martes, 29 de junio de 2010

PRINCESAS EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

 

                    Por Jousín Palafox*

*El autor es graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana. Correo electrónico: jousinpalafox@hotmail.com

Me gustan las mujeres que aun quieren ser princesas y se niegan a convertirse en sapos, porque mientras existan mujeres que todavía guarden modales de doncella, existiremos hombres que aun veremos importante el comportarnos como caballeros.

Amo a la mujer que no compite con los hombres, porque sabe que el hombre jamás será su rival sino un complemento de ella misma. Respeto a las mujeres que luchan por ser cada día más mujeres y en ningún sentido buscan parecerse a los hombres, pues muchas mujeres en su búsqueda de la llamada liberación femenina, han cometido el error de imitar al varón, pero en los aspectos más deprimentes de éste. Es quizá por esta equivocada conquista que se fajaron pantalones, se dieron el gusto o permiso de vivir aventuras sexuales de una noche, comenzaron a llevarse el cigarrillo a los labios, empezaron a maldecir en público, se desinhibieron en bares y ahora las vemos dando penoso espectáculo, devolviendo el estómago en los baños o embrutecidas y semidesnudas sobre las mesas.

Cometieron el error de querer ser como nosotros los hombres y ahora se dicen âweyesâ de manera amistosa y permiten que sus amigos varones las llamen âweyâ sin darse cuenta que en lugar de mostrarles confianza o camaradería con esa palabra, lo que verdaderamente hacen es rebajarles a nivel de bestias; pero muchas ríen, pues ni siquiera se dan cuenta. Las generaciones de madres abnegadas, reprimidas y violentadas, enseñaron a sus hijas que la mejor manera de acabar con el yugo masculino era convertirse en el enemigo y así crecieron confundiendo su identidad de mujeres, con la intención de seguir nuestros pasos, muchos de los cuales nos han convertido en seres torcidos y han llevado a nuestro mundo a la debacle moral de la que hoy somos víctimas.

Las niñas de la nueva generación decidieron que el sueño de ser princesas era muy aburrido y esclavizante, así que cambiaron la corona por un pasamontañas y son ahora también delincuentes de alto impacto, servidores públicos podridos, conductoras irresponsables, reinas de belleza involucradas con el narco y hasta líderes sindicales vendidas con algún partido, por cierto, saludos a la señora Gordillo.

Me encantan las mujeres que no quieren convertirse en hombres y llegan a la universidad con la firme intención de terminar con honores su carrera. Las que en lugar de demostrarnos que son capaces de beber media botella de tequila, nos demuestran que pueden dirigir un laboratorio o centro de investigación. Las que no buscan un buen partido para casarse sino que buscan ser un buen partido para que un buen hombre las merezca. Las que saben decir no, cuando NO es la única respuesta digna de una dama, aunque todo el mundo las tache de anticuadas. Las que se ríen de los chistes machistas y entienden que en lugar de ofenderse, deben sentir pena por el hombre que se atreve a contarlos y mucho más si piensa que esas bromas son un verdadero compendio de sabiduría popular.

Pero sobre todo me gustan las mujeres que perdonan y ven con ternura que nuestra egolatría e ignorancia nos hizo creer que el Todopoderoso es padre, que el creador del universo es varón, ya que considero insolente decir que el hombre es imagen y semejanza del Señor. Pues si Dios es supremo, perfecto e infinito amor, entonces el Dios en el que creo, ¡mujer tiene que ser! Porque ama como una madre; su ternura con nada es comparable; su belleza no tiene igual; su buen gusto es sin duda magistral; sus encantos naturales son el extremo ideal. Y para mí, todas estas cualidades sólo con la mujer se identifican. Por eso afirmo que: ¡El único Dios en el que puedo creer, con certeza mujer tiene que ser!

jueves, 24 de junio de 2010

LA CASITA DE SOLOLOI

       Un cuento de Elena Poniatowska – Escritora mexicana

 

–Magda, Magda, ven acá.

Oyó las risas infantiles en la sala y se asomó por la escalera.

–Magda, ¿no te estoy hablando?

Aumentaron las risas burlonas o al menos así las escuchó.

–Magda, ¡sube inmediatamente!

«Salieron a la calle –pensó– esto sí que ya es demasiado» y descendió de cuatro en cuatro la escalera, cepillo en mano. En el jardín las niñas seguían correteándose como si nada, el pelo de Magda volaba casi transparente a la luz del primer sol de la mañana, un papalote tras de ella, eso es lo que era, un papalote leve, quebradizo. Gloria, en cambio, con sus chinos cortos y casi pegados al cráneo parecía un muchacho y Alicia nada tenía del país de las maravillas: sólo llevaba puesto el pantalón de su pijama, arrugadísimo, entre las piernas y seguramente oliendo a orines. Y descalza, claro, como era de esperarse.

–¿Qué no entienden? Me tienen harta.

Se les aventó encima. Las niñas se desbandaron, la esquivaban entre gritos. Laura, fuera de sí, alcanzó a la del pelo largo y delgado y con una mano férrea prendida a su brazo la condujo de regreso a la casa y la obligó a subir la escalera.

–¡Me estás lastimando!

–Y ¿tú crees que a mí no me duelen todas tus desobediencias? –En el baño la sentó de lado sobre el excusado. El pelo pendía lastimero sobre los hombros de la niña. Empezó a cepillarlo.

–¡Mira, nada más, cómo lo tienes de enredado!

A cada jalón, la niña metía la mano, retenía una mecha, impidiendo que la madre prosiguiera, había que trenzarlo, si no, en la tarde estaría hecho una maraña de nudos. Laura cepilló con fuerza: «¡Ay, ay, mamá, ya, me duele!» La madre siguió, la niña empezó a llorar. Laura no veía sino el pelo que se levantaba en cortinas interrumpidas por nudos; tenía que trozarlo para deshacerlos, los cabellos dejaban escapar levísimos quejidos, chirriaban como cuerdas que son atacadas arteramente por el arco, pero Laura seguía embistiendo una y otra vez, la mano asida al cepillo, las cerdas bien abiertas abarcando una gran porción de cabeza, zas, zas, zas, a dale y dale sobre el cuero cabelludo. Ahora sí, en los sollozos de su hija, la madre percibió miedo, un miedo que sacudía los hombros infantiles y picudos. La niña había escondido su cabeza entre sus manos y los cepillazos caían más abajo, en su nuca, sobre sus hombros. En un momento dado

pretendió escapar, pero Laura la retuvo con un jalón definitivo, seco, viejo, como un portazo y la niña fue recorrida por un escalofrío. Laura no supo en qué instante la niña volteó a verla y captó su mirada de espanto que la acicateó como una espuela a través de los párpados, un relámpago rojo que hizo caer los cepillazos desde quién sabe dónde, desde todos esos años de trastes sucios y camas por hacer y sillones desfundados, desde el techo descascarado: proyectiles de cerda negra y plástico rosa transparente que se sucedían con una fuerza inexplicable, uno tras otro, a una velocidad que Laura no podía ni quería controlar, uno tras otro zas, zas, zas, zas, ya no llevaba la cuenta, el pelo ya no se levantaba corno cortina al viento, la niña se había encorvado totalmente y la madre le pegaba en los hombros, en la espalda, en la cintura. Hasta que su brazo adolorido, como una aspa se quedó en el aire y Laura, sin volverse a ver a su

hija, bajó la escalera corriendo y salió a la calle con el brazo todavía en alto, su mano coronada de cerdas de jabalí.

Entonces comprendió que debía irse.

Sólo al echarse a andar, Laura logró doblar el brazo. Un músculo jalaba a otro, todo volvía a su lugar y caminó resueltamente, si estaba fuera de sí no se daba cuenta de ello, apenas si notó que había lágrimas en su rostro y las secó con el dorso de la mano sin soltar el cepillo. No pensaba en su hija, no pensaba en nada. Debido a su estatura sus pasos no eran muy largos; nunca había podido acoplarse al ritmo de su marido cuyos zancos eran para ella desmesurados. Salió de su colonia y se encaminó hacia el césped verde de otros jardines que casi invadían la banqueta protegidos por una precaria barda de juguetería. Las casas, en el centro del césped, se veían blancas, hasta las manijas de la puerta brillaban al sol, cerraduras redondas, pequeños soles a la medida exacta de la mano, el mundo en la mano de los ricos. Al lado de la casa impoluta, una réplica en pequeño con techo rojo de asbestolit: la casa del perro, como en los House

Beautiful, House and Garden, Ladie's Home Journal; qué casitas tan cuquitas, la mayoría de las ventanas tenían persianas de rendijas verdes de esas que los niños dibujan en sus cuadernos, y las persianas le hicieron pensar en Silvia, en la doble protección de su recámara.

«Pero si por aquí vive. » Arreció el paso. En un tiempo no se separaban ni a la hora de dormir puesto que eran roommates. Juntas hicieron el high school en Estados Unidos. ¡Silvia! Se puso a correr, sí, era por aquí, en esta cuadra, no, en la otra, o quizás allá, al final de la cuadra a la derecha. Qué parecidas eran todas estas casas, con sus garajes a un lado, su casita del perro y sus cuadriláteros de césped fresco, fresco como la pausa que refresca. Laura se detuvo frente a una puerta verde oscuro, brillantísima, y sólo en el momento en que le abrieron recordó el cepillo y lo aventó cerdas arriba a la cuneta, el agua que siempre corre a la orilla de las banquetas.

«Yo te había dicho que una vida así no era para ti, una mujer con tu talento, con tu belleza. Bien que me acuerdo cómo te sacabas los primeros lugares en los essay contests. Escribías tan bonito. Claro, te veo muy cansada y no es para menos con esa vida de perros que llevas, pero un buen corte de pelo y una mascarilla te harán sentirte como nueva; el azul siempre te ha sentado. Hoy, precisamente, doy una comida y quiero presentarte a mis amigos, les vas a encantar, ¿te acuerdas de Luis Morales? Él me preguntó por ti mucho tiempo después de que te casaste, y va a venir; así es de que tú te quedas aquí; no, no, tú aquí te quedas, lástima que mandé al chófer por las flores, pero puedes tomar un taxi y yo más tarde, cuando me haya vestido, te alcanzaré en el salón de belleza. Cógelo, Laurita, por favor, ¿qué no somos amigas? Laura yo siempre te quise muchísimo y siempre lamenté tu matrimonio con ese imbécil, pero a partir de hoy

vas a sentirte otra; anda, Laurita, por primera vez en tu vida haz algo por ti misma, piensa en lo que eres, en lo que han hecho contigo. »

Laura se había sentido bien mirando a Silvia al borde de su tina de mármol. Qué joven y lozana se veía dentro del agua y más cuando emergió para secarse exactamente corno lo hacía en la escuela, sin ningún pudor, contenta de enseñarle sus músculos alargados, la tersura de su vientre, sus nalgas duras, el triángulo perfecto de su sexo, los nudos equidistantes de su espina dorsal, sus axilas rasuradas, sus piernas morenas a fuerza de sol, sus caderas, eso sí un poquito más opulentas, pero apenas. Desnuda frente al espejo se cepilló el pelo, sano y brillante. De hecho, todo el baño era un anuncio; enorme, satinado como las hojas del Vogue, las cremas aplíquense en pequeños toquecitos con la yema de los dedos en movimientos siempre ascendentes, almendras dulces, conservan la humedad natural de la piel, aroma fresco como el primer día de primavera, los desodorantes en aerosol, sea más adorable para él, el herbal-essence verde que contiene

toda la frescura de la hierba del campo, de las flores silvestres; los ocho cepillos de la triunfadora, un espejo redondo amplificador del alma, algodones, lociones humectantes, secador-pistola-automática con-tenaza-cepillo-dos peines, todo ello al alcance de la mano, en torno de la alfombra peluda y blanca, osa, armiño, desde la cual Silvia le comunicó: «A veces me seco rodando sobre ella, por jugar y también para sentir». Laura sintió vergüenza al recordar que no se había bañado, pensó en la vellonería enredada de su propio sexo, en sus pechos a la deriva, en la dura corteza de sus talones; pero su amiga, en un torbellino, un sinfín de palabras, verdadero rocío de la mañana, toallitas limpiadoras, suavizantes, la tomó de la mano y la guió a la recámara y siguió girando frente a ella envuelta a la romana en su gran toalla espumosa, suplemento íntimo, benzal para la higiene femenina, cuídese, consiéntase, introdúzcase, lo que

sólo nosotras sabemos: las sales, la toalla de mayor absorbencia, lo que sólo nosotras podemos darnos, y Laura vio sobre la cama, una cama anchurosa que sabía mucho de amor, un camisón de suaves abandonos (¡qué cursi, qué ricamente cursi!) y una bata hecha bola, la charola del desayuno, el periódico abierto en la sección de Sociales. Laura nunca había vuelto a desayunar en la cama; es más: la charola yacía arrumbada en el cuarto de los trabajos. Sólo le sirvió a Gloria cuando le dio escarlatina y la cochina mocosa siempre se las arregló para tirar su contenido sobre la sábana. Ahora, al bajar la escalera circular, también joligudense –miel sobre hojuelas– de Silvia, recordaba sus bajadas y subidas por otra, llevándole la charola a Gloria, pesada por toda aquella loza de Valle de Bravo tan estorbosa que ella escogió, en contra de la de melamina y plástico-alta-resistencia, que Beto proponía. ¿Por qué en su casa estaban siempre

abiertos los cajones, los roperos también, mostrando ropa colgada quién sabe cómo, zapatos apilados al aventón? En casa de Silvia, todo era etéreo, bajaba del cielo.

En la calle, Laura caminó para encontrar un taxi, atravesó de nuevo su barrio y por primera vez se sintió superior a la gente que pasaba junto a ella. Sin duda alguna, había que irse para triunfar, salir de este agujero, de la monotonía tan espesa como la espesa sopa de habas que tanto le gustaba a Beto. Qué grises y qué inelegantes le parecían todos, qué tristemente presurosos. Se preguntó si podría volver a escribir como lo hacía en el internado, si podría poner todos sus sentimientos en un poema por ejemplo, si el poema sería bueno, sí, lo sería, por desesperado, por original, Silvia siempre le había dicho que ella era eso: o-ri-gi-nal, un buen tinte de pelo haría destacar sus pómulos salientes, sus ojos grises deslavados a punta de calzoncillos, sus labios todavía plenos, los maquillajes hacen milagros. ¿Luis Morales? Pero, claro, Luis Morales tenía una mirada oscura y profunda, oriental seguramente, y Laura se sintió tan suya

cuando la tomó del brazo y estiró su mano hacia la de ella para conducirla en medio del sonido de tantas voces –las voces siempre la marearon–, a un rincón apartado, ¡ay, Luis, qué gusto me da! ; sí soy yo, al menos pretendo ser la que hace años enamoraste, ¿van a ir en grupo a Las Hadas el próximo weekend? Pero, claro que me encantaría, hace años que no veleo, en un barco de velas y a la mar me tiro, adentro y adentro y al agua contigo; sí, Luis, me gusta asolearme, sí, Luis, el daikirí es mi favorito; sí, Luis, en la espalda no alcanzo, ponme tú el sea-and-ski, ahora yo a ti, sí, Luis, sí...

Laura pensaba tan ardientemente que no vio los taxis vacíos y se siguió de largo frente al sitio de alquiler indicado por Silvia. Caminó, caminó; sí, podría ser una escritora, el poema estaba casi hecho, su nombre aparecía en los periódicos, tendría su círculo de adeptos y, hoy, en la comida, Silvia se sentiría orgullosa de ella, porque nada de lo de antes se le había olvidado, ni las rosas de talle larguísimo, ni las copas centellantes, ni los ojos que brillan de placer, ni la champaña, ni la espalda de los hombres dentro de sus trajes bien cortados, tan distinta a la espalda enflanelada y gruesa que Beto le daba todas las noches, un minuto antes de desplomarse y dejar escapar el primer ronquido, el estertor, el ruido de vapor que echaba: locomotora vencida que se asienta sobre los rieles al llegar a la estación.

De pronto, Laura vio muchos trenes bajo el puente que estaba cruzando; sí, ella viajaría, seguro viajaría, en Iberia, el asiento reclinable, la azafata junto a ella ofreciéndole un whisky, qué rico, qué sed, el avión atravesando el cielo azul como quien rasga una tela, así colaba ella las camisas de los hijos, el cielo rasgado por el avión en que ella viajaría, el concierto de Aranjuez en sus oídos; España, agua, tierra, fuego, desde los techos de España encalada y negra. En España los hombres piropean mucho a las mujeres, ¡guapa!. Qué feo era México y que pobre y qué oscuro con toda esa hilera de casuchas negras, apiñadas allá en el fondo del abismo, los calzones en el tendedero, toda esa vieja ropa cubriéndose, de polvo y hollín y tendida a toda esa porquería de aire que gira en torno a las estaciones de ferrocarril, aire de diesel, enchapopotado, apestoso, qué endebles habitaciones, cuán frágil la vida de los hombres que se

revolcaban allá abajo mientras ella se dirigía el beauty shop del Hotel María Isabel pero ¿por qué estaba tan endiabladamente lejos el salón de belleza? Hacía mucho que no se veían grandes extensiones de pasto con casas al centro, al contrario: ni árboles había. Laura siguió avanzando, el monedero de Silvia fuertemente apretado en la mano; primero, el cepillo, ahora el monedero. No quiso aceptar una bolsa, se había desacostumbrado, le dijo a su amiga, sí claro, se daba cuenta que sólo las criadas usan monedero, pero el paso del monedero a la bolsa lo daría después, con el nuevo peinado. Por lo pronto, había que ir poco a poco, recuperarse con lentitud, como los enfermos que al entrar en convalecencia dan pasos cautelosos para no caerse. La sed la atenazó y, al ver un Sanborns se metió, al fin: ladies bar. En la barra, sin más, pidió un whisky igual al del Iberia. Qué sed, sed, saliva, semen; sí, su saliva ahora, seca en su boca,

se volvería semen; crearía, al igual que los hombres, igual que Beto, quien por su solo falo y su semen de ostionería se sentía Tarzán, el rey de la creación, Dios, Santa Clos, el señor presidente, quién sabe qué diablos quién. Qué sed, qué sed, debió caminar mucho para tener esa sed y sentir ese cansancio, pero se le quitaría con el champú de cariño, y a la hora de la comida, sería emocionante ir de un grupo a otro, reír, hablar con prestancia del libro de poemas a punto de publicarse. El azul le va muy bien, el azul siempre la ha hecho quererse a sí misma, ¿no decía el psiquiatra en ese artículo de Kena que el primer indicio de salud mental es empezar a quererse a sí mismo? Silvia le había enseñado sus vestidos azules. El segundo whisky le sonrojó a Laura las mejillas, al tercero descansó y un gringo se sentó junto a ella en la barra y le ofreció la cuarta copa, «Y eso que no estoy peinada», pensó agradecida. En una

caballeriza extendió las piernas, para eso era el asiento de enfrente, ¿no? y se arrellanó. «Soy libre, libre de hacer lo que me dé la gana.»

Ahora sí el tiempo pasaba con lentitud y ningún pensamiento galopaba dentro de su cabeza. Cuando salió del Sanborns estaba oscureciendo y ya el regente había mandado prender las larguísimas hileras de luz neón del circuito interior. A Laura le dolía el cuerpo y el brazo en alto, varado en el aire llamó al primer taxi, automáticamente dio la dirección de su casa y al bajar le dejó al chófer hasta el último centavo que había en el monedero. «Tome usted también el monedero. » Pensó que el chófer se parecía a Luis Morales o a lo que ella recordaba que era Luis Morales. Como siempre, la puerta de la casa estaba emparejada y Laura tropezó con el triciclo de una de las niñas, le parecieron muchos los juguetes esparcidos en la sala, muchos y muy grandes, un campo de juguetes, de caminar entre ellos le llegarían al tobillo. Un olor de tocino invadía la estancia y desde la cocina vio los trastes apilados en el fregadero. Pero lo que más

golpeó a Laura fue su retrato de novia parada junto a Beto.

Beto tenía unos ojos fríos y ella los miró con frialdad y le respondieron con la misma frialdad. No eran feos, pero había en ellos algo mezquino, la rechazaban y la desafiaban a la vez, sin ninguna pasión, sin afán, sin aliento; eran ojos que no iban a ninguna parte, desde ese sitio podía oír lo que anunciaba Paco Malgesto en la televisión, los panquecitos Bimbo; eran muy delgadas las paredes de la casa, se oía todo y al principio Laura pensó que era una ventaja, porque así sabría siempre dónde andaban los niños. Casi ninguno volvió la cabeza cuando entró al cuarto de la televisión, imantados como estaban por el Chavo del 8. El pelo de Magda pendía lastimero y enredado como siempre, la espalda de Beto se encorvaba abultadísima en los hombros –hay hombres que envejecen allí precisamente, en el cuello, como los bueyes–; Gloria y Alicia se habían tirado de panza sobre la alfombra raída y manchada, descalzas, claro. Ninguno

pareció prestarle la menor atención. Laura, entonces, se dirigió a la recámara que nadie había hecho y estuvo a punto de aventarse con todo y zapatos sobre el lecho nupcial que nadie había tendido, cuando vio un calcetín en el andén y sin pensarlo lo recogió y buscó otro más y lo juntó al primero: «¿Serán el par?» Recogió el suéter de Jorgito, la mochila de Quique, el patín de Betito, unos pañales impregnados con el amoniaco de orines viejos y los llevó al baño a la canasta de la ropa sucia; ya a Alicia le faltaba poco para dejar los pañales y entonces esa casa dejaría de oler a orines; en la tina vio los patos de pLa casita de sololoilástico de Alicia, el buzo de Jorgito, los submarinos, veleros y barcos, un jabón multicolor e informe compuesto por todos los pedazos de jabón que iban sobrando y se puso a tallar el aro de mugre que sólo a ella le preocupaba. Tomó los cepillos familiares en el vaso dentífrico y los enjuagó; tenían pasta

acumulada en la base. Empezó a subir y bajar la escalera tratando de encontrarle su lugar a cada cosa. ¿Cómo pueden amontonarse en tan poco espacio tantos objetos sin uso, tanta materia muerta? Mañana habría que airear los colchones, acomodar los zapatos, cuántos; de fútbol, tenis, botas de hule, sandalias, hacer una lista, el miércoles limpiaría los roperos, sólo limpiar los trasteros de la cocina le llevaría un día entero, el jueves la llamada biblioteca en que ella alguna vez pretendió escribir e instalaron la televisión porque en esa pieza se veía mejor, otro día entero para remendar suéteres, poner elástico a los calzones, coser botones, sí, remendar esos calcetines caídos en torno a los tobillos, el viernes para...

Beto se levantó, fue al baño, y sin detenerse siquiera a cerrar bien la puerta, orinó largamente y, al salir, la mano todavía sobre su bragueta, Laura sostuvo por un instante la frialdad de su mirada y su corazón se apretó al ver el odio que expresaba. Luego dio media vuelta y arrió de nuevo su cuerpo hacia el cuarto de la televisión. Pronto los niños se aburrirían y bajarían a la cocina: «Mamá, a mediodía casi no comimos». Descenderían caracoleando, ya podían oírse sus cascos en los peldaños, Laura abriría la boca para gritar pero no saldría sonido alguno; buscaría con qué defenderse, trataría de encontrar un cuchillo, algo para protegerse pero la cercarían: «Mamá, quiero un huevo frito y yo jotquéis y yo una sincronizada y yo otra vez tocino»; levantarían hacia ella sus alientos de leche, sus manos manchadas de tinta, y la boca de Laura se desharía en una sonrisa y sus dedos hechos puño, a punto de rechazarlos,

engarrotados y temblorosos, se abrirían uno a uno jalados por los invisibles hilos del titiritero, lenta, blandamente, oh, qué cansinamente.

© Ediciones Era S.A., 1978.

lunes, 21 de junio de 2010

Saramago nos cuenta

Un video en el que Saramago nos habla del cuento "La flor más grande del mundo" que les comparti. Escucharlo nos dice mucho del sentido que le ha dado a su obra.

LA FLOR MAS GRANDE DEL MUNDO

En honor a Saramago recientemente fallecido, comparto este cuento de su autoria.

LA FLOR MÁS GRANDE DEL MUNDO

domingo, 20 de junio de 2010

Fábula quinta Juan Benet



Tentó Dios a Abraham y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí.
Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a la tierra de Moriah, y ofrécele allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.
Y Abraham se levantó muy de mañana y enalbardó su asno, y tomó consigo dos mozos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y levantóse y fue al lugar que Dios le dijo.
Al tercer día alzó Abraham sus ojos y vio el lugar de lejos.
Entonces dijo Abraham a sus mozos: esperáos aquí con el asno y yo y el muchacho iremos hasta allí, y adoraremos y volveremos a vosotros.
Y tomó Abraham la leña del holocausto y púsola sobre Isaac su hijo, y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo y fueron ambos juntos.
Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: he aquí el fuego y la leña, mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?
Y respondió Abraham: Dios proveerá del cordero para el holocausto, hijo mío.
E iban juntos.
Y como llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo y púsole en el altar sobre la leña.
Y extendió Abraham su mano, y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.
Y con la mano extendida y el cuchillo bien sujeto miró Abraham por el rabillo del ojo para ver si venía el ángel de Jehová dando voces desde el cielo. Porque conocía muy bien Abraham su propia historia, repetida por generaciones y generaciones del pueblo elegido, y de sobra sabía que tenía que venir el ángel de Jehová dando voces por el cielo. Y con la mano extendida y el cuchillo en el aire miró Abraham por el rabillo del ojo y no vio al ángel de Jehová dando voces por el cielo.
Entonces Abraham alzó de nuevo la mano y tomó el cuchillo y degolló un carnero que antes había escondido en un zarzal, trabado por sus cuernos. Y fue Abraham y soltó a su hijo y tomó el carnero y ofrecióle en holocausto en lugar de su hijo.
Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y Abraham respondió: Heme aquí, mi hijo. Y habló Isaac y dijo: Pues no vino el ángel de Jehová dando voces por el cielo para traer el carnero. ¿Vas a hacer lo que no hizo Jehová? ¿Pretenderás engañar a Jehová y suplantarle cuando no cumple lo que está escrito?
Y dijo Abraham: ¿Y tengo yo que dar explicaciones para que tú y yo nos comamos un carnero como Dios manda?

Etiquetas de Technorati: ,

viernes, 18 de junio de 2010

Mujer que dice chau

             Así son algunas despedidas, sola algunas….

MUJER QUE DICE CHAU

Un cuento del autor uruguayo Eduardo Galeano

 

Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos Republicana y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También llevo una hoja de acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ése fue el día en que empezó la suerte.

Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores, que nos van a pasar.)

No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevo los besos cuando te ibas (no estaba nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.

sábado, 12 de junio de 2010

CUENTO DE ENCANTAMIENTO TRADICIONAL

 

¿Saben qué es un cuento de encantamiento?

Les cuento

En los cuentos maravillosos siempre encontramos que en algún momento al héroe o heroína se le entrega un objeto mágico o le aparece un auxiliar maravilloso, y luego vemos la realización de unas pruebas por parte del héroe o la heroína. Que esto este presente determina que el cuento se trata de un cuento maravilloso y no de otro tipo.

Ahora bien, dentro de los cuentos maravillosos hallamos los cuentos de encantamiento, estos se reconocen porque en ellos las circunstancias mágicas desempeñan un papel preponderante que los diferencian de los cuentos novelescos. Una curiosidad de estos cuentos es que nunca se explica en qué consiste el encantamiento del príncipe o de la princesa por parte del agresor (gigante, dragón, diablo, etc.). Y esto es así porque aquí lo importante no es el “como” se produce el encantamiento sino el hecho de que ha sucedido y debe resolverse.

Veamos, para entenderlo mejor, un cuento

Pico, pico, a ver si me pongo rico

 

Había una vez un molinero que tenía mucho afán por ser rico; así era que cuando se ponía a picar la piedra de su molino, repetía sin cesar al dar los golpes:

Pico, pico, a ver si me pongo rico.

Acertó a pasar por allí el Rey, y le preguntó Su Majestad qué era lo que estaba diciendo. A lo cual le contestó que con su afán de salir de pobre, decía:

Pico, pico, a ver si me pongo rico.

Al punto regresó el Rey a su palacio y mandó hacer una torta muy grande, que hizo rellenar toda de monedas de plata, y se la envió al molinero.

Cuando el molinero la vio, le dijo a su mujer:

-Mira... mandaremos esta torta a nuestro compadre [102] padre, que nos favorece mucho, y podrá favorecernos en adelante.

Y así lo hicieron.

Al cabo de unos días volvió el Rey a pasar por allí, y se encontró todo tan pobre y en el mismo estado en que lo halló la primera vez. El molinero estaba picando la piedra, y diciendo:

Pico, pico, a ver si me pongo rico.

-¿No recibiste -le preguntó el Rey- una torta que te mandé?

-Sí, señor -contestó el molinero-; pero, ha de saber Su Real Majestad que tengo un compadre que me favorece, y a fin de aumentarle la buena voluntad, se la mandé para que se la comiese a mi salud.

-Está visto -dijo el Rey- que el que nació para pobre, por más que pique no ha de salir de su estado. Sabrás, hombre, como que la torta que te mandé estaba rellena de monedas de plata.

El molinero se desesperó y se arrancaba los cabellos.

-No te aflijas -le dijo el Rey-, que te he de ver rico o poco he de poder.

Dicho lo cual se volvió a su palacio real y le mandó al molinero una torta rellena de monedas de oro.

Al cabo de algún tiempo volvió el Rey a pasar por el molino, y se alegró mucho al ver que estaba todo allí muy compuesto y renovado; pero cuando se acercó a la hermosa casa, oyó que en ella lloraban amargamente. Indagó la causa, y supo que aquella noche había muerto el molinero, con la particularidad de tener asido en la mano un papel que nadie le podía arrancar. Entró el Rey en la estancia en que estaba el difunto; el pobre estaba tendido en su féretro, y con la rigidez de la muerte tenía asido aquel papel que nadie había podido arrancarle; pero el cual, al acercarse el Rey, soltó inmediatamente. El Rey lo recogió, y leyó estas palabras escritas en él:

Yo pobre lo quise;

Tú rico lo quieres;

Resucítalo si puedes

viernes, 11 de junio de 2010

Blancaflor, la hija del diablo

 

            -Cuento Tradicional Europeo-

 

Eran tres muchachas que se estaban bañando en un río y a esto que pasó por allí un muchacho que era rey y se sentó en la orilla a verlas cómo se bañaban. Cuando le pareció, el muchacho cogió la ropa de la más chica, se la escondió y se fue. Cuando las muchachas salieron a vestirse, dice la más chica:

-¡Ay, mi ropa, que no aparece, que se la han llevado!

Y las otras:

-Pues aligérate y búscala que si no nos vamos.

Empezaron a buscarla por las cañas y las malezas del río, pero nada. Venga a buscar por todos lados, pero no la encontraron.

-Pues nosotras nos vamos.

Total, que se fueron y dejaron a la hermana chica allí sola. En ese momento apareció el muchacho, y le dice ella:

-Dame mi ropa. ¿Por qué me has tenido que coger mi ropa?

-Te la doy si me dices quién eres.

Ella le dijo quién era y él le devolvió la ropa.

-Nosotras somos las hijas del diablo, de modo que como mi padre se entere de que tú andas conmigo...

-Pues, mira, yo ando buscando trabajo, así que si tú me dices dónde vives, yo llego y hablo con tu padre a ver si me da algo de trabajo.

-Venga. Cuando yo me haya ido, entonces vas tú.

-Sí, pero me tienes que decir cómo tengo que hablar con tu padre, cómo lo saludo.

-Pues tú vas como si fuera una casa normal: “Buenos días” o “buenas tardes”, y ya le cuentas lo que quieras.

Y así lo hizo. Ella se fue y al ratito de llegar llamaron a la puerta.

-Buenas tardes. Mire usted, vengo buscando trabajo, vengo andando desde el pueblo a ver si usted me pudiera dar...

-¿Y qué sabe hacer?

-Lo que sea. Usted me manda lo que sea, que yo hago de todo.

-Bueno, pues le voy a dar trabajo. Mañana le diré lo que tiene que hacer.

Y le enseñó dónde iba a estar su cuarto, junto a la cuadra, para que se quedara a dormir ya aquella noche.

Antes de anochecer se le presentó la hija pequeña del diablo, que se llamaba Blancaflor.

-Mira, mi padre te va a mandar mañana al mar para que cojas un anillo que se le cayó a su madre, mi abuela, así que tú, cuando te mande, le dices que te dé un cuchillo, un lebrillo y una botella, y haces como si yo no te hubiera dicho nada.

Por la mañana lo llamó el diablo y le dijo:

-El primer trabajo es este: tienes que ir al mar y coger un anillo que se le cayó a mi madre. Es un recuerdo de familia, así que lo que quiero es que me lo traigas.

-De acuerdo, pero me tiene usted que dar un cuchillo, un lebrillo y una botella.

Y así se fue camino de la playa. Al llegar, ella estaba allí, y el muchacho le preguntó:

-Ahora dime tú a mí qué hago yo ahora, cómo cojo yo ese anillo.

-Verás, ahora tú me vas a matar, mi sangre la vas a echar en la botella con mucho cuidadito, que no vaya a caer fuera ni una gota, y las tajaditas las vas echando en el lebrillo. Cuando lo tengas todo listo lo tiras al mar.

Así lo hizo él. No quería, pero ella lo convenció pidiéndole que confiara en lo que le decía. Y pasó que, cuando estaba echando la sangre en la botella, cayó una gotita en la arena. “Bueno, no importa, por una chispita no se va a dar ni cuenta”, pensó él, así que lo tiró todo al mar.

Al rato aparece ella nadando con el anillito en la mano, puesto en un dedo que tenía un trozo menos.

-Has hecho lo que te he dicho, pero se te ha caído una gotita de sangre y mira la chispita menos de dedo que tengo.

El fue y le dio el anillo al padre, que le dice:

-¡Ay, que tú andas con mi hija Blancaflor!

-¿Usted tiene una hija que se llama Blancaflor?

-No, no, hijo, eso es un refranillo mío.

Y el muchacho se hizo el tonto, como si no hubiera visto nunca a la hija.

Aquella tarde llega otra vez Blancaflor a hablar con él:

-Mira, mañana mi padre te va a encargar que construyas allí enfrente un horno y después que amases la harina y que hagas pan caliente. Todo eso lo tienes que terminar en un día.

-Pero, ¿cómo voy a hacer yo eso?

-Pues nada, cuando te lo diga mi padre tú te acuestas a dormir.

-¿Tú comprendes que yo me pueda acostar a dormir?

-Tú hazme caso.

Llegó el padre y le dijo:

-Mira, mañana por la mañana vas a construir en aquel sitio un horno. Cuando lo tengas hecho vas a amasar la harina, le vas a meter fuego y nos vas a hacer pan caliente para la una del día.

-Ya veré si lo puedo hacer.

-Lo tienes que hacer si quieres seguir vivo.

Él se echó a dormir y llegó ella, que como era la hija del diablo, lo hacía todo en un momento.

-Chiquillo, que son cerca de la una. Ahí lo tienes todo hecho. Llévale el pan a mi padre.

Y allá fue él con el pan.

-Tome usted.

Y el padre:

-¡Ay, que tú andas con mi hija Blancaflor!

-¿Usted tiene una hija que se llama Blancaflor?

-No, no, hombre, eso es un refranillo mío.

Y él haciéndose el tonto. Entonces el diablo le dijo:

-Voy a poner a mis tres hijas al lado de la puerta y tú vas a escoger a una, la que tú quieras, y con ella te vas a casar.

Ella le advirtió al muchacho:

-Mi padre nos va a poner al lado de la puerta sin que nos veas la cara, así que tú te fijas en la que tenga el dedito de menos. Cuando digas: “¡Aquella!”, me coges corriendo por el vestido porque mi padre sabe mucho y nos puede cambiar.

A la mañana siguiente, el diablo llamó al muchacho.

-Mira, tengo aquí a mis hijas, elige la que tú quieras para ti.

Entonces empezó a fijarse y a fijarse.

-Mire, aquella misma que tiene usted allí, y le echó mano al vestido para que no la cambiara.

-Bueno, pues esa misma. Pero antes te tengo que poner otra prueba. Ya te avisaré.

Entonces llegó ella, como siempre, y le dice:

-Mira, ahora nos va a convertir a las tres hermanas en palomas, nos va a subir en aquel tejadito y te va a preguntar a ver qué palomita escoges. Como las tres somos iguales, yo haré así un poquito con el ala y ya sabrás que soy yo.

El diablo lo llamó a la mañana siguiente.

-Mira, allí arriba tengo tres palomitas blancas. ¿Cuál te gusta a ti de las tres?

-Esa misma que ha meneado el ala.

Entonces el diablo la convirtió en persona y resultó que era ella.

-Vale, ya que la has escogido, te puedes casar con ella.

Se casaron y se fueron a dormir al piso de arriba de la casa. Pero el padre no estaba contento y pensó: “Esta noche a ese lo mato yo; se le ha metido en la cabeza a mi hija Blancaflor, pero a ese lo mato yo esta noche”. Pero ella, como todo lo sabía, dice:

-Mira, mi padre nos va a matar, pero yo he pensando que vamos a hacer lo siguiente: él tiene en la cuadra dos caballos, uno el del viento y otro el del pensamiento. El del viento está muy gordo y el del pensamiento está muy flaco. Yo voy a coger dos pellejos de cochinos y los voy a llenar uno de vinagre y otro de vino dulce. Los voy a poner en la cama como si fuéramos nosotros dos. Mientras ve tú y coge el caballo del pensamiento.

Él se fue, pero cuando llegó le dice ella:

-¡Ay, que has traído el del viento, que está más gordo!

-Es que el otro lo vi muy flaco y pensé que no iba a aguantar nada. Por eso he cogido este.

-Ya no nos da tiempo, este mismo vale, que mi padre ya mismo viene a matarnos.

Ella cogió una toalla, un peine, un espejo y un cofre y se subieron al caballo. Allá que se fueron los dos, pero antes de salir echó una saliva grande en la habitación. En esto que el padre se acercaba a la habitación y le decía:

-¡¡¡Blancaflor!!!

Y la saliva le contestaba:

-¡Mande usted, padre!

-Todavía están despiertos, no puedo ir a matarlos.

Al rato otra vez:

-¡¡¡Blancaflor!!!

Y la saliva cada vez más bajito:

-¡Mande usted, padre!

-Bueno, ya se están durmiendo.

Al rato otra vez:

-¡¡¡Blancaflor!!!

Y la saliva más bajito porque se iba secando:

-¡Mande usted, padre!

Y al rato ya no contestaban.

-Ahora es la mía, ya están dormidos.

Cogió un cuchillo, le dio una puñalada a uno y otra al otro. Del primero le saltó un poco de vinagre en la boca y dice: “¡Ay, qué sangre más fuerte tienes!”, y del otro le saltó vino dulce y dice: “Y tú, ¡qué dulce la tienes!”.

Se fue para abajo y se lo contó a su mujer:

-Ea, ya he matado a tu hija y a tu yerno, que, por cierto, ¡tiene una sangre más fuerte!

-¡Ay, tonto, si lo que tú has hecho es pinchar dos pellejos, uno de vino dulce y otro de vinagre! ¡Y tu hija va corriendo camino del campo!

-¿Sí? Pues ahora yo voy a ir tras ellos y no se me van a escapar.

Fue a la cuadra y cogió el caballo que corría tanto, el del pensamiento. Ella, que todo lo sabía, le dice:

-¡Mi padre viene, mi padre viene!

-¿Qué hacemos?

Ella tiró el peine y todo se volvió huerta, él se convirtió en hortelano y ella en lechuga. Y pasó por allí el diablo y se paró.

-Oiga usted, hortelano, ¿ha visto pasar a un hombre y a una mujer en un caballo?

-Las lechugas, que todavía no han crecido y no las he amarrado.

-No, hombre, que si usted ha visto pasar por aquí...

-¿Las papas? Todavía ni han nacido.

-¡Váyase usted a tomar viento, que está más sordo que una tapia!

El diablo se volvió a su casa y le dijo a su mujer:

-No la he podido encontrar. Lo único que me he encontrado ha sido un hortelano muy sordo.

-¡Ay, tonto! El hortelano era tu yerno y la lechuga tu hija.

-Bueno, pues ahora voy otra vez y no me engaña más.

Ella, como lo sabía todo, dice:

-¡Ay, mi padre viene otra vez!

-¿Qué hacemos?

Tiró la toalla y se volvió iglesia, y ella era la virgen y el muchacho el ermitaño. Y llegó el diablo y le pregunta al ermitaño:

-¡Oiga! ¿Ha visto usted pasar a un hombre y a una mujer montados en un caballo?

Y el otro le contesta:

-Las doce no son, todavía no son.

-Que si usted ha visto pasar...

-El primer toque todavía no ha dado, así que la misa tarda.

-¡Usted está más sordo que una tapia, váyase a tomar viento!

Se volvió a su casa y se lo dijo a su mujer:

-No los encuentro por ningún sitio, sólo he visto una iglesia con un ermitaño más sordo que una tapia.

-Pues ese era tu yerno y la virgen era tu hija.

-Bueno, pues voy otra vez y ya no me engañan más.

-¡Quita, hombre, déjame a mí, que a mí no se me escapa!

Y fue la madre. Y Blancaflor que se da cuenta:

-¡Ay, ahora viene mi madre y a ella no la podemos engañar! Seguro que nos coge.

Entonces Blancaflor tiró el espejo que llevaba y todo se convirtió en un mar, así que su madre no pudo pasar y le echó una maldición:

-¡Permita Dios que tu marido te olvide!

Y se volvió a su casa. Mientras, ellos siguieron caminando para el pueblo del muchacho y, antes de llegar, él la dejó a ella al lado de un árbol.

-Espera aquí, que voy a por un coche.

-Sí, pero te cuidado, que no te bese ni te abrace ninguna anciana, que mi madre nos ha echado una maldición.

-Pero...

-Es que como una anciana te bese o te abrace tú te vas a olvidar de mí.

-¿Cómo me voy a olvidar de ti con lo que te quiero?

Llegó a su casa y su madre lo besó, pero él no se olvidó de Blancaflor.

-Mamá, mientras yo me echo una cabezadita, llama a un coche, que tengo a mi mujer esperándome.

La madre fue a por un coche y entonces llegó la abuela y le dio un abrazo. Volvió la madre y le dijo:

-Ya está aquí el coche que querías.

-¿Qué coche, mamá?

-Chiquillo, ¿tú no me has mandado a por un coche para tu mujer?

-¡Anda, mamá! ¡Qué coche ni qué mujer! Ni tengo mujer ni quiero coche.

Y le dijo al hombre del coche que se fuera.

Pasaba el tiempo y Blancaflor se subía todos los días al árbol a ver si venía su marido, pero nada. Junto al árbol había una fuente donde todos los días cogía agua una criada negra que tenían en palacio, y cuando se acercaba veía reflejado en el agua un rostro blanco y se decía: “Tú tan blanca y yo tan colorá, rómpete y cantarás”, y el cántaro se rompía. Y así todos los días. Cuando la criada llegaba al palacio, le preguntaban:

-¿A ti qué te pasa que todos los días rompes el cántaro? A partir de ahora, te daremos uno de lata.

Cuando la negra fue otra vez a la fuente, sintió llorar a un niño, miró para arriba y descubrió a Blancaflor en la rama del árbol. La muchacha le contó toda la historia:

-Estoy esperando a mi marido desde hace mucho tiempo y he tenido este niño mientras lo esperaba.

Entonces, la negra le dijo:

-¿Quieres que te peine? Porque llevas tanto tiempo aquí que tienes el pelo fatal.

-Vale, pues péiname.

Cuando la estaba peinando cogió una agujita de cabecilla negra y se la clavó en la cabeza a Blancaflor, que se convirtió en una paloma. La criada cogió al niño, contó la historia en palacio y se sentó en el árbol a esperar a que llegara el rey. Cuando él llegó, la criada le gritó:

-¡No te dije que no te besara ninguna anciana!

Él empezó a recordar algo.

-Pero... ¡si tú no eras así!

-Hijo, tanto tiempo dándome el sol...

-Pero... Esto es muy raro.

Se quedó pensando pero se la llevó a palacio.

Todos los días venía la paloma a los jardines de palacio, se le acercaba al jardinero y le decía:

-Jardinero del rey, ¿cómo le va a su rey con su reina mora?

-Muy bien, señora.

-¿Y su niño, ríe o llora?

-Unas veces ríe y otras veces llora.

-¡Qué triste de mí! Yo por el campo sola.

Tantos días pasaba esto que el jardinero fue a contárselo al rey, que le dijo:

-Pues te voy a dar un lacito de pita para que, cuando se acerque, le eches el lazo y la traigas.

Al otro día llegó la paloma y tuvo la misma conversación con el jardinero, pero ella, sabiendo lo que querían hacerle, añadió:

-Y lazo de pita no cae en mi patita.

El jardinero se lo contó al rey, que dijo:

-Pues usaremos un lazo de plata.

Volvió la paloma y tuvo la misma conversación con el jardinero, aunque añadió:

-Y lazo de plata no cae en mi pata.

Otra vez fue el jardinero a contárselo al rey, que pensó en ponerle un lazo de oro.

Cuando la paloma conversó con el jardinero, ella añadió:

-Y lazo de oro cae en mi patita y en todo mi tesoro.

Y se dejó coger para que la llevaran a palacio.

Estaban comiendo los reyes cuando el jardinero llegó. La reina, que se dio cuenta de que era Blancaflor, no quería que la paloma estuviera allí, pero el rey insistía:

-Pero mira qué bonita es.

Hasta que de tanto mirarla le vio la agujita negra clavada en la cabeza.

-Pero, ¿qué es lo que tienes aquí?

Y arrancó la aguja. En ese momento, la paloma se convirtió en Blancaflor y él empezó a acordarse de todo. El rey le preguntó a Blancaflor:

-¿Qué quieres que hagamos con la criada?

-Que la maten y la pongan de escalón para que cada vez que yo suba o baje la pise.

Así lo hicieron y así se acabó este cuento.

 

INFORMANTES: Remedios Cabello y Ana Navarro (Tarifa, Cádiz)

RECOGIDO POR: Mª Luz Díaz

(Este texto forma parte del libro LEYENDAS Y CUENTOS DE ENCANTAMIENTO RECOGIDOS JUNTO AL ESTRECHO DE GIBRALTAR. Editado por Asociación LitOral)

sábado, 5 de junio de 2010

Continuidad de los parques

 

Un cuento del argentino Julio Cortázar

 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo

del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo está decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como

queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

© Editorial Sudamericana.

martes, 1 de junio de 2010

CUENTO DE LOS DOS CAMINOS

Dos excelentes narradores Andrés Osorio y David Murillo cuentan esta historia desde Medellín (Colombia 2007)
A mi me ha encantado, espero que ustedes también la disfruten


CUENTO DE LOS DOS CAMINOS