martes, 13 de septiembre de 2011

Cuento Entonces empezó a olvidar

Un cuento de Mayoral Marina- (España)

Fue al intentar contarlo, al pretender convertirlo en una sucesión de hechos que sucedieron en el tiempo y de personajes que actuaron de determinada manera cuando me percaté de que había en la historia aspectos en los que no había reparado al vivirla.

Se parece a Una historia inmortal, dijo mi hermana. Yo también lo había pensado al comienzo, porque en los primeros momentos tuve la impresión de que era algo extraordinario, fabuloso. Pero, a medida que lo vivía, las diferencias con la película de Orson Welles y con el cuento de Dinesen se me hicieron patentes. Yo no tengo nada en común con el marinero ingenuo e ignorante. Soy joven como él y no soy feo, pero, puestos a escoger, yo no me elegiría para tal función. Habría buscado a alguien más fornido, lo que se llama un ejemplar masculino, o, acaso, a un hombre de inteligencia superior, un sabio de reconocido prestigio o un artista de indudable talento. Aunque, por otra parte, eso aumentaría las dificultades. Los famosos suelen ser recelosos y tacaños de sus bienes. Temerían quizá algún tipo de chantaje o se sentirían expoliados: a muchos les molesta incluso dar su imagen para una foto, cuanto más una parte de su persona. Tampoco es

que se les pidiera un riñón o un ojo, pero, sin duda, cualquiera de ellos resultaría menos accesible que yo y los resultados quizá fueran los mismos o peores. La genialidad ya sabemos que no se hereda. Había además otros argumentos que ella utilizó para justificar mi elección: los extremos son siempre peligrosos, era preferible un término medio, un hombre equilibrado, de buena salud, con una buena situación en la vida y sin complicaciones. Y estaba, también, la cuestión de las afinidades: tenía que ser alguien por quien ella se sintiera atraída, ya que, puesta a pasar un rato desagradable, la mesa de operaciones hubiera resultado más aséptica. Me pareció muy razonable.

A mí me daría miedo, dijo mi hermana: alguien que aparece tan misteriosamente, sin saber de dónde, ni quién es, como el marinero de la leyenda: un puerto lejano al anochecer, brumas, oscuridad, una figura que le hace señas de seguirla... Pero era una mañana de sol radiante, en la playa, y no estamos en la India, ni en Hong Kong. A ella le parecía exótico y romántico, había dudado entre esto y las islas griegas, pero aquí había pasado su luna de miel y el recuerdo de aquellos días maravillosos, me dijo, la había decidido por estas tierras. Fue ella misma la que se acercó a mí, y nada de señas, hablaba correctamente inglés y francés y un poco de español.

Ella sí que era una protagonista de leyenda, pero no por misteriosa sino por su belleza: el pelo rubísimo, los ojos azul profundo, la piel de un moreno dorado, luminoso; el cuerpo esbelto, los pechos altos y firmes, las caderas redondas, las piernas largas... Una fantasía erótica, dijo mi hermano mayor, eso era «la sueca» de mis tiempos. Pero Nora era así y además no era grande, ni tenía aspecto de chico guapo travestido. Era una preciosidad y supongo que eso fue el motivo principal que me llevó a colaborar en lo que, contado por ella, me pareció algo maravilloso y al mismo tiempo muy normal. Nora quería tener un hijo, pero su marido, un hombre bastante mayor que ella, era estéril. Los dos pensaban que en lugar de someterse a la inseminación artificial se podía recurrir a un procedimiento mucho más acorde con la naturaleza. Sólo había que buscar a una persona adecuada y mantener la identidad de ellos en secreto a fin de evitar problemas posteriores. De ahí procedía su reserva, nada misteriosa, por tanto, acerca de su nacionalidad, nombre, profesión del marido y cualquier otro dato que pudiera ser utilizado por el padre material de la criatura para localizarlos, en el caso de que intentara algún chantaje en el futuro. Me pareció una postura prudente y más práctica que cualquier documento de renuncia que no serviría más que para complicar la situación, aunque, como ella me dijo, lo fundamental era mi compromiso moral de aceptar el trato, de modo que sin mi palabra de honor de respetarlo no seguiría adelante. Se la di y, consecuentemente, no intenté averiguar nada sobre ella. O sea que me comporté como un caballero español, según mi hermana. O como un orgulloso, dice mi cuñada.

Mi hermano mayor ve las cosas de otro modo. Lo de las afinidades electivas y la atracción le parece un anzuelo vulgar: Nora no me ha elegido por ser un joven más o menos talentoso y prometedor, aparte de sano y de familia acomodada, sino sobre todo por tonto. Él dijo por ingenuo, pero se notaba que quería decir por tonto. Nora podía ser una fresca y utilizar el cuento del hijo para sacarme dinero en el futuro. Sin duda se lo he contado mal, o no pensaría eso de ella. Pero es posible también que haya un poco de envidia en su comentario. Siempre ha ido de triunfador por la vida y no debe entender que Nora me escogiera a mí, estando él aquel día en la playa. Pero aún así es obvio que yo no he sabido comunicar la sensación de confianza que Nora transmitía. No es el tipo de mujer fatal ni devoradora de hombres, con una mujer así yo no me hubiera atrevido, quiero decir que seguramente no habría aceptado, participar en el asunto. Nora quiere y

respeta a su marido, es una buena esposa y será una buena madre para el chico: es cariñosa, alegre, tranquila. Le dará seguridad en la vida. Tiene en grado sumo la capacidad de escuchar y de provocar la confidencia. A su lado uno se siente con ganas de hablar y de contarle los problemas. Pero mi hermano sigue sin entenderlo: o sea, que para que tú no le hicieras preguntas te confesaba ella a ti, dice. Seguro que le has hablado de toda la familia... De toda no, pero casi. De su mujer sí le he hablado. Nora me preguntó por qué no me había casado; pensaba que la soltería no encajaba con mi personalidad, con mis buenas cualidades, así dijo, y por eso le hablé de mi cuñada. Al comienzo no preguntaba por su curiosidad sino por interés en conocer lo que sería la familia de su hijo; quería saber cualquier cosa que en el futuro pudiera afectarle: si había propensión a alguna enfermedad o rareza, si teníamos facultades especiales para alguna actividad o arte. Se alegró mucho de que yo fuera escritor, se congratulaba de su buena elección, de su ojo clínico, decía. Y así, poco a poco, fuimos hablando de cosas más íntimas.

Lo más difícil de entender es que se haya ido sin despedirse. La noche antes me había dicho «hasta mañana», pero cuando volví al día siguiente la casa estaba cerrada: la cancela exterior, la puerta de entrada, las ventanas; todo. Es una mujer muy cauta, dijo mi cuñada. Se dio cuenta de que te habías enamorado y puso tierra por medio. Un hombre enamorado no atiende a razones, ni respeta promesas. Un poco más y yo habría iniciado pesquisas, indagaciones para saber quién era, de dónde venía, cómo podría encontrarla de nuevo. ¿Acaso no lo había ya intentado? ¿No le había dejado ver la intensidad de mi deseo, mi amor creciente, mi melancolía ante ese hijo de los dos que iba a convertirse en hijo de otro hombre? ¿No había iniciado ya mi chantaje sentimental? No sé de dónde ha sacado mi cuñada todo eso, no sé si estaba en la historia que yo le he contado o ella lo saca de otra historia que los dos conocemos. Es posible que esté en lo cierto y que ésa sea la explicación de aquella partida repentina y sin adiós. Pero quizá haya algo más. Quizá Nora se ha enamorado de ti, dice mi hermana. No querría traicionar a su marido, aquel marido que por evitarle un mal rato accedía a que ella se entregara a otro hombre; un marido que tiene tanta confianza en su mujer, en su fidelidad, en su cariño, en el proyecto de vida en común, que es capaz de dejarle escoger para padre de su hijo al hombre que a ella le guste. Se comprende que a un hombre así no quiera defraudarlo, dice mi hermana. Un bendito, un Juan Lanas, dice mi hermano mayor. Ésa se ha venido de vacaciones y a la vuelta le hace creer que es suyo, ¡menuda pájara! Os ha manejado a los dos. Me pregunto si habrá algo de eso en lo que yo le he contado. Acaso mi sorpresa, mi decepción, mi rabia, mi dolor ante su partida inesperada se comunican a mis palabras. O acaso mi hermano mayor proyecta sobre ellas oscuras intuiciones de otra historia que no quiere saber.

Mi historia, la que yo viví, se acaba ante aquella puerta cerrada, pero cada uno le ha buscado el final que más le gusta. Es muy posible que ella vuelva, dice mi hermana. Su marido se dará cuenta de que está enamorada de otro hombre y no aceptará su sacrificio. Es un hombre bueno, sin duda, y generoso, bastante mayor que ella, muy comprensivo. Nora puede contarle todo lo que ha pasado y lo que siente, porque sabe que él la entenderá, siempre ha sido así. Él le dirá que lo importante ahora es que se tranquilice, que descanse, el niño debe nacer bien. Después habrá tiempo de resolver lo que sea, ella es libre de decidir, como siempre. Mientras, él la cuidará, la mimará, le pondrá la mano en el vientre para oír cómo se mueve la criatura, se reirán juntos y pensarán un nombre. Y a los nueve meses serás sólo un recuerdo romántico, dijo mi cuñada. Y cuando el niño crezca y las amistades empiecen a encontrarle los inevitables parecidos con el padre, ellos cruzarán una mirada cómplice y divertida. Tierna, dice mi hermana, y se acordarán con agradecimiento de ti, de manera que no se entiende esa murria, ella estaba estupenda, de momento te ha salido el ligue muy barato y el hijo vaya usted a saber de quién es, dice mi hermano mayor, o si la historia acaba así no puedo quejarme, lo que pasa es que soy escritor y me gusta hacer literatura, adornar las cosas, hacerme el interesante, seguro que acaba haciendo una novela o un cuento, dice mi cuñada. Pero se parece demasiado a Una historia inmortal, dijo mi hermana, tendría que buscarle un final distinto, que ella vuelva, por ejemplo, o que le robe las tarjetas de crédito, dijo mi hermano mayor, o que todo es un sueño, dijo mi cuñada. O una mentira.

Cuando acabé de contarlo era una historia distinta, no sé si más cercana a la realidad o, por el contrario, más alejada de ella. No me importa. Yo necesitaba sacarla fuera de mí, convertirla en algo objetivo, manipulable. Decir: Yo estaba tranquilamente tomando el sol en la playa y una chica rubia se me acercó. Y seis páginas más adelante decir: La casa estaba cerrada, la cancela exterior, las ventanas, todo. Ahora ya no soy yo el que se desespera, el que intenta en vano recuperar un fantasma o entender, al menos, lo sucedido. Es mi personaje. Yo releo su historia y corrijo la estructura y detalles de estilo. Se la leo a mi hermana que dice que no le gusta el final y a mi cuñada que sonríe y dice: Ya sabía yo que todo era un cuento. ¿No será que quieres darme celos?; y a mi hermano mayor que me dice que soy un tonto por darle tantas vueltas a algo de lo que voy a sacar tan poco provecho.

El marinero también debió de darle muchas vueltas. Se lo contaría primero a sus compañeros de trabajo: era una mujer hermosísima, los ojos verdes como el mar, el pelo de oro, nunca había visto él nada igual. Después, cuando ya no navegaba, se lo contó a su mujer: la llegada al puerto, la figura misteriosa que le hace señas, la casa lujosísima; y a sus hijos cuando crecieron: el marido era un hombre muy poderoso y muy rico, pero no podía tener hijos; y también a sus nietos: hace ya muchos años, en un país lejano... Un día, en la taberna del puerto, oyó a un marinero recién llegado contar su historia; el criado que le hace señas entre las brumas del anochecer, el palacio, una mujer muy bella, de ojos de azabache y pelo largo y negro como la noche... Entonces empezó a olvidar.

© Aguaclara, 1989.