jueves, 23 de junio de 2011

El diagnóstico y la terapeuta

Un cuento de Eduardo Galeano

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce.

Hondas ojeras nos delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.

El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto de gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.

miércoles, 22 de junio de 2011

Los funámbulos

Un cuento de Silvina Ocampo

 

Vivían en la obscuridad de corredores fríos donde se establecen co­rrientes de aire producidas por las plantas de los patios. Tenían al­mas de funámbulos jugando con los arcos en los patios consecutivos de la casa. No sentían esa pasión desesperada de todos los chicos por tirar piedras y por recoger huevos celestes de urraca en los ár­boles. Cipriano y Valerio -Cipriano y Valerio los llamaba sin oírlos la planchadora sorda, que rompía la mesa de planchar con sus gol­pes-. Cipriano y Valerio eran sus hijos, y cada vez se volvían más desconocidos para ella; tenían designios obscuros que habían naci­do en un libro de cuentos de saltimbanquis, regalado por los dueños de casa.

Cipriano saltaba a través de los arcos con galope de caballo blanco, y Valerio de vez en cuando hacía equilibrio sobre una silla rota y escondía cuidadosamente su afición por las muñecas. No comprendía por qué los varones no tenían que jugar con muñecas. No había sabido que era una cosa prohibida hasta el día en que se había abrazado de una muñeca rota en el borde de la vereda y la ha­bía recogido y cuidado en sus brazos con un movimiento de canción. En ese momento lo atravesaron cinco risas de chicas que pasaban -y su madre lo llamó, y con el mismo gesto de tirar la basura le arrancó la muñeca. Cipriano había aumentado ampliamente su ver­güenza con sus lágrimas.

La planchadora Clodomira rociaba la ropa blanca con su mano en flor de regadera y de vez en cuando se asomaba sobre el patio pa­ra ver jugar a los muchachos que ostentaban posturas extraordina­rias en los marcos de las ventanas. Nunca sabía de qué estaban ha­blando y cuando interrogaba los labios una inmovilidad de cera se implantaba en las bocas movibles de sus hijos. Era una admirable planchadora; los plegados de las camisas se abrían como grandes flo­res blancas en las canastas de ropa recién planchada, y planchaba sin mirar la ropa, mirando las bocas de sus hijos. Detrás de las ca­bezas se elaboraba algún extraño proyecto que largamente trató de adivinar en el movimiento de los labios, hasta que acabó por acos­tumbrarse un poco a esa puerta cerrada que había entre ella y sus hijos. Por las mañanas los dos chicos iban al colegio, pero las tardes estaban llenas de juegos en el patio, de lecturas en los rincones del cuarto de plancha, de pruebas en imaginarios trapecios que la ma­dre empezaba a admirar.

Cipriano había ido al circo un día con su madre. Durante el en­treacto fueron a visitar los animales. Cuando volvieron, al cruzar delante de la pista Cipriano sintió el vértigo de altura que había sentido en la azotea de la casa adonde raras veces lo habían dejado subir. Soltó la mano de su madre y corrió hacia adentro del picade­ro, dio vueltas de caballo furioso, dio vueltas de carnero de pruebis­ta, se colgó de un alambre de trapecista, se dio golpes de clown. Y todo eso con una rapidez vertiginosa en medio de una lluvia de aplausos. Todo el público lo aplaudía. Cipriano, deslumbrado en las estrellas de sus golpes, era el caballo blanco de la bailarina, el prue­bista de saltos mortales con diez pruebistas encima de su cabeza, el trapecista de puros brazos con alas que atraviesan el aire para lue­go caer en la red elástica sobre un colchón enorme, donde duermen los trapecistas. Su madre lo llamaba por entre el tumulto de aplau­sos: ¡Cipriano, Cipriano! y se creyó muda, con su hijo perdido para siempre. Hasta que un acomodador se lo trajo lleno de moretones y bañado en sudor. El público sonreía por todas partes y Clodomira sintió su terror furioso transformarse súbitamente en admiración que la hizo temer un poco a su hijo como a un ser desconocido y pri­vilegiado.

Cuando llegaron de vuelta a la casa, Valerio, que estaba enfermo con la cabeza tapada dentro de las sábanas, asomó los ojos y vio to­do el espectáculo glorioso del circo desenrollarse como una alfombra en los cuentos de Cipriano. Cipriano llevaba un nimbo alrededor de su cara del color de la arena de la pista, sus moretones adquirían for­mas extrañas de tatuajes sobre sus brazos.

Cipriano vivió desde ese día para volver al circo, Valerio para que Cipriano volviera al circo. Era a través de su hermano que Va­lerio gozaba todas las cosas, salvo su afición por las muñecas.

El fervor acrobático sin cesar crecía en el cuerpo de Cipriano; llegaron a inventar un traje de saltimbanqui hecho con medias de mujer y camisetas viejas del portero.

Un día no sentían ya el frío de la tarde sobre los brazos desnu­dos. Parados en el borde de una ventana del tercer piso, dieron un salto glorioso y envueltos en un saludo cayeron aplastados contra las baldosas del patio. Clodomira, que estaba planchando en el cuarto de al lado, vio el gesto maravilloso y sintió, con una sonrisa, que de todas las ventanas se asomaban millones de gritos y de bra­zos aplaudiendo, pero siguió planchando. Se acordó de su primera angustia en el circo. Ahora estaba acostumbrada a esas cosas.

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martes, 21 de junio de 2011

La palabra más bonita del castellano

Querétaro
Ciudad de México
La palabra más bonita del castellano
¿Cuál es tu palabra preferida del español?

Ni sentimiento, ni gracias, ni flamenco, ni alegría. La palabra más bonita del español ni siquiera viene en el diccionario de la Real Academia.

Querétaro, cuatro sílabas que juntas forman un vocablo desconocido para muchos que no es más que el nombre de una ciudad mexicana. Significa "isla de las salamandras azules".

Fue propuesta por el actor Gael García Bernal y es la que más votos ha obtenido de entre las más de treinta propuestas que personalidades de habla hispana le hicieron al Instituto Cervantes.

lunes, 20 de junio de 2011

Adiós a un maestro de la literatura infantil

El 11 de junio de 2011 falleció Juan Farias,

Juan Farias, el reconocido y premiado autor gallego de literatura infantil y juvenil, ha fallecido el 11 de junio. Su obra y su vida merecen atención.

El escritor Juan Farias acaba de fallecer, hoy día 11 de junio. Al sentimiento de orfandad que deja en la literatura infantil y juvenil se sumarán, sin duda, los homenajes. Vaya por delante esta breve semblanza.
Datos biográficos

Juan Farias Díaz-Noriega nació en Serantes (A Coruña) el 31 de marzo de 1935. Estudió náutica y se embarcó en la Marina Mercante. Dio dos veces la vuelta al mundo y siguió viajando con sus amigos -los que estaban, los que se fueron...-, con los personajes literarios, con sus hijos, con su mujer...

Siguiendo con su quehacer literario, Juan Farias escribió guiones para radio y televisión y fue director de la serie "Un personaje, un cuento" que emitió TVE en 1976. Colaboró en el programa "La mansión de los Plaff" y "Crónicas de un pueblo". En 1973 ganó el Premio Nacional de Guiones, aunque podemos señalar otros trabajos para la televisión: "Un clochard del Siglo XVIII" (1986), "Los sueños del señor Vivaldi" (1969), "Don Juan" (1974) y "Cuestionario a Proust" (1976).

Leer más en Suite101

Para leer un cuento de él vean acá

Una cinta azul de dos palmos y pico

 

Un cuento de Juan Farías

(Algunos niños, tres perros y más cosas. Editorial Espasa-Calpe)


En aquel pueblo, como en todos los pueblos, había niños ricos y pobres.
Uno de los niños ricos cumplió años y le regalaron muchas cosas: un caballo de madera, seis pares de calcetines blancos, una caja de lápices y tres horas diarias para hacer lo que quisiera.
Durante los diez primeros minutos el niño rico miró todo con indiferencia.
Empleó otros diez minutos en hacer rayas por las paredes.
Otros diez en arrancarle una oreja al caballo.
Y otros diez en dejar sin minutos las tres horas libres. Esta última maldad fue haciéndola minuto a minuto, despacio, aburrido, por hacer algo sin hacer nada.
Al deshacer los paquetes, más aburrido que impaciente, había tirado por la ventana la cinta azul con que venía amarrada la caja de lápices, una cinta como de dos palmos, de un dedo de ancha, de un azul fiesta, brillante.
La cinta fue a dar a la calle, a los pies de Juan Lanas, un niño despierto, de ojos asombrados, pies descalzos y hambre suficiente para cuatro.
Juan Lanas pensó que aquello era un regalo maravilloso, pensó que era lo más maravilloso que le había ocurrido en la última semana y en la que estaba pasando y seguramente en la que iba a empezar.
Pensó que era la cinta con la que se amarran las botellas de champaña a la hora de bautizar los maravillosos barcos que dan la vuelta al mundo.
Pensó que era la alfombra que usaron los liliputienses el día que se bautizó al hijo del Rey.
Pensó que sería un bonito lazo para el pelo de su madre si su madre viviese.
Pensó que haría muy bonito en el cuello de su hermana, si tuviera una hermana.
Pensó que le gustaría usarla para pasear a su perro si era capaz de encontrar a ese golfo de Cisco, sin rabo y tan viejo.
Pensó que no estaría mal para sujetar por el cuello a la tortuga que quería tener.
Pensó, al fin, que bien podía ser un fajín de general.
Y pensándolo empezó a desfilar al frente de sus soldados, todos con plumero, todos con espada.
Los que lo vieron pasar pensaron que era un niño seguido de nadie. Y al poco rato un niño seguido de un perro sin rabo.
Pero Juan Lanas sabía que el perro era su mascota, que los soldados pasaban de siete, que era todo lo que Juan Lanas podía contar sin equivocarse.
Y mientras Juan Lanas desfilaba, el niño rico se aburría.

martes, 14 de junio de 2011

Cuento: Narciso

Un cuento de Jerzy Andrzejewski


Una de las leyendas griegas cuenta que un bello joven de nombre Narciso estaba tan enamorado de su hermosura, que un día se ahogó en una fuente, sobre cuyas aguas cristalinas solía inclinarse buscando en ellas su propio reflejo. A su muerte brotó a la orilla del manantial una primera flor, bautizada por la gente con el nombre de narciso. Así dice la leyenda. No obstante lo que en realidad le ocurriera a Narciso es lo siguiente:

En cierta ocasión, durante la guerra de Troya, Zeus acompañado de Palas Atenea habían bajado del Olimpo a la Tierra, es decir, habían emprendido un viaje con el fin de llevar a cabo una inspección divina. En su recorrido por el país de los helenos toparon por el camino con Narciso. El agraciado joven se encontraba arrodillado al borde de una laguna silvestre, contemplando con embeleso su rostro reflejado en el diáfano espejo de las aguas.

—¿Cómo estás, Narciso? —dijo el padre de los dioses.

Narciso se levantó rápidamente y al ver frente a él a los poderosos moradores del Olimpo los saludó con una profunda reverencia.

—¿Qué es lo que buscas en el lago, Narciso? —inquirió Palas Atenea, al tiempo que su coraza y su yelmo iban despidiendo un resplandor más claro que la luz del día.

—¡No estoy buscando nada, oh divina Paladio! —respondió Narciso—. Solamente me he puesto a contemplar mi belleza. ¿Acaso no soy bello?

—¿Y para quién eres bello, Narciso, si es que se puede saber? —preguntó la diosa.

El apuesto joven se quedó un tanto sorprendido, a la vez que un poco desconcertado.

—¿Cómo que para quién? ¿Acaso tú misma no te has dado cuenta, oh, Paladio!, de que soy el mozo más hermoso del mundo?

—No —replicó Palas Atenea—. A mí no me parece que seas hermoso. Para mí que no eres más que un simple enclenque.

—¡Oh, Palas! —exclamó Narciso, dolorosamente herido en su amor propio y al mismo tiempo un tanto asustado.

—La más sabia de las sabias tiene toda la razón —tomó la palabra Zeus, quien había permanecido callado hasta el momento—. En efecto, te falta mucho, Narciso, para alcanzar el ideal de la belleza. Tus ojos —aunque, reconozco, no son feos— están nublados por un ligero velo de insana melancolía. Tu tez está demasiado pálida. El cabello, cuidado con excesivo esmero. Hasta tu misma voz resulta poco natural; hablas con bien manifiesta afectación, como si te diera miedo que las palabras pudiesen deformar la hermosura de tus labios. Además, tu cuerpo es demasiado delicado y tus músculos muy poco desarrollados. No creo que tus muslos y tus pies puedan soportar largas caminatas y en las carreras pudieran servirte de ayuda. Tampoco tus manos me agradan en lo absoluto. Tal vez tengan una bonita forma, pero estoy seguro que no soportarán el peso de la espada ni del escudo.

Narciso se ruborizó y miró a hurtadillas las aguas de la laguna. Pero en ese preciso momento un suave soplo del viento turbó la superficie, tranquila hasta ese instante, por lo cual Narciso no alcanzó a percibir su reflejo.

—Me da la impresión, Narciso —prosiguió Zeus—, de que estás llevando un inadecuado tren de vida. Estás como apartado de la realidad. Te adoras más a ti mismo que a la demás gente. Tú mismo te estás convirtiendo en tu propia añoranza. ¿Acaso no llega hasta ti la potente y estremecedora voz de nuestros grandes tiempos? Acaso no sabes nada de la guerra troyana? ¿Por qué no tomas parte en la guerra de Troya? ¿No sabes, acaso, que los jóvenes más gallardos y más nobles participan en los combates? ¿Y tú dónde estás? ¿Dónde estás, Narciso? Acaso una solitaria y apartada floresta sea en nuestros tiempos una digna estancia para un hombre joven? ¿Acaso, mientras que otros están librando una lucha encarnizada, a ti no te da pena mirarte en el espejo de las aguas transparentes de la laguna? ¡Ponte a reflexionar, Narciso! Deberías tener más movimiento, deberías convivir con la gente, participar en la causa humana, en vez de estar perdiendo valiosas horas en extasiarte contigo mismo. ¿Acaso tengo que recordarte que Hércules ya desde la cuna traía suficiente fuerza para retorcer la cabeza a las serpientes? ¡He aquí un modelo que habrías de imitar! Sus huellas son las que deberías de seguir. Tienes que ser viril y audaz, Narciso. Conquistador y victorioso.

—¡Pero, oh, Zeus! —exclamó Narciso temblando—. Si he de caminar mucho, qué pasará con mis lindos pies? ¿No se me aparecerán várices en mis piernas? 0, al empuñar la espada y el escudo, no se me harán callos en la palma de mis manos? Y, al convivir con la gente —¿no será que mi belleza física les irá pareciendo común? Acaso la gente tiene que mirarme forzosamente? ¿Acaso no basta el hecho de que yo exista y sea extraordinariamente hermoso?

—Ya te he dicho que eres un enclenque —le interrumpió Palas Atenea, y acercándose hacia él le golpeó ligeramente con el dedo en su pecho.

Narciso se tambaleó, palideció y ante el deslumbrante resplandor de la coraza divina, se cubrió los ojos con la mano. Los olímpicos prorrumpieron en una desdeñosa carcajada.

—Tú mismo te das cuenta, Narciso.

—Dijo Zeus—, de que no eres más que un simple debilucho, y todo aquel que sea débil e impotente nunca podrá ser bello. Recuerda, por tanto, mi Narciso, nuestras indicaciones, y si no quieres exponerte a nuestra ira, te aconsejo que las sigas al pie de la letra y eso sin dilación. Me has entendido, Narciso.

Narciso, como respuesta, rezongó unas palabras ininteligibles. Al oírlas, Zeus frunció el ceño en señal de disgusto.

—¿Por qué no pronuncias claro tus palabras, Narciso? Nosotros exigimos de la gente que se exprese con claridad. Tengo muy buen oído y, sin embargo, no alcancé a oír tu respuesta. Así que te vuelvo a preguntar por segunda vez: ¿Has entendido, Narciso, lo que tienes que hacer?

—Lo he entendido —murmuró Narciso ya con mayor claridad, aunque todavía con una voz débil.

—Y aún sigues considerando que eres hermoso?

—¡Oh, no! —respondió el joven—. Ahora entiendo todo. No soy hermoso. Soy un enclenque. No soy más que un simple debilucho. Soy horriblemente feo, ya que todo aquello que es débil e impotente no puede ser bello jamás.

Los dioses se miraron uno al otro.

—Lo que acabas de decir —confesó Zeus, acariciándose las barbas— suena un tanto declaratorio. Y tú sabes muy bien que no son las declaraciones lo que exigimos de ti, Narciso. Lo que estamos exigiendo de ti son…

—¡Los hechos, los hechos! —exclamó Palas Atenea, y su poderosa voz hizo que el aire se meciera y el bosquecillo en torno al lago sonara rumoroso.

—Correcto —concluyó Zeus—. Eso es, precisamente, lo que exigimos de ti, Narciso: los hechos. Y más que nada, una verdadera comprensión del meollo, de la esencia de tus errores. —¿Así que, de veras, ya no te consideras hermoso?

—¡Oh, no! —contestó Narciso con gesto de sincero arrepentimiento—. Al contrario, soy un muchacho espantosamente feo.

—Si realmente piensas así —le respondió Zeus— y tu autocrítica es sincera, entonces, ¡manos a la obra, Narciso! Tienes que hacer méritos para llegar a ser verdaderamente bello. Los tiempos que tenemos son verdaderamente gloriosos, y tú tendrás que ser bello a su medida.

—¡A los hechos! gritó Palas con voz sonora.

Tan pronto los olímpicos se hubieron alejado, extinguidos sus poderosos pasos y apagado el brillo que despedía la coraza de Atenea, Narciso volvió a la orilla del lago, se arrodilló y dirigió una mirada al agua que, otra vez tranquila y transparente, reflejaba fielmente su inclinada silueta.

—¡Oh, dioses! —musitó Narciso sumido en reflexiones—. ¿Es verdad que no soy bello?

—¿Bello? —respondió desde el fondo del bosque la ninfa Eco, quien muriera a causa del amor no correspondido que profesaba a Narciso, y andaba deambulando desde entonces a través de los yermos en forma de un eco.

—¡No, no! —gritó en voz alta Narciso—. —¡No hay duda al respecto! Sí, ¡soy bello! ¡Soy bello!

—¡Bello! —susurró el bosque.

Pero en ese preciso instante se desató un fuerte vendaval, el cielo se cubrió de pesados nubarrones en medio de la oscuridad y de un violento aguacero, los relámpagos empezaron a caer del cielo, y con el intenso retumbar de los truenos tembló la tierra. Al susceptible y sugestionable Narciso le pareció percibir, con toda justicia, en esa inesperada tormenta una señal de la ira de Zeus, y esta seria advertencia la tomó tan a pecho que, conforme a las indicaciones de los dioses, decidió cambiar de vida.

—¡Adiós, tiernas aguas que habéis reflejado mi hermosura! —dijo, una vez que el temporal hubo amainado y el cielo, serenado un poco—. ¡Adiós, mi grata soledad! ¡Adiós, fiel eco! ¡Adiós, mi hermosura! Detesto a Hércules, y sin embargo, me haré semejante a él.

Al pronunciar estas palabras, una vez más se inclinó sobre su silueta reflejada en la cristalina agua y, acto seguido, acompañándose con su predilecto caramillo1 , se encaminó hacia los poblados.

Transcurrieron algunos años desde ese memorable suceso. La guerra troyana proseguía. Un día, Zeus, sintiendo la necesidad de establecer contacto con las masas trabajadoras, resolvió emprender un nuevo viaje a la Tierra. Esta vez, además de Palas Atenea, se llevó como acompañante a Apolo, mecenas y protector de las bellas artes, ya que en aquellos tiempos remotos la gente no había inventado aún el estúpido refrán, según el cual en tiempos de guerra las musas callan.

Iban caminando, pues, una primorosa mañana primaveral a través de la tierra griega los tres dioses, sosteniendo una animada charla acerca de los errores ideológicos, en los que, junto con Caronte y Cerbero, había incurrido el amo de los infiernos, Hades, cuando de pronto en el trayecto que conducía a la ciudad de Tebas, se levantó bruscamente desde el pie de un árbol de olivo un greñudo y mugriento vagabundo, quien lanzando un sonoro grito se les atravesó en su camino.

—¡Bienvenidos, oh dioses poderosos! —exclamó aquel vagabundo con voz enronquecida—. Creo adivinar que es a mí a quien buscáis. ¡Y aquí estoy!

—¿Y quién eres, buen hombre? —indagó Zeus.

—¿Cómo que quién soy? —replicó el desaliñado greñudo—. ¿Acaso no me reconocéis, oh dioses? ¿No me reconoces, Zeus? ¿Tampoco me reconoces tú, omnisapiente Palas? ¡Soy yo, Narciso!

—¡Oh, musas de alas ligeras !—gimió con ojos llenos de espanto el dios Apolo—. ¿Es posible que tú seas aquel joven en otro tiempo célebre por su belleza?

—¡Apolo! —se dirigió a él la diosa Palas—. Parece que te has olvidado de nuestra resolución de que Narciso nunca ha sido bello.

El protector de las musas se quedó perplejo.

—¡Oh, mil perdones! —exclamó apresuradamente—. Me he equivocado de épocas. Se me ha olvidado que la gente está ahora en la guerra de Troya. Os pido disculpas.

—¡Apolo! —reiteró Palas Atenea, esta vez acentuando ya con particular gravedad su llamada.

Y ahí fue donde Zeus alzó la mano habituada a arrojar relámpagos y rayos luminosos.

—No me parece correcto que los asuntos divinos sean examinados con la participación de los mortales. A nuestro regreso al Olimpo hablaremos sobre este tema.

Y dando por lo pronto el asunto por terminado, se dirigió al vagabundo, quien a manera de un forzudo presto para la pelea, permanecía apostado a mitad del camino con las piernas abiertas en compás y con los brazos en jarras.

—¿Conque dices, buen hombre, que tú eres Narciso?
Como respuesta aquél asintió orgullosamente con su melenuda cabeza.

—Será posible que durante todos estos años haya embellecido de tal modo que ahora no puedas reconocerme, Zeus?

—Sí —contestó el padre de los dioses—, ahora te reconozco. Te reconozco por tu tono presumido, Narciso.

—¡Eres injusto conmigo, oh, Zeus! —vociferó con voz de pavo real Narciso—. ¿No ves que he seguido fielmente todos tus consejos e indicaciones? He procedido de acuerdo con tus preclaras recomendaciones. Vivo entre la gente, visitó las comarcas, consolido mis fuerzas y ya nunca más ando buscando mi propio reflejo en el espejo de las aguas transparentes de la laguna. Ya hasta me he olvidado de mi antiguo aspecto, en tanto que el actual lo desconozco por completo.

Qué olor más feo emana de ti, Narciso! —le interrumpió Zeus—. ¿No será que no te has lavado durante todo ese tiempo?

—Ni una sola gota de agua, con excepción de las de la lluvia, ha mancillado mi cuerpo —replicó con alarde Narciso—. Si tú mismo me habías exigido, oh Zeus, que mi cuerpo se tornara menos delicado. Mira ahora mi piel. Está más dura que la de un buey, e insensible a los vientos, al calor y al frío como las suelas de tus sandalias. ¡Ah, y mis músculos! —¿Acaso no tienen la tensura y la resistencia de una correa? Durante un año trabajé con los leñadores, otro con los cargadores en el puerto de Corinto para que mis músculos cobraran la misma tensura que los de Hércules. Y creo que ya hasta los igualan.

—Narciso —intervino el, por naturaleza, musical Apolo—; tu voz suena muy enronquecida.

Narciso inclinó la cabeza ante el protector de las bellas artes.

—¡Oh, Apolo! Deberías estar orgulloso de mí. He puesto mucho empeño en que mi voz se hiciera varonil y fuerte. Cada vez que surgía la tormenta, traté de opacar con mi voz el retumbar de los truenos. Asimismo, me paraba frente a las fraguas e incluso llegué a la conclusión de que mi voz no la logran opacar ni siquiera los más fuertes y estrepitosos golpes de martillo.

—Tu esfuerzo me parece de lo más loable —dijo Zeus— pero, ¿acaso prestabas atención en tales casos, a lo que decías?

—¡Oh, Zeus! —replicó Narciso—. ¿Acaso gritando se puede pensar al mismo tiempo?

—¿Entonces, no pensabas en lo que decías?

—Pensaba en decir las palabras lo más fuerte posible —contestó Narciso.

—Traes los ojos llenos de pus —constató con reproche Apolo. Narciso retrocedió un paso.

—Oh, dioses del Olimpo! —gritó tan fuerte que las tiernas hojitas de los olivos temblaron en el aire, y con tanta falsedad en la voz que a los dioses hasta se les retorcieron las orejas—. Me he estado enjuagando mis ojos con arena para borrar de ellos toda mi melancolía, que con tanta razón había sometido a crítica el omnipotente Zeus. Así pues, como ves, no he descuidado nada e incluso traté siempre de corregir todos los defectos que había tenido hasta ese momento. Decidme una cosa, oh dioses: ¿me he vuelto ya lo suficientemente bello a la medida de nuestros grandes tiempos, como para tomar parte en la guerra troyana?

Ahí fue donde intervino, de pronto, Palas Atenea. Y el deslumbrante brillo que brotó de su yelmo y su coraza incendió el aire en todo su derredor.

—¡Narciso! —dijo con voz severa—, eres igual de feo y repelente que el asqueroso perro Cerbero. Y eres aún más tonto, Narciso, que los famosos asnos de Dardanelos.

El hinchado rostro de Narciso se tornó gris bajo la barba y bajo el cascarón de mugre que lo cubría.

—Oh, diosa —emitió un gemido.

—Es cierto lo que dice Palas Atenea —declaró Zeus—. Ninguno de nuestros consejos ni recomendaciones has entendido, Narciso. Tu conciencia ideológica no está a la medida de la guerra de Troya, sino a la de una gallina o de una codorniz. Has defraudado la confianza que nosotros habíamos depositado en ti, Narciso. Hércules, aún limpiando los establos de Augias, habría quedado pulcro y hermoso. Y tú, en cambio, hiedes a mugre y a sudor. Eso está muy mal. De tus ojos y de tu voz ha hablado ya Apolo. Yo agregaría todavía que tu cuerpo, más que fuerte, está terriblemente deformado, y la espada y el escudo podrían fácilmente pegarse a tus manos. Además, no te limpias la nariz. Te está escurriendo la nariz, Narciso. Y esto es algo que verdaderamente me llena de asco. Y si tú no nos crees, ve a ver a la gente, Narciso, y pregúntale a ver qué opina de tu físico.

Entre truenos y relámpagos desaparecieron los dioses; en tanto, Narciso salió a buscar gente. Justamente cerca de la ciudad de Tebas unos obreros se encontraban trabajando en la reparación del trayecto.

—¡Buena gente! —les gritó Narciso—. Los dioses poderosos me acaban de decir hace apenas un momento que yo soy repulsivamente feo. ¿Vosotros opináis igual?

Al oír sus palabras, uno de los obreros, el mayor, contestó:

—Primero tienes que lavarte, limpiarte un poco, cortarte las greñas y las uñas, y después te diremos si eres bonito o feo.

—¡Así que no distinguís en mí un toque de belleza? —vociferó Narciso.

Los obreros estallaron en carcajadas.

—¡Vete a bañar, amigo —dijo el más joven de todos, un muchacho cuyo armonioso y bien formado cuerpo destacaba entre los demás— y ahora deja de fastidiar y de molestarnos.

Narciso prosiguió su camino. Sin embargo, en lugar de ir a las termas, se encaminó directamente hacia el lago, en cuyas aguas cristalinas solía contemplar en otro tiempo su propio reflejo. Los bosques que circundaban la laguna florecían con flores de primavera, y ella misma se encontraba tranquila sin que el menor soplo de viento turbara su superficie.

Narciso se acercó a la orilla, clavó ambas rodillas en tierra y se inclinó sobre las aguas transparentes.

—¡Oh! —exclamó con desesperación cubriéndose la cara con las manos.

—¡Oh! —contestó desde los bosques un triste eco.

―¡Dioses! ¡Hombres! ¡Auxilio! —sollozó Narciso—. ¡De veras que soy feo!

—¡Feo! —murmuraron los árboles.

El llanto de Narciso se tornó más fuerte aun, y a cada sollozo chillante el eco respondía también con un chillido.

Así que Narciso se quedó callado y se limpió la nariz con el dorso de la mano; no obstante, al hacerlo se ensució aún más su nariz y su mano. En consecuencia, resolvió acabar con su vida para buscar paz y sosiego en el fondo de las cristalinas aguas de la laguna. Y así lo hizo.

Cuando con un sonoro chapoteo se cerraron las aguas por encima de Narciso, un leve chapoteo fue repetido por el fiel eco en el fondo de los bosques. Luego, reinó el silencio. Paso un día. Paso una semana. Un año. Dos años. Diez.

Transcurrió un siglo. Sin embargo, la bella flor, por la gente llamada narciso, no ha brotado, no ha brotado a la orilla del lago. Sólo el eco anda deambulando allí entre los bosques ribereños, flota sobre las transparentes aguas lacustres, repitiendo de cuando en cuando: ¡feo! ¡feo! ¡feo!

viernes, 10 de junio de 2011

Leyenda: LA LAMIA ENAMORADA (Orozko, Bizkaia)

LEYENDAS DE EUSKAL HERRIA

Estos hermosos genios que son las lamias peinan sus largos cabellos rubios con un peine de oro a las orillas de los ríos o fuentes de las montañas y enamoran a los pastores que tienen la fortuna, o la desgracia, de contemplarlas. Son siempre amores desgraciados e imposibles. En Euskal Herria existen numerosos vestigios del paso de las lamias, cuya existencia estaba muy arraigada en la creencia popular; de ahí que se dijese: “direnik ez da sinistu behar; ez direnik ez da esan behar” (no hay que creer que existan; no hay que decir que no existen). J. M. de Barandiaran recoge los siguientes topónimos (casi todos en Bizkaia): Laminategi (Mutriku), Lamikiz (Markina), Lamindau (Dima), Laminerreka (Zeberio), Laminapotzu (Zeanuri), Laminarrieta (Bedia), Laminazulo (Anboto), Laminaran (Mundaka), Lamiako (Leioa).

La siguiente leyenda fue recogida tanto por J. M. de Barandiaran como por R. Mª de Azkue, y es una de las más hermosas que existen.

 

clip_image002dibujo de Juan Luis Landa

Una vez, un joven pastor de Orozko, en Bizkaia, llamado Antxon, andaba por el monte con su rebaño cuando oyó un canto maravilloso, y quedó tan asombrado que se olvidó de las ovejas y se dirigió hacia el lugar de donde procedía la voz.

AI separar unos matorrales vio algo que lo dejó boquiabierto. Sobre una roca enclavada en medio de un río estaba sentada la joven más hermosa que él jamás había visto. Tenía el cabello largo y rubio y se peinaba con un peine de oro mientras cantaba una extraña melodía. Antxon no podía apartar sus ojos de ella.

En eso, la joven dejó de cantar y dirigió su mirada hacia los matorrales. Al ver a Antxon se zambulló en el río. Al poco, sacó la cabeza del agua, por detrás de la roca, se escondió, se asomó..., mientras el muchacho contemplaba, atónito, el juego. Finalmente, no volvió a esconderse y, abriendo sus grandes ojos transparentes, preguntó:

—¿Quién eres?

El pastor permaneció mudo.

—¿Quién eres? —insistió la desconocida.

—Antxon, soy Antxon —respondió al fin—. ¿Y tú?

La joven se echó a reír y no respondió, zambulléndose de nuevo. El pastor esperó y esperó, pero, al ver que no salía, regresó al pueblo. Durante unos cuantos días no salió de casa, y no podía dejar de pensar en la muchacha del río. Por fin se decidió y otra vez cogió el camino del monte. A medida que se acercaba al lugar, de nuevo escuchó el canto maravilloso, y se sintió feliz.

La hermosa joven, al igual que la vez anterior, peinaba sus cabellos rubios sentada encima de la roca. Al ver a Antxon, dejó de cantar y le sonrió.

—Buenos días, Antxon —dijo—. Te estaba esperando.

—¿A mí? —preguntó el pastor, emocionado.

—Sí, a ti. Acércate, acércate.

Antxon se aproximó a la orilla, y allí se sentó. Pasaron las horas y ninguno de los dos hablaba, sólo se miraban.

—¿Te casarás conmigo? —preguntó la joven cuando el sol comenzaba a ocultarse.

—Sí —respondió Antxon.

En señal de compromiso, la joven le entregó un anillo, que él se puso en el dedo anular.

—Ama, voy a casarme —le dijo Antxon a su madre cuando volvió a casa.

—Pero, hijo..., ¿con quién? —preguntó la madre, asombrada, pues no sabía que su hijo tuviese novia.

—Con la mujer más hermosa del mundo. Vive arriba del monte, junto al río.

—Pero..., ¿quién es? —insistió la madre.

—La mujer más hermosa que he visto en mi vida.

—¿Cómo se llama? ¿Quiénes son sus padres?

—Es la más hermosa... La más hermosa...

La madre llegó a la conclusión de que su hijo estaba embrujado. Salió presurosa a la calle, habló con sus vecinos, con la abuela, con el tío, con el cura... Todos la aconsejaron de forma distinta: si es bruja, esto; si es lamia, lo otro; si es extranjera, aquello... Finalmente, el hombre más viejo de Orozko dio también su opinión.

—Si es lamia, tendrá los pies de pato —sentenció.

La madre regresó a casa e hizo prometer a su hijo que miraría los pies a su novia. Después de mucho insistir, Antxon prometió que así lo haría, que le miraría los pies a su novia, a su hermosísima novia. De pronto, se apoderó de él un gran deseo de verla de nuevo, y echó a correr hacia el monte.

Su enamorada se estaba bañando y jugueteaba con los peces, entraba y salía del agua como un delfín y su risa era como el sonido de mil cascabeles. Se acercó silenciosamente, queriendo darle una sorpresa, pero..., ¡ay! ¡Los pies de su amada no eran como los de todo el mundo!

—¿Estaré soñando? —se preguntó, incrédulo.

Los pies de la muchacha parecían patas de pato... ¡Definitivamente eran patas de pato! Antxon se quedó paralizado por el estupor, y después regresó al pueblo con el corazón destrozado.

Al entrar en casa, la madre, que lo estaba esperando, notó que algo extraño le sucedía.

—¿Y qué, hijo? ¿Qué ha pasado? ¿Has visto sus pies? —le preguntó con insistencia.

—Son como los pies de los patos —murmuró el joven.

—¡Es una lamia! ¡No puedes casarte con ella! ¿Lo oyes? Los humanos no se casan con las lamias.

Antxon, presa de una gran tristeza, se metió en la cama y enfermó. La fiebre le hacía delirar, veía el rostro de su amada y oía su voz llamándole: “zatoz, maitea, zatoz” (“ven, querido, ven”).

Pero él nunca volvió, porque murió de pena.

El día del entierro la lamia acudió a la casa de Antxon, se acercó al lecho, lo cubrió con una sábana de oro y besó sus labios fríos. Siguió al cortejo hasta la iglesia, pero, como todo el mundo sabe, las lamias no pueden entrar en las iglesias, y entonces regresó al monte, llorando por su amor perdido.

Tanto y tanto lloró que, en el lugar donde cayeron sus lágrimas brotó un manantial que recuerda para siempre el amor imposible entre la lamia y el pastor.

jueves, 9 de junio de 2011

Cuento: Punto final

Un cuento de Cristina Peri Rossi


 

Cuando nos conocimos, ella me dijo: «Te doy el punto final. Es un punto muy valioso, no lo pierdas. Consérvalo, para usarlo en el momento oportuno. Es lo mejor que puedo darte y lo hago porque me mereces confianza. Espero que no me defraudes». Durante mucho tiempo, tuve el punto final en el bolsillo. Mezclado con las monedas, las briznas de tabaco y los fósforos, se ensuciaba un poco; además, éramos tan felices que pensé que nunca habría de usarlo. Entonces compré un estuche seguro y allí lo guardé. Los días transcurrían venturosos, al abrigo de la desilusión y del tedio. Por la mañana nos despertábamos alegres, dichosos de estar juntos; cada jornada se abría como un vasto mundo desconocido, lleno de sorpresas a descubrir. Las cosas familiares dejaron de serlo, recobraron la perdida frescura, y otras, como los parques y los lagos, se volvieron acogedoras, maternales. Recorríamos las calles observando cosas que los demás no veían y los
aromas, los colores, las luces, el tiempo y el espacio eran más intensos. Nuestra percepción se había agudizado, como bajo los efectos de una poderosa droga. Pero no estábamos ebrios, sino sutiles y serenos, dotados de una rara capacidad para armonizar con el mundo. Teníamos con nuestros sentidos una singular melodía que respetaba el orden del exterior, sin sujetarse a él.
Con la felicidad, olvidé el estuche, o lo perdí, inadvertidamente. No puedo saberlo. Ahora que la dicha terminó, no encuentro el punto final por ningún lado. Esto crea conflictos y rencores suplementarios. «¿Dónde lo guardaste? -me pregunta ella, indignada-. ¿Qué esperas para usarlo? No demores más, de lo contrario, todo lo anterior perderá belleza y sentido.» Busco en los armarios, en los abrigos, en los cajones, en el forro de los sillones, debajo de la mesa y de la cama. Pero el punto no está; tampoco el estuche. Mi búsqueda se ha vuelto tensa, obsesiva. Es posible que lo haya extraviado en alguno de nuestros momentos felices. No está en la sala, ni en el dormitorio, ni en la chimenea. ¿El gato se lo habrá comido?
Su ausencia aumenta nuestra desdicha de manera dolorosa. En tanto el punto no aparezca, estamos encadenados el uno al otro, y esos eslabones están hechos de rencor, apatía, vergüenza y odio. Debemos conformarnos con seguir así, desechando la posibilidad de una nueva vida. Nuestras noches son penosas, compartiendo la misma habitación, donde el resquemor tiene la estatura de una pared y asfixia, como un vapor malsano. Tiñe los muebles, los armarios, los libros dispersos por el suelo. Discutimos por cualquier cosa, aunque los dos sabemos que, en el fondo, se trata de la desaparición del punto, de la cual ella me responsabiliza. Creo que a veces sospecha que en realidad lo tengo, escondido, para vengarme de ella. «No debí confiar en ti -se reprocha-. Debí imaginar que me traicionarías.»
Era un estuche de plata, largo, de los que antiguamente se usaban para guardar rapé. Lo compré en un mercado de artículos viejos. Me pareció el lugar más adecuado para guardarlo. El punto estaba allí, redondo, minúsculo, bien acomodado. Pero pasaron tantos años. Es posible que se extraviara durante una mudanza, o quizás alguien lo robó, pensando que era valioso.
Luego de buscarlo en vano casi todo el día, me voy de casa, para no encontrar su mirada de reproche, su voz de odio. Toda nuestra felicidad anterior ha desaparecido, y sería inútil pensar que volverá. Pero tampoco podemos separarnos. Ese punto huidizo nos liga, nos ata, nos llena de rencor y de fastidio, va devorando uno a uno los días anteriores, los que fueron hermosos.
Sólo espero que en algún momento aparezca, por azar, extraviado en un bolsillo, confundido con otros objetos. Entonces será un gordo, enlutado, sucio y polvoriento punto final, a destiempo, como el que colocan los escritores noveles.

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miércoles, 8 de junio de 2011

Cuento:Teoría de Lola

Un cuento de Francisco Umbral (España)

En la mañana neutra, en el hogar bombardeado de silencio y dudas matinales, entre la hoguera blanca del lecho y el farallón triste de los libros, el cuerpo desnudo de Lola, como una organización de manzanas, como un sistema femenino conseguido mediante la programación coherente de una cosecha, con músculos como melocotones dóciles al movimiento del brazo, de la pierna. Lola va, viene, se hace café, entra en la cocina, sale de la cocina, abre el grifo del baño, cierra el grifo del baño, se prepara una ducha, se prepara una tostada, enciende un cigarrillo, lo fuma con amargura, no se lo quita de la boca porque tiene las manos ocupadas, guiña un ojo por el humo, y en el ojo guiñado se le concentra una porción de noche, de sueño, de mal sueño (mucho whisky anoche, y me acosté muy tarde, qué cabronada).

Antes o después del café, mientras el gas arde en la cocina como una llama en el bosque o un espíritu en la nada, el Che mira desde su póster el desnudo de Lola y ya el agua de la ducha viste su cuerpo de espléndidas desnudeces, desnuda su cuerpo con lamés de oro, plata, rosa y blanco. Una cabeza maya, de un extraño salmantino, de una aldeanía tosca y grácil, dura y culta, un cuerpo de cuello más gracioso que largo, toda la elasticidad de los hombros, toda la rebeldía no fatigada de los senos, toda la alfarería girante y melódica del vientre y las caderas y las nalgas, el adobe estilizado de los muslos, el agua corriendo entre vegetaciones adolescentes –ay adolescentes– hasta los pies desnudos, seguros, bien hechos, recortados, de oro.

Pero el tipo estuvo pesado anoche en el club. Primero tenía un vago prestigio varonil que le conferían las llamas de las velas, el acento recién llegado, la novedad de la camisa. Un cielo de camisa, Peter, le decía el unisexual del grupo.

El club. El funeral mundano de las velas, la liturgia dorada de la música, la palidez trasnochada del terciopelo rojo. Y ese descubrimiento masculino de cada noche. O el café lleno de mujeres desnudas y mendigos. O las tabernas de una bohemia tardía, con muchos ciegos jugando al dominó a tientas y muchas viejas actrices cenando la sopa envenenada del desempleo. A medianoche, al tipo se le había acabado todo. El interés, la conversación, el apresto de la camisa y la novedad de la voz. A medianoche, al tipo sólo le quedaba una mera necesidad de hacer el amor, una necesidad casi mingitoria, vil, pequeña, filosófica.

Una cosa de urinario más que de novela.

Lola se ponía cualquier cosa para desayunar, antes de vestirse. Y para esto tanto whisky, tanta conversación, tanto sueño, tantas horas, tanta coña. El barrio despertaba como un cuerpo popular y a medio vestir. La casa despertaba como una cárcel alegre y vulgar. La ciudad despertaba como una estación de tren donde todos los trenes quisieran partir al tiempo, en direcciones contrapuestas y sin conductor.

Lola fumaba, tomaba café, miraba los libros, los cuadros, las fotos, las paredes, el periódico de la noche anterior, una revista, el teléfono, que nunca sonaba a aquella hora, y luego se vestía y se iba a la oficina. La oficina, el trayecto, el largo camino, entre las paralelas humanas, miles de paralelas, que avanzaban o retrocedían en la luz oriental amontonada contra las ventanillas. El compañero en el autocar o en el coche particular, la sonrisa, el tabaco, el saludo, el asedio del hombre desde muy temprano. Pero coño, si me quité un pelma de encima a las cuatro de la mañana, y ya empezamos otra vez a las ocho y media. Éstos es que no paran.

Claro que le gustaba. Esa pugna constante con el hombre, a ras de la mirada o de la piel o de las palabras o de los cuerpos. Un boxeo mental que obliga a mantenerse siempre en tensión, despierta, viva, beligerante, Los dos sexos no se conceden tregua. Es una guerra sin cuartel. Hubiera querido más naturalidad, menos alta comedia, pero así y todo la pugna era exaltante. Una gimnasia. No se puede bajar la guardia. O se baja dulcemente. Hombres, claro, algunos hombres, muchos hombres, los novios de provincias con su lujuria de portal, los hombres de Madrid con su cojear ideológico, por la vida, los hombres famosos con su sexo como un galardón, los hombres desconocidos con su dulce y pequeño amor desvalido, inseguro, los hombres, tan perdidos siempre en el cuerpo de la mujer, queriendo hacer una batalla de lo que debiera ser un minué. No aciertan nunca, los jodíos.

Y los compañeros, los compañeros de trabajo, llenos de mujeres, hijos, fines de semana, quinquenios, trienios, autoservicios, platos combinados, horas extraordinarias, plazos, letras, invitaciones, insinuaciones, confesiones, ¿vienes?, vamos, ¿vamos?, bueno, voy, tú y yo, ya sabes, tú y yo podríamos, sí, ya sé, ¿entonces?, entonces, no, y le acariciaba levemente la cara, la mejilla, el mentón hirsuto de barba nunca bien afeitada, cabezas flotantes, cuchillas recambiables, masaje floid para un afeitado fresco, pero nunca estaban del todo bien afeitados.

Entonces no o entonces sí. A lo mejor a uno le decía que sí. Era un gesto muy suyo, muy de ella, acariciarle el mentón al hombre, a un hombre, un momento, levemente, con su mano segura, pequeña, seca. Una ternura momentánea, no una ternura particular, sino su ternura general hacia el hombre, criatura áspera y desvalida, adversario agresivo y tan fácil de pacificar. No acariciaba a un hombre, a ese hombre. Acariciaba a toda la especie, a toda la raza, a todos los hombres.

Ni ella se daba cuenta. Sí, están ahí, existen, esa legión penetrante, traspasadora, fría y cálida de los hombres.

Pero luego, en la conversación, en el asedio, tan insistentes, tan iguales, tan hermanos de sí mismos. Lola, en la empresa, en la gran empresa, es una cabeza inclinada y una mano que escribe seguro y continuo bajo el rumor estelar de la informática bajo el zumbido einsteniano de la cibernética. Bobinas ruedan, circuitos viven, la inteligencia de la electricidad corre por los canales altos del tiempo, y, bajo el día desnatado de la fluorescencia, Lola es una melena corta que sólo mueve la brisa de la escritura, o una cabeza de pelo tenso que se inclina sobre el murmullo alfabético de la caligrafía. Y una mano segura, precisa, de una feminidad recortada y firme, que escribe y escribe, que ha escrito metáforas griegas entre las piedras solares de la cultura, que ha escrito cartas de amor bajo la sombra dura de cada tarde, que escribe ahora los idiomas desnudos de un futuro sin sangre.

Antes de que ella viniera y después de que ella se vaya, los motores siguen girando, las cintas corren siempre, sin parar, día y noche, la inteligencia de los números se alimenta a sí misma hasta el infinito del poder. Pero toda la corriente poderosa y afilada de la técnica pasa al costado de Lola casi sin rozarla, como un río de acero inteligente en el que ella nunca se bañara desnuda. Lola enciende un cigarrillo, pide un café, habla por teléfono y sigue escribiendo, escribiendo, escribiendo.

A la salida del trabajo, de vuelta a la ciudad, con el sol en los ojos, se va como hundiendo en el crepúsculo complicado y violento de Madrid. Arden hogueras de tiempo al fondo del mundo y Lola piensa en la hoguera total de la revolución, tiene sin saberlo la imagen grandiosa y autumnal de la sociedad a destruir, de la ciudad a incendiar en fuegos de purificación. Quizá la esperan reuniones, pactos, firmas, palabras, tabacos escondidos en interiores donde no da ese sol de limonada, quizá le espera el libro susurrante de las consignas o la voz oscura del compañero eficaz, sabedor, instructor, preciso, pero al que quizá le falta, sospecha ella, intuye, un poco de ironía, una punta de humor, un algo de distanciamiento.

–Sin un poco de cachondeo no vamos a ninguna parte.

Pero el movimiento general y metálico de la ciudad la lleva hacia los barrios de las boutiques, hacia las grandes calles de las pequeñas tiendas como puestas en el interior de un jarrón chino, o las enormes tiendas que tienen una ligazón de música como una escalera mecánica para ascender anónimamente a los cielos de la última moda. Lola tiene que comprar libros, ropa, regalos, algo, y ya está en la confusión de los espejos, en la diversidad de las tiendas, en el confesionario perfumado de los probadores, confesándose con su propio cuerpo, viéndose desnuda por zonas, poniéndose y quitándose cosas, probándose lencerías y pantalones. Estás más gorda, estás más delgada, estás buena, dicen los hombres que estás buena, se lo han dicho esta tarde como todas las tardes, con la mirada larga y la palabra corta, y va sintiéndose ya como ensalivada de lujuria, lubricada, despierta a su cuerpo, porque el cuerpo ha dormido, o casi, durante todo

el día, mientras ella iba en automóvil, escribía, oía el rumor de las máquinas, de modo que ahora es cuando empieza a recobrar su cuerpo, flor sorda y malparada de la noche anterior, anémona densa de esta tarde, un semidesnudo bruñido por espejos de probador, deslizado por sedas y transparencias, sonreído por las dependientas, por la dependienta, por la triste dependienta de rostro un poco irregular, melena tonta y uñas rotas.

Lola vive un momento el mareo pueril de los grandes almacenes, la repetición de la propia imagen en mil reflejos, como un halago comercial al comprador, halago que nos hace únicos haciéndonos como maniquíes de pasta, halago que nos abulta de música, perfume, novedad y sonrisa, para que salgamos a la calle con un relleno rosa y cordial, con una tripa de plástico, gomaespuma y tervilor que sustituye por un momento al insustituible vacío de nuestra vida. Pero todo eso le cansa en seguida a Lola y se va a la calle habiendo comprado algo o sin haber comprado nada, y por un momento ha tenido el enfrentamiento interior con esa otra mujer, la dependienta, que es más o menos de su edad, pero que sin duda no sabe nada de nada y cree vivir en el mejor de los mundos posibles y trabajar en la mejor de las tiendas posibles, confortable de microsurco, última moda y aire acondicionado. Habría que explicarles tantas cosas, piensa, pero tampoco se va a poner

demagógica consigo misma, y lo que se lleva en su interior es la imagen de sí misma, el semidesnudo del espejo, el dorado firme de los hombros.

Así que vuelve a casa.

A casa para merendar, darse una ducha, hacer unas llamadas, recibir unas llamadas, leer el periódico de la tarde, que ha comprado en la calle, preparar la salida de la noche. A casa para estar un rato sola, silenciosa, con la frente apoyada en la sombra y el recuerdo envolvente como una bata fría.

En el baño, otra vez desnuda, o en el lecho, semidesnuda, antes de cambiarse, se le abre lenta y totalmente el nardo secreto de la sabiduría, la botánica cálida del deseo, y se va deshojando a sí misma lentamente, sombríamente, como aprendiera aquel día, como la enseñó aquel hombre. ¿Pero tú nunca de niña? No, nunca. Pero mujer, si eso todas. Y el desdoblamiento sereno del ser en dos, de la mujer en hombre y mujer, se pauta como una furia creciente, como un anónimo invasor, como una prisa de océanos y lechos.

–¿Pero tú nunca, de niña?

–No, nunca.

–Pero mujer, si eso todas.

Así y así. Él se lo había explicado, en una lejana tarde verde y nublada. Así y así. No valía la pena o sí que valía la pena. En todo caso, era la prolongación de sí misma hasta donde hiciera falta, el empuñarse totalmente, como había querido hacerlo mediante el pensamiento, durante tantos años. Contenerse a sí misma en una idea. Qué difícil. De este modo sí se tomaba a sí misma, se exploraba, disponía de sí, hacía estallar una carga silenciosa en el arsenal de rencor que era su vida.

Fríamente, largamente, manipulando el recuerdo de su propio cuerpo gustado con ojos que procuraban ser los ojos de un hombre. Así miran ellos, así mira él. Deshojar la carne hasta el fin, hacerle dar al silencio del cuerpo su clamor más callado, encender en el frío de la mente la hoguera más heladora. Alguien habló del amor como de un crimen sin víctima. ¿Y esto? Una batalla sin contrario.

–¿Pero tú no, de pequeña?

Había huido de su niñez, ya cuando era niña. Había huido hacia la posesión mental de su vida y de su ser. Había ignorado duramente las revelaciones espontáneas y rosa de la vida. Quizás había querido llegar a todo con la cabeza antes que con el cuerpo.

No abandonarse, no perderse, saber siempre por dónde y por qué. Cuidado con los laberintos. Resuelto o sabido el laberinto del mundo, resulta que el cuerpo era el laberinto único, el propio cuerpo donde los hombres se perdían tocando la guitarra, leyendo un libro o cojeando interminablemente. Y donde ahora se perdía ella (tan clara, tan dominadora, tan sabedora, tan segura, tan insegura), asistiendo atónita al griterío hermético de la carne –que previamente había provocado–, no sabía ya si por entrar más en sí misma o por liberarse al fin en la pura pérdida. Huían músicas, descendían meses, sonaban silencios y Lola, deshecha en sí misma, pulsaba con su mano imparcial la lira sombría, manante y cálida que era su propio y desconocido cuerpo.

Hasta el gemido.

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martes, 7 de junio de 2011

UN HECHO CURIOSO

Un cuento de Roberto Fontanarrosa (Argentina)

El Colorado había sugerido comer en Santa Fe pero no le habían dado bola. Los demás dijeron que tenían que aprovechar a rajar cuanto antes, antes de que la ruta fuera un kilombo y que a eso de las doce podían estar en Rosario y comer allí. Después de todo, por la autopista, en dos horas estaban de vuelta. La noche, además, era muy linda e incluso, tiempo después todos recordaban que Pepe, ya en el auto, había dicho que era perfecta para que apareciera algún plato volador. También se acordaban de que Pepe, hasta ese momento silencioso y pensativo en el asiento de atrás, había agregado, como preguntándose a sí mismo: "¿Tendrán un once?". Habían ido a cancha de Unión a ver a Central contra los tatengues y se había perdido dos a cero dando lástima. Y la carencia de un puntero izquierdo lo tenía mal al Pepe.

Lo cierto es que se largaron a la ruta sin siquiera tomar un liso en Santa Fe, tratando de primerear al resto de la sufrida hinchada que se había llegado hasta la ciudad capital para ver esa cagada de partido.

Encontraron la autopista despejada y, muy de vez en cuando, pasaba algún auto con alguna bandera arriba, cruzada sobre el techo, agarrados los extremos con las ventanillas traseras.

—Por qué no te metes la bandera en el orto —alcanzó a decir Ramón poco antes de que el Colorado propusiera parar en cualquier parte para comer algo.

—Un sandwich, aunque sea —agregó. Pero alguien tiró la posibilidad de una tira, un cacho de vacío y los cuatro comenzaron a escudriñar el camino en busca de una parrillita. Se habían avivado tarde de que tenían hambre y ya habían dejado atrás las parrillas de la salida de Santo Tomé. La mufa del partido, por otro lado, había aflojado.

—Por acá no hay un choto —dijo Pepe. Pero se equivocaba. A poco tiempo de andar vieron una estación de servicio, chica y, al lado, casi oculta entre unos árboles, una parrilla iluminada. Pararon el auto, bajaron, y cuando se estaban acercando a la edificación, vieron cómo un tipo cerraba la puerta vidriada desde adentro.

—Cagamos —dijo el Colorado. Pero ya habían llegado junto a la puerta y Ramón golpeó con los nudillos sobre el vidrio, como si el tipo de adentro no los viera cuando, a no ser por la puerta en sí, estaba separado de ellos por unos quince centímetros. El Negro, al mismo tiempo, le hacía la seña basquebolística de pedir minuto, con el dedo índice de la mano derecha apoyado en la palma hacia abajo de la mano izquierda. En tanto el hombre volvía a abrir, adentro, un adolescente que barría, dejó de hacerlo.

—¿Podremos comer algo, jefe? —preguntó el Colorado frotándose las manos.

—Sí. Sí —dijo el hombre señalándoles una mesa y yéndose hacia atrás del mostrador. El adolescente abandonó la escoba con cara de culo y se fue para la cocina. No se veía más nadie en el local, pero aún quedaban mesas sin levantar, indicio que delataba que había habido gente comiendo minutos antes.

—Es temprano después de todo —dijo Pepe, mirando el reloj en tanto se sentaba.— Son las once y media.

—Que trabajen, qué mierda —dijo Ramón.

—¿Hacemos un blanco? —propuso el Colorado, y volvieron sobre el tema del partido.

Ramón no se acuerda, hoy por hoy, a qué hora habrá caído el tipo de bigotitos, pero no les habían traído todavía las tiras cuando entró a la parrilla. Tampoco notaron nada raro, aunque, tiempo después, el Negro recordó que no habían escuchado ruido de auto o cosa así llegando a la parrilla. Tanto, que primero pensaron que era un tipo del lugar, alguno que trabajaba en la parrilla o atendía en la estación de servicio.

Era un tipo delgado, de estatura mediana, pelo negro y bigotito fino.

—Parecía uno de esos que laburan en teatros de varieté —diría después el Colorado.— Un mago o cosa así.

—Uno de esos que cuentan chistes pelotudos —aportaría el Pepe.

El hombre saludó al entrar con el "provecho" de rigor y los cuatro contestaron con monosílabos y movimientos de cabezas. El hombre se dirigió al dueño, que estaba detrás del mostrador, habló dos palabras con él, el patrón se encogió de hombros y el tipo se acercó a la mesa de los cuatro.

—Perdonen —dijo.— ¿Les molestaría que me sentara con ustedes?

Pepe, al lado de quien estaba parado, dejó de masticar y lo miró largamente. El Colorado fue más operativo, corrió la silla de la cabecera y lo invitó a sentarse.

—Che... —avisó al Negro y a Ramón—... acá el amigo va a compartir la mesa con nosotros.

Ramón miró al recién llegado duramente, el Negro lo estudió en silencio y luego los dos siguieron charlando del partido.

—¿Toma blanco, jefe? —ofreció Pepe, acercándole un vaso.

—Bueno, bueno, un poco.

—¿Viene del partido? —consultó el Colorado. El hombre lo miró con extrañeza.

—¿Qué partido?

—Ah... no. No —se excusó el Colorado.— Creí que venía del partido.

—No.

—¿No le gusta el fútbol? —inquirió Pepe.

—¿El fútbol? —preguntó el nombre, inquieto. Y daba la sensación de que era la primera vez en su vida que escuchaba esa palabra. Ramón y el Negro también lo miraron.

—¿Usted es de por acá? —ahora el Colorado cambiaba el ángulo de la conversación. El hombre lo miró con particular interés.

—No —dijo. —No —y se quedó en silencio. El Negro apuró el trago que tenía en la boca y, cuando el tipo no miraba, levantó las cejas hacia Ramón como diciendo: "¿Qué le vamos a hacer?"

La charla, de ahí en más, retomó el tono futbolístico, ya que los muchachos casi ni le dieron bola al comensal agregado que rumiaba un pedazo algo frío de chinchulín, calladamente. Cada tanto, alguien le ofrecía vino o le ponía un trozo de asado en el plato, lo que generaba un intercambio de "permiso", "gracias", "no hay de qué" breves y circunstanciales.

El que precipitó un poco la cosa, sin quererlo, fue el Colorado, que preguntó cuánto tiempo tendrían desde allí hasta el centro de Rosario, cuando prosiguieran el viaje. Los otros no lo escucharon o no le dieron bola, salvo el desconocido que se disculpó por no conocer la ruta.

—¿De dónde es usted? —insistió el Colorado, como una formalidad, rebañando con el pan el jugo del plato, antes de retornar a la charla futbolera.

—Soy de Sinope, una de las lunas de Júpiter, distante varios millones de años luz de este planeta.

El Colorado lo miró largamente, primero inmóvil, luego aprobando con la cabeza, la boca cerrada, la lengua quitando un residuo de lechuga de los dientes. Pepe también lo había oído.

—¿Sinope? —preguntó, serio.

—Sí —dijo el hombre— a varios millones de años luz.

—Che, muchachos —el Colorado se volvió hacia Ramón y el Negro, incluso reclamando la atención de éste tomándolo de un brazo— acá el hombre me dice que él es de Sinope, una galaxia que está lejísimos de acá.

—Ah... ya me parecía —aprobó Ramón.

—Y... ¿Cómo es eso, señor? —adelantó la cabeza el Negro.— Porque yo no lo oí bien, perdone, estaba conversando.

—Sinope —comenzó el hombre— es un planeta frío, en la galaxia de Andrómeda, a dos millones de años luz, atravesando el mar de meteoritos junto a los satélites gemelos, Elara y Ganímedes.

—¿Como saliendo hacia dónde? —preguntó el Colorado. El otro pareció no entenderlo.

—¿No tendrán un once? —preguntó Pepe. El otro lo miró muy serio.

—Un once —repitió Ramón. El hombre frunció el ceño.

— ¿Y usted viaja, digamos, va y viene? —preguntó el Negro. El hombre pensó un poco.

—Con la nave Lysitea, en dos millones de años, estamos acá.

—¿No te decía yo? —se dirigió el Colorado al Negro —No es tan lejos.

—Usted sabe que yo lo miraba y me decía... "este hombre no es de acá"... no sé ¿vio?... hay como... —el Negro contemplaba al tipo frunciendo la cara.

—Mi nombre es Namur —se presentó el desconocido.— Y soy hijo de Knar, el rey de Gdeon. Yo soy el príncipe Namur. Pero desde hace medio siglo, Merak el perverso rey del planeta Mkor, se ha apoderado de nuestro pobre planeta y nos somete a una impiadosa tiranía.

—Permiso —se levantó Ramón— voy a mear.

Ramón fue al baño. Casi detrás de él entró Pepe.

—Pobre, qué loco está —dijo Pepe. Ramón se rió.

—¿Cómo vas a pensar —dijo, en tanto meaba— que en un boliche, en medio de la ruta, te vas a encontrar con un coso como éste?

—Hijo de puta —se rió Pepe. Ramón, mientras se cerraba la bragueta, se rajó un pedo de los fuertes.

—A ver si todavía le tenemos que garpar el asado —dijo.

—¿Tendrá guita nuestra?

Cuando llegaron de nuevo a la mesa, Namur estaba contando que el perverso rey Merak, del planeta Mkor, había intentado atraparlo, que incluso sus naves habían intercambiado andanadas de rayos desintegradores en el mar de los meteoritos, pero que había logrado desorientarlo al entrar en el fluctuante campo magnético de Plutón. El Colorado le decía que él había pasado una vez por esa zona y que era muy jodida, que le había cagado dos amortiguadores.

—La importancia del pensamiento es vital para incidir sobre las descargas enemigas de rayos desintegradores —informó Namur, tocándose el entrecejo con la punta de los dedos.

—Ni qué decir —se encogió de hombros Pepe estirándose para pinchar un último trozo de tira.

—¿Cómo es eso, jefe, cómo es eso?

—La levedad de la materia enfrentada con la energía —aclaró Namur.— Por ejemplo... —buscó con la mirada— ese adorno... —señaló con su mano delgada un poster colgado en la pared, la foto de un perro peludo, plana en la base de la foto, con un relieve realista y repulsivo en la parte de la cabeza del perro.

—Sí... —dijeron todos, mirando. Namur contempló el poster fijamente durante un par de minutos. Luego el poster pareció desprenderse de la pared, se separó de ella unos cinco centímetros y cayó al suelo. Los cuatro se miraron, haciendo gestos de aprobación con la cabeza.

—¿Cómo se llamaba el alemán que hacía eso? ¿Uri GeIler? —preguntó el Colorado.

—Tiene un nombre eso.

—¿Un nombre? —preguntó el hombre.

—Sí. Ese fenómeno. ¿Telequinesis, no es?

—A ver si nos cobran el cuadro, todavía —se quejó el Negro.

—¿Y usted no ha probado a ver un oculista? —el Colorado volvió a la carga.

—No dispongo de tiempo para nada. El perverso rey Merak puede caer sobre mí en cualquier momento. Es por eso que quería pedirles algo...

Los cuatro lo observaron con atención. El hombre estaba algo inclinado hacia adelante, estudiándolos. Se mantuvo así en tanto el patrón, saliendo de la cocina, se inclinaba sobre el mostrador preguntándose cómo carajo se había caído el poster del perro peludo de la pared. Namur no dijo nada hasta que el patrón se volvió hacia la cocina con un gesto de escepticismo.

—Estamos haciendo una colecta... —explicó Namur— ...juntando fondos para combatir contra el perverso rey Merak. No es mucho lo que les pido. Lo que ustedes puedan, muchachos, queda en la voluntad de ustedes, no se hagan problemas...

Se hizo un silencio prolongado. Todos miraban a Namur. Ramón se empezó a reír.

—Flaco... —comenzó.— ¿A vos te parece... —pero no pudo continuar. A través de los vidrios del quincho se vio una luz enceguecedora. Todos se volvieron a mirar hacia afuera. Se oyó un zumbido, una trepidación que sacudió levemente los vasos y los cubiertos pero que de inmediato cesó y, fuera de la parrilla, volvió la oscuridad.

—Flaco... —retomó Ramón. — ...¿A vos te parece que...

Fue cuando se abrió la puerta y apareció una figura desmañada, verdosa y fosforescente. Una especie de humanoide, de baja estatura y ojos saltones.

—¡Namur! —llamó.— Namur... ¿Qué pasa?

Namur se volvió hacia él.

—Ya voy, Pxer... —dijo.— Es que acá, los señores... bueno, están pensando... La figura se acercó a la mesa, con su especie de cabeza romboidal hizo un gesto que parecía un saludo.

—Acerqúese jefe —solicitó Pepe.— Colo, acércale una silla.

—¿Es amigo suyo? —preguntó el Negro.

—Pxer... ¿Vas a comer algo? —Namur parecía más seguro y reconfortado de estar con alguien conocido. El humanoide dudó, pasándose una extremidad de tres dedos sobre lo que podía ser el cogote.

—Métale, che... —el Colorado le acercó la fuente— ...el chinchulín debe estar caliente todavía.

El patrón se había asomado nuevamente al escuchar el chirrido de la puerta.

—Jefe —llamó Pepe— tráigale un cubierto al amigo.

—No tenemos mucho tiempo —repitió Namur.

—Tío... —Ramón estaba escrutando a Pxer.— ¿Qué crema usa para la cara?

—¿Con qué se da?

—¿Es algún bronceador? ¿Algún vasodilatador? El Colorado esgrimió un cuchillo hacia Ramón.

—El "Barrocutina" —explicó— ...hay lugares donde no llega. No se reparte. Pxer consumía los restos de la achura y era extraño ver desaparecer la tripa en el cuerpo fosforescente.

—¿Es de tomar mucho sol su amigo? —se dirigió Pepe a Namur. Este no llegó a contestar. Afuera hubo otro destello enceguecedor que se apagó tan sorpresivamente como se había iniciado. Namur tuvo un gesto de inquietud. Pxer no lo advirtió, estaba requiriendo con gesto confuso pero entendible que le escanciaran un culito del blanco que aún quedaba.

—Lo que no hay es hielo... —se disculpaba en ese momento Ramón, revolviendo con las pinzas inútiles el baldecito. Fue cuando se abrió la puerta y penetraron tres figuras oscuras, altas y poco tranquilizadoras.

Apenas localizaron a Namur y Pxer les apuntaron con unas armas brillantes como piedras preciosas. Hubo un par de destellos sin sonido, los cuerpos de los eventuales amigos de Pepe, el Colorado, Ramón y el Negro, se vieron orlados por un aura tornasolada y luego, se consumieron en el aire como papeles chamuscados. De Namur quedó, sobre la silla que había ocupado, una ceniza tibia y amontonada. De Pxer, una viruta retorcida y de color malva, también sobre la silla. Los tres ejecutores echaron una mirada rápida al lugar, saludaron con un vaivén de lo que se suponía eran sus cabezas, cerraron la puerta y se marcharon. Pronto se volvió a ver la luz intensa y se escuchó un zumbido que se alejó hasta perderse.

El Colorado, con el tenedor, pescaba en la ensaladera los últimos vestigios de cebolla.

—Los versos que inventan para sacarte guita —dijo el Negro.

—El petiso ni abrió la boca.

—Le daba a la molleja como desesperado.

—Andá a saber... —dijo el Negro.

Pagaron, no era mucho, y volvieron al auto. Habrán llegado a Rosario a eso de las dos de la mañana, no más, y ya casi se les había pasado la mufa de la derrota.

lunes, 6 de junio de 2011

UNA BROMA DEL MAESTRO

Cuento popular de la India

Había en un pueblo de la India un hombre de gran santidad. A los aldeanos les parecía una persona notable a la vez que extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los confundía. El caso es que le pidieron que les predicase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no dudó en aceptar. El día señalado para la prédica, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección. Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre santo confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:

--Amigos, ¿sabéis de qué voy a hablaros?

--No -contestaron.

--En ese caso -dijo-, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes que de nada podría hablarles que mereciera la pena. En tanto no sepan de qué voy a hablarles, no les dirigiré la palabra.

Los asistentes, desorientados, se fueron a sus casas. Se reunieron al día siguiente y decidieron reclamar nuevamente las palabras del santo.

El hombre no dudó en acudir hasta ellos y les preguntó:

--¿Sabéis de qué voy a hablaros?

--Sí, lo sabemos -repusieron los aldeanos.

--Siendo así -dijo el santo-, no tengo nada que deciros, porque ya lo sabéis. Que paséis una buena noche, amigos.

Los aldeanos se sintieron burlados y experimentaron mucha indignación.

No se dieron por vencidos, desde luego, y convocaron de nuevo al hombre santo. El santo miró a los asistentes en silencio y calma. Después, preguntó:

--¿Sabéis, amigos, de qué voy a hablaros?

No queriendo dejarse atrapar de nuevo, los aldeanos ya habían convenido la respuesta:

--Algunos lo sabemos y otros no.

Y el hombre santo dijo:

--En tal caso, que los que saben transmitan su conocimiento a los que no saben.

Dicho esto, el hombre santo se marchó de nuevo al bosque.

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domingo, 5 de junio de 2011

Cuento: MEDICOS de Sholem Aleijem

Un cuento tomado del libro Cuentos y monólogos de Scholem Aleijem

—¿Sabría decirme, amigo, dónde vive el doctor Fainfínkelcroit?

—¿Cómo? ¿El doctor qué? ¿Fainfinfain...?

—Fainfínkelcroit.

—¿Fainfínkelcroit? ¡Ah, eso es otra cosa! Fainfínkelcroit... Me suena. ¿Tiene que verlo a él, o podría ser otro? Aquí hay muchas de esas cosas, gracias a Dios. Aquí enfrente vive uno; mejor dicho, dos. Un médico y un dentista. Y tres casas más allá hay otro, muy bueno, aunque jovencito, recién salido del horno. Sin embargo, tiene bastante clientela. En este pueblo todos los médicos tienen clientela, porque hay muchos enfermos, gracias a Dios. ¿Cómo dijo que se llamaba ese doctor? ¿Finfainfin...?

—Fainfínkelcroit. No es para mí...

—¿Ah, para su esposa? Vaya allí, ¿ve? Hay un médico de señoras. Es decir, un médico partero. Dicen que es muy bueno. Un especialista. Ahora se usa; un médico distinto para cada especialidad: médico de estómago, médico de pulmones, de ojos, de los nervios, de niños... Y la forma de curar no es la misma de antes. Eso también cambió. Antes le daban a uno remedios, recetas, píldoras, polvos, hierbas amargas; ahora están de moda las máquinas, las fricciones, los masajes, los baños, simplemente baños. Los médicos se convirtieron en bañeros, y según parece es un buen negocio. ¿Cuál es la especialidad del médico que usted busca? ¿Es judío?

—Sí, judío, desde luego. ¿No se da cuenta por el apellido? Fainfínkelcroit.

—¿Fainfínkelcroit? Sí, claro, judío. Si se llama Fainfínkelcroit es judío. Aquí en el pueblo casi todos los médicos son judíos. Aunque los judíos en realidad prefieren a los médicos góim.[1] Lo mismo que prefieren a los abogados góim, a las tiendas de los góim, a los maestros góim. Los judíos los quieren mucho a los góim. ¿Cómo decía usted que se llamaba su médico? ¿Fáifer?

—No, Fáifer no; Fainfínkelcroit. Lo necesito para otra cosa...

—¿Ah, para el servicio militar? ¿Para pedirle consejo? Ahora comprendo. ¿Ah, no? ¿No es para eso? ¿No será para una propuesta matrimonial? ¿Adiviné, verdad? Es claro. Si no era para hacerse revisar, ni para su esposa, ni para el servicio militar, tenía que ser para un asunto matrimonial. En tal caso no lo busque más a ese... ¿cómo se llamaba?... Déjelo. Le voy a indicar otros médicos mucho mejores. Depende, desde luego, de la posición del otro. ¿Cuánto da de dote? Lógicamente, a mayor clientela más dote. Y aunque no tenga clientela lo mismo hay que pagarlo. Hoy en día no compra por menos de cinco o seis mil rublos ni siquiera un simple estudiante, siempre que esté en la universidad. Imagínese entonces un doctor recibido, aunque sea el último de los peores... Dígame exactamente qué es lo que busca el otro, el padre de la novia.

—¡Pero no, hombre, no es eso! Usted se equivoca.

—No discuta. Escuche bien lo que le digo. Si el otro puede pagar un buen precio, este de quien le hablo le viene como anillo al dedo. Es un médico excelente; un profesor. Atiende de todo: estómago, nervios, dientes, niños, operaciones. Las mujeres lo aprecian mucho, porque es un hombre imponente, alto, robusto. Además es sionista, y tiene una labia que Dios me libre. Es una alhaja, una verdadera alhaja.

—Pero no, le estoy diciendo que lo que necesito...

—¿Ah, eso? ¿Y por qué no habla? ¿Por qué no lo dijo? ¿Ve aquella puerta blanca?

—¿Allí vive Fainfínkelcroit?

—Allí no vive Fainfínkelcroit; allí vive Méir Tolochínov. Un judío rico. En un tiempo fue un pobretón; ahora ojalá tuviéramos usted y yo su fortuna, sin que le dañe a él. Tiene una hija, que es fea como la muerte. Pero con la ayuda de Dios se le tapa la cara con unos diez mil o quince mil rublos y se le trae un doctor de Kiev. Es decir, un doctor recibido en Kiev, pero nacido en Umán...

—¿Para qué me cuenta todo eso?

—¿No busca usted a...?

—¿Al doctor Fainfínkelcroit? No lo busco porque necesite un médico para una alianza matrimonial, sino porque el doctor Fainfínkelcroit es...

—¡Me lo hubiera dicho! Yo creía que se trataba de una boda. En tal caso, escúcheme bien, con mucha atención. Tengo un especialista, flamante; abrió su consultorio hace poco. Recibió una herencia de unos cuantos miles de rublos e invirtió todo el dinero en una máquina; viajó personalmente al extranjero a comprarla. Clientes, por ahora, no tiene; pero ojalá me preocuparan mis gastos del sábado tan poco como los clientes de él. No se aflija, que ya los tendrá, y de los mejores, porque los médicos que atienden esas enfermedades tienen todos numerosas y calificadas clientelas. Son especialistas... ¡Oiga, oiga, qué le pasa! ¡Adónde va! Espere, espere un poco. Todavía no terminé; me quedan un par de médicos...

—¡Pero por Dios! ¡Déjeme tranquilo! ¡No me fastidie! No preciso médicos, ni consejos para el servicio militar, ni novios para casarlos, ni especialistas. No soy más que un empleado. Estoy buscando al doctor Fainfínkelcroit por otra cosa. Nos debe la cuenta de la leña de todo el invierno...

—¿La cuenta de la leña? ¡Mala pesadilla...! ¡Hay que ver qué tupé! ¡Detener a un desconocido en la calle para fastidiarlo inútilmente! ¡Fainfínkelcroit!

Sin consideración ninguna, sin pensar que el desconocido estará perdiendo tiempo, que quizá anda buscando un rublo para el sábado. Me di cuenta en seguida de que usted debía de ser vendedor de leña, se lo juro, que Dios me dé una vejez dichosa.

Estos vendedores de leña... ¡Oiga!


[1] Plural de goi, no judío.

Scholem Aleijem

Salomón J. Rabinovitz nació en Ucrania en 1859 e ingresó a la historia de la literatura con el seudónimo Scholem Aleijem. El par de vocablos que usó para firmar sus obras representan un saludo en idish (y derivados del hebreo) que significa:
“¿Qué tal, cómo le va?” El autor saluda a sus congéneres —los lectores judíos— con suave y amable sonrisa. Claro que se trata de una sonrisa en la cual se disuelven notas de amargura que la historia ha ido proveyendo. A pesar de todo decide reír y hacer reír. Su lema proclama: “Reír es saludable; los médicos recomiendan reír.” Pero no es risa de evasión o de encubrimiento. Al contrario: es denuncia, en tono de popular comunicación, de diálogo callejero, mostrando al hombre de todos los días y a sus “ridículos” problemas. No bien las comisuras de los labios se relajan, lo ridículo se desvanece y da lugar a la reflexión. (Extracto del prólogo)

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sábado, 4 de junio de 2011

Los cuentos, vagabundos

Cuento de Ana María Matute (España)

Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador.

He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.

Los pueblos, digo, los reciben de noche. Desde hace miles de años que llegan a través de las montañas, y duermen en las casas, en los rincones del granero, en el fuego. De paso, como peregrinos. Por eso son los viejos, desvelados y nostálgicos, quienes los cuentan.

Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. Pero ¡cuántos hijos van dejándose por el camino!

Mi abuela me contaba, cuando yo era pequeña, la historia de la Niña de Nieve. Esta niña de nieve, en sus labios, quedaba irremisiblemente emplazada en aquel paisaje de nuestras montañas, en una alta sierra de la vieja Castilla. Los campesinos del cuento eran para mí una pareja de labradores de tez oscura y áspera de lacónicas palabras y mirada perdida, como yo los había visto en nuestra tierra. Un día el campesino de este cuento vio nevar. Yo veía entonces, con sus ojos, un invierno serrano, con esqueletos negros de árboles cubiertos de humedad, con centelleo de estrellas. Veía largos caminos, montaña arriba, y aquel cielo gris, con sus largas nubes, que tenían un relieve de piedras. El hombre del cuento, que vio nevar, estaba muy triste porque no tenía hijos. Salió a la nieve, y, con ella, hizo una niña. Su mujer le miraba desde la ventana. Mi abuela explicaba: "No le salieron muy bien los pies. Entró en la casa y su mujer le trajo una

sartén. Así, los moldearon lo mejor que pudieron." La imagen no puede ser más confusa. Sin embargo, para mí, en aquel tiempo, nada había más natural. Yo veía perfectamente a la mujer, que traía una sartén, negra como el hollín. Sobre ella, la nieve de la niña resaltaba blanca, viva. Y yo seguía viendo, claramente, cómo el hombre moldeaba los pequeños pies. "La niña empezó entonces a hablar", continuaba mi abuela. Aquí se obraba el milagro del cuento. Su magia inundaba el corazón con una lluvia dulce, punzante. Y empezaba a temblar un mundo nuevo e inquieto. Era también tan natural que la niña de nieve empezase a hablar... En labios de mi abuela, dentro del cuento y del paisaje, no podía ser de otro modo. Mi abuela decía, luego, que la niña de nieve creció hasta los siete años. Pero llegó la noche de San Juan. En el cuento, la noche de San Juan tiene un olor, una temperatura y una luz que no existen en la realidad. La noche de

San Juan es una noche exclusivamente para los cuentos. En el que ahora me ocupa también hubo hogueras, como es de rigor. Y mi abuela me decía: "Todos los niños saltaban por encima del fuego, pero la niña de nieve tenía miedo. Al fin, tanto se burlaron de ella, que se decidió. Y entonces, ¿sabes qué es lo que le pasó a la niña de nieve?" Sí, yo lo imaginaba bien. La veía volverse blanda, hasta derretirse. Desaparecía para siempre. "¿Y no apagaba el fuego?", preguntaba yo, con un vago deseo. ¡Ah!, pero eso mi abuela no lo sabía. Sólo sabía que los viejos campesinos lloraron mucho la pérdida de su niña.

No hace mucho tiempo me enteré de que el cuento de la Niña de Nieve, que mi abuela recogiera de labios de la suya, era en realidad una antigua leyenda ucraniana. Pero ¡qué diferente, en labios de mi abuela, a como la leí! La niña de nieve atravesó montañas y ríos, calzó altas botas de fieltro, zuecos, fue descalza o con abarcas, vistió falda roja o blanca, fue rubia o de cabello negro, se adornó con monedas de oro o botones de cobre, y llegó a mí, siendo niña, con justillo negro y rodetes de trenza arrollados a los lados de la cabeza. La niña de nieve se iría luego, digo yo, como esos pájaros que buscan eternamente, en los cuentos, los fabulosos países donde brilla siempre el sol. Y allí, en vez de fundirse y desaparecer, seguirá viva y helada, con otro vestido, otra lengua, convirtiéndose en agua todos los días sobre ese fuego que, bien sea en un bosque, bien en un hogar cualquiera, está encendiéndose todos los días para ella.

El cuento de la niña de nieve, como el cuento del hermano bueno y el hermano malo, como el del avaro y el del tercer hijo tonto, como el de la madrastra y el hada buena, viajará todos los días y a través de todas las tierras. Allí, a la aldea donde no se conocía el tren, llegó el cuento, caminando. El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe, en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en las calumnias, en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aún las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante. El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños.

A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo

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