jueves, 20 de octubre de 2011

LA PALOMA Y EL CUERVO

Jerú caminaba entre los árboles cuando escuchó un pájaro cantar en el claro. Corrió ansioso por verlo, ¡Nunca antes había oído canto más hermoso!
Al llegar se detuvo anonadado: allí, frente a él, a orillas de un cristalino lago danzaba una silueta de pájaro humano.
Paloma mujer, extraña forma de niña soñadora. Las aguas del lago transparentaban su desnudez de incipiente forma, la niña cantaba sumergida en la inmensidad que la rodeaba.
No lo descubrió.
Jerú sin poder moverse, se quedó escuchando olvidado del tiempo y de sí mismo, atrapado en la mágica melodía. Ella nadaba en el sonido compartido de su voz y del agua.
  —Ha de ser este cansancio el que traza entre sueños tus femeninas y mágicas formas. Mañana despertaré y sabré que fuiste sólo paloma — dijo cerrando los ojos despacio como para guardar en su memoria el contorno de la diosa paloma
Al despertar, allí seguía el lago, tiñéndose de bermellones a medida que el sol bostezaba sus últimos reflejos cubriéndose con el manto nocturno. Ni voces, ni pájaros, el silencio frío era su única compañía una vez más. Cazó un ciervo que pastaba distraído, guardó su piel para el temprano frío, miró los cielos descubriendo la helada que se acercaba veloz e inmutable a su necesidad de calor y cobijo. — ¡Quién sabe cuándo tendré otra oportunidad de descansar en un seguro refugio como este! ¿Qué podía hacer más que aprovechar esta oportunidad?—, pensó volviéndose a dormir.
La paloma niña lo despertó en la mañana clara y naciente. Los rayos del sol mezclados en su cabellera creaban un juego de brillos y luces blancas y doradas. Dos ojos traspasados de cielo lo observaban. El aroma a flores frescas que emanaba esa piel tersa y nívea, embriagaron su alma de deseo, demorándose tan sólo un instante mágico en enamorarse. Supo entonces con absoluta certeza que era ella la mujer que perseguían sus sueños. Su destino, su meta, y su cobijo. Su trampa, su perdición.
— ¿Quién eres hombre extranjero y cansado? ¿Qué haces en estas tierras que ignoran el peso de la huella mortal? — El arrullo suave como miel lo conmovió hasta estremecerlo.
— Soy Jerú el gran conquistador. ¿Y tú paloma mágica de mis sueños?
— Soy Gal, la niña del bosque, la diosa de los pájaros, la semilla y los sonidos.
— ¿ Existes realmente o eres producto de mi deseo enloquecido? Temo tocarte y ver como te esfumas en un instante.
Rió la niña y sus carcajadas llamaron a los pájaros. Rió y tembló la tierra mientras las flores rompían sus últimos capullos. Rió y calló en el mismo beso que unió sus labios a los del hombre de fuego.
— ¿Qué quieres conquistar?— preguntó ella.
— ¡El Poder del tiempo! ¡El secreto mismo de la inmortalidad!— afirmó él entusiasmado.
La niña le observó y en sus pupilas una honda tristeza asomó tan imperceptible como el susurro de una hoja al caer.
— ¿Qué harías con él?
Jeru rió y en su risa escapó la intensa ambición que sentía.
—Podría regir los destinos, trazar nuevos rumbos, adquirir la eternidad y penetrar el universo —exclamó henchido de ilusión.
—Dentro del tiempo nada es eterno. Todas las criaturas sometidas a él cumplen ciclos.
—No permaneceré pues sometido a sus reglas— afirmó el joven mirándola con una sonrisa satisfecha en los ojos.
— Eres hijo de su matriz, no puedes desobedecerlo, sólo puedes trascenderlo. —murmuró con una tímida sonrisa. — Tú ya eres aquello que pretendes poseer... pero no lo sabes — exclamó ella entristecida.
Jeru la miró confundido, desechando el comentario para él incomprensible. — No me conoces, no soy aún lo que aspiro. Ya lo veras, conquistaré el Poder del Tiempo, pues Poder es lo que anhelo. Pero no hoy, ni mañana, se acerca el invierno.
Ella no dijo nada. Él la envolvió en un abrazo tan apasionado, tan hondo y tan hambriento que ella abrió todas sus puertas dejándose penetrar y penetrándolo, hasta que todos los contornos no fueron más que ecos.
Dicen que ella lo vio águila y le amo tanto que compartió sus secretos. Dicen que él buscaba conocer el misterio para ganar su guerra, dicen que ella se ofrendó a sí misma sin miedo. Se amaron con un amor tan vasto y tan completo, que ni el señor supremo lo ha dudado jamás.
Llegó empero el calor de primavera, el tiempo de invocación y encuentros. Él tenía pendiente su gran batalla, ella ignoraba los propósitos ocultos. Él no quería dejarla, otros urdieron la trampa, la Maga oscura salió del cedro y rodeó de maternidad a la niña huérfana, sedujo al hombre de fuego con sabias artes de mujer experta, los monjes tocaron campanas de tiempo y los amantes quedaron atrapados en la trama.
— Jerú has de vencer al señor del tiempo y conquistar el poder del universo, para ello has nacido y diste tu palabra, le recordó la Maga.
— No puedo, para hacerlo debo robarle a la niña su último secreto — su alma se encogió de horror ante el desafío.
—Puedes y debes, pues sobre ti pesa el juramento. ¡Hazlo!
Y así atormentado y ansioso la sedujo por última vez, buscando robar el último secreto. Fue entonces cuando asomando en las dulces palabras del amor, ella vio su espalda de cuervo. Lágrimas como dagas salieron de sus ojos y fueron a enterrársele en el alma. Siete fueron las lágrimas, siete las heridas.
— Señor, jamás he amado tanto como te he amado a ti, jamás volveré a amar. Quieres el último secreto, el misterio del anillo, sé que no debo dártelo pero ya es tarde, pues posees mi alma tanto como yo soy parte de la tuya. ¡Bésame!, — dijo la paloma con el dolor quemándole el pecho.
Él la besó y en magia no develada ella cambió un ala del cuervo con su ala de hada, y entregó el anillo poniéndoselo en el dedo.
— ¡Qué has hecho, niña tonta, ahora estamos mezclados y tu muerte acecha!—aulló espantado.
— Tan sólo he puesto en forma lo que era en hecho. Tus ojos amado mío permanecen ciegos, los míos... los míos han perdido su brillo. ¿Quién lamenta la muerte de lo muerto? ¿De qué sirve una inmortalidad vacía? Me sumerjo en la rueda de tu ala de cuervo y te ofrendo la inmortalidad de mi ala paloma. Mira... – susurró mostrándose hasta que nada de ella fue oculto para él —Has destrozado en siete pedazos mi corazón, tantos pedazos como vidas me llevará curarlo, en ese tiempo tú irás cambiando. Volveremos a encontrarnos, cuando la rueda cumpla su giro. Ríe y alégrate, ahora tienes el poder completo, lo que has deseado poseer, posees. Es ahora cuando ingresa en ti el verdadero desafío: la elección.
— ¿A qué te refieres? — pregunto sintiendo como un vértigo helado penetraba sus huesos.
Ella no respondió. Él insistió. Ella alzó sus ojos donde el dolor y el amor, la vida y la muerte, danzaban en destellos y explosiones sin fin y en un susurro que contenía todos los sonidos le dijo: —Llegada la hora del reencuentro, mirare en ti y sabré la elección que hayas hecho.
— ¿Por qué elegir si puedo amarte a ti y anhelar el poder al mismo tiempo?— aulló Jeru sintiendo que su piel se desgarraba en incontables jirones al verla alejarse aun sin moverse.
La más triste de las sonrisas, la más llena de compasión asomó en los rojos labios de la niña. —Imposible ascender descendiendo, despertar durmiendo, dormir despierto.
—Y entonces qué he de hacer— suplicó él sujetándole las manos.
—Cuando cumpla la rueda su giro y tu elección se selle en tu alma, sabrás si nuestros caminos se bifurcan o se encuentran. Si lo primero moriré de muerte por siempre y te revelaré el verdadero secreto.
—Reveládmelo ahora y permanece a mi lado— gimió él interrumpiendo. Ella sacudió la cabeza suspirando su tristeza.
—Tu alma carece de espacio para contenerlo. Tu mente no podría atraparlo, ni tu corazón comprenderlo. — Apenas lo miró antes de continuar— Si lo segundo, juntos cambiaremos el daño hecho. En la última letra murió la niña paloma reposando su cuerpo vacío en los temblorosos brazos de Jeru. La vio disolverse hasta no ser más que una huella en su memoria. Lágrimas amargas como veneno le quemaron el rostro, inundando el bosque encantado. Por primera vez conoció el dolor verdadero del alma, dolor que jamás se olvida, pues su huella permanece imborrable haciendo de cuna y raíz. Conquistó el universo todo y no supo qué hacer con ello. Día a día veía su ala blanca y recordaba a la niña amada. El vacío crecía dentro de su ser desmenuzando anhelos, deseos, aspiraciones, hasta convertirlos en polvo, en nada. Todo gesto se le transformada en llanto, todo intento en pena, todo lleno en vacío. Y el vacío fue apagando su eterna vida hasta el día en que el poder le abandonó. Vuelto simple mortal envejeció y murió en terrible agonía.
Nació y murió rodando en la rueda. Siete veces, siete vidas. Siete terribles y largas vidas de vagar humano...
La primera padeció el poder de los demonios sobre el universo, poder que él mismo les había dejado de legado. Convivió cada día con las lágrimas del recuerdo, y el desgarro de su amada fue su desgarro. Tuvo vista para ver, todo vio y sufrió por ello. Estaban sus ojos abiertos a la causa y la sombra de las formas y los hechos. Tuvo corazón para sentir y por primera vez se encontró sometido a las tortuosas corrientes de la emoción humana. De nada pudo escapar, a nada pudo cerrarle la conciencia, el infinito caos de la humanidad le golpeó de pleno como abierta acusación a su responsabilidad en ello. Estaba solo, sus palabras no penetraban ningún oído, sus ideas se escapaban con el viento, sus caricias se perdían en alejamientos, sus necesidades no podían ser satisfechas.
La segunda vida, nació mujer y supo entonces la coloratura del alma femenina. Se vio parir vida y descubrir que la separación duele, se vio soñar y sentir poesía, conoció la "necesidad", ese hambre profundo e inevitable que nos empuja a unos hacia otros. Continente y contenido, forma y esencia, lleno y vacío, ya no fueron palabras sin sentido. La Maga lo encontraba vida tras vida, el ala de paloma lo acompañaba en su memoria. Dos pulsiones, dos miradas, dos destinos. Y en medio, inexorable, le enfrentaba la elección. Cada vida es una historia, tan larga en su despliegue como breve en su núcleo. Seis encarnaciones le arrojaron a las matrices de la rueda, buscándose al recorrerlas. Al serlas. Seis muertes atravesó. Ni en la vida ni en la muerte halló a la niña. Por seis eternidades pudo elegir y eligió. Su alma aguarda el término del plazo, de pie en la rueda espera la séptima encarnación. Volverán a encontrarse y cuando suceda el destino del mundo estará en sus manos.

©Ana Cuevas Unamuno