miércoles, 31 de marzo de 2010

Como nacieron los picaflores

        Leyenda Mapuche

picaflor

 

 

 

Cerca del lago Paimún, oscuro y silencioso como un estanque, donde el tiempo se amansa junto con la corriente, el preferido de los patos y los juncos, vivían hace mucho tiempo dos hermanas: Painemilla y Painefilu.

Las dos eran jóvenes y hermosas, y un día un gran jefe extranjero se enamoro de Painemilla. La muchacha y el inca se casaron y se fueron a vivir a su hermoso palacio de piedra, construido en la cercana montaña de Litran-Litran.

Pronto Painemilla supo que esperaba un hijo, y el inca convoco a los sacerdotes para que hicieran sus profecías. Uno de ellos dijo que nacerían un varón y una mujer, y que los dos, en señal de distinción, tendrían en el pelo una hebra de oro.

Como se acercaba el momento del nacimiento y el inca tenia que viajar al norte, Painemilla le pidió a Painefilu que subiera al palacio para hacerle compañía.

Así se reencontraron las dos hermanas, pero las cosas ya no fueron como antes, Painefilu sentía una envidia inconfesable de Painemilla, de su vida que parecía tan fácil, tan placida, colmada de abundancia y de amor... Odiaba su facilidad para hacerse querer y su aparente ignorancia de los malos sentimientos... le dolía verla acariciar distraídamente su vientre que crecía, mientras se sentaba a tejer o a trenzar los Kupulhues, y sola, durante muchas noches, no pudo pensar en otra cosa mas que en los ojos amantes con que el inca había mirado a su hermana al despedirse.

Painefilu trataba de disimular sus sentimientos y cuidaba mucho a Painemilla, pero sentía que el mundo se achicaba a su alrededor, que el corazón se le volvía pesado y duro y que ya no podía levantar la cabeza para mirar a nadie a los ojos.

Con el nacimiento pareció enloquecer: convenció a su hermana de que había parido una pareja de perritos y escondió a los hermosos mellizos que habían recibido en sus brazos. Hizo fabricar un cofre, acomodo en él a los bebes y mando que lo arrojaran en la zona más correntosa el lago Huechulafquen. En el palacio Painemilla lloraba espantada, mientras amamantaba a dos perritos.

Cuando el inca estuvo de vuelta, no hubo manera de que perdonara a su mujer. Furioso, dando enormes pasos que resonaban sobre las piedras del piso, con su mano alzada como para castigarla, echo a Painemilla, la mando a vivir a la cueva de los perros e hizo matar a los cachorritos. Painefilu, sombría, siguió viviendo en el palacio, cada vez mas callada, como si todo lo que había pasado pudiera tragárselo el silencio.

El agua del Huechulafquen se abrió para recibir el cofre donde dormían los hijos de Painemilla y sé cerro sobre el cubiendolo de espuma. Pero la caja se asomo unos metros mas allá y se mantuvo milagrosamente a flote, oscilando entre las olas, nadando en círculos en los remansos, atascándose a veces entre las piedras y las plantas de la orilla... dicen que Antü, el padre Sol, desde le cielo, descubrió el cofre por el brillo de su cerradura de oro y decidió protegerlo, dándole calor o sombra según lo necesitara... hasta que, cierto día, un hombre viejo que pasaba junto al lago vio el cajoncito brillante, muy cerca de la costa.entonces lo saco del agua y se lo llevo a su casa, admirado de su hermosa cerradura dorada, pero no lo abrió enseguida porque era la hora de comer y no quería hacer esperar a su vieja esposa.

La pareja comía su chaskiñ cuando escucho unos sonidos extraños, como el entrechocar de huesos, que provenían del cofre. Lo abrieron con cuidado y encontraron a los rubios mellizos de hermosos cabellos entre los cuales se destacaba, mas largo y brillante, un pelo de oro.

Los viejos mapuches se asombraron mucho de los recién nacidos, que se pusieron a crecer ostensiblemente apenas los alzaron del cajón. Y los criaron con amor, aun sabiendo que nunca serian como ellos esos extraños y hermosos niños que nunca comían, y que, sin embargo, se hacían tan grandes como hijos de dioses.

Un día, mientras el inca paseaba tristemente por las inmediaciones del lago, pensando, como siempre, en que era un padre sin hijos, un esposo sin esposa y en que nunca comprendería bien por que, vio a los mellizos que jugaban junto al bosque. Le atrajeron de inmediato esos chicos solitarios, un niño y una niña, que tendrían la edad de los suyos si estos hubieran sido humanos como se esperaba... quiso conversar con ellos y, al acariciar la cabeza del varón, sintió en su palma el pelo de oro. Y de esa manera, en un instante, los tres se reconocieron.

Pero el muchachito enfrento al inca con violencia:

- No podemos llamarte padre!!! Echaste a mama del palacio!!! Pasa frío y hambre entre los perros!!! Se abriga con un cuero pelado y tiene que disputarle la comida a los animales!!! Era una reina y vive peor que un perro, porque piensa y recuerda....!!! Te repito: no podemos llamarte padre!!!

Conmocionado, el inca mando que llevaran a los mellizos al palacio de Litrán. Una vez allí, su hijo volvió a increparlo:

- Queremos ver a mama ahora mismo!!!! No nos quedaremos ni un minuto si no la liberan y le devuelven el respeto que se merece!!! Si no es así, te juro que no mandaras por mucho tiempo!!!!

El inca obedeció, y así fue como Painemilla y sus hijos se reunieron, se conocieron y no se separaron nunca más.

De Painefilu, la traidora, se vengaron sus propios sobrinos. La ataron, la empujaron afuera del palacio y la obligaron a sentarse sobre una roca. Entonces el muchacho saco un objeto que tenia guardado, alzo hacia el sol la pequeña piedra transparente y rogó:

- Ayúdame, Antü!!! Que todo tu calor atraviese mi piedra mágica!!! Que se convierta en rayo, en antorcha, en la llama más azul, para destruir a Painefilu!!!!

El prodigio se cumplió, y de Painefilu solo quedo un montón de cenizas. Pero un pedacito de su corazón no alcanzo a quemarse, y cuando llego el viento a dispersar los vestigios, de entre el remolino ceniciento salió volando un pajarito tornasolado.

Era el pinsha, el picaflor, que según los mapuches predice la muerte, que vive inquieto y triste como Painefilu. No se posa en las ramas ni roza con sus alas el follaje como los otros pájaros; tiembla, tiembla de miedo constantemente y, como si esperara un castigo, se esconde en cavernas oscuras o se aferra con desesperación a los acantilados.

 

Etiquetas de Technorati: ,

martes, 30 de marzo de 2010

MATRIOSKA

Matrioska

MUÑECAS, NIETOS, SOBRINAS, MENSAJES QUE SE PERPETUAN…

Tengo en mi casa una de estas maravillosas muñecas múltiples que son la fascinación de mis nietos y sobrina.

El poder de albergar (y ocultar) en su interior otras vidas les maravilla tanto como a mi.

Esta figura que representaba originalmente la fecundidad de la Madre Naturaleza, más allá de ser una belleza en sí misma, es un mensaje (o lo es para mí) A ella le pido esos deseos del corazón que sé escuchará y a ella le piden mis pequeños. Por eso hoy les cuento la historia.

 

Matrioska

Cuento popular Ruso-

 

El viejo Seguei había nacido al sur de la ribera oriental del Volga, cerca de la región del Caúcaso. Como sus padres, y los padres de sus padres, y aún incluso los padres de éstos, el viejo Serguei había dedicado su vida a transformar la madera. Como ya habrán imaginado, era carpintero. Fabricaba desde muebles a hermosos juguetes, caballos de cartón y móviles, pasando por silbatos tallados y hasta instrumentos musicales. Cada semana, salía a recoger la madera necesaria para sus jornadas de trabajo. La seleccionaba de forma precisa, y de una sola ojeada sabía para qué podría ser utilizada. Aquella noche había caído una abundante nevada. Sin embargo, cuando los primeros rayos perezosos de sol comenzaron a despertar, y pese al frío que helaba hasta el aliento, Seguei salió de la cabaña y recorrió lentamente el camino hacia el bosque. El suelo y las hojas de los árboles aparecían completamente pintados por la inmaculada nevada y aún incluso los rayos del sol, que empezaban a despuntar, reflejaban y lo deslumbraban con su luz blanquecina.

Serguei recorrió un largo camino y no encontró más que pequeños maderos y troncones que, como mucho, le servirían para azuzar la estufa de la casa. Aquel no parecía que fuera a ser un día productivo porque los empleados de los grandes aserraderos no habían dejado ningún tronco olvidado o podrido. De pronto, en un claro del bosque, el viejo Serguei se fijó en un montón de nieve que sobresalía en el llano. Se acercó pensando que se trataría de un animal agazapado y al agacharse vio el más hermoso de los troncos que nunca antes había recogido. La madera, blanquecina, parecía brillar bajo los primeros rayos, y del grueso del tronco surgía un halo de vida, casi tan intenso como el de los oseznos al nacer. Serguei cogió con todas sus fuerzas el tronco en sus manos y lo llevó a casa. Pero, así, con aquella fuerza que desprendía, el viejo Serguei no sabía qué fabricar con él. Debía ser, sin duda, algo muy especial.

Durante los siguientes dos días, con sus respectivas noches, Serguei no podía comer, ni dormir, ni trabajar. Tal era su obsesión por aquel tronco. Finalmente, una mañana, cuando había caído rendido por el cansancio, despertó y decidió, sin más, que fabricaría una muñeca. Aquel mismo día puso el tronco sobre la mesa de trabajo y empezó a tallarla suave y delicadamente. El trabajo, arduo, duró más de una semana, y cuando la terminó Serguei se sintió tan orgulloso de su obra que decidió no ponerla en venta y la guardó consigo... sin, duda, para que lo acompañara en su soledad. Le puso por nombre Matrioska.

Cada mañana, Serguei se levantaba y la saludaba cortésmente antes de iniciar sus tareas:

-Buenos días, Matrioska.

Un día tras otro repetía la misma cantinela, hasta que, de pronto, una mañana, un tenue susurro le respondió:

-Buenos días, Serguei.

El viejo Serguei se quedó tremendamente impresionado y repitió:

-Buenos días, Matrioska...

-Buenos días, Serguei -le contestó la muñeca, en un hilo de voz.

Maravillado, Serguei se acercó a la muñeca para comprobar que era ella quien hablaba y no sus viejos oídos los que le jugaban una mala pasada y, desde aquel día, vio acompañada su soledad por la pequeña Matrioska, que era un pozo de palabras y risas, y lo distraía y alegraba en su trabajo diario. Eso sí, Matrioska sólo hablaba cuando los dos, carpintero y muñeca, estaban solos.

Una mañana Matrioska despertó muy triste. Serguei, que no tenía un pelo de tonto, había venido observando la tristeza en los ojos de la muñeca desde hacía varias semanas. Tras mucho rogarle, Matrioska, un poco avergonzada, le explicó que ella veía cada día por la ventana a los pájaros con sus crías, a los osos con sus oseznos, y hasta a las orugas que parecían verse perseguidas por millones de oruguitas que se enganchaban unas a otras formando una gran cordada...

-Incluso tú -apuntó Matrioska- tú me tienes a mí, pero yo también querría tener una hija.

-Pero entonces -respondió Serguei- tendría que abrirte y sacar la madera de dentro de ti, y sería doloroso y nada fácil.

-Ya sabes que en la vida las cosas importantes siempre suponen pequeños sacrificios -respondió la dulce Matrioska.

Y así fue como el viejo Seguei abrió a Matrioska y extrajo cuidadosamente la madera de su interior para hacer una muñeca, casi gemela, pero un poco más pequeña, a la que llamó Trioska. Desde aquel día, cada mañana, al levantarse, saludaba:

-Buenos días, Matrioska; buenos días, Trioska.

-Buenos días, Serguei; buenos días, Serguei -respondían ellas al unísono.

Ocurrió que también Trioska sintió la necesidad de ser madre. De modo que el viejo Serguei extrajo la madera de su interior y fabricó una muñeca aún más pequeña, a la que puso por nombre Oska. Al cabo de un tiempo también Oska quería tener su propia hija, pero al abrirla Serguei se dio cuenta de que sólo quedaba un mínimo pedazo de madera, tan blanca como el primer día, pero del tamaño de un garbanzo. Sólo una muñeca más podría fabricarse. Entonces el viejo Serguei tuvo una gran idea. Fabricó un pequeño muñeco, y antes de terminarlo, le dibujó unos enormes bigotes y lo puso ante el espejo diciéndole:

-Mira Ka,... tú tienes bigotes. Eres un hombre, o sea, recuerda que no puedes tener un hijo o una hija de dentro de ti.

Después abrió a Oska. Puso a Ka dentro de Oska. Cerró a Oska, abrió a Trioska. Puso a Oska dentro de Trioska. Cerró a Trioska, abrió a Matrioska. Puso a Trioska dentro de Matrioska y cerró a Matrioska.

Y esta es la historia de Seguei y su muñeca Matrioska. Un día Matrioska desapareció y nunca la han vuelto a encontrar. Estará en alguna tienda de antigüedades o en la estantería de alguna vieja librería. Si la encuentran no duden nunca en darle el mayor cariño, porque ella no dudó en hacer el mayor de los sacrificios por alcanzar algo tan importante como la maternidad.

 

Matrioska es una muñeca rusa tradicional que tiene la particularidad de ser hueca por dentro, y en su interior tiene una o varias muñecas de menor tamaño.

Puede pintarse con múltiples colores y elementos decorativos, donde la Matrioska principal puede tener una expresión distinta a las demás muñecas que se encuentran en su interior. Las muñecas rusas se hacen a mano, normalmente con madera de tilo -una madera ligera y de textura fina-, la cual es procesada y cuidadosamente seleccionada para estos fines. Un punto importante es que cada matrioska y sus dependientes deben estar hechas del mismo pedazo de madera.

Originalmente estas figuras eran representaciones de la Gran Diosa Madre, y el hecho de llevar en su interior otras figuras era símbolo de fertilidad y abundancia, por ellos se le hacían ofrendas y pedidos.

Si quieren saber más pueden ver aquí

 

Etiquetas de Technorati: ,

lunes, 29 de marzo de 2010

La Gran Inundación

                            (Leyenda Kawéscar- Chile)

olas gigantes

 

 

 

 

Se cuenta entre los Kawéskar, que hace mucho tiempo, un joven salió en busca de una nutria tabú y la mató. Esto lo hizo cuando sus padres estaban ausentes. Ellos habían partido lejos, en la caza de nutrias y aves, para su sustento.

Cuando el joven mató a la nutria, se desató un gran viento y una fuerte tormenta comenzó a rugir.

Una gran marejada cubrió la tierra. El joven que había matado la nutria, logró sobrevivir junto a su mujer y para salvar su vida, huyó a la cima de un cerro. Allí aguardó hasta que la gran marea bajó.

Decidió bajar entonces, aprovechando la marea baja, pero se percató que su hermano y sus padres habían muerto ahogados. Más allá, se dio cuenta que todos se habían ahogados y al retirarse el mar, vio animales, orcas y ballenas esparcidos por el bosque.

Se fueron los dos tristes y comenzaron a construir una choza. Como no tenían con que cubrir la choza, lo hicieron con pasto y allí permanecieron hasta el nuevo día.

Con el frío, el joven tuvo un sueño: soñó que veía un coipo; y soñó con comida también. Mientras soñaba que comía, se despertó.

-¿Por qué estaba soñando con un coipo?-

Yo mataba al coipo, me lo comía cuando soñaba.

- ¿Y con qué fuego?

Después se quedó dormido nuevamente, se quedó dormido y luego despertó y despertó a su mujer.

-Oye, mira, ve a traer un palo quebrado, mira que estaba soñando y sé que va a entrar un coipo y tú lo vas a matar, para comer.-

Después se quedó dormido y soñó, nuevamente vio en sueños lo mismo nuevamente.

Mientras, su mujer seguía despierta, de pronto entró una manada de coipos y ella los iba matando con un garrote uno por uno, con lo que obtuvieron la comida necesaria para sobrevivir.

 

Acerca de los Kawéscar.

Los Kawéscar se movilizaban por los canales del sur en canoas hechas de cortezas de árboles o troncos ahuecados donde viajaba toda la familia. En ella se transportaba el fuego y los implementos para sacar moluscos. También practicaban la pesca.

Nómades del mar, le han llamado de manera poética, investigadores actuales. Sin embargo, la ocupación gradual de los antiguos territorios indígenas por parte del blanco, ha ido produciendo un proceso de transculturación, con la consecuente pérdida de las antiguas tradiciones y costumbres. Sin embargo, a pesar de la paulatina extinción física y cultural de los Kawéscar (alacalufes, también se les llama), estos han conservado su lengua y parte de su tradición oral, como la presente leyenda.

Lamentablemente, el número de hablantes se ha ido reduciendo, y actualmente sólo sobreviven menos de veinte.

Etiquetas de Technorati: ,

domingo, 28 de marzo de 2010

La medida de la libertad individual

Hoy pensaba mucho sobre cuál es la medida de la libertad individual, sobre todo en temas tan trascendentes como el vivir y el morir. Situaciones que me rodean y me tocan me han llevado a cuestionar hasta donde el deseo de unos puede violentar el deseo de un otro o una otra a tener un fin de vida digno. Este afán moderno por estirar la vida en condiciones que en sí misma son “no vida” tiene más que ver con el egoísta sentir de los que quedan y con el ego profesional que con un cuidado real hacia quien sufre. Como todo en la vida es “sincronía” en medio de mis cuestionamientos internos me ha llegado el dato de este corto que les invito a mirar y a reflexionar….



SUEÑO DE FLAUTAS

Herman Hesse Del libro Cuentos Maravillosos

Un cuento para mi querida Flautista Claudia

 

Flautista-Hendrik Terbrugghen

«Toma esto», dijo mi padre, y me alcanzó una pequeña flauta de hueso, «tómala y no olvides a tu anciano padre cuando alegres a la gente con tu música en países lejanos. Es tiempo de que veas el mundo y aprendas algo. He mandado hacer esta flauta, porque no te gusta ninguna otra tarea, excepto cantar. Piensa también que debes tocar siempre canciones bonitas y amables, de lo contrario sería malgastar el don que Dios te ha concedido. »

Mi querido padre entendía poco de música, era un erudito. Él pensaba que yo no tenía más que soplar en la linda flauta para que todo anduviera bien. Como no lo quería despojar de su creencia, le agradecí, guardé la flauta y procedí a despedirme.

Nuestro valle me era conocido hasta el gran molino del caserío; detrás comenzaba el mundo, y debo admitir que me gustó mucho. Una abeja fatigada de volar se había posado sobre mi manga, y la llevé conmigo para tener, en mi primer descanso, un mensajero que llevara enseguida mis saludos a la patria que dejaba atrás.

Bosques y praderas acompañaban mi camino, y muy lozano también el río me acompañaba. Descubrí que el mundo se diferenciaba poco de mi patria. Los árboles y flores, las espigas de trigo y los avellanos me hablaban; yo cantaba sus canciones con ellos, y ellos me comprendían, como en casa. De pronto mi abeja despertó, se arrastró despaciosamente hasta mi hombro, levantó el vuelo y giró dos veces en torno a mí con su zumbido dulce y profundo; luego se orientó rectamente hacia atrás, hacia el hogar.

En eso surgió del bosque una muchacha joven, que llevaba un cesto en el brazo y un sombrero de paja de ala ancha que dejaba en sombras la rubia cabeza.

«Dios te guarde», le dije, «¿adónde vas?»

«Debo llevar la comida a los segadores», dijo. Y se puso a caminar a mi lado. «¿Y tú, dónde quieres ir?»

«Voy a conocer el mundo, mi padre me ha enviado. Él cree que yo debo tocar mi flauta en público, ante la gente, pero yo no sé hacerlo bien todavía, antes debo aprender mucho.»

«Bueno, bueno. ¿Y qué sabes hacer en realidad? Porque algo debes saber.»

«Nada en especial. Puedo cantar canciones.»

«¿Qué clase de canciones?»

«De todo tipo ¿sabes? A la mañana y a la noche, ¿a los árboles, a las bestias, a las flores. Ahora, por ejemplo, podría cantar una canción bonita acerca de una muchacha joven que sale del bosque para llevar la comida a los segadores.»

«¿Puedes hacerlo? ¡Cántala entonces!»

«Lo haré, pero, ¿cómo te llamas?»

«Brigitte.»

Entonces entoné la canción de la linda Brigitte con el sombrero de paja, y lo que llevaba en el cesto, y de cómo las flores la miraban cuando pasaba y los vientos azules la seguían a lo largo del cerco del jardín, y todo lo relacionado con ello. Atendió seriamente a la canción, y me dijo que era buena. Y cuando le comenté que estaba hambriento, levantó la tapa del cesto y extrajo un pedazo de pan. Mientras yo le echaba el diente con ahinco, al tiempo que continuaba ágilmente la marcha, ella me dijo: «No se debe comer a la carrera. Una cosa después de la otra». Entonces nos sentamos sobre la hierba, yo comí mi pan y ella se abrazó las rodillas con sus manos bronceadas y me miró.

«¿Quieres volver a cantarme alguna otra cosa?». preguntó cuando dejé de comer.

«Con gusto. ¿Qué quieres que cante?»

«Algo acerca de una chica que está triste porque ha sido abandonada por su novio.»

«No, no puedo. No conozco eso, y tampoco debe uno estar triste. Mi padre dijo que debo cantar siempre canciones graciosas y amables. Te cantaré algo acerca del cuclillo o de la mariposa.»

«Y de amor, ¿no sabes ninguna?» preguntó luego.

«¿De amor? Oh sí, eso es lo más lindo de todo.»

Enseguida empecé una canción acerca de cómo el rayo de sol está enamorado de las rojas amapolas y juega con ellas lleno de alegría. Y de la hembra del pinzón, cuando aguarda al pinzón y al llegar éste vuela como si estuviera asustada. Y seguí cantando acerca de la muchacha de ojos pardos y del joven que llega y canta y recibe un pan de regalo; pero ahora no quiere más pan, quiere un beso de la doncella y quiere ver dentro de sus ojos pardos, y canta y canta hasta que ella empieza a sonreír y le cierra la boca con sus labios.

Entonces Brigitte se inclinó y cerró mi boca con sus labios; luego cerró los ojos y los volvió a abrir. Y yo miré las estrellas cercanas de un dorado oscuro y en ellas estábamos reflejados yo mismo y un par de blancas flores del prado.

«El mundo es muy hermoso», dije, «mi padre tenía razón. Pero ahora te ayudaré a llevar estas cosas hasta donde está esa gente.»

Tomé su cesto y proseguimos el camino. Su paso sonaba con el mío y su alegría coincidía con la mía, y el bosque hablaba delicado y fresco desde la montaña. Yo nunca había caminado tan contento. Durante un largo rato canté con fuerza, hasta que tuve que cesar de puro exceso; era demasiado todo lo que susurraba y hablaba desde el valle y la montaña, desde la hierba y el follaje, desde el río y los matorrales.

Entonces pensé: si pudiera comprender y cantar al mismo tiempo las mil canciones del universo, del pasto y las flores, de los hombres y las nubes, de la floresta y el bosque de pinares, y también de los animales. Y asimismo todas las canciones de los mares lejanos y las montañas, de las estrellas y la luna; y si todo eso pudiera simultáneamente resonar en mi interior y ser cantado, entonces yo sería como el buen Dios y cada canción debería ser como una estrella en el cielo.

Pero mientras yo pensaba de este modo, lo cual me había dejado silencioso y maravillado, pues antes jamás se me habían ocurrido cosas así, Brigitte se detuvo y sujetó firmemente el asa del cesto.

«Ahora debo subir», dijo. «Allá arriba está nuestra gente. ¿Y tú, a dónde vas? ¿Por qué no vienes conmigo?»

«No, no puedo ir contigo. Tengo que ver el mundo. Muchas gracias por el pan, Brigitte, y por el beso. Pensaré en ti.»

Ella tomó su cesto con la comida; y otra vez sus ojos de sombras pardas se inclinaron sobre mí, y sus labios se adhirieron a los míos. Su beso fue tan bueno y dulce, que casi me puse triste de pura felicidad. Entonces le dije adiós y marché presuroso carretera abajo.

La muchacha subió lentamente por la montaña; se detuvo bajo el follaje que caía al borde del bosque, y miró hacia abajo donde yo estaba. Y cuando le hice señas y, agité el sombrero sobre mi cabeza, inclinó ella la suya .una vez más y desapareció en silencio, como una imagen, entre la sombra de las hayas.

Yo, por mi parte, continué tranquilo el camino sumido en mis pensamientos, hasta que el sendero dio la vuelta en un recodo.

Allí había un molino, y junto al molino se hallaba una barca en el agua. Un hombre sentado en la barca parecía estar esperándome; en efecto, cuando me saqué el sombrero y subí a bordo, la barca comenzó a navegar enseguida río abajo. Me senté en la mitad de la embarcación, y el hombre atrás, al timón. Y cuando le pregunté a dónde íbamos, levantó la vista y me miró con ojos grises y velados.

«Donde quieras», dijo con voz apagada. «Río abajo hacia el mar o a las grandes ciudades, la elección es tuya. Todo me pertenece. »

«¿Todo te pertenece? ¿Entonces eres el rey?»

Quizá dijo él. «Y tú eres un poeta, según creo. ¡Cántame entonces una canción de viaje!»

Me infundía temor ese hombre serio y sombrío, y además nuestra barca navegaba tan rápido y sin ruido río abajo, que saqué fuerzas de flaqueza y canté acerca del río que lleva las naves y en el que se refleja el sol; el río, que es más ruidoso en contacto con las orillas rocosas y termina alegremente su peregrinaje.

El semblante de aquel hombre permanecía impasible; cuando finalicé, asintió silenciosamente, como uno que sueña. Y enseguida, ante mi asombro, él mismo comenzó a cantar. Y también cantó acerca del río y del viaje del río por los valles, y su canción era más bella y vigorosa que la mía, pero todo sonaba muy distinto.

El río, tal como él lo cantaba, bajaba como un ser destructor dando tumbos desde las montañas, hosco y salvaje, rechinando los dientes al sentirse refrenado por los molinos y presionando por los puentes; odiaba a todos los barcos que debía sostener; y bajo sus olas, y entre largas y verdes plantas acuáticas, mecía sonriente los blancos cuerpos de los ahogados.

Nada de esto me gustaba; pero su tono era tan hermoso y enigmático que quedé completamente confundido, y angustiado callé. Si lo que aquel cantor viejo, sutil e inteligente cantaba con su voz sofocada era cierto, entonces todas mis canciones habían sido nada más que tontería, torpes juegos infantiles. Entonces el mundo no era básicamente bueno y lleno de luz, como el corazón de Dios, sino opaco y sufriente, malo y sombrío; los bosques no susurraban de placer, susurraban de dolor.

Seguimos navegando. Las sombras se hicieron más largas, y cada vez que yo comenzaba a cantar mi voz sonaba menos clara, e iba apagándose. Y cada vez el extrafío cantor respondía con una canción que hacía al mundo más y más incomprensible y doloroso, y a mí me dejaba más y más desconcertado y triste.

Me dolía el alma, y sentía no haberme quedado en tierra junto a las flores o al lado de la bella Brigitte; para consolarme, empecé a cantar en la oscuridad creciente, con voz fuerte a través del rojo resplandor del anochecer, la canción de Brigitte y de sus besos.

Entonces se inició el ocaso y enmudecí. El hombre al timón cantó, y también él cantó del amor y del placer del amor, de ojos oscuros y ojos azules, de labios rojos y húmedos, y era hermoso y conmovedor lo que cantaba Reno de pena a medida que oscurecía sobre el río. Pero en su canción el amor era también lúgubre y temible, y se había convertido en un secreto mortal, dentro del cual los hombres, extraviados y dolidos, tanteaban entre penurias y anhelos, y se torturaban y mataban los unos a los otros.

Yo escuchaba y quedé muy fatigado y entristecido, como si hubiera estado viajando durante años a través de la mayor miseria y aflicción. Sentía que del desconocido emanaba y se deslizaba en mi corazón una permanente, silenciosa, fría corriente de pena y mortal angustia.

«Así que la vida no es lo más elevado y hermoso», dije finalmente con amargura, «sino la muerte. Entonces te ruego, olí triste monarca, que cantes una canción a la muerte.»

El hombre al timón cantó de la muerte, y cantó más bellamente que antes. Pero tampoco era la muerte lo más hermoso y alto, tampoco en ella había consuelo. La muerte era vida, y la vida muerte, y estaban enzarzadas entre sí en un furioso combate de amor, y esto era lo último y el sentido del mundo, y de allí se desprendía un resplandor que podía, a pesar de todo, alabar toda miseria, pero también una sombra que enturbiaba todo placer y belleza rodeándolos de tiniebla. Pero desde esa tiniebla ardía el placer más bella e íntimamente, y el amor ardía más profundo en medio de esa noche.

Yo escuchaba y me había quedado totalmente en silencio; no existía en mí otra voluntad que la del extranjero. Su mirada descansó sobre mí, callada y con una cierta bondad melancólica, y sus ojos grises estaban cargados del dolor y la belleza del mundo. Me sonrió, y entonces cobré ánimos y le rogué en mi necesidad: «¡Ah, retorna, por favor! Tengo miedo aquí en la noche, quisiera volver a la casa de mi padre, o volver para encontrar a Brigitte.»

El hombre se levantó y señaló la noche; el farol resplandeció claramente sobre su rostro enjuto e imperturbable. «Ningún camino va hacia atrás», dijo seria y amablemente, «hay que proseguir siempre hacia delante, si se quiere conocer el mundo. Y de la muchacha de los ojos oscuros ya has tenido lo mejor y más hermoso, y cuanto más te alejes de ella, tanto más hermoso y mejor será. Pero marcha hacia donde quieras; te daré mi lugar al timón.»

Yo me hallaba tremendamente entristecido, pero sabía que él tenía razón. Lleno de nostalgia pensé en Brigitte y en mi país y en todo lo que había sido hasta entonces cercano, luminoso y mío, y en todo lo que había perdido. Pero en ese momento iba a tomar el sitio del extraño y conducir el timón. Así debía ser.

Me levanté en silencio y me dirigí a través de la barca al asiento del timonel; el hombre se acercó a mí también en silencio, y cuando estuvimos el uno frente al otro me miró fijamente a la cara y me dio su farol.

Pero cuando me senté al timón y hube afianzado el farol junto a mí, me encontré solo en la barca; advertí con un profundo estremecimiento que el hombre había desaparecido. Sin embargo, no me sentía asustado, lo había presentido. Me parecía que el hermoso día de viaje, Brigitte, mi padre y la patria habían sido sólo un sueño, y que yo era un viejo apenado y que siempre había viajado a través de aquel río nocturno.

Comprendí que no debía llamar a ese hombre, y el reconocimiento de la verdad se desplomó sobre mí como una helada.

Para saber lo que ya presentía, me incliné sobre el agua y alcé el farol, y desde la negra superficie me miró un rostro penetrante y serio con ojos grises, un rostro viejo y sabio. Era el mío.

Y como ningún camino lleva hacia atrás, continué el viaje por las aguas oscuras a través de la noche.

 

sábado, 27 de marzo de 2010

LA CASA ENCANTADA

 

Virginia Woolf: La casa encantada y otros cuentos

 

A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes.

«Lo dejamos aquí», decía ella. Y él añadía: «¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba ella. «Y también en el jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les despertaremos.»

Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podía decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han encontrado», sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada de leer, quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía, las puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresando con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?» Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped.

Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo... ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo...», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está enterrado; el cuarto...», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro enterrado?

Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la superficie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. El lo dejó allí, él la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.»

El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja de duendes busca su alegría.

«Aquí dormimos», dice ella. Y él añade: «Besos sin número.» «El despertar por la mañana...» «Plata entre los árboles...» «Arriba...» «En el jardín...» «Cuando llegó el verano...» «En la nieve invernal...» Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave sonido como el latido de un corazón.

Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. Con un suspiro, él dice: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios.»

Inclinados, sosteniendo la linterna de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera. Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna cruzan suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha oculta.

«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa. «Tantos años...», suspira él. «Me has vuelto a encontrar.» «Aquí», murmura ella, «dormida; en el' jardín leyendo; riendo, dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro...» Al inclinarse, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: «¿Es esto vuestro tesoro enterrado? La luz en el corazón.»

 

Esta versión es una traducción de Andrés Bosch

Título original: A Haunted House and Other Stories

Publicado por Editorial Lumen, S. A., Ramón Miquel y Planas, 10 - Barcelona, 34. Primera edición: 1979

 

domingo, 21 de marzo de 2010

A los/las Poetas y a la Poesía ¡FELIZ DÍA!

 

Siendo hoy el Día Internacional de la Poesía brindo mi homenaje a todos los Poetas y las Poetas del mundo y a la poesía misma del pasado, del presente y del futuro….

 

“Que nunca calle el poeta, porque si calla calla la vida….”

 

 

LA CARICIA PERDIDA – (ALFONSINA STORNI)

Se me va de los dedos la caricia sin causa

se me va de los dedos en el viento, al pasar

la caricia que vaga sin destino ni objeto

la caricia perdida, quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita

pude amar al primero que acertara llegar

nadie llega, están solos los floridos senderos

la caricia perdida rodará... rodará....

Si esta noche te besan en los ojos viajero

si estremece las ramas un dulce suspirar

si te oprime los dedos una mano pequeña

que te toma y te deja, que te logra y se va

Si no ves esa mano ni la boca que besa

si es el aire quien teje la ilusión de besar

OH! Viajero que tienes como el cielo los ojos

en el viento fundida.... ¿Me reconocerás?

 

A PESAR DE TODO (Eladia Blazquez)

 

A PESAR DE TODO ME TRAE CADA DÍA

LA LOCA ESPERANZA LA ABSURDA ALEGRÍA

A PESAR DE TODO, DE TODAS LAS COSAS

ME BROTA LA VIDA ME CRECEN LAS ROSAS....... .....

A PESAR DE TODO DEJÁNDOLA ABIERTA

VERAS QUE SE CUELA EL SOL POR LA PUERTA

SIEMPRE HAY UN MOTIVO

SI ENCUENTRAS EL MODO

DE SENTIRTE VIVO

A PESAR DE TODO

 

Esto es apenas un compartir dos poemas que me gustan mucho.

sábado, 20 de marzo de 2010

En el día Internacional del Cuentacuentos ¡Felices sean los cuentos!

Hoy es el día internacional del cuentacuentos y en celebración se cuentan cuentos en infinidad de países, pueblos, ciudades, regiones…. A todos los cuentacuentos del mundo les deseo ¡¡¡MUCHAS MUCHAS FELICIDADES!!!

 

Si quieren saber más vean aquí

 

Y homenajeando el hecho les comparto esta hermosísima historia de Italo Calvino

 

Las ciudades y los cambios

A ochenta millas de proa al viento maestral el hombre llega a la ciudad de Eufamia, donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada.

Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio.

No sólo a vender y a comprar se viene a Eufamia sino también porque de noche junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna», «amantes»- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas.

Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufamia, la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.

viernes, 19 de marzo de 2010

TAM LIN

 
-Cuento popular escocés- Versión en castellano de Laura Canteros

castillo

Janet, la hermosa hija de un conde de las Tierras Bajas, vivía junto a su padre en un castillo de piedra gris rodeado por verdes praderas. Un día, cansada de coser en su gabinete y de jugar largas partidas de ajedrez con las damas de la corte de su padre, se puso un vestido verde, trenzó su pelo rubio y salió sola a dar un paseo por los frondosos bosques de Carterhaugh.

El sol doraba los claros silenciosos donde el césped era tan mullido como una alfombra. Bajo la sombra verde crecían exuberantes las rosas silvestres y los largos tallos de las campanillas blancas formaban un dosel sobre los senderos.

Janet extendió la mano y cortó una rosa blanca para prenderla en su cintura. Apenas había separado la flor de la rama, apareció un joven frente a ella en el sendero.

-¿Cómo te atreves a cortar las rosas de Carterhaugh y a pasar por aquí sin mi permiso? -le preguntó.

-No quise hacer nada malo –se disculpó ella.

-Mi misión es proteger estos bosques y cuidar que nadie perturbe su paz –dijo el joven.

Luego sonrió lentamente, como alguien que no ha sonreído durante mucho tiempo, y cortó una rosa roja que crecía junto a la rosa blanca que Janet tenía en la mano.

-Sin embargo, sería muy feliz si pudiera dar todas las rosas de Carterhaugh a una dama tan hermosa como tú.

-¿Quién eres, joven gentil? -preguntó Janet mientras tomaba la rosa.

-Me llamo Tam Lin –respondió el joven.

-¡Oí hablar de ti! Eres el caballero elfo –exclamó Janet y arrojó la rosa con temor.

-No temas, hermosa Janet –dijo Tam Lin-. Aunque me digan caballero elfo, soy tan humano como tú.

Y Janet escuchó asombrada mientras Tam Lin relataba su historia.

-Mi padre y mi madre murieron cuando era muy pequeño y mi abuelo, el conde de Roxburght, me llevó a vivir con él. Un día, mientras cazábamos en estos mismos bosques, comenzó a soplar un viento extraño desde el norte, que secó todas las hojas de los árboles. Sentí que me invadía un sueño profundo y me fui alejando de mis compañeros hasta que caí del caballo. Al despertar, estaba en la tierra de las hadas. La Reina de los Elfos me había raptado mientras dormía.

Tam Lin hizo una pausa, como si estuviera recordando esa tierra verde y encantada.

-Desde entonces –continuó-, estoy sujeto al hechizo de la Reina de los Elfos. Durante el día cuido los bosques de Carterhaugh y por la noche vuelvo a la tierra de las hadas.¡Oh, Janet, cómo quisiera regresar a la vida humana de la que me arrancaron! Deseo con todo mi corazón verme libre del encantamiento.

Tam Lin hablaba con tanta pena que Janet preguntó conmovida:

-¿Y no hay ninguna manera de lograrlo?

Tam Lin tomó las manos de la joven entre las suyas.

-Esta noche es Halloween, Janet –dijo-, la noche entre todas las noches en que hay una posibilidad de devolverme a la vida humana. En Halloween los seres mágicos viajan a otra comarca y yo voy con ellos.

-Dime cómo puedo ayudarte –dijo Janet -. Lo haré de todo corazón.

-Al llegar la medianoche –le explicó Tam Lin-, debes ir a la encrucijada y esperar allí hasta que pase la caravana de los seres mágicos. Cuando veas acercarse al primer grupo, no te muevas y déjalos seguir su camino. Lo mismo harás con el segundo grupo. Yo iré en el tercer grupo, montado en un corcel blanco como la leche y llevaré una corona de oro en la cabeza. Entonces correrás hasta mí, Janet. Derríbame del caballo y abrázame. No importa que hechizos lancen sobre mí, abrázame fuerte y no me sueltes. De esa manera podrás devolverme a este mundo.

Esa noche, poco antes de las doce, Janet corrió hacia la encrucijada y se ocultó entre los arbustos espinosos. La luz de la luna centelleaba en el agua de los arroyos, la sombra de los arbustos dibujaba figuras extrañas sobre la tierra y las ramas de los árboles crujían aterradoramente sobre su cabeza. El viento traía un leve sonido de galope. Se acercaban los caballos mágicos.

Janet sintió que un escalofrío le recorría la espalda y se encogió en su capa mientras miraba expectante en dirección al camino. Primero vio el brillo de los arneses de plata, luego la estrella blanca en la frente del caballo que encabezaba el cortejo y pronto apareció ante su vista un grupo de seres mágicos con caras pálidas de rasgos afilados en los que se reflejaba la luz de la luna y extraños bucles élficos que se agitaban en el viento mientras cabalgaban.

Mientras pasaba el primer grupo, encabezado por la Reina de los Elfos que montaba un corcel negro como la noche, Janet se quedó inmóvil y los miró alejarse. Tampoco se movió cuando pasó el segundo grupo. Pero en el tercer grupo distinguió el caballo blanco de Tam Lin y vio el brillo de la corona de oro sobre su frente. Entonces salió de la sombra de los arbustos, corrió a sujetar las riendas del caballo, derribó a Tam Lin de la silla y lo rodeó con sus brazos.

Inmediatamente brotó un grito espectral:

-¡Tam Lin se escapa!

El caballo negro de la Reina de los Elfos corcoveó al sentir el tirón de la rienda para detenerlo. La Reina se volvió y sus ojos hermosamente inhumanos se detuvieron en Janet y Tam Lin.

Mientras Janet lo abrazaba con todas sus fuerzas, la Reina lanzó un hechizo sobre Tam Lin, quien se fue encogiendo más y más hasta transformarse en una lagartija escamosa. Janet la mantuvo apretada contra su pecho.

Luego sintió que algo se deslizaba entre sus dedos y la lagartija se transformó en una serpiente fría y escurridiza que se le enroscó al cuello mientras la sujetaba firmemente.

Un momento después, sintió un dolor ardiente en las manos y la fría serpiente se transformó en una barra de hierro al rojo. Lágrimas de dolor corrían por sus mejillas, pero Janet siguió abrazando a Tam Lin con la decisión de enfrentarse a lo que fuera para salvarlo.

Por fin, la Reina de los Elfos comprendió que había perdido a Tam Lin para siempre por la fuerza del amor de una mortal y le devolvió su aspecto original. En brazos de Janet, Tam Lin era nuevamente un ser humano. Janet lo envolvió triunfalmente en su capa. Y mientras la caravana reanudaba la marcha y una afilada mano verdosa tomaba las riendas del caballo en que había montado Tam Lin, se escuchó la voz de la Reina de los Elfos en amargo lamento:

-Hemos perdido al más apuesto de todos los caballeros de mi cortejo en manos de los mortales. ¡Adiós, Tam Lin! Si hubiera sabido que una mortal sería capaz de arrancarte de mi lado con su amor, te habría quitado el corazón humano y puesto en su lugar un corazón de piedra. Y si hubiera sabido que la hermosa Janet vendría a Carterhaugh, habría transformado tus ojos grises en un par de ojos de madera.

Mientras la Reina hablaba, la pálida luz del amanecer comenzó a iluminar la tierra. Con un grito sobrenatural, los jinetes mágicos espolearon sus caballos y se alejaron a toda velocidad. El sonido de las campanillas de los arreos se desvaneció en la distancia.

Tam Lin besó con ternura las doloridas manos llenas de quemaduras de Janet y juntos regresaron al castillo de piedra gris.

 

Etiquetas de Technorati: ,

jueves, 18 de marzo de 2010

El ilustre amor – 1797 - Manuel Mujica Láinez

 

mujeres 1900

En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.

A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.

Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?

Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.

Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.

Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor. Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: "Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi..."

El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.

-¿Qué tendrá Magdalena?

-¿Qué tendrá Magdalena?

-¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?

Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.

-¿Por qué llorará así Magdalena?

A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.

Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.

Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!

El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.

Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.

-¿Qué le acontece a Magdalena?

Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.

Chisporrotean, celosas.

-¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible... ¿cuándo?

Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.

Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobis cum.

Las vecinas se codean:

¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra... ¡Y qué calladito lo tuvo!

Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.

La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.

¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte?

¿Dónde se encontrarían?

-¿Qué hacemos? -susurra la segunda.

Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.

Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.

Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.

Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca.

 

martes, 16 de marzo de 2010

De cómo empezó el mundo

 

Leyenda Finlandesaaurora_2

Luonnotar, virgen e hija del aire, se lanzó al mar y allí quedó henchida por el viento durante siete siglos y nadando sin cesar por todos los mares, hasta que pidió a Ukko, dios supremo, que la ayudase a parir tras aquel interminable embarazo del aire.

Un pájaro, una magnífica águila del cielo, vino a posarse sobre sus piernas y en ellas puso su nido y seis huevos de oro y otro más de hierro, empollándolos durante tres días, hasta que Luonnotar sintió el calor abrasador de los siete huevos y metió sus piernas en el agua, para refrescarlas; entonces los huevos cayeron al mar y de ellos brotó la Tierra, con su cielo, su Luna y su Sol, pero la virgen seguiría en el agua, durante otros diez años más, hasta que Luonnotar decidió crear vida en esa Tierra y dar forma a los continentes y a las islas; pero todavía esperó otros treinta años más, hasta que por fin parió al ya viejo y gigantesco Väinaämöinen, quien cayó al mar y en él siguió, como su madre, nadando, hasta que después de ocho años, tocó la tierra firme y pudo contemplar ensimismado aquella primera isla, aquel mundo maravilloso que su madre había creado y que ahora le rodeaba con todo su esplendor.

Y así comenzó todo….

Etiquetas de Technorati: ,

lunes, 15 de marzo de 2010

Algo de los Tehuelches….

Cuentos de bocportada mapuchea a oreja.

EL CREADOR DE LA PATAGONIA

Hay una historia que ha pasado de boca en boca entre los tehuelches, desde el comienzo de los tiempos... Desde ese lejano comienzo en que aún no había tierra, ni mar, ni luna, ni aves, ni sol... Solamente existía Kòoch sumido en las tinieblas que todo lo envolvían.

Nadie sabe por qué de pronto Kòoch se sintió muy, muy solo y se puso a llorar. Lloro tantas lágrimas que de ellas se formó primero un río y luego, de tanto que creció, nació Arrok, el mar primordial, el inmenso océano adonde la vista se pierde.

Kòoch se dio cuenta que el agua crecía y estaba a punto de cubrirlo todo, y entonces dejo de llorar y suspiro un suspiro tan hondo y poderoso, que convertido en un fuerte viento, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar, separó las aguas y la tierra.

Quiso ver Kòoch lo que había sucedido más no pudo, todo estaba envuelto en la terrible oscuridad. Molesto hizo un gran tajo en las tinieblas y en ese mismo momento una chispa saltó y de ella nació Kéenyenken como luego lo llamaron unos o Xàleshen, como lo llamaron otros. Nosotros le llamamos Sol.

Todo lo iluminó Kéenyenken, y Kòoch estaba satisfecho, pero pronto comprendió que con tanta luz tampoco podía ver y eso no le gustó, por eso, cuando el intenso calor del sol comenzó a evaporar las aguas formando las nubes hasta entonces desconocidas, y estas, que primero disfrutaron andar por los cielos, pero luego desearon regresar a Arrok, su primer hogar, fueron a quejarse ante él con estruendo de truenos, relámpagos y rayos, Kòoch decidió cambiar las cosas.

Ordenó al sol que disminuyera su energía y de inmediato repartió una parte del cielo para él y otra para las tinieblas. Las nubes estallaron en lluvia regresando presurosas a su hogar, sin embargo tanto les había gustado subir volar y deslizarse en lluvia, que decidieron que así seguirían para siempre, y por eso desde entonces vemos a las nubes vagando incansables por el cielo empujadas por el viento, a veces suavemente, otras veces en forma tan violenta que las hace chocar entre si, Esas veces ellas se quejan con su grito de truenos retumbantes y amenazan con el brillo de los relámpagos.

Contento estaba Kòoch admirando su obra cuando se dio cuenta que las tinieblas en su total oscuridad se creían perfectas, eso no le gustó. Decidió crear a Kéenguenkon, la Mujer-Luna para que las suavizara.

Satisfecho al fin, vio todo lo que había hecho y se regocijó.

Mientras tanto el dorado Kéenyenken despertaba y grande fue su sorpresa a encontrarse frente a la luminosa y fría blancura de Kéenguenkon. Sin pensárselo dos veces se apresuró a cortejarla. Del amor entre los dos nació Karro, la estrella vespertina. Kòoch al verla tuvo ganas de embellecer su obra.

Primero hizo surgir del agua una isla muy grande, y luego dispuso allí los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Y el viento, el sol, la luna y las nubes, encontraron tan hermosa la obra de Kòoch que decidieron cuidarla.

El sol iluminaba y calentaba a todas las criaturas, las nubes dejaban caer la lluvia alimentando a todos y nutriendo la tierra, el viento susurraba para no asustar ni al pasto... la vida era dulce en la pacífica isla de Kòoch.

Concluida su tarea el Creador satisfecho se alejó cruzando el mar. A su paso hizo surgir otra tierra cercana a la primera, antes de continuar su marcha rumbo al horizonte, de donde nunca más volvió.

Y así hubieran seguido las cosas en la isla de no ser por el nacimiento de los gigantes, los hijos de Tons, la Oscuridad.

Un día, uno de ellos, llamado Nòshtex, un monstruoso gigante, rapto a la nube Teo que paseaba solitaria y distraída, y la encerró en su oscura y helada caverna. Desconsolada lloraba Teo sin saber cómo escapar. Nunca antes había conocido ella los huecos oscuros y profundos de la tierra, y les tuvo mucho miedo.

Mientras tanto sus hermanas, al no encontrarla ni en el cielo ni en el agua, salieron a buscarla preguntando a todos si la habían visto.

Ni el chingolo, ni el ñandú, ni el ratón, ni el guanaco, ni las aves pequeñas, ni los insectos, la habían visto. Cuando ya no quedó nada por revisar, las nubes en su furia provocaron la tormenta más grande que jamás haya existido. El agua corrió sin parar, desde lo alto de las montañas, arrastrando las rocas, inundando las cuevas de los animalitos, destruyendo los nidos, arrasando la tierra sin dejar nada en pie.

Todas las criaturas de la isla, aterradas al ver que la tormenta no cesaba, le contaron a Karro lo que estaba sucediendo. Ella presurosa fue a contarles a sus padres y enterado Kéenyenken viajó más allá del horizonte en busca de Kòoch.

Cuando Kòoch supo lo que sucedía, mucho se enojó con el atrevimiento de Tons, la oscuridad, al haber llenado la isla con sus hijos y mucho más se enojó con la maldad de los gigantes, por eso con voz tronante sentenció:

— Cuándo nazca el niño que Teo lleva en su vientre tendrá mi fuerza y mi sabiduría. A él encomendaré que derrote a su padre y expulse para siempre a los gigantes.

Presto viajó el sol a la isla a comunicar el mensaje del Creador. Las primeras en saberlo fueron las nubes que dispersándose por todo el cielo llevaron la noticia a las aves y al viento. Xòchem, el viento, que en todo se podía entrometer, penetró aún en las cuevas más pequeñas y en las cimas más altas. Y tan molesto estaba que con furia sopló el mensaje en las puertas mismas de las cavernas de los gigantes, para que supieran lo que les esperaba.

Al chingolo se lo contaron los árboles y este se lo contó al guanaco, el guanaco al ñandú, el ñandú a zorrino, el zorrino a la liebre, al armadillo, al puma...

Así fue como escuchó Nòshtex las palabras de Kòoch, y tuvo miedo de su pequeño enemigo, que ya vivía en el vientre de Teo.

—Nadie podrá conmigo— bramó haciendo temblar el suelo. — Ya mismo voy a matarlos. El pequeño nunca nacerá, me lo comeré y tendré la fuerza y la sabiduría que le ha dado Kòoch. — rió mientras a paso rápido regresaba a la cueva donde dormía Teo ignorando la tragedia que se avecinaba.

Antes que la pobre Teo despertase, Nòshtex la golpeó con tanta saña que la mató. De inmediato arrancó al niño de sus entrañas despedazando a Teo al hacerlo. Entonces la tierra toda tembló, tanto, tanto, que el gigante tuvo que soltar al niño para poder sujetarse de las paredes de piedra y no caer al piso.

En ese mismo momento aprovechando el susto del gigante asomó su cabecita Terr-Werr, una tuco-tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta y que había escuchado todo. Sigilosamente sujetó al niño, lo arrastró bajo los mismos pies del gigante que aún luchaban por sujetarse a la tierra temblorosa, y lo escondió en su cueva.

Terminado el temblor y ya más seguro, Nòshtex buscó al niño. ¡Tremenda fue su furia al no encontrarlo! Cruzaba la caverna haciéndola temblar con sus pasos de gigante, recorría la isla buscando enloquecido al pequeño, pisando, golpeando y lastimando a cuanto animal o planta se cruzaba en su camino.

Terr-Werr comprendió que su escondite no era seguro y no pasaría mucho tiempo antes que el gigante la descubriera. ¿Qué podía hacer ella tan pequeña y tan sola? Sin dudarlo más corrió a pedir ayuda a todos los animales

—¿Adónde podemos esconder al bebé? ¿Cómo lo pondremos a salvo del gigante? — preguntaba a unos y a otros cuando se reunieron todos los animales en asamblea para discutir el asunto.

En medio del alboroto, cuando ya todos desesperaban, se oyó una voz suave decir:

—Lo llevaremos a la otra tierra que creó Kòoch. —Quien habló fue Kìuz, el chorlo, el único que sabía de la existencia de esa tierra misteriosa ubicada más allá del mar. La había descubierto tiempo atrás gracias a su espíritu curioso y aventurero que le llevaba a recorrer el cielo en toda su extensión.

Sin titubeos ni discusiones todos aceptaron la propuesta y comenzaron a prepararse para la fuga secreta.

Una madrugada el sol, cómplice de los animales, tardó en nacer y la luna se escondió para ayudarlos. Terr-Werr aprovechó la inesperada oscuridad para llevar al niño hasta las orillas del mar y allí lo escondió entre los juncos. Luego llamó a Kìken, el chingolo, para que a su vez avisara a todos que había llegado la hora.

Kiken alzó vuelo y en un abrir y cerrar de ojos todos fueron convocados. Más no todos respondieron, el puma se negó sin explicaciones, le dio vergüenza decir que temía el agua. El flamenco y el ñandú, caminaron a paso tan lento que llegaron demasiado tarde, en cambio el zorrino iba tan contento que distraído no se dio cuenta que era interceptado por el gigante. Fue tanto su miedo, tanto, tanto, que entre sollozos reveló el secreto.

Nòshtex ciego de ira lo aplastó contra una piedra y luego se dirigió a grandes pasos hacia el mar, pero el pecho-colorado, instruido por Terr-Werr, fue el primero en distraerlo con su canto, hasta que atraído por el ruido llegó el puma y avergonzado de su cobardía, peleó con el gigante. Nòshtex no llegó a tiempo para ver como los animales colocaban al niño sobre el lomo del cisne, ni tampoco para ver como todos se despedían de él mientras el cisne carreteaba con suavidad y abría majestuosamente sus alas para levantar vuelo.

Todo lo que vio el gigante fue un pájaro blanco que, con su largo cuello estirado y las alas desplegadas, volaba en lo alto el cielo, delicadamente hacia el oeste.

Así fue como el pequeño Elal, el protegido de Kòoch, el hijo de Teo, se alejó, en el colchoncito de plumas de su amigo Kóokne, el cisne, hacia la tierra salvadora de la Patagonia, rodeado por bandadas de coloridas aves.

Cuando luego de mucho viajar aterrizaron en la cima de Chaltén, el cerro al que hoy llamamos Fitz Roy, todos festejaron la victoria.

Bueno, todos no, Nòshtex frustrado y aterrado vivió día tras día temblando de miedo a la espera del momento en que su hijo regresara a matarlo.

Muchas lunas se sucedieron antes que Elal, ya grande, volviese a la isla a vengar a su madre, pero esa ya es otra historia...

domingo, 14 de marzo de 2010

La vieja que vuela

 

Autor: Froilán, Escobar

Ed. Sudamentricana Bs. As 1997

 

 vieja pajaro vuela Yo cojo y aguanto, aguanto mucho el resuello y después me suelto, sueño con perfume de flor, lirios y cosas, todavía sin compromiso con el aire. Me mortifico primero de ilusión, y después me voy, con grupa y todo, en un flotar para arriba.

Siento cabestrear el empuje, el goce, que me pone ensimismado el corazón de tan ligerito. Me voy, eh, consagrada, noviada con el aire. El pescuezo del cuerpo se me estira. Entonces veo, veo, veo. Los montes se recrecen en lo azulito y cobran techo hasta la lejanía. Y el mar todo, un volumen: las olas cresteando espuma, fuíquiti fuácata, sin definición traída, espontáneas. Es un mecerse. Son cosas que le añoro a la naturaleza.

    La gente dice que tengo encantamiento, que me arrobo y sobrenado en mis creencias. Pero no es verdad. Yo siempre he tenido esta disposición. Desde niña. Desde que trepaba a los copitos y veía lo fácil que ejercían los pájaros el cielo. Entonces me comprometí con este querer. ¿Me enamoré, con mucho, de mis instintos? ¿Me enamoré con amor del no arrastrarme? Puede ser. Éramos muy pobres cuando ese soñar. Muertaehambre, sajuma, decían. Yo me inventé mi abundancia. Me respiraba el mundo, el aire, que no es de nadie. Pero no fue hasta el futuro de muchos años que me salió, en sí, esta levitación.

    ¿Me comprende? Fue un día, alboreando la noche. Apreté los ojos, duro, como para ver los potreros lejanos. Sentí el cosquilleo, el capullear. Brotaba la cáscara y me hacía liviana, algodón. Al abrir los ojos ya estaba en confrontación con las nubes, coqueteando al lado de un zorzal. Eso es muy lindo.¿Usted nunca a sido paloma?¿Nunca, ciertamente? Pues así le empieza y le convida este vértigo.

    La gente dice que me ha visto volar, que me ha visto en mis flotaciones. Yo no. Yo sólo le alcanzo a usted el paisaje, el capuchón que uno le ve al mundo cuando anda, arreado, arriba. Por lo demás, no, no me veo. Me lo imagino porque la gente dice que es bonito. Que voy echando un suspiro y me muevo. Planeo a veces a la altura de un galán de noche, libando con el pescuezo estirando los olores, y otras por los copitos de la baría. Pero nunca me voy al aerostato de lo más alto, por no perderme. Lo mío es florear las matas, engatusarme con melindres, oler la música del viento. No tengo otra alcurnia ni es por congraciarme.

    Bajar es lo que no me conozco. Cuando me voy en este viaje, me entretengo, me columpio o me empariento de emoción con las mariposas. Congrego porciones de rocío, pero después, luego como quien dice, no me sé el regreso. No me convida. Quisiera quedarme en esas liviandades mías. ¿Usted nunca se ha sentido dichoso con todo el cuerpo? ¿No? Pues tenga: es así .Le canta un pájaro, un ruiseñor por dentro , le sortilegia el corazón, y no hay , en todo el redon del mundo, un paladear más sabroso. ¿Entendiste?

    Mi hijo es el que más me sabe. Cuando muchacho me veía ambicionarle balcones al viento. Le decía cosas, le hablaba. Entonces a él le dio por la manía de criar pajaritos. No hizo como yo. Le armó una carpa al monte y empezó a juntarlos de todas las especies y colores. Ahí tiene carpinteros, guanabaes, sensérnicos, choncholíes, tojositas, cartacubas, sinsontes y otros muchos, buchones y de gorjeo. Él los cariña y estudia, Se pasa haciendo medidas de su catapulta de vuelo. Pero lo más, es verlos cómo se posan. Le vieron y se le figuran en el hombro, y hasta se limpian el piquito. ¡Serán pajareros! Éste,  mi hijo, le ha cogido amor a tenerlos. No están aprisionados, tocan el cielo y se reproducen de huevos y pichones. Lo de mi hijo es mirar. Lo mío  es querer. Él nunca me dice que vuelo, que me da por darme y que me enpino. No sé si es por pena, por la vergüenza que le habrán dicho. Ahora, me he descubierto un curricán amarrado al pie. Parece que para que no me satisfaga en lo lejos. Ya se lo digo: no es sobrenatural artificio. Cuenturías. Es sólo poco acatamiento de la pobreza, haber vivido sin nada, sin el tan siquiera. ¿Se da cuenta?

    No embrome. ¿Qué usted no entiende de volar ni en aeroplano? Yo sí. Lo que pasa es lo que le digo: en mis tiempos era más difícil volar en aeroplano que volar de verdad.

    Yo escogí mi manera. Mucha gente ha olvidado esto. Por eso me acampan encima sus calumnias. Ellos quizás volaron en avión. Yo no. Yo tenía que contentarme con el suelo y hacerme de mi altura propiamente.

    Volar no es más que soñar de otra manera. Saque la cuenta. Usted se acuesta, se ilusiona bastante, mucho, y le da por la flotación sin embustes ni pegapega de alas. No creo en los angelitos. Yo sé lo mío.¿O acaso usted piensa que las palomas y los zorzales siempre tuvieron alas?¡Qué va! ¡Ellos también anduvieron un día  por el suelo! Por eso se contagiaron y aprendieron a trepar el cielo mediante alas y travesía de sustancia. Se pusieron livianos de tanto querer y de tanto intentar. Como oye. Y vea, ahora congregan ellos mismos la altura. Sucede con todo. Antes hay que desear, en muchísimo y más.¿Se da cuenta? Lo mío no es hacer visiones de espanto. No caramba, es comportamiento de dulzura.

    La gente dice que me ha visto volar y le creo, por qué mentiría que uno va a soñar con cosas que no existen. Lo nunca visto, no. Volar es gusto saboreado. Pregúntele a los pájaros.

Etiquetas de Technorati: ,

viernes, 12 de marzo de 2010

LA CEGUERA DE VERDAD

 

LEYENDA EGIPCIA

Ojos vendados

Había una vez dos hermanos que se llamaban Verdad y Mentira.

Verdad era noble y honrado, y su hermano maligno, llamado Mentira, le odiaba.

Un día Mentira fue a ver a la Enéada y se quejó ante los dioses que Verdad le había robado la daga. Cuando le pidieron que describiera la daga, Mentira dijo:

-Todo el cobre del monte Jal sirvió para hacer la hoja y toda la madera de Koptos para el mango. La vaina tiene el largo del pozo de ventilación de una tumba y la piel de todos los rebaños de Kal sirvió para hacer el cinto –insistió Mentira-, y Verdad me la ha robado. Si se niega a devolvérmela, cegadlo y dádmelo para que me haga de portero.

Verdad fue llamado ante la presencia de la Enéada y afirmó su inocencia. No pudo presentar la daga, pues ésta no existía, y las acusaciones de Mentira parecían tan convincentes que Verdad fue condenado. La Enéada ordenó que le quitaran los ojos y que fuera entregado a Mentira para que le hiciera de portero.

Mentira pronto se dio cuenta que no podría soportar la presencia de Verdad sentado plácidamente delante de su puerta. Aquello le recordaba cada día su crueldad así como la inocencia de su hermano. Por este motivo les dijo a dos de los antiguos criados de Verdad:

-Llevaos a vuestro amo al desierto y dejadlo en un sitio donde una manada de leones lo pueda encontrar fácilmente. No regreséis hasta que no estéis seguros que esté muerto.

Los criados tenían demasiado miedo de Mentira para negarse a llevar a cabo tal acto. Muy tristes, cogieron a Verdad uno por cada brazo y lo condujeron al desierto. Cuando el hombre ciego notó la tierra del desierto bajo sus desnudos pies, preguntó adónde le estaban llevando. Los criados le contaron las órdenes que tenían con los ojos llenos de lágrimas.

Un día más tarde, una señora que se llamaba Deseo paseaba por su jardín, cuando dos criadas corrieron a ella para decirle:

-Señora, hemos encontrado un ciego sentado entre las cañas cerca del lago. ¡Ven a verlo!

-Traédmelo aquí –dijo Deseo.

Los criados no tardaron en llegar llevando a Verdad entre los dos. Estaba desfallecido y medio muerto de hambre, pero Deseo pensó que era el hombre más hermoso y apuesto que jamás había visto.

Le aceptó en su casa y en su cama y tuvo un hijo con él, pero Deseo pronto se cansó de su nuevo amante y lo echó fuera del hogar.

El hijo de Deseo y de Verdad no era un niño normal y corriente. Se hizo alto y hermoso como un dios, y a los doce años superaba a sus compañeros de colegio tanto en la lectura y la escritura como en las artes de la guerra. Los demás muchachos le tenían muchísima envidia y se mofaron de él diciendo:

-Si eres tan listo, quién es tu padre.

El hijo de Deseo no lo sabía y el resto de los niños no paraban de burlarse por ello, hasta que un día no lo pudo resistir más y fue corriendo a ver a su madre para preguntarle:

-Por favor, dime quién es mi padre y así se lo podré decir a los demás compañeros de clase.

-¿Ves ese ciego que está sentado sobre el polvo? –preguntó Deseo a su hijo-. Pues bien, ese hombre es tu padre.

El niño corrió al patio y abrazó a su padre. Después acompañó a Verdad dentro de la casa y le hizo sentar en la mejor silla. Después de poner los mejores y más selectos platos delante de él y de ayudarle a comer y beber cuanto le vino en gana, le preguntó:

-Padre, ¿quién fue el que tuvo la osadía de dejarte ciego? Si me lo dices, te vengaré.

-Fue mi propio hermano –contestó con tristeza Verdad.

El muchacho preparó inmediatamente un plan y luego fue a la despensa de su madre a buscar diez panes, un bote de agua, una espada, un bastón y un par de sandalias de cuero.

Después cogió un magnífico buey del rebaño de su madre y se dirigió hasta donde Mentira estaba pastando sus propios animales. El niño se acercó al vaquero principal y le dijo:

-Tengo que partir para un largo viaje. Si me guardáis el buey mientras estoy fuera, podréis quedaros con las provisiones, la espada, el bastón y estas preciosas sandalias de cuero.

El vaquero aceptó lleno de contento y el muchacho simuló que se iba fuera de la comarca.

Unas semanas más tarde, Mentira fue a inspeccionar sus rebaños. Inmediatamente se encaprichó el precioso buey.

El vaquero principal objetó que el buey era propiedad de un chico que regresaría pronto para reclamarlo. Mentira se encogió de hombros:

-¿Y qué más da? –añadiendo-. Cuando el chico regrese le puedes dar el mejor del rebaño.

Y así Mentira se llevó el buey y lo hizo sacrificar. El hijo de Verdad se enteró pronto y fue a ver al vaquero.

-Cualquiera de estos animales es tuyo –dijo el vaquero principal-. Elige el que prefieras.

-¿Por qué, si ninguno se puede comparar al que era mío? –preguntó el muchacho-. Mi buey era más grande que, si se situara en la isla de Ammon, el hocico le llegaría hasta el desierto de Nubia y la cola hasta los pantanales del delta, con la punta de un cuerno apoyada sobre las Montañas Occidentales y la otra en las Orientales.

El vaquero se quedó estupefacto:

-¿Existe un buey tan grande?

El hijo de Verdad simuló un gran enfado y llevó al vaquero principal y a Mentira al tribunal para ser juzgados por la Enéada por el robo de su buey. Mentira exclamó:

-¡Vaya tontería! ¡Nadie ha visto jamás un buey de las dimensiones que estás diciendo!

-Tampoco nadie ha podido jamás ver una daga de las medidas del pozo de ventilación de una tumba –dijo el hijo de Verdad-, con todo el cobre del monte Jal en la hoja, toda la madera de Koptos en el mango y toda la piel de las bestias de Kal en su cinto.

Mentira se volvió amarillo al oír las palabras que acababa de pronunciar el chico ante la Enéada.

-Volved a juzgar a Verdad y Mentira. ¿Cómo podéis condenar a Verdad basándoos en esta historia? Yo soy su hijo y estoy ante vosotros para defender su inocencia.

Mentira continuó afirmando que todo cuanto había estado explicando hasta el momento era cierto.

-Y si Verdad está vivo y puede venir a negarlo, entonces me confesaré culpable de lo que dice el joven. Luego podréis arrancarme los ojos y convertirme en su portero.

Mentira estaba convencido de que su hermano había muerto, pero el joven dijo:

-Tú mismo te has juzgado. Venid conmigo.

Entonces llevó a la Enéada a casa de su madre y les mostró a su padre. Después de oír su historia, ordenaron que sacaran los ojos a Mentira y desde ese día Verdad y su hijo vivieron juntos y felices y Mentira les hizo de portero.

 

Etiquetas de Technorati: ,

miércoles, 10 de marzo de 2010

MARGOT LA HECHICERA

mischief Margot era una hechicera frustrada, desde pequeña había intentado seguir el camino de su abuela sin resultados. Tenía el nombre y el don, también el conocimiento.

El único inconveniente era haber nacido justo, justo, en una época en que nadie solicitaba la labor de las hechiceras y lo que es peor: nadie recordaba quienes eran. ¡Ni siquiera sabían que existían!.

Todo estaba calculado, predicho y premeditado Para los partos parteras, para las penas alcohol, a nadie le importaban los vaticinios, convencidos como estaban, de que todo continuaría tal y como se había previsto.

¿Cómo curar con hierbas cuando ni siquiera un yuyo atrevido puede nacer sin permiso?.

Las plantas de hierbas, así como las flores y los frutos eran inexistentes, salvo en la reserva de la “Gran sociedad protectora de la antigua Naturaleza”, y la misma estaba por cierto estrictamente cerrada a todo aquel que no fuese personal científico, y específicamente, investigador nombrado para el estudio de los antiguos métodos de crecimiento natural, por los directores del departamento de “Planificación de puestos humanos”. Margot lejos estaba de ser científica y menos de tener acceso siquiera a la posibilidad de serlo.

Al nacer cada uno era destinado a una tarea de por vida, tarea que determinaba a su vez su lugar de residencia y las condiciones que rodearían su vida.

A los padres se les entregaba el programa vital que contenía la tarea consignada al recién nacido. Las recomendaciones básicas de crianza obligatoria, lo apropiado e inapropiado para el crío, el listado de amistades futuras y la ficha con datos de la pareja adecuada, donde figuraba hasta la fecha en que los susodichos debían conocerse.

En pos del orden nada faltaba en el programa. Los padres aliviados de tener que ocuparse del destino del tierno infante se limitaban a asegurarse del cumplimiento del programa.

Cuando nació Margot comenzaron, sin embargo, los problemas.

Por algún motivo inexplicable la máquina encargada de programarle la vida había sufrido un colapso. —Informe genético: Aptitud para la MAGIA— dicen que fue lo último que emitió. Según los especialistas la palabra Magia no se encontraba en el programa, posiblemente por que era anticientífica, imprevisible y nada lógica. Ese fue el motivo del descalabro de la pobre máquina y el comienzo de la confusión.

Lo cierto es que nadie hallaba remedio y por más intentos que se realizaron, ninguna máquina pudo hallarle profesión, amigos afines y mucho menos pareja a Margot.

Motivo por el cuál la entrega del programa se fue retrasando y sus padres desconcertados decidieron llamar a la abuela Margarita para que les ayudara.

La abuela que había nacido mucho antes de la Reforma cultural conservaba la habilidad espontánea para criar, que alguna vez habían poseído; según se decía; los seres humanos. Por lo que se decidió que se llevaría a la pequeña hasta que llegasen nuevas instrucciones, decisión que alivió profundamente a los decepcionados padres.

Fue así como Margarita crió a Margot a su antojo. Bueno casi a su antojo, dadas las limitaciones artificiales impuestas por la Reforma, que alteraban en mucho las costumbres conocidas por la anciana, y le exigían descubrir soluciones nuevas a cada paso.

A pesar de ello, Margarita feliz con esta inesperada oportunidad de revivir libremente un vínculo sin programación, se entregó a sus deseos y recuperó la olvidada espontaneidad que tan natural le había resultado en su juventud.

En reemplazo de los hermosos paseos por campos y bosques que de niña realizaba con su madre, Margarita llevó a Margot a pasear por páginas gastadas de libros que mantenía ocultos en un antiguo arcón. Allí en frascos de todos los tamaños aún quedaban restos de hierbas naturales y semillas, de las más diversas especies que conservaban aunque empalidecidos, su aroma y sabor.

Margot aprendió los nombres y a reconocerles la forma, la utilidad, las justas proporciones de cada combinación y hasta supo separar la hierba mala de la que sana.

Descubrió en los cuentos vívidos de la abuela, un mundo de aromas, colores y sensaciones, de cambios inesperados y sorpresas imprevisibles.

Conoció la historia contada por la memoria prodigiosa de la abuela, que en nada concordaba con la oficial y supo la causa real de la existencia de las grandes cúpulas, dentro de las cuales se hallaban las ciudades. ¡Un pasado en el que la vida no había sido por cierto nada aséptica!

Aprendió también a mirar dentro de los ojos para hallar las almas, a salir del cuerpo y vagar invisible sin pedir permiso a nadie ya que nadie podía verla.

En algo concordaban la abuela y los demás: afuera de la cúpula todo era radiación y espanto. Sin embargo..., murmuraba la abuela sin terminar nunca la frase a pesar de los ruegos de Margot.

Conoció las costumbres y leyendas de otros tiempos, dibujó una y otra vez símbolos eternos, pintó un sol que nunca había visto y al lado una luna redonda y poderosa que era según su abuela, la Madre de las hechiceras y Diosa de mujeres. Aprendió a cantar canciones sin tiempo y a leer unos naipes que contaban cuentos.

Pasó el tiempo y los programadores parecieron olvidar el caso Margot. No hubo para ella escuela, ni amigos, ni novio y mucho menos marido.

Al morir su abuela no teniendo que hacer ni donde ir, se quedó en la casa repasando los libros y jugando con los mágicos naipes.

¿De que sirve ser una hechicera si no puedo hacer hechicería?— se preguntaba día tras día

Pasó el tiempo y un buen día aburrida de permanecer encerrada tuvo una idea. En el rincón más luminoso del comedor, en una maceta vieja y cascada sobrevivía un hermoso Ginko, único compañero de vida de Margot. Lo envolvió en su piloto, lo sujetó fuerte a su espalda junto a una mochila cargada con lo indispensable y antes de marcharse de la casa se despidió de todo y, en un último gesto impulsivo, tomó los libros y los naipes.

En medio de la noche silenciosa marchó hacia la salida. Nadie cuidaba la pequeña puerta que unía el afuera tenebroso con la seguridad de la cúpula. ¿Quién sería tan tonto como para atreverse a salir al peligro por gusto propio?

— Nada puedo perder, si he de morir un día tal como es nuestro sino, lo mismo da hoy que otro — se dijo a sí misma y afirmando el paso atravesó la puerta que se cerró silenciosa a sus espaldas sellando para siempre su destino de autodesterrada.

La recibió un desierto tan vasto que parecía infinito, cubierto por un cielo mucho más negro que la oscuridad que conocía. Caminó siguiendo la dirección que eligieron sus pies. — En lo desconocido cualquier rumbo es igual— se afirmó a sí misma para expulsar de una vez y para siempre al miedo.

Nada cambiaba a medida que avanzaba. No se desanimó, continuó y continúo hasta que el cansancio la invitó a sentarse y dormitar. Durante lo que supuso días caminó y descansó, manteniendo, según creía, la dirección elegida. Algo le atraía, no tenia modo de explicarlo, no sabía donde estaba ni qué era, pero más avanzaba, más lo sentía.

Un buen día,(día es un modo de decir en la pura noche), vislumbró el reflejo de una tenue luminosidad. Se acercó temerosa y ansiosa hasta alcanzar a ver un bote del que pendía un farol

— ¿Quien está allí? —gritó.

Ninguna respuesta. Esperó para descubrir si alguien regresaba. Nada.

Pasó el tiempo y cansada de la espera decidió subir al bote. — Si alguien regresa lo mismo es que me encuentre dentro que fuera — pensó. Acomodada en el bote con su Ginko firmemente amarrado a su cintura, se fue durmiendo.

Le encandiló una luz tan sorpresiva como desconocida. Abrió los ojos bruscamente y varias veces tuvo que parpadear, hasta aceptar que un fuego rojo nacía frente a ella en el lejano horizonte. Pasmada de sorpresa quedó con la vista fija en el rojo disco de fuego que subió a lo alto del cielo y mutó al naranja, al rosa, al amarillo, llenando de luz todo alrededor. Sintió el suave mecerse del bote y por primera vez miró debajo. Un espejo cristalino la sostenía, ondulando sereno al vaivén del bote.

Impulsivamente llevó su mano allí, intentando acariciar su reflejo y se sorprendió de su humedad y transparencia. La imagen se quebró en mil fragmentos, levantó la mano asustada y vio gotas cristalinas deslizarse por sus dedos. Los acercó curiosa a su boca y bebió de ellos. No tenia sabor alguno, ¡sólo refrescaba!

— ¡Esta ha de ser el agua de la que hablaba la abuela! — Divertida, bebió a grandes tragos, riendo de placer frente a un sabor tan distinto a todo lo conocido. Dio de beber al Ginko.

— No sé qué es, pero me agrada. Si es algo malo moriré y nadie cuidará de ti, lo mismo da que te dé o no de beber.

El bote encalló en una orilla rocosa tras la que una amplia llanura dorada la tentaba a descender. Pisó despacio el suelo brillante, disfrutando al ver sus pies hundirse en él.

Sujetó un puñado de esa tierra fina como cristales de miel y la acarició mirando como se le escurría entre los dedos. Rodó por ella, jugó hasta hartarse y luego recorrió los alrededores en busca de algo o alguien a quien preguntar dónde estaba.

Encontró algo verde y alzando los ojos descubrió más verde naciendo salvajemente. Destacando en el verde había azules, rojos, amarillos, naranjas, frutos jugosos que saciaron su hambre, flores perfumadas que le embargaron el alma de una alegría jamás sentida.

Algo atrajo su atención: una criatura pequeña de cuerpo largo y alas transparente que agitaba el aire en una danza hermosa. Sintió patitas en sus pies y miró asustada descubriendo otro insecto nunca antes visto, que ascendía a paso tranquilo por su pierna desnuda. Aquí y allí, en desorden azaroso, restos de tantas cosas desconocidas amontonadas, parecían aguardar su inspección...

Se le ocurrió que dado que ninguna otra persona parecía habitar en las cercanías ni en las lejanías, bien podía usar lo que tenia a mano para construirse un sitio donde estar. Primero como acto de fundación decidió plantar al Ginko, ¡también él merecía cambiar de hogar! Lo trasplantó con cuidado buscando el mejor sitio, cerca del agua y el sol, pero no tanto como para que de exceso de novedad el pobre desfalleciera.

— Bien he aquí nuestro nuevo hogar — le dijo una vez concluida la tarea.

Construyó una choza redonda como el sol que la alumbraba. Una puerta que alguna vez había pertenecido a algún vehículo, le sirvió de entrada. Un tronco carcomido le hizo de repisa y dos cubos, cuyo anterior destino ignoraba, le hicieron de bancos.

Sola y sin vigilancia decidió probar su magia. Invocó primero a los poderes antiguos, pidiéndoles que le ayudaran a recuperar la vida de las semillas que guardaba en sus frascos, y, segura de ser escuchada, las plantó llena de amor y esperanza en prolijas hileras separadas. Cada día les trajo agua para que bebieran e hizo canaletas para el riego.

Invocó luego al espíritu del agua para que librara a la tierra de sus tóxicos y al de la tierra para que le ayudara en su tarea.

Llamó al viento por todos sus nombres sagrados y le pidió que invitara a los pájaros para que cantaran sus dulces trinos y rompieran el silencio que desde hacia tanto la embargaba.

Transcurrió mucho tiempo, Margot se transformó a la par del paisaje.

Crecían hierbas y flores como arrugas en su piel. Los callos de sus manos tenían la profundidad de la tierra arada y su risa cantaba en el coro de trinos recibiendo al sol cada mañana. El Ginko majestuoso crecía y daba hijos y el azul del agua reflejaba los tonos del cielo. El aire con sus vientos barría olores viejos y llenaba de aromas nuevos, todo a su paso.

Una tarde, al caer el sol, vio por primera vez nacer las estrellas y supo en entendimiento mudo que la vida retornaba en la tierra y un nuevo ciclo comenzaba.

Desplegó sus naipes sobre la arena y les miró sentada en medio. Una luz desconocida, desde el cielo, descendió blanca y majestuosa a dibujar un círculo alrededor del suyo y un silencio profundo despertó una voz en su alma.

Eternidades de hechiceras se unieron en su canto y del sonido surgió una fuerza desconocida que cubrió todo y lo penetró.

Sumida en la melodía se sintió amada y amó, su amor ilimitado se desparramó en los naipes y ellos comenzaron a vibrar hasta transformarse tanto, que las figuras cobraron vida y saliendo de sí mismas como un suspiro emprendieron su viaje por el espacio en todas direcciones.

Un coro de voces tronó desde todos los sitios — ¡Gracias Margot! — y Margot supo que al fin era una hechicera completa.

Sonrió feliz como nunca había sido. Los naipes desaparecieron todos menos uno, en él se dibujo el rostro sonriente de Margarita invitándola a seguirla. En su falda los antiguos libros yacían a la espera de ser leídos. Margot dijo en un dulce susurro: — Sin embargo... sin embargo, querida abuela, la vida nunca permanece quieta.

— No, mientras permanezca vivo nuestro misterio de hechiceras — respondió la anciana tendiéndole la mano.

El Ginko erguido y majestuoso agitó sus hojas despidiendo a Margot que ahora le sonreía desde un naipe escondido en el hueco de su tronco nudoso, a la espera de la próxima hechicera.

© Ana Cuevas Unamuno- 2000