miércoles, 20 de abril de 2011

Fiesta de la Resurrección, Pascua, Pesaj….

 
Esta fiesta que hoy conocemos como Pesaj o Pascua, no inicia con la religión Judía ni con la Cristiana, sino en los comienzos mismos de los tiempos en que los antiguos pueblos seguían el curso de la luna para orientar sus faenas.
Este ciclo lunar de trece lunaciones, estrechamente relacionado con el ritmo agrícola determinaba las diversas celebraciones, todas relacionadas ya sea con el ganado o con el cultivo.
La luna de Abril (luna llena de Aries que tanto puede caer en Marzo como en Abril) era conocida como la luna ROJA, o luna de muerte y renacimiento, ya que señalaba el tiempo en que lo que había muerto (en el tiempo anterior del invierno (para el hemisferio norte)) comenzaba a renacer.
Viajando en el tiempo descubrimos la constante existencia del dios sacrificado muerto y renacido, se ha llamado Osiris, Tammuz, Adonis, Attis, Balder, Jesús.... semilla, ciclo de la vida..... Y antes encontramos a Perséfone. Attar, Easter (Luego Ester/ Esther) En todos los casos se trata de fiestas agrícolas TRÁGICO-CÓMICAS, en las que se relataba y se representaba en hierodrama, la TRAGEDIA de la muerte del paredro Divino / muerte de semilla y su posterior liberación (o resurrección) que da comienzo a un nuevo ciclo.
En la Germania para esta época se celebraba antiguamente una fiesta en honor a Eostre, diosa pagana germánica de la primavera y la luz. Era un festival del equinoccio de la primavera, el 21 de marzo, en el que se celebraba el fin del frío y la oscuridad y la vuelta a la vida después del crudo invierno. A ella estaba asociado, desde antes de Cristo, el conejo (símbolo de la fertilidad también asociado la diosa fenicia Astarté). A ambas diosas se les asociaba este ciclo lunar que hoy cae a finales de marzo hasta finales de abril (es un ciclo móvil como la luna misma), por lo que con el tiempo se dijo que ellas regían el mes de abril. En alusión a esa diosa, en algunos países a la festividad de pascua se la denomina "Easter". [1]
Tanto el CONEJO como el HUEVO son símbolos de Fertilidad, el primero de fertilidad dinámica por su facilidad de reproducción, el segundo como símbolo de fertilidad latente (es análogo a la semilla), por ello el regalar estos huevos simboliza desearle al otro abundancia y fertilidad, en el área que fuese, para el nuevo ciclo.
Evidentemente algo tiene de especial esta fecha y por sobre todo este mito para que hasta hoy los mortales atentos o no, sabiéndolo o no, vivimos dentro de esta gran rueda del tiempo repitiendo en lo grande y en lo pequeño estos ciclos naturales, muchas veces tan distraídos que ni siquiera los aprovechamos como guías en el camino y menos...mucho menos los festejamos comprendiendo su significado profundo.
 

Y en honor a esta semilla que todos necesitamos ayudar a crecer les dejo este cuento…

BENDICIÓN DE LA SEMILLA

Hace mucho, mucho tiempo atrás, tanto que casi no se recuerda, cuenta una antigua leyenda que había llegado el tiempo en que la Gran Madre, la Antigua, debía retirarse de esta tierra. Llamó entonces a sus tres hijas.
Cuando todas se reunieron, la Antigua les dijo al tiempo que colocaba una valva de plata en sus pechos:
—Ha llegado mi hora de partir y tomar otros rumbos. Aquí os entrego hijas mías el mayor de los Misterios, el gran secreto de la vida. Es ahora vuestra tarea develarlo, ved y convertios en mis dignas herederas.
Habiéndose despedido de su madre, la hija mayor tomó el camino hacia el norte, a poco de andar la curiosidad fue más fuerte que la paciencia y llevada por la ansiedad abrió su valva. Su rostro expresó: primero desconcierto, luego fastidio y finalmente furia.
—¿Qué clase de broma es esta? ¡Un grano, un simple e inútil grano de maíz!—exclamó — Madre. Oh, Madre, ¿cómo me has hecho esto? ¡Me has traicionado, me has engañado!—Llena de ira arrojó lejos el grano, un negro pájaro en pleno vuelo, lo sujetó con su pico y lo llevó lejos.
La segunda hija viajó hacia el este, caminó y caminó tan curiosa e intrigada como su hermana, más dominando su curiosidad aguardó el momento indicado. ¿Cuál será el secreto que mi madre me ha legado? ¿ He de abrir ahora la valva o debería aguardar un momento preciso? Luego de varios días, no pudiendo contenerse por más tiempo, al llegar a un alto promontorio, abrió su valva y su rostro reflejó primero sorpresa, luego desilusión. Tomó al grano en sus manos y lo miró con atención.
—¿Qué he de hacer ahora? ¿Cómo puede un simple grano ocultar tan gran misterio? ¿Es acaso esto una prueba, o una trampa?, o... ¿Madre, qué esperas que haga?
La Madre no respondió. Preguntó entonces al cielo, pero el Padre tampoco contestó. Preguntó a la tierra, al agua, al fuego, pero ninguno le dio respuesta. Inquieta, incómoda, ansiosa y asustada, giró una y otra vez el grano sobre su palma, titubeando, dudando. Una pequeña hormiga que pasó a su lado vio el grano y entusiasmada suplicó:
—¡Oh bella dama, dame ese grano para alimentarme a mí y a mi familia y por siempre te lo agradeceré!
—¡Claro que no!— dijo la joven. —¡Este grano es demasiado importante para dárselo a una hormiga! Dicho esto se levantó y se alejó.
A lo largo de su camino distintos animales y personas suplicaron para que les diese el grano, pero una y otra vez ella se negaba.— Si les diese mi grano con nada me quedaría yo. Es mío, solo mío y es a mí a quien mi madre encargó decidir que hacer con él—decía a modo de justificación.
Pasado el verano, con los primeros fríos, la tierra hambrienta le rogó que le entregase el grano, más la joven se negó, aún no había decidido que hacer, pero el grano era su más valiosa posición. El tiempo pasó y pasó, el grano se fue secando hasta morir, sin que ella hubiese llegado a ninguna conclusión.
La tercera hermana, la más joven, sin saber dónde ir marchó hacia el Sur. Pronto olvidó la valva de tan entretenida que estaba mirando los múltiples colores del valle, las tonalidades variadas de las montañas, la danza de azules, naranjas, blancos y rosados del cielo. Era tan bella y tan abundante la diversidad que no se cansaba de oler, sentir, oír y mirar. El tiempo pasó y muy lejos fue, hasta que un día un fuerte viento agitó la cadena que pendía de su cuello y la valva golpeó su hombro.
La niña tomó la valva en su mano y la abrió con delicadeza, su rostro se iluminó con una gran sonrisa al descubrir el grano de maíz tan pequeño y tan perfecto.
Suavemente lo tomó entre sus dedos, lo giró de un lado al otro, lo deslizó en su palma, lo probó, lo olió, lo acarició. Luego lo apoyó sobre el suelo, lo hizo rodar, lo empujó un poco, lo cubrió con fina tierra, lo empujó más, jugando, solo jugando, hasta que de pronto la tierra lo tragó. Sin saber qué hacer se sentó y miró el sitio donde el grano había desaparecido.
Sopló viendo si aparecía, nada sucedió. Luego lloró, el canto de un pájaro la distrajo y rió, volvió a soplar, volvió a llorar, volvió a reír, volvió a soplar... mientras los días se sucedían unos a otros y la niña se convertía en una joven mujer.
Una mañana sintió como temblaba la tierra, primero fue un movimiento casi imperceptible, luego más visible: la tierra se resquebrajó. Lentamente, casi con temor, asomó una minúscula ramita, el frágil tallo creció despacio y de él nacieron hojas, y luego más hojas, mientras el tallo se engrosaba ante la atenta mirada de la joven mujer.
Tan alta creció la planta y tan hermosa, que cada día la joven, observando la magia del proceso, se emocionaba henchida de gozo. De la planta nacieron las mazorcas, una, dos, tres, decenas de mazorcas repletas de granos. La joven mujer siguió mirando, al tiempo que se convertía en una mujer adulta. Las mazorcas cayeron al suelo, los granos se desprendieron, y cuando llegó el frío se ocultaron bajo la tierra. Durante todo el largo invierno nada parecía suceder, más cuando llegó la primavera, por doquier brotaron delicados tallitos, que poco a poco, ensanchándose, se cubrieron de hojas y más tarde de botones, que llegado el verano fueron mazorcas repletas de granos.
El tiempo pasó y pasó y la mujer ya adulta, cada día más feliz sembró y sembró, las plantas de maíz cubrieron la tierra alimentando a animales, hombres, mujeres, niños y a la tierra misma.
Retornó entonces la diosa, la Antigua, y a sus hijas llamó.
Primero miró a su hija mayor diciéndole:
—Tu impaciencia y tu soberbia te han cegado el entendimiento; por ello te condenó a vivir por siempre en las tierras heladas y áridas. Nada tienes para dar, nada posees, nada poseerás.
Miró luego a su segunda hija y le dijo:
—La duda ha sido tu trampa, no has sabido compartir, ni has sabido utilizar la Gracia que te he ofrendado. Por aferrarte a lo dado sin darle utilidad, te has quedado vacía. La frustración y el dolor, la soledad y la pobreza serán tus compañeras.
Se acercó luego a su hija menor y le preguntó
— ¿Has descubierto el misterio?
— Sí Madre, lo he hecho. Sé ahora que todo se transforma y que la vida es proceso, movimiento y cambio. Ese y no otro es el gran misterio.
La Madre sonriente la abrazó diciendo: Mi amada pequeña dejo en tus manos desde ahora guiar a esta tierra.
Y así fue como Ixhmucané, llamada Ceres entre los romanos, Deméter para los griegos, Freja entre los nórdicos, Mamá Ocla para los quechuas, Pachamama en Sudamérica y con muchos nombres más; ha sido y es, la diosa del grano, del cereal y de la vida creativa siempre renovada.
Desde entonces cada una de nosotras ha de elegir que hacer con su "grano"...

[1] The Westminster Dictionary of the Bible (El diccionario Westminster de la Biblia) recoge que Easter era «originalmente la festividad de la primavera para honrar a la diosa teutónica de la luz y de la primavera, a quien se conocía en anglosajón como Easter».