jueves, 30 de septiembre de 2010

EL BARQUERO INCULTO

 

Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:

--Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?

--No, señor -repuso el barquero.

--Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.

Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:

--Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?

--No, señor, no sé nada de plantas.

--Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó el petulante joven.

El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:

--Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas.

¿Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua?

--No, señor, nada sé al respecto.

No sé nada de estas aguas ni de otras.

--¡Oh, amigo! -exclamó el joven-.

De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.

Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:

--Señor, ¿sabes nadar?

--No -repuso el joven.

--Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.

 

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jueves, 23 de septiembre de 2010

FABULA: El hombre y la oveja

       Existen aquellos que saben rescatar la esencia de las situaciones cotidianas y narrarlas de modo tal que nos invitan a un “Darnos cuenta”, esto es lo que me sucede cuando leo las fábulas de Godofredo Daireaux, por eso hoy les comparto una de ellas que tiene tanto valor de presente como para provocar escalofríos en el alma

 

EL HOMBRE Y LA OVEJA

Una Fábula Argentina  de Godofredo Dalreaux

El hombre dijo a la oveja: -¡Te voy a proteger!

Y a la oveja le gustó.

-Apenas -dijo el hombre- tienes en las espaldas, para resistir al frío, algunas hebras de gruesa lana. Vives en rocas ásperas, donde tienes que brincar a cada paso, con riesgo de tu vida, para buscar el escaso alimento, el pobre pasto que allí crece. Los leones no te dejan en paz. Crías hijos flacos con tu poca leche, y da pena ver en semejante miseria a ti y a toda tu familia. Ven conmigo. Te daré rico vellón de lana fina y tupida, perseguiré a tus enemigos, curaré tus enfermedades, tendrás parques seguros y prados abundantes. Verás, tus corderos, ¡qué gordos serán! Ven, pues; te voy a proteger.

Y fue la oveja, balando de gozo.

El hombre, primero, la encerró en un corral. Quiso ella salir; un perro le mordió el hocico.

Le hirieron en la oreja con un cuchillo y la metieron en un baño, frío, de olor muy feo.

Por fin, de compañero, le dieron un carnero que a ella no le gustaba nada.

En vano protestó.

-Es para tu bien -dijo el hombre-: ¿no ves que te estoy protegiendo?

Poco a poco se fue acostumbrando.

Sus formas agrestes cambiaron por completo; sus mechones cerdosos se volvieron lana, y se hinchó de orgullo al ver su hermoso vellón.

Entonces, el hombre la esquiló.

La oveja tuvo magníficos hijos, rebosantes de salud y redondos de gordura.

El hombre se los llevó, sin decirle para donde.

La oveja quiso saltar el corral para seguirlos, y rompió un listón de madera. El hombre, furioso, asestándole un golpe en la cabeza:

-¡Vaya! -dijo-, ¡métase uno a proteger ingratos!

 

Breve Biografía de Godofredo Daireaux

Hijo de un normando que había hecho fortuna con el café en Brasil, Geoffroy Francois Daireaux (París, 1839 – Buenos Aires, 1916) se establece en la Argentina en 1868, dedicándose a la actividad agropecuaria. Por problemas de salud abandona su labor colonizadora y se dedica a la escritura y la docencia.
De 1901 a 1903 es Inspector General de Enseñanza Secundaria y Normal. Enseña Francés en el Colegio Nacional. Trabaja en La Nación, colabora en Caras y Caretas, La Prensa, La Ilustración Sudamericana, La Capital de Rosario, y dirige el diario francés L’independant. En su hogar se reúnen artistas como Fader, Quirós, Sivon e Yrurtia. Escribe relatos de costumbres –comedias argentinas, cada mate un cuento, etc.- y tratados como La cría del ganado (1887), Almanaque para el campo y Trabajo agrícola. En París publicó Dans la Pampa (1912).

miércoles, 22 de septiembre de 2010

La indiferencia de Eva

Un cuento de Puértolas Soledad - (España)

Eva no era una mujer guapa. Nunca me llegó a gustar, pero en aquel primer momento, mientras atravesaba el umbral de la puerta de mi despacho y se dirigía hacia mí, me horrorizó. Cabello corto y mal cortado, rostro exageradamente pálido, inexpresivo, figura nada esbelta y, lo peor de todo para un hombre para quien las formas lo son todo: pésimo gusto en la ropa. Por si fuera poco, no fue capaz de percibir mi desaprobación. No hizo nada por ganarme. Se sentó al otro lado de la mesa sin dirigirme siquiera una leve sonrisa, sacó unas gafas del bolsillo de su chaqueta y me miró a través de los cristales con una expresión de miopía mucho mayor que antes de ponérselas.

Dos días antes, me había hablado por teléfono. En tono firme y a una respetable velocidad me había puesto al tanto de sus intenciones: pretendía llevarme a la radio, donde dirigía un programa cultural de, al parecer, gran audiencia. Me aturden las personas muy activas y, si son mujeres, me irritan. Si son atractivas, me gustan.

–¿Bien? –pregunté yo, más agresivo que impaciente.

Eva no se alteró. Suspiró profundamente, como invadida de un profundo desánimo. Dejó lentamente sobre la mesa un cuaderno de notas y me dirigió otra mirada con gran esfuerzo. Tal vez sus gafas no estaban graduadas adecuadamente y no me veía bien. Al fin, habló, pero su voz, tan terminante en el teléfono, se abría ahora paso tan arduamente como su mirada, rodeada de puntos suspensivos. No parecía saber con certeza por qué se encontraba allí ni lo que iba a preguntarme.

–Si a usted le parece –dijo al fin, después de una incoherente introducción que nos desorientó a los dos–, puede usted empezar a explicarme cómo surgió la idea de... –no pudo terminar la frase.

Me miró para que yo lo hiciera, sin ningún matiz de súplica en sus ojos. Esperaba, sencillamente, que yo le resolviera la papeleta.

Me sentía tan ajeno y desinteresado como ella, pero hablé. Ella, que miraba de vez en cuando su cuaderno abierto, no tomó ninguna nota. Para terminar con aquella situación, propuse que realizáramos juntos un recorrido por la exposición, idea que, según me pareció apreciar, acogió con cierto alivio. Los visitantes de aquella mañana eran, en su mayor parte, extranjeros, hecho que comenté a Eva. Ella ni siquiera se tomó la molestia de asentir. Casi me pareció que mi observación le había incomodado. Lo miraba todo sin verlo. Posaba levemente su mirada sobre las vitrinas, los mapas colgados en la pared, algunos cuadros ilustrativos que yo había conseguido de importantes museos y alguna colección particular.

Por primera vez desde la inauguración, la exposición me gustó. Me sentí orgulloso de mi labor y la consideré útil. Mi voz fue adquiriendo un tono de entusiasmo creciente. Y conforme su indiferencia se consolidaba, más crecía mi entusiasmo. Se había establecido una lucha. Me sentía superior a ella y deseaba abrumarla con profusas explicaciones. Estaba decidido a que perdiese su precioso tiempo. El tiempo es siempre precioso para los periodistas. En realidad, así fue. La mañana había concluido y la hora prevista para la entrevista se había pasado. Lo advertí, satisfecho, pero Eva no se inmutó. Nunca se había inmutado. Con sus gafas de miope, a través de las cuales no debía de haberse filtrado ni una mínima parte de la información allí expuesta, me dijo, condescendiente y remota:

–Hoy ya no podremos realizar la entrevista. Será mejor que la dejemos para mañana. ¿Podría usted venir a la radio a la una?

En su tono de voz no se traslucía ningún rencor. Si acaso había algún desánimo, era el mismo con el que se había presentado, casi dos horas antes, en mi despacho. Su bloc de notas, abierto en sus manos, seguía en blanco. Las únicas y escasas preguntas que me había formulado no tenían respuesta. Preguntas que son al mismo tiempo una respuesta, que no esperan del interlocutor más que un desganado asentimiento.

Y, por supuesto, ni una palabra sobre mi faceta de novelista. Acaso ella, una periodista tan eficiente, lo ignoraba. Tal vez, incluso, pensaba que se trataba de una coincidencia. Mi nombre no es muy original y bien pudiera suceder que a ella no se le hubiese ocurrido relacionar mi persona con la del escritor que había publicado dos novelas de relativo éxito.

Cuando Eva desapareció, experimenté cierto alivio. En seguida fui víctima de un ataque de mal humor. Me había propuesto que ella perdiese su tiempo, pero era yo quien lo había perdido. Todavía conservaba parte del orgullo que me había invadido al contemplar de nuevo mi labor, pero ya lo sentía como un orgullo estéril, sin trascendencia. La exposición se desmontaría y mi pequeña gloria se esfumaría. Consideré la posibilidad de no acudir a la radio al día siguiente, pero, desgraciadamente, me cuesta evadir un compromiso.

Incluso llegué con puntualidad. Recorrí los pasillos laberínticos del edificio, pregunté varias veces por Eva y, al fin, di con ella. Por primera vez, sonrió. Su sonrisa no se dirigía a mí, sino a sí misma. No estaba contenta de verme, sino de verme allí. Se levantó de un salto, me tendió una mano que yo no recordaba haber estrechado nunca y me presentó a dos compañeros que me acogieron con la mayor cordialidad, como si Eva les hubiera hablado mucho de mí. Uno de ellos, cuando Eva se dispuso a llevarme a la sala de grabación, me golpeó la espalda y pronunció una frase de ánimo. Yo no me había quejado, pero todo iba a salir bien. Tal vez había en mi rostro señales de estupefacción y desconcierto. Seguí a Eva por un estrecho pasillo en el que nos cruzamos con gentes apresuradas y simpáticas, a las que Eva dedicó frases ingeniosas, y nos introdujimos al fin en la cabina. En la habitación de al lado, que veíamos a través de un

panel de cristal, cuatro técnicos, con los auriculares ajustados a la cabeza, estaban concentrados en su tarea. Al fin, todos nos miraron y uno de ellos habló a Eva. Había que probar la voz. Eva, ignorándome, hizo las pruebas y, también ignorándome, hizo que yo las hiciera. Desde el otro lado del panel, los técnicos asintieron. Me sentí tremendamente solo con Eva. Ignoraba cómo se las iba a arreglar.

Repentinamente, empezó a hablar. Su voz sonó fuerte, segura, llena de matices. Invadió la cabina y, lo más sorprendente de todo: hablando de mí. Mencionó la exposición, pero en seguida añadió que era mi labor lo que ella deseaba destacar, aquel trabajo difícil, lento, apasionado. Un trabajo, dijo, que se correspondía con la forma en que yo construía mis novelas. Pues eso era yo, ante todo, un novelista excepcional. Fue tan calurosa, se mostró tan entendida, tan sensible, que mi voz, cuando ella formuló su primera pregunta, había quedado sepultada y me costó trabajo sacarla de su abismo. Había tenido la absurda esperanza, la seguridad, de que ella seguiría hablando, con su maravillosa voz y sus maravillosas ideas. Torpemente, me expresé y hablé de las dificultades con que me había encontrado al realizar la exposición, las dificultades de escribir una buena novela, las dificultades de compaginar un trabajo con otro. Las dificultades,

en fin, de todo. Me encontré lamentándome de mi vida entera, como si hubiera errado en mi camino y ya fuera tarde para todo y, sin embargo, necesitara pregonarlo. Mientras Eva, feliz, pletórica, me ensalzaba y convertía en un héroe. Abominable. No su tarea, sino mi papel. ¿Cómo se las había arreglado para que yo jugara su juego con tanta precisión? A través de su voz, mis dudas se magnificaban y yo era mucho menos aún de lo que era. Mediocre y quejumbroso. Pero la admiré. Había conocido a otros profesionales de la radio; ninguno como Eva. Hay casos en los que una persona nace con un destino determinado. Eva era uno de esos casos. La envidié. Si yo había nacido para algo, y algunas veces lo creía así, nunca con aquella certeza, esa entrega. Al fin, ella se despidió de sus oyentes, se despidió de mí, hizo una señal de agradecimiento a sus compañeros del otro lado del cristal y salimos fuera.

En aquella ocasión no nos cruzamos con nadie. Eva avanzaba delante de mí, como si me hubiera olvidado, y volvimos a su oficina. Los compañeros que antes me habían obsequiado con frases alentadoras se interesaron por el resultado de la entrevista. Eva no se explayó. Yo me encogí de hombros, poseído por mi papel de escritor insatisfecho. Me miraron desconcertados mientras ignoraban a Eva, que se había sentado detrás de su mesa y, con las gafas puestas y un bolígrafo en la mano, revolvía papeles. Inicié un gesto de despedida, aunque esperaba que me sugirieran una visita al bar como habitualmente sucede después de una entrevista. Yo necesitaba esa copa. Pero nadie me la ofreció, de forma que me despedí tratando de ocultar mi malestar.

Era un día magnífico. La primavera estaba próxima. Pensé que los almendros ya habrían florecido y sentí la nostalgia de un viaje. Avanzar por una carretera respirando aire puro, olvidar el legado del pasado que tan pacientemente yo había reunido y, al fin, permanecía demasiado remoto, dejar de preguntarme si yo ya había escrito cuanto tenía que escribir y si llegaría a escribir algo más. Y, sobre todo, mandar a paseo a Eva. La odiaba. El interés y ardor que mostraba no eran ciertos. Y ni siquiera tenía la seguridad de que fuese perfectamente estúpida o insensible. Era distinta a mí.

Crucé dos calles y recorrí dos manzanas hasta llegar a mi coche. Vi un bar a mi izquierda y decidí tomar la copa que no me habían ofrecido. El alcohol hace milagros en ocasiones así. Repentinamente, el mundo dio la vuelta. Yo era el único capaz de comprenderlo y de mostrarlo nuevamente a los ojos de los otros. Yo tenía las claves que los demás ignoraban. Habitualmente, eran una carga, pero de pronto cobraron esplendor. Yo no era el héroe que Eva, con tanto aplomo, había presentado a sus oyentes, pero la vida tenía, bajo aquel resplandor, un carácter heroico. Yo sería capaz de transmitirlo. Era mi ventaja sobre Eva. Miré la calle a través de la pared de cristal oscuro del bar. Aquellos transeúntes se beneficiarían alguna vez de mi existencia, aunque ahora pasaran de largo, ignorándome. Pagué mi consumición y me dirigí a la puerta.

Eva, abstraída, se acercaba por la calzada. En unos segundos se habría de cruzar conmigo. Hubiera podido detenerla, pero no lo hice. La miré cuando estuvo a mi altura. No estaba abstraída, estaba triste. Era una tristeza tremenda. La seguí. Ella también se dirigía hacia su coche, que, curiosamente, estaba aparcado a unos metros por delante del mío. Se introdujo en él. Estaba ya decidido a abordarla, pero ella, nada más sentarse frente al volante, se tapó la cara con las manos y se echó a llorar. Era un llanto destemplado. Tenía que haberle sucedido algo horrible. Tal vez la habían amonestado y, dado el entusiasmo que ponía en su profesión, estaba rabiosa. No podía acercarme mientras ella continuara llorando, pero sentía una extraordinaria curiosidad y esperé. Eva dejó de llorar. Se sonó estrepitosamente la nariz, sacudió su cabeza y puso en marcha el motor del coche. Miró hacia atrás, levantó los ojos, me vio.

Fui hacia ella. Tenía que haberme reconocido, porque ni siquiera había transcurrido una hora desde nuestro paso por la cabina, pero sus ojos permanecieron vacíos unos segundos. Al fin, reaccionó:

–¿No tiene usted coche? –preguntó, como si ésa fuera la explicación de mi presencia allí.

Negué. Quería prolongar el encuentro.

–Yo puedo acercarle a su casa –se ofreció, en un tono que no era del todo amable.

Pero yo acepté. Pasé por delante de su coche y me acomodé a su lado. Otra vez estábamos muy juntos, como en la cabina. Me preguntó dónde vivía y emprendió la marcha. Como si el asunto le interesara, razonó en alta voz sobre cuál sería el itinerario más conveniente. Tal vez era otra de sus vocaciones. Le hice una sugerencia, que ella desechó.

–¿Le ha sucedido algo? –irrumpí con malignidad–. Hace un momento estaba usted llorando.

Me lanzó una mirada de odio. Estábamos detenidos frente a un semáforo rojo. Con el freno echado, pisó el acelerador.

–Ha estado usted magnífica –seguí– Es una entrevistadora excepcional. Parece saberlo todo. Para usted no hay secretos.

La luz roja dio paso a la luz verde y el coche arrancó. Fue una verdadera arrancada, que nos sacudió a los dos. Sin embargo, no me perdí su suspiro, largo y desesperado.

–Trazó usted un panorama tan completo y perfecto que yo no tenía nada que añadir.

–En ese caso –replicó suavemente, sin irritación y sin interés–, lo hice muy mal. Es el entrevistado quien debe hablar.

Era, pues, más inteligente de lo que parecía. A lo mejor, hasta era más inteligente que yo. Todo era posible. En aquel momento no me importaba. Deseaba otra copa. Cuando el coche enfiló mi calle, se lo propuse. Ella aceptó acompañarme como quien se doblega a un insoslayable deber. Dijo:

–Ustedes, los novelistas, son todos iguales.

La frase no me gustó, pero tuvo la virtud de remitir a Eva al punto de partida. Debía de haber entrevistado a muchos novelistas. Todos ellos bebían, todos le proponían tomar una copa juntos. Si ésa era su conclusión, tampoco me importaba. Cruzamos el umbral del bar y nos acercamos a la barra. Era la hora del almuerzo y estaba despoblado. El camarero me saludó y echó una ojeada a Eva, decepcionado. No era mi tipo, ni seguramente el suyo.

Eva se sentó en el taburete y se llevó a los labios su vaso, que consumió con rapidez, como si deseara concluir aquel compromiso cuanto antes. Pero mi segunda copa me hizo mucho más feliz que la primera y ya tenía un objetivo ante el que no podía detenerme.

–¿Cómo se enteró usted de todo eso? –pregunté–. Tuve la sensación de que cuando me visitó en la Biblioteca no me escuchaba.

A decir verdad, la locutora brillante e inteligente de hacía una hora me resultaba antipática y no me atraía en absoluto, pero aquella mujer que se había paseado entre los manuscritos que documentaban las empresas heroicas del siglo XVII con la misma atención con que hubiese examinado un campo yermo, me impresionaba.

–Soy una profesional –dijo, en el tono en que deben decirse esas cosas.

–Lo sé –admití–. Dígame, ¿por qué lloraba?

Eva sonrió a su vaso vacío. Volvió a ser la mujer de la Biblioteca.

–A veces lloro –dijo, como si aquello no tuviera ninguna importancia–. Ha sido por algo insignificante. Ya se me ha pasado.

–No parece usted muy contenta –dije, aunque ella empezaba a estarlo.

Se encogió de hombros.

–Tome usted otra copa –sugerí, y llamé al camarero, que, con una seriedad desacostumbrada, me atendió.

Eva tomó su segunda copa más lentamente. Se apoyó en la barra con indolencia y sus ojos miopes se pusieron melancólicos. Me miró, al cabo de una pausa.

–¿Qué quieres? –dijo.

–¿No lo sabes? –pregunté.

–Todos los novelistas... –empezó, y extendió su mano.

Fue una caricia breve, casi maternal. Era imposible saber si Eva me deseaba. Era imposible saber nada de Eva. Pero cogí la mano que me había acariciado y ella no la apartó. El camarero me dedicó una mirada de censura. Cada vez me entendía menos. Pero Eva seguía siendo un enigma. Durante aquellos minutos –el bar vacío, las copas de nuevo llenas, nuestros cuerpos anhelantes– mi importante papel en el mundo se desvaneció. El resto de la historia fue vulgar.

 

martes, 21 de septiembre de 2010

TIEMPO DE PRIMAVERA

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Cada año la rueda en su incesante giro modifica las formas, los colores, olores y sabores, el círculo del tiempo se dibuja en los cambios de la naturaleza en un sincronismo perfecto que ningún calendario puede tabular.

Desde los tiempos más antiguos se configuraron leyendas, anécdotas, cuentos, mitos, buscando narrar y explicar los fenómenos que escapaban de las habilidades humanas y pertenecían al misterio insondable. Por que muere y renace la vida?, por que los frutos solo llegan a su tiempo?, ...Como darle sentido, significado y explicación a estas preguntas sino creando Dioses constructores y responsables de todo aquello fuera del alcance de la comprensión y posibilidad del hombre . Dioses con variados nombres, atributos, formas , pero siempre conservando orígenes y poderes análogos sin importar la cultura, el sitio de origen, el tiempo de su nacimiento, los mismos misterios se despliegan a todo lo largo y lo ancho del planeta y por debajo de las apariencias de forma una imaginería común brotaba de la mente de los hombres y mujeres.

Sin importar la fecha de cada estación, ni siquiera la clara o sutil diferenciación de estas estaciones en cuatro tiempos, en tres, en dos....Cuatro momentos claves, cuatro instancias específicas quedaban dibujadas en la impresión vivencial de todo ser vivo.

En los países nórdicos donde solo existen dos grandes momentos: Invierno y Verano, otoño era el amanecer del Invierno y Primavera el del verano, ambos simbolizaban claramente los inicios de una nueva etapa. Es su duración lo que varia según la situación geográfica de cada región, no su escénica.

La GRAN MAREA de la vida se desplaza sinuosa, ondulante, metamorfoseándose sobre si misma, creciendo y disminuyéndose, y en su danza eterna dibuja la materia plasmando en ella su huella.

Nuestros cuerpos parte misma de la Madre tierra responden a la marea sin atender nuestras creencias, sin esperar que las reconozcamos, ni siquiera requiere que estemos atentos, es solo un suceder continuo...

Y por eso mismo al llegar este tiempo de renacimiento, de puro florecimiento de la vida, son nuestros cuerpos los que se agitan, los que claman por resurgir del letargo del invierno. Primavera es el momento del despertar del corazón....tiempo en que el AMOR se muestra con su calidez, su máxima seducción, aun no llego la pasión ni el arrebato, aun es incipiente el despertar...la hembra se alista para procrear, el macho se alza impetuoso para derramarse en la fuerza gestante.

El Cielo se encuentra con la Tierra y da a luz los diez mil seres....

No es tiempo de copula, es tiempo de salir a buscar complemento, de sentir en cada célula el renacer del impulso, de abrirse como un capullo a recibir la lluvia, el viento, la luz, la noche...Es tiempo de desperezarse y sacudirse modorras, pasados, vicios, yuyos, polvo....Es tiempo de sentir!.

De sentir con la piel, con los huesos, con los ojos, con la boca, con la palma y el dorso de las manos extendidas como ramas jóvenes y hambrientas en busca del contacto que estimula y vivifica...

La alegría ingresa ,se escurre por los poros, nos sorprende en una sonrisa impensada frente al espectáculo radiante de la naturaleza en flor, o al chocar con dos enamorados amándose en su espacio sin interferencias de ojos curiosos, ávidos, deseosos...

Hoy la alegría se estrella muchas veces con la opacidad cotidiana, con nuestro olvido imperdonable al sentido de la existencia, y entonces nos sentimos aprisionados, confusos, llenos de malestares inexplicables, solos...generalmente nunca como en este tiempo cada quien toma conciencia de su mucha o poca soledad personal.

Ahora bien que es lo que sucede dentro de cada uno de nosotros en esta época?

Es ahora cuando podemos notar las sutiles diferencias entre machos y hembras, mujeres y hombres, no somos lo mismo, dos razas diferentes que se necesitan mutuamente, que se acercan y se alejan, que carecen de completud sin complemento. Ellas sienten el despertar en su sexo, en su cuenco hambriento de semillas, en su pulsión a recibir y saciarse de fuerza vital, despierta el instinto y la mente justifica con enamoramientos, necesidades, no importa es el puro instinto que mas allá de disfraces la empuja a perpetuar la existencia...

Ellos sienten la tensión, sospechan su derramarse, su entrega inevitable al poder de lo femenino, ellos temen por que reconocen en esa entrega su muerte inevitable

La Primavera es el tiempo en que la fuerza masculina, ( YANG) tiene su máximo dominio, su plenitud y por lo tanto avanza hacia su ocaso, la fuerza femenina (YIN) se despliega en el interior aguardando, abierta, expectante, dispuesta, devoradora. La semilla debe derramarse y penetrarla y en ese mismo movimiento nace el brote que es muerte de el Yang viejo y nacimiento del Ying joven. La mujer se llena el hombre se vacía y este juego de energías impreso en el inconsciente colectivo de todos es quien alerta al intelecto olvidado de la riqueza del misterio los riesgos para el Ego!.

Por que es por cierto el Ego deseoso de control, lejano al instinto y a la vida misma quien se retuerce de miedo frente a esta dinámica inevitable, quien se justifica y niega, quien opta por mantenerse a prudente distancia de si mismo.

Y así los hombres que dejaron detrás su infancia y su adolescencia, que han caminado cada vez mas lejos de su escénica se deprimen en primavera sintiendo una oscura opresión y manifiestan este gran miedo por lo general atrayendo dificultades en sus trabajos, en su entorno, en sus responsabilidades. No saben que les sucede, no escuchan la suplica de su cuerpo tembloroso que anhela morir dando vida.

Ellas no pueden evitarlo, late su vientre, se dilata el deseo, sudan buscando atraer la semilla, sin importar cuan distraídas están, perciben en mas o en menos que repentinamente hay mas hombres en la tierra, que son miradas, que están demasiado solas, que lloran sin saber por que, se sensibilizan, sueñan, se emocionan...

Primavera es tiempo de inicios, de impulsos, de puro deseo de hacer, fuerza que puja solo al exterior, que busca avanzar sin objetivos, sin metas, tiempo de pura vida amorfa que ira consolidándose en forma al acumular substancia solo después se desparramara en las “mil cosas”

Solo la mente humana es capaz de creer en plena Primavera que algo de lo que fue continua siendo, ilusión de continuidad, manía humana...El Invierno arraso con todo solo poseemos la apariencia de duración, cáscaras que entorpecen nuestro camino.... Podemos elegir... ¡Elegir comenzar nuevamente una nueva rueda o perpetuar la ilusión de continuidad ininterrumpida!

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lunes, 20 de septiembre de 2010

Historia del joven celoso -

Un cuento de Cami, Henri Pierre - Francia: 1884-1958

Había una vez un joven que estaba muy celoso de una muchacha bastante voluble.

Un día le dijo:

-Tus ojos miran a todo el mundo.

Entonces, le arrancó los ojos.

Después le dijo:

-Con tus manos puedes hacer gestos de invitación.

Y le cortó las manos.

“Todavía puede hablar con otros”, pensó. Y le extirpó la lengua.

Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes.

Por último, le cortó las piernas. “De este modo -se dijo- estaré más tranquilo”.

Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba. “Ella es fea -pensaba-, pero al menos será mía hasta la muerte”.

Un día volvió a la casa y no encontró a la muchacha: había desaparecido, raptada por un exhibidor de fenómenos.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

“EL JOVEN QUE ENTRÓ AL PALACIO DE GOBIERNO”.

 

                      Del autor Italiano Roberto Piumini

Un día un joven atravesó la puerta de piedra del palacio donde vivía el Gobernador de Milán. Rápidamente apareció un portero de tres metros de altura que le dijo bruscamente:

-¿Qué busca?

-Te busco a ti-, respondió el joven, el cual era rubio y llevaba una corbata de lacito al cuello.

-Ajá-, contestó asombrado el portero. -¿Y por qué me busca?

-Pues para que me indique el camino que me llevará frente al Gobernador de Milán-, dijo el joven de corbata de lacito y zapatos de color amarillo tostado.

El portero, muy gentilmente, le explicó cuales y cuantos corredores tenía que atravesar. El joven recorrió todos hasta encontrarse frente a una puerta de madera de nuez. Tocó y un vigilante de dos metros de altura abrió la puerta preguntándole con voz decidida:

-¿Buscaba algo?

-Sí, a ti-, respondió el joven de zapatos amarillos y chaqueta rojo fuego. El vigilante enrojeció también y balbuceando dijo:

- ¿Y p … por qué m … me buscabas?

-Pues, para poder entrar en las oficinas del Gobernador de Milán, -dijo el joven de chaqueta roja y pantalones azules como el cielo.

El vigilante inclinó la cabeza en forma de saludo y lo condujo a través de una sala decorada con murales de guerra hasta llegar a una puerta de madera de cerezo, y luego se fue. El joven tocó el timbre y le abrió un secretario de un metro y diez centímetros de altura que amablemente le dijo:

-¿Qué buscaba?

-Te busco a ti-, respondió el joven de pantalones azules y lentes redondos.

-¿Ah, sí?-, respondió el secretario con un hilo de voz.

-¿Y… por qué me buscaba?

-Para presentarme ante el Gobernador de Milán,- dijo el joven de lentes redondos y sombrero de lana verde. Entonces el secretario sonrió y lo guió por una larga alfombra que conducía a una puerta de madera de castaño, después torció dos veces y se marchó. El joven de sombrero de lana y una pipa encendida en la boca, bajó la manilla y entró en una enorme habitación blanca. En el medio de la habitación, sentado dentro de un montón de papeles se encontraba un hombrecito de cincuenta centímetros de altura. Era el propio gobernador de Milán.

-¿Qué puedo hacer por usted?- dijo el hombrecillo saliendo a su encuentro con su manita bien extendida.

Entonces el joven de la pipa y el paraguas de seda violeta, se metió al

Gobernador de Milán debajo del brazo, regresó a su casa y lo tiró entre sus juguetes.

 

Algo sobre el autor

Roberto Piumini: Nació en Edolo (Italia) en 1947 y vive actualmente en Milán. Es uno de los escritores italianos más interesantes y creativos de los últimos años; ha sido maestro, pedagogo, director de grupos de teatro y actor. Desde 1978 ha publicado sus obras con cerca de treinta editoriales, y es ampliamente reconocido en Europa y fuera de ella por sus libros en géneros tan variados como la poesía, el cuento, la retahíla, la fábula, la novela y la obra de teatro. Ha escrito libros tanto para público infantil y juvenil como para adultos y ha sido traducido a numerosos idiomas. También es compositor de canciones infantiles, y con ellas enriquece sus encuentros con los chicos en escuelas y bibliotecas.

Sus libros han sido galardonados con una treintena de premios infantiles (Bantarellino, Vergerio, Andersen, etc.). En 1991 recibió el Premio Chiara por Tre d’amore y el Dessì por su novela para adultos La rosa di Brod, y en 1998 con Motu-Iti recibió en Alemania el Premio Flautista de Hamelín. En 2005 fue nominado por su país al Astrid Lindaren Memorial Award.

Este cuento fue publicado en castellano por la Editorial María Di Mase de Caracas.

martes, 14 de septiembre de 2010

HOMENAJE A BENDETTI

 
A un año de su “cambio de realidad”, quiero dedicarle este pequeño homenaje a este escritor que supo crear una mira amplia con una prosa tan clara que sin esfuerzo se desliza en cuanto oído dispuesto encuentra en su camino.
Muchos lo aman, muchos lo critican, yo siento que fue un grande y su voz sigue contando de esas cosas de cada día que nos suceden en el alma, sin necesidad de remilgues ni erudiciones, pues su sabiduría supo crear en el río de la memoria en el que las historias saben ser inmortales.
Los dejo con su voz….

La lluvia y los hongos

Un Cuento del Autor Uruguayo Mario Benedetti

¿Sinceridad? Cuidado con la palabrita. Por lo pronto, querida, no era éste nuestro convenio de hace cuatro horas. ¿Recordás lo que dijimos? No existe el pasado. Claro que es difícil abolirlo. Pero reconoce que hubiera sido lindo quedarnos con nuestra imagen de hoy, vos y yo en aquel zaguán oscuro, provisoriamente resguardados del aguacero, vos y yo mirándonos, vos y yo sintiendo que de pronto circulaba entre la corriente milagrosa, vos y yo inscribiéndonos tácitamente en el compromiso de venir aquí, o a cualquier habitación tan sórdida como ésta, para repetir, como siempre con fundadas esperanzas, la búsqueda del amor. Después de todo, ¿Qué crees que es la sinceridad? ¿Qué yo diga lo que te gusta y vos me digas lo que me revienta? Cuidado con la palabrita. La sinceridad (cuando es sincera, porque también hay una sinceridad falluta) siempre nos llevará a odiarnos un poco. Ahora me da lástima verte así, tan indefensa, tan iluminada.
¿Querés apagar la luz? Conviene que te cubras por lo menos. Además, ya no llueve. A lo mejor, tenés razón. Terminada la lluvia, el pasado vuelve a nacer como los hongos. ¿Querés que empiece por la infancia con padres, con libros y sin ternura? No, esa parte es más bien tediosa. ¿Querés que empiece por la zona de amistad? Ya sé, estarás pensando: cuántas ventajas para el hombre, Dios mío (Por que vos decís a menudo diosmio), no cultivan la virginidad ni tienen los pies fríos ni soportan la menstruación, y, como si eso fuera poco, poseen la necesaria ingenuidad para creerse amigos, nosotras en cambio sabemos a qué atenernos, nos encontramos, nos reímos con cierto escándalo, nos besamos simbólicamente con los labios en el aire, decimos pestes de las cuñadas, de las primas, de las presuntas amigas ausentes, comparamos detalles de nuestros novios, amantes o maridos, intercambiamos falsas confidencias y besamos otra vez el aire antes de separarnos con la misma envidia contenida. Si, estarás pensando en eso, y quizá tengas un poco de razón. Pero la verdad es que a mi no me ha hecho la feliz la amistad. Simplemente compruebo. Tuve exactamente tres amigos. Ya ves que no es tan fácil. Sólo tres. El primero se quedó con un sobre que contenía mi sueldo y nunca más supe de él. Con el segundo me tomé a golpes, y las cicatrices respectivas (ésta del pómulo, otra en su hombro derecho) nos impiden olvidarlo todo. En cuanto al tercero, me quitó la novia. No, esa vez yo no estaba realmente enamorado. Lo importante vino después. Fue la única ocasión en que me sentí vivir en pleno, como un animal nuevo y despierto, ágil, sensible, aunque horriblemente preocupado. Estaba, como explicarte, deslumbrado ante mí mismo, ante esos inesperados matices de posesión y de ternura que descubría en los menos comunicables de mis pensamientos. Pasaba como un fantasma por mi empleo, por la calle, por mi casa. Estaba enamorado como puede estarlo un chico de su maestra, o de la amiga de su hermana mayor. ¿Cómo era ella? Bah, era inculta, primaria, pero tenía una sabiduría instintiva que la hacía intocable, una sensibilidad que convertía en perfecto todo cuanto hacía. Hablaba sin gran elocuencia, un poco a balbuceos, pero poseía la elocuencia más difícil: la de las actitudes. Frente al problema más intrincado, su actitud era siempre irreprochable. Tenía un increíble olfato de lo que estaba bien. Un desequilibrio que a la postre me resultó intolerable. Ella me quería, estoy seguro, pero había una suerte de juego mezclado a su amor. Yo tenía una horrible conciencia de no ser tomado en serio. Pero mi amor, llamémosle así, tampoco era limpio. Estaba, como te diré, contaminado de respeto. Y así no se puede, claro. Quizá ella tenía la horrible sensación de ser tomada en serio. Nunca se sabe. De todos modos, era un desequilibrio. Un día no pude más y la golpeé. Tuve que hacerlo. La golpeé, la humillé, la obligué a cometer acciones que eran denigrantes en nuestra relación. Tenía que verla vez en alguna postura horrible, en una actitud absurda, reprochable. Ya sé que es difícil de comprender, no precisa que me mires así. No lo conseguí, claro. Porque ella pudo resistir. ¿ No te digo que la obligué? En ese momento pensé que lo había conseguido. Estaba allí, asombrada y despreciable, y yo podía mirarla sin respeto, como si hubiera verdaderamente prostituído su pasado. Pero al día siguiente adoptó de nuevo la actitud irreprochable, la única podía purificar la inmundicia de la víspera. ¿Todavía no comprendés? Abrió el gas. La maté, claro. ¿Querías decir eso? Fui el culpable, el único, ¿te das cuenta? Y ahora, por favor hablemos de otra cosa. De tus amores, por ejemplo.
 

Si quieren verlo contar….

 


Algo sobre Mario Benedetti - 1920-2009

Mario Orlando Hardi Hamlet Breno Benedetti Farrugia1 (Paso de los Toros, Uruguay, 14 de septiembre de 1920 – Montevideo, Uruguay, 17 de mayo de 2009), más conocido como Mario Benedetti, fue un escritor y poeta uruguayo integrante de la Generación del 45, a la que pertenecen también Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti, entre otros.
Cuando Mario Benedetti nació, hace hoy 90 años, el lugar en el que vino al mundo se llamaba Santa Isabel, aunque desde siempre se le había conocido como Paso de los Toros, y así volvería a ser a partir de 1929.
Siguiendo las costumbres italianas, a Benedetti lo bautizaron como Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno. Publicó su primer libro, el poemario La víspera indeleble, en 1945, y hasta Testigo de uno mismo, el último que apareció en vida del autor, fueron casi 90 las obras de un escritor que se caracterizó por su enorme capacidad creativa, su compromiso con un mundo mejor y su cercanía con sus lectores.
Benedetti recibió, el 30 de noviembre de 1996, el Premio Morosoli de Plata de Literatura, entregado por la Fundación Lolita Rubial, de Minas, Uruguay.
En la ocasión, Benedetti fue destacado por su obra narrativa. El mismo año, junto a otros cincuenta escritores, fue distinguido por el Estado de Chile con la Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral.
En mayo de 1997 fue investido con el título Doctor honoris causa por la Universidad de Alicante y unos días más tarde, el 11 de junio, fue también investido por la Universidad de Valladolid. El 30 de septiembre del mismo año fue galardonado con el Premio León Felipe, en mención a los valores cívicos del escritor. Además fue investido en diciembre como Doctor honoris causa en Ciencias Filológicas de la Universidad de La Habana.
El 31 de mayo de 1999 fue galardonado con el VIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, dotado de 6.000.000 ₧. La Fundación Cultural y Científica Iberoamericana José Martí le concedió el 29 de marzo de 2001 el I Premio Iberoamericano José Martí.4 El 19 de noviembre de 2002 fue nombrado Ciudadano ilustre por la Intendencia de Montevideo, en una ceremonia encabezada por el intendente Mariano Arana.
En 2004 se le concedió el Premio Etnosur. En 2004 se presentó por primera vez en Roma, Italia, un documental sobre la vida y la poesía de Mario Benedetti, titulado "Mario Benedetti y otras sorpresas". El documental, que fue escrito y dirigido por Alessandra Mosca, y protagonizado por Benedetti, fue patrocinado por la Embajada de Uruguay en Italia. El documental participó en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, en el XIX Festival del Cinema Latinoamericano di Trieste y en el
Festival Internacional de Cine de Santo Domingo. En 2005, Mario Benedetti presentó el poemario Adioses y bienvenidas. En la ocasión también se exhibió el documental Palabras verdaderas, donde el poeta
hizo aparición. El 7 de junio de 2005 se adjudicó el XIX Premio Internacional Menéndez Pelayo, consistente en 48.000 € y la Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. El premio, otorgado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, es un reconocimiento a la labor de personalidades destacadas en el ámbito de la creación literaria o científica, tanto en idioma español como portugués.
Mario Benedetti repartía su tiempo entre sus residencias de Uruguay y España, atendiendo a sus múltiples obligaciones y compromisos. Después del fallecimiento de su esposa Luz López, el 13 de abril de 2006,5 víctima de la enfermedad de Alzheimer, Benedetti se trasladó definitivamente a su residencia en el barrio Centro de Montevideo, Uruguay. Con motivo de su traslado, Benedetti donó parte de su biblioteca personal en Madrid, al Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de
Alicante.
La Fundación Lolita Rubial volvió a condecorar a Benedetti el 25 de noviembre de 2006, con el Premio Morosoli de Oro.
El 18 de diciembre de 2007, en la sede del Paraninfo de la Universidad de la República, en Montevideo, Benedetti recibió de manos de Hugo Chávez la "Condecoración Francisco de Miranda", la más alta distinción que otorga el gobierno de Venezuela por el aporte a la ciencia, la educación y al progreso
de los pueblos. Ese mismo año recibió la Orden de Saurí, Primera Clase, por servicios prestados a la literatura. La Orden de Saurí es la condecoración más alta de El Salvador.
En el 2007, Benedetti recibió el premio ALBA, otorgado por los países miembros de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América. En los últimos diez años, debido al asma y por recomendación médica, el escritor alternaba su residencia en España y en Uruguay, tratando de evitar
el frío, pero al agravarse su estado de salud permaneció en Montevideo.
La muerte de su esposa Luz López en 2006, luego de seis décadas de matrimonio, fue un duro golpe para Benedetti que, según confesó, sobrellevó escribiendo.
En uno de sus últimos libros, titulado Canciones del que no canta, alude a su historia personal. "No fue una vida fácil, francamente", ha dicho Benedetti, quien con su pluma marcó a varias generaciones.
En abril de 2009 tras su internación en Montevideo, se organizó por iniciativa de Pilar del Río (esposa del escritor José Saramago) una "Cadena de Poesía" mundial para apoyarlo.
El día 17 de mayo de 2009 poco después de las 18:00, Benedetti muere en su casa de Montevideo, a los 88 años de edad.8 9 El Palacio Legislativo fue designado como el sitio de su velatorio. En el marco de este hecho, el gobierno uruguayo decretó duelo nacional y dispuso que su velatorio se realizara con honores patrios en el "Salón de los Pasos Perdidos" del Palacio Legislativo desde las 9:00 del lunes 18 de mayo.

EN ESAS HISTORIAS NO HAY NADA

       Una Fábula de Robert Louis Stevenson

Los nativos le contaron muchas historias. Lo previnieron especialmente contra la casa de juncos amarillos, ceñida de cáñamo negro. Quien la tocaba era inmediatamente apresado por Akaänga y sometido a su poder por Miru el Rojo y adormecido por el vino de los muertos y asado en los hornos y devorado por los devoradores de los muertos.

—En esas historias no hay nada —dijo el misionero.

Había una bahía en esas islas, una hermosa bahía, pero los nativos decían que bañarse en sus aguas era morir.

—En esas historias no hay nada —dijo el misionero, y llegó a la bahía y salió a nadar. Un remolino lo arrastró hacia un arrecife—. Caramba —dijo el misionero—, parece que hay algo —y nadó con más fuerza, pero el remolino se lo llevó—. No me importa este remolino —dijo el misionero, y al pronunciar esas palabras vio una casa elevada sobre pilotes. Era de junco amarillo. Cada junco se entrelazaba con otro y todo estaba ceñido por cáñamo negro. Una escalera conducía a la puerta y alrededor pendían calabazas. No había visto nunca una casa así ni semejantes calabazas. El remolino lo arrastraba hacia la escalera—. Esto es raro —dijo el misionero—, pero no es nada —y arribó al pie de la escalera y subió. Era una hermosa casa, pero adentro no había nadie, y cuando el misionero miró hacia atrás no vio ninguna isla, sólo el mar y el oleaje—. Es raro lo de la isla —dijo el misionero—, pero quién dice miedo. Mis historias son la verdad —y tomó una calabaza, porque le gustaban las curiosidades, pero en cuanto la tocó, reventó como una burbuja y desapareció. La noche lo cercó, y las aguas y las tramas de la red lo oprimieron, y se revolcó como un pez.

—Uno diría que estas historias son ciertas —dijo el misionero—, pero si lo son, ¿qué será de las mías?

El brillo de la antorcha de Akaänga se acercaba en la noche y las deformes manos tanteaban la trama de la red, y agarraron al misionero entre el pulgar y el índice, y lo llevaron chorreando en la noche y en el silencio al lugar del horno de Miru. Y ahí estaba Miru, rojo en el resplandor de los hornos, y ahí estaban sentadas sus cuatro hijas, preparando el vino de los muertos, y ahí estaban los que habían llegado de las islas de los mortales, quejándose y llorando.

Para los hijos de los hombres terrible era llegar a aquel sitio. Pero de cuantos llegaron ahí, el más preocupado era el misionero y, para peor, el que lo llevaba era un converso suyo.

—Caramba —dijo el converso—, aquí está usted con sus vecinos. ¿Y ahora qué pasa con sus historias?

—Parece —dijo el misionero, bañado en lágrimas—, que en mis historias no había nada.

El vino de los muertos ya estaba listo y las hijas de Miru entonaron su antiguo canto.

—Ya se fueron las verdes islas y el claro mar, el sol, la luna y los cuarenta millones de estrellas, y la vida, el amor y la esperanza. Desde ahora no queda nada, salvo la sombra y el silencio, y ver a sus amigos devorados, porque la vida es un engaño y la venda ha caído de vuestros ojos.

Concluido el canto, una de las hijas de Miru llegó con el cuenco, y la sed del vino se despertó en el pecho del misionero, y el misionero lo deseó como el nadador desea la tierra o el hombre a la mujer, y tendió la mano y tomó el cuenco y estuvo a punto de beber. Y entonces recordó, y lo rechazó.

—Bebe —dijo la hija de Miru—. No hay vino como el vino de los muertos. Beber lo es la mayor recompensa.

—Gracias —dijo el misionero—, su aroma es excelente, pero soy abstemio. Y aunque sé que hay diversos pareceres en nuestra propia fe, he sido siempre de opinión que nos está vedado beber el vino de los muertos.

—¿Cómo? —exclamó el converso—. ¿Va usted a respetar un tabú en tiempos como éstos; usted, que cuando estaba vivo, se oponía siempre a los tabúes?

—A los tabúes ajenos —dijo el misionero—. Nunca a los míos.

—Pero ahora se ve que los suyos estaban equivocados —dijo el converso.

—Así parece —dijo el misionero—, yo no puedo hacer nada, pero ésa no es razón para que yo rompa mi juramento.

—Nunca oí nada parecido —dijo la hija de Miru—. ¿Qué espera usted ganar?

—Eso no importa —dijo el misionero—. Tomé este voto para otros. No voy a romperlo para mí.

La hija de Miru estaba perpleja. Fue y se lo dijo a su madre, y Miru se irritó. Fueron y se lo dijeron a Akaänga.

—No sé qué hacer —dijo Akaänga, y fue y discutió con el misionero.

—Pero hay dos cosas que se llaman el bien y el mal —dijo el misionero—, y sus hornos nada pueden hacer con ellas.

—Dale el vino a los otros —dijo Akaänga a la hija de Miru—. Debo librarme de este abogado naval inmediatamente, o quién sabe qué ocurrirá.

En un segundo, el misionero surgió en medio del mar, y ahí estaban las palmeras de las islas. Nadó a la orilla alegremente y tocó tierra. Mucho tenía en qué pensar.

—Parece que me han informado mal sobre ciertos puntos —dijo él—. En esas historias no hay nada, pero al fin y al cabo hay algo. Eso me alegra.

Y tocó la campana para la misa.

MORALEJA

Los maderos se rompen, las piedras se hacen trizas,

Los eternos altares vacilan y se caen,

Las sanciones y las historias se desvanecen

Ante el asombrado evangelista.

Que inconmovible está de pie desde la vejez hasta la juventud

Sobre una punta de alfiler: la verdad.

 

Algo sobre el autor

Robert Louis Balfour Stevenson (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850 – Upolu, Samoa, 3 de diciembre de 1894). Es autor de algunas de las historias fantásticas y de aventuras más populares, como La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde o La flecha negra adaptadas para niños y llevadas varias veces al cine en el siglo XX. Fue importante también su obra ensayística, breve pero decisiva en lo que se refiere a la estructura de la moderna novela de peripecias. Fue muy apreciado en su tiempo y siguió siéndolo después de su muerte.

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lunes, 13 de septiembre de 2010

La cigüeña cruel y el cangrejo listo

             

En un espeso bosque había un pequeño estanque lleno de truchas. Como la estación era muy calurosa y el río que vertía sus aguas en el estanque muy poco caudaloso, pronto los peces se encontraron con que el lugar les resultaba bastante incómodo.

Una blanca cigüeña que les estaba observando se dijo:

- Es necesario que encuentre la manera de engordar a esos peces y convertirlos en mi comida.

Mientras buscaba la solución el problema, acercóse al estanque y se sentó a su orilla.

Al cabo de un rato, los peces, extrañados de verla allí, le preguntaron en qué pensaba.

- En vosotros -contestó el ave.

- ¿De veras? ¿Y qué es lo que piensas?

- Pues me decía que en este estanque hay muy poca agua y por lo tanto muy poca comida, por lo cual muchos de vosotros no tendréis apenas qué llevaros a la boca.

- Eso que dices es verdad -contestó un viejo barbo.- Pero ¿qué solución puede haber a un problema semejante?

- Hay una solución muy sencilla. Si queréis os llevaré a un estanque que hay cerca de aquí. Es un estanque muy profundo y está lleno de flores de loto. Puedo cogeros uno por uno, con el pico, y trasladaros a ese lugar.

- No estaría mal si fuese verdad, pero las cigüeñas tenéis la mala costumbre de comeros a los peces, y ya comprenderéis que no vamos a exponernos a perder la vida.

- Estáis muy equivocados; ni por un momento se me ha ocurrido comerme a ninguno de vosotros. Si queréis, puedo llevar a uno de vosotros a que vea el estanque tan hermoso que hay a pocos pasos de aquí. Si vuelve con vida será señal de que no quiero causaros daño alguno.

Estas palabras convencieron algo a los peces, quienes delegaron a uno de ellos para que hiciera el viaje en el pico de la cigüeña. Era una trucha vieja y tuerta, que había demostrado en mil ocasiones que era suficientemente capaz de salir por sí misma de cualquier apuro.

El ave cogió con todo cuidado a la trucha y la llevó a que viese el magnífico estanque. Después la devolvió con sus compañeras, a las cuales explicó que la cigüeña había dicho verdad al describir el estanque.

Los peces celebraron consejo y al fin decidieron trasladarse al otro estanque, y así se lo comunicaron a la cigüeña, quien emprendió el primer viaje con la trucha tuerta.

Al llegar junto al estanque, en vez de tirar la trucha al agua, el ave la mató de un picotazo y se la comió con gran apetito, tirando las espinas al pie de un árbol.

Cuando hubo terminado con la primera trucha, regresó al estanque diciendo:

- Ya he trasladado al primer pez, ahora trasladaré al segundo.

Y como había hecho con el primero, hizo con las demás truchas y barbos que fueron lo bastante tontos para dejarse engañar por ella.

Sin embargo, aún quedaba un cangrejo muy viejo, y al verle, la cigüeña se dijo que debería estar muy sabroso, tanta era su gordura.

- ¿No quieres reunirte con tus amigos, buen cangrejo? -preguntó con voz dulce la cigüeña.

- Ya quisiera, pero no veo la forma en que me podrás llevar.

- Te sostendré con el pico.

- No podrías, y quizá cayese por el camino.

- No tengas miedo -insistió el ave.- Te aseguro que te sostendré lo mejor que pueda.

El cangrejo reflexionó unos instantes.

- Esa cigüeña es incapaz de coger un pez con el pico y soltarlo en un estanque -se dijo.- Si me trasladase a otro sitio mejor, sería maravilloso, pero si fuera a parar a su estómago me causaría un profundo disgusto. Seguiré reflexionando.

Pasaron unos minutos, y la cigüeña empezó a impacientarse. Por fin el cangrejo asomó la cabeza fuera del agua y dijo:

- Bien, señora cigüeña, estoy dispuesto a que me trasladéis al estanque ese de que me habéis hablado. Sin embargo, utilizando el sistema que habéis empleado con los demás peces no conseguiríamos nada. Se me ha ocurrido un medio mejor. Con mis tenazas me agarraré a vuestro cuello y así, cuando lleguemos al estanque no tendré que hacer más que soltarme y caer al agua.

- Perfectamente -asintió la cigüeña. Y bajando la cabeza dejó que el cangrejo se le cogiese al cuello con sus fuertes tenazas.

Al llegar junto al estanque de los lotos, el cangrejo vio que la cigüeña no se dirigía hacia el agua, sino hacia el árbol junto al cual había devorado a los demás peces.

- ¡Eh, amiga! -llamó el cangrejo.- El estanque está en otro sitio. ¿Dónde me lleváis?

- ¿Por quién me habías tomado? -replicó furiosa la cigüeña.- ¿Crees acaso que soy tu esclava? Si te he traído aquí ha sido para comerte, lo mismo que he hecho con tus demás compañeros. Al pie de ese árbol tienes sus restos.

- Si mis compañeros fueron lo bastante tontos para dejarse devorar por vos, yo no lo soy. Al contrario, quien va a perecer sois vos, amiga cigüeña. Sin duda no os habéis dado cuenta de que estás en mi poder, y que sí bien yo moriré, vos seréis destruido antes que yo.

Y al decir esto apretó sus tenazas alrededor del cuello del ave.

Este sintió que le faltaba la respiración y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos. Vio la muerte muy cerca y como amaba la vida, tartamudeó:

- Os juro que no quería comeros, señor cangrejo. No me apretéis más el cuello y os prometo llevaros al estanque. ¡Os doy mi palabra de honor!

- Bien -asintió el cangrejo.- Si es así llévame al estanque de los lotos.

La cigüeña obedeció presurosa y depositó el cangrejo a la orilla del estanque. Pero el cangrejo, que había sido muy buen amigo de las truchas y los barbos del estanque, decidió vengarlos, y antes de que la cigüeña pudiera retirarse cerró con fuerza sus tenazas y le cortó la cabeza, que cayó dentro del agua.

Al ver esto, el genio que habitaba el sauce, junto al cual la cigüeña había devorado a las truchas, agitó sus hojas y murmuró al viento: - El malvado nunca prospera en el ejercicio del mal y tarde o temprano acaba como la cigüeña, que se dejó engañar por el cangrejo.

   Tomado del libro: Cuentos de Hadas de la India -© Ed. Molino – 1939

 

domingo, 12 de septiembre de 2010

LA SEÑORA ISABEL Y EL CABALLERO-DUENDE

 

Esta es una adaptación mía de la balada escocesa Lady Isabel and the Elf Knight .

Esta Balada fue Recogida antes de 1710 y traducida al español por NIXON, Bobby.[1]

Aclaro que esta adaptación no pretende ser una traducción perfecta ya que opto por armarla como una narración.

duendes

LA SEÑORA ISABEL Y EL CABALLERO-DUENDE

Estaba la bella señora Isabel en su cámara cosiendo, cuando escuchó asombrada a un caballero-duende haciendo sonar su cuerno. Dicen que esto sucedió en la primera madrugada de mayo, inicio de Beltaine[2], que como bien se sabe es tiempo de floraciones y entusiasmos.

Tan seductor resultó el sonido que Isabel en un arrebato de deseo exclamó:

— ¡Ay! si yo poseyera ese cuerno que escucho sonar, y ese caballero-duende para dormir sobre mi seno.

Apenas había pronunciado la doncella tales palabras, apareció en su ventana el caballero-duende y nada más hacerle una pícara reverencia le dijo:

— Bella doncella, resulta algo muy curioso, que no haga más que sonar mi cuerno y que tú me llames. Pero en fin, lo cierto es que me alegra mucho que lo hayas hecho. ¿Me acompañarás ahora a la floresta?

A punto estaba Isabel de negarse, pues no es lo mismo desear soñando que ir tras el deseo, cuando él le dijo:

— ¡Oh, Mi dulce Isabel!, ni siquiera pienses en negarte, te advierto que lo quieras o no, te obligaré a cabalgar conmigo.

A un simple gesto de mano supo Isabel que nada le impediría seguirle. Y así marcharon juntos. Él subió sobre un caballo, y ella sobre otro.

Llegados a la floresta el caballero-duende le dijo a Isabel

—Échate al suelo, hemos llegado al lugar en el que vas a morir.

—Ten misericordia de mí, amable señor, espera al menos hasta que vea a mi padre y a mi madre.

— He matado aquí a siete hijas de reyes— dijo el caballero-duende, — y tú vas a ser la octava de ellas.

Astuta Isabel replicó:

—Si así ha de ser, será, ¿Qué prisa tienes? Ven siéntate un rato y pon tu cabeza sobre mi rodilla para que descansemos juntos antes de que yo muera.

El caballero- duende sonrió y aceptó. La señora Isabel le acarició tiernamente; él se le acercó más; ella con un pequeño encanto le arrulló, y él se quedó dormido.

Sin titubear Isabel le ató con el cinturón de su propia espada y con su puñal (que como mujer precavida llevaba siempre entre sus faldas) le dio una puñalada muy fuerte, diciendo:

—Si has matado aquí a siete hijas de reyes, aquí te quedarás, esposo de todas ellas.

Ahora ya lo saben, en tiempos de Beltaine, que es como decir en tiempos de floración y entusiasmo, hay que cuidarse del canto del cuerno del caballero-duende.

Aclaración: Para reconocer a un caballero de esta estirpe basta saber que su canto es más seductor que sus hechos.


[1] La versión original la encuentran en “Siete baladas anglo-escocesas frente a sus paralelos en el romancero español”. Culturas Populares. Revista Electrónica 2 (mayo-agosto 2006).

[2] BELTANE es una de las principales festividades celtas. Se celebra en la noche del 30 de abril (noche de Walpurgis) al 1 de mayo. Se la llama “Fiesta del Fuego Nuevo” y es el momento en que La Diosa se une con el Dios Astado, Bel, de los bosques en matrimonio sagrado, para celebrar y mantener viva la fertilidad.

 

viernes, 10 de septiembre de 2010

UNA NOTA SOBRE LAS BRUJAS

     Por Roald Dahl

11brujap

En los cuentos de hadas, las brujas llevan siempre unos sombreros negros ridículos y capas negras y van montadas en el palo de una escoba.

Pero éste no es un cuento de hadas. Este trata de BRUJAS DE VERDAD.

Lo más importante que debes aprender sobre las BRUJAS DE VERDAD es lo siguiente. Escucha con mucho cuidado. No olvides nunca lo que viene a continuación.

Las BRUJAS DE VERDAD visten ropa normal y tienen un aspecto muy parecido al de las mujeres normales. Viven en casas normales y hacen TRABAJOS NORMALES.

Por eso son tan difíciles de atrapar.

Una BRUJA DE VERDAD odia a los niños con un odio candente e hirviente, más hirviente y candente que ningún odio que te puedas imaginar.

Una BRUJA DE VERDAD se pasa todo el tiempo tramando planes para deshacerse de los niños de su territorio. Su pasión es eliminarlos, uno por uno. Esa es la única cosa en la que piensa durante todo el día. Aunque esté trabajando de cajera en un supermercado, o escribiendo cartas a máquina para un hombre de negocios, o conduciendo un coche de lujo (y puede hacer cualquiera de estas cosas), su mente estará siempre tramando y maquinando, bullendo y rebullendo, silbando y zumbando, llena de sanguinarias ideas criminales.

«¿A qué niño», se dice a sí misma durante todo el día, «a qué niño escogeré para mi próximo golpe?».

Una BRUJA DE VERDAD disfruta tanto eliminando a un niño como tú disfrutas comiéndote un plato de fresas con nata.

Cuenta con eliminar a un niño por semana. Si no lo consigue, se pone de mal humor.

Un niño por semana hacen cincuenta y dos al año.

Espachúrralos, machácalos y hazlos desaparecer.

Ese es el lema de todas las brujas.

Elige cuidadosamente a su víctima. Entonces la bruja acecha al desgraciado niño como un cazador acecha a un pajarito en el bosque.

Pisa suavemente. Se mueve despacio. Se acerca más y más. Luego, finalmente, cuando todo está listo... zass... ¡se lanza sobre su presa! Saltan chispas. Se alzan llamas. Hierve el aceite. Las ratas chillan. La piel se encoge. Y el niño desaparece.

Debes saber que una bruja no golpea a los niños en la cabeza, ni les clava un cuchillo, ni les pega un tiro con una pistola. La policía coge a la gente que hace esas cosas.

A las brujas nunca las cogen. No olvides que las brujas tienen magia en los dedos y un poder diabólico en la sangre. Pueden hacer que las piedras salten como ranas y que lenguas de fuego pasen sobre la superficie del agua.

Estos poderes mágicos son terroríficos.

Afortunadamente, hoy en día no hay un gran número de brujas en el mundo. Pero todavía hay suficientes como para asustarte. En Inglaterra, es probable que haya unas cien en total. En algunos países tienen más, en otros tienen menos. Pero ningún país está enteramente libre de BRUJAS.

Las brujas son siempre mujeres.

No quiero hablar mal de las mujeres. La mayoría de ellas son encantadoras. Pero es un hecho que todas las brujas son mujeres. No existen brujos.

Por otra parte, los vampiros siempre son hombres. Y lo mismo ocurre con los duendes. Y los dos son peligrosos. Pero ninguno de los dos es ni la mitad de peligroso que una BRUJA DE VERDAD.

En lo que se refiere a los niños, una BRUJA DE VERDAD es sin duda la más peligrosa de todas las criaturas que viven en la tierra. Lo que la hace doblemente peligrosa es el hecho de que no parece peligrosa. Incluso cuando sepas todos los secretos (te los contaremos dentro de un minuto), nunca podrás estar completamente seguro de si lo que estás viendo es una bruja o una simpática señora. Si un tigre pudiera hacerse pasar por un perrazo con una alegre cola, probablemente te acercarías a él y le darías palmaditas en la cabeza. Y ése sería tu fin.

Lo mismo sucede con las brujas. Todas parecen señoras simpáticas.

Aunque tú no lo sepas, puede que en la casa de al lado viva una bruja ahora mismo.

O quizá fuera una bruja la mujer de los ojos brillantes que se sentó enfrente de ti en el autobús esta mañana.

Pudiera ser una bruja la señora de la sonrisa luminosa que te ofreció un caramelo de una bolsa de papel blanco, en la calle, antes de la comida.

Hasta podría serlo —y esto te hará dar un brinco— hasta podría serlo tu encantadora profesora, la que te está leyendo estas palabras en este mismo momento. Mira con atención a esa profesora. Quizá sonríe ante lo absurdo de semejante posibilidad. No dejes que eso te despiste. Puede formar parte de su astucia.

No quiero decir, naturalmente, ni por un segundo, que tu profesora sea realmente una bruja. Lo único que digo es que podría serlo. Es muy improbable. Pero —y aquí viene el gran «pero»— no es imposible.

Oh, si al menos hubiese una manera de saber con seguridad si una mujer es una bruja o no lo es, entonces podríamos juntarlas a todas y hacerlas picadillo. Por desgracia, no hay ninguna manera de saberlo. Pero sí hay ciertos indicios en los que puedes fijarte, pequeñas manías que todas las brujas tienen en común, y si las conoces, si las recuerdas siempre, puede que a lo mejor consigas librarte de que te eliminen antes de que crezcas mucho más.

 

Cuento Guaraní: La alegría de vivir

 

Esta semana quiero compartirles cuentos sobre estas figuras mitológicas, o de leyendas o de cuentos, que se caracterizan por ser “burladores, traviesos, osados”. Son personajes que ganan por medio de la astucia y el humor y buena falta nos hace aprender algo de ellos para sortear las complejidades cotidianas que tantas veces nos opacan la mirada.

Los dejo entonces con un Kaso Ñemombe'u (cuento o dicho) de Perurimá que habla de saber no temer ni siquiera ante la muerte

            Un cuento Guaraní de Perurimá[1].

Cansado de las bromas y jugarretas constantes de Perurimá, y de las quejas que con tal motivo le hacían llegar los vecinos, el Cacique decidió poner fin al asunto condenándolo a muerte.

Perurimá no se inmutó y con total tranquilidad solicitó como gracia se le permitiera elegir el árbol en que debía ser ahorcado.

El Cacique desconcertado aceptó.

Transcurrieron días y días sin que lo hallara, hasta que el Cacique molesto le fijó un término perentorio para hallarlo. Al poco rato regresó Perurimá con el semblante iluminado por una sonrisa. Y esto lo que hablaron el Cacique y el humilde vasallo:

-¿Encontraste por fin el árbol?

-Sí, Mburubichá (Jefe).

-¿En dónde está?

-En el patio de mi casa.

-En los alrededores de tu casa, que no pasa de ser un miserable tapií (choza), jamás he visto un árbol.

-Y sin embargo, se cuentan por cientos.

-Te estás burlando de mí y vas a pagarlo con una muerte inmediata.

- No osaría burlarme, Bien cierto es lo que digo, se trata de un tipichatá[2].

Tras la sorpresa que le produjo al cacique tal respuesta, sorprendido por el humor que mostraba Perurimá aún sabiendo que podía perder al vida en apenas unas horas, no sólo le levantó la pena sino que lo sentó a comer en su mesa.

En cuanto a los vecinos, el Cacique, que como buen gobernante, de todo sabía sacar partido, les ordenó que arrancaran cuantos tipichatás existieran en el pueblo –con lo que ganaría su limpieza-, a fin de que Perurimá no pudiera recurrir a ellos en el caso de que volviera a ser condenado, y solicitara y obtuviera la gracia de elegir nuevamente el árbol del que lo ahorcaran.

 

Algo más sobre Perurimá

Los cuentos (en guaraní: Kaso Ñemombe'u) referentes a "PERU-RIMA" o PERURIMÁ. Refieren a un personaje que nació en los sueños de la población para reivindicar a los oprimidos. "PERU-RIMA" es astuto, sagaz, agudo, hábil, es un héroe de la literatura popular, sabe fingir muy bien su apariencia de retardado e ingenuo, pero, posee una mente muy privilegiada, que siempre saldrá airosa con los problemas que enfrenta.

Es el típico burlador de todas las mitologías, aunque en este caso se desconoce su origen. Los Kaso Ñemombe'u, como el personaje de "Perurimá" se diferencian de los llamados cuentos populares dado que se cuentan solamente en el ámbito de la Cultura Popular Paraguaya. A su progenitor intelectual casi se lo considera un desconocido, pero se dice que es un hijo verdadero de nuestro pueblo.


[1] El personaje, Perurimá, es astuto, sagaz, agudo y hábil, es un héroe de la literatura popular. Sabe fingir muy bien su apariencia de retardado e ingenio, pero posee una mente muy privilegiada.

[2] El tipichatá, conocido vulgarmente con el nombre de escobadura, es una planta pequeña, de forma arborescente, común en Corrientes.

 

lunes, 6 de septiembre de 2010

Poema: ¿En dónde vive la gente rota?

 

                     Un poema de Esteban Valentino- Poeta Argentino

Yo les pregunto a mis dos canarios:
¿en dónde viven los solitarios?

Yo le pregunto al grano de alpiste
¿en dónde vive la gente triste?

Yo les pregunto a los largavistas
¿en dónde viven los egoístas?

¿en dónde viven los que no quieren,
los apurados, los que no pueden?

Yo les pregunto a los que más pesan:
¿en dónde viven los que no besan?

¿en dónde viven, decime brisa,
los que odian a la risa?

en fin mi duda grande, grandota:
¿en dónde come, en dónde juega,
en dónde vive la gente rota?

Esteban Valentino (1956) Nació en Castelar, Argentina.

Es un escritor y maestro argentino, especializado en literatura infantil.

Se recibió de Licenciado en Letras de la Universidad de Buenos Aires. Allí se especializó en literatura americana y argentina. Se desempeña como docente, profesor universitario y en el periodismo (trabajando en, entre otros, las revistas Somos, Para ti, Semanario, Noticias y los diarios Unomásuno, de México, y El Diario del Neuquén) Su llegada a la literatura infantil se produjo a través la poesía.

Pueden ver más de él en Wikipedia y en Educared

 

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