sábado, 15 de diciembre de 2012

Navidad y solsticio

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NAVIDAD: SOLSTICIO de invierno.

(PARA NOSOTROS HABITANTES DEL HEMISFERIO SUR: SOLSTICIO DE VERANO)

La verdad es que esto ya se los conté, pero me dieron ganas de contarlo de nuevo, y espero que a ustedes les den ganas de compartirlo)

MUCHAS FELICIDADES PARA TODOS!!!!!

 

Luz y Oscuridad conforman y construyen la totalidad de la existencia. Es en su eterno juego, en ese combate que imaginamos, aunque bien podría ser tan solo un fluir natural, como se recrea la vida a si misma y se modifica la realidad perceptible para la mirada humana.

Luz y Oscuridad, una misma esencia, una sola cosa que sin embargo percibimos en aspectos separados dentro y fuera nuestro, así como dentro y fuera la misma historia del cielo y la tierra se manifiesta en nuestra propia historia cotidiana.

Dicen los antiguos:

“Así como es en lo alto es en lo bajo, como es en lo grande es en lo pequeño, como es adentro es afuera, porque todas las cosas son una única cosa y la misma”

Cada momento de la historia de los cielos ha ido construyendo en la imaginación de los hombres una historia posible de ser narrada en miles de versiones que a pesar de sus diferencias guardan la misma esencia central. Es a través de estas historias como ha intentado, e intenta, el ser humano comprender la existencia de si mismo y más allá de si mismo.

Que llamemos a las estaciones: Fenómenos naturales y les encontremos una magnifica explicación meteorológica, nos sitúa dentro de una realidad analítica meramente racional, que si bien es cierta nos deja vacíos de sentido interior. Desde esta mirada el cielo es algo diferente de nosotros, y nuestra vida con sus diversos cambios y procesos un misterio inexplicable.

Los mitos, por el contrario, personifican esos procesos y fenómenos dándole así al hombre la posibilidad de traer el cielo a su vida y comprenderlo en su interior sintiéndose parte de una totalidad mas vasta.

Los cuentos nos ayudan a sumergirnos en el misterio desde el corazón y abrir los ojos del alma a una mayor comprensión de la cotidianidad de cada uno.

De todas las posibilidades elijo los cuentos y eso es lo que para este solsticio voy a regalarles....

 

LEYENDA DE INVIERNO

(Esta leyenda es una adaptación mía a algo escuchado allá…hace tiempo..cuando todavía no alcanzaba el borde de la mesa)

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Cuando ELA, el Gran Espíritu, hubo creado todo, vio que aún faltaba el movimiento y la sorpresa. Entretenido en su crear dio forma a sus cuatro hijos del clima: Primavera, Verano, Otoño e Invierno. Apenas cobrar vida ellos se miraron entre si y antes del abrazo comenzó la batalla, cada quien lleno de envidia por los atributos del otro, gritaban y discutían sin freno. Ela, sorprendido, buscó consejo en sus hijos mayores y así llegaron a la reunión: La abuela Luna, La diosa Madre Tierra, La Señora de los Mares, el Padre Sol y el Señor de las Tinieblas.

Los cinco miraron atentamente a las nuevas criaturas, y sin poder evitarlo cada quien tomó partido por alguno de los nuevos hijos.

Cómo no amar a Primavera y Verano con sus colores floridos y sus aromas alegres, se excusó la Madre Tierra, tus otros hijos me desgarran y aniquilan ¿y tú pretendes que los quiera?

¿Qué harías tú la siempre llena, la siempre generada, sin ellos? Pregunto Ela.

La Madre Tierra meditó y al cabo respondió: siempre sabio en tus juicios, siempre benévolo, recibo con amor a quienes detendrán mi desenfreno tanto como a los que me brindarán impulso

No necesito yo quien detenga mi fuerza, ni toleraré que se opongan a mi paso, de tus hijos recibo a aquel que sabe rendir honor a mi brillo, arguyó el Padre sol, que veía en Verano su propio reflejo en esplendor.

¡Ignorantes! Gritó el Señor de las Tinieblas, es qué no veis que es Invierno quien tiene la potencia de la vida, en él reside la única sabiduría, la promesa, la posibilidad eterna. ¿Y cómo no agradecen a Otoño que limpia lo gastado y permite que todo se renueve?

Así como mis aguas limpian las costas y se agitan dentro y fuera, no veo yo forma de elegir entre ellos, cada uno me nutrirá, cada uno modificará mi curso y naturaleza, a los cuatro los recibo con agrado, dijo la Señora de los Mares. Es también esa mi decisión contesto la Madre Luna que vio en las criaturas su propio reflejo. Tú Verano serás mi plenitud a la que llegaré gracias a ti querida niña Primavera. Tú Otoño me ayudarás a menguar hasta alcanzar el vacío en tú tiempo querido Invierno, ¡Gracias Ela por completar mi diseño en tus hijos!

Todos, hasta Ela la miraron sorprendidos, ninguno antes que ella se había percatado de la semejanza.

No ha sido por ti querida hija que ellos así fueron hechos, en ti y en ellos tan sólo trace mi único ritmo, la eterna melodía.

Dos fueron los Dioses que tomaron partido, las diosas aceptaron el reto.

Ela fastidiado con la pelea absurda de sus hijos les dijo con autoridad: ¡Todos ustedes son mi decepción, no han comprendido aún, los envío por ello a un sitio donde atrapados en la rueda de mi canto deberéis vivir hasta tanto sepan retornar a mi!

Dicho esto una bruma todo lo cubrió y apenas despejarse comprendieron los Dioses que se hallaban en una esfera llena de vida, lejana a su propio reino. Pasado el primer susto cada quien se apropió del territorio que más le agradaba.

Este es nuestro hogar ahora, Ela así lo ha querido, así sea entonces, que no lamentaremos su elección.

—Mías son por cierto las aguas porque Diosa de ellas soy.

—Y mía la tierra toda, la vida que hay en ella y la que será, la muerte también reclamo, diosa de la Tierra nací y por naturaleza me pertenece.

Divididas las aguas de la Tierra nada quedaba en la esfera. Dijo entonces el Padre Sol:

—Si deseáis permanecer en ella, yo seré señor de toda su circunferencia, libre de ir y venir.

La abuela Luna interrumpió suavemente:

— Libre serás compartiendo los cielos conmigo, juntos viajaremos observando a las nuevas criaturas.

—No será conmigo con quien viajes, grito el sol malhumorado.

— Será entonces tras de ti respondió la Abuela.

La voz del Señor de las tinieblas impidió que continuara la discusión:

—¡Nunca será tuyo el cielo, soy yo quien por derecho lo reclama!

— ¿Y cuál es tu derecho? — preguntó molesto el Sol

—Los cielos mismos guardan mi color.

Miraron todos las tinieblas de los cielos, sin saber que retrucar, mas el sol dijo:

—Es porque este cielo guarda tu forma que las criaturas todas aun no han despertado, ¡triste mundo este de durmientes!, romperé las sombras, llevaré mi luz y ella inundará de vida y despertará el movimiento.

La última palabra se confundió en impulso y antes que los demás pudiesen comentar ya brillaba el sol rasgando las sombras y encandilando la esfera.

Furioso, el Señor de las tinieblas corrió para alcanzarlo y corrió el sol y en la carrera de ambos se confundió el tiempo.

Los cuatro hijos menores que hasta entonces no habían hablado, sintieron enloquecer sus fuerzas, tan pronto se avivaban como decaían, desesperados pidieron ayuda a las Diosas, quienes luego de meditar llegaron a unánime decisión. Así fue como convocaron a sus hermanos a conferencia y con autoridad dijeron:

—La lucha entre ustedes no puede dañar a otros, de nosotras nacieron y a nosotras volverán si no cesan ahora. Tan imperioso y feroz fue el grito que ambos se detuvieron y como niños pescados en una travesura bajaron la vista.

Cada uno expuso sus razones para entronarse amo de todo, sus gritos retumbaban mas allá, hasta los oídos de Ela, alterando la armonía que hasta entonces existía. Las Diosas furiosas les arrebataron las fuerzas diciendo:

—Así lo han querido, desde ahora y hasta que vuelvan a saberse UNO sus fuerzas crecerán y disminuirán de tiempo en tiempo, pasaran la eternidad persiguiéndose y batallando, y los hermanos menores serán desde hoy quienes permanezcan junto a nosotras trazando el dibujo de la batalla para despertar a las criaturas de este mundo,

Dicho esto enviaron al Padre Sol a lo alto del cielo donde la abuela Luna le vigilaría por siempre, y al Señor de las tinieblas lo llevaron a la profundidad de la Diosa Madre Tierra y a los abismos de la Señora de los Mares y las aguas, y dicen que ese día se separaron los Dioses para siempre y desde entonces dura la gran batalla.

Al cielo fueron la Abuela Luna, el Padre Sol, Primavera y Verano, en la tierra quedaron la Madre Tierra, la Diosa de las Aguas, Otoño e Invierno, y ese mundo dejo de ser uno y se trasformo en Dos. Cuando las criaturas despertaron por la bulla de los Dioses nunca supieron que alguna vez había sido Uno porque ellos solo pudieron ver el Dos, sin embargo en sus corazones quedo la nostalgia del Uno nunca visto, y por esa nostalgia comenzaron a buscarlo recorriendo en si mismas las formas que creaban los dioses en sus luchas.

Y dicen que desde entonces cada vez que las diosas de la tierra dan vida a un hombre y le empujan a crecer, tarde o temprano el Señor del Otoño los encuentra y confabulado con el dios del Invierno los empuja al decaimiento, hasta que las diosas le dan muerte para transformarlo en nueva semilla.

Aun hoy continúa la batalla entre el sol y las tinieblas, en este complejo mundo de opuestos que aún no alcanza su síntesis ultima. Para unos hoy es el día del triunfo solar y celebran por ello el Solsticio de Verano, para otros el triunfo pertenece a las tinieblas, celebran entonces el Solsticio de Invierno. Todo es según el sitio en que se encuentre quien observa.

¡Eso es el solsticio, tiempos de grandes batallas, un Dios muere otro nace y en ese nacer y morir de los dioses todos tenemos una oportunidad de despertar!

¡FELIZ NAVIDAD. FELIZ SOLSTICIO!

©-1998-Ana Cuevas Unamuno

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Con los ojos cerrados

 

Un cuento de Reinaldo Arenas

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A usted sí se lo voy a decir, porque sé que si se lo cuento a usted no se me va a reír en la cara ni me va a regañar. Pero a mi madre no. A mamá no le diré nada, porque de hacerlo no dejaría de pelearme y de regañarme. Y, aunque es casi seguro que ella tendría la razón, no quiero oír ningún consejo ni advertencia. 
Por eso. Porque sé que usted no me va a decir nada, se lo digo todo. Ya que solamente tengo ocho años voy todos los días a la escuela. Y aquí empieza la tragedia, pues debo levantarme bien temprano -cuando el pimeo que me regaló la tía Grande Ángela sólo ha dado dos voces -porque la escuela está bastante lejos. 
A eso de las seis de la mañana empieza mamá a pelearme para que me levante y ya a las siete estoy sentado en la cama y estrujándome los ojos. Entonces todo lo tengo que hacer corriendo: ponerme la ropa corriendo, llegar corriendo hasta la escuela y entrar corriendo en la fila pues ya han tocado el timbre y la maestra está parada en la puerta. 
Pero ayer fue diferente ya que la tía Grande Ángela debía irse para Oriente y tenía que coger el tren antes de las siete. Y se formó un alboroto enorme en la casa. Todos los vecinos vinieron a despedirla, y mamá se puso tan nerviosa que se le cayó la olla con el agua hirviendo en el piso cuando iba a pasar el agua por el colador para hacer el café, y se le quemo un pie. 
Con aquel escándalo tan insoportable no me quedó más remedio que despertarme. Y, ya que estaba despierto, pues me decidí a levantarme.
La tía Grande Ángela, después de muchos besos y abrazos, pudo marcharse. Y yo salí en seguida para la escuela, aunque todavía era bastante temprano.
Hoy no tengo que ir corriendo, me dije casi sonriente. Y eché a andar bastante despacio por cierto. Y cuando fui a cruzar la calle me tropecé con un gato que estaba acostado en el contén de la acera. Vaya lugar que escogiste para dormir -le dije-, y lo toqué con la punta del pie. Pero no se movió. Entonces me agaché junto a él y pude comprobar que estaba muerto. El pobre, pensé, seguramente lo arrolló alguna máquina, y alguien lo tiró en ese rincón para que no lo siguieran aplastando. Qué lástima, porque era un gato grande y de color amarillo que seguramente no tenía ningún deseo de morirse. Pero bueno: ya no tiene remedio. Y seguí andando.
Como todavía era temprano me llegué hasta la dulcería, porque aunque está lejos de la escuela, hay siempre dulces frescos y sabrosos. En esta dulcería hay también dos viejitas de pie en la entrada, con una.jaba cada una, y las manos extendidas, pidiendo limosnas... Un día yo le di un medio a cada una, y las dos me dijeron al mismo tiempo: Dios te haga un santo. Eso me dio mucha risa y cogí y volví a poner otros dos medios entre aquellas manos tan arrugadas y pecosas. Y ellas volvieron a repetir Dios te haga un santo, pero ya no tenía tantas ganas de reírme. Y desde entonces, cada vez que paso por allí, me miran con sus caras de pasas pícaras y no me queda. más remedio que darles un medio a cada tina. Pero ayer sí que no podía darles nada, ya que hasta la peseta de la merienda la gasté en tortas de chocolate. Y por eso salí por la puerta de atrás, para que las viejitas no me vieran.
Ya sólo me faltaba cruzar el puente, caminar dos cuadras y llegar a la escuela.
En ese puente me paré un momento porque sentí una algarabía enorme allá abajo, en la orilla del río. Me arreguindé a la baranda y miré: un coro de muchachos de todos tamaños tenían acorralada una rata de agua en un rincón y la acosaban con gritos y pedradas. La rata corría de un extremo a otro del rincón, pero no tenía escapatoria y soltaba unos chillidos estrechos y desesperados. Por fin, uno de los muchachos cogió una vara de bambú y golpeó con fuerza sobre el torno de la rata, reventándola. Entonces todos los demás corrieron hasta donde estaba el animal y tomándolo, entre saltos y gritos de triunfo, la arrojaron hasta el centro del río. Pero la rata muerta no se hundió. Siguió flotando bocarriba hasta perderse en la corriente.
Los muchachos se fueron con la algarabía hasta otro rincón del río. Y yo también eché a andar.
Caramba -me dije-, qué fácil es caminar sobre el puente. Se puede hacer hasta con los ojos cerrados, pues a un lado tenernos las rejas que no lo dejan a uno caer al agua y del otro, el contén de la acera que nos avisa antes de que pisemos la calle. Y para comprobarlo cerré los ojos y seguí caminando. Al principio me sujetaba con una mano a la baranda del puente, pero luego ya no fue necesario. Y seguí caminando con los ojos cerrados. Y no se lo vaya usted a decir a mi madre, pero con los ojos cerrados uno ve muchas cosas, y hasta mejor que si los lleváramos abiertos... Lo primero que vi fue una gran nube amarillenta que brillaba unas veces más fuerte que otras, igual que el sol cuando se va cayendo entre los árboles. Entonces apreté los párpados bien duros y la nube rojiza se volvió de color azul. Pero no solamente azul, sino verde. Verde y morada. Morada brillante como si fuese un arcoiris de esos que salen cuando ha llovido mucho y la tierra está casi ahogada.
Y, con los ojos cerrados, me puse a pensar en las calles y en las cosas; sin dejar de andar. Y vi a mi tía Grande Ángela saliendo de la casa. Pero no con el vestido de bolas rojas que es el que siempre se pone cuando va para Oriente, sino con un vestido largo y blanco. Y de tan alta que es parecía un palo de teléfono envuelto en una sábana. Pero se veía bien.
Y seguí andando. Y me tropecé de nuevo con el gato en el contén. Pero esta vez, cuando lo rocé con la punta del pie, dio un salto y salió corriendo, Salió corriendo el gato amarillo brillante porque estaba vivo y se asustó cuando lo desperté. Y yo me reí muchísimo cuando lo vi desaparecer, desmandado y con el lomo erizado que parecía soltar chispas.
Seguí caminando, con los ojos desde luego bien cerrados. Y así fue como llegué de nuevo a la dulcería. Pero como no podía comprarme ningún dulce pues ya me había gastado hasta la última peseta de la merienda, me conformé con mirarlos a través de la vidriera. Y estaba así, mirándolos, cuando oigo dos voces detrás del mostrador que me dicen: ¿No quieres comerte algún dulce? Y cuando alcé la cabeza vi que las dependientes eran las dos viejitas que siempre estaban pidiendo limosas a la entrada de la dulcería. No supe qué decir. Pero ellas parece que adivinaron mis deseos y sacaron, sonrientes, una torta grande y casi colorada hecha de chocolate y de almendras. Y me la pusieron en las manos. 
Y yo me volví loco de alegría con aquella torta tan grande y salí a la calle.
Cuando iba por el puente con la torta entre las manos, oí de nuevo el escándalo de los muchachos. Y (con los ojos cerrados) me asomé por la baranda del puente y los vi allá abajo, nadando apresurados hasta el centro del río para salvar una rata de agua, pues la pobre parece que estaba enferma y no podía nadar.
Los muchachos sacaron la rata temblorosa del agua y la depositaron sobre una piedra del arenal para que se oreara con el sol. Entonces los fui a llamar para que vinieran hasta donde yo estaba y comernos todos juntos la torta de chocolate, pues yo solo no iba a poder comerme aquella torta tan grande.
Palabra que los iba a llamar. Y hasta levanté las manos con la torta y todo encima para que la vieran y no fueran a creer que era mentira lo que les iba a decir, y vinieron corriendo. Pero entonces, puch, me pasó el camión casi por arriba en medio de la calle que era donde, sin darme cuenta, me había parado.
Y aquí me ve usted: con las piernas blancas por el espatadrapo y el yeso. Tan blancas como las paredes de este cuarto, donde sólo entran mujeres vestidas de blanco para darme un pinchazo o una pastilla también blanca.
Y no crea que lo que le he contado es mentira. No vaya a pensar que porque tengo un poco de fiebre y a cada rato me quejo del dolor en las piernas, estoy diciendo mentiras, porque no es así. Y si usted quiere comprobar si fue verdad, vaya al puente, que seguramente debe estar todavía, toda desparramada sobre el asfalto, la torta grande y casi colorada, hecha de chocolate y almendras, que me regalaron sonrientes las dos viejecitas de la dulcería.

 

Reinaldo Arenas; Breve reseña sobre su obra

Reinaldo Arenas nació en Holguín, Oriente, Cuba en 1943. Pasó su primera infancia en el campo, hecho que lo marcó como escritor, según sus propias palabras :El hecho de haber sido un niño aislado y haber crecido en una granja, lejos de la gente y de la civilización y en condiciones de pobreza, constituyó un factor motivador importante en mi formación de escritor. En mis libros trato de comunícar mi felicidad y mi infelicidad, mi soledad y mi esperanza.
Posteriormente, se trasladó a La Habana para continuar sus estudios en la Facultad de Filosofia y Letras. Ganó un concurso de literatura infantil en 1963, y Elíseo Diego lo invitó a trabajar en la Biblioteca Nacional, donde continuó hasta 1968. Trabajó también en Casa de las Américas y entre 1967 y 1971 fue redactor de La Gaceta de Cuba.
En 1967 aparece su primera novela Celestino antes del alba, que fue su único libro publicado en Cuba. El libro es una evocación de las visiones fantásticas de un niño raro que habita en la Cuba rural prerrevolucionaria. La imaginación, la poesía, el juego se conjugan con la dureza de lo vivido día a día, el hambre, la violencia, la represión y operan en magnífica síntesis alquímica. Ya por entonces, Arenas empieza a convertirse en un mito ; Lezama Lima, con una de sus frases lapidarias, dice de él : El soplo del genio no tiene límites, puede llegar a un pastor holguinero.
Su segunda novela, El mundo alucinante obtuvo mención en el concurso de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) pero no mereció el primer premio pues ciertas escenas eróticas ofendían, y , por otra parte, la novela contenía ciertas implicancias antirrevolucionarias. Por este motivo, Arenas tendrá que publicarla fuera de Cuba, en México, en 1969. Su traducción al francés obtuvo el premio a la mejor novela extranjera, con lo cual el escritor selló su reconocimiento internacional. A partir de entonces, todos sus escritos fueron prohibidos. Sin embargo, Arenas se las arregló como para continuar escribiendo y enviar fuera de Cuba sus manuscritos. Logró así publicar Con los ojos cerrados (Uruguay,1972, reeditado posteriormente con el título Termina el desfile) y El palacio de las blanquísimas mofetas (en traducción francesa, 1975).
El manuscrito de su novela Otra vez el mar, que trata críticamente el período revolucionario, fue dos veces confiscado por las autoridades cubanas. Tras haber sido arrestado en 1974 aparentemente por delito de homosexualidad, Arenas pasa un tiempo en un campo de reeducación donde intenta reconstruir su novela, que finalmente reescribirá poco después de llegar a los Estados Unidos, en 1980, en el famoso éxodo de Mariel.
Estableció su residencia en Nueva York, donde publicó, entre otras, las siguientes obras: El central (1981), La loma del ángel (1987), El portero (1989), Viaje a La Habana (1990) y su autobiografia, que acaba de ser reeditada, Antes que anochezca. 
El aspecto fundamental que caracteriza a toda la producción de Reinaldo Arenas es su capacidad para combinar realismo y fantasía, para plasmar cuadros sumamente precisos y, al mismo tiempo, obsesivamente irreales de la vida cubana. Arenas no está interesado en el drama exclusivamente realista; desea mostrarle al lector la secreta historia de las emociones, las victorias del placer y las pequeñas deshonestidades del alma y para ello recurre a la imaginación, a la fabulación. Así, por ejemplo, el niño protagonista de Celestino antes del alba tiene problemas para distinguir entre realidad y fantasía e imagina, entre otras cosas, que puede volar y estar a salvo entre las nubes, lejos del mundo de miseria y violencia que lo rodea. En El mundo alucinante ficcionaliza la vida de fray Servando Teresa de Mier convirtiendo a la novela en una enciclopedia, histórica, ficticia y literaria de la época moderna.
Abilio Estévez, el escritor cubano autor de Tuyo es el reino, afirma que no podemos prescindir de Arenas si queremos entender un poco a esta Isla terrible. Nos maldice y llegamos a quererlo, como deberíamos amar al demonio que nos salva mostrándonos el espanto de nuestras vidas, afirma. 
Reinaldo Arenas se suicidó en 1990. De alguna manera, su suicidio está previsto en una de las primeras y hermosas frases de Antes que anochezca :El sabor que recuerdo es el sabor de la tierra.
A la sombra de la mata de almendras, Con los ojos cerrado y El hijo y la madre integran el libro de relatos Termina el desfile, editado por Seix Barral.

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miércoles, 14 de noviembre de 2012

El sabio que tomó el poder

Un cuento de Augusto Monterroso

Un día, hace muchos años, el Mono advirtió que entre todos los animales era él quien contaba con la descendencia más inteligente, o sea el hombre. Animado por esta revelación empezó a estudiar un gran lote de libros arrumbados desde antiguo en su casa y, a medida que aprendía, a conducirse como ser importante frente a las situaciones más comunes. Fue tal su empeño que en poco tiempo hizo enormes progresos, aconsejado por la Zorra en política y en saber por el Búho y la Serpiente. De esta manera, ante el asombro de los inocentes, pronto inició su ascenso a la cumbre, hasta que llegó el día en que amigos y enemigos lo saludaron secretario del León. Sin embargo, durante un insomnio (en los que había caído desde que sabía que sabía tanto), el Mono hizo aún otro descubrimiento sensacional: la injusticia de que el León, que contaba únicamente con su fuerza y el miedo de los demás, fuera su jefe; y él, que si quisiera, según leyó no recordaba dónde, con un poco de tesón podía escribir otra vez los sonetos de Shakespeare, un mero subalterno. A la mañana siguiente, armado de valor y aclarando una y otra vez la garganta, durante más de una hora expuso al León con largas y elaboradas razones la teoría de que de acuerdo con la lógica más elemental los papeles debían cambiarse, pues para cualquiera con dos dedos de frente era fácil ver cómo lo aventajaba en descendencia y, por supuesto, en sabiduría. El León, que intrigado por el vuelo de una Mosca en ningún momento había bajado la vista del techo, estuvo conforme con todo, en ese mismo instante le cambió la corona por la pluma y, asomándose al balcón, anunció el cambio a la ciudad y al mundo. De ahí en adelante, cuando el Mono le ordenaba algo, el León, siempre de acuerdo, asentía invariablemente con un zarpazo; y cuando el Mono lo regañaba por alguna orden mal entendida o por un discurso mal redactado, con dos o tres; hasta que, pasado poco tiempo, en el cuerpo del nuevo rey, o sea el Mono sabio, no iba quedando sitio del que no manara sangre, o cosas peores. Por último el Mono, casi de rodillas, rogó al León volver al anterior estado de cosas, a lo que el León, aburrido como desde hacía mil años, le respondió con un bostezo que sí, y con otro que estaba bien, que volvieran al anterior estado de cosas, y le recibió la corona y le devolvió la pluma, y desde entonces el Mono conserva la pluma y el León la corona.

Augusto Monterroso- Breve reseña sobre su obra

Nació en Guatemala en 1921 y reside exiliado en México desde 1944. El origen modesto de su familia y el "miedo a los exámenes" , como él dice, le hicieron abandonar los estudios. Hacia los 15 años inició su formación autodidacta; alternaba sus visitas a la Biblioteca Nacional con el trabajo en una carnicería. De 1954 hasta 1956 vivió en Clille, donde trabajo como secretario de Pablo Neruda. En 1988 recibió la condecoración del Aguila Azteca de México por su aporte a la cultura de este país. Obras completas (y otros cuentos) es el irónico título con el que se dio a conocer en 1959. Es autor también de La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1972), Lo demás es silencio (1978), La palabra mágica (1983), La letra e (1987). Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas. El reconocido escritor italiano Italo Calvino, alabó la brevedad de sus cuentos en su obra Seis propuestas para el próxinio milenio. De hecho, no creemos que nadie haya superado en brevedad este famoso cuento de Monterroso-. "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.". "Sinfonía concluida" y "Ba,jo otros escombros" aparecen recopilados en la edición de Alfaguara Cuentos completos. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

Amores temerosos

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

Ese hombre mira casi sin ver. Parece perdido, fantasmal. Un pie amaga el paso mientras el otro ha echado raíces cada vez más profundas. Tiene el torso curvo y una mueca indescifrable en la boca. Su gesto intenta el abrazo, su expresión aleja, expresa miedo.

Esa mujer camina como corriendo, casi atropella. Escupe carcajadas sin calor, y palabras que desdicen a su alma. No sabe si va o si se queda. Detrás el telón, delante las luces, ella en el marco intenta representar el acto de vivir. Teme hacerlo. Una la mira y siente pena, la misma, o casi la misma que corre en lágrimas secas por su mejillas rojas de maquillaje. La espalda recta, los ojos fijos adelante, Vaya a saber una dónde tiene realmente la mirada.

Me han dicho que ellos se amaron. Se amaron tanto que no lo soportaron, y se fueron comiendo el uno al otro, día a día, mordisco a mordisco....Quizás aún se ama y sus restos que temen no sobrevivir, se alejan colocando espacios infinitos. Cada uno ya no es lo que hubiese sido, ya no son seres enteros, son restos. Restos de llanto y sangre, de pena y odios, de amor y muerte. Restos que caminan y siguen quietos.

¡Es tanto el miedo!

© Ana Cuevas Unamuno

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jueves, 1 de noviembre de 2012

La víspera de todos los santos

Leyenda  Celta

"A través de los tiempos de madres a hijos nos llegan viejas narraciones de costumbres"

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Érase una vez un buen hombre llamado Hugh King, que en la Víspera de Todos los Santos, se quedó a pescar hasta tarde, refugiado en sus melancolías y en sus amores.

Era de mente volátil y solo pensaba en Hadas y Príncipes mientras esperaba vanamente que picaran los peces a su caña.

Y de pronto vió un gran numero de luces que danzaban y una gran multitud de personas que pasaban apresuradamente alrededor suyo con cestas y bolsas, riendo y cantando.

-Se os ve alegres -dijo Hugh King- ¿A donde vais?

- Vamos a la Feria- contestó un hombrecillo que lucia en su cabeza un tricornio adornado con una banda de oro,

Ven con nosotros y disfrutaras de la mejor comida y bebida que nunca has comido y bebido.

El buen hombre se animó y les acompañó y una mujer le dio a llevar su cesta.

Y los acompañó hasta llegar a la Feria, en un sitio oculto en el bosque.

Allí la gente cantaba, bailaba y reía.

Y había gaiteros, arpistas y pequeños remendones que arreglaban zapatos.

La cesta era muy pesada y Hugh deseaba dejarla para ir a incorporarse al baile.

E incluso había vislumbrado a una hermosa joven de largos cabellos amarillos que andaba riéndose con gran alegría muy cerca de donde el se encontraba.

Así que dejó la cesta, y al dejarla en el suelo salió de su interior un viejecillo.

- Ah, gracias amigo Hugh -dijo el duende- me has llevado de maravilla, pues mis miembros son débiles, pero te pagaré muy bien, apuesto muchacho, extiende tus manos.

Y el duendecillo echó en ellas oro y más oro, relucientes guineas doradas.

Y Hugh fue a la fiesta, y en ella comió, bebió y bailó, se lo pasó en grande, pero al cabo de muchas horas cuando aun el jolgorio continuaba se le acercó un hombre de tez obscura, bien vestido y elegante, que iba seguido de un cortejo de gente elegante como el.

- ¿Sabes quien es esta gente, quienes son los hombres y mujeres que están bailando a tu alrededor? pregunto. Hugo negó con un gesto.

- Mira bien y dime, ¿Estas completamente seguro que no les habías visto antes?

Y al mirar Hugh vio una muchacha que había muerto el año anterior, y luego uno tras otro, fue reconociendo a muchos de sus antiguos amigos, que como él bien sabia, estaban muertos desde tiempo atrás.

Reparó entonces en que todos los bailarines, hombres, mujeres y muchachas eran los muertos en sus largos y blancos sudarios.

Y Hugh regresó a su hogar, lleno de temor y tristeza, pues ahora sabia que los espíritus habían estado con el y lo habían castigado por haber perturbado sus celebraciones en la víspera de Todos los Santos, la única noche del año, en la que los muertos pueden dejar sus tumbas y bailar en el bosque a la luz de la luna, en esa noche que los mortales tendrían que quedarse en sus casas y no atreverse a mirarlos ni estorbarlos.....

jueves, 25 de octubre de 2012

Una señora

 

Un cuento de José Donoso (Chile)

No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.
Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.
No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.
Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.
Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.
Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.
Iba tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?
No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.
Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.
Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.
En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.
Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.
A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.
Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.
Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:
-¡Imposible!
La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.
Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.
No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.
Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.
Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.
Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.
Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.
Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.
Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.
Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.
Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?... Sí. Sin duda era ella.
Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.
Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.
A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos todos iguales.

 

Breve reseña sobre su obra

Nació en Santiago de Chile en 1924, en el seno de una familia distinguida. Desde joven manifestó un carácter rebelde: fue expulsado del colegio inglés Grange School y de otras instituciones. En 1943 abandonó los estudios y se dirigió a Magallanes donde vivió durante un año trabajando como pastor. A los veintitrés años concluyó su bachillerato e inició los estudios de Lengua y Literatura inglesa en la Universidad de Santiago. En 1949 fue becado para proseguir sus estudios en la Universidad de Princeton, en los Estados Unidos, y en 1951 obtuvo el grado de Bachelor in Arts.
Posteriormente, alternó una fructífera vida literaria con actividades culturales y de docencia en su país y en el extranjero. Impartió cursos de literatura inglesa en la Universidad Católica de Chile, participó en el Writers Workshop de la Universidad de Iowa (1963 -1964), dictó conferencias en la Universidad de Princeton y Dartmouth.
Fue merecedor en dos ocasiones de la beca Guggenheim (1968 y 1973).
En el ámbito periodístico, fue redactor de la revista chilena Ercilla y, en México, colaboró como crítico literario en la revista Siempre. Fue miembro de la Academia Chilena de la Lengua.
Su primer libro, Veraneo y otros cuentos (1955), obtuvo el Premio Municipal de Santiago. Le siguió su primera novela Coronación (1958), que obtuvo gran éxito pues en ella retrataba con fidelidad y destreza la decadencia de la clase alta chilena. Es autor también del libro de cuentos El charlestón (1960) y de las novelas Este domingo (1966), El lugar sin límites (1967), El obsceno pájaro de la noche (1970), Casa de campo (1978), que obtuvo el Premio de la Crítica española, La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria (1980), El jardín de al lado (1981), La desesperanza (1986), y Donde van a morir los elefantes (1995). Escribió también el libro testimonial y ensayístico Historia personal del boom (1972).
José Donoso falleció en 1996.
Una señora aparece en la edición Cuentos de Seix Barral.

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martes, 23 de octubre de 2012

El hombre de mis sueños

 

un cuento de Rosa Montero

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Es uno de esos ascensores de acero desnudos y herméticos. No hace frío aquí dentro, pero las paredes despiden un aliento gris y glacial, como de congelador de un matadero de reses. Subimos y subimos, y lo único que me hace percibir el desplazamiento es el parpadeo luminoso del contador de pisos electrónico: vamos por el segundo, por el tercero, por el cuarto. El hombre que entró justo antes de que se cerraran las puertas está junto a mí, pero sólo le veo los zapatos; en un ascensor, y con extraños, uno siempre mira al suelo o al cielo. Lleva unos mocasines marrones no demasiado limpios, pantalones de pana.  
Pasamos por el quinto sin parar. No recuerdo qué botón ha apretado el desconocido. Pero no, un momento: ahora caigo en la cuenta de que no ha pulsado ningún piso. Siento frío, más frío, el aliento helado de] metal. Levanto la cara: él me está mirando. Debe de tener más o menos mi edad: el pelo canoso, el perfil seco y duro, los labios cruzados por una pequeña cicatriz. Pero ahora acaba de sonreír, y ese mínimo gesto le ilumina la cara, hasta el punto de que también a mí me entran ganas de reír, como si mi rostro fuera un espejo. El sexto piso, el séptimo. Nos miramos y sonreírnos como bobos, instalados en un tiempo interminable. Al fin él levanta el brazo con lentitud submarina. Va a acariciarme la mejilla, pienso con delicioso estupor, va a acariciarme. Su boca sonríe aún; sus dedos rozan mi cuello. Y en este justo instante comprendo que en realidad va a estrangularme. El contador electrónico de pisos contempla la escena desde arriba, como el ojo enrojecido de un dios maligno.   
Siempre me despierto en ese momento; pero sé, con total certidumbre, que estoy muerta. Que me han asesinado una vez más mientras dormía. Que el hombre del ascensor ha vuelto a hincar sus uñas en mi cuello. Llevo años sufriendo esta pesadilla.   
Si hoy escribo sobre ello es porque en los últimos días han sucedido cosas. Lo he visto. Le conozco. Su boca de labios rotos me ha besado, y fue como besar un carbón al rojo. Mi asesino del ascensor existe, o al menos existe un hombre con sus rasgos. Nos encontramos por primera vez en la puerta del despacho de abogados en donde me leyeron el testamento de mi padre. Salíamos los dos con prisas del lugar y casi chocamos; él me sujetó un instante por los hombros, yo le miré la cara y me quedé aterrada. Fue tal la impresión y el desconcierto que escapé corriendo escaleras abajo. Tropecé, caí, él intentó ayudarme; me defendí de su solicitud manoteando al aire como una demente, hasta que conseguí ponerme al fin en pie y salir huyendo.  
Siempre me han interesado las coincidencias. La vida, informe y ciega, parece a veces revelar, en un fogonazo, una organización incomprensible pero precisa, del mismo modo que un rayo de sol pone súbitamente de manifiesto, frente a ti, la estructura liviana y cristalina de una tela de araña: ese esplendor geométrico ondeando en el aire allí donde tú pensabas el instante anterior que no había nada. Pues bien, yo tengo mi tela de araña particular. Números que me persiguen, palabras que se repiten, situaciones ya vistas. Y el asesino de mis sueños, irrumpiendo ahora en mi vida diurna.   
El psiquiatra decía que mis colecciones de coincidencias no probaban el orden del Universo, sino más bien el desorden de mi mente. Pero todas esas raras concordancias, esos ecos, no pueden ser casuales. Tal vez nuestras existencias como humanos no sean más que tontos juegos de ordenador jugados por niños descomunales. Eso explicaría que existan personas con tan inconcebible mala suerte; e individuos tocados por la fortuna. Todo dependería del niño que te juega: de su estupidez o su crueldad. Mi niño, si existe, es un perverso.   
Por ejemplo, me parece una perversidad que el hotel en el que estoy alojada se llame Tulipán, igual que la calle en la que estaba la casa de mi infancia. Es una maligna coincidencia, porque de aquella casa salió mi padre. una mañana de verano, cuando yo tenía ocho años para no regresar. No volví a saber nada más de él durante treinta años, hasta que me llamaron unos abogados de la costa, hace un par de semanas, para comunicarme el fallecimiento de mi padre y mi condición de única heredera.   
Por eso estoy aquí, de nuevo en un lugar llamado Tulipán, un nombre ridículo. El hotel se encuentra en el extremo de la playa y es una destartalada torre moderna, una de esas construcciones turísticas baratas que parecen viejas y ruinosas desde el mismo día en que se inauguran. Estoy alojada en el piso quince, que es el último, lo cual resulta verdaderamente un poco raro, puesto que soy la única huésped del establecimiento. Esto también debe de ser perversidad, pero por parte del conserje. Estamos a final de temporada; las nubes arremolinan, la Costa está desierta, el hotel cerrará la semana que viene. Creo que sólo quedan dos empleados: el conserje malévolo y una camarera-cocinera. Nunca les veo. Hoy he tenido que meterme en la cocina para conseguir el café del desayuno. Vivir en este hotel es como habitar una ciudad vertical de la que todo el mundo ha desertado. Todos han huido menos yo, que no supe. Estoy en la víspera de mi Apocalipsis.  
Le volví a encontrar pocas horas' después. Me estaba tomando una copa en la única terraza del Paseo Marítimo que todavía no ha cerrado, y él pasó delante de mi. Me reconoció y sonrió, tal vez curioso, tal vez aburrido. Yo estaba envalentonada por la ginebra, y además temía que mi comportamiento de esa mañana le hubiera parecido propio de una loca furiosa. Por no mencionar que su simple sonrisa hacía que me bailara una risa en la cara, como si mi rostro fuera un espejo.   
Fue él quien habló primero: se interesó por mi tobillo, ni¡ caída, mis prisas. Se sentó junto a mí con toda naturalidad, como si el lugar le perteneciera. Yo empecé pidiéndole vagamente disculpas por mi actitud anterior; y luego, todavía no sé por qué, le conté todo. No lo del sueño, por supuesto, sino lo de mi padre. Me ha dejado en herencia un apartamento horrendo con vistas al mar gris y un sobre grande de papel de estraza. Pero dentro no había una carta, ni una nota, ni una simple frase de explicación. Sólo un periódico mustio y arrugado, un ejemplar del día en que nací. Lo he mirado enteró: no oculta secretos. Lo he roto en cachitos y luego lo he quemado, antes de pedirme la tercera ginebra. Eso es lo que le conté al hombre en la terraza. Eso y otras cosas.   
Él, por el contrario, no habla mucho. Me dijo que era abogado, y que trabajaba en el despacho a la puerta del cual habíamos chocado; pero, aparte de proporcionarme esa nimia información, lo único y lo mejor que ha hecho es escuchar. Lleva tres días escuchándome, sonriendo de cuando en cuando con su boca herida, arropándome con su chaqueta de lana contra el afilado y húmedo viento de otoño. Tiene unas manos fuertes, tibias, suaves. Unos dedos largos con los que recoloca mi pañuelo de gasa y me roza el cuello.   
Debería haberme ido ya a la ciudad: nada me queda por hacer en la costa. Pero tampoco tengo nada que hacer en ninguna otra parte. Mi vida es un paisaje tan vacío y brumoso como la playa en la que estoy ahora sentada: la niebla ha descendido sobre el mar de mercurio y ya no se distingue el horizonte. En mitad de este desierto en blanco y negro que es el mundo para mí, sólo él tiene color. Le veo silueteado en rojo, la tonalidad de la pasión. O de la sangre. Hace unas pocas horas, después de almorzar juntos, me ha besado; yo gasté mis últimas fuerzas en salir corriendo. Luego le he telefoneado desde el hotel y le he dicho que venga. Ahora le estoy esperando y aún me abrasan los labios. No se puede evitar lo inevitable.
También telefoneé al despacho de abogados. Como me suponía, ni trabaja allí ni le conoce nadie. Por eso estoy escribiendo estas páginas: las dejaré sobre el vacío mostrador de recepción antes de subir con él en el ascensor revestido de acero. Un ascensor hermético, como la cámara frigorífica de un matadero. Aquella casa de la calle Tulipán fue también el lugar en que nací: a mi perverso jugador le gustan las simetrías. Ya le veo, ya llega el hombre de mis sueños, saliendo de la niebla y de mi destino. He escrito muchas cartas de amor a lo largo de mi vida; pero creo que esta que acabo de terminar es la más hermosa

Rosa Montero: Breve reseña sobre su obra

Rosa Montero, conocida periodista española, nació en Madrid en 1951.  
Realizó estudios de Psicología y Periodismo. Contemporáneamente actuó en grupos de teatro independiente y en algún corto.  
En 1969 empezó a publicar en diversos medios periodísticos, tarea que desempeña en la actualidad en el diario El País.  
Ha publicado los libros de entrevistas España para ti para siempre, Cinco años de país y Entrevistas. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo para reportajes y artículos literarios.  
En 1979 publicó su primera novela, Crónica del desamor. Ya el título, crónica nos revela la influencia que la profesión de la autora ha tenido en la redacción de éste, su primer trabajo de ficción. La novela está estructurada a partir de una serie de reportajes que, en su variedad, dan cuenta de la situación de la mujer y de los problemas con que se enfrenta en la España posfranquista.  
La función delta (1981) también presenta situaciones paradigmáticas pero, a diferencia de la novela anterior, todas tienen la misma protagonista.  
En Te trataré como a una reina (1983), uno de sus trabajos más logrados, la autora demuestra una gran capacidad de observación y una sensibilidad lingüística notable para recrear situaciones llenas de actualidad. Mientras que las primeras novelas eran más periodísticas, en ésta la autora logra integrar discursos diferentes, recurriendo, por ejemplo, al monólogo interior y al estilo indirecto. De esta forma, la descripción de los sueños y los deseos de la mujer adquieren una mayor profundidad.  
Completan su producción, entre otras obras, Amado amo (1988), Bella y oscura, La hija del caníbal (1997, ganadora del Premio Primavera) y el libro de relatos Amantes y enemigos (1998).  
... la mayoría de mis relatos (no así mis novelas) tratan de parejas : esto es algo que yo no busqué conscientemente, y de hecho me he dado cuenta de ello hace muy poco. Esas parejas son a veces extrañas y poco convencionales, y en otras ocasiones son un emblema de la más ortodoxa conyugalídad; pero todas las historias hablan en definitiva de la necesidad del otro, Esto es, hablan de amor y desamor, de obsesión y venganza, de pasión o rutina entre hombres y mujeres, hombres y hombres, padres e hijos, humanos y monstruo?.  
(Prólogo a la edición de Amantes y enemigos, publicado por Círculo de Lectores )
  


EL HOMBRE DE MIS SUEÑOS,   el cuento de hoy, apareció publicado en El País el día 14.08.99.  

domingo, 14 de octubre de 2012

CELEBRACIÓN DE LA FANTASÍA


Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo

de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo

-Y anda bien -le pregunté

-Atrasa un poco -reconoció.

Eduardo Galeano

lunes, 24 de septiembre de 2012

Destruir libros: una política editorial que genera polémica

Me duele, me duele el alma y hasta la humanidad me duele….¿a ustedes?

 

Por Gisela Antonuccio

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Autores y editores analizan las razones y expresan sus críticas al procedimiento editorial de eliminar ejemplares no vendidos.

Si la palabra es como un río que fluye al resguardo de dos orillas, la memoria y la imaginación –como escribió el mexicano Carlos Fuentes–, la destrucción de libros a lo largo de la historia ha amenazado con la extinción de porciones de identidad.

En 1933, Adolf Hitler pretendía que los alemanes leyeran sólo su Mein Kampf y mandó incendiar libros de Albert Einstein, Jack London, H. G. Wells, entre otros. Durante la dictadura argentina, la quema de libros representó un verdadero genocidio cultural, que se sumó a la desaparición de escritores.

Los motivos y contextos han cambiado pero no sus efectos. En los próximos meses, cientos de libros de ficción serán destruidos en la Argentina porque su comercialización dejó de ser negocio. Anualmente millones de libros siguen ese camino y desaparecen así las obras de gran cantidad de autores.

En la mayoría de las democracias occidentales, la eliminación de textos responde a razones de mercado, a esa necesidad capitalista de una “organización racional” entre la producción y lo obtenido. Se trata de la “corrección” de un mal cálculo y de los límites de la física, que profundizan la sospecha de que el concepto de archivo es una utopía; ¿cómo albergar todos los libros del mundo, para recuperar en el futuro una porción del pasado?

La destrucción de libros es la instancia a la que recurrirá en los próximos meses el Grupo Norma, que dejará de comercializar el género de ficción, por lo que se desprenderá del remanente de títulos de esa categoría, algo que ya hizo en España. Antes, los autores tendrán la posibilidad de comprar sus propios libros en stock.

“No es rentable donarlos, representaría una gran cantidad de trabajo y de dinero. Es más barato destruirlos”, dice Pere Sureda, quien era el responsable de la colección La Otra Orilla de esa editorial en España. Sureda, ya desvinculado de Norma, calcula que “un millón de libros fueron destruidos el año pasado”, entre los que figuran autores como los argentinos Marcelo Cohen y Marcelo Birmajer y la nicaragüense Gioconda Belli.

Es una práctica que a la industria le resulta “pulcra” ya que “cuando un libro se salda, se ‘carga’ la imagen de un escritor”, que queda asociado así a un fracaso, dice Sureda.

La destrucción de un título también puede resultar conveniente para un editor cuando incorpora a un autor a su catálogo y decide reeditar un libro: de otra manera, la nueva edición debe luchar contra aquellos libros del sello anterior que estén circulando como saldo, a un precio más barato, explica Sureda. “Un nuevo editor quiere mercado y que no haya ‘restos’ que deterioren la imagen de su autor”, asegura desde España, en conversación con Clarín .

A veces, la destrucción del libro es pedida por el mismo autor por contrato, revela Ana María Shua, “para no hacer público que no se vendió”. Es, además, la consecuencia de una política de marketing de libros que lleva a imprimir mucho.

“Las editoriales lo necesitan para que funcione el negocio: mantener cierto espacio en las librerías y ver si la pegan con uno. Las novedades siempre venden más”, dice la autora de Los amores de Laurita . Así, “unos libros van tapando a otros y es imposible tenerlos en exhibición. Y pasan a estantes de depósitos, otros a saldos y luego mueren”, enumera. La práctica, con matices, se replica en otros países, cuenta: “En Suecia, desde hace quince años, se reciclan como pasta de papel. En Estados Unidos, los de bolsillo, no son devueltos por el librero (por el costo del transporte), y se les arrancan las tapas”, para que no puedan venderse.

El almacenamiento de libros requiere de logística, dice Pablo Avelluto, director editorial de Random House Mondadori. “Las herramientas informáticas juegan un rol decisivo. No alcanza con el uso racional del espacio, hay que mantener información precisa sobre ubicaciones y cantidades en stock”, cuenta. Y pone como ejemplo el depósito de la editorial: “El límite de capacidad está en relación directa con la venta y la producción de novedades y reimpresiones”. Debe haber “una ecuación estable”, explica, entre la venta, los libros en consignación en las librerías y los libros que se producen año a año.

Si algún libro se debe destruir, se lo hace “labrando un acta ante un escribano público”. “Si el autor dispone otro destino, se tiene en cuenta”, dice Avelluto, puntualizando las prácticas de RHM. “Los contratos de edición prevén distintas alternativas para el momento en que la editorial deja de tener los derechos para comercializar un libro: la venta con reducción de precio de stocks remanentes, previo acuerdo del autor; la definición de un período de liquidación de stock hasta la publicación por parte de otro editor; la destrucción o la compra a bajo precio por parte del autor de ejemplares remanentes de su libro o donaciones”, enumera.

La destrucción de libros es un tema que en general las editoriales prefieren esquivar. Entre las excepciones está Daniel Divinsky, fundador de De la Flor, que logró conservar la independencia de su sello en un mundo de fusiones y globalizaciones.

“Creo, sin jactancia, que De la Flor debe ser la única editorial que en 45 años nunca ha destruido libros no vendidos”, dice Divinsky. Hay una convicción detrás de esa política: “Aun los títulos más antiguos terminan por encontrar su comprador”. El primer título de la editorial, Buenos Aires, de la fundación a la angustia , que apareció en 1967, terminó vendiéndose a un peso el ejemplar en la Feria de 2007, cuenta. “ Pomelo , un libro de haikus de Yoko Ono, con prólogo de Lennon, se saldó a cinco pesos hace tres años”. De la Flor, cuenta Divinsky, previo permiso de los autores, suele donar ejemplares a bibliotecas y escuelas (“alguien los leerá”). “Pienso que la trituradora de papel es un triste destino que los libros no deben tener”, cree.

Quizás porque narrar y conocer tienen la misma raíz, gna, (en sánscrito, conocer), es que la necesidad de crear historias será ajena siempre a toda ecuación ganancial. Para que la realidad tenga alguien que se atreva a serle infiel –tal la esencia de todo relato–, pero también para narrarnos a nosotros mismos.

Fuente Clarín

El robot sacramentado


 

Un cuento de Carlos Fuentes (México)


¿Qué es primero? ¿El nombre, o la cosa?
http://images.reproarte.com/files/images/T/thoma_hans/0180-0305_adam_und_eva_im_paradies.jpgPLATÓN, Cratilo


 

 

 

Una vez más, los culpables fueron Adán y Eva. Su jerarquía de Primeros Padres les otorgó un sitio privilegiado en el Cielo, así como una visibilidad excesiva: lo que en términos políticos modernos se llama «un alto perfil». Pero el sambenito de «Primer Padre» y «Primera Madre» no se soporta fácilmente, ni en el Cielo ni en la Tierra. Su status de megaestrellas terminó por hastiar a Adán y Eva.
-Mejor nos hubiera ido en el Infierno -le dijo Eva a Adán, mientras ambos atendían a una interminable fila de recién llegados a la Vida Eterna que, bolígrafo en mano, esperaban pacientemente turno para obtener los autógrafos de los Primeros Padres-. Allá abajo, lo que aquí pasa por un premio sería visto como un castigo.
La costilla de Adán levantó por un minuto la mirada del coqueto libro de autógrafos (páginas lilas alternadas con azul celeste) y vio la fila extendida a lo largo y ancho del tiempo y del espacio. La astuta mujer se dio cuenta entonces de que éste era infinito y aquél, aun en la eternidad, contado. Ella y su esposo eran víctimas de ambos.
Los primeros casados consultaron entre sí. Llevar su queja al Todopoderoso y pedirle, en vez de la celebridad, el privilegio del anonimato, era gestión fracasada de antemano. Adán y Eva no sólo eran el principal atractivo turístico, por así decirlo, del Paradiso Package Tour, que tan buena entrada en divisas le daba, allá en la Tierra, al Vaticano. Además, la presencia de Adán y Eva en el Cielo era la prueba fehaciente de la infinita misericordia divina: Si Dios perdonó a Adán y Eva, igual te perdonará a ti y al cabo, como argumentó un día el argüendero Orígenes, perdonará al mismísimo Diablo pues, de lo contrario, Dios no sería Dios. Pero a Orígenes, el sofista perseguido, sus herejías le costaron, literalmente, los huevos.
No nació de huevo alguno la generación «Cratilo» de robots, sino de la colaboración de una economía global perfectamente integrada: idea alemana, diseño italiano, financiación francesa, programación japonesa, mercadotecnia norteamericana y fabricación en una maquila de la frontera mexicana. En vez de huevo, esta red internacional perfeccionó el cerebro robótico, haciéndolo cada vez más parecido al de los seres humanos, mediante la creación de redes neuronales artificiales.
A los japoneses les interesó sobremanera que esta asimilación del robot a las funciones cerebrales humanas no significase una pérdida de las virtudes propias de las anteriores generaciones de robots; a saber: la exactitud y la velocidad, la repetibilidad y, sobre todo, la resistencia a la fatiga. A los franceses, en cambio, les bastó con asegurar que los nuevos robots cerebrales tuviesen coherencia lógica en el acto racional de reconocer, manipular y clasificar objetos. Fueron los alemanes quienes, al cabo, exigieron y obtuvieron que, además de estas funciones tradicionales, la generación de robots, para serlo, obedeciese a impulsos metafísicos.
Todos obtuvieron lo que quisieron: aptitudes físicas, los japoneses; coherencia lógica, los franceses. Pero la novedad fue la programación germana, obtenida mediante aparatos aceleradores de las partículas y ciclotrones de cada robot: la nueva generación de robots actuaría en las áreas de los verbos infinitivos, ser y estar, desear, nacer, vivir, morir, trascender. Ontorobots, Teleorobots, Axiorobots: todos estos nombres se barajaron a medida que la nueva generación era fabricada de la misma manera que se enseña a un niño a manipular y reconocer objetos, a caminar y a hablar, pero esta vez con una función metafísica, trascendente, ulterior.
Intervino entonces un nuevo factor cultural. Llevados los robots al sitio propio de su funcionamiento, el espacio exterior, donde la triple exigencia intelectual -japonesa resistencia y funcionamiento en un medio hostil; abstracta distancia metafísica alemana; y comprobación racionalista francesa de todo lo anterior- se cumpliría (todos estuvieron de acuerdo) mejor. Solo que los robots fueron conducidos al espacio extraterrestre por la recuperada iniciativa española de exploración en la plataforma «Santiago Ramón y Cajal».
Perfectamente preparados para responder sólo a las grandes interrogantes de la existencia (el valor, los fines superiores y la plenitud moral), los nuevos robots se hallaron, de esta manera, cerca del cielo -hecho que no escapó a la atención divina-. El zumbido de la «Ramón y Cajal», sin embargo, se iba acercando al Paraíso con una bodega llena de jamones y salchichas, Riojas y Valdepeñas, así como abundantes imágenes de santos en las cabinas de la tripulación española. Entre el cielo y la fabada, entre el espíritu puro y el puro puchero, los robots, programados para la metafísica, comenzaron a sentir ansias, cosquilleos, cachonderías olfativas, caldosas, culinarias; la axiología se confundió con la ajología, la apología con la apiología, y la ontología con el omelette. De este modo surgió la duda: ¿Tenía la nueva generación, producto de la tecnología supranacional anónima, gustos nacionales atávicos?
El gusto le entró a los robots por el cerebro programado para el entendimiento filosófico. En ese instante los robots se dieron cuenta de que ellos también tenían un cuerpo, y como lo expresó el líder natural 14921992 a sus hermanos y hermanas robóticas:
-No nos olvidemos ni un minuto de que todos nosotros estamos en el mundo, poseemos un cuerpo y conocemos al mundo directamente. No se olviden nunca de que nuestros actos son parte, desde ahora, de la dinámica del mundo.
-Yo tengo hambre -dijo un robot chiquitito, conocido como todos los demás por su número, 13251521-. Estoy oliendo un mole poblano; lo sé, lo siento, lo deseo, y no puedo tenerlo, sólo puedo reconocerlo y clasificarlo... ¡Chingue a su madre Descartes! -exclamó este cantinflesco sujeto, revelando a las claras sus atavismos nacionales.
-No lo obtendrás con solicitudes corteses -contestó el líder robot-, sino dándote cuenta de que ellos nos han dado una visión tridimensional del mundo.
-¿Y? -se limitó a preguntar el robot pequeño.
-El problema de ellos es proyectar una trayectoria sin colisiones para el trabajo de nuestros brazos. Nuestro problema es obligar a que la trayectoria cambie y las colisiones ocurran...
Desde ese momento, misteriosamente, cayeron en manos de los robots capones y guajolotes, botellas de vino y tarros de cerveza, quesos y tortillas de huevo, produciendo en estas máquinas de dimensión indescriptible, pues en ellas el espesor era transparencia, la altura aspiración y el peso propósito, un revoltijo funcional. Los robots rebelados, lanzados costosamente al espacio, se negaban a cumplir su función, que era la de fijar de una vez por todas, dándoles ubicación y certeza científicas, a las eternas preguntas metafísicas que tanto tiempo y energía hacían perder a los seres humanos, distrayéndoles de sus pragmáticas funciones económicas. Y la rebelión llegó a su cúspide cuando 14921992 les dijo a sus robots colegas, el alemán 15171871, el inglés 10661215 y el francés 04961789, definidos desde ya por sus apetitos culinarios, que había algo peor que negarles la sensualidad y la gula, y era darles sólo números impersonales,
negarles... -la palabra emergió explosiva- nombres, nombres propios, no números, como si fueran cosas, mercadería, fichas técnicas...
-Hasta nuestra generación se llama «Cratilo» y nosotros nada...
-Pero el nombre es sólo un concepto que acompaña a una imagen individual y con ello niega la existencia de los universales -opinó el robot alemán.
-El nombre es sólo una convención -dijo el robot francés.
-No, el nombre es la esencia de lo que nombra -dijo con calor 14921992.
En la vecindad de las alturas lo escuchó Dios Padre y, con la ayuda de algunos poderosos arcángeles, encaminó la plataforma «Ramón y Cajal», a estas alturas (sic) tan amotinada como el Bounty, a las puertas de San Pedro. Dios puso a cantar a todos los ángeles a fin de adormecer la atención filosófica de los robots y plantearles, sin tapujos, su solicitud:
-Encuéntrenme a Adán y Eva. Se me han perdido.
Los robots se estremecieron al escuchar los nombres de los Primeros Padres: eran también los Primeros Nombres. Pero enseguida se preguntaron por qué Dios, que todo lo sabía, no podía encontrar por sí solo a los Padres Perdidos, sin necesidad de ordenadoras.
-Ustedes son los culpables -suspiró el Todopoderoso-. Y la Trinidad también. La información teológica descifrada con rapidez de rayo por el Centro Wiener-Kafka hace sólo cincuenta años fue trasmitida al mundo mediante esta formula ridícula: Uno que es Dos que es Tres que es Uno, no es Nadie. Sobre semejante absurdo no puede asentarse la ciencia de la informática, y la teología se desacredita si Dios es Nadie. Encarné demasiado a mi Hijo, comiendo pan y bebiendo vino a todas horas; me desencarné demasiado en mi Espíritu, al cual apenas logro darle forma de paloma mensajera y de ave preñadora, que no de presa.
El suspiro de Dios Padre casi les parte el alma a los robots:
-No tengo ni cuerpo suficiente, ni suficiente espíritu. Soy un buen administrador. Pero Paraíso Inc. no funciona sin los Primeros Padres, ustedes me comprenden...
Movidos a la compasión (esta era la treta del Señor), los robots procesaron, en cuestión de minutos, la información nominativa del Paraíso: No todos sus habitantes tenían nombre; el anonimato podía ser portado con orgullo en la felicidad celestial; pero había muchos «Evas» y «Adanes». ¿Quiénes eran los Adán y Eva reales, únicos, que habían asumido un repentino anonimato en el cielo, aburridos de la celebridad?
La información volvió a procesarse, en medio de combinaciones -blips y regüeldos- que revelaban a las claras el revoltijo de física y metafísica con el que los robots habían contaminado la pureza de su función, haciéndola posible sólo en la impureza. Absoluta, transparente, incontrovertible, la prueba trasmitida por los cerebros electrónicos de la nave «Ramón y Cajal» se comunicó a través del Paraíso, en pantallas, bocinas, cintas y videos: Allí, señalados por el largo brazo robótico de 14921992, aparecieron el hombre y la mujer, acurrucados, nuevamente avergonzados, con las cabezas bajas, como los pintó, inolvidablemente, el Masaccio, otra vez expulsados del Paraíso, pero esta vez por su propia voluntad, revelados otra vez en la más total y obscena de las desnudeces, pues sólo ellos dos, entre todos los bienaventurados del cielo, poseían vientres sin sello de nacimiento.
-¿Cómo los descubrieron? -preguntó azorado el Señor.
-Eran los únicos sin ombligo -contestó el francés 04961789.
-¿Cómo no se me ocurrió a mí primero? -exclamó Dios Padre.
-Por la misma razón que ellos creyeron que podían engañarnos -resumió 14921992-. Sabemos razonar porque aprendimos igual que los niños, poquito a poco. Los robots hemos tenido infancia. Ni tú, Señor, ni Adán ni Eva la tuvieron. Nos parecemos más a los hombres que ustedes.
-¿Qué puedo darles en recompensa?
-Un nombre -dijo el francés 04961789, pensando secretamente en Balzac, gran nombrador de hombres, en Hugo, gran nombrador de cosas, y en Mallarmé y la pureza de las palabras de la tribu.
-Y no sólo un nombre, sino la ceremonia que lo convalida -dijo 14921992 convalidando él mismo su cultura ancestral-. Queremos ser bautizados.
Y lo fueron, en medio de una fiesta incomparable, celestial y terrena, física y metafísica; fueron nombrados Remedios y Piedad, Angustias y Socorro, Santiago y Felipe, Ludwig y Wolgfang Amadeus, Francesco y François, Tristram y Jacques, Fortescue y Marmaduke, Akihito y Akira, Sóstenes y Guadalupe. En medio de la exuberancia sensual de la ceremonia, los robots introdujeron en su programación dos nuevas preguntas:
-¿Es un nombre una pura convención?
-¿Refleja un nombre la realidad de lo que nombra?
Una y otra vez, la respuesta a estas preguntas se repitió en las pantallas de los ordenadores y en las bóvedas celestiales: Un nombre es sólo una aproximación a la naturaleza de las cosas.
Esta respuesta convenció a Dios y, lo que es mejor, tanto a los racionalistas franceses como a los místicos españoles. Sólo los alemanes se quejaron de que ni las preguntas ni las respuestas eran, propiamente, metafísicas, con lo cual quedaba desvirtuada la función de los nuevos robots y se imponía pasar a una sexta o séptima generación a la altura de sus deberes filosóficos; en tanto que los japoneses no le vieron utilidad alguna al debate sobre la nominación de las máquinas cibernéticas, a menos que acabasen como atracciones en una feria o en un casino.
Sólo Adán y Eva, a los que en reconocimiento de su más reciente sacrificio se les regalaron dos robots para ellos solitos, entendieron que las máquinas, al ser bautizadas, no dejaron de funcionar, pero tampoco de rebelarse. Hablándoles, mirándolas, el hombre y la mujer acabaron por verse a sí mismos, ni realidad material cerrada ni convención caprichosa aunque útil sino, en efecto, aproximación permanente a una naturaleza, una personalidad y un deseo jamás concluidos, siempre abiertos, capaces de descendencia y multiplicación.
Sin que sus inventores multinacionales lo supiesen, los robots de la quinta generación adquirieron así las verdaderas funciones del cerebro, que son las de parecerse a los hombres y mujeres de una manera mucho más íntima y calurosa. Bautizados, los robots se volvieron parte de un mundo en cierta manera más abierto, generoso e inacabado, y en él se reconocieron también el primer hombre y la primera mujer. 14921992 se llamó desde entonces «Cristóbal» y 04961789 se reveló como «Jeannette».
Fue Dios, sin embargo, quien, complacido, bendijo la unión de sus primeras criaturas y de las criaturas de sus criaturas, y dijo la última palabra:
-En verdad os digo que afortunadamente aún existe una gran diferencia entre quienes fabrican robots y quienes los imaginan.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Definitivamente Al Mundo Le Falta Un Tornillo!!

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Al Mundo Le Falta Un Tornillo!! – Tango - 1933

Música: José María Aguilar

Letra: Enrique Cadícamo

Todo el mundo está en la estufa,

Triste, amargao y sin garufa,

neurasténico y cortao...

Se acabaron los robustos,

si hasta yo, que daba gusto,

¡cuatro kilos he bajao!

Hoy no hay guita ni de asalto

y el puchero está tan alto

que hay que usar el trampolín.

Si habrá crisis, bronca y hambre,

que el que compra diez de fiambre

hoy se morfa hasta el piolín.

Hoy se vive de prepo

y se duerme apurao.

Y la chiva hasta a Cristo

se la han afeitao...

Hoy se lleva a empeñar

al amigo más fiel,

nadie invita a morfar...

todo el mundo en el riel.

Al mundo le falta un tornillo

que venga un mecánico...

¿Pa' qué, che viejo?

Pa' ver si lo puede arreglar.

¿Qué sucede?... ¡mama mía!

Se cayó la estantería

o San Pedro abrió el portón.

La creación anda a las piñas

y de pura arrebatiña

apoliya sin colchón.

El ladrón es hoy decente

a la fuerza se ha hecho gente,

va no encuentra a quién robar.

Y el honrao se ha vuelto chorro

porque en su fiebre de ahorro

él se “afana” por guardar.

Al mundo le falta un tornillo,

que venga un mecánico.

pa' ver si lo puede arreglar.

miércoles, 29 de agosto de 2012

AGUA Y ESPANTO

Cuento de Ana Cuevas Unamuno

floods08

Ariadna despertó sofocada por el ahogo. Boqueó frenética mirándose las manos vacías de hilo, y entonces comprendió que Teseo había tan solo demorado el espanto. Ningún dédalo podría detener la furia pura de las aguas.

Mannawydan, Poseidón, Neptuno, ¿importa acaso el nombre de la fuerza que arrasa en su oleaje cuanto absurdamente intenta detenerle el paso?. La mentira y la traición frutos de la soberbia humana perpetuándose a sí mismas despiertan una y otra vez la urgencia de equilibrio. La tierra avanza en busca de armonía sin propósito alguno de venganza, diseñando en sus movimientos el indiscriminado juego de las fuerzas que no detienen su hacer ante las súplicas, ni distinguen entre los seres y las cosas.

Ariadna lo sabe.

Ariadna abre sus ojos oyendo el retumbar que de lejos se acerca. Gritos, llantos, derrumbes, golpes, conjugan un coro sin voces, que enmudece toda palabra. Mira pasar chapas, cuerpos, troncos, ollas, vestidos, zapatos... un enjambre de vida hecha muerte en un instante en el que nada tiene nombre ni dueño.

Quizás este sea el sacrificio que necesitaba Ariadna para comprender que ningún Teseo puede reemplazarla en la tarea.

Quizás esta sea la última oportunidad que ella tiene de despertarse a sí misma.

 

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viernes, 24 de agosto de 2012

Aquí pasan cosas raras

Un cuento de Luisa Valenzuela

Café-caliente

 

 

 

En el café de la esquina -todo café que se precie está en esquina, todo sitio de encuentro es un cruce entre dos vías (dos vidas)- Mario y Pedro piden sendos cortados y les ponen mucha azúcar porque el azúcar es gratis y alimenta. Mario y Pedro están sin un mango desde hace rato y no es que se quejen demasiado pero bueno, ya es hora de tener un poco de suerte, y de golpe ven el portafolios abandonado y tan sólo mirándose se dicen que quizá el momento haya llegado. Propio ahí, muchachos, en el café de la esquina, uno de tantos.

Está sólito el portafolios sobre la silla arrimada a la mesa y nadie viene a buscarlo.

Entran y salen los chochamus del barrio, comentan cosas que Mario y Pedro no escuchan: Cada vez hay más y tienen tonadita, vienen de tierra adentro... me pregunto qué hacen, para qué han venido. Mario y Pedro se preguntan en cambio si alguien va a sentarse a la mesa del fondo, va a descorrer esa silla y encontrar ese portafolios que ya casi aman, casi acarician y huelen y lamen y besan. Uno por fin llega y se sienta, solitario (y pensar que el portafolios estará repleto de billetes y el otro lo va a ligar al módico precio de un batido de Gancia que es lo que finalmente pide después de dudar un rato). Le traen el batido con buena tanda de ingredientes. ¿Al llevarse a la boca qué aceituna, qué pedacito de queso va a notar el portafolios esperándolo sobre la silla al lado de la suya? Pedro y Mario no quieren ni pensarlo y no piensan otra cosa... Al fin y al cabo el tipo tiene tanto o tan poco derecho al portafolios como ellos, al fin y al cabo es sólo cuestión de azar, una mesa mejor elegida y listo. El tipo sorbe su bebida con desgano, traga uno que otro ingrediente; ellos ni pueden pedir otro café porque están en la mala como puede ocurrirle a usted o a mí, más quizá a mí que a usted, pero eso no viene a cuento ahora que Pedro y Mario viven supeditados a un tipo que se saca pedacitos de salame de entre los dientes con la uña mientras termina de tomar su trago y no ve nada, no oye los comentarios de la muchachada: Se los ve en las esquinas. Hasta Elba el otro día me lo comentaba, fíjate, ella que es tan chicata. Ni qué ciencia ficción, aterrizados de otro planeta aunque parecen tipos del interior pero tan peinaditos, atildaditos te digo y yo a uno le pedí la hora pero minga, claro, no tienen reloj. Para qué van a querer reloj, me podes decir, si viven en un tiempo que no es el de nosotros. No. Yo también los vi, salen de debajo de los adoquines en esas calles donde todavía quedan y ahora vaya uno a saber qué buscan aunque sabemos que dejan agujeros en las calles, esos baches enormes por donde salieron y que no se pueden cerrar más.

Ni el tipo del batido de Gancia los escucha ni los escuchan Mario y Pedro, pendientes de un portafolios olvidado sobre una silla que seguro contiene algo de valor porque si no no hubiera sido olvidado así para ellos, tan sólo para ellos, si el tipo del batido no. El tipo del batido de Gancia, copa terminada, dientes escarbados, platitos casi sin tocar, se levanta de la mesa, paga de pie, mozo retira todo mete propina en bolsa pasa el trapo húmedo sobre mesa se aleja y listo, ha llegado el momento porque el café está animado en la otra punta y aquí vacío y Mario y Pedro saben que si no es ahora es nunca.

Portafolios bajo el brazo, Mario sale primero y por eso mismo es el primero en ver el saco de hombre abandonado sobre un coche, contra la vereda. Contra la vereda el coche, y por ende el saco abandonado sobre el techo del mismo. Un saco espléndido de estupenda calidad. También Pedro lo ve, a Pedro le tiemblan las piernas por demasiada coincidencia, con lo bien que a él le vendría un saco nuevo y además con los bolsillos llenos de guita. Mario no se anima a agarrarlo. Pedro sí aunque con cierto remordimiento que crece, casi estalla al ver acercarse a dos canas que vienen hacia ellos con intenciones de.

-Encontramos este coche sobre un saco. Este saco sobre un coche. No sabemos qué hacer con él. El saco, digo.

-Entonces déjelo donde lo encontró. No nos moleste con menudencias, estamos para cosas más importantes.

Cosas más trascendentes. Persecución del hombre por el hombre si me está permitido el eufemismo. Gracias a lo cual el célebre saco queda en las manos azoradas de Pedro que lo ha tomado con tanto cariño. Cuánta falta le hacía un saco como éste, sport y seguro bien forradito, ya dijimos, forrado de guita no de seda qué importa la seda. Con el botín bien sujeto enfilan a pie hacia su casa. No se deciden a sacar uno de esos billetes crocantitos que Mario creyó vislumbrar al abrir apenas el portafolios, plata para tomar un taxi o un mísero colectivo.

Por las calles prestan atención por si las cosas raras que están pasando, esas que oyeron de refilón en el café, tienen algo que ver con los hallazgos. Los extraños personajes o no aparecen por esas zonas o han sido reemplazados: dos vigilantes por esquina son muchos vigilantes porque hay muchas esquinas. Ésta no es una tarde gris como cualquiera y pensándolo bien quizá tampoco sea una tarde de suerte como parece. Son las caras sin expresión de un día de semana, tan distintas de las caras sin expresión de los domingos. Pedro y Mario ahora tienen color, tienen máscara y se sienten existir porque en su camino florecieron un portafolios (fea palabra) y un saco sport. (Un saco no tan nuevo como parecía más bien algo raído y con los bordes gastados pero digno. Eso es: un saco digno.) Como tarde no es una tarde fácil, ésta. Algo se desplaza en el aire con el aullido de las sirenas y ellos empiezan a sentirse señalados. Ven policías por todos los rincones, policías en los vestíbulos sombríos, de a pares en todas las esquinas cubriendo el área ciudadana,

policías trepidantes en sus motocicletas circulando a contramano como si la marcha del país dependiera de ellos y quizá dependa, sí, por eso están las cosas como están y Mario no se arriesga a decirlo en voz alta porque el portafolios lo tiene trabado, ni que ocultara un micrófono, pero qué paranoia, si nadie lo obliga a cargarlo. Podría deshacerse de él en cualquier rincón y no, ¿cómo largar la fortuna que ha llegado sin pedirla a manos de uno, aunque la fortuna tenga carga de dinamita? Toma el portafolios con más naturalidad, con más cariño, no como si estuviera a punto de estallar. En ese mismo momento Pedro decide ponerse el saco que le queda un poco grande pero no ridículo ni nada de eso. Holgado, sí, pero no ridículo; cómodo, abrigado, cariñoso, gastadito en los bordes, sobado. Pedro mete las manos en los bolsillos del saco (sus bolsillos) y encuentra unos cuantos boletos de colectivo, un pañuelo usado, unos billetes y monedas. No le puede decir nada a Mario y se da vuelta de golpe para ver si los han estado siguiendo. Quizá hayan caído en algún tipo de trampa indefinible, y Mario debe estar sintiendo algo parecido porque tampoco dice palabra. Chifla entre dientes con cara de tipo que toda su vida ha estado cargando un ridículo portafolios negro como ése. La situación no tiene aire tan brillante como en un principio. Parece que nadie los ha seguido, pero vaya uno a saber: gente viene tras ellos y quizá alguno dejó el portafolios y el saco con oscuros designios. Mario se decide por fin y le dice a Pedro en un murmullo: No entremos a casa, sigamos como si nada, quiero ver si nos siguen. Pedro está de acuerdo. Mario rememora con nostalgia los tiempos (una hora atrás) cuando podían hablarse en voz alta y hasta reír. El portafolios se le está haciendo demasiado pesado y de nuevo tiene la tentación de abandonarlo a su suerte. ¿Abandonarlo sin antes haber revisado el contenido? Cobardía pura.

Siguen caminando sin rumbo fijo para despistar a algún posible aunque improbable perseguidor. No son ya Pedro y Mario los que caminan, son un saco y un portafolios convertidos en personajes. Avanzan y por fin el saco decide: Entremos en un bar a tomar algo, me muero de sed.

-¿Con todo esto? ¿Sin siquiera saber de qué se trata?

-Y, sí. Tengo unos pesos en el bolsillo.

Saca la mano azorada con dos billetes. Mil y mil de los viejos, no se anima a volver a hurgar, pero cree -huele- que hay más. Buena falta les hacen unos sandwiches, pueden pedirlos en ese café que parece tranquilo.

Un tipo dice y la otra se llama los sábados no hay pan; cualquier cosa, me pregunto cuál es el lavado de cerebro... En épocas turbulentas no hay como parar la oreja aunque lo malo de los cafés es el ruido de voces que tapa las voces. Lo bueno de los cafés son los tostados mixtos.

Escucha bien, vos que sos inteligente.

Ellos se dejan distraer por un ratito, también se preguntan cuál será el lavado de cerebro, y si el que fue llamado inteligente se lo cree. Creer por creer, los hay dispuestos hasta a creerse lo de los sábados sin pan, como si alguien pudiera ignorar que los sábados se necesita pan para fabricar las hostias del domingo y el domingo se necesita vino para poder atravesar el páramo feroz de los días hábiles.

Cuando se anda por el mundo -los cafés- con las antenas aguzadas se pescan todo tipo de confesiones y se hacen los razonamientos más abstrusos (absurdos), absolutamente necesarios por necesidad de alerta y por culpa de esos dos elementos tan ajenos a ellos que los poseen a ellos, los envuelven sobre todo ahora que esos muchachos entran jadeantes al café y se sientan a una mesa con cara de aquí no ha pasado nada y sacan carpetas, abren libros pero ya es tarde: traen a la policía pegada a sus talones y como se sabe los libros no engañan a los sagaces guardianes de la ley, más bien los estimulan. Han llegado tras los estudiantes para poner orden y lo ponen, a empujones: documentos, vamos, vamos, derechito al celular que espera afuera con la boca abierta, Pedro y Mario no saben cómo salir de allí, cómo abrirse paso entre la masa humana que va abandonando el café a su tranquilidad inicial, convaleciente ahora. Al salir, uno de los muchachos deja caer un paquetito a los pies de Mario que, en un gesto irreflexivo, atrae el paquete con el pie y lo oculta tras el célebre portafolios apoyado contra la silla. De golpe se asusta: cree haber entrado en la locura apropiatoria de todo lo que cae a su alcance. Después se asusta más aún: sabe que lo ha hecho para proteger al pibe pero ¿y si a la cana se le diera por registrarlo a él? Le encontrarían un portafolios que vaya uno a saber qué tiene adentro, un paquete inexplicable (de golpe le da risa, alucina que el paquete es una bomba y ve su pierna volando por los aires simpáticamente acompañada por el portafolios, ya despanzurrado y escupiendo billetes de los gordos, falsos). Todo esto en el brevísimo instante de disimular el paquetito y después nada. Más vale dejar la mente en blanco, guarda con los canas telépatas y esas cosas. ¿Y qué se estaba diciendo hace mil años cuando reinaba la calma?: un lavado de cerebro; necesario sería un autolavado de cerebro para no delatar lo que hay dentro de esa cabecita loca -la procesión va por dentro, muchachos. Los muchachos se alejan, llevados un poquito a las patadas por los azules, el paquete queda allí a los pies de estos dos señores dignos, señores de saco y portafolios (uno de cada para cada). Dignos señores o muy solos en el calmo café, señores a los que ni un tostado mixto podrá ya consolar.

Se ponen de pie. Mario sabe que si deja el paquetito el mozo lo va a llamar y todo puede ser descubierto. Se lo lleva, sumándolo así al botín del día pero por poco rato; lo abandona en una calle solitaria dentro de un tacho de basura como quien no quiere la cosa y temblando. Pedro a su lado no entiende nada pero por suerte no logra reunir las fuerzas para preguntar.

En épocas de claridad pueden hacerse todo tipo de preguntas, pero en momentos como éste el solo hecho de seguir vivo ya condensa todo lo preguntable y lo desvirtúa. Sólo se puede caminar, con uno que otro alto en el camino, eso sí, para ver por ejemplo por qué llora este hombre. Y el hombre llora de manera tan mansa, tan incontrolada, que es casi sacrílego no detenerse a su lado y hasta preocuparse. Es la hora de cierre de las tiendas y las vendedoras que enfilan a sus casas quieren saber de qué se trata: el instinto maternal siempre está al acecho en ellas, y el hombre llora sin consuelo. Por fin logra articular Ya no puedo más, y el corrillo de gente que se ha formado a su alrededor pone cara de entender pero no entiende. Cuando sacude el diario y grita No puedo más, algunos creen que ha leído las noticias y el peso del mundo le resulta excesivo. Ya están por irse y dejarlo abandonado a su flojera. Por fin entre hipos logra explicar que busca trabajo desde hace meses y ya no le queda un peso para el colectivo ni un gramo de fuerza para seguir buscando.

-Trabajo, le dice Pedro a Mario. Vamos, no tenemos nada que hacer acá.

-Al menos, no tenemos nada que ofrecerle. Ojalá tuviéramos.

Trabajo, trabajo, corean los otros y se conmueven porque ésa sí es palabra inteligible y no las lágrimas. Las lágrimas del hombre siguen horadando el asfalto y vaya uno a saber qué encuentran pero nadie se lo pregunta aunque quizá él sí, quizá él se esté diciendo mis lágrimas están perforando la tierra y el llanto puede descubrir petróleo. Si me muero acá mismo quizá pueda colarme por los agujeritos que hacen las lágrimas en el asfalto y al cabo de mil años convertirme en petróleo para que otro como yo, en estas mismas circunstancias... Una idea bonita pero el corrillo no lo deja sumirse en sus pensamientos que de alguna manera -intuye- son pensamientos de muerte (el corrillo se espanta: pensar en muerte así en plena calle, qué atentado contra la paz del ciudadano medio a quien sólo le llega la muerte por los diarios). Falta de trabajo sí, todos entienden la falta de trabajo y están dispuestos a ayudarlo. Es mejor que la muerte. Y las buenas vendedoras de las casas de artefactos electrodomésticos abren sus carteras y sacan algunos billetes por demás estrujados, de inmediato se organiza la colecta, las más decididas toman el dinero de los otros y los instan a aflojar más. Mario está tentado de abrir el portafolios ¿qué tesoros habrá ahí dentro para compartir con ese tipo? Pedro piensa que debería haber recuperado el paquete que Mario abandonó en un tacho de basura. Quizá eran herramientas de trabajo, pintura en aerosol, o el perfecto equipito para armar una bomba, cualquier cosa para darle a este tipo y que la inactividad no lo liquide.

Las chicas están ahora pujando para que el tipo acepte el dinero juntado. El tipo chilla y chilla que no quiere limosnas. Alguna le explica que sólo se trata de una contribución espontánea para sacar del paso a su familia mientras él sigue buscando trabajo con más ánimo y el estómago lleno. El cocodrilo llora ahora de emoción. Las vendedoras se sienten buenas, redimidas, y Pedro y Mario deciden que éste es un tipo de suerte.

Quizá junto a este tipo Mario se decida a abrir el portafolios, Pedro pueda revisar a fondo el secreto contenido de los bolsillos del saco.

Entonces, cuando el tipo queda solo, lo toman del brazo y lo invitan a comer con ellos. El tipo al principio se resiste, tiene miedo de estos dos: pueden querer sacarle la guita que acaba de recibir. Ya no se sabe si es cierto o si es mentira que no encuentra trabajo o si ése es su trabajo, simular la desesperación para que la gente de los barrios se conmueva. Reflexiona rápidamente: Si es cierto que soy un desesperado y todos fueron tan buenos conmigo no hay motivo para que estos dos no lo sean. Si he simulado la desesperación quiere decir que mal actor no soy y voy a poder sacarles algo a estos dos también. Decide que tienen una mirada extraña pero parecen honestos, y juntos se van a un boliche para darse el lujo de unos buenos chorizos y bastante vino.

Tres, piensa alguno de ellos, es un número de suerte. Vamos a ver si de acá sale algo bueno.

¿Por qué se les ha hecho tan tarde contándose sus vidas que quizá sean ciertas? Los tres se descubren una idéntica necesidad de poner orden y relatan minuciosamente desde que eran chicos hasta estos días aciagos en que tantas cosas raras están pasando. El boliche queda cerca del Once y ellos por momentos sueñan con irse o con descarrilar un tren o algo con tal de aflojar la tensión que los infla por dentro. Ya es la hora de las imaginaciones y ninguno de los tres quiere pedir la cuenta. Ni Pedro ni Mario han hablado de sus sorpresivos hallazgos. Y el tipo ni sueña con pagarles la comida a estos dos vagos que para colmo lo han invitado.

La tensión se vuelve insoportable y sólo hay que decidirse. Han pasado horas. Alrededor de ellos los mozos van apilando las sillas sobre las mesas, como un andamiaje que poco a poco se va cerrando, amenaza con engullirlos porque los mozos en un insensible ardor de construcción siguen apilando sillas sobre sillas, mesas sobre mesas y sillas y más sillas. Van a quedar aprisionados en una red de patas de madera, tumba de sillas y una que otra mesa. Buen final para estos tres cobardes que no se animaron a pedir la cuenta. Aquí yacen: pagaron con sus vidas siete sandwiches de chorizo y dos jarras de vino de la casa. Fue un precio equitativo.

Pedro por fin -el arrojado Pedro- pide la cuenta y reza para que la plata de los bolsillos exteriores alcance. Los bolsillos internos son un mundo inescrutable aun allí, escudado por las sillas; los bolsillos internos conforman un laberinto demasiado intrincado para él. Tendría que recorrer vidas ajenas al meterse en los bolsillos interiores del saco, meterse en lo que no le pertenece, perderse de sí mismo entrando a paso firme en la locura.

La plata alcanza. Y los tres salen del restaurant aliviados y amigos. Como quien se olvida, Mario ha dejado el portafolios -demasiado pesado, ya- entre la intrincada construcción de sillas y mesas encimadas, seguro de que no lo van a encontrar hasta el día siguiente. A las pocas cuadras se despiden del tipo y siguen camino al departamento que comparten. Cuando están por llegar, Pedro se da cuenta de que Mario ya no tiene el portafolios. Entonces se quita el saco, lo estira con cariño y lo deja sobre un auto estacionado, su lugar de origen. Por fin abren la puerta del departamento sin miedo, y se acuestan sin miedo, sin plata y sin ilusiones. Duermen profundamente, hasta el punto que Mario, en un sobresalto, no logra saber si el estruendo que lo acaba de despertar ha sido real o soñado.