sábado, 12 de mayo de 2012

La pena de Kasi

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Kasi miró alrededor. Rugía el bosque. Nunca lo había oído rugir. ¿Y los pájaros? ¿Por qué se iban? Un animal desconocido avanzaba derribando todo a su paso y escupiendo vientos que hacían toser y doler el cuerpo. El sol venía detrás entrometiéndose en rincones dónde nunca había estado. Kasi estaba triste, no sabía por qué.

Kasi se hizo vieja cuando supo dónde nacía su pena. A los ocho años, Kasi, arrugada y triste, desapareció junto con su selva.

Dicen que hoy vuela con alas de luto por el paisaje mutilado y seco, lanzando su grito de furia y su hambre de vida.

©Ana Cuevas Unamuno