lunes, 31 de mayo de 2010

“A UN OLMO SECO"

Este poema lo encuentran en muchos sitios, pero hoy quería re-escucharlo, releerlo y compartirlo

Algo sobre lo que motivo a Antonio Machado a escribir este poema

 

Es Mayo de 1912, y han pasado ya varios meses desde la vuelta de Antonio y Leonor a Soria, desde París, desde París, de donde han traído la enfermedad de la hemoptisis[1] como acompañante. Han luchado con todas sus fuerzas para curar el terrible mal, alquilando una casita en el paseo del Mirón para buscar el aire puro de Soria, como antídoto fundamental. Pero nada mejora la situación de la enferma, ni siquiera el mayor de los afectos que le dedica en cada minuto Antonio Machado.

Un día pensando en esto el poeta se para a observar, seguramente en el paseo de San Saturio, un olmo centenario que está afectado por la enfermedad de la grafiosis[2] y que acabará indudablemente con su vida.

Esto le sirve de inspiración al poeta para crear el bellísimo poema "A un olmo seco", en el que encuentra un paralelo con la lamentable situación de su mujer, Leonor Izquierdo.

A UN OLMO SECO- Antonio Machado

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas en alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

Antonio Machado, 4 de mayo de 1912- Campos de Castilla (1907-1917)


[1] La hemoptisis es una de las manifestaciones más alarmantes de las enfermedades broncopulmonares. Si bien la mayoría de las ocasiones son episodios autolimitados, pueden llegar a poner en peligro la vida del paciente. Se entiende por hemoptisis en general la expulsión de sangre por la boca mediante la tos. Este mecanismo de expulsión indica que la sangre proviene del árbol traqueobronquial. (En realidad Leonor murió de Tuberculosis)

[2] La grafiosis del olmo es una enfermedad agresiva de los olmos americanos. El hongo que causa esta enfermedad se pasa de árbol a árbol por medio de los escarabajos de la corteza. A manera que los escarabajos perforan sus túneles para depositar sus huevos, el hongo entra en los sistemas de conducción de agua. Una vez dentro del árbol, los hongos empiezan a taponar el sistema vascular. Como consecuencia de esto, las hojas se marchitan y el árbol afectado muere en tan solo unos meses o un año.

 

viernes, 28 de mayo de 2010

Historia antigua

       Un cuento de Fresán Rodrigo - (Argentina)

 

Los sitios que hemos conocido no pertenecen

tampoco a ese mundo del espacio

donde los situamos para mayor facilidad.

Marcel Proust

 

Hace años que el hombre se casó y hace años que el hombre es infeliz en su matrimonio. El hombre vive en Buenos Aires y pasa el tiempo, o intenta que el tiempo pase, pensando en el Imperio Azteca. El hombre está obsesionado por el Imperio Azteca desde que su maestra, hace tanto, tanto tiempo, le explicó todo sobre el tema. El hombre llega a la conclusión de que es más fácil salvar el Imperio Azteca que salvar su matrimonio, y entonces decide salvar el Imperio Azteca. El hombre se sienta en su sillón favorito frente a una ventana desde donde puede ver la jaula de los leones en el zoológico de enfrente, se queda dormido y se despierta en medio de una jungla, en la península de Yucatán. El hombre ha retrocedido en el tiempo y no tarda en encontrarse con un azteca que le señala el camino a Tenochtitlán después de caer de rodillas. El hombre descubre que habla azteca bastante bien y que su barba rubia lo hace parecido a Quetzalcoatl, el dios

que los aztecas vienen esperando desde hace siglos. El hombre descubre que ha llegado a México diez años antes que Cortés. Entonces se le ocurre la manera de salvar el Imperio Azteca. El hombre se hace amigo de Moctezuma, le enseña español, le hace memorizar la genealogía real española y le explica que, cuando llegue Cortés, diga que es católico y que se han abolido los sacrificios humanos públicos. Moctezuma se muestra de acuerdo. Cuando Cortés desembarca en las playas de México, el emperador de los aztecas le pregunta en perfecto español cómo anda la Reina y elogia la galanura de los caballos manchegos que el conquistador ha traído del otro lado del océano. Cortés se enfurece, quema sus naves y destruye el Imperio Azteca. El hombre comprende que no se puede cambiar el pasado, vuelve a su época, se divorcia y el resto es historia, historia antigua.

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miércoles, 26 de mayo de 2010

La noche de los feos

     Un cuento del escritor Uruguayo Mario Benedetti

 

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia. Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos llenos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos el infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendedura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero continuas. Ella no podía mirarme, pero yo, aún en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca, bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro, y a veces para Dios.

También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltaba media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en si mismas un espectáculo mayor, poco menos que coordinado, algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de bien parecidos con quienes merece compartiese el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

»¿Qué esta pensando?«, pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

»Un lugar común«, dijo. »Tal para cual«.

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

»Usted se siente excluida del mundo ¿verdad?«

»Sí«, dijo, todavía mirándome.

»Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida«.

»Si«Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad ¿sabe? de que usted y yo lleguemos a algo«.

»¿Algo como qué?«

»Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad«.

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

»Prométame no tomarme por un chiflado«.

»Prometo«.

»La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende? »

»No«.

»Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?

Se sonrojó, y la hendedura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

»Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca«.

Levantó la cabeza y ahora si me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

»Vamos«, dijo.

No solo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarle) aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad, mis dedos (al principio un poco

temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llenó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba, de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

martes, 25 de mayo de 2010

La Atlántida

         Esta historia me la compartió una amiga y como bien dice ella refleja tanto lo que vivimos día a día, que no pude menos que compartirla con todos    

LA ATLÁNTIDA  Una historia de Juan Rodolfo Wilcock

Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual reelevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: "Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes".

Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: "Valor, excelencia, lo peor ya pasó".

 

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lunes, 24 de mayo de 2010

EL ESPEJO MÁGICO

Nada la satisfacía. Revolvía casi con fruición entre los viejos trastos del anticuario, casi todos ya los conocía. Quería algo nuevo, algo original que le quitase el malhumor.

Hay mujeres que compran ropa, o van a la peluquería, o se satisfacen tomando el té con amigas, pero Marina, cuando estaba decepcionada, malhumorada o simplemente fastidiada, se consolaba buscando antiguos objetos extraños que nunca servían para nada. Esa inutilidad era lo que la aliviaba.

Estaba por irse cuando un cartel atrajo su atención: -“Espejo mágico”- Se acercó con una sonrisa burlona en la boca.

—¿Mágico, eh?— exclamó al aire

—Viene de oriente y tiene cerca de mil años o más — comentó el tendero acercándose.

—¡Vamos!— río Marina al tiempo que lo tomaba en la mano.

Sin querer se miró en el espejo. La mujer que la observaba del otro lado no podía ser ella. Arrugada, con la mirada triste, y esa curva contenida en los labios... No. Ella era joven, vital, llena de sueños que aún no había cumplido. La otra, la del espejo, tampoco los había cumplido, peor, los había olvidado.

—Fíjese — dijo el tendero parado a su lado

No quería ver más, pero miró. Un escalofrío la recorrió. No eran sus ojos mirándose, era la otra quien la miraba como si pretendiese atraparla. Había furia en esos ojos, furia y lágrimas. Lágrimas que lentamente, como a desgano, resbalaban por las mejillas incoloras y surcadas. En un gesto mecánico Marina se pasó la mano por la mejilla cerciorándose, estaban secas, no eran suyas las lágrimas de esa mujer. Ella no lloraba. Nunca lloraba. La mujer se hundía en su llanto y en su hondura la ahogaba. Marina boqueó en busca de aire y bruscamente soltó el espejo.

—¡No es mágico, es maldito!— gimió

—¿Maldito?. No. ¡Es mágico!— replicó el tendero tomándolo en su mano — Mire — dijo y Marina vio a un hombre de edad indefinida riendo con una satisfacción que ella desconocía. Lo miró mejor. Los ojos parecían los del viejo, quizás la forma de la boca... tenía un aire...

—¡Es un truco!. ¡Un maldito truco!— chilló enfrentando furiosa al tendero —¡Ese no es usted, ni esa soy yo!—

—¿No?

—¡No! —Las manos le temblaban, el cuerpo le temblaba, la boca le temblaba, ante la risa cantarina y jovial del anciano.

¿En que momento el temblor se hizo lágrima?. ¿En que momento la lágrima llanto y el llanto inmensidad, y la inmensidad abismo y el abismo desmayo?

La mujer alzó el espejo y se miró. Una dulce sonrisa asomó en sus labios al despedirse de la otra que parecía aturdida dentro del espejo.

—¡Gracias!— dijo

—Es la magia— contestó el tendero.

                                            

                                                               © ANA CUEVAS UNAMUNO- 2000

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domingo, 23 de mayo de 2010

La Cita - Leo Masliah

 

Un hombre sentado solo en la mesa de un bar junto a una ventana que está abierta, una muchacha viene caminando por la calle, la muchacha pasa junto a la ventana el hombre le dice:

- ¡MIJITA!

Ella mira al autor del comentario y le pregunta:

- ¿A mí me hablas?

El hombre enrojece y contesta:

- Sí, pero le pido disculpas.

Ella dice:

- ¿Puedo pasar?

El contesta que sí, mientras se lleva la mano al bolsillo del saco y examina el escaso contenido de su billetera.

Ella dice:

- No te hagas problema, pienso pagar lo que consuma.

La muchacha vista desde la calle franquea la puerta del bar mientras dice “hola”, retira un poco de la mesa la silla en la que se va a sentar para poder hacerlo, se trata la silla opuesta a la del hombre respecto de la mesa. El hombre enciende nerviosamente un cigarrillo y luego extiende la cajetilla a la mujer diciendo:

-Perdona, no te ofrecí

- No... Y luego agrega: - así que te gusto

El contesta:

-Si claro, pero no sé, en fin...

Se miran en silencio, el hombre dice:

-No te ofendas, pero me gustaría saber ante todo si te sentaste conmigo por razones de trabajo

La muchacha lo acaricia y le dice:

-No bobo estoy acá porque me enamoré de ti

Se acercan las caras de ambos y luego se besan, luego la muchacha dice:

- ¡huy me tengo que ir!

-Espera, ¿cuándo nos podemos ver?

- Cuanto antes espero

- Bueno nos encontramos a las ocho en Sarmiento y Abel Jimenez

- La hora me viene bien, pero no sé cuál es Abel Jimenez

- Es la segunda después de Mulligan

- ¿Mulligan? no la conozco, mejor nos vemos en el bar de uruguay y Trostki

- ¿Uruguay y qué?

- Trostky

- ¿Qué calle es esa? ¿Qué nombre tenía antes?

- No sé, yo siempre la conocí por Trostki

- Dime, no te vendría bien en Sandokán y Paraguay, yo siempre paro ahí

- Mira Paraguay la conozco, pero Sandokán no

- Bueno, ¿dónde quieres que nos encontremos?

- Acá

- Imposible, a esa hora este local está tan lleno que no entra un alfiler

- Bueno, te voy a dar la dirección de mi casa, creo que va a ser lo mejor

El hombre anota mientras la muchacha le dice “Moneda con Alameda”

Moneda con la Alameda no se cruzan dice él, levantando el papel

- Me vas a decir a mí, yo vivo ahí

- Sé perfectamente que no se cruzan toda la vida trabajé por esa zona

- Si te parece que no se cruzan, entonces no vengas

- Claro que no voy a ir, no me gustan las bromas pesadas

- Eres un imbécil, si te digo que vivo ahí, es porque vivo ahí

- Mira no sigas con esa porque no me vas a poder engañar.Eres una estúpida.

- Pero nunca vi un tipo más tarado, la habríamos pasado recontra bien esta noche en mi casa

- Andate un poquito a la mierda

- La puta que te parió

El hombre se levanta iracundo y vuelca todo lo que hay en la mesa sobre la falda de la muchacha gritando:

-¡No te metas con mi madre!

Atras el mozo del bar llama la atención de un agente de policía sobre lo que está ocurriendo mientras se desarrollan una escena de pugilato entre el hombre y la muchacha. El policía se acerca gritando:

- ¡Alto, alto!

Luego se lleva a los contendientes a una comisaría. Más tarde el hombre está durmiendo en una celda. Un policía le abre la puerta diciendo:

- Despiértese Gómez

- Eh - contesta incorporándose un poco

- Puede irse - Y lo conduce a una habitación en la que hay otro policía que le dice:

- Aquí están sus pertenencias - señalando una cosas que están sobre un escritorio. Gomez toma posesión de ellas y dice:

- Quisiera hacerles una pregunta, podrían darme la dirección de esa mujer que vino acá conmigo.

- ¡No señor! - contesta enojado el segundo de los policías - le prohibo que vuelva a ver a esa mujer, si no se lleva bien con ella déjela tranquila y se acabó, ¿está claro?.

- Sí - responde Gómez y se va.

(Transcripción realizada de una presentación en vivo realizada en el Café del Cerro, Santiago de Chile, 1988)

Pequeña biografía:

Leo Maslíah (Montevideo, 26 de julio de 1954), humorista, músico y escritor uruguayo. Cuenta con más de 40 discos editados en Uruguay, Argentina y Chile; casi tantos libros y más de 10 obras de teatro estrenadas. Su trabajo, tanto lo musical como lo literario, suele ir acompañado con un estilo humorístico muy característico en el cual recurre a muchísimos recursos: el juego de palabras, la ironía y el absurdo. Sus obras atraviesan distintos géneros musicales en tanto el folclore, clásico, rock, blues, tango, entre otros.

PÁGINA OFICIAL DE LEO MASLIAH

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sábado, 22 de mayo de 2010

CROQUIS EN LA ARENA

La mañana se pasea en la playa empolvada de sol.

Brazos.

Piernas amputadas.

Cuerpos que se reintegran. Cabezas flotantes de caucho.

Al tornearles los cuerpos a las bañistas, las olas alargan sus virutas sobre el aserrín de la playa.

¡Todo es oro y azul!

La sombra de los toldos. Los ojos de las chicas que se inyectan novelas y horizontes. Mi alegría, de zapatos de goma, que me hace rebotar sobre la arena.

Por ochenta centavos, los fotógrafos venden los cuerpos de las mujeres que se bañan.

Hay quioscos que explotan la dramaticidad de la rompiente. Sirvientas cluecas. Sifones irascibles, con extracto de mar. Rocas con pechos algosos de marinero y corazones pintados de

esgrimista. Bandadas de gaviotas, que fingen el vuelo destrozado

de un pedazo blanco de papel.

¡Y ante todo está el mar!

¡El mar!... ritmo de divagaciones. ¡El mar! con su baba y con su epilepsia.

¡El mar!... hasta gritar

¡basta!

como en el circo.

Mar del Plata, octubre, 1920.

viernes, 21 de mayo de 2010

LAS TRES HORMIGAS Y OTROS CUENTOS

Les comparto algunos cuentos entre tantos bellos de Gibrán Khalil Gibrán DE SU LIBRO “EL LOCO”  escrito en (1918)

LAS TRES HORMIGAS

Tres hormigas se encontraron en la nariz de un hombre que estaba tendido, durmiendo al sol. Y después de saludarse cada hormiga a la manera y usanza de su propia tribu, se detuvieron allí, a conversar.

-Estas colinas y estas llanuras -dijo la primera hormiga- son las más áridas que he visto en mi vida; he buscado todo el día algún grano, y no he encontrado nada.

-Yo tampoco he encontrado nada -comentó la segunda hormiga- aunque he visitado todos los escondrijos. Esta es, supongo, la que llama mi gente la blanda tierra móvil donde no crece nada.

-Amigas mías -dijo la tercera hormiga, alzando la cabeza-, estamos paradas ahora en la nariz de la Suprema Hormiga, la poderosa e infinita Hormiga, cuyo cuerpo es tan grande que no podemos verlo, cuya sombra es tan vasta que no podemos abarcar, cuya voz es tan potente que no podemos oírla; y esta Hormiga es omnipresente.

Al terminar la tercera hormiga de decir esto, las otras dos se miraron, y rieron.

En ese momento el hombre se movió, y en su sueño alzó la mano para rascarse la nariz, y aplastó a las tres hormigas.

 

LOS DOS ERUDITOS

Vivían en la antigua ciudad de Aflcar dos eruditos que odiaban y despreciaban cada uno el saber del otro: Porque uno de ellos negaba que los dioses existieran, y el otro era creyente.

Un día ambos se encontraron en el mercado, y en medio de sus partidarios empezaron a discutir acerca de la existencia o de la no existencia de los dioses. Y separáronse tras horas de acalorada disputa.

Aquella noche, el incrédulo fue al templo y se postró ante el altar, y pidió a los dioses que le perdonaran su antigua impiedad.

Y a la misma hora, el otro erudito, el que había defendido la existencia de los dioses, quemó todos sus libros sagrados, pues se había convertido en incrédulo.

 

jueves, 20 de mayo de 2010

El accidente de Recienvenido- Macedonio Fernandez

 

-Me di contra la vereda.

-¿En defensa propia? -indagó el agente.

-No, en ofensa propia: yo mismo me he descargado la vereda en la frente.

-La comisa de la vereda -apuntó un reportero- le cayó sobre el rostro a nivel de la tercera circunvolución izquierda, asiento de la palabra...

-Y del periodismo -insinuó el accidentado.

-Que ha recobrado en este momento. -Y sigue redactando el periodista: -El artesonado de la acera...

-No se culpe a nadie, propongo... -No, eso es para suicidarse.

-De mi pronta mejoría, quería decir. Ruego al señor reportero que figure algo en la noticia de "decúbito dorsal".

-No hay necesidad: los operarios tipógrafos lo ponen siempre. O si no, ponen: "base del cráneo".

-¿Se me dirá si me puedo levantar sin deslucir la noticia de un suicidio?

-¿Iban mal sus negocios?

-Nada de eso: la única dificultad ha sido el cordón de la vereda. -¿Puedo anotar oposición de familia a su noviazgo?

Otro insiste en que había mediado agresión y le ruega aclare si se interponía "un viejo resentimiento".

-Alguien, un desconocido desde mucho tiempo atrás para usted, avanzó resueltamente y desenfundando un cordón de la vereda Colt­Browing se lo disparó.

En fin, Recienvenido empieza a sulfurarse y los increpa:

-¡Yo estaba aquí antes que ustedes y mis informes son más antici­pados! Voy a darles un resumen publicable:

"Yo caí. fui derribado por el golpe de la orilla de la vereda; sin embargo, no necesitaba ya serlo, pues mi cabeza salió a recibir el golpe yéndose al suelo.

"Caí; fue en ese momento que me encontré en el suelo. Ninguna persona había.

-¡Estaba yo! -Y yo.

-Y yo --dicen los reporteros.

-Muy bien. No imaginando que hubieran tantas personas en torno mío que me precisaran, invertí unos minutos de desmayo en estarme

quieto sin apresuramiento. Cuando desperté, me supuse o que había recibido parte de la vereda en la cabeza, o que había leído algún capítulo de Literatura Obligatoria del Mío Cid o el Cielo del Dante. Rodeado, en las cuatro direcciones de la instrucción pública, N. S. E. y O., por infinitas personas en número de setenta que habían abandonado importantes negocios para formarme un cinturón zoológico suburbano, se llamó a la Asistencia Pública para que me trajera un vaso de agua que nunca llegó. -Retardo de la Asistencia Pública -anota un cronista.

-Algo de delirio -otro.

-¿Me permiten? -siguió Recienvenido-. No obstante la falta de horario, el accidente es la única cosa que yo nunca he visto desperdiciar; el agua caliente, el fuego, desperdiciamos con frecuencia, pero siempre alrededor de aquél he visto a muchas personas que están juntando al accidentado, rodeándolo para que no se filtre y desparrame, formando un círculo tan perfecto como perfecto es el centro de él formado por la persona más o menos completa en el momento que ha tomado el papel de accidentado.

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El pollito que se hizo rey

             Cuento Tradicional Africano

Érase un pollito muy chiquitito a quien no gustaba ni pizca la miel.

Vino al mundo siendo ya huérfano, y dijo:

- ¡Mi padre ha muerto de hambre, y el rey le debía un grano de maíz!

Descolgó el zurrón de su difunto padre y, anda que te anda, partió a cobrar aquella deuda.

Apenas había andado media docena de pasos, cuando encontró en el camino un palo que le hizo tropezar y caer.

El Pollito se levantó y dijo:

- ¡Ah! Palo, ¿aquí estás tú?. No te había visto.

- ¿Adónde vas? - le preguntó el Palo.

- Voy - contestó - a cobrar un crédito de mi difunto padre.

- Vamos juntos - dijo el Palo.

El Pollito cogió al Palo y se lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontróse con un gato que, al verle, exclamó:

- ¡Ah, qué bocado más tierno!

- No - replicó el Pollito; - yo no valgo la pena.

- ¿Y adónde vas? - preguntó el Gato.

- Voy a cobrar un crédito de mi padre.

- Pues vamos allá juntos - dijo el Gato; - tal vez encuentre allí algo bueno que comer.

El Pollito cogió al Gato y lo metió en el zurrón.

Y encontró a una hiena que le preguntó:

- ¿Adónde vas con el zurrón?

- Voy a cobrar un crédito de mi padre - explicó el Pollito.

- Vamos allá juntos - dijo la Hiena.

El Pollito cogió a la Hiena y la metió en el zurrón.

Anda que te anda encontró a un león.

- ¿Adónde vas?

- A cobrar un crédito de mi difunto padre.

- Vamos allá juntos - dijo el León.

El pollito cogió al melenudo animal y lo metió en el zurrón.

Encontró a un elefante que estaba hartándose de plátanos.

El Elefante le preguntó cordialmente:

- ¿Adónde vas, Pollito?

- A cobrar un crédito de mi difunto padre.

- Pues, entonces, vamos juntos - dijo el paquidermo.

El Pollito cogió al Elefante y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontró a un guerrero, que le preguntó:

- ¿Adónde vas con ese zurrón tan repleto?

- Voy a cobrar una deuda.

- ¿A casa de quién? - preguntó el Guerrero.

- Al palacio del rey - contestó el Pollito.

- Vamos juntos allá - dijo el Guerrero.

El Pollito lo cogió y lo metió en el zurrón.

Por fin llegó a la ciudad donde vivía el rey.

La gente corrió a anunciar al soberano que el Pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de su difunto padre.

- Haced hervir un caldero de agua y tirádsela hirviendo; así ese insolente polluelo morirá y no tendremos que pagar la deuda.

La hija del monarca se puso a gritar:

- Yo le tiraré el agua hirviendo.

Al verla venir, el Pollito le dijo al Palo:

- ¡Palo, ahora es la tuya!

El Palo hizo tropezar y caer a la hija del rey. El agua hirviente se derramó y la hija del rey quedó escaldada.

La gente de la ciudad dijo entonces:

- Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas, que lo matarán a picotazos.

Pero el Pollito sacó al Gato del zurrón y le dijo:

- ¡Te devuelvo la libertad!

El Gato mató a todos las gallinas, cogió la más gorda y se escapó con su botín.

La gente dijo entonces:

- ¡Que lo encierren en el corral con las cabras; allí lo pisotearán!

El Pollito dijo entonces:

- ¡Hiena, ya eres libre!

La Hiena mató a todas las cabras, escogió la más gorda y se escapó.

La gente dijo entonces:

- ¡Que lo encierren en el corral de los bueyes!

Y allí le metieron.

Pero el Pollito dijo:

- ¡León, ahora es la tuya!

El León salió del zurrón, degolló a los bueyes, escogió el más gordo y lo devoró en un santiamén.

Todo el pueblo estaba furioso y decía:

- ¡Este polluelo es un desvergonzado que no quiere morir! ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos lo pisotearán y matarán.

Lo encerraron. Pero el Pollito dijo:

- Buen amigo, compañero Elefante: sálvame la vida. Ahora es la tuya.

Y sacó al paquidermo del zurrón.

El Elefante miró a los camellos, los desafió y aplastó hasta el último.

La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo:

- Este insolente polluelo no morirá aquí; démosle lo que se debía a su padre y que se vaya. Lo atraparemos en el bosque, lo mataremos y recuperaremos su herencia.

El soberano ordenó abrir su real tesoro y se dio al Pollito el grano de maíz que se le debía.

Y el Pollito abandonó, con su tesoro, el pueblo.

Entonces, todo el mundo montó a caballo, hasta el mismo rey, y se lanzaron en pos del Pollito.

Pero el Pollito sacó al Guerrero del zurrón y le dijo:

- ¡Guerrero, he aquí llegada tu hora! ¡Demuestra que eres hombre de armas tomar!

El Guerrero hizo trizas a todos.

Y el Pollito volvió entonces a la ciudad del rey; se hizo el amo y se proclamó el soberano de aquel pueblo al que, en buena lid, había vencido.

 

martes, 18 de mayo de 2010

El birrete blanco - Anónimo islandés

          Un cierto muchacho y una chica, cuyos nombres este relato no ha conservado, vivían una vez cerca de una iglesia. El muchacho, que era bastante travieso y pícaro, tenía por hábito tratar de asustar a la chica de un sinfín de maneras, hasta que ella estuvo tan acostumbrada a sus trucos que ya no era capaz de asustarse por ninguna de las cosas que él hacía.

Un día húmedo, la chica fue enviada por su madre a buscar la ropa mojada que había sido puesta a secar en el patio de la iglesia. Cuando ella había llenado de ropa su canasta, estaba por volver cuando vio sentada, en una tumba cercana, una figura vestida de los pies a la cabeza de blanco, pero ella no se alarmó, creyendo que era otra jugarreta del muchacho. Así que ella corrió hacia la figura y golpeándole el birrete que llevaba, le dijo:

- Tú no me asustarás esta vez.

Entonces, cuando ella hubo terminado de recolectar la ropa seca, regresó al hogar. Pero, para su sorpresa, el muchacho fue la primera persona que la recibió cuando ella entró en la casa, siendo imposible que él hubiera llegado sin que ella lo hubiera visto.

Entre la ropa seca, sin embargo, cuando fue ordenada, ellos encontraron un birrete blanco, que no pertenecía a nadie de los ocupantes de la casa, y que estaba lleno de tierra.

La siguiente mañana el fantasma (ya que la niña había visto un fantasma) fue visto sentado sin el sombrero en su cabeza, sobre la misma tumba que el día anterior. Y como nadie tuvo el coraje de ir a ponerle el birrete, o sabía al menos cómo conjurarlo, la familia solicitó ayuda al vecindario.

Un viejo declaró que la única manera de evitar una calamidad general era que la niña volviera a poner en la cabeza del espectro el birrete que ella había tomado, en presencia de mucha gente, quienes guardarían perfecto silencio. Así que una multitud se congregó en la iglesia, y la chica al frente, un poco atemorizada, se atrevió a colocar el gorro en la cabeza del fantasma, diciéndole:

-¿Ya estás satisfecho?

Pero el fantasma, levantando las manos, le dio un terrible golpe, y dijo:

-Sí, pero ahora tú, ¿estás satisfecha?

La chica se cayó al piso, y en el mismo instante el fantasma se hundió en su sepulcro, el mismo en el que había estado sentado, para nunca más ser visto.

 

lunes, 17 de mayo de 2010

El engaño - María Teresa Andruetto

 

 

Hace muchos, muchísimos años, en un país de Oriente, un hombre pintó un cerezo.

Un cerezo en flor.

El cerezo era tan hermoso que el hombre dijo:”solo falta que aniden aquí los pájaros”. Y abrió de par en par la ventana de su casa.

Tibia sopló la brisa.

Y los pájaros entraron y fueron a vivir entre las ramas.

Pasaron los años y el hombre que había pintado el cerezo envejeció hasta morir.

El tiempo pasó también en la seda destiñendo los colores.

Cierto día los Mandarines descubrieron el cerezo y ordenaron restaurarlo.

Con delicados instrumentos los artesanos de aquel país de Oriente remarcaron las flores y las ramas.

Pero los pájaros ya no se engañaron.

 

Para saber más de esta escritora pueden ir a su página y disfrutarla como yo acá

También pueden saber sobre ella acá

 

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viernes, 14 de mayo de 2010

TERCER ENCUENTRO DE ESCRITORES- TARIJA 2010- Bolivia

Una vez más se llevará a cabo el Encuentro Internacional de Escritores en Tarija. Un espacio para compartir, debatir y generar entre aquellos que compartimos un mismo amor por la palabra.

Están invitados

3er encuentro de escritores

Para más información visiten el blog del encuentro, o vean acá lo que sucedió el año pasado.

También pueden leer algo más acá