martes, 4 de octubre de 2011

¡No me neutralicen!

 

Últimamente estoy preocupada, mis nietos me hablan y me pregunto qué raíces los sostienen, porque no son por cierto aquellas que conozco en las que un niño era un niño y no un pequeño y la vida iba de vos y no de tú.

Coño y joder son maravillosas palabras para quien tiene costumbre de hablar en lengua hispana, pero se traban en la lengua argentina que más tiende a carajos, ufas y mierda… No es propio de mi oído escuchar mírame en vez de mirame, ni alcánzame el balón en vez de dame la pelota. Las pobres criaturas por su parte bastante difícil la tienen aprendiendo doble lengua: la del barrio y la de la tele.

Claro que nada es inocente. Cuando yo era chica los dibujitos tenían voces más autóctonas, ahora, será por esto de ahorrar y uniformar, las voces neutras llevan la delantera y de tan neutras una termina no sabiendo si pertenecen a algún punto del continente o a las profundidades oceánicas de ese poder sutil y terrible, siempre invisible, inasible y de objetivos claros, entre ellos la masificación hasta de los sonidos.

No es tema menor este porque los sonidos guardan memoria emocional y al identificarnos nos brindan base y sentido, el monótono murmullo de la lengua neutra rompe fronteras enriquecedoras, (¿qué hay más nutricio que descubrir el mundo en la mirada de alguien nacido en otro espacio con otras sonoridades?), para dejarnos con esas otras fronteras indiferenciadas que nos hacen sentir hijos de ninguna parte, herederos de nada.

De tanto intentar comprender este nuevo movimiento lingüístico ya no sé si servirle a los niños o pequeños leche o malteada, si hablarles de tú o de vos, si decirle no jodas o no fastidies, si decirles escucháme (¡el acento no es gramatical sino sonoro!) u oye… Peor se me hace cuando el martillo ya no es martillo sino “pat” (gracias a Many manitas) y el destornillador es Phillips y las herramientas “Tools”, y ni hablar si empezamos con los “Pets” especies de monstruos plásticos que intentan mostrar el lado tierno de los animalitos con deformidades incorporadas, o de los multijuegos tecnológicos que incorporan la tarjeta de crédito para “peques” de tres años en adelante, pues qué mejor que enseñarles a consumir desde el inicio, sobre todo cuando la posibilidad de andar libremente en bicicleta por la vereda, y otros tantos juegos entre vecinitos, ahí en al puerta de las casas, bajo la mirada tranquila de madres o abuelas, quedaron como recuerdo insólito de los mayores.

Cientos de juegos están listos en la computadora para llevar a niños y adultos a un universo mágico y terrible en el que no hay distancias, ni diferencia, ni olores ni texturas, ni otros reales, tangibles, presentes, el vínculo es en soledad y a la distancia con ilusión de presencia. Si no es la computadora es la televisión la que enseña y el tiempo de reunirse con un simple juego de cartas, con un cuento o un partido de pelota en la calle, con charlas intrascendentes o trascendentes compartidas por todos va cediendo espacio cada vez más a este autismo neutro en que todos somos partícipes dándonos cuenta o sin darnos cuenta. Por que la lengua es madre de los gestos, de las creencias, del punto de vista y por tanto de la mirada y las reflexiones que alcanzamos, es quien nos anuda en los eslabones de la historia y da forma a la memoria y con ello nos brinda identidad. Neutralizada, convertida en forma sin fondo, en sonidos sin pertenencia, origen ni identidad, hace de todos nosotros habitantes de ninguna parte, hijos de nadie, portadores de nada…

No quiero, definitivamente no quiero que me neutralicen, prefiero llevar a mis nietos a embarrarse en cualquier charco, o con tempera aunque se me estropeen las paredes, mientras inventamos dragones y luces malas, y degustamos este “voceo” tan propio de los argentinos y enfatizamos el “che” que al fin y al cabo significa gente, y gente somos, gente de aquí con esta memoria y esta historia y no otra, que más allá de gustos y disgustos (que son bastantes) es la propia y sólo por ello tan valiosa.

© Ana Cuevas Unamuno

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