viernes, 2 de marzo de 2012

Leyenda: COQUENA (dios de los pastores)


 

(LEYENDA SALTEÑA)

coquena[2]
COQUENA, dice una linda leyenda de los valles del Norte, era un dios bondadoso que amparaba el ganado que pacía en los cerros. Gracias a él andaban tranquilos por valles y sierras los guanacos, las vicuñas, llamas y cabras. Coquena no permitía que nadie maltratase los animales. Por esa razón él premiaba siempre a los buenos pastores.
Cierta vez fue visto en la falda de un cerro, guiando unas cabritas que, sin duda, se habían extraviado.
Dicen que era enanito, de tez muy morena, de rostro simpático y de mirada dulce y profunda. Que vestía una larga casaca de lana de vicuña, y cubría su cabeza con un gran sombrero. En vez de zapatos usaba ojotas.
Dicen también que aquel día en que los pastores lo vieron bajando con unas cabritas la cuesta del monte, iba apoyado en un grueso bastón, y silbando contento. Era la hora en que el sol, próximo ya a desaparecer detrás de los cerros vecinos, tendía sus últimos rayos sobre las faldas verdes y floridas.
Nunca más volvieron a verlo los pastores. Oían, sí, algunas veces, su alegre silbido, mientras llevaban a pacer sus ganados.
Un día, un pastorcillo había llevado sus cabras al cerro. Subió más y más por la pendiente escabrosa siguiendo de cerca el rebaño, y en la cima misma del monte lo sorprendieron las primeras sombras del anochecer.
De pronto levantóse un fuerte viento. Comenzó el cielo a cubrirse de densos y oscuros nubarrones. Un silencio aterrador se cernía en el ambiente. Las ráfagas de viento rugían cada vez con mayor furia, repercutiendo en el valle con modulaciones siniestras. La borrasca se hizo recia e implacable.
Alarmado y temeroso, el pastorcillo quiso reunir sus cabras y bajar al valle; pero tan rápidamente como quiso huir, una niebla espesa cubrió el cerro, y el pobre zagal ya no pudo ver nada.
Las cabras se habían dispersado rápidamente en todas direcciones; el pastor comenzó a gritar desesperado, llamándolas; corría de un lado a otro, desafiando al huracán para atraerlas; pero todo fue inútil.
Gritó y lloró el desolado pastorcillo hasta que llegó la noche. La oscuridad se hizo entonces absoluta. Y al fin, el frío, el viento y la niebla vencieron al buen pastorcillo, que se quedó muy triste sin sus lindas cabras.
Sentóse bajo unas peñas a descansar y no tardó en quedarse profundamente dormido, envuelto en su ponchito de vicuña.
Con las primeras luces de la aurora, despertó el pastorcito. Recordó su desgracia y comenzó a llorar. Mas bien pronto secáronse sus lágrimas; sus ojos expresaron el más profundo asombro: era que a su lado, muy junto a él, alguien había dejado una bolsa llena de monedas de oro.
Maravillado el pastorcillo, y rebosante de alegría, contólas varias veces haciéndolas sonar entre sus dedos.
—¿Quién me dejó este tesoro, mientras yo dormía? ¿Quién habrá querido consolarme por las cabras que perdí?—se preguntaba.
De pronto cesó en sus reflexiones y exclamó alborozado:
—¡Ya sé!... ¡Es Coquena, el dios enanito!... ¡Qué alegría! ¡Es Coquena!...
Había comprendido, al fin, que no podía ser otro que Coquena, el dios enanito,
como él lo llamaba, quien así lo premiaba por haber sido siempre un pastorcito humilde y bueno, que cuidaba su rebaño con alegría y cariño.


 

REFERENCIAS SOBRE COQUENA


Los indígenas que habitaban la región de Salta y Jujuy, creían en la existencia de Coquena, el pequeño dios que protegía los guanacos, llamas, vicuñas y cabras. Si alguno de ellos se extraviaba en los montes, Coquena lo guiaba hacia el verdadero camino. Salvaba a los animales de todos los peligros y los amparaba de los malos tratos de los pastores, o de los abusos de los arrieros que conducían recuas de llamas o de guanacos cargados.
Los indígenas de los valles calchaquíes (que comprendían las actuales provincias del noroeste), creían en la existencia de otro dios semejante a Coquena. Llamábanlo Llastay, y también «Amigo» o «Dueño» de las aves. Al decir «aves», se referían a todos los animales de caza, llamando «aves mayores» a los cuadrúpedos y, «menores», a los otros, a las verdaderas aves. Llastay protegía a las «aves» y sus pequeñas crías de las crueldades y abusos de los cazadores.
Coquena y Llastay, dioses buenos y justos creados por la imaginación de nuestros indios, nos prueban que los animales habían despertado también en el corazón de aquellos seres primitivos, profundos sentimientos de ternura y compasión
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