martes, 17 de enero de 2012

El negro


ROSA MONTERO 17/05/2005


Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.

Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: "Pero qué chiflados están los europeos".

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Cuento: Hijo solo

Un cuento de José María Arguedas- (1957)

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Hoy es el aniversario de este magnífico escritor y en homenaje les comparto una de sus historias-

Llegaban por bandadas las torcazas a la hacienda y el ruido de sus alas azotaba el techo de calamina. En cambio las calandrias llegaban solas, exhibiendo sus alas; se posaban lentamente sobre los lúcumos, en las más altas ramas, y cantaban.

A esa hora descansaba un rato, Singu, el pequeño sirviente de la hacienda. Subía a la piedra amarilla que había frente a la puerta falsa de la casa; y miraba la quebrada, el espectáculo del río al anochecer. Veía pasar las aves que venían del sur hacia la huerta de árboles frutales.

La velocidad de las palomas le oprimía el corazón; en cambio, el vuelo de las calandrias se retrataba en su alma, vivamente, lo regocijaba. Los otros pájaros comunes no le atraían. Las calandrias cantaban cerca, en los árboles próximos. A ratos, desde el fondo del bosque, llegaba la luz tibia de las palomas. Creía Singu que de ese canto invisible brotaba la noche porque el canto de la calandria ilumina como la luz, vibra como ella, como el rayo de un espejo. Singu se sentaba sobre la piedra. Le extrañaba que precisamente al anochecer se destacara tanto la flor de los duraznos. Le parecía que el sonido del río movía los árboles y mostraba las pequeñas flores blancas y rosadas, aun los resplandores internos, de tonos oscuros, de las flores rosadas.

Estaba mirando el camino de la huerta, cuando vio entrar en el callejón empedrado del caserío, un perro escuálido, de color amarillo. Andaba husmeando, con el rabo metido entre las piernas. Tenía "anteojos"; unas manchas redondas de color claro, arriba de los ojos.

Se detuvo frente a la puerta falsa. Empezó a lamer el suelo donde la cocinera había echado el agua con que lavó las ollas. Inclinó el cuerpo hacia atrás; alcanzaba el agua sucia estirando el cuello. Se agazapó un poco. Estaba atento, para saltar y echarse a correr si alguien abría la puerta. Se hundieron aún más los costados de su vientre; resaltaban los huesos de las piernas; sus orejas se recogieron hacia atrás; eran oscuras, por las puntas.

Singu buscaba un nombre. Recordaba febrilmente nombres de perros.

—¡"Hijo Solo"!—le dijo cariñosamente—. ¡"Hijoo Solo"! ¡Papacito! ¡Amarillo! ¡Niñito! ¡Ninito!

Como no huyó, sino que lo miró sorprendido, alzando la cabeza, dudando, Singuncha siguió hablándole en quechua, con tono cada vez más familiar.

—¿Has venido por fin a tu dueño? ¿Dónde has estado, en qué pueblo, con quién?

Se bajó de la piedra, sonriendo. El perro no se espantó, siguió mirándolo. Sus ojos también eran de color amarillo, el iris se contraía sin decidirse.

—Yo, pues, soy Singuncha. Tu dueño de la otra vida. Juntos hemos estado. Tú me has lamido, yo te daba queso fresco, leche también; harto. ¿Por qué te fuiste?

Abrió la puerta. De la leche que había para los señores echó apresuradamente bastante, en un plato hondo; y corrió. Estaba aún ahí el perro, sorprendido, dudando. Puso el plato en el suelo. "Hijo Solo" se acercó casi temblando. Y bebió la leche. Mientras lamía haciendo ruido con las fauces, sus orejitas se recogieron nuevamente hacia arriba; cerró un poco los ojos. Su hocico, como las puntas de las orejas, era negro. Singuncha puso los dedos de sus dos manos sobre la cabeza del perro, conteniendo la respiración, tratando de no parecer siquiera un ser vivo. No huyó el perro, cesó un instante de lamer el plato. También él paralizó su aliento; pero se decidió a seguir. Entonces Singuncha pudo acariciarle las orejas.

Jamás había visto un animal más desvalido; casi sin vientre y sin músculos. "¿No habrá vuelto de acompañar a su dueño, desde la otra vida?", pensó. Pero viéndole la barriga, y la forma de las patas, comprendió que era aún muy joven. Sólo los perros maduros pueden guiar a sus dueños, cuando mueren en pecado y necesitan los ojos del perro para caminar en la oscuridad de la otra vida.

Se abrazó al cuello de "Hijo Solo". Todavía pasaban bandadas de palomas por el aire; y algunas calandrias, brillando.

Hacia tiempo que Singu no sentía el tierno olor de un perro, la suavidad del cuello y de su hocico. Si el señor no lo admitía en la casa, él se iría, fugaría a cualquier pueblo o estancia de la altura, donde podían necesitar pastores. No lo iban a separar del compañero que Dios le había mandado hasta esa profunda quebrada escondida. Debía ser cierto que "Hijo Solo" fue su perro en el mundo incierto de donde vienen los niños. Le había dicho eso al perro, sólo para engañarlo; pero si él había oído, si le había entendido, era porque así tenía que suceder; porque debían encontrarse allí, en "Lucas Huayk'o", la hacienda temida y odiada en cien pueblos. ¿Cómo, por qué mandato "Hijo Solo" había llegado hasta ese infierno odioso? ¿Por qué no se había ido, de frente, por el puente, y había escapado de Lucas Huayk'o"?

—Gringo! ¡Aquí sufriremos! Pero no será de hambre —le dijo—. Comida hay, harto. Los patrones pelean, matan sus animales; por eso dicen que "Lucas Huayk'o" es infierno. Pero tú eres de Singuncha, "endio" sirviente. ¡Jajay! ¡Todo tranquilo para mí! ¡Vuela torcacita! ¡Canta tuyay, tuyacha! ¡Todo tranquilo!

Abrazó al perro, más estrechamente; lo levantó un poco en peso. Hizo que la cabeza triste de "Hijo Solo" se apoyara en su pecho. Luego lo miró a los ojos. Estaba aún desconcertado. Sonriendo, Singucha alzó con una mano el hocico del perro, para mirarlo más detenidamente, e infundirle confianza.

Vio que el iris de los ojos del perro clareaba. Él conocía como era eso. El agua de los remansos renace así, cuando la tierra de los aluviones va asentándose. Aparecen los colores de las piedras del fondo y de los costados, las yerbas acuáticas ondean sus ramas en la luz del agua que va clareando; los peces cruzan sus rayos. "Hijo Solo" movió el rabo, despacio, casi como un gato; abrió la boca, no mucho; chasqueó la lengua, también despacio. Y sus ojos se hicieron transparentes. No deseaba ver más el Singuncha; no esperaba más del mundo.

Le siguió el perro. Quedó tranquilo, echado sobre los pellejos en que el cholito dormía, junto a la despensa, en una habitación fría y húmeda, debajo del muro de la huerta. Cuando llovía o regaban, rezumaba agua por ese muro.

Quizá los perros conocen mejor al hombre que nosotros a ellos. "Hijo Solo" comprendió cuál era la condición de sus dueños. No salió durante días y semanas del cuarto. ¿Sabía también que los dueños de la hacienda, los que vivían en esta y en la otra banda se odiaban a muerte? ¿Había oído las historias y rumores que corrían en los pueblos sobre los señores de "Lucas Huayk'o"?

—¿Viven aún los dos?—se preguntaban en las aldeas—. ¿Qué han derrumbado esta semana? ¿Los cercos, las tomas de agua, los andenes?

—Dicen que don Adalberto ha desbarrancado en la noche doce vacas lecheras de su hermano. Con veinte peones las robó y las espantó al abismo. Ni la carne han aprovechado. Cayeron hasta el río. Los pumas y los cóndores están despedazando a los animales finos.

—¡Anticristos!

—¡Y su padre vive!

—¡Se emborracha! ¡Predica como diablo contra sus hijos! Se aloca.

—¿De dónde, de quién vendrá la maldición?

No criaban ya animales caseros ninguno de los dos señores. No criaban perros. Podían ser objetos de venganza, fáciles.

—"Lucas Huayk'o" arde. Dicen que el sol es allí peor. ¡Se enciende! ¿Cómo vivirá la gente? Los viajeros pasan corriendo el puente.

Sin embargo "Hijo Solo" conquistó su derecho a vivir en la hacienda. Él y su dueño procedieron con sabiduría. Un perro allí era necesario más que en otros sitios y hogares. Pero los habían matado a balazos, con veneno o ahorcándolos en los árboles, a todos los que ambos señores criaron, en esta y en la otra banda.

Los primeros ladridos de "Hijo Solo" fueron escuchados en toda la quebrada. Desde lo alto del corredor. "Hijo Solo" ladró al descubrir una piara de mulas que se acercaban al puente. Se alarmó el patrón. Salió a verlo. Singu corrió a defenderlo.

—¿Es tuyo? ¿Desde cuando?

—Desde la otra vida, señor—contestó apresuradamente el sirviente.

—¿Qué?

—Juntos, pues, habremos nacido, señor. Aquí nos hemos encontrado. Ha venido solito. En el callejón se ha quedado, oliendo. Nos hemos conocido. Don Adalberto no le va ha hacer caso. De "endio" es, no es de werak'ocha. Tranquilo va cuidar la hacienda.

—¿Contra quién? ¿Contra el criminal de mi hermano? ¿No sabes que Don Adalberto come sangre?

—Perro de mí es, pues, señor. Tranquilo va a ladrar. No contra Don Alberto.

"Hijo Solo" los escuchaba inquieto. Miraba al dueño de la hacienda, con esa cristalina luz que tenía en los ojos, desde la tarde en que fue alimentado y saciado por Singuncha, junto a la puerta falsa de la casa grande.

—Es simpático; chusco. Lo matarán sin duda—dijo Don Angel—. Se desprecia a los perros. Se les mata fácil. No hay condena por eso. Que se quede, pues, Singuncha. No te separes de él. Que ladre poco. Te cuidará cuando riegues de noche la alfalfa. Enséñale que no ladre fuerte. Le beberá la sangre siempre, ese Caín, ¿Cómo se llama? Su ladrar ha traído recuerdos a la quebrada.

—"Hijo Solo", patrón.

Movió el rabo. Miró al dueño, con alegría. Sus ojos amarillos tenían la placidez de la luz, no del crepúsculo sino del sol declinante, que se posaba sobre las cumbres ya sin ardor, dulcemente, mientras las calandrias cantaban desde los grandes árboles de la huerta.

"Más fácil es ver aquí un perro muerto. Ya no tengo costumbre de verlos vivos. Allá él. Quizá mi hermano los despache a los dos juntos. Volverán al otro mundo, rápido".

El dueño de la hacienda bajó al patio, hablando en voz baja. No se dieron cuenta durante mucho tiempo. El perro exploró toda la hacienda por la banda izquierda que pertenecía a Don Angel. No escandalizaba. Jugaba en el campo con el pequeño sirviente. Se perdía en la alfalfa floreada; corría a saltos, levantando la cabeza, para mirar a su dueño. Su cuerpo amarillo, lustroso ya, por el buen trato, resaltaba entre el verde feliz de la alfalfa y las flores moradas. Singuncha reía.

—¡Hijos de Dios en medio de la maldición! —decía de ellos la cocinera.

El perro pretendía atrapar a los chihuillos que vivían en los hosques de retama de los pequeños abismos. El cllihuillo tiene vuelo lento y bajo; da la impresión de que va a caer, que está cansado. El perro se lanzaba, anhelante, tras de los chihuillos, cuando cruzaban los campos de alfalfa buscando los árboles que orillaban las acequias. El Singuncha reía a carcajadas. La misma absurda pretensión hacía saltar al perro, la orilla del río, cuando veía pasar a los patos, que eran raros en "Lucas Huayk'o".

Singu era becerro, ayudante de cocina, guía de las yuntas de aradores, vigilante de los riegos, espantador de pájaros, mandadero. Todo lo hacía con entusiasmo. Y desde que encontró a su perro "Hijo Solo", fue aún más diligente. Había trabajado siempre. Huérfano recogido, recibió órdenes desde que pudo caminar.

Lo alimentaron bien, con suero, leche, desperdieios de la comida, huesos, papas y cuajada. El patrón lo dejó al cuidado de las cocineras. Le tuvieron lástima. Era sanguíneo, de ojos vivos. No era tonto. Entendía bien las órdenes. No lloraba. Cuando lo enviaban al campo, le llenaban la bolsa con mote y queso. Regresaba cantando y silbando. Los señores peleaban, procuraban quitarse peones. Los trataban bien por eso. El otro, Don Adalberto, tenía los molinos, los campos de cebada y trigo, las aldeas de la hacienda, y las minas. Don Angel los alfalfares, la huerta, el ganado, el trapiche.

Singu no tomaba parte aún en la guerra. La matanza de los animales, los incendios de los campos de trigo, las peleas, se producían de repente. Corrían; el patrón daba órdenes, traía los caballos. Se armaban de látigos y lanzas. El patrón se ponía un cinturón con dos fundas de pistolas. Partían al galope. La quebrada pesaba, el aire parecía caliente. La cocinera 1loraba. Los árboles se mecían con el viento; se inclinaban mucho, como si estuvieran condenados a derrumbarse; las sombras vibraban sobre el agua. Singuncha bajaba hasta el puente. El tropel de los caballos, los insultos en quechua de los jinetes, su huída por el camino angosto; todo le confirmaba que en "Lucas Huayk'o", de veras, el demonio salía a desplegar sus alas negras y a batir el vientot desde las cumbres.

Hubo un período de calma en la quebrada; coincidió con la llegada de "Hijo Solo".

—Este perro puede ser más de lo que parece —comentó Don Angel semanas después.

Pero sorprendieron a "Hijo Solo", en medio del puente, al medio día.

Singuncha gritó, pidió auxilio. Lo envolvieron con un poncho, le dieron de puntapiés.

Oyó que el perro caía al río. El sonido fue hondo, no como el de un pequeño animal que golpeara con su desigual cuepo la superficie del remanso. A él lo dejaron con un costal sucio amarrado al cuello.

Mientras se arrancaba el costal de la cabeza, huyeron los emisarios de Don Adalberto. Los pudo ver aún en el recodo del camino, sobre la tierra roja del barranco.

Nadie había oído los gritos del becerrero. El remanso brillaba, tenía espuma en el centro, donde se percibía la corriente.

Singu miró el agua. Era transparente, pero honda. Cantaba con voz profunda; no sólo ella, sino también los árboles y el abismo de rocas de la orilla, y los loros altísimos que viajaban por el espacio. Singu no alcanzaría jamás a "Hijo Solo". Iba a lanzarse al agua. Dudó y corrió después, sacudiendo su pantalón remendado, su ponchito de ovejas. Pasó a la otra banda, a la del demonio Don Adalberto; bajó el remanso. Era profundo pero corto. Saltando sobre las piedras como un pájaro, más líbero que las cabras, siguió por la orilla, mirando el agua, sin llorar. Su rostro brillaba, parecía sorber el río.

¡Era cierto! "Hijo Solo" luchaba, a media agua. El Singuncha se lanzó a la corriente, en la zona del vado. Pudo sumergirse. Siempre llevaba, a manera de cuchillo, un trozo de fleje que él había afilado en las piedras. Pero el perro estaba ya aturdido, boqueando. El río los llevó lejos, golpeándolos en las cascadas. Cerca del recodo, tras el que aparecían los molinos de Don Adalberto, Singuncha pudo agarrarse de las ramas de un sauce que caían a la corriente. Luchó fuerte, y salió a la orilla, arrastrando al perro.

Se tendieron en la arena. "Hijo Solo" boqueaba, vomitaba agua como un odre.

Singuncha empezó a temblar, a rechinar los dientes. Tartamudeando maldecía a Don Adalberto, en quechua: "Excremento del infierno, posma del demonio. Que el sol te derrita como a la velas que los condenados llevan a los nevados. ¡Te clavarán con cadenas en la cima de "Aukimana"; "Hijo Solo" comerá tus ojos, tu lengua, y vomitará tu pestilencia, como ahora! ¡Vamos a vivir, pues!"

Se calentó en la arena el perro; puso su cabeza sobre el cuerpo del Singuncha; moviendo sus "anteojos", lo miraba. Entonces lloró Singu.

—¡ Papacito! ¡Flor! ¡Amarillito! ¡Jilguero!

Le tocaba las manchas redondas que tenía en la frente, sus "anteojos".

—iVamos a matar a Don Adalberto! ¡Dice Dios quiere!—le dijo.

Sabía que en los bosques de retama y lambras de Los Molinos cantaban las torcazas más hermosas del mundo. Desde centenares de pueblos venían los forasteros a hacer moler su trigo a "Lucas Huayk'o", porque se afirmaba que esas palomas eran la voz del Señor, sus criaturas. Hacían turnos que duraban meses, y Don Adalberto tenía peones de sobra. Se reía de su hermano.

—¡Para mí cantan, por orden del cielo, estas palomas ! —decía—. Me traen gente de cinco provincias.

Escondido, Singuncha rezó toda la tarde. Oyó, llorando, el canto de las torcazas que se posaron en el bosque, a tomar sombra.

Al anochecer se encaminó hacia Los Molinos. Pasó frente al recodo del río; iba escondiéndose tras los arbustos y las piedras. Llegó frente al caserío donde residía Don Adalberto; pudo ver los techos de calamina del primer molino, del más alto.

Cortó un retazo de su camisa, y lo deshizo, hilo tras hilo; escarmenándolas con las uñas, formó una mota con las hilachas, las convirtió en una mecha suave.

Había escogido las piedras, las había probado. Hicieron buenas chispas; prendieron fuerte aún a plena luz del sol.

Más tarde vendrían "concertados" a la orilla del río, a vigilar, armados de escopetas. Anochecía. Los patitos volaban a poca altura del agua. Singu los vio de cerca; pudo gozar contemplando las manchas rojas de sus alas y las ondas azules, brillantes, que adornaban sus ojos y la cabeza.

—¡Adiós niñitas¡—les dijo en voz alta.

Sabía que el sonido del río apagaría su voz. Pero agarró del hocico al "Hijo Solo" para que no ladrase. El ladrido de los perros corta todos los sonidos que brotan de la tierra.

Tupidas matas de retama seca escalaban la ladera, desde el río. No las quemaban ni las tumbaban, porque vivían allí las torcazas.

Llegaron palomas en grandes bandadas, y empezaron a cantar.

Singuncha escogió hojas secas de yerbas y las cubrió con ramas viejas de k'opayso y retama. No oía el canto. Su corazón ardía. Hizo chocar los pedernales junto a la mecha. Varios trozos de fuego cayeron sobre el trapo deshilachado y lo prendieron. Se agachó; de rodillas mientras con un brazo tenía al perro por el cuello, sopló. Y casi de pronto se alzó el fuego. Se retorcieron las ramas. Una llamarada pura empezó a lamer el bosque, a devorarlo.

—¡Señorcito Dios! ¡Levanta fuego! ¡Levanta fuego! ¡Dale la vuelta! ¡Cuida!—gritó alejándose, y volvió a arrodillarse sobre la arena.

Se quedó un buen rato en el río. Oyó gritos, y tiros de carabina y dinamita.

Volvió hacia el remanso. Más allá del recodo, cerca del vado, se lanzó al río. "Hijo Solo" aulló un poco y lo siguió. Llegaban las palomas a esta banda, a la de Don Angen volando descarriadas, cayendo a los alfalfares, tonteando por los aires.

Pero Singu se iba ya; no prestaba oído ni atención verdaderos a la quebrada; subía hacia los pueblos de altura. Con su perro, lo tomarían de pastor en cualquier estancia; o el Señor Dios lo haría llamar con algún mensajero, el Jakakllu o el Patrón de Santiago. Entonces seguiría de frente, hasta las cumbres; y por algún arco iris escalaría al cielo, cantando a dúo con el "Hijo Solo".

—¡Amarillito! ¡Jilguero! —iba diciéndole en voz alta, mientras cruzaban los campos de alfalfa, a la luz de las llamas que devoraban la otra banda de la hacienda.

En la quebrada se avivó más ferozmente la guerra de los hermanos Caínes. Porque Don Adalberto no murió en el incendio.

Pequeña biografía del autor tomada de la wiki

José María Arguedas nació en Andahuaylas, en la sierra sur del Perú. Proveniente de una familia mestiza y acomodada, quedó huérfano de madre a los dos años de edad. Por la poca presencia de su padre —que era un abogado litigante y viajero—, y su mala relación con su madrastra y su hermanastro, se refugió en el cariño de los sirvientes indios, lo que hizo que se adentrara con la lengua y costumbres andinas que modelaron su personalidad. Sus estudios de primaria los realizó en San Juan de Lucanas, Puquio y Abancay, y los de secundaria en Ica, Huancayo y Lima.

Ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, en 1931; allí se licenció en Literatura, y posteriormente cursó Etnología, recibiéndose de bachiller en 1957 y doctor en 1963. De 1937 a 1938 sufrió prisión en razón de una protesta contra un enviado del dictador italiano Benito Mussolini. Paralelamente a su formación profesional, en 1941 empezó a desempeñar el profesorado, primero en Sicuani, Cuzco, y luego en Lima, en los colegios nacionales Alfonso Ugarte, Guadalupe y Mariano Melgar, hasta 1949. Ejerció también como funcionario en el Ministerio de Educación, poniendo en evidencia su interés por preservar y promover la cultura peruana, en especial la música y la danza andinas. Fue Director de la Casa de la Cultura (1963-64) y Director del Museo Nacional de Historia (1964-66). En el campo de la docencia superior, fue catedrático de Etnología en la Universidad de San Marcos (1958-68) y en la Universidad Agraria La Molina (1962-69). Agobiado por conflictos emocionales, puso fin a sus días disparándose un tiro en la cabeza.

Su obra narrativa refleja, descriptivamente, las experiencias de su vida recogidas de la realidad del mundo andino, y está representada por las siguientes obras: Agua (1935), Yawar Fiesta (1941), Diamantes y pedernales (1954), Los ríos profundos (1958), El Sexto (1961), La agonía de Rasu Ñiti (1962), Todas las sangres (1964), El sueño del pongo (1965), El zorro de arriba y el zorro de abajo (publicado póstumamente en 1971). Toda su producción literaria ha sido compilada en Obras completas (1983). Además, realizó traducciones y antologías de poesía y cuentos quechuas. Sin embargo, sus trabajos de antropología y etnología conforman el grueso de toda su producción intelectual escrita, y no han sido revalorados todavía.

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lunes, 16 de enero de 2012

Alonso Cueto, Mi biblioteca personal.

Artículo del novelista peruano y profesor universitario Alonso Cueto, un cálido y personal homenaje a los libros y a la lectura.


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Mi biblioteca personal


Uno lee un libro y su vida puede cambiar para siempre. El territorio de la ficción que fabuló un escritor se convierte para nosotros en un lugar sólido, con cuerpos y rostros, aromas y sonidos, emociones y actos decisivos. El mundo se aparece como más complejo e intenso, los seres
humanos resultan más diversos y atractivos.
Los lectores nos convertimos en portadores de algunas de las palabras, de las imágenes de ese libro, y con ellos seguimos viviendo siempre. Cada uno de nosotros es, en otras palabras, el resultado de los libros que ha leído y conserva en la memoria. Nuestra biblioteca es nuestra memoria. Gracias a esa memoria, podemos vivir de un modo más pleno, me atrevo a decir que más seguro y feliz. Hay algunas frases que se quedan con nosotros para siempre, que forman parte de nuestro modo de lidiar con la vida.
No recordamos propiamente sino algunos pasajes que los inaugura. El momento en que Jean Valjean salva la vida y condena a Javert, en Los miserables, o el momento en el que Ana Karenina se enfrenta al ferrocarril con un miedo similar al que tenía cuando se tiraba al agua
siendo niña o el momento iluminado en el que Borges abre la puerta del sótano y distingue un tornasolado fulgor. Algunos pasajes, algunas frases, algunos recuerdos, en suma, algunos talismanes, se convierten en un acto de magia, el de la creación de la vida. Estos pasajes son los que nos reflejan la vida tal como se nos aparece y al mismo tiempo nos ayudan a vivir. Nuestra memoria los ha modificado y a la vez nos han convertido en quienes somos.
Estos pasajes están atados a ciertos espacios y tiempos. Tengo asociado mi recuerdo de Melville a mis viajes en los metros de Madrid, cuando vivía allí. Fue durante esos viajes en ese metro, en el que los pasajeros discutían en torno de la democracia en España en 1977, cuando
la obsesión del capitán Ahab entró para siempre en mi corazón, y cuando la imagen de la ballena blanca surcando el océano formó por primera vez parte de mi vida. Del mismo modo, mi recuerdo de Los miserables está atado a la casa de la que entonces era mi novia y ahora mi esposa,
Kristin, en Austin. No puedo separar mis imágenes de Jean Valjean  –en especial de su muerte, algo de lo que aún no me recupero–, de las sombras de los árboles que se cernían sobre ese balcón de madera en el que ella me acompañaba.
Cuando leí algunos de los pasajes que me deslumbraron, que fueron como una revelación del sagrado poder de la literatura, fueron tan intensos que recuerdo todo lo que ocurrió a mi alrededor en ese instante, como si me hubiera caído una revelación. Cuando leí Moby Dick, tenía 23 años y acababa de llegar a España y cuando leí Los miserables, tenía casi 30, vivía en Estados Unidos y estaba muy enamorado. Creo que esta asociación entre la vida del lector y la vida de la obra es siempre parte esencial de nuestra biblioteca personal. Recordamos dónde y cuándo hemos leído los libros de nuestra vida y esos libros impregnan esos tiempos y lugares, y quienes éramos entonces en ellos. La vida que nos rodea es también parte de nuestra lectura, porque los libros son también sobre la vida, sobre la vida concreta de los personajes pero
también sobre la vida del lector, desde la cual aprecia un libro.Cada lector por lo tanto lee un libro desde algún tiempo o espacio, desde los suyos. El mismo libro, leído en épocas distintas de nuestra vida, es un libro distinto, como descubrió Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”. Nuestra biblioteca personal es tan relativa como lo somos nosotros. Pero una gran obra le puede decir algo esencialmente parecido a muchos lectores, en muchos lugares y tiempos. Todos,
cualquiera sea nuestra cultura o lengua, celebramos a Shakespeare o a Cervantes. Y eso ocurre porque en todo texto literario hay un encuentro entre lo mundano y lo sagrado, entre lo contingente y lo permanente.

No sé por qué, de pronto los restaurantes de carretera  tienen  una  dimensión mágica en los cuentos de Raymond Carver y una caja de fósforos tiene una reverberación sagrada en el cuento de Chéjov. La soledad de los seres humanos está reflejada en esos restaurantes y en
esos fósforos, como nunca la habíamos visto en la vida real. La gran literatura es el descubrimiento de lo sagrado en lo cotidiano, gracias a las palabras. Estas palabras que tienen un sentido tan utilitario y con frecuencia banal entre nosotros, adquieren en manos de un gran escritor un poder de iluminación de la realidad que las hace únicas.
Una consigna romántica muy antigua nos dice que los libros nos ayudan a evadir la realidad. Esta es una verdad a medias, que incluye su contraparte. Los libros nos ayudan a evadir la realidad, pero también a entender, a profundizar, a vivir más plenamente la realidad. Recuerdo
que la primera vez que llegué a París, lo primero que hice fue conocer el Barrio Latino y el de Saint Marceau, cuya descripción me había impresionado tanto al comienzo de Papá Goriot. Desde entonces, nunca he podido ver ese barrio sin pensar que la Vauquer y Rastignac y Vautrin merodean por allí (…) Los autores acomodan, idealizan, deforman, degradan la realidad y ese prisma es el que mantenemos con nosotros, en la biblioteca personal con la que volvemos al mundo. Cada vez que llegamos a Madrid o a Buenos Aires o a Londres, las frases y escenas de Galdós o de Borges o de Dickens están con nosotros, ofreciéndonos las ciudades que ellos pusieron en nuestro corazón. Es por eso que la biblioteca personal, ese arsenal de recuerdos de nuestros libros, es un prisma a través del cual reconocemos, percibimos y vivimos el mundo.
Con esto quiero decir que la biblioteca personal no es la que tenemos en los anaqueles sino la que tenemos en la memoria. La que tenemos en los estantes puede alimentar y servir de base a esta última, pero la biblioteca íntima, la de nuestros recuerdos, la de las frases que recitamos de memoria y la que viene en nuestra ayuda en los momentos decisivos de nuestra vida, es la nuestra.

Para ver más sobre el autor esta es su web

Microcuento:El sabio que tomó el poder


 

un microcuento de Augusto Monterroso

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Un día, hace muchos años, el Mono advirtió que entre todos los animales era él quien contaba con la descendencia más inteligente, o sea el hombre. Animado por esta revelación empezó a estudiar un gran lote de libros arrumbados desde antiguo en su casa y, a medida que aprendía, a conducirse como ser importante frente a las situaciones más comunes. Fue tal su empeño que en poco tiempo hizo enormes progresos, aconsejado por la Zorra en política y en saber por el Búho y la Serpiente. De esta manera, ante el asombro de los inocentes, pronto inició su ascenso a la cumbre, hasta que llegó el día en que amigos y enemigos lo saludaron secretario del León. Sin embargo, durante un insomnio (en los que había caído desde que sabía que sabía tanto), el Mono hizo aún otro descubrimiento sensacional: la injusticia de que el León, que contaba únicamente con su fuerza y el miedo de los demás, fuera su jefe; y él, que si quisiera, según leyó no recordaba dónde, con un poco de tesón podía escribir otra vez los sonetos de Shakespeare, un mero subalterno. A la mañana siguiente, armado de valor y aclarando una y otra vez la garganta, durante más de una hora expuso al León con largas y elaboradas razones la teoría de que de acuerdo con la lógica más elemental los papeles debían cambiarse, pues para cualquiera con dos dedos de frente era fácil ver cómo lo aventajaba en descendencia y, por supuesto, en sabiduría. El León, que intrigado por el vuelo de una Mosca en ningún momento había bajado la vista del techo, estuvo conforme con todo, en ese mismo instante le cambió la corona por la pluma y, asomándose al balcón, anunció el cambio a la ciudad y al mundo. De ahí en adelante, cuando el Mono le ordenaba algo, el León, siempre de acuerdo, asentía invariablemente con un zarpazo; y cuando el Mono lo regañaba por alguna orden mal entendida o por un discurso mal redactado, con dos o tres; hasta que, pasado poco tiempo, en el cuerpo del nuevo rey, o sea el Mono sabio, no iba quedando sitio del que no manara sangre, o cosas peores. Por último el Mono, casi de rodillas, rogó al León volver al anterior estado de cosas, a lo que el León, aburrido como desde hacía mil años, le respondió con un bostezo que sí, y con otro que estaba bien, que volvieran al anterior estado de cosas, y le recibió la corona y le devolvió la pluma, y desde entonces el Mono conserva la pluma y el León la corona.

 

Augusto Monterroso - Breve reseña sobre su obra

Nació en Guatemala en 1921 y reside exiliado en México desde 1944. El origen modesto de su familia y el "miedo a los exámenes" , como él dice, le hicieron abandonar los estudios. Hacia los 15 años inició su formación autodidacta; alternaba sus visitas a la Biblioteca Nacional con el trabajo en una carnicería. De 1954 hasta 1956 vivió en Clille, donde trabajo como secretario de Pablo Neruda. En 1988 recibió la condecoración del Aguila Azteca de México por su aporte a la cultura de este país. Obras completas (y otros cuentos) es el irónico título con el que se dio a conocer en 1959. Es autor también de La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1972), Lo demás es silencio (1978), La palabra mágica (1983), La letra e (1987). Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas. El reconocido escritor italiano Italo Calvino, alabó la brevedad de sus cuentos en su obra Seis propuestas para el próxinio milenio. De hecho, no
creemos que nadie haya superado en brevedad este famoso cuento de Monterroso-. "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.". "Sinfonía concluida" y "Ba,jo otros escombros" aparecen recopilados en la edición de Alfaguara Cuentos completos.
 

jueves, 5 de enero de 2012

Poema: SINFONÍA DE CUNA

Nicanor Parra.

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Una vez andando

Por un parque inglés

Con un angelorum

Sin querer me hallé.

 

Buenos días, dijo,

Yo le contesté,

Él en castellano,

Pero yo en francés.

 

Dites moi, don angel.

Comment va monsieur.

 

Él me dio la mano,

Yo le tomé el pie

¡Hay que ver, señores,

Cómo un ángel es!

 

Fatuo como el cisne,

Frío como un riel,

Gordo como un pavo,

Feo como usted.

 

Susto me dio un poco

Pero no arranqué.

Le busqué las plumas,

Plumas encontré,

Duras como el duro

Cascarón de un pez.

 

¡Buenas con que hubiera

Sido Lucifer!

 

Se enojó conmigo,

Me tiró un revés

Con su espada de oro,

Yo me le agaché.

 

Ángel más absurdo

Non volveré a ver.

Muerto de la risa

Dije good bye sir,

Siga su camino,

Que le vaya bien,

Que la pise el auto,

Que la mate el tren.

Ya se acabó el cuento,

Uno, dos y tres.

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miércoles, 4 de enero de 2012

LA CABEZA – Leyenda del África negra

 

Recopilada por Ernesto Rodríguez Abad (escritor y narrador oral canario)

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En el Norte de África vivió un pescador al que le gustaba mucho pasear por la arena. Solía pasar las horas del atardecer mirando al sol ocultarse y contemplando cómo las olas se enredaban con la arena y los musgos. Así acababa los días aquel pobre pescador del Norte de África.

No era como los otros compañeros, que se iban a parlotear e inventar historias y hazañas desmesuradas de faenas contra monstruos marinos y de peces tan grandes como montañas.

Una tarde descubrió algo que lo dejó asombrado. Cuando jugaba con los túmulos de musgos de la orilla, al dar una patada, encontró algo extraño. Gritó cuando su pie tropezó con algo duro y vio cómo un cráneo humano salió rodando unos metros. Se acercó para verlo de cerca y comprobó que aquel cráneo había pertenecido a una persona. Se quedó pensativo y extrañado. Lo miró muy cerca y al fin dijo, como quien medita.

-¿Eh, cráneo, quién te trajo hasta aquí?

El cráneo abrió la mandíbula lentamente y salió de él una voz débil que dijo:

-La palabra.

El pescador creyó que estaba soñando. No podía ser que hablase, no podía creerlo. Pensó luego, con más lógica, que sería un efecto del viento por entre los huesos. Para estar seguro se acercó más y volvió a preguntar:

-¿Eh, cráneo, quién te trajo hasta aquí? Anda, responde. Responde ahora.

Pero volvió a oír la voz, ahora con aire destemplado. Incluso diría que estaba enfadado.

-La palabra. ¿Tú estás sordo?

El pescador dio un salto. No se sabe si de susto o de miedo. Salió corriendo a través de la selva como alma que lleva el diablo. Había descubierto algo extraordinario. Nadie había visto algo así. Cuando llegó a su tribu, encontró al gran jefe merendando, rodeado de sus esposas y de sus hijos. El pescador interrumpió la merienda del jefe con gritos y alaridos. El mandatario, puesto en pie, le ordenó que explicase despacio lo que ocurría.

-He visto, en la playa, lo que nunca nadie jamás ha visto. ¡Había un cráneo!

-¿Y...?

-¡Un cráneo que habla!

-¿Cómo?

-Un cráneo que habla. Eso nadie lo ha visto en África nunca.

El jefe advirtió al pescador que no dijese tonterías. Le dijo que si estaba gastando alguna broma le iba a pesar. Pero el pescador insistía en la importancia que tenía su descubrimiento.

-Si dices mentiras te cortaré la cabeza.

Aquella fue la última advertencia del jefe y la tribu entera se trasladó a la playa, para ver el cráneo que hablaba.

Cuando llegaron, el jefe y el resto de la tribu rodearon al pescador y al cráneo. El pescador, muy nervioso, se acercó, temblándole la voz.

-¡Mira que está el jefe! ¡Responde! ¿Quién te trajo hasta aquí?

Se hizo un silencio terrible. Nadie habló. Tampoco el cráneo. El pescador volvió a insistir:

-¡Que está el jefe! ¡El jefe! ¿Entiendes? ¿Quién te trajo hasta aquí?

Nadie habló. Tampoco el cráneo.

-¡Por tercera vez te lo pido! ¡Responde! ¿Quién te...?

El jefe ya había sacado su sable y de un golpe le sacó la cabeza al pescador.

Todos se fueron otra vez al poblado a seguir merendando. La cabeza quedó rodando por la arena y las olas la fueron llevando de un lado para otro, hasta que quedó enfrente del cráneo. Parecía que se miraban. Parecía que sonreían. El cráneo abrió la mandíbula blanca, lentamente, y dijo:

-¡Eh cabeza! ¿Quién te trajo hasta aquí?

La cabeza abrió la boca despacio y dijo:

-La palabra.

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Se llama África negra al territorio de este continente que se halla al sur del desierto de Sahara. La mayoría de sus pobladores son de raza negra y hablan distintos dialectos del bantú. Como en todas las civilizaciones, la sabiduría popular va pasando de generación en generación proverbios que, en pocas palabras, reflejan conocimientos producto de experiencias vitales.