo a un lado, si es que alguna vez tuve o me queda, toda arma que sirva para volverse temible, para someter, para acumular, para ser poderoso, para triunfar en un mundo de mano armada, en el que la felicidad se compra con tarjeta de crédito. No quiero que la lucidez me cueste la alegría, ni que la alegría suponga la necedad o la ceguera... Pero no me es fácil, me cuesta vivir a contratiempo, con la sensación de ser testigo de un desatino histórico gigantesco, de un extravío descomunal, tan irracional, absurdo o desolador como la bomba de neutrones. No entiendo al mundo. Me parece, como dice Serrat, que ha caído en manos de unos locos con carnet. Me siento ajeno a la debacle, pero en el medio de ella. Mi vida es apenas un instante en el océano del tiempo y es como si quisiera que ese instante fuera sereno y hondo, en el medio de una ensordecedora discoteca o de un holocausto definitivo, siempre a punto de estallar. Me desazona la banalización de la vida. El pavoneo de la insensatez. El triunfo de la prepotencia y de la ostentación. La deshumanización salvaje de los poderosos, la aceptación y el elogio del "sálvese quien pueda". La práctica y la prédica del desamor y de la histeria. Me descorazona la idiotez colectiva. La idealización de lo superfluo. El asesinato de la inocencia. El descuido suicida de lo poco que merecía nuestro mayor esmero. El desconocimiento o el olvido de nuestra propia condición. Me conmovió, no hace tanto, que el cosmólogo Sagan, en un artículo extenso, escrito como desde un punto perdido en el infinito del espacio desde el cual el mundo se observa como una bolita cachuza, terminara diciéndonos: "Besen a sus hijos, escuchemos a esos hombres, sigámoslos. Leamos a los poetas, no permitamos que el misterio de la existencia deje de estremecernos cada día, porque es el costo más alto que podemos pagar por nuestra necedad y nuestra omnipotencia. La vida de un árbol merece nuestra devoción y nuestro más grande regocijo; al amparo gozoso de su sombra, acariciados por la tibieza de la luz del sol y arrullados por el sonido mágico e irrepetible de su follaje, mecido por la mano invisible del viento, estaremos a salvo de la alienación y de la orfandad; siempre y cuando seamos capaces de apreciar esa gloria mientras nos sea posible de reconocer en ella nuestra mayor riqueza. Que la muerte no nos hiera en vida, que la ferocidad no nos pueda el alma. Que nada troque nuestra dicha de estar despiertos. Que una caricia nos atraviese como una flecha jubilosa y radiante. Besemos a los que amamos. Amémonos".


No me queda claro si el autor es Oscar Martínez o no, y no encuentro referencia clara al respecto, por lo tanto de momento lo dejo así.

¿CÓMO EDUCAMOS?

En un foro en que participo hoy una compañera envío un artículo “del siglo pasado”, de María Elena Walsh, que le envío otra compañera (gracias a ambas) y que ahora comparto acá por que observo con tristeza cuánto de lo dicho años ha sigue siendo real a pesar de los cambios aparentes.
En pleno siglo XXI seguimos sin saber como relacionarnos hombres y mujeres como “humanos”  y no como sexos falsamente diferenciados y confrontados. Las mujeres cambiamos, sí, pero a costa en demasiados casos de constituirnos en simulacros de masculinidad que ningún bien nos han hecho ni a nosotras ni a ellos.
Hoy que los años han pasado me sigo preguntando cómo hacer para recuperar lo esencial de los femenino, perdido hace siglos y sueño (talento que el paso del tiempo no ha logrado arrebatarme) con nuevos modos de acompañar el crecimiento de los pequeños que les provean de herramientas útiles, creativas, enriquecedoras para el hacer, el imaginar, el soñar y el construirse como seres íntegros.
Los dejo pues con esta nota

 

¿Corrupción de menores? - *María Elena Walsh*

Clarín, jueves 5 de abril de 1979.

Vivimos consumiendo preceptos y productos sin cuestionarlos, por temor a la indiscreción de las respuestas y porque es más seguro acatar rutinas que incurrir en singularidades. Un ejercicio de esclarecimiento podría empezar con estas discretísimas preguntas:

¿Educamos a nuestras niñas para que en el día de mañana (si lo hay) sean ociosas princesas del jet-set? ¿Las educamos para Heidis de almibarados bosques? ¿Las educamos para futuras cortesanas? ¿Las educamos para enanas mentales y superfluas "señoras gordas"?

Así parece, por lo menos en buena parte de la bendita clase media argentina, dada la aberrante insistencia con que se estimula el narcisismo y la coquetería de nuestras niñas y se les escamotea su participación en la realidad.

La nena suele gozar de una envidiable amnesia para repetir la tabla del cuatro junto con una no menos envidiable memoria para detallar el último capítulo del idilio de tal vedette con tal campeón o el menor frunce del penúltimo modelo de Carolina de Mónaco cuando salió a cazar mariposas en Taormina con su digno esposo.

Consentimos y aprobamos que sea maniática consumidora de chafalonía, vestimenta, basura impresa y todo lo que, en fin, represente moda y no verdad. Consentimos que acuda al espejito más neuróticamente que la madrastra de Blancanieves, que sea experta en cosmética, teleteatros y publicidad, que exija chatarra importada o que calce imposibles zuecos para denuedo de traumatólogos.

Formamos una personalidad melindrosa cortando de raíz —porque todo empieza desde el nacimiento— la sensibilidad o el interés que podría sentir por la variada riqueza del universo.

—Es el instinto femenino —dicen algunos psicólogos de calesita. Eso me recuerda una anécdota. El director de una compañía grabadora estaba un día ocupado en comprobar cuántas veces se pasaba determinado disco por la radio.

—¡Qué bien, qué éxito, cómo gusta, cómo lo difunden a cada rato! —aplaudió entusiasmado. Y después agregó —: Claro que hay que ver la cantidad de plata que invertimos en la difusión radial de este tema...

Nosotros también programamos a nuestras niñas como a ese eterno infante que es el público. Les insuflamos manías e intereses adultos, les subvencionamos la trivialidad y luego atribuimos el resultado a su constitución biológica.

Las jugueterías, en vidrieras separadas, ofrecen distintos juguetes para niñas y para varones. En Estados Unidos, no hace muchos años los lugares públicos estaban igualmente divididos "para gente de color" y "para blancos". ¡Dividir para reinar!

A las nenas sólo se les ofrece —o se les impone— juguetería doméstica: ajuares, lavarropas, cocinas, aspiradoras, accesorios de belleza o peluquería.

Si con esto se trata de reforzar las inclinaciones domésticas que trae desde la cuna, ¿por qué no orientarla también hacia la carpintería o la plomería? ¿Acaso no son actividades hogareñas indispensables? Sí, lo son, pero remuneradas. He aquí una respuesta indiscreta.

Los juguetes para varones sortean la monotonía y ofrecen toda la gama de posibilidades humanas y extraterrestres: granjas, tren eléctrico, robots, microscopio, telescopio, equipos de química y electrónica, autos, juegos de ingenio y todo lo que, en fin, estimula las facultades mentales.

¿A la nena no le gustan los animales de granja ni los trenes? ¿No sueña con manejar un coche? ¿No siente curiosidad por el microcosmos o el espacio? ¡Cómo la va a sentir si es cosa de la otra vidriera, la de Gran Jefe Toro Sentado Blanco!

¿Es que el ejercicio de la razón y la imaginación pueden llevarla a la larga a desistir de ser una criatura dependiente y limitada, mano de obra gratuita y personaje ornamental? La respuesta es sumamente indiscreta.

En la casa y la escuela destinamos a la nena a reiterar las más obvias y desabridas manualidades, a remedar las tareas maternas... y a practicar la maledicencia a propósito de indumentaria vecinal.

La nena vive rodeada de dudosos arquetipos y la forzamos a emularlos, comprándole la diadema de la Mujer Maravilla o el manto de cualquier otra maravilla femenil. No falta tío que ponga en sus manos un ejemplar de "Cómo ser bella y coqueta", otro espejito más o la centésima muñeca.

Salvo raras excepciones como Reportajes Supersónicos de Syria Poletti, cuya heroína es una pequeña periodista, el papel impreso que suele frecuentar la nena —incluido el libro de lectura— le muestra a mujeres que, en la más alta cima del intelecto, son maestras. Las demás, aparte de consabidas hadas y brujas, son siempre domadas princesas o abotargadas amas de casas.

La nena sabe, por las revistas que devora como una leona, que en este mundo no hay mujeres dedicadas a las más diversas tareas, por necesidad o por ganas. Lo que es más grave y contradictorio, le enseñan a soslayar el hecho de que su propia madre trabaja afuera o estudia, como si éste no fuera modelo apropiado dada su excentricidad. Jamás vio —y si lo vio mojó el dedo y pasó la página— que hay mujeres obreras, pilotos, juezas o estadistas. Es tan avaro el espacio que los medios les dedican, ocupados como están en la promoción de Miss Tal o la siempre recordable Cristina Onassis.

Educar para el ocio, la servidumbre y la trivialidad, ¿no significa corromper la sagrada potencia del ser humano?

Por suerte, esta criatura vestida de rosa (no faltará quien diga, confundiendo otra vez causas con efectos, que las nenas nacen de rosa y los varones de celeste, cuando este negocio de los colores distintivos fue invento de una partera italiana, allá por 1919), esta criatura, digo, es fuerte y rebelde, dotada de una capacidad de supervivencia extraordinaria.

La nena, en muchos casos, renegará de la manipulación y decidirá ser una persona. Pero ¿quién puede medir la dificultad de la contramarcha y la energía desperdiciada en librarse de tanta tilinguería adulta?

Mientras modelan a la pequeña odalisca remilgada, el tiempo pasa y llega la hora de la pubertad. Entonces los adultos se alarman porque la nena asusta con precoces aspavientos sexuales y emprende calamitosamente los estudios secundarios. Terminó los primarios como pudo, entre espejitos, telenovelas, chismografía y exhibicionismo fomentados y aprobados, pero al trasponer la pubertad se le reprocha todo esto y empieza a hacerse acreedora al desprecio que la banalidad inspira a quienes mejor la imponen y más caro la venden.

Los mayores ponen el grito en el cielo porque la nena no da señales de ir a transformarse en una Alfonsina Storni. Ahí empieza a tallar el prestigio de la cultura —desmesurado porque se trata de otra forma del culto al exitismo individual— y florece una tardía sospecha de que la nena no fue educada razonablemente. Cuando las papas queman, esos pobres padres de clase media argentina comprenden por fin que no son Grace y Rainiero y que la tierra que pisan no es Disneylandia.

En ese preciso momento aparece también el espantajo de la TV, esa culpable de todo. ¿Y quién delegó en ella las tareas de institutriz? La mediocridad de la TV no hace sino colaborar en la fabricación en serie de ciudadanas despistadas.

No se trata de reavivar severidades conventuales ni se trata de desvalorizar el trabajo doméstico ni inquietudes que, mejor orientadas, podrían ser simplemente estéticas. No se trata tampoco de mudarse de vidriera para suponer, por ejemplo, que el automovilismo es más meritorio que el arte culinario, o la cursilería más despreciable que el matonismo.

Toda criatura humana debe aprender a bastarse y cooperar en el trabajo hogareño y a cuidar, si quiere, su apariencia. Lo grave consiste en convencer a la criatura femenina de que el mundo termina allí.

Se trata de comprender que la niña no tiene opción, que es inducida compulsivamente a la frivolidad y la dependencia, que por tradición se le practica un lavado de cerebro que le impide elegir otra conducta y alimentar otros intereses.

La frivolidad no es un defecto truculento que merezca anatemas al estilo cuáquero o musulmán. Lo truculento consiste en hacerle creer a alguien que ése es su único destino, incompatible con el uso de la inteligencia. Lo grave consiste en confundir un espontáneo juego imitativo de la madre con una fatalidad excluyente de otras funciones.

A la nena no se le permite formar su personalidad libremente: se la dan toda hecha, y aprendices de jíbaros le reducen el cerebro para luego convencerla de que nació reducida. La instigan a practicar un desenfrenado culto a las apariencias y a desdeñar su propia y diversa riqueza humana. La recortan y pegan para luego culparla porque es una figurita. La educan, en fin, para pequeña cortesana de un mundo en liquidación.

¿No es eso corrupción de menores?

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lunes, 1 de febrero de 2010

VIDEO GANADOR DEL CONCURSO CUENTO EN CORTO

FINALMENTE YA ESTA EL GANADOR Y LOS FINALISTAS DEL CONCURSO CUENTO EN CORTO

Este concurso organizado por La Red Internacional de Cuentacuentos y Escuela de Escritores ya tiene sus gandores, y quiero compartirles al gandor pues me parece excelente y creo que merece difusión.
Otro día pondré alguno de los otros que me han gustado.


Título: Future Folklore part 1
Narra: Dan Yashinsky (Canadá)




Espero que lo disfruten!!!

Falleció Tomás Eloy Martínez –Historiador y Escritor

eloy

Profundo pesar causa la muerte de Tomás E. Martínez ocurrida ayer 31 de enero.

Gran pensador que nunca silenció su voz por miedo, prefiriendo el exilio al silencio. Coherente consigo mismo  en todos los órdenes de su vida, es esta una pérdida dolorosa.

Les comparto su biografía y unas palabras sobre él.

Escritor argentino nacido en Tucumán. Licenciado en Literatura Española y Latinoamericana en la Universidad de Tucumán. En Buenos Aires fue crítico de cine del diario La Nación (1957-1961) y jefe de redacción del semanario Primera Plana (1962-1969). Entre 1969 y 1970 fue corresponsal de la editorial Abril en Europa, con sede en París, y luego director del semanario Panorama (1970-1972). Dirigió el suplemento cultural del diario La Opinión (1972-1975). Entre 1975 y 1983 vivió exiliado en Caracas, donde fue editor literario del diario El Nacional (1975-1977) y asesor de la dirección de ese mismo diario (1977-1978). Allí fundó El Diario de Caracas, del que fue director de redacción (1979). En 1991 participó en la creación del diario Siglo 21 de Guadalajara, México. En junio de 1991 creó el suplemento literario Primer Plano del diario Página/12 de Buenos Aires, que dirigió hasta agosto de 1995. Desde mayo de 1996 es columnista permanente del diario La Nación de Buenos Aires y de The New York Times Syndicate, que publica sus artículos en doscientos diarios de Europa y las Américas. Además de su trayectoria periodística y literaria ha desarrollado una extensa carrera académica que comprende conferencias y cursos en importantes universidades de Europa, Norteamérica y Sudamérica, así como su vinculación como profesor a la universidad de Maryland (1984-1987). Ha publicado entre otras las siguientes obras: la novela Sagrado (1969); el relato La pasión según Trelew (1974), los ensayos Los testigos de afuera (1978), y Retrato del artista enmascarado (1982); la colección de relatos Lugar común la muerte (1979); las novelas La novela de Perón (1985), La mano del amo (1991), Santa Evita (1995), la novela argentina más traducida de todos los tiempos, Las memorias del general (1996), una crónica sobre los años 70 en la Argentina, El Suelo Argentino (1999) y Ficciones verdaderas

(2000). Es también autor de diez guiones para cine, tres de ellos en colaboración con el novelista paraguayo Augusto Roa Bastos, y de varios ensayos incluidos en volúmenes colectivos

 

Tomás Eloy Martínez por Santiago Kovadlof

Lo recuerdo en una vieja plaza de Buenos Aires mientras hamacaba a su hija. En Lisboa, cuando bebíamos juntos un vino lento. En Tel Aviv, mientras leía un fragmento, inédito todavía, de su Santa Evita .

Lo recuerdo en Maryland mientras discutía acaloradamente acerca del papel de los intelectuales en los años del Proceso Militar.
Su palabra fue constante y fructífera en las reuniones sucesivas del Foro Iberoamérica: en la Ciudad de México, en Buenos Aires, en Bogotá.
Hombre de letras de pies a cabeza. Escritor cabal en todos los géneros que supo hacer suyos: la crónica, el artículo, la novela.
El tono de su voz perdurará en mi memoria. La huella que dejó en su alma y en sus ojos la muerte de su mujer. El mismo empezó a morir en el instante atroz en que perdió a Susana. Pero el silencio no devoró su agonía. Por el contrario: el dolor potenció su expresión. Se pronunció hasta el final. Enfermo, supo infundir a todo lo que escribía la intensidad de lo vivo.
Lo admiré aun antes de conocerlo. Su relato del encuentro que mantuvo con Martin Buber iluminó mi comprensión del gran pensador judío.
Tomás fue un notable pintor de atmósferas. Lo fascinaban las singularidades, lo irrepetible. Sabía fijar en expresiones únicas el flujo del tiempo que no vuelve. Ilustró con fervor su creencia de que era en la ficción donde los hechos del pasado recobraban la intensidad y la elocuencia que el transcurso del tiempo les arrebata.
El azar nos llevó a coincidir en numerosas circunstancias. No fuimos amigos íntimos pero celebramos siempre nuestros encuentros casuales mediante complicidades momentáneas y una cordialidad sostenida.
Me alentaba sin cesar a difundir mis ensayos en Europa. Se rebelaba contra cierta indolencia mía en la materia. Yo, a mi vez, le reconocía una vitalidad, en ese tipo de emprendimientos, de la que me sentía y me siento francamente privado.
A fuerza de cruzarnos en tantas latitudes, confiaba hasta hoy que volveríamos a vernos. Ahora sé que no. Que ya no.

 

Encuentro en Tarija- Bolivia

“XVII COLOQUIO LITERARIO-MUSICAL”, 10 al 12 DE FEBRERO DE 2010, TARIJA-BOL

BOLIVIA: Próximamente se realizará el “XVII COLOQUIO LITERARIO-MUSICAL”, en Tarija (Bolivia), los días 10-11 y 12 de febrero de 2010, evento cultural organizado por la “Unión de escritores y Artistas de Tarija, cuenta con el apoyo de la Dirección Departamental de Cultura de la Prefectura del Departamento.

Se trata de un encuentro de poetas y escritores de la región, provienen de Potosí; Chuquisaca y Tarija (Bolivia) y de Salta, Jujuy, Orán y General San Martín (Argentina). No se excluye la asistencia de escritores de otras ciudades de Bolivia u otro país. Durante el desarrollo de las ponencias y lecturas de trabajos literarios o históricos, se hacen intermedios musicales con conjuntos típicos de la región. Para participar, es imprescindible una carta de solicitud de admisión o ser exclusivamente invitado por los organizadores, de tal manera, se goza del beneficio de hotel, alimentación y transporte interno; la inscripción es totalmente gratuita. A la finalización del Coloquio, se entregan Certificados de Expositor.

Mayor información en:

reneaguilera48@hotmail.com

http://encuentrotarija2009.blogspot.com

Para leer más sobre este encuentro: NARRACIÓN ORAL-NOTICIAS

 

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