domingo, 23 de octubre de 2011

El monstruo del lago

Leyenda Africana

 

Érase una vez la hija de un poderoso rey. Se llamaba Untombina y era muy valiente.

En el país en que ella habitaba existía un lago encantado al que ningún ser humano se acercaba. En el lago vivía un Monstruo que, sin compasión ni piedad, se llevaba al fondo a cuantos se extraviaban por aquella región y a los que equivocadamente intentaban bañarse en las claras aguas del lago.

Untombina había oído hablar con frecuencia del Monstruo y también sabía dónde estaba el lago que aquél habitaba.

Sucediéronse lluvias torrenciales y muy continuas en todo el país, y las tierras quedaron inundadas; entonces Untombina dijo a sus padres:

- Yo quiero ir a ver al Monstruo del lago para preguntarle si podría hacer cesar esta lluvia pertinaz.

Pero su padre, el Rey, se lo prohibió, y su madre derramó abundantes lágrimas a la sola idea de lo que pudiese suceder, ya que era terca Untombina, y lo más fácil de suponer era que el Monstruo la devorase.

En consecuencia, la muchacha permaneció en casa, más que por la prohibición paterna y los llantos de la madre, porque, estando el país inundado, se hacían los caminos intransitables.

Pero, al año siguiente, empezó a llover de nuevo y las aguas llegaron hasta lo más alto de los más altos muros que rodeaban el poblado, y Untombina no pudo contenerse por más tiempo. Quiso ir a toda costa al lago encantado y fue imposible disuadirla; ya ni escuchó la voz autorizada del padre, ni las lágrimas de desconsuelo de la madre la cambiaron de propósito.

Convocó a todas las muchachas del pueblo y eligió, de entre todas, a doscientas para que la acompañasen en el viaje. Vistióse como una novia. Siguiendo su ejemplo, las muchachas ataviáronse con sus mejores galas y sus más preciadas joyas.

Salieron juntas por las puertas del poblado. Untombina en medio y cien muchachas a cada lado del camino, formando como una Corte de honor. Riendo y cantando caminaban las jóvenes, como si llevaran a la novia al novio, y cuando encontraban por el camino a los mercaderes que, en grandes carretas tiradas por bueyes, recorrían el país, llamábanlos con voces joviales y gozosas y preguntábanles cuál, de entre todas, era la más bella.

Los hombres se acercaban y contestaban que ellos encontraban a todas muy lindas, pero ninguna comparable con Untombina.

- Pues - decían los mercaderes - la hija de vuestro rey es esbelta como el árbol de la altura y tan lozana coma la fresca hierba que brota después de las lluvias fecundas.

Cuando las otras jóvenes oían estas palabras se enfadaban tanto que maltrataban a los mercaderes y los llenaban de improperios. Luego proseguían su camino. Era un alegre espectáculo ver a aquellas encantadoras jóvenes caminando jovialmente, ataviadas con primor y luciendo sus mejores joyas, refulgentes al sol, y sus collares y brazaletes de ricas perlas.

Declinaba el día cuando las bellas muchachas llegaron al encantado lago. Y, al llegar, despojáronse de todas sus galas y saltaron al agua fresca y cristalina para bañarse a los últimos rayos del sol.

¡Qué alegres estaban las lindas negritas! Chapoteaban, tirábanse unas a otras agua del lago, brincaban, saltaban y nadaban alborozadas.

Desapareció el sol y tuvieron que buscar un sitio donde pudieran dormir. Realmente ya era hora de abandonar el placer del lago. Así lo hicieron, pero podéis imaginaros su espanto cuando advirtieron la falta de sus lindas sayas y vestidos, de los aros de los tobillos, collares y brazaletes.

- ¡Oh, oh, oh! - gritaron a una - ¡Mira, Untombina, el Monstruo del lago nos ha robado todas nuestras prendas y joyas! ¿Qué hacemos ahora?... Oh, Untombina, ¿qué hacemos ahora?

Gritaban tan fuerte como podían; tan sólo Untombina permanecía indiferente y altiva, contemplando a las muchachas asustadas.

Al fin la más atrevida de todas dijo gritando:

- ¡La culpa es tuya, Untombina; sólo tú nos has traído esta desgracia!

Otra, muy piadosa por cierto, propuso que todas se arrodillaran y suplicaran al Monstruo que les devolviera lo que les había robado.

Pero Untombina rehusó, altiva, la proposición.

- Yo soy la hija del rey - dijo - y no pienso humillarme ante el Monstruo.

Y diciendo esto se apartó de las otras muchachas que, entre lágrimas y sollozos, suplicaban al Monstruo les devolviese sus tesoros.

- ¡Oh, señor de este lago - clamaron - devuélvenos nuestras preciosas joyas y ricos vestidos! No quisimos hacerte ofensa ni daño. Fue Untombina, la hija de nuestro rey, la que aquí nos trajo. Solamente ella tiene toda la culpa.

Y entonces, de repente, vestido tras vestido, aro tras aro, collar tras collar, brazalete tras brazalete, empezaron a caer como llovidos del cielo sobre la orilla del lago.

Y, al cabo de un corto espacio de tiempo, las doscientas muchachas que habían acompañado a Untombina estaban vestidas y dispuestas a regresar al poblado.

Tan sólo Untombina no se había vestido. Altiva, permanecía erguida con los brazos cruzados sobre su pecho y, cuando las muchachas le rogaban que pidiera al Monstruo que le devolviese sus vestidos y sus joyas, ninguna palabra salió de sus labios.

- Oh, Untombina, hazlo, por favor. Pídeselos, Untombina - le suplicaban las muchachas.

Pero Untombina irguióse más altiva y más orgullosa aún, tanto que a los ojos de sus compañeras no parecía tan linda, y contestó:

- Jamás. Yo soy la hija de un rey y no suplico a nadie.

Cuando el Monstruo del lago oyó estas palabras, salió a flor de agua, apoderóse de la orgullosa muchacha y se la tragó.

Lanzando gritos de terror las muchachas huyeron como galgos y al llegar al poblado contaron lo que le había ocurrido a la hija del rey.

- ¡Oh! - sollozó el desventurado padre; - yo se lo había advertido innumerables veces, pero ella no quiso escucharme. Pero aguardad, muy pronto, la libertaremos de las garras del Monstruo.

Y ordenó:

- ¡Mis guerreros, armaos de vuestros escudos, lanzas, hondas, arcos y agudas flechas! ¡Vamos a libertar a mi hija!

Pronto todo un ejército de guerreros negros se puso en marcha hacia el lago encantado.

El Monstruo asomó la cabeza fuera del agua, y al ver a tantos guerreros, abrió su descomunal y gigantesca boca y se tragó a un sinfín de ellos con la facilidad con que antes se tragara a Untombina. Su enorme cuerpo parecía que iba agrandándose por momentos, y era verdaderamente espantoso ver cómo perseguía a los que intentaban salvarse; y así fue la persecución hasta las mismas puertas del poblado.

Pero junto a la puerta estaba el rey con la más aguda de las lanzas que poseía y se enfrentó con el Monstruo, cuyo cuerpo se extendía por casi sobre una legua de distancia, ¡tan enormes eran sus proporciones!

El viejo rey era un valiente guerrero muy diestro en el arte de batallar, y supo al instante dónde tenía que atacar a su enemigo. Primero le hundió la lanza en la garganta y luego le hizo un agujero en un costado. Por este costado empezaron a salir todos sus guerreros y finalmente la valerosa Untombina, más altiva que nunca.

El rey la tomó de la mano y la acompañó en triunfo hasta su madre, que tanto había llorado por ella.

Afortunadamente el Monstruo fue muerto, y el lago donde habitaba quedó, desde aquel instante, desencantado.

jueves, 20 de octubre de 2011

LA PALOMA Y EL CUERVO

Jerú caminaba entre los árboles cuando escuchó un pájaro cantar en el claro. Corrió ansioso por verlo, ¡Nunca antes había oído canto más hermoso!
Al llegar se detuvo anonadado: allí, frente a él, a orillas de un cristalino lago danzaba una silueta de pájaro humano.
Paloma mujer, extraña forma de niña soñadora. Las aguas del lago transparentaban su desnudez de incipiente forma, la niña cantaba sumergida en la inmensidad que la rodeaba.
No lo descubrió.
Jerú sin poder moverse, se quedó escuchando olvidado del tiempo y de sí mismo, atrapado en la mágica melodía. Ella nadaba en el sonido compartido de su voz y del agua.
  —Ha de ser este cansancio el que traza entre sueños tus femeninas y mágicas formas. Mañana despertaré y sabré que fuiste sólo paloma — dijo cerrando los ojos despacio como para guardar en su memoria el contorno de la diosa paloma
Al despertar, allí seguía el lago, tiñéndose de bermellones a medida que el sol bostezaba sus últimos reflejos cubriéndose con el manto nocturno. Ni voces, ni pájaros, el silencio frío era su única compañía una vez más. Cazó un ciervo que pastaba distraído, guardó su piel para el temprano frío, miró los cielos descubriendo la helada que se acercaba veloz e inmutable a su necesidad de calor y cobijo. — ¡Quién sabe cuándo tendré otra oportunidad de descansar en un seguro refugio como este! ¿Qué podía hacer más que aprovechar esta oportunidad?—, pensó volviéndose a dormir.
La paloma niña lo despertó en la mañana clara y naciente. Los rayos del sol mezclados en su cabellera creaban un juego de brillos y luces blancas y doradas. Dos ojos traspasados de cielo lo observaban. El aroma a flores frescas que emanaba esa piel tersa y nívea, embriagaron su alma de deseo, demorándose tan sólo un instante mágico en enamorarse. Supo entonces con absoluta certeza que era ella la mujer que perseguían sus sueños. Su destino, su meta, y su cobijo. Su trampa, su perdición.
— ¿Quién eres hombre extranjero y cansado? ¿Qué haces en estas tierras que ignoran el peso de la huella mortal? — El arrullo suave como miel lo conmovió hasta estremecerlo.
— Soy Jerú el gran conquistador. ¿Y tú paloma mágica de mis sueños?
— Soy Gal, la niña del bosque, la diosa de los pájaros, la semilla y los sonidos.
— ¿ Existes realmente o eres producto de mi deseo enloquecido? Temo tocarte y ver como te esfumas en un instante.
Rió la niña y sus carcajadas llamaron a los pájaros. Rió y tembló la tierra mientras las flores rompían sus últimos capullos. Rió y calló en el mismo beso que unió sus labios a los del hombre de fuego.
— ¿Qué quieres conquistar?— preguntó ella.
— ¡El Poder del tiempo! ¡El secreto mismo de la inmortalidad!— afirmó él entusiasmado.
La niña le observó y en sus pupilas una honda tristeza asomó tan imperceptible como el susurro de una hoja al caer.
— ¿Qué harías con él?
Jeru rió y en su risa escapó la intensa ambición que sentía.
—Podría regir los destinos, trazar nuevos rumbos, adquirir la eternidad y penetrar el universo —exclamó henchido de ilusión.
—Dentro del tiempo nada es eterno. Todas las criaturas sometidas a él cumplen ciclos.
—No permaneceré pues sometido a sus reglas— afirmó el joven mirándola con una sonrisa satisfecha en los ojos.
— Eres hijo de su matriz, no puedes desobedecerlo, sólo puedes trascenderlo. —murmuró con una tímida sonrisa. — Tú ya eres aquello que pretendes poseer... pero no lo sabes — exclamó ella entristecida.
Jeru la miró confundido, desechando el comentario para él incomprensible. — No me conoces, no soy aún lo que aspiro. Ya lo veras, conquistaré el Poder del Tiempo, pues Poder es lo que anhelo. Pero no hoy, ni mañana, se acerca el invierno.
Ella no dijo nada. Él la envolvió en un abrazo tan apasionado, tan hondo y tan hambriento que ella abrió todas sus puertas dejándose penetrar y penetrándolo, hasta que todos los contornos no fueron más que ecos.
Dicen que ella lo vio águila y le amo tanto que compartió sus secretos. Dicen que él buscaba conocer el misterio para ganar su guerra, dicen que ella se ofrendó a sí misma sin miedo. Se amaron con un amor tan vasto y tan completo, que ni el señor supremo lo ha dudado jamás.
Llegó empero el calor de primavera, el tiempo de invocación y encuentros. Él tenía pendiente su gran batalla, ella ignoraba los propósitos ocultos. Él no quería dejarla, otros urdieron la trampa, la Maga oscura salió del cedro y rodeó de maternidad a la niña huérfana, sedujo al hombre de fuego con sabias artes de mujer experta, los monjes tocaron campanas de tiempo y los amantes quedaron atrapados en la trama.
— Jerú has de vencer al señor del tiempo y conquistar el poder del universo, para ello has nacido y diste tu palabra, le recordó la Maga.
— No puedo, para hacerlo debo robarle a la niña su último secreto — su alma se encogió de horror ante el desafío.
—Puedes y debes, pues sobre ti pesa el juramento. ¡Hazlo!
Y así atormentado y ansioso la sedujo por última vez, buscando robar el último secreto. Fue entonces cuando asomando en las dulces palabras del amor, ella vio su espalda de cuervo. Lágrimas como dagas salieron de sus ojos y fueron a enterrársele en el alma. Siete fueron las lágrimas, siete las heridas.
— Señor, jamás he amado tanto como te he amado a ti, jamás volveré a amar. Quieres el último secreto, el misterio del anillo, sé que no debo dártelo pero ya es tarde, pues posees mi alma tanto como yo soy parte de la tuya. ¡Bésame!, — dijo la paloma con el dolor quemándole el pecho.
Él la besó y en magia no develada ella cambió un ala del cuervo con su ala de hada, y entregó el anillo poniéndoselo en el dedo.
— ¡Qué has hecho, niña tonta, ahora estamos mezclados y tu muerte acecha!—aulló espantado.
— Tan sólo he puesto en forma lo que era en hecho. Tus ojos amado mío permanecen ciegos, los míos... los míos han perdido su brillo. ¿Quién lamenta la muerte de lo muerto? ¿De qué sirve una inmortalidad vacía? Me sumerjo en la rueda de tu ala de cuervo y te ofrendo la inmortalidad de mi ala paloma. Mira... – susurró mostrándose hasta que nada de ella fue oculto para él —Has destrozado en siete pedazos mi corazón, tantos pedazos como vidas me llevará curarlo, en ese tiempo tú irás cambiando. Volveremos a encontrarnos, cuando la rueda cumpla su giro. Ríe y alégrate, ahora tienes el poder completo, lo que has deseado poseer, posees. Es ahora cuando ingresa en ti el verdadero desafío: la elección.
— ¿A qué te refieres? — pregunto sintiendo como un vértigo helado penetraba sus huesos.
Ella no respondió. Él insistió. Ella alzó sus ojos donde el dolor y el amor, la vida y la muerte, danzaban en destellos y explosiones sin fin y en un susurro que contenía todos los sonidos le dijo: —Llegada la hora del reencuentro, mirare en ti y sabré la elección que hayas hecho.
— ¿Por qué elegir si puedo amarte a ti y anhelar el poder al mismo tiempo?— aulló Jeru sintiendo que su piel se desgarraba en incontables jirones al verla alejarse aun sin moverse.
La más triste de las sonrisas, la más llena de compasión asomó en los rojos labios de la niña. —Imposible ascender descendiendo, despertar durmiendo, dormir despierto.
—Y entonces qué he de hacer— suplicó él sujetándole las manos.
—Cuando cumpla la rueda su giro y tu elección se selle en tu alma, sabrás si nuestros caminos se bifurcan o se encuentran. Si lo primero moriré de muerte por siempre y te revelaré el verdadero secreto.
—Reveládmelo ahora y permanece a mi lado— gimió él interrumpiendo. Ella sacudió la cabeza suspirando su tristeza.
—Tu alma carece de espacio para contenerlo. Tu mente no podría atraparlo, ni tu corazón comprenderlo. — Apenas lo miró antes de continuar— Si lo segundo, juntos cambiaremos el daño hecho. En la última letra murió la niña paloma reposando su cuerpo vacío en los temblorosos brazos de Jeru. La vio disolverse hasta no ser más que una huella en su memoria. Lágrimas amargas como veneno le quemaron el rostro, inundando el bosque encantado. Por primera vez conoció el dolor verdadero del alma, dolor que jamás se olvida, pues su huella permanece imborrable haciendo de cuna y raíz. Conquistó el universo todo y no supo qué hacer con ello. Día a día veía su ala blanca y recordaba a la niña amada. El vacío crecía dentro de su ser desmenuzando anhelos, deseos, aspiraciones, hasta convertirlos en polvo, en nada. Todo gesto se le transformada en llanto, todo intento en pena, todo lleno en vacío. Y el vacío fue apagando su eterna vida hasta el día en que el poder le abandonó. Vuelto simple mortal envejeció y murió en terrible agonía.
Nació y murió rodando en la rueda. Siete veces, siete vidas. Siete terribles y largas vidas de vagar humano...
La primera padeció el poder de los demonios sobre el universo, poder que él mismo les había dejado de legado. Convivió cada día con las lágrimas del recuerdo, y el desgarro de su amada fue su desgarro. Tuvo vista para ver, todo vio y sufrió por ello. Estaban sus ojos abiertos a la causa y la sombra de las formas y los hechos. Tuvo corazón para sentir y por primera vez se encontró sometido a las tortuosas corrientes de la emoción humana. De nada pudo escapar, a nada pudo cerrarle la conciencia, el infinito caos de la humanidad le golpeó de pleno como abierta acusación a su responsabilidad en ello. Estaba solo, sus palabras no penetraban ningún oído, sus ideas se escapaban con el viento, sus caricias se perdían en alejamientos, sus necesidades no podían ser satisfechas.
La segunda vida, nació mujer y supo entonces la coloratura del alma femenina. Se vio parir vida y descubrir que la separación duele, se vio soñar y sentir poesía, conoció la "necesidad", ese hambre profundo e inevitable que nos empuja a unos hacia otros. Continente y contenido, forma y esencia, lleno y vacío, ya no fueron palabras sin sentido. La Maga lo encontraba vida tras vida, el ala de paloma lo acompañaba en su memoria. Dos pulsiones, dos miradas, dos destinos. Y en medio, inexorable, le enfrentaba la elección. Cada vida es una historia, tan larga en su despliegue como breve en su núcleo. Seis encarnaciones le arrojaron a las matrices de la rueda, buscándose al recorrerlas. Al serlas. Seis muertes atravesó. Ni en la vida ni en la muerte halló a la niña. Por seis eternidades pudo elegir y eligió. Su alma aguarda el término del plazo, de pie en la rueda espera la séptima encarnación. Volverán a encontrarse y cuando suceda el destino del mundo estará en sus manos.

©Ana Cuevas Unamuno


miércoles, 12 de octubre de 2011

LECCION DE DERECHO

Cuento costumbrista (Argentino) de Nemesio Trejo

M. Campos Payador

 

-Güenas tardes, señor.

-Muy buenas, ¿qué se les ofrecía?

-¿Es aquí el escritorio del doctor Pansa de agua?

-Pasalagua, será.

-Es lo mesmo, señor.

-Yo soy, ¿qué deseaban ustedes?

-Dispense, dotor, si le he faltao de entrada.

-Está dispensado.

-Venía, señor, con esta recomendación de don Pedro pa usté, porque después de cuatro años que la he corrido en yunta[1] con ésta que es mi mujer, me ha empezado á aflojar como caballo manco é la cuerda[2] y no quiere tirar parejo conmigo, empacándoseme á cada rato, sin querer agarrar freno. Yo he visto en un libro que me ha prestao un vecino procurador, -diciéndome que era la lay,- que cuando el marido y la mujer no se avenían en sus pareseres, podían separarse, enderesando cada cual pande mejor le conviniese, repartiéndose los bienes la mitá pa cada uno. Por eso vengo resinao como novillo é matadero á que usté que sabe más que nosotros, porque es dotor, nos arregle esto que se nos ha desarreglao.

-¿Qué cosa?

-La tranquilidá.

-¿Y usted puede concretar los hechos en que va á fundar su titis [3] para encarar la cuestión dentro de las exigencias de la ley?

-Eso no sé, dotor, si podré; pero haré lo posible.

-No me ha entendido usted. Quiero decirle que la disolución del vínculo matrimonial exige una serie de formalidades...

-Vea, dotor, en cuanto a formal soy más que ella y sinó que lo digan todos los vecinos del patio[4]. Lúnico que tengo yo es que soy un poco peresoso y me levanto tarde, porque tampoco mis ocupaciones me exigen hora fija.

-¿Y en qué se ocupa usted?

-En acompañarla á ésta cuando sale.

-¿Y la señora en qué trabaja?

-En lo que encuentra, dotor. ¡Es muy busca vida eso sí! Yo no tengo queja de que haiga dejao un día de trair pal mórfil, pero hase tiempo que caí al cotorro[5] desabrida y con mañas nuevas, levantándome la vos algunas veces con aire de autoridá y yo creo que no porque me mantenga -que después de todo no hese más que su deber,- no tiene derecho a mortificar mi tranquilidá.

-¿Y usté qué dice á todo esto?

-Dejeló nomás, dotor, que se desaugue y cuando haiga largao todo el vapor, voy a dentrar yo á quejarme, que también me duele.

-Yo ya he acabao.

-Hable usted, señora, entonces.

-Mi vida, señor dotor dende que entré á entenderme con éste y nos casamos como vulgarmente se dice, ha sido más aporriada que pelota inglesa. Tan pronto me subía á los aires ensalsando mis afanes, como me arrastraba por el suelo criticando mis asiones. Yo no he tenido más defeto, señor, que tener un corazón blando y abierto, y como los hombres, en cuanto ven blandura y puerta abierta se les hace el campo orégano, me he encontrao enredada algunas veces entre los cardales del cariño, que después de todo, ¿pa qué ha nasido uno, sino pa haser su gusto en vida? A éste no le importaba que yo me enredase, siempre que al salir del enriedo me trajese el fallo del cardo, pero á veces, señor, no se sacan más que arañasos, cuando no se dejan las lonjas en las espinas.

-¿Ha visto dotor, todo lo que ha aprendido?

-Déjela que termine.

-Pues como le iba disiendo, he sido y soy corasón de manteca y como en estos últimos tiempos se ha puesto todo tan mal por el cambio de gobierno y las güelgas de todas clases que han salido ahura, mis trabajos no han lusido lo que debían y este señor, y dispense la indirecta, forma cada estrilo, cuando me ve llegar de vasido, más negro que el tormento é la miseria y me empiesa á echar en cara mis travesuras pasadas y á llenarme la cabeza de palabras que no se las repito porque le va á entrar chucho[6], dotor, y á más se da el lujo de refilarme[7] una que otra biaba; por lo tanto he resuelto, junto con él, separarme de su lao, aunque, lo sienta.

-Bueno entonces, tráigame la partida de matrimonio y vamos á iniciar el juicio.

-¿La qué dise?

-La partida de matrimonio.

-Pero dotor, avise si me ha visto cara é moso é tienda o me quiere tomar pa la vida social. Si yo con ésta tengo el mismo vínculo que con usté. ¿Matrimonio? ¡pa los otarios![8] el hombre debe ser suelto como camisión de chino, pa correrla más liviano. Si nosotros hemos venido pa que nos diga á quien le pertenece -una vez que agarremos cada uno pa su lao,- la cama y dos sillas que hemos comprao a pagar por semana.

-¿Y cuánto han pagado ya?

-Tuavía nada más que la primer semana.

-Entonces, le pertenecen el dueño de los muebles, porque si no le pagan se los embargará.

-Que atrasado está usté, dotor, en pleitos. No ve que los muebles de indispensable uso no se pueden embargar.

-¿Y dónde ha aprendido usted eso?

-Con el vesino procurador que le dije, que ha andao mucho tiempo por el saguán del Tribunal con Martín el pescador, el gringo Juan y el negrito Patrisio.

-Pues entonces, vayan á que él les resuelva el punto.

-Ta bién, dotor, pero pa ese viaje no necesitaba riendas nuevas. Adiós y apunte en sus libros que los muebles de indispensable uso no se pueden embargar. Vamos Dolores, (aparte). El dotor éste sabe tanto de leyes como yo de hacer ravioles.


[1] Yunta: par de animales, pareja

[2] Cuerda: tendón.

[3] Titeo: broma, burla.

[4] La mención del patio hace comprender que viven en un conventillo, marco habitual de las acciones de los sainetes, género que cuenta al autor Nemesio Trejo entre sus cultores.

[5] Cotorro: aposento, cuarto.

[6] Chucho: escalofrío.

[7] Refilar: dar, entregar.

[8] Otario: en lenguaje delictuoso es el cándido, el elegido para hacerlo víctima de una estafa. Por extensión, tonto.

Cuentos Costumbristas Nemesio Trejo (7-1-1905)

Cuenta Ernesto Shoo en La Nación

En septiembre de 1907 estalló en la ciudad de Buenos Aires un conflicto que venía gestándose desde tiempo atrás: los inquilinos de los muchos conventillos diseminados por la Capital se negaron a pagar el fuerte aumento de los alquileres, impuesto por los propietarios. El movimiento se propagó a Rosario, Bahía Blanca y Córdoba. "A fines de septiembre, el 80 por ciento del total de los inquilinos deja de pagar el alquiler; comienzan los desalojos y la resistencia. La huelga está apoyada por los anarquistas; los socialistas, en cambio, proponen organizar cooperativas, como El Hogar Obrero, para construir viviendas económicas. Todos los diarios y revistas, además de la prensa partidaria, La Protesta , de los anarquistas, y La Vanguardia, de los socialistas, se ocupan del tema. Hay manifestaciones callejeras y a fines de octubre la represión usa a los agentes del escuadrón de seguridad, de infantería y de bomberos para ejecutar los desalojos; se encarcela a muchos dirigentes y se aplica la ley de residencia, que expulsa del país a los anarquistas extranjeros", informa Beatriz Seibel en su Historia del teatro argentino .

El teatro, que en ese 1907 no atravesaba uno de sus mejores momentos (dentro del notable auge experimentado entre 1900 y 1910), refleja la huelga de los inquilinos, sobre todo por obra de Nemesio Trejo (1862-1916), singular personaje al que Jorge Bossio (citado por Luis Ordaz en suHistoria del teatro argentino ) define como "bohemio lírico", y el mismo Ordaz como "payador y sainetero". El 21 de octubre de 1907, la compañía del español Rogelio Juárez (favorito del público porteño) estrena Los inquilinos , de Trejo, "sainete cómico-lírico" que había ganado el concurso organizado por el diario La Razón para obras sobre el tema. Se presentaron 61 piezas, de las que se seleccionaron 13 y se premiaron cuatro, encabezadas por Los inquilinos . Para asombro del jurado y del público en general, las otras tres resultaron ser también escritas por Trejo.

Aunque se había recibido de escribano, Nemesio trajinaba desde muy joven la noche porteña, con su guitarra a cuestas, por los boliches de Buenos Aires y sus alrededores, ejercitando sus dotes de payador afamado (compitió con nada menos que Gabino Ezeiza, que lo venció). Tenía pasión por el circo, y de vez en cuando hasta actuaba en la pista. Para el crítico Miguel Bosch, Trejo fue sobre todo un cronista de la actualidad, que reflejó en sus sainetes, con buen oído para el habla popular y olfato para detectar el humor del momento. Su modelo fue el "género chico" español; de ahí su vinculación con Juárez, quien se había acriollado hasta el punto de interpretar a la perfección los tipos porteños. Trejo escribió más de cincuenta piezas, muchas de las cuales superaron las cien representaciones: la más exitosa fue Los políticos , de 1897.

 

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domingo, 9 de octubre de 2011

El primer vuelo de las luciérnagas

Leyenda Guaraní (Argentina)

Isondú fue el hombre más hermoso entre todos los guaraníes. El más alto, el más fuerte, el más hábil.

Había que verlo disparando una flecha, remando en la canoa, bailando en las ceremonias de los payés (médico hechicero). Cuando era chico, no había madre en su tevy (familia extensa de los guaraníes que configuraba una unidad social y ocupaba una única gran vivienda) que, al verlo reírse, no le hiciera una caricia y, cuando le llegó la hora del tembetá (amuleto guaraní que llevaban los hombres adultos. Consistía en un palito en forma de T que atravesaba el mentón) ya había muchas indiecitas que querían casarse con él. A todas les gustaban sus manos diestras, su mirada penetrante y su perfume a madera.

Junto con el amor que despertó en tantas muchachas, se despertó también la envidia de los hombres.

Los que habían jugado con él sobre las hojas de palmera y más tarde en los claros o en el río ahora le tenían rabia. Por eso prepararon la emboscada

. A Isondú lo esperaron un atardecer. Temprano habían cavado el pozo en el camino y lo habían disimulado bien: ya se sabe que los guaraníes eran especialistas en cazar con trampas, y esta ya estaba lista. Después se sentaron a esperar, y a tomarse la chicha de maíz que habían llevado. Isondú volvía de la aldea vecina, donde tenía parientes. Venía solo, pensando en una chica que había conocido allí, la única muchacha que estaba seguro de poder querer. Sin duda pronto se casaría con ella, ya se la imaginaba junto a él, con el cuerpo adornado con pinturas y una flor - la orquídea más hermosa que él pudiera encontrar - en su largo pelo negro. Contento y cansado iba por los caminos de la selva, espantándose los mosquitos de tanto en tanto. A él, tan grande y fuerte, se lo veía pequeño al lado de los árboles inmensos. Cuando faltaba poco para llegar a su aldea, empezó a escuchar las risas y los gritos de sus enemigos. Pero no se inquietó, porque era joven, no le tenía miedo a nada y había sido siempre demasiado dichoso como para suponer que se acercaba la desgracia.

Cuando escucharon sus pasos, los otros se quedaron callados. De pronto, Isondú tropezó entre unas lianas y cayó en el pozo. Los otros salieron enseguida de sus escondites y empezaron a reírse y a burlarse de él:

- ¡Isondú! ¡Isondú! ¡Te cazamos como a un tapir!

- A ver, ¿de qué te sirve ahora ser tan valiente?

- ¡Isondú! ¡Ahí va un anzuelo para que muerdas! ¿O querés que llamemos a tu mamita para que te salve?

Y mientras tanto le tiraban palitos, frutos y unas bolitas de arcilla dura con las que cazaban ratones y los pájaros. Isondú les gritaba:

- Pero, ¿qué hacen? ¿qué les pasa? ¿qué les hice yo, cobardes? -

Y desde abajo les devolvía los proyectiles. Uno de los agresores le contestó:

- Ya vas a ver si somos cobardes. - Y agarró su maza y le pegó a Isondú en un hombro, en la cabeza, en la espalda... Los demás se envalentonaron y entre insultos hicieron lo propio: el cuerpo de Isondú se fue llenando de cardenales y de sangre, y allí quedó, acallado, caído sobre un costado en el fondo del pozo. En la selva era casi de noche. Los asesinos seguían en el borde de la trampa, paralizados por el miedo.

De pronto vieron confusamente que Isondú se movía, que su cuerpo tomaba de a poco la forma de un insecto y que en el lugar de cada herida se encendía una lucecita. Isondú agitó sus alas y salió volando: ya estaba libre. Un momento después centenares de Isondúes se dispersaban en la selva, debajo del techo que forman allí los árboles, los helechos y las lianas, iluminando intermitentemente la noche guaraní. Muchos de estos insectos traspusieron los ríos, dejaron atrás la selva y se perdieron en el campo.

En la Argentina, algunos le siguen diciendo "isondúes", otros los llaman "bichos de luz, otros "tuquitos" y otros luciérnagas. En las noches más oscuras vuelan a nuestro alrededor, y, cuando creemos que se han ido, se encienden otra vez unos metros más allá, como estrellas terrenales.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Canción perdida en Buenos Aires al Oeste.

Una historia de María Rosa Lojo.

MIGUEL

“Las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo nidos,

más el Hijo del Hombre no tiene donde reposar su cabeza”

(Lucas, 9, 58; Mateo, 8, 19)

“No sé por qué, por qué ni cómo

me perdono la vida cada día”

(Miguel Hernández, “Me sobra el corazón”)

Me despertó la luz alta del sol. A un costado palpé la cama vacía; del otro lado estaban los libros sobre el piso, la taza de café de la noche anterior, el disco ya viejísimo de los Beatles (Candida, sweet Candida, my love), la ventana de repisa polvorienta, el miedo. Aún había silencio y no quise respirar para interrumpirlo, como en el fondo de una cueva donde no pueden entrar ni el día ni la noche, en la profunda paz que sólo conocen los astros eternamente suspendidos sobre un mundo en ruinas. Pero duró lo que dura un resplandor solar en un rostro que pasa por una calle claroscura de árboles, y cuando abrí los ojos allí estaban otra vez las cosas, las terribles cosas cargadas, llenas de odio y de amor, henchidas de pesos, líneas, formas insultantes. Estaban los retratos en su marco de corcho, la huella ardida de un cigarrillo sobre el almohadón, el álbum de la infancia revisado inútilmente en busca de no sé que desciframiento, de qué memoria. Estaba yo, solo, hecho de huesos y de carne mortal y de una pasión olvidada peor que toda pasión presente. Y ese olvido me despojaba por entero mientras mi nombre huía lentamente del Libro de la Vida. Ni Dios mismo -–pensé- ni Dios mismo, hubiera sido capaz de restituirlo.

Me dolían las ingles y sentí mi cuerpo desnudo bajo la sábana como un saco abandonado. Alguien que me odiaba lo había dejado ahí, inerte, al margen de toda misericordia. Entonces recordé que esa misma madrugada, perdido en un desdichado sueño sin visiones, yo acababa de cumplir los treinta años.

Ser alguien, ser ALGO. Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Llegar a los treinta años y no haberme empeñado en ninguna de las tres cosas. Los temibles retratos miraban al vacío, a la sombra de aquellas paredes que acataban lentamente su mero sobrevivirse, a la sombra de aquellos días donde me establecí, como en un reino invulnerable, para creer. A la sombra de una carne que había besado, un rostro blanco y profundo de venas trasparentes, unos ojos demasiado claros que me devolvían a mí mismo como no era, como no podía haber sido, infinitamente mejorado por la irradiación de esa mirada que me amaba. Pero tales imágenes no podían inspirarme más que nostalgia y piedad, por las presencias que antaño les pertenecieran y por mi propio sueño. Lo aterrador era el reverso de los retratos, el plano desierto de las fotografías donde los escépticos, los que ya no creemos en las tazas de té, ni en el vuelo agorero de las cornejas, adivinamos todavía el porvenir.

Todo ha terminado –pensé- melodramático pero sincero, y quizá por eso no tuve mejor ocurrencia que venir a visitar a los viejos. No porque ellos me esperasen para celebrar mi cumpleaños, sino porque tal vez era una manera de encontrarme sin encontrarme. Sé muy bien que todos los espejos de la casa paterna están para mí inexorablemente rotos.

Nunca puedo evitar cierta emoción estúpida cuando, después de una hora y media de tren y colectivo, empiezo a ver las casas regulares y los pocos edificios importantes de Castelar: algunas torres erigidas por el Progreso (que desde Santos Vega quizá justificadamente va vestido de diablo), la vieja parroquia, teñida lentamente por un gris de humedad (esa parroquia donde debí casarme), los terrenos baldíos al lado de la imprenta, Bonafide, los boliches.

Una emoción sin sentido –porque ya rompí con todo eso, porque no soy más de todo eso- que se prolonga cuando me voy hacia por las veredas todavía quietas. Siempre hay novedades: chalets de ladrillo a la vista y techos de pizarra, acabados de construir en los últimos terrenos cerca de la estación, algún barcito, algún salón de té pituco con una glorieta de rosas rococó, algún café colonial que han puesto en los salones de una antigua casa de familia. Un negocio fundido, un local que se alquila, y desde hace poco, los ateneos radicales y las unidades básicas. Todo está igual y es distinto, hasta el colegio de curas donde fui cuando chico, con su roja mansión de estancia en el centro, tan francesa y por eso mismo (¡ay!) tan argentina, semiescondida ahora por un enorme techado de aluminio que quiere ser un gimnasio ultramoderno. Doblo la esquina de tantas tardes, y ahí mismo, enfrente, la casa. La casa que ya no es mía, con dos plantas estilo americano, con un tanque de agua que recuerda deliberadamente la chimenea de un barco, sus paredes blancas, sus chapas bordó, su revestimiento de madera laqueada en el piso bajo, los rosales casi perennes en el jardín que dan rosas rojas hasta entrado mayo y se abren nuevamente en primavera. Esa casa perfecta y funcional que obsesionaba a papá, que devoró vacaciones y fines de semana. La casa clara, toda patios y puertas, que todavía no puedo pisar sin un temblor muy leve, pero suficiente para delatarme. La casa grande que ahora resulta ridículamente inmensa para ellos solos, la perra chiquita y medio ciega, y María, que vivió con nosotros desde tiempos inmemoriales. Ella es la que abre la puerta, despacio pero muy derecha, caminando arriesgadamente sobre los trozos de bayeta que resguardan el piso reluciente.

-¿Qué tal, María? Siempre guapa, ¿eh?

-Vaya, Miguelito, pero si eres tú. Dichosos los ojos. Tu madre ya estaba preocupadísima. Que donde se habrá metido el niño, que si le habrá pasado algo...

-Claro, como hace dos días que no llamo.

-Bueno, Miguel, tú ya conoces a tu madre.

Mamá sale rápido atrás, como si le hubieran avisado. Está delgada y encorvada, con el pelo completamente blanco y los anteojos gruesos de todos los operados de cataratas.

-Vaya, por fin te has dignado acordarte de tu madre- me reprocha, poniendo a medias la cara para el beso.

-No hace tanto desde la última vez que vine, mamá.

Sí, pero tú no te imaginas, no te imaginas. Los días se me hacen siglos y mi artrosis empeora por minutos. Tengo siete dolores, dolores terribles como las siete llagas del Señor. He llegado al máximo del sufrimiento. Cristo en la cruz habrá padecido, pero por lo menos murió en poco tiempo- Hace una pausa y vuelve la cabeza, con cara de misterio vergonzante- Y luego él, él.

-¿Quién?. Pregunto con mi mejor cara de inocencia.

-¿Quién va a ser? Ese hombre, tu padre.

-¿Qué le pasa a mi padre?

-Está cada día más loco, más intratable. ¡Jesús, qué Calvario! Bueno, ya lo verás por ti mismo. Es imposible hablarle.

Sin que me inviten, paso por la cocina hacia el jardín de invierno, mientras mamá se queja a María de mi falta de consideración por no haber avisado a tiempo para que pusieran un plato más.

-Buenos días, papá.

-Ah, Miguel, eres tú. ¿Qué haces por aquí?

-Pasaba... ¿Cómo están ustedes?

-Pues como siempre. Hechos unos trastos.

La perrita me ha oído y viene desde el fondo a lamerme las piernas. Tiene el pelo más ralo, los ojos más opacos, y una alegría torpe que me trae desconsuelo.

-Tendrías que salir un poco de casa.

-Pero si no puedo, no me dan las piernas. Maldita sea, con lo que yo he viajado, y ahora pasarme el día en un sillón. O ye, ¿tú crees que estarán a salvo?

-¿El qué, papá?

-Pues mis monedas de oro. Vaya pregunta.

-Pero sí, papá. Claro que sí. ¿Quién te las va a sacar?

-No sé, pero aquí entra y sale gente. Las mujeres que limpian, alguna enfermera, y lo peor de todo, tu madre.

-¿Mamá?

-¿Qué? ¿Todavía no te ha dicho lo de Luis?

-¿...?

-Pues entérate. Se le ha metido en la cabeza hacerle un mausoleo.

-Un qué?

-Como lo oyes, un mausoleo, bueno, una tumba especial, a todo lujo, con estatua propia y una especie de sala de espera. ¿Para que quiere tu hijo un mausoleo, chupacirios?, me he hartado de decirle. Muerto y bien muerto está bajo una tierra que no conocemos y no hay piedras que lo resuciten. Pero es inútil. Ella y su condenada familia se han pasado la vida tirándoles de las faldas a los curas. Franquistas de mierda, beatos. Di que tu madre era guapa, más guapa que la Rita Hayworth. Son las trampas de la naturaleza. Ahora los dos somos viejos, ella está hecha una bruja por dentro y por fuera y no podemos cambiar dos palabras en paz.

-Bueno, pero lo de la tumba...

-A eso iba. Pues que en el dichoso testaferro se quiere gastar todos nuestros ahorros, el oro. Oro inútil para la puerca muerte. Una bóveda en la Recoleta, con mármol negro y rosa y esculturas. ¡El ángel del Juicio Final bailando sobre el techo! Si es para llorar de ridículo, hombre.

-¿Y por qué en la Recoleta?

-¿Y por qué va a ser? Por presumir. Como toda su casta de militares arruinados, de jugadores y calaveras. Como sus tíos curas de salón y sus primos de la alta sociedad. Cuando tu madre se empecinó en mandarte a ese colegio, solo con el pretexto de que estaba cerca, yo pensé, pues bueno, si el chico es inteligente –que lo eras, vaya si eras listo- él solo se quitará las telarañas de la cabeza. Y me imagino que estarás desengañado.

-Completamente desengañado, papá.

-Así me gusta. Está mal que lo diga, pero tú fuiste siempre el más hombre de los dos.

-Luis era muy chico.

-No tanto. Fue una guerra de meses y no la resistió. Yo estuve siete años y aquí me ves.

-Cuestión de suerte.

-Suerte y ganas de vivir. La vida protege a los que la aman.

-¿Y él no la amaba?

-La amaría, quizá, pero no era fuerte. Tu madre se lo tragó. Era un niño mimado sin experiencia de nada; habrá sufrido, habrá tenido miedo, habrá vacilado... Y vacilar o temer es entregarse. Ella tiene la culpa, desde el principio. Le eligió nombre sin mi consentimiento, lo obligaba a ir a misa, lo tenía pegado a sus faldas. No, no estaba preparado para vivir. Quizá no debía vivir...

La voz de papá se interrumpe. Se vuelve hacia el jardín con la mirada fija.

-¿Pasa algo, papá?

Ahora me mira con una dureza que le cuesta muy cara.

-A mí nunca me pasa nada, Miguel.

La mano apoyada en el brazo del sillón tiembla más de lo usual y me hace un gesto.

-Ayúdame a levantarme.

Cruzamos el patio y caminamos hasta el castaño.

-En casa había uno como éste, pero mucho mejor, más grande. Figúrate tú que lo cortamos para hacer muebles. En este clima de mierda nada crece como debiera crecer. Donde yo me he criado...

-¡Juan! Que os dejéis de hablar, que ya está la comida.

Volvemos. En esta parte el pasto ha crecido muy alto. La pileta donde nadábamos en la niñez se ha convertido en estanque, agrietado y lleno de musgo.

María ha puesto la mesa en el jardín de invierno, donde cuelgan los helechos y se mueren, en una plantera baja, varias hojas raquíticas. Hay tortilla a la española –la especialidad de María- con salchichas. Comemos en silencio y no puedo evitar que mis ojos busquen, obsesivamente, el asiento frontero, el lugar vacío donde se han colocado una servilleta, una silla, dos cubiertos, un vaso con agua fresca.

-¿No te quedarás con hambre, Miguel?

-No mamá, yo nunca como mucho.

-Así estás. Tanto tiempo viviendo solo. Cuando te fuiste de casa tenías diez kilos más.

-Dos kilos, mamá.

-Y luego tus asuntos con esas mujeres, que te han quitado el sueño. Esa abogadita de provincia que se portaba, vamos, como una...

-Tenía nombre propio, y no era una.

-Es que tu madre hubiera preferido que tuvieses asuntos con hombres. La has desilusionado, hijo.

-No sé cómo puedes hablarme de esa forma grosera en público, delante de Miguel. Aunque sí lo sé. Otra cosa de ti no podía esperarse.

-El cumplido se agradece.

-Y lo he dicho sólo por tu bien y por el nuestro, Miguel. Si te hubieras casado con alguien decente... Tú eres ya el único hijo que puede darnos nietos.

-No, mamá. Ya tienen nietos.

He tocado, a propósito, la zona prohibida. Papá se encrespa.

-Parece mentira que insistas, Miguel. De eso, mejor no hablar.

El plato de mamá está todavía lleno.

-Pero si no come usted nada, doña Carmen.

-Ni falta que me hace. Para seguir viviendo así...

-Cada uno tiene la vida que se ha preparado, mujer.

-Por eso estarás tú tan feliz, entonces.

-¿Qué sabes tú como estoy? Y no sé quién ha dicho que hemos nacido para ser felices. Estoy de la única manera en que puede estar un hombre cabal. Bien jodido.

-Que tiene usted una boca, don Juan...

-Cállese ya, mujer. ¿Para que le ha servido a usted la suya? Para llorar y rezar. Siempre lo mismo en todos los años de su condenada vida.

-Condenado será usted si no se arrepiente antes de morir como un blasfemo.

-Al menos moriré diciendo lo que pienso. Si hay un Dios, seguramente no es una vieja cobarde, y tendrá en mayor estima a alguien que se atreva a mandarlo a la puta que lo parió...

María sonríe. Veinte años de convivencia la han habituado a los exabruptos de papá. Han envejecido juntos, y de los tres, ella es la única intacta, la única a la que no alcanzan el tedio y la desesperación. Algún día develaré ese misterio –pienso-, algún día le compraré ese secreto y acaso seré, por fin, un hijo de la vida.

(El silencio pesa demasiado y ha concluido por ahogar el presente. Por un momento único todas las cosas vuelven a ser lo que fueron, alguna vez. Verás a la madre peinarse junto a la ventana. El sol le devora el cabello oscuro, más suave que un ala, con su perfume de alhucema secreta. Cierra los ojos en la hamaca torneada y los rizos negros le anudan la garganta. No sabes en qué sueña y darías un mundo –tu mundo- por saberlo. Una de las manos pálidas se ha detenido un instante sobre el vientre.

El polvo de estos vasos y la pesadumbre de sentarse a contemplar. Ver en el fondo del cristal empañado otros paisajes. Corremos por la calle inmensa, bajo la luz cegadora. Me siento casi padre de ese pibe que trata inútilmente de alcanzarme. Oigo los gritos, el pequeño llanto. Lo levanto, lo acaricio; pienso: no hay nada más hermoso que esa cabeza chica, dócil y ardiente bajo el sol de enero. ...Lo llevo a la escuela por primera vez. La mano breve baila, inquieta, adentro de la mía. Alza la cabeza y sonríe: Miguel, cuando sea grande, ¿voy a poder ser como vos? Y esa muerte que no tiene rostro, porque no vi los ojos, ni la esperanza, ni el tránsito, ni el miedo, ni oí las últimas palabras que son devueltas al mundo para recordarle, para recordarse, que es un hombre quien ha muerto. No pude recibir el último legado inútil que el polvo otorga al polvo, el que necesitamos, sin embargo, para creer que todo ha terminado, para que empiece el olvido.)

.¡María!

-¿Qué se le ofrece a usted, don Juan?

-Haga el favor de quitar de una buena vez ese plato y esos cubiertos. Saque de en medio esa silla vacía. Aquí no comen los fantasmas.

Mamá grita con voz polvorienta y sorda, que ha dejado casi de ser humana y se parece más al chirrido de las puertas en una casa abandonada.

-Esto era ya lo último que me podías hacer, lo último. Quieres arrebatarme hasta el recuerdo de mi hijo.

(Ella estaba contra la luz, en la ventana abierta. Cuando entré se borraron las voces violentas, pero yo las sentía vibrar en el aire caliente, trizadas contra los mosaicos, como el jarrón toledano de la abuela materna. María entró con la escoba, levantaba los restos con su cara impasible de barrer el patio por las mañanas. Yo supe que ella lo aborrecía, que por una vez la indiferencia se había vuelto fervor. El le daba la espalda y me miró. Tenía hinchadas las venas de la frente y le temblaba apenas la mano apoyada sobre el respaldo de la alta silla. Porque la amaba y lo hería de vergüenza ese amor, hasta perderlo.)

-El recuerdo de tu hijo no es una silla puesta para una sombra, no es un plato vacío, no son unos cubiertos inútiles. Si necesitas de eso para recordarlo, bien poca cosa es entonces tu recuerdo.

Ella no llora, porque el llanto es una capacidad de los vivos. Se levanta sin palabra y camina encorvada hacia la puerta.

Quedamos solos en torno a las sillas de mimbre. María recoge los platos. Papá juega con el puño del bastón que apenas usa.

-En el 75 casi volvemos a España. Nueve años ya, y dos que Luis lleva muerto. Sólo a tu madre se le pudo ocurrir enfermarse en esa fecha. No tiene sentido; no, no lo tiene.

Una mosca se ha posado sobre su frente rugosa. El sigue extrañamente inmóvil, sin hacer un gesto.

-Hablar de lo que pudo haber sido, o no haber sido, es siempre necedad. Todos somos estúpidos, porque todos lo hacemos. También tú, ¿verdad?

-También yo.

-Con aquella chica, por ejemplo. Tu novia. Cuantas veces habrás pensado...

-Ya no más, papá.

-De acuerdo. No vamos a hablar de ella. Tampoco del otro.

Pero él es débil, y desmiente sus juramentos.

-Carne de mi carne y sangre de mi sangre. ¿Sabes tú lo que eso significa?

-Puedo imaginarlo.

-La imaginación es una impostora sentimental y grandilocuente. Nada más, Miguel. Sólo cuando tú mismo tengas un hijo.

Golpea bruscamente el suelo con el bastón, quizá para no maldecir una vez más. La gata blanca, que lo odia, lo mira poseída de una ferocidad helada y amarilla.

-El gran cabrón, Miguel, es un gran cabrón. Siempre lo he dicho.

Supongo a quien se refiere y casi sonrío, desviando el rostro para no herirlo. Los insultos le salen siempre demasiado puros, demasiado simples.

-Dime si no es así, Miguel. Pues lo que te da, te lo quita. Vaya si no es ironía. Haberme pasado siete años entre la guerra y la cárcel. Y salir vivo y venir a un mundo donde no había guerras, donde no podía haber guerras. Era estupendo, ¿verdad? Pero tenía su precio, todo tiene su precio. Tuve que entregarlo a él a cambio. El murió de la muerte que yo no tuve. El cumplió un destino del que yo pensé salvarme entonces porque no quería creer en el Otro, porque negaba su fuerza. Maldito sea. Pero El juega a largo plazo. Cómo se habrá reído entonces de mi imbecilidad, de mi juventud. Luego se lo cobró, bien que se lo cobró, llevándose precisamente a ese hijo que se habrá entregado casi con mansedumbre a Su voluntad de muerte, obediente a El, al otro padre.

Suelo respetar esos delirios, esos discursos oscuros que olvidan la responsabilidad de los hombres y la crueldad minuciosa de la historia, y cuyo hechizo imprecatorio detiene el tiempo y el movimiento de las cosas.

(Nos acercamos los dos al borde de un barranco. El abajo no existe o tal vez es el arriba, y el fondo se confunde con el cielo. Vestidos de harapos de nube o de excrementos de la tierra, solitarios como los últimos parias del mundo o acaso espantosamente acompañados por la abrumadora compañía del Otro (el incomprensible, el inaccesible) que se iguala con la más profunda soledad. Hijos los dos por fin del abandono que todo lo ha envuelto, no sólo el estanque verdinegro y el pastizal ajeno a la ley humana, no sólo la silla del jardín que se oxida prolijamente bajo los naranjos. El abandono está en la casa y ha despintado las paredes y ha abierto paso a las filtraciones de agua que manchan el cielo raso y levantan las cáscaras de decencia que cubren la pared. La casa envejece como ellos y madura para la muerte, entregada al desamparo que resucita recuerdos y proyecta fragmentos de sueños sobre los muros. Mi imagen deformada como una sombra china, mi cabeza, súbitamente de payaso, mi cuerpo discordante y cobarde que sin haber luchado está copiando los estertores de la derrota. Es que acaso no he partido nunca del círculo mágico. Ella, la hechicera, sentada en el centro de la casa que hizo edificar, trazando con un compás preciso los límites de la lenta muerte que es su reino y que llevo ya pegada a los huesos como una enfermedad que sus palabras y sus gestos rigen. Alfileres sobre mi retrato colgado en el cuarto de niño. Falta clavar el último en el más hondo lugar del corazón, pero la madre que también es vida, que a su pesar también es vida, teme hacerlo.

No hemos salido aún de su vientre y ella es avara. No quiere olvidarnos ni olvidarse en la entrega del alumbramiento. La luz es su enemiga. Ella la deja entrar a condición de que no toque ni transforme, a condición de que no pase las barreras de cristal en donde nos encierra. Días en que vuelvo a ser el prisionero de ese amor oscuro. Macho sin piernas, padre decapitado, niño sin ojos que llora en los corredores, bajo la sombra lunar mezclada en las cobijas del dormitorio. Bajo la sombra blanca que confunde y se confunde con todo, invasora y tramposa. Sombra de agua oceánica que nos sepulta en la profundidad, durmientes. Flotamos despacio en el fondo terrible, envueltos en membranas que se trasparecen. Animales del origen, ajenos al mundo, cuya respiración es un canto sordo, inaudible para los otros, los seres de la calle exterior, los que no están atrapados en el abismo blanco, rodeados por un cerco de llama helada, que detiene los movimientos.

El cielo, padre del viento, está afuera, y también la tierra real. Deseo de tocar el barro con las manos y los labios, de entreverarme en la humedad negra, como un germen o una raíz muerta, para renacer. Salir, intrincados en el estiércol, en las patas de los caballos hacia los caminos prohibidos, nosotros, los extranjeros, los que reptamos por las paredes del acuario como medusas de piel pálida. Y el aire diurno y la luz cenital nos matarían.)

El resplandor gris cae sobre la cabeza de papá, que también era gris y ahora se ha vuelto completamente blanca, como bajo el influjo de un tiempo lunar, como si todo tiempo estuviera en definitiva gobernado por el poder de la luna. El rostro ha perdido gestos, la enfermedad ha fijado su mirada en una obsesión, un dolor.

Están los dos distantes, como han estado siempre. El en el gran sillón del jardín de invierno; ella acostada sobre el silencio del dormitorio, atentos ambos al rumor subterráneo de las aguas de disolución.

Papá me mira, y sé que está creando mi imagen otra vez; sé que dentro de poco le costará un esfuerzo indecible reinventarme, ubicarme en las galerías de la memoria que tantos derrumbes han bloqueado. Sé que pronto sólo habrá espacio libre para Luis. El que se ha quedado. Al que aman por haberse detenido, porque reposa en el fondo de la caja de cristal, porque les es cercano y semejante, hijo, al fin, de la pasión inútil, de la muerte.

He caído en el sueño, insensiblemente, como quien da en el lugar donde siempre estuvo. Mirar las sombras de la pared durante semanas incontables. Amor mío aferrado a un poco de polvo y agua que finge solidez. Sólo finge. Así ella, cuando se inclina sobre mi frente de enfermo para besarme. En realidad sólo quiere a Luis, que duerme en la cuna frontera. Ella me ama con un aire ausente, ese aire de seductora lejanía que todas las mujeres hermosas asumen frente a los hombres que no les interesan. Tiene los ojos transparentes hacia la mitad de la tarde; se vuelven de una miel amarilla y traslúcida. Son ojos fríos y amargos de gata majestuosa que no ha conocido las horas del celo ni de la ternura. Aprieto su mano demasiado blanca y sin anillos. No usa alianza matrimonial sino una leve filigrana de plata que acaso es una joya de infancia, quizá el primer tributo a su belleza del padre más amado. El hombre apuesto de bigotes negros fue mi abuelo, coronel falangista que odiaba con generosidad sin medida al miserable marino republicano que era entonces Juan Manuel Neira. Y ella –la he visto- pone flores a escondidas frente al retrato del abuelo muerto, que reposa (imprecisión de todo lo sacro) en tierras de Málaga o Jaén, en una mítica ciudad de casas blancas que las hordas no hollaron, acaso aburrido al lado de una mujer tan poco interesante como fue la suya. Pequeña y rubia, semiescondida por la mantilla negra (frente y perfil), los ojos muy azules. Lo mejor que tenía era la piel –comentaba mamá- una porcelana. Pero no era una reina como la mujer que se sentaba en la mecedora, mirándome distraída, dispuesta a esperar que la fiebre bajara con el hechizo de esa hipnosis negligente.

Restos de músicas en salones olvidados. Hemos ido al Café Español, hemos visto bailarinas anacrónicas golpeando inútilmente vuelos y pies y polvo dorado por las luces tristes de un falso tablao. Ella inclinaba su cabellera de andaluza hacia la cabeza castaña de mi padre. Esa sonrisa, despectiva o piadosa, con los labios muy rojos, pintados casi a la moda de su primera juventud.

Restos de voces en los salones agobiados de humo, donde se jugaba a la brisca y se mentaba a Azaña, a Negrín, a Sánchez Albornoz, ya legendario presidente de la República Española en el exilio. Salones embellecidos por la clandestinidad (ni una palabra a tu madre de que hemos estado aquí, ¿eh, Miguelito?). Avenida de Mayo, llena de libros viejos y de mozos de gallegos, con los que mi padre, también gallego, hablaba de Vigo, de centollas, de olor a mar, de rumores entre la niebla, de pesqueros perdidos para siempre, de mágicas mareas sometidas a una luz espectral.

Entonces mi padre estaba vivo y soñaba sus sueños materiales, hechos de aromas y sabores, de tactos secretos –piel de mujer o viento-, con la cabeza apoyada sobre el puño y la otra mano en mi hombro. Estábamos los dos juntos del lado de una vida rica y clara, en un reino siempre verde con arroyos dormidos que entregaban dócilmente unas truchas de plata al primer chicuelo desprevenido que se aventurase a llevárselas. Pero aquella vida no tenía de real más que la nostalgia. Era tan lejana como la grave y monótona música de gaita que mi padre había oído tantas veces, con alegría descuidada, en las fiestas de todos los santos patronales.

Música nacida otra vez en mi sueño, reclamándome credulidad absoluta, fervor esencial, lealtad a un mundo que no me pertenece y al que ya no pertenezco. Un lugar al que volveré algún día, aun contra mi voluntad, como se vuelve a los primeros cuentos, antes de morirme.

Ella también pensaba eso, claro, cuando leía las cartas, papeles quebradizos, envueltos en cintas de un azul desvaído, en sobres destartalados y atesorados por fin en un cofrecito que yo quería imaginarme de palo rosa, como aquel en donde guardaba Ana de Austria los herretes que denunciaban su infidelidad. Cartas vanas que la distancia o la muerte prometían la existencia de una vida ideal e imposible, malos versos (todavía rubendarianos o esproncedistas) transfigurados por una luz amarga filtrada y decantada, proveniente de la musa inspiradora que leyéndolos se demoraba en el sufrimiento. Y luego poner la mano sobre el antiguo lugar del corazón y pensar en la desdicha de la malcasada, en el absurdo destierro, en el marido incomprensible o en el padre muerto.

Un padre a quien, al cabo, ella debía su lamentable matrimonio con aquel muchacho simpático pero ordinario, atractivo pero inconveniente, que la cortejaba como ella pensaba que podía hacerlo un perro con una dama, o un ama. Porque él, en su afán por complacerla, no ahorró las adulaciones. Entre las cartas más necias estaban las suyas. Cartas implorantes, que resucitaban los términos del amor cortés, los elevados influjos espirituales ejercidos por la señora de los pensamientos, donde el deseo se volvía sumisión y la impaciencia, espera. Cartas modestas y tiernas, cartas cursis, que lo humillaban duramente a mis ojos. El único hombre que le importó en la vida después del coronel –lo supe mucho después- jamás le había escrito una sola línea.

Canción perdida en Buenos Aires al Oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987.

Pueden visitarla página de la autora acá

 

martes, 4 de octubre de 2011

¡No me neutralicen!

 

Últimamente estoy preocupada, mis nietos me hablan y me pregunto qué raíces los sostienen, porque no son por cierto aquellas que conozco en las que un niño era un niño y no un pequeño y la vida iba de vos y no de tú.

Coño y joder son maravillosas palabras para quien tiene costumbre de hablar en lengua hispana, pero se traban en la lengua argentina que más tiende a carajos, ufas y mierda… No es propio de mi oído escuchar mírame en vez de mirame, ni alcánzame el balón en vez de dame la pelota. Las pobres criaturas por su parte bastante difícil la tienen aprendiendo doble lengua: la del barrio y la de la tele.

Claro que nada es inocente. Cuando yo era chica los dibujitos tenían voces más autóctonas, ahora, será por esto de ahorrar y uniformar, las voces neutras llevan la delantera y de tan neutras una termina no sabiendo si pertenecen a algún punto del continente o a las profundidades oceánicas de ese poder sutil y terrible, siempre invisible, inasible y de objetivos claros, entre ellos la masificación hasta de los sonidos.

No es tema menor este porque los sonidos guardan memoria emocional y al identificarnos nos brindan base y sentido, el monótono murmullo de la lengua neutra rompe fronteras enriquecedoras, (¿qué hay más nutricio que descubrir el mundo en la mirada de alguien nacido en otro espacio con otras sonoridades?), para dejarnos con esas otras fronteras indiferenciadas que nos hacen sentir hijos de ninguna parte, herederos de nada.

De tanto intentar comprender este nuevo movimiento lingüístico ya no sé si servirle a los niños o pequeños leche o malteada, si hablarles de tú o de vos, si decirle no jodas o no fastidies, si decirles escucháme (¡el acento no es gramatical sino sonoro!) u oye… Peor se me hace cuando el martillo ya no es martillo sino “pat” (gracias a Many manitas) y el destornillador es Phillips y las herramientas “Tools”, y ni hablar si empezamos con los “Pets” especies de monstruos plásticos que intentan mostrar el lado tierno de los animalitos con deformidades incorporadas, o de los multijuegos tecnológicos que incorporan la tarjeta de crédito para “peques” de tres años en adelante, pues qué mejor que enseñarles a consumir desde el inicio, sobre todo cuando la posibilidad de andar libremente en bicicleta por la vereda, y otros tantos juegos entre vecinitos, ahí en al puerta de las casas, bajo la mirada tranquila de madres o abuelas, quedaron como recuerdo insólito de los mayores.

Cientos de juegos están listos en la computadora para llevar a niños y adultos a un universo mágico y terrible en el que no hay distancias, ni diferencia, ni olores ni texturas, ni otros reales, tangibles, presentes, el vínculo es en soledad y a la distancia con ilusión de presencia. Si no es la computadora es la televisión la que enseña y el tiempo de reunirse con un simple juego de cartas, con un cuento o un partido de pelota en la calle, con charlas intrascendentes o trascendentes compartidas por todos va cediendo espacio cada vez más a este autismo neutro en que todos somos partícipes dándonos cuenta o sin darnos cuenta. Por que la lengua es madre de los gestos, de las creencias, del punto de vista y por tanto de la mirada y las reflexiones que alcanzamos, es quien nos anuda en los eslabones de la historia y da forma a la memoria y con ello nos brinda identidad. Neutralizada, convertida en forma sin fondo, en sonidos sin pertenencia, origen ni identidad, hace de todos nosotros habitantes de ninguna parte, hijos de nadie, portadores de nada…

No quiero, definitivamente no quiero que me neutralicen, prefiero llevar a mis nietos a embarrarse en cualquier charco, o con tempera aunque se me estropeen las paredes, mientras inventamos dragones y luces malas, y degustamos este “voceo” tan propio de los argentinos y enfatizamos el “che” que al fin y al cabo significa gente, y gente somos, gente de aquí con esta memoria y esta historia y no otra, que más allá de gustos y disgustos (que son bastantes) es la propia y sólo por ello tan valiosa.

© Ana Cuevas Unamuno

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