jueves, 7 de junio de 2012

7 de Junio DÍA DEL PERIODISTA

MUY FELÍZ DÍA A TODOS Y TODAS LOS PERIODISTAS!        mafalda dia del periodista

 

La palabra que comunica, que cuenta, que difunde, que indaga y arremete contra vericuetos, rincones oscuros, caminos trillados y otros ignotos…

La palabra buscada, encontrada, trabajada, soplada, ofrendada….

Bello ejercicio este de jugar y construir realidades y ensueños con letras unidas a sentido armando frases y creando imagen.

¡Gracias Periodistas!

Y en homenaje comparto este escrito de un grande, cuyo título es tan propio para estos tiempos…

 

LA ARGENTINA YA NO TOMA MATE

Por Rodolfo Walsh

"Se jugaba mucho al ajedrez", escribió Horacio Quiroga en 1927, "y se bromeaba pasablemente. Pero el tema constante, la preocupación y la pasión del país era el cultivo de la yerba mate, al que en mayor o menor escala se hallaban todos ligados".

Cuarenta años después, desde Oberá a San Pedro, o desde Puerto Iguazú a Posadas, era difícil encontrar a alguien que bromeara, pasa­blemente o no.

–Misiones ha perdido su alegría –explicó sencillamente Os­valdo Rey, el maestro de Mbo-Picuá.

Al borde de caminos y picadas el polvo rojo se acumulaba sobre las hojas verdes de los yerbales que, por primera vez en medio siglo, no veían llegar la muchedumbre de los tareferos. El Paraná transcurría sin barcos y los edificios sombríos de los secaderos estaban desiertos. Sobre los viejos emplazamientos de los jesuítas y los largos pueblos que creó el auge de la inmigración, descendía una calma engañosa.

"La pasión y la preocupación del país" se había transformado, en 1966, en una amarga conjetura. El imperio de la yerba de cultivo que en cinco décadas se expandió en proporción de 140 a 1, se resquebra­jaba por innumerables fisuras.

Para algunos era el fin: un alemán-brasilero de El dorado mache­teaba furiosamente a ras del suelo su yerbal intacto. Para otros, una sorpresa más de este país incomprensible: al japonés Yamato se le caían los brazos, en su chacra de Garhuapé, frente a las plantas que eran suyas y no eran suyas, puesto que el gobierno prohibía cosechar­las. En los juzgados de Posadas se amontonaban los recursos de am­paro contra el decreto que en marzo de este año interdijo la zafra.

–Yo me sublevé el 27 de junio, un día antes que los militares –explicó risueñamente el suizo Roth, que en Santo Pipó estaba co­sechando contra viento y marea.

Las gremiales de productores echaban la culpa a los gobiernos; dirigentes políticos, a las gremiales; comerciantes, a todo el mundo; tareferos sin trabajo, no sabían a quién echarla.

–Acá no hay reclamos –resumió un oscuro paraguayo contem­plando su machete inútil–. Si protesta, le dicen comunista y le sacan a patadas.

Las disquisiciones históricas sobre la yerba no prosperan en Mi­siones; allí la historia se llama Pilsudski o Benes; apila cadáveres fan­tasmales en el Marne o en Fort Douaumont; viste de ajadas plumas a la kronprinzess o retrocede llorosa a las calles ensangrentadas de Petersburgo.

Muy pocos entre estos hombres preocupados, perplejos, agobia­dos, se reconocían protagonistas en una guerra silenciosa iniciada ha­ce tres siglos y medio.

ESA LARGA HISTORIA

El avión que tres veces por semana sale de Iguazú rumbo a Posadas vuela breves minutos sobre una región de selva donde no se distingue un sendero, una casa. En esos bosques, que se adensan y prolongan hacia el norte, crece todavía en manchones un árbol alto y esbelto que los guaraníes llamaron caá y los españoles yerba y que ha sido el mo­tivo central en la historia del Paraguay, de tres estados brasileños y de una provincia argentina.

La yerba figura en las crónicas más antiguas y en las listas de sa­queo de todas las batallas; hace la riqueza de los encomenderos y des­pués de los jesuítas; mueve contra éstos las invasiones de los "mame­lucos" paulistas; su comercio o su cosecha son prohibidos por los primeros gobernantes de estas tierras y por los últimos: desde Hernandarias hasta el doctor Illia, pasando por Belgrano.

La expulsión de los jesuítas y la destrucción de los últimos pue­blos de las Misiones por el general brasileño Chagas, en 1817, ponen fin al cultivo de la yerba en la Argentina, que no se reanuda hasta 1904. Diez años después la producción misionera alcanza su primer tope de mil toneladas. Era una gota en el mar de yerba que entraba de Brasil y consumía el país. Pero ya había comenzado el formidable aluvión inmigratorio que iba a convertir los 50.000 habitantes de Mi­siones en los 450.000 de hoy. Con ellos crece la fiebre de la yerba. Las mil toneladas de 1914 llegan a tres mil en 1919, a nueve mil en 1924, amenazan volver a triplicarse en el quinquenio siguiente. En­tonces los exportadores brasileños aliados con los importadores de Buenos Aires obtienen del gobierno de Alvear un decreto que rebaja en un treinta por ciento los derechos de importación. Lisandro de la Torre desbarata esa maniobra desde el Congreso. El "trust de Curityba" acude al dumping y se produce la primera crisis falsamente llama­da de superproducción. En 1935 el Congreso dicta la Ley 12.236 de la que surgen la Comisión Reguladora de la Yerba Mate (CRYM), en­cargada de fijar anualmente la política yerbatera, y su apéndice, el Mercado Consignatario, que recibe la producción bajo prenda agraria y la comercializa. El mecanismo rige hasta hoy.

En 1937, antes que esos organismos entraran a funcionar, la pro­ducción misionera superó por primera vez el consumo nacional, que era de 102.000 toneladas.

La CRYM y el Mercado salvaron al productor misionero de los vaivenes del precio, pero consagrando el statu quo. Los exportado­res brasileños se quedaban con una tajada del mercado nacional que por entonces era del cuarenta por ciento. Esto no podía hacerse sin limitar la producción misionera que en 1938 superaba ya amplia­mente al consumo del país, y así, por decreto, se redujo la zafra de ese año al sesenta por ciento, creándose el sistema de cupos que re­giría hasta 1952.

El resultado de estas y otras medidas es que en el período 1937-1966 la Argentina ha importado, sin necesidad, ochocientas diez mil toneladas de yerba canchada, que a precios de hoy significan treinta mil millones de pesos.

Este es el regalo que Misiones, una provincia con 55 kilómetros de caminos pavimentados, ha hecho al Brasil.

LA DUCHA ESCOCESA

Alternativamente fomentada y desalentada, la producción yerbatera debía desembocar en la crisis actual. La Ley 12.236 impedía nuevos cultivos. Hacia 1952, la decadencia de las plantaciones viejas había hecho caer la producción por debajo de los niveles de consumo. La "congelación" de plantaciones se extiende, sin embargo, hasta 1957, y entonces se pasa al extremo opuesto. Se autoriza a todo el mundo a plantar. Cuando el presidente Aramburu firma ese decreto, la super­producción tiene fecha cierta e inevitable: 1963.

De 60.000 hectáreas plantadas, se pasó a 140.000, con una capa­cidad productiva de 250.000 toneladas anuales, mientras el consumo del país se mantenía estacionario en 130.000 toneladas.

Faltaba el último acto de esta tragedia. En 1961, bajo el gobierno del doctor Frondizi, se negocian en Montevideo las listas de la Aso­ciación Latinoamericana de Libre Comercio, ALALC. Los negocia­dores brasileños consiguen que la yerba mate figure en las listas de li­bre importación.

Mientras Misiones se debatía en su única crisis auténtica de su­perproducción, seguía entrando yerba importada: 26.000 toneladas en 1962, 23.000 en 1963, 27.000 en 1964, 30.000 en 1965.

Los stocks del Mercado Consignatario se triplican. A fines de 1965, sobran para el consumo de dos años. Los productores misioneros, desesperados, piden que se prohiba la cosecha, y el doctor Illia accede.

EL SACRIFICIO

De las escasas plantaciones misioneras que superan las cuatrocientas hectáreas, una de las más hermosas y antiguas es la "María Anto­nia", cerca de San Ignacio. Espesuras del viejo monte cubren toda­vía un tercio de sus 1.500 hectáreas, escondiendo ruinosas fortifica­ciones –un fragmento, quizá, de la llamada "trinchera paraguaya"– y sombreando el camino elevado que hicieron los je­suítas al borde del Paraná y que aún se usa. Todo esto, inclusive el edificio señorial, pertenece hoy a Andrés Haddad. un argentino se­sentón e infatigable nacido en Siria, que admite haber empezado con un capital de veinte centavos, y que preside el Centro Agrario Yer­batero Argentino (CAYA), una de las tres gremiales de productores.

–Los molineros importadores del sur nos han llevado al desas­tre –sostiene don Andrés–. El yerbatero brasileño no invierte un centavo, entra en el monte y poda el árbol. Pero a nosotros, cada hoja nos ha costado dinero.

La yerba es un cultivo exigente. Antes de plantar, hay que des­montar el terreno, descoibarar, rozar, arar, disquear. Requiere un año de vivero antes de trasplantarla y cinco años de cuidado para que em­piece a producir.

Después vienen los gastos de la zafra, la secanza y el canchado, o molienda rudimentaria. Sólo entonces el colono entrega la yerba al Mercado Consignatario y recibe, en concepto de prenda financiada por el Banco de la Nación, una suma inferior al costo. Su ganancia queda remitida al cobro del saldo prendario que le llega con dos, tres y hasta cinco años de atraso en moneda ya desvalorizada.

–Antes –sostiene Haddad–, el colono recibía hasta el ochen­ta por ciento del precio al prendar la yerba. Hoy, apenas recibe el cuarenta.

El Mercado adeuda a los productores más de dos mil millones de pesos en prendas atrasadas desde 1961. Esa deuda sumada a los casi cinco mil millones que se pierden al no cosechar en 1966, resumen la crisis de Misiones.

A don Andrés, la decisión de no cosechar tomada por el CAYA, la ARYA y la Federación de Cooperativas, y avalada por el gobierno, le cuesta veinte millones de pesos.

Pero otros no se resignaron.

"COSECHISTOS" Y EXPORTADORES

La primera rebelión partió de Corrientes. Los Navaja Centeno, pro­pietarios en Virasoro del más grande y moderno establecimiento del país, apelaron judicialmente la inconstitucionalidad del decreto prohi­bitivo y ganaron rápidamente el pleito.

Otros los siguieron: La Plantadora en San Ignacio, Mate Laranjeiras en Puerto Esperanza, Yerbales en San José.

En la Industrial Paraguaya (SAIFI), uno de los gigantes yerbate­ros, el secadero estaba trabajando a todo trapo.

–Nosotros somos "cosechistos" –dice jovialmente el admi­nistrador, Mr. Bramford, un inglés de cara rubicunda y pelo color arena.

SAIFI no tuvo necesidad de apelar: la CRYM le dio permiso de cosechar para exportación.

–¿Al Líbano? –pregunto.

Mr. Bramford guiña un ojo, quizás involuntariamente.

–Al Líbano –dice.

En el puerto que lleva su nombre, Víctor Menocchio afilaba las cuchillas de la máquina de cosechar inventada por él y se disponía a podar ochenta hectáreas, también para exportación.

En Santo Pipó, Santa Ana, San José, los pensamientos de otros "cosechistos" confluían mágicamente en los países árabes que, al pa­recer, se aprestan a consumir en un año más yerba mate que en toda su historia pasada, aunque nada prueba que Argentina esté por superar sus niveles ínfimos de exportación.

Pero el noventa y cinco por ciento de los yerbales y secaderos estaban parados.

LOS DE ABAJO

Emilio Korach renguea todavía. Era colono, y este año debió pasar a peón. El primer día de trabajo en la planta metalúrgica del Zaimán, se quebró una pierna.

–¿Y cómo va? –le digo. El hombre mira su yerbal.

–Estoy aplastado –responde pausadamente–. Nací aquí en San Ignacio, tengo cuarenta y siete años, y usted me ve así. Nunca pu­de llegar a nada, porque simplemente he sido un agricultor honesto y sigo las leyes que dictan los gobiernos. –Su mirada clara se ahonda al resumir la experiencia de su vida.– El agricultor misionero, con el asunto yerba mate, no tiene ninguna chance.

A todo lo ancho de Misiones, quince mil colonos repiten lo mis­mo en todos los tonos, con vestigios de todos los idiomas.

Uno no sabe dónde cair, miquirido –rezonga Víctor Dumansky, viejo y ciego, junto al único hijo que queda a su lado de los trece que tuvo–. Yo recorrí todo mundo miquirido, año mil noveshento once vino aquí, estuvo en Pampa, estuvo en Mendoza, estuvo en San Luis, todos los catres pasé. Y ahora yerba no te pagan miquirido, prenda atrasada te pagan con cuntagotas.

–No hay prata –murmuran absortos los japoneses de Colonia Lujan–. Colonos, mucho pobrecitos.

A Albino Nerenberg lo hallamos trabajando en un aserradero de Irigoyen.

–Cuando viene bien la agricultura –dice mordazmente–, ha­go estas changas.

–¿Bien?

–Pésimo –admite–. Pero los agricultores chicos no somos de­licados. Clavamos los dientes en la pared, y dejamos el estómago col­gado por ahí.

Eugenio Duda tiene apenas ocho hectáreas. Al no cosechar, pier­de "apenas" 30.000 pesos.

–Pero es todo lo que iba a cobrar este año. La chacra de Felipe Villalonga es aun más pobre: él no cosecha­ría aunque lo dejaran.

–El año pasado me dieron un cupo de mil kilos. ¿Qué quiere que haga con mil kilos?

El polaco Saleski ha venido a Santo Pipó con su tractor. No quiere comentar la situación.

–Misiones va a venir capuera –profetiza enigmáticamente.

Parecería que no se puede descender más. Pero se puede. Por de­bajo del agobio de los pequeños colonos se extiende, casi insondable, el hambre y la desesperanza de veinticinco mil peones rurales.

LOS HEREDEROS DEL MENSÚ

Ahí están, hormigueando ente las plantas verdes, con sus caras oscuras, sus ropas remendadas, sus manos ennegrecidas: la muchedumbre de los tareferos. Hombres, mujeres, chicos, el trabajo no hace distingos.

En un yerbal alto como éste, el jefe de la familia trepa al árbol y con la tijera poda las ramas que su compañera y su prole cortan y quiebran en un movimiento incesante, separando la hoja del palo y amontonándola en las ponchadas –dos bolsas abiertas y unidas– que cuando estén llenas se convertirán en "raídos".

No hay cabezas rubias ni apellidos exóticos entre ellos. El tarefero es siempre criollo, misionero, paraguayo, peón golondrina sin tierra.

Se acercan, nos rodean mansamente, y no tenemos que pregun­tarles siquiera para que caiga sobre nosotros el aluvión de su protesta:

Estamos todos abajo –dicen.

Nuestro jornal no sube.

–El familiar no te pagan.

–Estamos atenidos.

–Apenas se gana para el pan.

–Si uno come medio kilo de carne a la semana, ya es lindo.

–Estamos a mate cocido.

–No tenemos ropa.

–Jodiaos, eso es lo que estamos.

Se quitan la palabra de la boca en su apuro por transmitir esa angus­tia a alguna parte, a algún mundo desconocido, antes que llegue el patrón, el capataz, el camión que ya viene por la picada cargando los raídos.

Pero todavía hay tiempo para que las caras cobren nombre. Es Oscar Vallejo, descalzo y trepado a un árbol, el que dice:

–Somos tres y no sacamos dos mil kilos por semana. Diez mil pesos mensuales. Para tres.

Es María Antonia Torales, de 12 años, que debería estar en la es­cuela, pero no está, y gana 125 pesos diarios. Es la gorda Ciriaca González:

–Esto no es ganancia. La quebranza es muy fina.

Porque ahora hay que cosechar con el cinco por ciento de palo, en vez del quince.

Es Máxima Vera, una muchacha envejecida de hermosos ojos agatados, que nos muestra las manos casi negras.

–Curte que da gusto, no hay jabón que saque. Es Fernando Cáceres:

–No somos nada, no tenemos defensa. Aquí no hay sindicato ni leyes ni feriados.

Es Mario Vallejo:

No sabemos adonde reclamar, si a la policía, a la gendarmería, a quién.

Es Valentín Núñez que concluye:

–Si protestas, te echan a patadas.

Y ya llega el camión por la picada, el capataz, los cargadores re­clamando:

–¡Raído! ¡Arriba! ¡muchachos!

Cuatro pares de brazos levantan al sol, como una ofrenda, la ponchada de yerba, la gran riqueza de Misiones construida sobre un mar de sufrimiento.

URUES Y GUAIÑOS

En la playa del secadero, los camiones vuelcan su carga verde que los horquilleros embocan en la cinta transportadora. De ahí la hoja sigue a los grandes tubos de la sapecadora, calentados a temperatura cons­tante, de donde sale a los pocos segundos, ya con su perfume caracte­rístico, tras perder el cuarenta por ciento de agua.

Pero la secanza a fondo, se hace en el barbacuá.

Parados sobre la gran estructura con forma de bote invertido, el urú Marcelino Brites, y su ayudante el guaiño Sanabria, parecen de­monios semidesnudos, sudorosos y raquíticos, mientras con la horqui­lla cambian de capa los cinco mil kilos de hoja verde que se acumulan sobre el enrejado de palos de monte.

Un homo subterráneo insufla en el oscuro galpón una corriente continua de aire quemante.

–¿Cuánto dura el turno?

–Veinte horas –dice el urú sin cesar de mover la hoja con un ritmo y un orden que solo él conoce–. Hasta que termine la secanza.

LA TORTURA DEL BARBACUÁ

La temperatura es tan alta que parece imposible aguantar más de unos minutos. Pero, ¿qué quiere decir alta? Lo sabremos en el "catre" –una especie de barbacuá perfeccionado y plano– de la Industrial Paraguaya. Allí el termómetro colocado junto a las bocas de fuego marca ine­quívocamente: noventa grados centígrados, que significan setenta gra­dos arriba, donde trabajan los secadores.

–Es poco –se lamenta Mr. Bramford, y no sabemos si bromea cuando añade:

–Lo ideal es ciento veinte grados abajo y cien arriba.

Arriba, la escena parece arrancada de un sueño. Sobre una alti­planicie de hojas que se pierde en largas penumbras, flotan los vahos blanquecinos de la yerba secada, su perfume bruscamente intolerable. Como sombras de otro mundo armadas de horquillas, se mueven me­dia docena de hombres.

Este, que sin duda es el trabajo más insalubre del mundo, es también la cumbre del oficio del peón yerbatero, la suprema ciencia y la suprema recompensa: el urú gana la extraordinaria suma de 67 pe­sos la hora.

El sesenta por ciento de la yerba de Misiones se seca de este modo. El resto, en instalaciones mecánicas de secanza rápida. Pero todo el mundo sabe que la yerba de catre o de barbacuá tiene otro sabor...

DESOCUPACIÓN Y ÉXODO

Estos hombres son afortunados: tienen trabajo. En El Porvenir de los Barthe, cerca de Posadas, quedaban treinta peones, de los cien que trabajaban normalmente en esa época. En la María Antonia, sobre cien peones estables, trabajan cuarenta. En Puerto Menocchio, cua­renta sobre ochenta. En Gisela, veintidós sobre ciento veinte.

–Tengo que inventarles trabajo –nos dice el administrador Lutjohan–. Más no puedo mantener.

En San Ignacio, hablamos con el comandante Rogelio Fortunato, jefe del escuadrón 11 de Gendarmería Nacional. –Aquí hay hambre –dice con un rescoldo de indignación en la voz–. Aquí hay miseria, hay desocupación, hay éxodo. Aquí estamos dando diariamente de ocho a diez frazadas, porque la gente pasa frío. Aquí hay familias donde entre seis comen diez mandiocas en todo el día.

En marzo el gobierno radical pretendió demostrar que la prohibición de la zafra no acarreaba desocupación. En Santo Pipó, donde se denunciaban trescientos desocupados, la encuesta gubernamental sólo pudo descubrir a dos.

–¡Pero yo le voy a hacer hablar los ranchos mudos! –excla­ma, justamente en Santo Pipó, este hombre sólido y enérgico, impe­cable en su traje blanco de médico, enormemente versado en el pro­blema yerbatero, que presidió hasta junio la Cámara de Diputados de la provincia.

El doctor Comolli nos lleva a recorrer las casas vacías de El 26, el "conventillo" desierto de La Invernada, la escuela 140, donde aca­ban de suprimirse dos grados porque cincuenta alumnos se han ido, los restos de los ranchos derrumbados por los peones paraguayos que vuelven a su país.

¿Qué otra cosa puede hacer esa gente? Voltea su rancho, amon­tona las tablas en una canoa y se va, con su atadito de ropa, su mujer, sus hijos nacidos en la Argentina, que la Argentina expulsa.

Pero la predicción es segura: el año próximo, cuando se vuelva a cosechar la yerba, faltarán brazos en Misiones.

¿HAY SOLUCIÓN?

Enunciar en pocas líneas una solución para los problemas misione­ros sería insensato. A los males estructurales de la provincia, la falta de caminos, el consumo de energía eléctrica más bajo del país, las cíclicas crisis yerbateras, se suman otras desgracias parciales y aca­so inevitables, como la catastrófica caída en el precio internacional del tung.

Pero en torno de la yerba, todos creen que se puede y se debe ha­cer algo. Y nadie duda de que, en la base misma de lo que se puede y se debe hacer, está la prohibición, absoluta y para siempre, de impor­tar yerba por cualquier vía que sea.

No bastará con eso. La capacidad productiva duplicará durante muchos años el consumo del país. Las zafras deberán ser reguladas, el tambaleante Mercado reconstruido. Habrá que extirpar los yerbales improductivos porque su bajo rendimiento influye en la determina­ción del costo y, por lo tanto, en el precio. Algunos rinden menos de 500 kilos secos por hectárea, cuando el suizo Alberto Roth obtiene diez veces más. inclusive en yerbales viejos, mediante un cultivo ejemplar.

ABRIR MERCADOS

Aun así, será insuficiente. En medio siglo la industria yerbatera no ha invertido un centavo en propaganda eficaz, en investigación. La Co­misión de Propaganda de la GRYM es inoperante, con un presupuesto inferior a los cuarenta millones anuales. Para competir con otras infu­siones y bebidas, el mate necesitaría un presupuesto publicitario diez veces superior, nada exagerado si se piensa que el mercado de consu­mo asciende a diez mil millones.

El consumo per cápita disminuye año a año; de diez kilos en 1930, a menos de seis en la actualidad. Para muchos, el mate con bombilla está condenado, salvo en las zonas rurales. Hay que buscar nuevas formas de presentar el producto. Es preciso abrir mercados a la exportación.

Nada de esto podrá hacerlo Misiones con sus propias fuerzas. El colono misionero ha demostrado que es buen negocio financiarlo. Es­to se ha hecho hasta la explotación. Por una vez, podría hacerse de otro modo.

Si cada uno de esos objetivos se cumple, es posible que el culti­vo yerbatero sobreviva. De lo contrario, se habrá perdido definitiva­mente la guerra iniciada hace tres siglos por los "mamelucos" paulistas contra los viejos pueblos de las Misiones.

Tomado prestado de: RODOLFO WALSH - El violento oficio de escribir - Obra periodística (1953-1977) - Espejo de la Argentina - PLANETA

 

RODOLFO WALSH http://1.bp.blogspot.com/_c5q9qLYvSCA/SeWoW5emqXI/AAAAAAAAACg/tPeMLGCjlF4/s400/1-rodolfo_walsh.jpg

nació en 1927 en la localidad de Choele-Choel, provincia de Río Negro. Fue escritor, periodista, traductor y asesor de colecciones. Su obra recorre especialmente el género policial, periodístico y testimonial, con celebradas obras como Operación Masacre y Quién mató a Rosendo. Walsh es para muchos el paradigmático producto de una tensión resuelta: la establecida entre el intelectual y la política, la ficción y el compromiso revolucionario. El 25 de marzo de 1977 un pelotón especializado emboscó a Rodolfo Walsh en calles de Buenos Aires con el objetivo de aprehenderlo vivo. Walsh, militante revolucionario, se resistió, hirió y fue herido a su vez de muerte. Su cuerpo nunca apareció. El día anterior había escrito lo que sería su última palabra pública: la Carta abierta a la junta militar.