miércoles, 5 de octubre de 2011

Canción perdida en Buenos Aires al Oeste.

Una historia de María Rosa Lojo.

MIGUEL

“Las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo nidos,

más el Hijo del Hombre no tiene donde reposar su cabeza”

(Lucas, 9, 58; Mateo, 8, 19)

“No sé por qué, por qué ni cómo

me perdono la vida cada día”

(Miguel Hernández, “Me sobra el corazón”)

Me despertó la luz alta del sol. A un costado palpé la cama vacía; del otro lado estaban los libros sobre el piso, la taza de café de la noche anterior, el disco ya viejísimo de los Beatles (Candida, sweet Candida, my love), la ventana de repisa polvorienta, el miedo. Aún había silencio y no quise respirar para interrumpirlo, como en el fondo de una cueva donde no pueden entrar ni el día ni la noche, en la profunda paz que sólo conocen los astros eternamente suspendidos sobre un mundo en ruinas. Pero duró lo que dura un resplandor solar en un rostro que pasa por una calle claroscura de árboles, y cuando abrí los ojos allí estaban otra vez las cosas, las terribles cosas cargadas, llenas de odio y de amor, henchidas de pesos, líneas, formas insultantes. Estaban los retratos en su marco de corcho, la huella ardida de un cigarrillo sobre el almohadón, el álbum de la infancia revisado inútilmente en busca de no sé que desciframiento, de qué memoria. Estaba yo, solo, hecho de huesos y de carne mortal y de una pasión olvidada peor que toda pasión presente. Y ese olvido me despojaba por entero mientras mi nombre huía lentamente del Libro de la Vida. Ni Dios mismo -–pensé- ni Dios mismo, hubiera sido capaz de restituirlo.

Me dolían las ingles y sentí mi cuerpo desnudo bajo la sábana como un saco abandonado. Alguien que me odiaba lo había dejado ahí, inerte, al margen de toda misericordia. Entonces recordé que esa misma madrugada, perdido en un desdichado sueño sin visiones, yo acababa de cumplir los treinta años.

Ser alguien, ser ALGO. Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Llegar a los treinta años y no haberme empeñado en ninguna de las tres cosas. Los temibles retratos miraban al vacío, a la sombra de aquellas paredes que acataban lentamente su mero sobrevivirse, a la sombra de aquellos días donde me establecí, como en un reino invulnerable, para creer. A la sombra de una carne que había besado, un rostro blanco y profundo de venas trasparentes, unos ojos demasiado claros que me devolvían a mí mismo como no era, como no podía haber sido, infinitamente mejorado por la irradiación de esa mirada que me amaba. Pero tales imágenes no podían inspirarme más que nostalgia y piedad, por las presencias que antaño les pertenecieran y por mi propio sueño. Lo aterrador era el reverso de los retratos, el plano desierto de las fotografías donde los escépticos, los que ya no creemos en las tazas de té, ni en el vuelo agorero de las cornejas, adivinamos todavía el porvenir.

Todo ha terminado –pensé- melodramático pero sincero, y quizá por eso no tuve mejor ocurrencia que venir a visitar a los viejos. No porque ellos me esperasen para celebrar mi cumpleaños, sino porque tal vez era una manera de encontrarme sin encontrarme. Sé muy bien que todos los espejos de la casa paterna están para mí inexorablemente rotos.

Nunca puedo evitar cierta emoción estúpida cuando, después de una hora y media de tren y colectivo, empiezo a ver las casas regulares y los pocos edificios importantes de Castelar: algunas torres erigidas por el Progreso (que desde Santos Vega quizá justificadamente va vestido de diablo), la vieja parroquia, teñida lentamente por un gris de humedad (esa parroquia donde debí casarme), los terrenos baldíos al lado de la imprenta, Bonafide, los boliches.

Una emoción sin sentido –porque ya rompí con todo eso, porque no soy más de todo eso- que se prolonga cuando me voy hacia por las veredas todavía quietas. Siempre hay novedades: chalets de ladrillo a la vista y techos de pizarra, acabados de construir en los últimos terrenos cerca de la estación, algún barcito, algún salón de té pituco con una glorieta de rosas rococó, algún café colonial que han puesto en los salones de una antigua casa de familia. Un negocio fundido, un local que se alquila, y desde hace poco, los ateneos radicales y las unidades básicas. Todo está igual y es distinto, hasta el colegio de curas donde fui cuando chico, con su roja mansión de estancia en el centro, tan francesa y por eso mismo (¡ay!) tan argentina, semiescondida ahora por un enorme techado de aluminio que quiere ser un gimnasio ultramoderno. Doblo la esquina de tantas tardes, y ahí mismo, enfrente, la casa. La casa que ya no es mía, con dos plantas estilo americano, con un tanque de agua que recuerda deliberadamente la chimenea de un barco, sus paredes blancas, sus chapas bordó, su revestimiento de madera laqueada en el piso bajo, los rosales casi perennes en el jardín que dan rosas rojas hasta entrado mayo y se abren nuevamente en primavera. Esa casa perfecta y funcional que obsesionaba a papá, que devoró vacaciones y fines de semana. La casa clara, toda patios y puertas, que todavía no puedo pisar sin un temblor muy leve, pero suficiente para delatarme. La casa grande que ahora resulta ridículamente inmensa para ellos solos, la perra chiquita y medio ciega, y María, que vivió con nosotros desde tiempos inmemoriales. Ella es la que abre la puerta, despacio pero muy derecha, caminando arriesgadamente sobre los trozos de bayeta que resguardan el piso reluciente.

-¿Qué tal, María? Siempre guapa, ¿eh?

-Vaya, Miguelito, pero si eres tú. Dichosos los ojos. Tu madre ya estaba preocupadísima. Que donde se habrá metido el niño, que si le habrá pasado algo...

-Claro, como hace dos días que no llamo.

-Bueno, Miguel, tú ya conoces a tu madre.

Mamá sale rápido atrás, como si le hubieran avisado. Está delgada y encorvada, con el pelo completamente blanco y los anteojos gruesos de todos los operados de cataratas.

-Vaya, por fin te has dignado acordarte de tu madre- me reprocha, poniendo a medias la cara para el beso.

-No hace tanto desde la última vez que vine, mamá.

Sí, pero tú no te imaginas, no te imaginas. Los días se me hacen siglos y mi artrosis empeora por minutos. Tengo siete dolores, dolores terribles como las siete llagas del Señor. He llegado al máximo del sufrimiento. Cristo en la cruz habrá padecido, pero por lo menos murió en poco tiempo- Hace una pausa y vuelve la cabeza, con cara de misterio vergonzante- Y luego él, él.

-¿Quién?. Pregunto con mi mejor cara de inocencia.

-¿Quién va a ser? Ese hombre, tu padre.

-¿Qué le pasa a mi padre?

-Está cada día más loco, más intratable. ¡Jesús, qué Calvario! Bueno, ya lo verás por ti mismo. Es imposible hablarle.

Sin que me inviten, paso por la cocina hacia el jardín de invierno, mientras mamá se queja a María de mi falta de consideración por no haber avisado a tiempo para que pusieran un plato más.

-Buenos días, papá.

-Ah, Miguel, eres tú. ¿Qué haces por aquí?

-Pasaba... ¿Cómo están ustedes?

-Pues como siempre. Hechos unos trastos.

La perrita me ha oído y viene desde el fondo a lamerme las piernas. Tiene el pelo más ralo, los ojos más opacos, y una alegría torpe que me trae desconsuelo.

-Tendrías que salir un poco de casa.

-Pero si no puedo, no me dan las piernas. Maldita sea, con lo que yo he viajado, y ahora pasarme el día en un sillón. O ye, ¿tú crees que estarán a salvo?

-¿El qué, papá?

-Pues mis monedas de oro. Vaya pregunta.

-Pero sí, papá. Claro que sí. ¿Quién te las va a sacar?

-No sé, pero aquí entra y sale gente. Las mujeres que limpian, alguna enfermera, y lo peor de todo, tu madre.

-¿Mamá?

-¿Qué? ¿Todavía no te ha dicho lo de Luis?

-¿...?

-Pues entérate. Se le ha metido en la cabeza hacerle un mausoleo.

-Un qué?

-Como lo oyes, un mausoleo, bueno, una tumba especial, a todo lujo, con estatua propia y una especie de sala de espera. ¿Para que quiere tu hijo un mausoleo, chupacirios?, me he hartado de decirle. Muerto y bien muerto está bajo una tierra que no conocemos y no hay piedras que lo resuciten. Pero es inútil. Ella y su condenada familia se han pasado la vida tirándoles de las faldas a los curas. Franquistas de mierda, beatos. Di que tu madre era guapa, más guapa que la Rita Hayworth. Son las trampas de la naturaleza. Ahora los dos somos viejos, ella está hecha una bruja por dentro y por fuera y no podemos cambiar dos palabras en paz.

-Bueno, pero lo de la tumba...

-A eso iba. Pues que en el dichoso testaferro se quiere gastar todos nuestros ahorros, el oro. Oro inútil para la puerca muerte. Una bóveda en la Recoleta, con mármol negro y rosa y esculturas. ¡El ángel del Juicio Final bailando sobre el techo! Si es para llorar de ridículo, hombre.

-¿Y por qué en la Recoleta?

-¿Y por qué va a ser? Por presumir. Como toda su casta de militares arruinados, de jugadores y calaveras. Como sus tíos curas de salón y sus primos de la alta sociedad. Cuando tu madre se empecinó en mandarte a ese colegio, solo con el pretexto de que estaba cerca, yo pensé, pues bueno, si el chico es inteligente –que lo eras, vaya si eras listo- él solo se quitará las telarañas de la cabeza. Y me imagino que estarás desengañado.

-Completamente desengañado, papá.

-Así me gusta. Está mal que lo diga, pero tú fuiste siempre el más hombre de los dos.

-Luis era muy chico.

-No tanto. Fue una guerra de meses y no la resistió. Yo estuve siete años y aquí me ves.

-Cuestión de suerte.

-Suerte y ganas de vivir. La vida protege a los que la aman.

-¿Y él no la amaba?

-La amaría, quizá, pero no era fuerte. Tu madre se lo tragó. Era un niño mimado sin experiencia de nada; habrá sufrido, habrá tenido miedo, habrá vacilado... Y vacilar o temer es entregarse. Ella tiene la culpa, desde el principio. Le eligió nombre sin mi consentimiento, lo obligaba a ir a misa, lo tenía pegado a sus faldas. No, no estaba preparado para vivir. Quizá no debía vivir...

La voz de papá se interrumpe. Se vuelve hacia el jardín con la mirada fija.

-¿Pasa algo, papá?

Ahora me mira con una dureza que le cuesta muy cara.

-A mí nunca me pasa nada, Miguel.

La mano apoyada en el brazo del sillón tiembla más de lo usual y me hace un gesto.

-Ayúdame a levantarme.

Cruzamos el patio y caminamos hasta el castaño.

-En casa había uno como éste, pero mucho mejor, más grande. Figúrate tú que lo cortamos para hacer muebles. En este clima de mierda nada crece como debiera crecer. Donde yo me he criado...

-¡Juan! Que os dejéis de hablar, que ya está la comida.

Volvemos. En esta parte el pasto ha crecido muy alto. La pileta donde nadábamos en la niñez se ha convertido en estanque, agrietado y lleno de musgo.

María ha puesto la mesa en el jardín de invierno, donde cuelgan los helechos y se mueren, en una plantera baja, varias hojas raquíticas. Hay tortilla a la española –la especialidad de María- con salchichas. Comemos en silencio y no puedo evitar que mis ojos busquen, obsesivamente, el asiento frontero, el lugar vacío donde se han colocado una servilleta, una silla, dos cubiertos, un vaso con agua fresca.

-¿No te quedarás con hambre, Miguel?

-No mamá, yo nunca como mucho.

-Así estás. Tanto tiempo viviendo solo. Cuando te fuiste de casa tenías diez kilos más.

-Dos kilos, mamá.

-Y luego tus asuntos con esas mujeres, que te han quitado el sueño. Esa abogadita de provincia que se portaba, vamos, como una...

-Tenía nombre propio, y no era una.

-Es que tu madre hubiera preferido que tuvieses asuntos con hombres. La has desilusionado, hijo.

-No sé cómo puedes hablarme de esa forma grosera en público, delante de Miguel. Aunque sí lo sé. Otra cosa de ti no podía esperarse.

-El cumplido se agradece.

-Y lo he dicho sólo por tu bien y por el nuestro, Miguel. Si te hubieras casado con alguien decente... Tú eres ya el único hijo que puede darnos nietos.

-No, mamá. Ya tienen nietos.

He tocado, a propósito, la zona prohibida. Papá se encrespa.

-Parece mentira que insistas, Miguel. De eso, mejor no hablar.

El plato de mamá está todavía lleno.

-Pero si no come usted nada, doña Carmen.

-Ni falta que me hace. Para seguir viviendo así...

-Cada uno tiene la vida que se ha preparado, mujer.

-Por eso estarás tú tan feliz, entonces.

-¿Qué sabes tú como estoy? Y no sé quién ha dicho que hemos nacido para ser felices. Estoy de la única manera en que puede estar un hombre cabal. Bien jodido.

-Que tiene usted una boca, don Juan...

-Cállese ya, mujer. ¿Para que le ha servido a usted la suya? Para llorar y rezar. Siempre lo mismo en todos los años de su condenada vida.

-Condenado será usted si no se arrepiente antes de morir como un blasfemo.

-Al menos moriré diciendo lo que pienso. Si hay un Dios, seguramente no es una vieja cobarde, y tendrá en mayor estima a alguien que se atreva a mandarlo a la puta que lo parió...

María sonríe. Veinte años de convivencia la han habituado a los exabruptos de papá. Han envejecido juntos, y de los tres, ella es la única intacta, la única a la que no alcanzan el tedio y la desesperación. Algún día develaré ese misterio –pienso-, algún día le compraré ese secreto y acaso seré, por fin, un hijo de la vida.

(El silencio pesa demasiado y ha concluido por ahogar el presente. Por un momento único todas las cosas vuelven a ser lo que fueron, alguna vez. Verás a la madre peinarse junto a la ventana. El sol le devora el cabello oscuro, más suave que un ala, con su perfume de alhucema secreta. Cierra los ojos en la hamaca torneada y los rizos negros le anudan la garganta. No sabes en qué sueña y darías un mundo –tu mundo- por saberlo. Una de las manos pálidas se ha detenido un instante sobre el vientre.

El polvo de estos vasos y la pesadumbre de sentarse a contemplar. Ver en el fondo del cristal empañado otros paisajes. Corremos por la calle inmensa, bajo la luz cegadora. Me siento casi padre de ese pibe que trata inútilmente de alcanzarme. Oigo los gritos, el pequeño llanto. Lo levanto, lo acaricio; pienso: no hay nada más hermoso que esa cabeza chica, dócil y ardiente bajo el sol de enero. ...Lo llevo a la escuela por primera vez. La mano breve baila, inquieta, adentro de la mía. Alza la cabeza y sonríe: Miguel, cuando sea grande, ¿voy a poder ser como vos? Y esa muerte que no tiene rostro, porque no vi los ojos, ni la esperanza, ni el tránsito, ni el miedo, ni oí las últimas palabras que son devueltas al mundo para recordarle, para recordarse, que es un hombre quien ha muerto. No pude recibir el último legado inútil que el polvo otorga al polvo, el que necesitamos, sin embargo, para creer que todo ha terminado, para que empiece el olvido.)

.¡María!

-¿Qué se le ofrece a usted, don Juan?

-Haga el favor de quitar de una buena vez ese plato y esos cubiertos. Saque de en medio esa silla vacía. Aquí no comen los fantasmas.

Mamá grita con voz polvorienta y sorda, que ha dejado casi de ser humana y se parece más al chirrido de las puertas en una casa abandonada.

-Esto era ya lo último que me podías hacer, lo último. Quieres arrebatarme hasta el recuerdo de mi hijo.

(Ella estaba contra la luz, en la ventana abierta. Cuando entré se borraron las voces violentas, pero yo las sentía vibrar en el aire caliente, trizadas contra los mosaicos, como el jarrón toledano de la abuela materna. María entró con la escoba, levantaba los restos con su cara impasible de barrer el patio por las mañanas. Yo supe que ella lo aborrecía, que por una vez la indiferencia se había vuelto fervor. El le daba la espalda y me miró. Tenía hinchadas las venas de la frente y le temblaba apenas la mano apoyada sobre el respaldo de la alta silla. Porque la amaba y lo hería de vergüenza ese amor, hasta perderlo.)

-El recuerdo de tu hijo no es una silla puesta para una sombra, no es un plato vacío, no son unos cubiertos inútiles. Si necesitas de eso para recordarlo, bien poca cosa es entonces tu recuerdo.

Ella no llora, porque el llanto es una capacidad de los vivos. Se levanta sin palabra y camina encorvada hacia la puerta.

Quedamos solos en torno a las sillas de mimbre. María recoge los platos. Papá juega con el puño del bastón que apenas usa.

-En el 75 casi volvemos a España. Nueve años ya, y dos que Luis lleva muerto. Sólo a tu madre se le pudo ocurrir enfermarse en esa fecha. No tiene sentido; no, no lo tiene.

Una mosca se ha posado sobre su frente rugosa. El sigue extrañamente inmóvil, sin hacer un gesto.

-Hablar de lo que pudo haber sido, o no haber sido, es siempre necedad. Todos somos estúpidos, porque todos lo hacemos. También tú, ¿verdad?

-También yo.

-Con aquella chica, por ejemplo. Tu novia. Cuantas veces habrás pensado...

-Ya no más, papá.

-De acuerdo. No vamos a hablar de ella. Tampoco del otro.

Pero él es débil, y desmiente sus juramentos.

-Carne de mi carne y sangre de mi sangre. ¿Sabes tú lo que eso significa?

-Puedo imaginarlo.

-La imaginación es una impostora sentimental y grandilocuente. Nada más, Miguel. Sólo cuando tú mismo tengas un hijo.

Golpea bruscamente el suelo con el bastón, quizá para no maldecir una vez más. La gata blanca, que lo odia, lo mira poseída de una ferocidad helada y amarilla.

-El gran cabrón, Miguel, es un gran cabrón. Siempre lo he dicho.

Supongo a quien se refiere y casi sonrío, desviando el rostro para no herirlo. Los insultos le salen siempre demasiado puros, demasiado simples.

-Dime si no es así, Miguel. Pues lo que te da, te lo quita. Vaya si no es ironía. Haberme pasado siete años entre la guerra y la cárcel. Y salir vivo y venir a un mundo donde no había guerras, donde no podía haber guerras. Era estupendo, ¿verdad? Pero tenía su precio, todo tiene su precio. Tuve que entregarlo a él a cambio. El murió de la muerte que yo no tuve. El cumplió un destino del que yo pensé salvarme entonces porque no quería creer en el Otro, porque negaba su fuerza. Maldito sea. Pero El juega a largo plazo. Cómo se habrá reído entonces de mi imbecilidad, de mi juventud. Luego se lo cobró, bien que se lo cobró, llevándose precisamente a ese hijo que se habrá entregado casi con mansedumbre a Su voluntad de muerte, obediente a El, al otro padre.

Suelo respetar esos delirios, esos discursos oscuros que olvidan la responsabilidad de los hombres y la crueldad minuciosa de la historia, y cuyo hechizo imprecatorio detiene el tiempo y el movimiento de las cosas.

(Nos acercamos los dos al borde de un barranco. El abajo no existe o tal vez es el arriba, y el fondo se confunde con el cielo. Vestidos de harapos de nube o de excrementos de la tierra, solitarios como los últimos parias del mundo o acaso espantosamente acompañados por la abrumadora compañía del Otro (el incomprensible, el inaccesible) que se iguala con la más profunda soledad. Hijos los dos por fin del abandono que todo lo ha envuelto, no sólo el estanque verdinegro y el pastizal ajeno a la ley humana, no sólo la silla del jardín que se oxida prolijamente bajo los naranjos. El abandono está en la casa y ha despintado las paredes y ha abierto paso a las filtraciones de agua que manchan el cielo raso y levantan las cáscaras de decencia que cubren la pared. La casa envejece como ellos y madura para la muerte, entregada al desamparo que resucita recuerdos y proyecta fragmentos de sueños sobre los muros. Mi imagen deformada como una sombra china, mi cabeza, súbitamente de payaso, mi cuerpo discordante y cobarde que sin haber luchado está copiando los estertores de la derrota. Es que acaso no he partido nunca del círculo mágico. Ella, la hechicera, sentada en el centro de la casa que hizo edificar, trazando con un compás preciso los límites de la lenta muerte que es su reino y que llevo ya pegada a los huesos como una enfermedad que sus palabras y sus gestos rigen. Alfileres sobre mi retrato colgado en el cuarto de niño. Falta clavar el último en el más hondo lugar del corazón, pero la madre que también es vida, que a su pesar también es vida, teme hacerlo.

No hemos salido aún de su vientre y ella es avara. No quiere olvidarnos ni olvidarse en la entrega del alumbramiento. La luz es su enemiga. Ella la deja entrar a condición de que no toque ni transforme, a condición de que no pase las barreras de cristal en donde nos encierra. Días en que vuelvo a ser el prisionero de ese amor oscuro. Macho sin piernas, padre decapitado, niño sin ojos que llora en los corredores, bajo la sombra lunar mezclada en las cobijas del dormitorio. Bajo la sombra blanca que confunde y se confunde con todo, invasora y tramposa. Sombra de agua oceánica que nos sepulta en la profundidad, durmientes. Flotamos despacio en el fondo terrible, envueltos en membranas que se trasparecen. Animales del origen, ajenos al mundo, cuya respiración es un canto sordo, inaudible para los otros, los seres de la calle exterior, los que no están atrapados en el abismo blanco, rodeados por un cerco de llama helada, que detiene los movimientos.

El cielo, padre del viento, está afuera, y también la tierra real. Deseo de tocar el barro con las manos y los labios, de entreverarme en la humedad negra, como un germen o una raíz muerta, para renacer. Salir, intrincados en el estiércol, en las patas de los caballos hacia los caminos prohibidos, nosotros, los extranjeros, los que reptamos por las paredes del acuario como medusas de piel pálida. Y el aire diurno y la luz cenital nos matarían.)

El resplandor gris cae sobre la cabeza de papá, que también era gris y ahora se ha vuelto completamente blanca, como bajo el influjo de un tiempo lunar, como si todo tiempo estuviera en definitiva gobernado por el poder de la luna. El rostro ha perdido gestos, la enfermedad ha fijado su mirada en una obsesión, un dolor.

Están los dos distantes, como han estado siempre. El en el gran sillón del jardín de invierno; ella acostada sobre el silencio del dormitorio, atentos ambos al rumor subterráneo de las aguas de disolución.

Papá me mira, y sé que está creando mi imagen otra vez; sé que dentro de poco le costará un esfuerzo indecible reinventarme, ubicarme en las galerías de la memoria que tantos derrumbes han bloqueado. Sé que pronto sólo habrá espacio libre para Luis. El que se ha quedado. Al que aman por haberse detenido, porque reposa en el fondo de la caja de cristal, porque les es cercano y semejante, hijo, al fin, de la pasión inútil, de la muerte.

He caído en el sueño, insensiblemente, como quien da en el lugar donde siempre estuvo. Mirar las sombras de la pared durante semanas incontables. Amor mío aferrado a un poco de polvo y agua que finge solidez. Sólo finge. Así ella, cuando se inclina sobre mi frente de enfermo para besarme. En realidad sólo quiere a Luis, que duerme en la cuna frontera. Ella me ama con un aire ausente, ese aire de seductora lejanía que todas las mujeres hermosas asumen frente a los hombres que no les interesan. Tiene los ojos transparentes hacia la mitad de la tarde; se vuelven de una miel amarilla y traslúcida. Son ojos fríos y amargos de gata majestuosa que no ha conocido las horas del celo ni de la ternura. Aprieto su mano demasiado blanca y sin anillos. No usa alianza matrimonial sino una leve filigrana de plata que acaso es una joya de infancia, quizá el primer tributo a su belleza del padre más amado. El hombre apuesto de bigotes negros fue mi abuelo, coronel falangista que odiaba con generosidad sin medida al miserable marino republicano que era entonces Juan Manuel Neira. Y ella –la he visto- pone flores a escondidas frente al retrato del abuelo muerto, que reposa (imprecisión de todo lo sacro) en tierras de Málaga o Jaén, en una mítica ciudad de casas blancas que las hordas no hollaron, acaso aburrido al lado de una mujer tan poco interesante como fue la suya. Pequeña y rubia, semiescondida por la mantilla negra (frente y perfil), los ojos muy azules. Lo mejor que tenía era la piel –comentaba mamá- una porcelana. Pero no era una reina como la mujer que se sentaba en la mecedora, mirándome distraída, dispuesta a esperar que la fiebre bajara con el hechizo de esa hipnosis negligente.

Restos de músicas en salones olvidados. Hemos ido al Café Español, hemos visto bailarinas anacrónicas golpeando inútilmente vuelos y pies y polvo dorado por las luces tristes de un falso tablao. Ella inclinaba su cabellera de andaluza hacia la cabeza castaña de mi padre. Esa sonrisa, despectiva o piadosa, con los labios muy rojos, pintados casi a la moda de su primera juventud.

Restos de voces en los salones agobiados de humo, donde se jugaba a la brisca y se mentaba a Azaña, a Negrín, a Sánchez Albornoz, ya legendario presidente de la República Española en el exilio. Salones embellecidos por la clandestinidad (ni una palabra a tu madre de que hemos estado aquí, ¿eh, Miguelito?). Avenida de Mayo, llena de libros viejos y de mozos de gallegos, con los que mi padre, también gallego, hablaba de Vigo, de centollas, de olor a mar, de rumores entre la niebla, de pesqueros perdidos para siempre, de mágicas mareas sometidas a una luz espectral.

Entonces mi padre estaba vivo y soñaba sus sueños materiales, hechos de aromas y sabores, de tactos secretos –piel de mujer o viento-, con la cabeza apoyada sobre el puño y la otra mano en mi hombro. Estábamos los dos juntos del lado de una vida rica y clara, en un reino siempre verde con arroyos dormidos que entregaban dócilmente unas truchas de plata al primer chicuelo desprevenido que se aventurase a llevárselas. Pero aquella vida no tenía de real más que la nostalgia. Era tan lejana como la grave y monótona música de gaita que mi padre había oído tantas veces, con alegría descuidada, en las fiestas de todos los santos patronales.

Música nacida otra vez en mi sueño, reclamándome credulidad absoluta, fervor esencial, lealtad a un mundo que no me pertenece y al que ya no pertenezco. Un lugar al que volveré algún día, aun contra mi voluntad, como se vuelve a los primeros cuentos, antes de morirme.

Ella también pensaba eso, claro, cuando leía las cartas, papeles quebradizos, envueltos en cintas de un azul desvaído, en sobres destartalados y atesorados por fin en un cofrecito que yo quería imaginarme de palo rosa, como aquel en donde guardaba Ana de Austria los herretes que denunciaban su infidelidad. Cartas vanas que la distancia o la muerte prometían la existencia de una vida ideal e imposible, malos versos (todavía rubendarianos o esproncedistas) transfigurados por una luz amarga filtrada y decantada, proveniente de la musa inspiradora que leyéndolos se demoraba en el sufrimiento. Y luego poner la mano sobre el antiguo lugar del corazón y pensar en la desdicha de la malcasada, en el absurdo destierro, en el marido incomprensible o en el padre muerto.

Un padre a quien, al cabo, ella debía su lamentable matrimonio con aquel muchacho simpático pero ordinario, atractivo pero inconveniente, que la cortejaba como ella pensaba que podía hacerlo un perro con una dama, o un ama. Porque él, en su afán por complacerla, no ahorró las adulaciones. Entre las cartas más necias estaban las suyas. Cartas implorantes, que resucitaban los términos del amor cortés, los elevados influjos espirituales ejercidos por la señora de los pensamientos, donde el deseo se volvía sumisión y la impaciencia, espera. Cartas modestas y tiernas, cartas cursis, que lo humillaban duramente a mis ojos. El único hombre que le importó en la vida después del coronel –lo supe mucho después- jamás le había escrito una sola línea.

Canción perdida en Buenos Aires al Oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987.

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