martes, 24 de mayo de 2011

Los mirones

Un cuento de Ramón Rubín (México)

Donde empieza el morbo termina el pudor.

Me hallaba muy fatigado. Y la expectación con que aquella familia nos venía observando no me inmutó hasta que sobrevino el momento de desnudarnos.

Llevábamos tres días con sus respectivas noches durmiendo mal y comiendo peor, escalando cerros y descendiendo a barrancones, arañados por las crueles espinas del breñal, con los pies hundidos en esteros pantanosos, almácigo de zancudos y todo género de cínifes, o sobre pedregales inhóspitos o calveros de arena materialmente tatemados por la reverberación de un sol canicular. Y, medio muertos de cansancio, sed, insolación e inopia, sin otra cosecha que un miserable sartal de huilotas y la piel desprendida de un tigrillo, acabábamos de arribar a un meandro de ese arroyuelo de la selva tórrida donde, bajo el amparo de la sombra de unas ceibas, se formaba un plácido y transparente remanso.

Después de beber en él echados de barriga, nos despojamos de la impedimenta y nos tendimos en procura de reposo.

Me proponía tomar un baño de tres o cuatro horas cuando cediese un poco lo acalorado. Era preciso que ahogase y calmara el ardor de las garrapatas y güinas que se incrustaron en mi piel y la taladraban como chispitas de lumbre. Y la presencia de los habitantes del jacal cercano en la parte alta de la loma me resultaba tan indiferente como la disposición de mi compadre Jacinto a permitirme ese solaz.

Tenía bien resuelto ya no dejarme embaucar otra vez por maniáticos como él, que dedicaban todas sus vacaciones al estulto placer de los lances de cacería.

De suyo, nunca me han apasionado las escopetas ni he podido explicarme el gozo sanguinario que ciertas personas encuentran abatiendo a tiros a cuanto animal silvestre se topan al paso. Convengo en que algunos de éstos pueden ser dañinos. Pero también lo es el hombre, y en mayor escala, y no por eso he de opinar que deba exterminársele sin misericordia.

Mi compadre, en cambio, podía ser considerado como un fanático genuino de tan inexplicable devoción. Colijo que él se figura muy seriamente que la vida no tendría sentido alguno si no la volviera tan hermosa y emotiva el deporte de las expediciones de caza.

Y, como me sabía andarín, aunque siempre fueron otros impulsos los que me llevaron a serlo, se propuso iniciarme en los dudosos encantos de su pasión cinegética con un empeño tan tozudo que, por quitármelo de encima, había esa vez accedido a probar, acompañándole.

Pronto me arrepentí. Y entonces estaba resuelto a no reincidir ni aun cuando la humanidad retrocediese a la época de las cavernas, a los tiempos en que la cacería le proporcionaba al ser humano el principal de los medios de sobrevivir al hambre.

Después de todo, creo que Jacinto entendía mi disposición y participaba de aquellos deseos de tomar un buen baño en el remanso. Pues no hizo intento alguno de obligarme a continuar la marcha, y en cuanto yo empecé a desnudarme, sus ademanes me anunciaron el propósito de imitarme.

Esperábamos que al descubrir nuestra intención, la familia de rústicos de la loma que nos observaba con estólida insistencia a unos ochenta metros distante, se retirase a su inmediato jacal de palapa. Pero no fue así. El campesino, su mujer y sus dos hijas mozas se mantuvieron impertérritos, cayéndoseles positivamente la baba, como si precisamente entonces tornara su interés toda la tensión y listos para no perderse ni un detalle del espectáculo que nuestros cuerpos desnudos les ofrecería.

Ello me produjo cierto malestar, ya que siempre he sido un poquito pudoroso. Y podía adivinar a mi compadre inquieto también por la impertinencia de aquellos intrusos... Mas tampoco era cosa de privarnos del delicioso baño en atención a la gazmoña decencia cuando tan fácil les hubiera sido a las mujeres hacer mutis por el agujero-puerta de su casucha y, si la curiosidad era tan grande, ponerse a espiarnos con la discreción debida, a través de las rendijas que dejaba la palapa.

Guiados por un propósito sinceramente honesto de ahuyentarlas de una vez, mi compadre y yo resolvimos hacer ostentación de impúdico descaro, bajándonos los pantalones hasta los tobillos y sin hurtar el cuerpo del campo visual que ellas tenían... Y, con creciente asombro, comprobamos que ni así se retiraban.

Entonces nos miramos el uno al otro en una consulta tácita. Y, puestos de acuerdo, nos encogimos de hombros, echando mano de todas nuestras reservas de cinismo y desvergüenza para seguir adelante hasta quedar perfectamente en cueros.

Tal vez no estuviera bien exhibirse así. Mas consideramos que si ellas tenían tan grandes deseos de mantenerse contemplando nuestra anatomía, mejor era complacer su curiosidad dejando que se recrearan hasta quedar bien enteradas y satisfechas, por más que en lo particular me acongojase un poco el concepto desdeñoso que de mi endeble físico se formarían.

Al fin y al cabo, nada me movía a esperar que volviese a verlas nunca.

Por otra parte, deduje que era preciso ser comprensivo y tolerante tratándose de personas que vivían tan alejadas de los centros de población.

De seguro estas mujeres encontraban muy escasas oportunidades para mantener contactos sociales con gente extraña, y ello volvía casi natural la aberración de que, cada vez que aparecía uno por allí, trataran de resarcirse de esas limitaciones recreándose con aquel interés infantil hasta en sus secretos más íntimos.

Lo único verdaderamente extraño era la tolerancia del marido y padre. Cierto que él no tenía motivos serios para mostrarse celoso de la endeblez de mi físico, y acaso hasta se sintiera ufano permitiéndoles a las mujeres establecer comparación entre mis carnes blancuchas y magras y aquella piel cobriza y lustrosa que forraba su recia y bien formada musculatura de indio. Mas, por otra parte, mi compadre Jacinto era hercúleo y bien formado, muy varonil, y el desaprensivo ranchero podía no salir tan en ventaja de la comparación con él.

Pisando con gran cuidado para no espinarme, hollé los capomos y lirios de la orilla y pude alcanzar el raizón de la ceiba que sobresalía al borde del agua. Era una magnífica plataforma natural para efectuar zambullidas. Y luego de exhibirme descocadamente sobre ella, inflé un poco mi complexión en reto a la estólida mirada de los cuatro espectadores de la loma, alcéme de puntillas y me arrojé de un chapuzón al agua. Jacinto hizo otro tanto. Y pronto estuvimos los dos nadando placenteramente en el interior del remanso, mientras los mirones se incorporaban con creciente interés e iban acercándose un poco para observamos más a su sabor.

Estaba visto que era la primera vez que esos rústicos descubrían seres humanos capaces de tomar una ablución. Y resolvimos dejarles una impresión espléndida, esforzándonos por llevar a cabo con desenvoltura y maestría las piruetas más vistosas, dentro y fuera del agua.

Seguros de haber quedado a la altura de las circunstancias, después de casi tres horas de retozar en el baño empezamos a sentir deseos de ponerle fin a aquel esparcimiento. Y nos encaramamos por la orilla para alcanzar nuestras ropas y vestirnos.

Apenas entonces las mujeres, que no nos habían quitado un solo segundo la vista de encima, dieron muestras de incomodidad ante nuestra desnudez y se retiraron a la choza de la loma, me figuro que un poco defraudadas.

Mi compadre y yo estuvimos cambiando bromas en torno a tan extraño comportamiento mientras nos poníamos la ropa. Y una vez vestidos, luego de recoger las armas, el sartal de aves, la piel del tigrillo, las bolsas y demás ajuares de cacería echándonoslo a cuestas, emprendimos el ascenso de la pequeña eminencia a fin de investigar con tan sencillas personas dónde nos sería posible comprar unas tortillas y pernoctar más cómoda y protegidamente.

–¿Qué tal el baño? –preguntó el hombre con inesperada desenvoltura.

–Magnífico –le contestamos– Nos dejó como nuevos.

Él permaneció unos momentos reflexivo, con cierta expresión decepcionada en el gesto.

–¿No miraron nada? –inquirió a la postre con un acento que contenía mil sugerencias.

Jacinto y yo intercambiamos una mirada de extrañeza. Habíamos visto agua, árboles, plantas, piedras, mosquitos, libélulas y hasta unos cuantos ajolotes... Pero nada que pudiera conceptuarse extraordinario en un pozo de selva como aquel.

–No; nada –repuse–. ¿Qué era lo que teníamos que ver allí?

Y el indígena, encogiéndose un poco de hombros y dándole un chupetón al deforme cigarro de hoja que colgaba balanceándose de su carnudo belfo, explicó con decepción y desgana:

–Es que ai sale el lagarto... Toavía antier mató un novillo que bía bajado a abrevar en esa tinaja.

Y apenas entonces, tardíamente consternados por el peligro que corrimos, alcanzamos a darnos cuenta del motivo de aquella contemplación impertinente y del inexplicable desafío al acendrado sentimiento del pudor por las tres mujeres del jacal.

No querían perderse el estupendo espectáculo de nuestro último pataleo entre las espantosas fauces del cocodrilo.

© 1985, Fondo de Cultura Económica S.A. de C.V.

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