jueves, 18 de noviembre de 2010

EL TAZÓN DE MADERA

                                                    Cuento tradicional de oriente

El viejo se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto cuatro años. Ya las manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban. La familia completa comía junta en la mesa, pero las manos temblorosas y la vista enferma del anciano hacían el alimentarse un asunto difícil. Los guisantes caían de su cuchara al suelo de y cuando intentaba tomar el vaso, derramaba la leche sobre el mantel. El hijo y su esposa se cansaron de la situación. "Tenemos que hacer algo con el abuelo", dijo el hijo. "Ya he tenido suficiente. Derrama la leche, hace ruido al comer y tira la comida al suelo". Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba la hora de comer. Como el abuelo había roto uno o dos platos, su comida se la servían en un tazón de madera. De vez en cuando miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba ahí sentado sólo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran fríos llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.

El niño de cuatro años observaba todo en silencio. Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con trozos de madera en el suelo. Le preguntó dulcemente: "¿Qué estás haciendo?" Con la misma dulzura el niño le contestó: "Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá para que cuando yo crezca, ustedes coman en ellos."Sonrió y siguió con su tarea. Las palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer. Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupó un lugar en la mesa con ellos. Y por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecían molestarse más, cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.

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martes, 16 de noviembre de 2010

La Sonrisa

                                         Un cuento de MAX AUB

Cuando el general Den Bié Uko se enteró que su enemigo el general Bai Pu Un había caído prisionero, se alegró muchísimo. La verdad: nada hubiera podido satisfacerle tanto. Nadie lo notó. Así era de reservado, dejando aparte que los músculos de su cara no se prestaban a la exteriorización de ningún sentimiento.
Lo mandó encerrar en la última mazmorra del fuerte de Xien Khec. La conocía de tiempo atrás, cuando los ingleses lo tuvieron allí a pan y agua, cuatro años. Hacía de eso bastante tiempo: entonces Bai Pu Un era como su hermano. Ocho barrotes a ras de tierra, cosa de veinte centímetros de alto, sitio suficiente para que corrieran las ratas, gordas, de los arrozales de la colina en declive.
Sí, había sido como su hermano. Ahora había perdido. Den Bié Uko no dudó nunca, siempre tuvo fe en su estrella, aun cuando ayudaba a su amo —¿fue su padre?— a mover aquel telar primitivo. Entonces los franceses y los ingleses enviaban agentes suicidas que se hacían matar para que sus gobiernos tuvieran pretexto relativamente valedero para ocupar militarmente el país, hacíanse llamar misioneros. Den Bié Uko los admiraba y aprendió de ellos. Ahora, con Bai Pu Un en su poder no tendría problemas, pero estuvo a punto de fracasar. La culpa la tenía su rival, en el fondo siempre lo supo: era de sangre Kuri. ¿Cómo hacerle pagar los dos últimos años de inseguridad; de correr, esconderse, pasar hambre y miedo?
No era tan fácil como pudiera parecer a primera vista. Inmóvil en su hamaca el general vencedor rumiaba las posibles venganzas. En ningún momento se le ocurrió recurrir al tormento físico. Eso quedaba para los europeos o los mahometanos. El dolor se soporta cuando uno está decidido a ello. Lo sabía por propia experiencia, y ajena. El que quiere aguantar, aguanta.
Había traicionado a Bai Pu Un hacía tiempo y vencido. En estas condiciones no podía mostrarse generoso. Un mes antes, previendo el final dichoso le envió un emisario. Lo que le mandó decir su todavía rival no es para recordarlo. El empalamiento no era suficiente. Si lo hubiera insultado sólo a él, pase. Pero tuvo a bien meterse con su madre. Ahora lo tenía enjaulado bajo tierra. Den Bié Uko sonrió teóricamente.
La idea surgió al despertar. Sólo en el "pensar recto, querer recto, hablar recto, obrar recto, profundizar recto" reside la verdad. ¿Qué estaría pensando, qué estaría esperando Bai Pu Un? Pensaría en él, pendiente de su inclemencia: preparándose para el tormento, resignado a los suplicios.
Llegaban cantos de victoria apoyados en tambores.
A menos que creyera que Jembogan pudiera hacer algo por él. ¿Por qué no había de suponerlo? Pero ¿quién podía haberle puesto en antecedentes? Nadie. Jembogan, un dios. ¿Qué no podría si se lo propusiera? Si llegaba a enterarse de que Bai Pu Un había sido hecho prisionero por Den Bié Uko, intervendría, con toda su fuerza, que liberaría al preso. Bai Pu Un ignoraba el acuerdo a que había llegado con su vencedor. Si Bai Pu Un pudiera creer, hasta última hora, hasta ultimísima hora, que Jembogan lo iba a liberar. Que se iba a voltear la suerte de todo en todo...
Den Bié Uko se relame interiormente. Llama a U Ma Ni, su ayudante preferido y le da un amuleto de Jembogan, que trae atado bajo el sobaco. Le da la orden de hacerlo llegar por persona interpuesta a manos del prisionero.
Cuando supo que su orden había sido cumplida, mandó detener y ejecutar al mensajero en la plaza del fuerte para que, desde su celda subterránea, Bai Pu Un pudiera verlo. Debieron entregar el amuleto hacia las diez de la mañana, la ejecución tuvo lugar a las tres de la tarde. Den Bié Uko dejó pasar el resto del día sin hacer nada. No recibió a nadie pensando en lo que pensaba su enemigo.
Al caer la noche ordenó que al Norte, al Este y al Sur se dispararan unos cuantos tiros y, una hora después, una ráfaga de ametralladora a cosa de dos kilómetros de la fortaleza. Luego se emborrachó. Al despertar ordenó formar lo más de sus tropas disponibles como si fuesen a entrar en combate. Luego las mandó hacer un simulacro en las orillas del río. Las dos baterías no dejaron de disparar desde las diez de la mañana. Dizque se olvidaron de dar de comer al prisionero. Cuando el sol empezó a decaer hizo que sus tropas se replegaran hacia el recinto que las cobijaba sin dejar de disparar. De pronto dio la orden de suspender el fuego, de dispersarse en silencio, de formar el cuadro que había de fusilar a un vencido enemigo.
Por eso Jembogan nunca pudo explicarse el esbozo de sonrisa que apareció en la faz de Den Bié Uko, algún tiempo después —poco: las alianzas son frágiles— al enfrentarse al arbolón donde iba a ser, para lección de propios y extraños, colgado por los pies.

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lunes, 15 de noviembre de 2010

EL CIRCULO DE BABA

 

Cuenta un viejo mito que el Sapo vivía preocupado porque tenía en su campo un claro rival frente al que no tenía chances de sobrevivir: ¡La Serpiente!

Ella reptaba, cambiaba y alteraba la seguridad del viejo sapo.  Asustado y sin saber que hacer, el sapo hecho mano de un recurso impensado: hizo salir de su boca una baba con la que fue encerrando a la Serpiente en un Círculo.

Cada vez que la Serpiente intentaba pasar el borde, el Sapo, aterrorizado, escupía mas baba. Y La Serpiente, literalmente, rebotó siempre contra ese límite. Una vez encerrada ahí, se acomodó a vivir dentro del Círculo que el Sapo le trazó.Dice la leyenda que la serpiente un día dejó de intentar cruzar el círculo de baba y murió dentro de él.

La serpiente es símbolo del nacimiento constante, de la renovación, del desprendimiento de lo muerto, que en cada nuevo ciclo cambia su piel como en un nuevo nacimiento. Mientras esta se moviera libremente, el Sapo, símbolo de lo lento, lo viejo, que vive en el pozo, con su piel rígida y durísima, caería siempre vencido frente a ella.Al igual que el sapo las sociedad y nuestro temores, construyen círculos de BABA en los cuáles el impulso al cambio y la renovación, lo “nuevo” puede terminar prisionero, muriendo antes de ser.

La baba con que impedimos a nuestra serpiente interior manifestarse son: las creencias (no se puede, no está bien, no soy así o asá….)

Pero piensen: Si la Serpiente encuentra el modo de atravesar el Círculo, podrá crear su propio universo, y encontrará que ese mundo es infinito. ¿No creen que vale la pena?

domingo, 14 de noviembre de 2010

EL RECADO

                           Un cuento de Poniatowska Elena (México)

Vine, Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es éste tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles... En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy derechas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos... Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tu ventana y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa de pasta cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones... Pienso en ti muy despacito, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de ti que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: «No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche...» Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo al amor.

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Te esperaba a ti. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos –oh mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: «Te quiero»... No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo... Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado; que te diga que vine.

© Ediciones Era S.A., 1978.
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jueves, 11 de noviembre de 2010

Mundos... Mundos...

El cielo se abre celeste, casi sin nubes. Debajo, el bosque y el prado verde de pasto fresco y cimas pequeñas, onduladas como las olas del mar. La tierra con olor a rocío brota en flores que señalan la primavera naciente. El sol emerge del limite de los mundos, la luna acaba de esconderse; en un espacio mágico los astros del universo se han encontrado en un instante de amor, el mundo recibe sus dones. El hombre está dormido.
La niña corre por el prado sintiendo bajo sus pies descalzos el fresco del pasto mojado, el blando de la tierra húmeda. Abre los brazos y recibe en medio del pecho el primer rayo del disco dorado de los cielos.
Más allá, el lago despierta, las aves se acercan a beber, los animales cumplen sus rutinas, los árboles sacuden la modorra y los pájaros irrumpen ensordeciendo al silencio nocturno con su coro de melodías.
La niña corre casi desnuda, no teme nada, es libre y ríe, ríe a carcajadas...
El cielo la cuida cubriéndola, la tierra la cuida nutriéndola, ¿que más puede pedir?. El mundo se reduce a su espacio verde y fresco, la vida a danzar y reír. Todo esta bien en su mundo...

El cielo debe ser celeste y casi sin nubes, ¿cómo saberlo si el hollín de las chimeneas cubre la vista? El prado está asfaltado, los pájaros huyeron y solo unos pocos, tras sus barrotes, entonan su lamento a la perdida libertad. Los árboles están tiesos, los animales domesticados.
El hombre sigue dormido pero se cree despierto; no ve, no oye, no huele, no toca..., corre en pos de un hambre imposible de saciarse. Corre haciendo para no hacer. Teme todo, su panza no ríe, no ríe su corazón.

La niña mira por la ventana de un rascacielos. ¡Que pequeño es el hombre, que inmenso el cielo!, piensa mientras descubre el pálido reflejo de un sol lejano e invisible. Su pecho tiene frío, no hay rayos que la toquen, ni susurros de hojas, ni piares, ni aromas.
¿Seguirán los astros teniendo su instante pleno de amor eterno? ¿Habrá alguien que sienta los dones que al mundo le entregan?

La niña tuvo un sueño...
El cielo se abría celeste casi sin nubes, debajo el bosque y el prado verde de pasto fresco y cimas pequeñas, onduladas como las olas del mar.
Se vio la niña casi desnuda, corriendo, riendo, riendo a carcajadas, y abrió sus brazos al cielo para recibir el primer rayo del dorado astro de los cielos...
La niña despertó, giró los ojos, detrás de la ventana un cielo que podría ser celeste se cubría con el hollín de las chimeneas. Dos lágrimas escaparon de sus ojos mientras una sonrisa asomaba en sus recuerdos.
© Ana Cuevas Unamuno




martes, 9 de noviembre de 2010

El Cuento de las Arenas

 

Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaba a éstas.

Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo le susurró:

"El Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el río"

El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.

"Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo no lograrás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino"

-¿Pero cómo esto podrá suceder?

"Consintiendo en ser absorbido por el viento".

Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?"

"El viento", dijeron las arenas, "cumple esa función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río"

-¿Cómo puedo saber que esto es verdad?

"Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."

-¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?

"Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz. "Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial."

Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento. También recordó --¿o le pareció?-- que eso era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio. Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó: "Sí, ahora conozco mi verdadera identidad". El río estaba aprendiendo pero las arenas susurraron: "Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña"

Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía está escrito en las Arenas.

Awad Afifi el Tunecino

domingo, 7 de noviembre de 2010

LECCIÓN DADA A UN JOROBADO

                                                                     (Anónimo-Francia)

Cuenta una historia, que un jorobado escuchando a un predicador, se le hacía difícil creerle sobre la perfección de la obra de Dios. Un día lo esperó a la salida de la iglesia y le dijo:

-Usted pretende que Dios lo hace todo bien, ¡pero mire como me hizo a mí!

El predicador lo examinó un instante y le contestó:

- Pero amigo mío, ¿de qué se queja? ¡¡Está muy bien hecho para ser un jorobado!!!

sábado, 6 de noviembre de 2010

EL UNIVERSO ESTA RODEADO DE BUENAS NOTICIAS…

                                                                             Autor: Facundo Cabral

Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la Tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo.

Además, el Universo siempre está dispuesto a complacernos, por eso estamos rodeados de buenas noticias.

Cada mañana es una buena noticia. Cada niño que nace es una buena noticia, cada cantor es una buena noticia, porque cada cantor es un soldado menos, por eso hay que cuidarse del que no canta porque algo esconde….

Aprendí que nunca es tarde, que siempre se puede empezar de nuevo, ahora mismo, le puedes decir basta a la mujer (o al hombre) que ya no amas, al trabajo que odias, a las cosas que te encadenan a la tarjeta de crédito, a los noticieros que te envenenan desde la mañana, a los que quieren dirigir tu vida; ahora mismo le puedes decir 'basta' al miedo que heredaste, porque la vida es aquí y ahora mismo.

Que nada te distraiga de ti mismo, debes estar atento porque todavía no gozaste, la más grande alegría, ni sufriste el más grande dolor.

Vacía la copa cada noche, para que Dios te la llene de agua nueva en el nuevo día.

Vive de instante en instante porque eso es la vida. Me costó 57 años llegar hasta aquí, ¿cómo no gozar y respetar este momento?

Se gana y se pierde, se sube y se baja, se nace y se muere.

Y si la historia es tan simple, ¿por qué te preocupas tanto?

No te sientas aparte y olvidado, todos somos la sal de la Tierra. En la tranquilidad hay salud, como plenitud dentro de uno.

Perdónate, acéptate, reconócete y ámate, recuerda que tienes que vivir contigo mismo por la eternidad, borra el pasado para no repetirlo, para no abandonar como tu padre, para no desanimarte como tu madre, para no tratarte como te trataron ellos, pero no los culpes porque nadie puede enseñar lo que no sabe, perdónalos y te liberarás de esas cadenas.

Si estás atento al presente, el pasado no te distraerá, entonces serás siempre nuevo.

Tienes el poder para ser libre en este mismo momento, el poder está siempre en el presente, porque toda la vida está en cada instante, pero no digas “no puedo” ni en broma porque el inconsciente no tiene sentido de humor, lo tomará en serio y te lo recordará cada vez que lo intentes.

Si quieres recuperar la salud abandona la crítica, el resentimiento y la culpa, responsables de nuestras enfermedades.

Perdona a todos y perdónate, no hay liberación más grande que el perdón, no hay nada como vivir sin enemigos.

Nada peor para la cabeza y por lo tanto para el cuerpo, que el miedo, la culpa, el resentimiento y la crítica que te hace juez (agotadora y vana tarea) y cómplice de lo que te disgusta.

Culpar a los demás es no aceptar la responsabilidad de nuestra vida, es distraerse de ella.

El bien y el mal viven dentro de ti, alimenta más al bien para que sea el vencedor cada vez que tengan que enfrentarse.

Lo que llamamos problemas son lecciones, por eso nada de lo que nos sucede es en vano.

No te quejes, recuerda que naciste desnudo, entonces ese pantalón y esa camisa que llevas ya son ganancia.

Cuida el presente, porque en él vivirás el resto de tu vida.

Libérate de la ansiedad, piensa que lo que debe ser, será, y sucederá naturalmente.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

CERQUITA DE UN HÉROE

                           Un cuento de: MARÍA ESTHER DE MIGUEL

Cómo no, señor, trataré de hacerle un sosegado informe acerca de lo que me tocó pasar cuando fui a las Islas y enfrenté con las fuerzas propias al enemigo, mejor pertrechado y con armamento sofisticado, como es sabido, porque salió en todos los diarios.
En primer lugar quiero decirle que el día en que resulté designado fue un gran momento de mi vida, porque yo quería ir a luchar contra las fuerzas invasoras, aunque no me gustaba dejar Corrientes, que, amo usted sabe, es una tierra relinda. Y yo sabía que la iba a extrañar, como iba a extrañar a mi familia, o sea a mi mamá y a los gurises, o sea la Ñata y el Pedro y la Juana y el Lula y ... bueno, como son ocho no quiero cansarlos. Yo soy hijo de mi papá y de mi mamá, pero a lo mejor soy hijo de mí mamá solamente, porque en el tiempo en que yo nací, entre la Juana y el Lula, mi papá estuvo preso por razón de ser de política distinta (a la del Gobierno, claro) y yo recién de grande me dí cuenta de que sin mi papá mi mamá no pudo tenerme. Bah, pudo tenerme, si, pero no de mi papá, ¿estamos? Pero mi papá, que es el Rolo, ha sido siempre un padre, o sea que yo no he estado nunca guacho, como algunos desgraciados, razón por la cual te cuento que a mí me costó dejarlos, pero los dejé no más, porque servir a la Patria es un deber y a mi en todo ese año que estuve en la colimba me enseñaron subordinación y valor y yo bien que entendí la lección, aunque soy un poco lerdo de entendederas, además de no tener escuela ¿vio?. Primero y basta. En cambio, miré, rápido soy de oído, por eso puedo tocar en mi bandoneón, y de corrido, cualquier cosa, no bien la escucho. Compensaciones que trae la vida ¿no?
Bueno; yo ya era un soldado camino a la guerra y cerquita de ser un héroe, que era lo que la Patria andaba necesitando, según nos decían. Un "Hércules" nos llevó al teatro de operaciones, a sea a Puerto Argentino. Fue emocionante llegar. Más por las cosas que nos habían inculcado, supongo, porque, la verdad, todo aquello era un páramo y si a mí me hacía recordar algo de Corrientes (que, en realidad, es lo único que conozco de geografía del mundo) era a algunos descampados de Iberá, donde entre los esteros uno camina y se entierra, y ya no camina más, porque se enterró del todo.
Novedad, novedad fue el frío !válgame Dios! Y después, el viento, yo conocía la crecida del río, pero de crecida de viento tuve noticias allí. Por cierto, aprendí muchas cosas: cavar trincheras, minar campos, asentar caminos. Si parecía mentira, yo que hasta entonces sólo servía para gritar "sábalo a ochenta el kilo" o tocar el bandoneón No hay caso una guerra enseña cosas útiles si uno pone atención. Se lo contaré al Lula, me decía.
Pensamientos del principio, qué quiere, Con el tiempo, se nos fueron mermando las ganas de pelear. Para colmo, a los extranjeros esos les gusta pelear los feriados. Al principio pensamos que de punto herejes la tenían con los domingos. Pero despUés, cuando ya las fuerzas propias entraron en contacto directo con el invasor, supimos que todo era porque a ellos en los week end, que les dicen, cobraban doble. Supongo que usted sabrá: ellos no pelean por la patria y cosas como subordinación y valor sino por un sueldo ¿vio? ¿Qué me dice? Cada uno tiene sus gustos, pero dejarse matar por plata, digo yo, ese no entra en mis pensamientos. Entra en los de otros ¿vio? Claro que no son pensamientos extranjeros.
Le iba diciendo: todos veíamos que las cosas se ponían feas. Ya ni ganas nos quedaban de llegar a ser héroes, metidos como estábamos en el barrizal, muertos de frío y de hambre y viendo morir a montones bajo el nutrido fuego enemigo. Yo anotaba todo para contárselo al Lula y pensaba y pensaba. ¿Que cuál era el curso de mis pensamientos? La velocidad de corazón es algo grande en tiempo de guerra, pensaba se pasa del coraje al miedo, del mucho ánimo a la disminución del espíritu, del temor religión al descreimiento... Lo único que no pasa es el frío. Y el hambre. Y la bronca. Porque, como le decía, con tanta helazón, con días y días de aguante y con dieciocho  grados bajo cero, lo único que se desea es que todo acabe de una vez, aunque sea reventado como acabó el Ramírez, uno de Goya, que no dijo ni ay cuando dio un paso desgraciado, pisó una mina y voló por los aires en pedazos que nosotros juntamos. Pero le juró: en ninguno de los pedazos yo reconocí la figura del Ramírez de Goya.
Pero lo peor de lo peor llegó cuando, por decisión de los mandos superiores, mi Compañía emprendió su curso en dirección Sudoeste, hacia el monte Longton, entonces bajo el poder enemigo, que debíamos recuperar.
El duro fuego de accionar inglés no nos daba paz, pero nosotros avanzábamos, no más. Cuando llegamos a lo que había sido el puesto de las fuerzas propias !qué quiere que le diga, señor. Pero sosiego mi corazón y le explico: aquello era una carnicería. Mezclados los soldados argentinos y los otros eran todos iguales, y por todos uno se moría de lástima. ¿Sería necesario todo esto? Información que pregunto, señor, pero no creo hallar respuesta. En un refugio patriota encontramos ... una salvajería. Le ahorro detalles, pero le digo: cosa de bicho animal, no de hombre. Dijeron que eran los gurkas, y que ese tratamiento le daban a los enemigos, o sea a nosotros. Pero yo puse mi pensamiento: tales ruindades no creo sean cuestión de raza sino que va de persona a persona. Fíjese que en Corrientes yo conocí, aunque no por mirada propia sino por historias transmitidas, algunos matreros que descuartizan y esas cosas y por eso me dije: ser así es una maldición que alcanza a algunos, ya sean correntinos de Corrientes 0 gurkas de no sé dónde. Porque al enemigo, se lo digo yo a usted, usted le tiene rabia cuando no lo ve, pero en cuanto lo tiene de cuerpo cercano, con ojos y cara, cambia el sentimiento. No sé cómo decirle, pero le juro que pasa. Yo, por ejemplo, estaba sirviendo de apoyo a las propias fuerzas con fuego de mortero, cuando tuve ocasión de ver a un inglés enterito. Medio despistado, se había acercado por demás al enemigo, o sea a nosotros. Y qué quiere, en vez de darme alegrón tenerlo tan cerca, me entristecí. Me pareció que le veía los ojos azules como bolillas, y el pelo rubio y la cara llena de esos miedos que da ver tanta muerte cerca y ¿vio?, sentí tanta lástima que casi le digo cuidado, pero no le dije nada, cumplí con mi deber, o sea, apreté el dispositivo, pero eso sí, justo entonces cerré los ojos porque, la verdad, no quería enterarme qué le había pasado al rubión de los ojos claros.
Justo cuando nos estábamos replegando, porque al monte Longton minga que lo íbamos a retomar, según iban las cosas, con esos como dos mil fusileros ingleses que venían por oleadas, justo entonces, le digo, oigo como un suspiro, pero más dolido que un suspiro cualquiera. ¿Y quién era? El teniente Osorio, pálido con toda la palidez del mundo y en el vientre un buraco y saliendo del buraco el triperio, con perdón, que eran vísceras de cristiano y teniente, y los ojos, pobrecito, estaban como si de golpe les hubiera entrado muchísima vejez.
Yo me acerqué y un sargento también y lo quisimos levantar pero vimos que si lo movíamos se iba, porque hay avisos y avisos y el de ese porte era aviso de muerte. El. con un hilo de voz, nos dijo váyanse y comuniquen qué me pasó. Y el sargento lo cubrió con su capote y le dio la mano y le dijo sí, mi teniente, y a los dos les caían lagrimones y a mí también, para qué lo voy a negar.
Se fue el sargento pero yo me quedé, me quedo en razón de mis piernas, le dije, porque a mi también me dieron y no puedo caminar. Y ahí no más me puse a su lado. Pero a mí no me habían alcanzado nada sino que ¿cómo iba a dejarlo solo al teniente para que se muriera como un perro? Dígame. Y a más ¿qué le iba a decir al Lula? Así que me quedé, pero no mucho, porque al teniente los ojos se le fueron cerrando, como si no dieran más de sueño, y después dio un respingo y después nada más. Y entonces yo le puse su mano, - la que encontré - sobre el pecho y le dije el reguiescatimpace que decía mi abuela en los velorios y empecé a correr y correr. Porque de golpe se me había ido el aprecio por el jefe y me entró el amor por mí. Y corrí hasta que todo se oscureció y yO apenas alcancé a preguntarme: ¿Y esto se lo podré contar al Lula? Pero no alcancé a darme ninguna contestación.
Me desperté en la enfermería de las fuerzas captoras, por cuestión de las piernas. Yo me decía: por suerte, la granada no me dio en la cabeza. Porque una pierna es una pierna y otra pierna es otra pierna y las dos piernas juntas es peor, pero siempre es peor peor, porque es sin vuelta, la cabeza, y yo a la cabeza la tenía.
Tenía, además, las manos, mire qué suerte. Por lo del bandoneón lo digo ¿vio? Además, le cuento: yo creo que me conformé así, con tanta conformidad, porque en seguida me acordé de Pepe, de apelativo el Cortito, puesto que es de humanidad abreviada: tronco, cabeza y de extremidades, sólo las de arriba. Pepe el Cortito ¿sabe? se pasó su vida vendiendo limones y naranjas y mandarinas, o sea cítricos, que es lo que por allá se da, en el mercado frente a la plaza. ¿Y por qué yo no podría hacer lo mismo, cuanto más que lo mío no ha sido por microbio de enfermedad o destino de nacimiento sino por hecho bélico patriótico, o sea por defender algo nuestro? A más que el pobre Pepe siempre tuvo que andar sobre sus muñones y a mí, seguro, me van a regalar en seguida una silla de ruedas, ahora que soy casi un héroe, según me dicen todos y hasta salió en los diario.
Algo siento, no le digo que no: no poder ser tractorista, que era lo que más quise ser en mi vida. Pero pienso: aunque me quedé sin piernas no es tan grave, o sea, que mi destino no se cerró, como quien dice. Si la vida trae desgracias, apareja también linduras. ¡Míreme el tiempo de este día lleno de sol, por un ejemplo! ¡Y todas las cosas que tengo para contarle al Lula! ¿Se sonríe? ¿Qué quiere? Pasé los peligros de las muertes que arrastra la guerra. Ahora soy de este modo: pensar tranquilo y corazón sosegado. Ah, y el bandoneón para alegrarnos, que, por suerte, como le decía, me quedaron las manos.