miércoles, 21 de noviembre de 2012

Con los ojos cerrados

 

Un cuento de Reinaldo Arenas

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A usted sí se lo voy a decir, porque sé que si se lo cuento a usted no se me va a reír en la cara ni me va a regañar. Pero a mi madre no. A mamá no le diré nada, porque de hacerlo no dejaría de pelearme y de regañarme. Y, aunque es casi seguro que ella tendría la razón, no quiero oír ningún consejo ni advertencia. 
Por eso. Porque sé que usted no me va a decir nada, se lo digo todo. Ya que solamente tengo ocho años voy todos los días a la escuela. Y aquí empieza la tragedia, pues debo levantarme bien temprano -cuando el pimeo que me regaló la tía Grande Ángela sólo ha dado dos voces -porque la escuela está bastante lejos. 
A eso de las seis de la mañana empieza mamá a pelearme para que me levante y ya a las siete estoy sentado en la cama y estrujándome los ojos. Entonces todo lo tengo que hacer corriendo: ponerme la ropa corriendo, llegar corriendo hasta la escuela y entrar corriendo en la fila pues ya han tocado el timbre y la maestra está parada en la puerta. 
Pero ayer fue diferente ya que la tía Grande Ángela debía irse para Oriente y tenía que coger el tren antes de las siete. Y se formó un alboroto enorme en la casa. Todos los vecinos vinieron a despedirla, y mamá se puso tan nerviosa que se le cayó la olla con el agua hirviendo en el piso cuando iba a pasar el agua por el colador para hacer el café, y se le quemo un pie. 
Con aquel escándalo tan insoportable no me quedó más remedio que despertarme. Y, ya que estaba despierto, pues me decidí a levantarme.
La tía Grande Ángela, después de muchos besos y abrazos, pudo marcharse. Y yo salí en seguida para la escuela, aunque todavía era bastante temprano.
Hoy no tengo que ir corriendo, me dije casi sonriente. Y eché a andar bastante despacio por cierto. Y cuando fui a cruzar la calle me tropecé con un gato que estaba acostado en el contén de la acera. Vaya lugar que escogiste para dormir -le dije-, y lo toqué con la punta del pie. Pero no se movió. Entonces me agaché junto a él y pude comprobar que estaba muerto. El pobre, pensé, seguramente lo arrolló alguna máquina, y alguien lo tiró en ese rincón para que no lo siguieran aplastando. Qué lástima, porque era un gato grande y de color amarillo que seguramente no tenía ningún deseo de morirse. Pero bueno: ya no tiene remedio. Y seguí andando.
Como todavía era temprano me llegué hasta la dulcería, porque aunque está lejos de la escuela, hay siempre dulces frescos y sabrosos. En esta dulcería hay también dos viejitas de pie en la entrada, con una.jaba cada una, y las manos extendidas, pidiendo limosnas... Un día yo le di un medio a cada una, y las dos me dijeron al mismo tiempo: Dios te haga un santo. Eso me dio mucha risa y cogí y volví a poner otros dos medios entre aquellas manos tan arrugadas y pecosas. Y ellas volvieron a repetir Dios te haga un santo, pero ya no tenía tantas ganas de reírme. Y desde entonces, cada vez que paso por allí, me miran con sus caras de pasas pícaras y no me queda. más remedio que darles un medio a cada tina. Pero ayer sí que no podía darles nada, ya que hasta la peseta de la merienda la gasté en tortas de chocolate. Y por eso salí por la puerta de atrás, para que las viejitas no me vieran.
Ya sólo me faltaba cruzar el puente, caminar dos cuadras y llegar a la escuela.
En ese puente me paré un momento porque sentí una algarabía enorme allá abajo, en la orilla del río. Me arreguindé a la baranda y miré: un coro de muchachos de todos tamaños tenían acorralada una rata de agua en un rincón y la acosaban con gritos y pedradas. La rata corría de un extremo a otro del rincón, pero no tenía escapatoria y soltaba unos chillidos estrechos y desesperados. Por fin, uno de los muchachos cogió una vara de bambú y golpeó con fuerza sobre el torno de la rata, reventándola. Entonces todos los demás corrieron hasta donde estaba el animal y tomándolo, entre saltos y gritos de triunfo, la arrojaron hasta el centro del río. Pero la rata muerta no se hundió. Siguió flotando bocarriba hasta perderse en la corriente.
Los muchachos se fueron con la algarabía hasta otro rincón del río. Y yo también eché a andar.
Caramba -me dije-, qué fácil es caminar sobre el puente. Se puede hacer hasta con los ojos cerrados, pues a un lado tenernos las rejas que no lo dejan a uno caer al agua y del otro, el contén de la acera que nos avisa antes de que pisemos la calle. Y para comprobarlo cerré los ojos y seguí caminando. Al principio me sujetaba con una mano a la baranda del puente, pero luego ya no fue necesario. Y seguí caminando con los ojos cerrados. Y no se lo vaya usted a decir a mi madre, pero con los ojos cerrados uno ve muchas cosas, y hasta mejor que si los lleváramos abiertos... Lo primero que vi fue una gran nube amarillenta que brillaba unas veces más fuerte que otras, igual que el sol cuando se va cayendo entre los árboles. Entonces apreté los párpados bien duros y la nube rojiza se volvió de color azul. Pero no solamente azul, sino verde. Verde y morada. Morada brillante como si fuese un arcoiris de esos que salen cuando ha llovido mucho y la tierra está casi ahogada.
Y, con los ojos cerrados, me puse a pensar en las calles y en las cosas; sin dejar de andar. Y vi a mi tía Grande Ángela saliendo de la casa. Pero no con el vestido de bolas rojas que es el que siempre se pone cuando va para Oriente, sino con un vestido largo y blanco. Y de tan alta que es parecía un palo de teléfono envuelto en una sábana. Pero se veía bien.
Y seguí andando. Y me tropecé de nuevo con el gato en el contén. Pero esta vez, cuando lo rocé con la punta del pie, dio un salto y salió corriendo, Salió corriendo el gato amarillo brillante porque estaba vivo y se asustó cuando lo desperté. Y yo me reí muchísimo cuando lo vi desaparecer, desmandado y con el lomo erizado que parecía soltar chispas.
Seguí caminando, con los ojos desde luego bien cerrados. Y así fue como llegué de nuevo a la dulcería. Pero como no podía comprarme ningún dulce pues ya me había gastado hasta la última peseta de la merienda, me conformé con mirarlos a través de la vidriera. Y estaba así, mirándolos, cuando oigo dos voces detrás del mostrador que me dicen: ¿No quieres comerte algún dulce? Y cuando alcé la cabeza vi que las dependientes eran las dos viejitas que siempre estaban pidiendo limosas a la entrada de la dulcería. No supe qué decir. Pero ellas parece que adivinaron mis deseos y sacaron, sonrientes, una torta grande y casi colorada hecha de chocolate y de almendras. Y me la pusieron en las manos. 
Y yo me volví loco de alegría con aquella torta tan grande y salí a la calle.
Cuando iba por el puente con la torta entre las manos, oí de nuevo el escándalo de los muchachos. Y (con los ojos cerrados) me asomé por la baranda del puente y los vi allá abajo, nadando apresurados hasta el centro del río para salvar una rata de agua, pues la pobre parece que estaba enferma y no podía nadar.
Los muchachos sacaron la rata temblorosa del agua y la depositaron sobre una piedra del arenal para que se oreara con el sol. Entonces los fui a llamar para que vinieran hasta donde yo estaba y comernos todos juntos la torta de chocolate, pues yo solo no iba a poder comerme aquella torta tan grande.
Palabra que los iba a llamar. Y hasta levanté las manos con la torta y todo encima para que la vieran y no fueran a creer que era mentira lo que les iba a decir, y vinieron corriendo. Pero entonces, puch, me pasó el camión casi por arriba en medio de la calle que era donde, sin darme cuenta, me había parado.
Y aquí me ve usted: con las piernas blancas por el espatadrapo y el yeso. Tan blancas como las paredes de este cuarto, donde sólo entran mujeres vestidas de blanco para darme un pinchazo o una pastilla también blanca.
Y no crea que lo que le he contado es mentira. No vaya a pensar que porque tengo un poco de fiebre y a cada rato me quejo del dolor en las piernas, estoy diciendo mentiras, porque no es así. Y si usted quiere comprobar si fue verdad, vaya al puente, que seguramente debe estar todavía, toda desparramada sobre el asfalto, la torta grande y casi colorada, hecha de chocolate y almendras, que me regalaron sonrientes las dos viejecitas de la dulcería.

 

Reinaldo Arenas; Breve reseña sobre su obra

Reinaldo Arenas nació en Holguín, Oriente, Cuba en 1943. Pasó su primera infancia en el campo, hecho que lo marcó como escritor, según sus propias palabras :El hecho de haber sido un niño aislado y haber crecido en una granja, lejos de la gente y de la civilización y en condiciones de pobreza, constituyó un factor motivador importante en mi formación de escritor. En mis libros trato de comunícar mi felicidad y mi infelicidad, mi soledad y mi esperanza.
Posteriormente, se trasladó a La Habana para continuar sus estudios en la Facultad de Filosofia y Letras. Ganó un concurso de literatura infantil en 1963, y Elíseo Diego lo invitó a trabajar en la Biblioteca Nacional, donde continuó hasta 1968. Trabajó también en Casa de las Américas y entre 1967 y 1971 fue redactor de La Gaceta de Cuba.
En 1967 aparece su primera novela Celestino antes del alba, que fue su único libro publicado en Cuba. El libro es una evocación de las visiones fantásticas de un niño raro que habita en la Cuba rural prerrevolucionaria. La imaginación, la poesía, el juego se conjugan con la dureza de lo vivido día a día, el hambre, la violencia, la represión y operan en magnífica síntesis alquímica. Ya por entonces, Arenas empieza a convertirse en un mito ; Lezama Lima, con una de sus frases lapidarias, dice de él : El soplo del genio no tiene límites, puede llegar a un pastor holguinero.
Su segunda novela, El mundo alucinante obtuvo mención en el concurso de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) pero no mereció el primer premio pues ciertas escenas eróticas ofendían, y , por otra parte, la novela contenía ciertas implicancias antirrevolucionarias. Por este motivo, Arenas tendrá que publicarla fuera de Cuba, en México, en 1969. Su traducción al francés obtuvo el premio a la mejor novela extranjera, con lo cual el escritor selló su reconocimiento internacional. A partir de entonces, todos sus escritos fueron prohibidos. Sin embargo, Arenas se las arregló como para continuar escribiendo y enviar fuera de Cuba sus manuscritos. Logró así publicar Con los ojos cerrados (Uruguay,1972, reeditado posteriormente con el título Termina el desfile) y El palacio de las blanquísimas mofetas (en traducción francesa, 1975).
El manuscrito de su novela Otra vez el mar, que trata críticamente el período revolucionario, fue dos veces confiscado por las autoridades cubanas. Tras haber sido arrestado en 1974 aparentemente por delito de homosexualidad, Arenas pasa un tiempo en un campo de reeducación donde intenta reconstruir su novela, que finalmente reescribirá poco después de llegar a los Estados Unidos, en 1980, en el famoso éxodo de Mariel.
Estableció su residencia en Nueva York, donde publicó, entre otras, las siguientes obras: El central (1981), La loma del ángel (1987), El portero (1989), Viaje a La Habana (1990) y su autobiografia, que acaba de ser reeditada, Antes que anochezca. 
El aspecto fundamental que caracteriza a toda la producción de Reinaldo Arenas es su capacidad para combinar realismo y fantasía, para plasmar cuadros sumamente precisos y, al mismo tiempo, obsesivamente irreales de la vida cubana. Arenas no está interesado en el drama exclusivamente realista; desea mostrarle al lector la secreta historia de las emociones, las victorias del placer y las pequeñas deshonestidades del alma y para ello recurre a la imaginación, a la fabulación. Así, por ejemplo, el niño protagonista de Celestino antes del alba tiene problemas para distinguir entre realidad y fantasía e imagina, entre otras cosas, que puede volar y estar a salvo entre las nubes, lejos del mundo de miseria y violencia que lo rodea. En El mundo alucinante ficcionaliza la vida de fray Servando Teresa de Mier convirtiendo a la novela en una enciclopedia, histórica, ficticia y literaria de la época moderna.
Abilio Estévez, el escritor cubano autor de Tuyo es el reino, afirma que no podemos prescindir de Arenas si queremos entender un poco a esta Isla terrible. Nos maldice y llegamos a quererlo, como deberíamos amar al demonio que nos salva mostrándonos el espanto de nuestras vidas, afirma. 
Reinaldo Arenas se suicidó en 1990. De alguna manera, su suicidio está previsto en una de las primeras y hermosas frases de Antes que anochezca :El sabor que recuerdo es el sabor de la tierra.
A la sombra de la mata de almendras, Con los ojos cerrado y El hijo y la madre integran el libro de relatos Termina el desfile, editado por Seix Barral.

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