jueves, 5 de abril de 2012

Cuento popular: El León

El león[1]

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Vivían en otro tiempo cuatro jóvenes dé la casta de los brahmanes, cuatro hermanos que se que­rían entrañablemente y que habían resuelto viajar juntos hacia un imperio vecino, en el que espera­ban encontrar fortuna y renombre.

Tres de ellos habían estudiado seriamente todas las ciencias y conocían a fondo la magia, la astro­nomía, la alquimia y las doctrinas ocultas más di­fíciles, en tanto que el cuarto no había cultivado ningún saber; él no poseía más que la inteligencia.

Mientras caminaban, uno de los doctos herma­nos hizo la siguiente observación:

–¿Por qué nuestro hermano, que no posee nin­gún conocimiento, debe beneficiarse con nuestra sabiduría? Jamás podrá obtener el favor de los reyes, e inclusive nos pondrá en ridículo. Es pre­ferible que retorne a casa.

Pero el hermano mayor le respondió:

–¡De ninguna manera! Permitámosle compartir nuestra buena fortuna, porque es nuestro hermano bienamado y puede que encontremos para él una posición que ocupe sin ocasionarnos vergüenza.

Siguieron, pues, su camino y al cabo de cierto tiempo, mientras atravesaban un bosque, advirtie­ron la osamenta de un león que yacía dispersa so­bre el sendero. Los huesos estaban blancos como la leche y duros como el silex, pues habían sido secados y blanqueados por incontables soles.

Entonces, el que había censurado la ignorancia del hermano menor volvió a hablar:

–Mostremos a nuestro hermano las maravillas que la ciencia puede cumplir. Burlémonos de su falta de saber convirtiendo esta osamenta en un león vivo. Mediante algunas palabras mágicas yo puedo ordenar a estos huesos que vuelvan a jun­tarse en armonía.

Y pronunció las mágicas palabras, de suerte tai que los huesos volaron por el aire y volvieron a ensamblarse en un perfecto esqueleto.

–Yo –declaró el segundo hermano–, median­te una fórmula encantada puedo cubrir estos hue­sos con tendones, cada uno en su lugar correcto, y regenerar los músculos irrigándoles sangre, y crear asimismo las venas, los humores, la médula, los órganos y la piel.

Y pronunció la fórmula encantada, y el cuerpo del león, enorme, perfecto y peludo, apareció ante ellos.

–En cuanto a mí –intervino el tercer herma­no–, yo puedo, gracias a una sílaba hechizada, dar calor a esta sangre y movimiento a este cora­zón, de modo que el animal viva, respire y pueda devorar a las demás criaturas... e inclusive lo escucharéis rugir.

Pero antes de que el otro pudiese pronunciar la sílaba hechizada, el cuarto hermano, que nada sa­bía de las ciencias, puso su mano sobre la boca del que había hablado y gritó:

¡Detente! No digas esa palabra..., pues lo que tenemos delante es un león, y si tú le das la vida nos devorará.

Al escucharlo los otros rieron y se burlaron de él: –¡Vuelve a casa, loco! ¿Qué sabes tú de la ciencia?

Mas él les respondió:

–Esperad al menos, antes de resucitar al león, a que vuestro hermano se haya refugiado en ese árbol. Y ellos consintieron.

No había concluido casi de trepar al árbol cuan­do la palabra fue pronunciada. El león se sacudió y abrió sus grandes ojos amarillos. Luego se esti­ró, levantóse en toda su talla y comenzó a rugir, y saltando velozmente sobre los tres sabios doc­tores los mató y comenzó a devorarlos.

Cuando el león se hubo retirado, el adolescente –que nada sabía de la ciencia y que no poseía más que la inteligencia– descendió del árbol y retornó a su casa.


[1] Versión de Lafcadio Hearn en Feuilles éparses de litteratures étranges. Parts, Mercure de France, 1910, p. 129.

La historia fue cantada por Vishnusarma en el Panfopa-kyama o PaMchatantra, y reaparece en numerosas coleccio­nes orientales.

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