lunes, 26 de marzo de 2012

En el grabado se ve la ejecución

Un cuento de Cabrera Infante Guillermo - (Cuba)

image

 

 

En el grabado se ve la ejecución, más bien el suplicio, de un jefe indio. Está atado a un poste a la derecha. Las llamas comienzan ya a cubrir la paja al pie del poste. A su lado, un padre franciscano, con su sombrero de teja echado sobre la espalda, se le acerca. Tiene un libro —un misal o una biblia— en una mano y en la otra lleva un crucifijo. El cura se acerca al indio con algún miedo, ya que un indio amarrado siempre da más miedo que un indio suelto: quizá porque pueda soltarse. Está todavía tratando de convertirlo a la fe cristiana. A la izquierda del grabado hay un grupo de conquistadores, de armadura de hierro, con arcabuces en las manos y espadas en ristre, mirando la ejecución. Al centro del grabado se ve un hombre minuciosamente ocupado en acercar la candela al indio. El humo de la hoguera ocupa toda la parte superior derecha del grabado y ya no se ve nada. Pero a la izquierda, al fondo, se ven varios conquistadores a caballo persiguiendo a una indiada semidesnuda que huye veloz hacia los bordes del grabado.

La leyenda dice que el cura se acercó más al indio y le propuso ir al cielo. El jefe indio entendía poco español pero comprendió lo suficiente y sabía lo bastante como para preguntar: "Y los españoles, ¿también ir al cielo?" "Sí, hijo", dijo el buen padre por entre el humo acre y el calor, "los buenos españoles también van al cielo", con tono paternal y bondadoso. Entonces el indio elevó su altiva cabeza de cacique, el largo pelo negro grasiento atado detrás de las orejas, su perfil aguileño todavía visible en las etiquetas de las botellas de cerveza que llevan su nombre, y dijo con calma, hablando por entre las llamas: "Mejor yo no ir al cielo, mejor yo ir al infierno".

© Guillermo Cabrera Infante.image

Guillermo Cabrera Infante. (Gibara, Cuba, 22 de abril de 1929 - Londres, 21 de febrero de 2005).
Escritor, periodista y crítico de cine.

En 1941 se traslada con su familia a La Habana y allí empieza a escribir, por lo que abandona sus estudios de Medicina y comienza a trabajar en diversos oficios, ingresando en 1950 en la Escuela de Periodismo de Cuba.
En 1951 funda la Cinemateca de Cuba junto a Néstor Almendros y Tomás Gutiérrez Alea, y lo dirige hasta 1956. Trabaja como crítico de cine con el seudónimo de G. Caín desde 1954, en el semanario Carteles, del que tres años más tarde es redactor-jefe. En 1959, tras el cambio político en Cuba, se le nombra director del Consejo Nacional de Cultura y, a la vez, subdirector del diario Revolución. Poco después es director del magazine cultural cubano Lunes de revolución, desde su fundación hasta su clausura en 1961.
Durante el primer gobierno de Fidel Castro (1962-1965) es enviado a Bruselas como agregado cultural y también como encargado de negocios, pero sus discordancias con el nuevo gobierno llegan a su punto máximo en 1968, cuando concede una entrevista a la revista argentina Primera Plana criticando al régimen cubano; esto provoca una fuerte reacción en Cuba que le lleva a abandonar su cargo diplomático. Pasa una temporada en Madrid y, más tarde, pide asilo político en Inglaterra donde se nacionaliza, fijando su residencia en Londres.
El conjunto de su obra es una especie de "collage" de La Habana prerrevolucionaria, además de una síntesis de la ideología del autor; considera que el compromiso no es indispensable para hacer una literatura crítica y que, en ciertas condiciones, el goce estético sirve también para cuestionar los poderes establecidos.
El erotismo está presente en toda su obra, pero siempre "en función de la parodia y de la risa, cosa que un autor erótico no haría nunca", según dice él mismo. Siendo el cine lo que le atrae e impulsa al comienzo su actividad cultural y periodística, marcha a Hollywood y se convierte en el primer escritor latinoamericano guionista, con títulos como Punto de fuga y Wonderwall. Ejerce también como profesor en las universidades de Virginia y de West Virginia y conferenciante en otras universidades americanas, como la de Oklahoma.

sábado, 24 de marzo de 2012

Microcuento: Mamut en la noche inmensa

Mi amigo Roque ha compartido este microcuento fantástico y yo se los comparto.

image

un microcuento de Eugenio Mandrini (Argentina)

Soñó que el mamut muerto en el último invierno, el mamut más formidable, más temible y de más estremecedor pelaje oscuro que viera en su azarosa vida de cazador, volvía a buscarlo a él, de entre todos los hambrientos de la tribu que intervinieron en la cacería, sólo a él.

Después, la visión se trasladó a la realidad y el mamut aparecía, irremediable, en cualquier momento de la noche o cuando el fuego de la caverna volvía a la ceniza o aún mimetizado en la lluvia, en la niebla o en la humareda de los bosques incendiados. Entonces cerró todas las formas de la luz y la alucinación y se arrancó los ojos para no verlo más. Pero el mamut volvía siempre, irremediable, porque en el mundo de los ciegos, los ciegos ven.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El poder de la palabra

Un cuento anónimo hindú

 

PALABRAS

Un hombre incrédulo se acercó a un grupo que escuchaba la prédica de un yogui. El sabio decía:

— Es verdad que la repetición de una palabra sagrada tiene el poder de iluminarnos.

— ¿Cómo puedes decir eso? —Protestó el incrédulo—. ¿Afirmas que, si repetimos la palabra “pan” muchas veces, el pan se hará presente?

— ¡Siéntate ahora mismo, sinvergüenza! —replicó el yogui.

El incrédulo se llenó de rabia y vociferó:

— ¡Cómo te atreves a hablarme así!

Entonces, el sabio le dijo con gran ternura y mansedumbre:

— Lamento mucho haberte ofendido. Dime, ¿qué sientes en este momento?

— ¡Me siento ultrajado!

— Fíjate que una sola palabra injuriosa ha sido suficiente para que te sintieras mal. Si esto es así, ¿por qué un vocablo que designa al Ser no puede tener el poder de iluminarte?

martes, 20 de marzo de 2012

María Teresa Andruetto ganadora del Premio Hans Christian Andersen

image

Cinco escritores y cinco ilustradores fueron seleccionados entre los 57 candidatos presentados por las 32 secciones nacionales de IBBY (International Board on Books for Young People).

El premio, considerado el más prestigioso de la literatura para niños, es entregado bianualmente a un escritor y un ilustrador vivos cuyos trabajos completos hayan hecho una contribución fundamental al campo. Hoy se anunciaron los ganadores en la Feria del Libro Infantil de Bologna.

“María Teresa Andruetto, de la Argentina, es una maestra en la creación de libros sensibles, los cuales son profundos y poéticos, y relativos a una gran variedad de tópicos.”


La lista completa de candidatos se encuentra acá

Algo sobre María Teresa Andruetto

Nació el 26 de enero de 1954 en Arroyo Cabral, hija de un piamontés que había adherido al movimiento partisano y llegó a Argentina en 1948, y de una descendiente de piamonteses afincados en la llanura. Se crió en Oliva, en el corazón de la Córdoba cerealera, un pueblo marcado por la existencia de un asilo de enfermos mentales que, en tiempos de su infancia, era considerado el más grande de Sudamérica.

En los años setenta estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba. Después de una breve estancia en la Patagonia y de años de exilio interno, al finalizar la dictadura contribuye a formar un centro especializado en lectura y literatura destinada a niños y jóvenes, ejerce la docencia, y coordina talleres de escritura, todo ello en la ciudad de Córdoba. En 1992 su novela Tama obtiene el Premio Municipal Luis de Tejeda y a partir de esa circunstancia comienza a publicar la escritura que tiene acumulada. Así, se suceden las ediciones de Tama , Palabras al Rescoldo , El Anillo Encantado y Misterio en la Patagonia , todas ellas en 1993, principio de una serie de publicaciones que no ha cesado y que incluye, entre otros libros, las novelas La mujer en cuestión , Stefano , Veladuras y Lengua Madre , el libro de cuentos Todo movimiento es cacería , los poemarios Kodak, Pavese y otros poemas y Beatriz , y los libros para jóvenes lectores, Huellas en la arena , El árbol de lilas , Benjamino , Dale Campeón , La mujer Vampiro , El país de Juan , El caballo de Chuang Tzu , Trenes , Agua Cero , La Durmiente y El Incendio .

Su obra ha sido reconocida con numerosos premios y distinciones, entre otros: Premio Novela del Fondo Nacional de las Artes, Premio Novela Luis de Tejeda, Premio Internacional de Cuento Tierra Ignota, Lista de Honor de IBBY, Finalista del Premio Sent Sovi/Ediciones Destino, Finalista Premio Clarín de Novela y, en varias ocasiones, White Ravens de la Internationale Jugendbibliothek, Mejores Libros del Banco del Libro de Caracas y Destacados de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina. Tiene dos hijas y vive con su marido en un paraje de las sierras cordobesas.

Pueden ver más en su Página

Y como homenaje comparto un cuento suyo que me gusta mucho muchos

La durmiente un cuento de María Teresa Andruetto

Había una vez una princesa

a quien despertó, no el beso

de un príncipe, sino una revolución.

José Antonio Martín.

Ella tenía por padres a un rey y a una reina.

Nació y sonaron en el mundo trompetas y tambores.

Y hubo tiros de arcabuces y cañones.

Ella dormía en una cuna de oro con ribetes de plata.

Dormía y se inclinaban sobre la cuna las hadas.

Eran tres hadas, las hadas.

Tres gracias portadoras de dicha.

Se inclinaban para ofrecerle bondad,

para ofrecerle belleza,

y amor.

Érase entonces que era una princesa.

La más buena, la más hermosa, la más amada.

La amaban sus padres,

la amaban los pajes,

las amas de leche

y las siervas de su madre.

La amaban también los campesinos

y los artesanos

y los mendigos

y los hambreados

y la pura gente del pueblo.

La princesa era feliz, como digo.

Completamente feliz, como suele suceder en los cuentos.

Pero, ya lo decían los hombres en el comienzo de los tiempos:

Basta que en un cuento alguien sea feliz,

para que empiece a asomar la desdicha.

Y eso es lo que pasó.

No fue, como dicen, culpa de un hada maldita

que echó dolor sobre ella,

un hada que hablaba de un huso

y de tener quince años

y herirse la mano

y quedar hechizada.

No fue como dicen los cuentos.

Lo que hubo en verdad, es que la princesa

no sólo era hermosa sino que también era buena

y amaba.

Amaba a sus padres, los reyes.

Amaba a los pajes,

a las amas de leche

y a las siervas de su madre.

Amaba también a los campesinos,

a los artesanos,

a los mendigos

y a los hambreados.

¡Es que creció escuchando a las siervas

contar sus penas en la cocina del palacio

y viendo a los hambrientos de comida

por la ventana de una torre

y a los hambreados de amor

por todas partes!

Creció y un día salió del palacio

(eso sí es como dicen los cuentos)

Salió y se internó por las calles del reino.

Y vio que la vida era eso:

una vieja muy vieja hurgando unos restos,

un niño perdido, una casa con hambre,

por almuerzo unas papas.

Y entonces supo

(esto es algo que no dicen los cuentos)

que había dos caminos para ella:

Mirar lo que pasaba en el reino.

O cerrar los ojos.

Eso hizo, esto último,

(como dicen los cuentos):

Cerró los ojos y durmió.

Durmió por días, por años.

Déjala que duerma, dijo el rey.

Déjala, dijo la reina.

Ya llegará el príncipe que la despierte,

ya llegará, dijeron.

(por lo menos, eso dicen los cuentos).

Pero porque el príncipe no llegaba

o por no ver lo que sucedía en el reino,

la princesa siguió durmiendo.

Mientras dormía los reyes envejecieron

y terminó de corromperse el reino.

Hasta que el pueblo hizo sonar trompetas.

Y tambores.

Y arcabuces.

Y cañones.

Entonces la princesa despertó, pero no ya por el beso

de un príncipe sino por una revolución.

 

lunes, 19 de marzo de 2012

PREMIO A LA FUNDACIÓN MEMPO GIARDINELLI

De Fundacion Mempo Giardinelli

La FMG se complace en anunciar que en la Feria del Libro Infantil de Bologna, Italia, nuestra institución fue galardonada con el Premio IBBY-Asahi de Promoción de la Lectura, que es un trascendente reconocimiento internacional para instituciones como la nuestra.
El "Premio IBBY-Asahi de Promoción de Lectura" se estableció en 1986 durante el congreso IBBY en Tokyo. La empresa de periódicos Asahi Shimbun patrocina el Premio, que se otorga cada dos años a dos instituciones cuyas actividades sean juzgadas como contribuciones especiales a los programas de promoción de lectura para niños y jóvenes.
Las Secciones Nacionales de IBBY nominan los proyectos, y en el caso argentino esta acción estuvo a cargo de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina). Fue esta institución hermana la que el año pasado propuso como candidata por Argentina a nuestra Fundación.


Para mayor orgullo de nuestro país, en la misma feria italiana la escritora cordobesa María Teresa Andruetto fue galardonada con el "Premio Hans Christian Andersen", también otorgado por IBBY.
El jurado está formado por los miembros del Comité Ejecutivo de IBBY, y el premio se entrega a las dos instituciones ganadoras en el congreso bienal. Este año la ceremonia de premiación se celebrará en Londres, Inglaterra, en Agosto próximo.
Este trascendente galardón, establecido regularmente desde 1988, fue obtenido anteriormente por algunas de las más importantes instituciones dedicadas a la lectura en todo el mundo, y ha sido concedido a programas de Tailandia, Zimbabwe, Rusia, Francia, Sudáfrica, España, India, Polonia, Mongolia, Rwanda y Laos, entre muchos otros países.

miércoles, 14 de marzo de 2012

El águila y la cuerda.

Cuento anónimo

image

Una mañana, un águila joven decidió darse su matutino paseo. En su curso encontró un rebaño de ovejas que le miraban planear, el águila, vanidosa, siguió y siguió volando sobre las reses lo que vino a preocupar en gran modo al pastor que de decidió a cazar al águila. Para esta empresa ató dos piedras a ambos extremos de una cuerda y la lanzó atrapando las patas del águila y haciéndola caer.
Como castigo al águila el pastor aprisionó la cuerda entre dos piedras de gran tamaño y marchó de allí llevándose a su rebaño.
El águila intentó volar pero vio que no podía. Empezó a picar la cuerda, un rato después intentó volar, no pudo, estaba atada. De nuevo picó y picó la cuerda e intentó volar, pero el intento fue vano. El águila empezaba a sentir hambre. Picó de nuevo la cuerda e intentó volar pero era presa de una fuerza mayor que la que tenía. Empezaba a desfallecer. Picó aún más la cuerda e intentó volar, no pudo. Las patas le dolían de los tirones. Decidió dejarse morir, convencida de que jamás podría vencer a la cuerda.
El águila murió sin saber que de esa cuerda ya sólo quedaba un último hilillo por romper, y que lo habría logrado sólo con un último golpe de su pico.
Moraleja: No hay que dejarse vencer por las dificultades por muy cansados que no sintamos, pues podemos estar a punto de vencerlas.

Etiquetas de Technorati: ,

martes, 13 de marzo de 2012

MITO SUMERIO: EANNA Y ALLATU

LEYENDA DE LA LUCHA ENTRE LAS DIOSAS Y EL JOVEN

image

De la supuesta o real lucha entre dos aspectos de la diosa, representada en dos mujeres que pugnan por el joven muchacho, existen infinidad de versiones en las culturas más diversas

La más antigua de ellas habla de la diosa Sumeria Inanna, su hermana la Diosa Ereskigal y el joven Tammuz

Con otros nombres la han llamado semitas, griegos, romanos, celtas….

Veamos una entre tantas versiones, que en este caso está orientada a plantear el origen de lo que hoy conocemos como mito pascual o Pascua.

Cuenta una leyenda que hace ya tanto tiempo que nadie recuerda la fecha, en un pueblo enclavado en la profundidad de un valle fértil sucedió una historia que cambió el curso de las vidas de sus habitantes y seguramente fue esa la causa de que quedase por siempre en la memoria, siendo contada de boca a oreja por los siglos de los siglos.

El esplendor paseaba su plenitud por cada rincón del valle, los frutos rebalsaban las ramas y pintaban el pasto de aromas y colores, el calor dulzón y mimoso acariciaba por igual cuerpos frescos y cuerpos ancianos.

Muchachas y muchachos, niñas y niños, madres y padres, abuelas y abuelos, llevaban una vida brillante, gozosa y casi perfecta. Y digo casi por que desde hacia apenas unos días un extraño tinte grisáceo desdibujaba el cielo en el poniente.

Los lugareños intentaban no darle importancia

- Será algo pasajero - comentaban entre si

- Debo tener mal la vista- decían otros.

Desde siempre y por siempre el tiempo era el mismo, ningún gris había jamás ocupado sitio alguno, sólo colores bonitos, alegres, radiantes, sólo frutos maduros y jugosos, sólo el verde mezclándose entre tonos, sólo sol y luz y vida, definitivamente no había nada de que preocuparse.

Eanna la virgen Madre había dado a luz un hermoso hijo tiempo atrás cuyo padre se decía era el Dios del Cielo, y aún un hecho semejante, tan misterioso como mágico, no había traído trastorno alguno en la cotidianeidad de los pueblerinos. La abundancia seguía prodigándose infinita para felicidad de todos.

Damu, el hijo, era ahora un joven hermoso que paseaba su canto y su risa danzando por el valle, seguido por pájaros y niños, jóvenes y viejos, hombres y mujeres. Las doncellas intentaban todo para congraciarse con él, pero él sólo tenia ojos para su madre amante y pronto comprendieron los lugareños que era de ese amor de donde surgía la abundancia siempre renovada y exuberante. Se alegraron entonces del amor de los amantes y cantaron himnos en su honor.

Lo que nadie sabía era que en las profundidades de la casa de las tinieblas, donde el polvo cubre la puerta y el cerrojo, Allatu la hermana de Eanna, ardía de envidia y celos mientras planeaba su venganza. Allatu había espiado un día la casa de Luz de su hermana, sorprendiendo sin esperarlo al joven Damu bañándose desnudo en el río, al verlo sintió su pecho rebozar de deseo y acercándosele le invito a su reino.

- Te daré todo lo que desees y más aún te daré, ven conmigo y conocerás lo que nadie conoce -

Pero Damu respondió

- No sé quien eres ni lo pregunto, mi Amor es de Eanna y con ella permaneceré.

La diosa despechada sintió la furia crecer dentro suyo sin embargo con su tono más dulce insistió

- Eso dices por que aún eres joven, nada conoces del amor. ¿Que tienes con ella?, nada, pues ella todo lo tiene y todo lo da, ven conmigo y podrás tener más que nadie, te daré poder sobre los hombres y las bestias, riquezas mayores a las que jamás hallas visto, placeres inimaginables y haré de ti un Dios para los mortales que deberán rendirte culto y homenaje.

Damu la miró y sin un gesto contestó

- Mucho te agradezco aunque no sé quién eres, pero nada de lo que ofreces necesito, tengo todo lo que deseo y siempre más, amo a Eanna y con ella permaneceré.

Al oírlo Allatu enfureció y su misma furia la arrastró de regreso a su reino. Desde entonces la envidia y los celos que sentía con su hermana crecieron hasta embargarla de tal modo que sólo pensó en la venganza. Tan bella soy yo como Eanna, tan hija de mi padre como ella, ¿por qué he de quedar sola en este reino de tristeza y oscuridad y ella gozar de los favores del fruto y la luz? se preguntaba colérica mientras asustaba a todos a su alrededor.

Su furia era tal que saliendo de ella alcanzaba el reino celestial de su padre, más él no respondía. Y fue allí donde nació el gris que lentamente como niebla sutil comenzó a cubrir los, hasta entonces, límpidos cielos.

Una tarde envió a uno de sus sirvientes a la casa de luz con la orden de seducir a una doncella cercana a Damu para informarse así de los hábitos del joven. La doncella enamorada e inocente le contó a su amante lo que este indagaba, sin imaginar que sería ese el primer paso a la desgracia que sobre todos caería.

Sabiendo ya Allatu donde hallarlo, espero el momento en que estuviese sólo y envió a los búhos en su busca. Al encontrarlo estos comenzaron a lamentarse

- Hemos perdido el rumbo a nuestro hogar y pobre de nosotros moriremos aquí con tanta luz dejándonos ciegos.

El tono desgarrante de sus voces conmovió al joven que hasta entonces desconocía el dolor. Intrigado primero y condolido después, se acerco intentando ayudar

- No sé que puedo hacer por ustedes, pero si supiera lo haría para que no sufráis más, ¡oh, hermosas y extrañas aves!

Los búhos respondieron presurosos

- Si en verdad lo deseas puedes ayudarnos acompañándonos de regreso a nuestro hogar, esta luz nos ha dañado la vista y sólo quien vea podrá llevarnos,

- En verdad deseo ser de ayuda, mas no conozco yo el camino - respondió compasivo el joven

- Nosotros te diremos como ir y tu nos dirás el rumbo correcto - contestaron los búhos ocultando su satisfacción con la inescrutabilidad de búhos.

Así fue como se pusieron en camino, los unos diciendo el cómo y Damu indicando el por dónde.

A medida que avanzaban Damu sintió una extraña sensación pero ocupado como estaba en ayudar a las aves no prestó atención a lo que le sucedía, para cuando comprendió que en verdad algo extraño y desagradable lo rodeaba, Allatu se presentó frente a él esplendida en belleza y terrible en la mirada.

Su risa emergiendo de las tinieblas aterrorizó al joven que por primera vez en su vida conocía ambas cosas .

- Al fin me perteneces, no es preciso ahora que te de nada pues ya eres mío y conmigo quedarás - rió la reina.

Nada pudo hacer el joven para escapar.

Mientras tanto Eanna le buscaba cada vez más desesperada, llamándole a gritos iba de sitio en sitio. Todos los pueblerinos le seguían llenos de asombro, su mundo había cambiado y no entendían que sucedía, la tenue nube gris paulatinamente comenzó a extenderse por toda la bóveda celeste como si persiguiera al sol que a cada paso de la nube parecía debilitarse lo mismo que Eanna. Las lágrimas corrían por las blancas mejillas de la Diosa y el cielo se ensombrecía acompañándola en su dolor.

Nunca pero nunca hasta entonces la risa se había silenciado, nunca la Diosa había conocido pérdida alguna ni probado el salado gusto de las lágrimas. En su llanto el dolor se desparramó por el valle acongojando el corazón de hombres y animales por igual, de árboles y yuyos, de liebres y comadrejas, de pájaros y fieras.

Día y tras día busca Eanna a Damu y en su búsqueda desesperada olvidó mantener la tierra viva. Los pastos, los árboles, las plantas comenzaron a marchitarse, la tierra se enfrió por la palidez creciente del sol, la comida escaseaba, los animales morían, la risa era reemplazada por el llanto y la pena, y todos sintieron el olor de la muerte penetrando lentamente en el valle. Lo que había sido luz y jolgorio, abundancia y placer, era ahora desolación y tinieblas, grises y marrones, tristeza y silencio.

Día a día todo se apagaba, día a día Eanna buscaba y buscaba a su amante marchitándose también ella y en su dolor el amor se pagó y ella ciega a todo marchó y marchó hasta penetrar en el reino de las tinieblas decidida a enfrentar a su hermana.

Allatu al verla se sintió henchida de gozo.

- Sola has venido a la tierra de la que nadie retorna, bebe ahora mi aliento hermana querida y ya no sentirás la pena que te aqueja.

- No beberé ni comeré, he venido a reclamar lo que es mío y a devolverte tu pena - respondió Eanna

- La diosa del amor y la Diosa de la muerte, peleando por un semidios inacabado, es algo por cierto nunca visto - rió con malicia Allatu

- No pelaré contigo Allatu, sólo reclamo y devuelvo.

- Yo haré que desees esta pelea y que viva entonces la que más poder posea.

- Si una deja de ser la otra carece de razón para existir. Reflexiona Allatu hermana mía, así han sido las cosas desde el principio y así han de ser hasta el fin.

- Fácil es para ti decirlo, tú que posees aquello que yo ansío - gritó estallando en furia Allatu y diciendo estas palabras arrancó los testículos de Damu y los comió con regocijo.

No se sabe que sucedió en ese momento entre las diosas, pues los temas de Dioses son ocultos a los ojos de los mortales, sólo pudieron verse los efectos de su lucha, la tierra crujía rompiéndose en pedazos, los árboles caían fulminados por los rayos que estallaban por doquier, la vida se marchitaba sin remedio en medio de terremotos y estruendo de volcanes.

Nadie copulaba ni humano ni animal, nada ni nadie nacía, sólo la muerte vestida de noche avanzaba triunfante por chozas y prados, por corrales y laderas. Aterrorizados y desesperados los pueblerinos se unieron a invocar al Dios del Cielo: - EA escucha a tus hijos pequeños, devuélvenos a Eanna, oye al fin sus lamentos y los nuestros - Ofrecieron humildemente todas sus posesiones, encendieron grandes fuegos para ayudar al débil Sol en su batalla contra las inefables tinieblas que ahora cubrían todo con aliento helado y desolación.

Tanto fue el dolor y tan profundos los ruegos que al fin Ea se apiadó y descendiendo al Reino de Allatu la conminó a dejar en libertad al joven Damu y a devolverle la vida a la ya muerta Eanna.

- Fuiste tu Padre mío quien inició esta batalla cuando a ella le diste la belleza y a mi el dolor. Por qué he de ser justa cuando injusto has sido conmigo, por qué he de darle a ella lo que a mi me has negado? - replicó Allatu.

- Nada has comprendido Allatu, ni ella es sin ti, ni tú sin ella, ambas son porque la otra existe.

- Cambia entonces nuestros sitios si a tus ojos ambos son iguales, ya no quiero el mío y mucho aprendería Eanna aquí.

- Si cambiase el orden de las cosas, todo cambiaría, lo que mueva en lo pequeño alteraría del inicio al fin y eso no es posible hija mía.

- Entonces poco es tu poder y menor es tu justicia, pues tu hija sufre y tú no la escuchas.

Ea meditó en estas palabras y comprendió que su hija tenia verdad en sus palabras, por lo que al cabo de un largo silencio respondió

- Allatu tanto te amo a ti como a Eanna y por cierto no deseo hacerte daño alguno, más imposible me resulta invertir el orden creado, haré pues contigo un trato; devuelve la vida a tu hermana y deja que marche con Damu para que la vida se renueve sobre la tierra y los mortales continúen su curso, por medio tiempo permanecerá con ella y por ellos nacerá la abundancia, el otro medio tiempo vivirá contigo y serás quien reine en ambos reinos.

Allatu meditó en estas palabras y aunque no demasiado satisfecha accedió al fin al pedido de su padre. Dio entonces de beber el agua de la vida a su hermana y la dejó partir con su amado no sin antes recordarle la promesa.

- Recuerda que en seis meses él volverá conmigo y desde ahora tú señora de la vida y yo señora de la muerte seremos por él una sola.

Cuando los amantes retornaron a la superficie yerta de la tierra el amor que se había apagado lentamente en la distancia renació con mayores bríos que antes y a cada abrazo nació un brote, una flor, a cada beso revivía un poco más el sol, en cada caricia renacían retoños en los árboles secos hasta entonces, lentamente la vida se deslizo trayendo la luz y la alegría. En todos los rincones de la tierra estallaron gritos de gozo al ver la vida renovarse y se encendieron fuegos de gloria, todos trajeron lo que les quedaba de comida decididos a comer ya sin miedo, y el pueblo entero danzó y canto himnos al gran Ea y alabanzas a Eanna y Damu deseándoles eterna felicidad - El Dios ha renacido y con él renació la semilla de la vida- cantaban jóvenes, niños, y ancianos, padres y madres, y los hombres copularon con las mujeres y las hembras con los machos y la fertilidad penetró por los rincones regalando promesas de abundancia.

Cuentan que es desde entonces que cada vez que Allatu reclama su derecho y las tinieblas dan batalla al sol, los mortales acompañan a la dolida Eanna en su pena y lloran y ayunan con ella, llamando día y noche al joven Damu para que sea pronto su regreso y cuando al fin el sol anuncia su resurrección le aguardan con increíbles festines, encendiendo gigantescas hogueras para ahuyentar las tinieblas e indicarle el camino.

Esta historia muestra el origen del poder de la Diosa Allatu sobre la tierra de los mortales, cuentan los antiguos que desde entonces el esplendor cedió su espacio sucesivamente al verano y al invierno, la vida y la muerte en su rodar continuo construyeron un nuevo ciclo.

Me han contado también y esto es quizás sólo un cuento, que Eanna enojada con la traición de los búhos les expulsó para siempre de su reino y desde entonces son aves de la noche y ellos aferrados a las ramas de los árboles lanzan su grito de espanto desde entonces.

Viajando en el tiempo el dios sacrificado muerto y renacido, se ha llamado Osiris, Tammuz, Adonis, Attis, Balder, Jesús.... semilla, ciclo de la vida.....

Y hasta hoy los mortales atentos o no, sabiéndolo o no, vivimos dentro de la gran rueda del tiempo repitiendo en lo grande y en lo pequeño estos ciclos naturales, muchas veces tan distraídos que ni siquiera los aprovechamos como guías en el camino y menos...¡mucho menos los festejamos!

© Ana Cuevas Unamuno- Año 2000

lunes, 12 de marzo de 2012

Cuento: El Paraíso

Un cuento de  Orlando Romano (Argentino)

391091_adan_y_eva_20110916093927

         Eva pidió un compañero. La diosa se arrancó una costilla; el hueso transmutó en un hermoso mancebo.

-Este es Laesilae, que significa Señor de la Lujuria.

-No lo quiero- Eva frunció el ceño.

         La diosa se arrancó una segunda costilla.

-Este es Virbífido, que significa Placer Supremo.

         Eva tampoco lo quiso, como no quiso al resto de los atléticos, alegres y ardorosos postulantes que fueron surgiendo. Malhumorada y descostillada, la diosa se extirpó una uña: floreció de indisputable fealdad y rostro compungido.

-Se llama Adán, no sé que significa.

         Incapacitados de saber por qué ellas adoran el misterio, contentémonos con saber desde cuando.

(Tomado prestado de Cuentos de un minuto. CADDAN, Buenos Aires, 1999)

domingo, 11 de marzo de 2012

LA PRODIGIOSA TARDE DE BALTASAR

Un Cuento de Gabriel García Marquez– 1962

La jaula estaba terminada. Baltasar la colgó en el alero, por la fuerza de la costumbre, y cuando acabó de almorzar ya se decía por todos lados que era la jaula más bella del mundo. Tanta gente vino a verla, que se formó un tumulto frente a la casa, y Baltasar tuvo que descolgarla y cerrar la carpintería.

—Tienes que afeitarte —le dijo Úrsula, su mujer—. Pareces un capuchino.

—Es malo afeitarse después del almuerzo —dijo Baltasar.

Tenía una barba de dos semanas, un cabello corto, duro y parado como las crines de un mulo, y una expresión general de muchacho asustado. Pero era una expresión falsa. En febrero había cumplido 30 años, vivía con Úrsula desde hacía cuatro, sin casarse y sin tener hijos, y la vida le había dado muchos motivos para estar alerta, pero ninguno para estar asustado. Ni siquiera sabía que para algunas personas, la jaula que acababa de hacer era la más bella del mundo. Para él, acostumbrado a hacer jaulas desde niño, aquél había sido apenas un trabajo más arduo que los otros.

—Entonces repósate un rato —dijo la mujer—. Con esa barba no puedes presentarte en ninguna parte.

Mientras reposaba tuvo que abandonar la hamaca varias veces para mostrar la jaula a los vecinos. Úrsula no le había prestado atención hasta entonces. Estaba disgustada porque su marido había descuidado el trabajo de la carpintería para dedicarse por entero a la jaula, y durante dos semanas había dormido mal, dando tumbos y hablando disparates, y no había vuelto a pensar en afeitarse. Pero el disgusto se disipó ante la jaula terminada. Cuando Baltasar despertó de la siesta, ella le había planchado los pantalones y una camisa, los había puesto en un asiento junto a la hamaca, y había llevado la jaula a la mesa del comedor. La contemplaba en silencio.

—¿Cuánto vas a cobrar? —preguntó.

—No sé —contestó Baltasar—. Voy a pedir treinta pesos para ver si me dan veinte.

—Pide cincuenta —dijo Úrsula—. Te has trasnochado mucho en estos quince días. Además, es bien grande. Creo que es la jaula más grande que he visto en mi vida.

Baltasar empezó a afeitarse.

—¿Crees que me darán los cincuenta pesos?

—Eso no es nada para don Chepe Montiel, y la jaula los vale —dijo Úrsula—. Deberías pedir sesenta.

La casa yacía en una penumbra sofocante. Era la primera semana de abril y el calor parecía menos soportable por el pito de las chicharras. Cuando acabó de vestirse, Baltasar abrió la puerta del patio para refrescar la casa, y un grupo de niños entró en el comedor.

La noticia se había extendido. El doctor Octavio Giraldo, un médico viejo, contento de la vida pero cansado de la profesión, pensaba en la jaula de Baltasar mientras almorzaba con su esposa inválida. En la terraza interior donde ponían la mesa en los días de calor, había muchas macetas con flores y dos jaulas con canarios. A su esposa le gustaban los pájaros, y le gustaban tanto que odiaba a los gatos porque eran capaces de comérselos. Pensando en ella, el doctor Giraldo fue esa tarde a visitar a un enfermo, y al regreso pasó por la casa de Baltasar a conocer la jaula.

Había mucha gente en el comedor. Puesta en exhibición sobre la mesa, la enorme cúpula de alambre con tres pisos interiores, con pasadizos y compartimientos especiales para comer y dormir, y trapecios en el espacio reservado al recreo de los pájaros, parecía el modelo reducido de una gigantesca fábrica de hielo. El médico la examinó cuidadosamente, sin tocarla, pensando que en efecto aquella jaula era superior a su propio prestigio, y mucho más bella de lo que había soñado jamás para su mujer.

—Esto es una aventura de la imaginación —dijo. Buscó a Baltasar en el grupo, y agregó, fijos en él sus ojos maternales—: Hubieras sido un extraordinario arquitecto.

Baltasar se ruborizó.

—Gracias —dijo.

—Es verdad —dijo el médico. Tenía una gordura lisa y tierna como la de una mujer que fue hermosa en su juventud, y unas manos delicadas. Su voz parecía la de un cura hablando en latín—. Ni siquiera será necesario ponerle pájaros —dijo, haciendo girar la jaula frente a los ojos del público, como si la estuviera vendiendo—. Bastará con colgarla entre los árboles para que cante sola. —Volvió a ponerla en la mesa, pensó un momento, mirando la jaula, y dijo:— Bueno, pues me la llevo.

—Está vendida —dijo Úrsula.

—Es del hijo de don Chepe Montiel —dijo Baltasar—. La mandó a hacer expresamente.

El médico asumió una actitud respetable.

—¿Te dio el modelo?

—No —dijo Baltasar—. Dijo que quería una jaula grande, como ésa, para una pareja de turpiales.

El médico miró la jaula.

—Pero ésta no es para turpiales.

—Claro que sí, doctor —dijo Baltasar, acercándose a la mesa. Los niños lo rodearon—. Las medidas están bien calculadas —dijo, señalando con el índice los diferentes compartimientos. Luego golpeó la cúpula con los nudillos, y la jaula se llenó de acordes profundos—. Es el alambre más resistente que se puede encontrar, y cada juntura está soldada por dentro y por fuera —dijo.

—Sirve hasta para un loro —intervino uno de los niños.

—Así es —dijo Baltasar.

El médico movió la cabeza.

—Bueno, pero no te dio el modelo —dijo—. No te hizo ningún encargo preciso, aparte de que fuera una jaula grande para turpiales. ¿No es así?

—Así es —dijo Baltasar.

—Entonces no hay problema —dijo el médico—. Una cosa es una jaula grande para turpiales y otra cosa es esta jaula. No hay pruebas de que sea ésta la que te mandaron hacer.

—Es esta misma —dijo Baltasar, ofuscado—. Por eso la hice.

El médico hizo un gesto de impaciencia.

—Podrías hacer otra —dijo Úrsula, mirando a su marido. Y después, hacia el médico—: Usted no tiene apuro.

—Se la prometí a mi mujer para esta tarde —dijo el médico.

—Lo siento mucho, doctor —dijo Baltasar—, pero no se puede vender una cosa que ya está vendida.

El médico se encogió de hombros. Secándose el sudor del cuello con un pañuelo, contempló la jaula en silencio, sin mover la mirada de un mismo punto indefinido, como se mira un barco que se va.

—¿Cuánto te dieron por ella?

Baltasar buscó a Úrsula sin responder.

—Sesenta pesos —dijo ella.

El médico siguió mirando la jaula.

—Es muy bonita —suspiró—. Sumamente bonita. —Luego, moviéndose hacia la puerta, empezó a abanicarse con energía, sonriente, y el recuerdo de aquel episodio desapareció para siempre de su memoria.

—Montiel es muy rico —dijo.

En verdad, José Montiel no era tan rico como parecía, pero había sido capaz de todo por llegar a serlo. A pocas cuadras de allí, en una casa atiborrada de arneses donde nunca se había sentido un olor que no se pudiera vender, permanecía indiferente a la novedad de la jaula. Su esposa, torturada por la obsesión de la muerte, cerró puertas y ventanas después del almuerzo y yació dos horas con los ojos abiertos en la penumbra del cuarto, mientras José Montiel hacía la siesta. Así la sorprendió un alboroto de muchas voces. Entonces abrió la puerta de la sala y vio un tumulto frente a la casa, y a Baltasar con la jaula en medio del tumulto, vestido de blanco y acabado de afeitar, con esa expresión de decoroso candor con que los pobres llegan a la casa de los ricos.

—Qué cosa tan maravillosa —exclamó la esposa de José Montiel, con una expresión radiante, conduciendo a Baltasar hacia el interior—. No había visto nada igual en mi vida —dijo, y agregó, indignada con la multitud que se agolpaba en la puerta—: Pero llévesela para adentro que nos van a convertir la sala en una gallera.

Baltasar no era un extraño en la casa de José Montiel. En distintas ocasiones, por su eficacia y buen cumplimiento, había sido llamado para hacer trabajos de carpintería menor. Pero nunca se sintió bien entre los ricos. Solía pensar en ellos, en sus mujeres feas y conflictivas, en sus tremendas operaciones quirúrgicas, y experimentaba siempre un sentimiento de piedad. Cuando entraba en sus casas no podía moverse sin arrastrar los pies.

—¿Está Pepe? —preguntó.

Había puesto la jaula en la mesa del comedor.

—Está en la escuela —dijo la mujer de José Montiel—. Pero ya no debe demorar. —Y agregó—: Montiel se está bañando.

En realidad José Montiel no había tenido tiempo de bañarse. Se estaba dando una urgente fricción de alcohol alcanforado para salir a ver lo que pasaba. Era un hombre tan prevenido, que dormía sin ventilador eléctrico para vigilar durante el sueño los rumores de la casa.

—Adelaida —gritó—. ¿Qué es lo que pasa?

—Ven a ver qué cosa maravillosa —gritó su mujer.

José Montiel —corpulento y peludo, la toalla colgada en la nuca— se asomó por la ventana del dormitorio.

—¿Qué es eso?

—La jaula de Pepe —dijo Baltasar.

La mujer lo miró perpleja.

—¿De quién?

—De Pepe —confirmó Baltasar. Y después dirigiéndose a José Montiel—: Pepe me la mandó a hacer.

Nada ocurrió en aquel instante, pero Baltasar se sintió como si le hubieran abierto la puerta del baño. José Montiel salió en calzoncillos del dormitorio.

—Pepe —gritó.

—No ha llegado —murmuró su esposa, inmóvil.

Pepe apareció en el vano de la puerta. Tenía unos doce años y las mismas pestañas rizadas y el quieto patetismo de su madre.

—Ven acá —le dijo José Montiel—. ¿Tú mandaste a hacer esto?

El niño bajó la cabeza. Agarrándolo por el cabello, José Montiel lo obligó a mirarlo a los ojos.

—Contesta.

El niño se mordió los labios sin responder.

—Montiel —susurró la esposa.

José Montiel soltó al niño y se volvió hacia Baltasar con una expresión exaltada.

—Lo siento mucho, Baltasar —dijo—. Pero has debido consultarlo conmigo antes de proceder. Sólo a ti se te ocurre contratar con un menor. —A medida que hablaba, su rostro fue recobrando la serenidad. Levantó la jaula sin mirarla y se la dio a Baltasar—. Llévatela en seguida y trata de vendérsela a quien puedas —dijo—. Sobre todo, te ruego que no me discutas. —Le dio una palmadita en la espalda, y explicó:— El médico me ha prohibido coger rabia.

El niño había permanecido inmóvil, sin parpadear, hasta que Baltasar lo miró perplejo con la jaula en la mano. Entonces emitió un sonido gutural, como el ronquido de un perro, y se lanzó al suelo dando gritos.

José Montiel lo miraba impasible, mientras la madre trataba de apaciguarlo.

—No lo levantes —dijo—. Déjalo que se rompa la cabeza contra el suelo y después le echas sal y limón para que rabie con gusto.

El niño chillaba sin lágrimas, mientras su madre lo sostenía por las muñecas.

—Déjalo —insistió José Montiel.

Baltasar observó al niño como hubiera observado la agonía de un animal contagioso. Eran casi las cuatro. A esa hora, en su casa, Úrsula cantaba una canción muy antigua, mientras cortaba rebanadas de cebolla.

—Pepe —dijo Baltasar.

Se acercó al niño, sonriendo, y le tendió la jaula. El niño se incorporó de un salto, abrazó la jaula, que era casi tan grande como él, y se quedó mirando a Baltasar a través del tejido metálico, sin saber qué decir. No había derramado una lágrima.

—Baltasar —dijo Montiel, suavemente—, ya te dije que te la lleves.

—Devuélvela —ordenó la mujer al niño.

—Quédate con ella —dijo Baltasar. Y luego, a José Montiel—: Al fin y al cabo, para eso la hice.

José Montiel lo persiguió hasta la sala.

—No seas tonto, Baltasar —decía, cerrándole el paso—. Llévate tu trasto para la casa y no hagas más tonterías. No pienso pagarte ni un centavo.

—No importa —dijo Baltasar—. La hice expresamente para regalársela a Pepe. No pensaba cobrar nada.

Cuando Baltasar se abrió paso a través de los curiosos que bloqueaban la puerta, José Montiel daba gritos en el centro de la sala. Estaba muy pálido y sus ojos empezaban a enrojecer.

—Estúpido —gritaba—. Llévate tu cacharro. Lo último que faltaba es que un cualquiera venga a dar órdenes en mi casa. ¡Carajo!

En el salón de billar recibieron a Baltasar con una ovación. Hasta ese momento, pensaba que había hecho una jaula mejor que las otras, que había tenido que regalársela al hijo de José Montiel para que no siguiera llorando, y que ninguna de esas cosas tenía nada de particular. Pero luego se dio cuenta de que todo eso tenía una cierta importancia para muchas personas, y se sintió un poco excitado.

—De manera que te dieron cincuenta pesos por la jaula.

—Sesenta —dijo Baltasar.

—Hay que hacer una raya en el cielo —dijo alguien—. Eres el único que ha logrado sacarle ese montón de plata a don Chepe Montiel. Esto hay que celebrarlo.

Le ofrecieron una cerveza, y Baltasar correspondió con una tanda para todos. Como era la primera vez que bebía, al anochecer estaba completamente borracho, y hablaba de un fabuloso proyecto de mil jaulas de a sesenta pesos, y después, de un millón de jaulas hasta completar sesenta millones de pesos.

—Hay que hacer muchas cosas para vendérselas a los ricos antes que se mueran —decía, ciego de la borrachera—. Todos están enfermos y se van a morir. Cómo estarán de jodidos que ya ni siquiera pueden coger bien.

Durante dos horas el tocadiscos automático estuvo por su cuenta tocando sin parar. Todos brindaron por la salud de Baltasar, por su suerte y su fortuna, y por la muerte de los ricos, pero a la hora de la comida lo dejaron solo en el salón.

Úrsula lo había esperado hasta las ocho, con un plato de carne frita cubierto de rebanadas de cebolla. Alguien le dijo que su marido estaba en el salón de billar, loco de felicidad, brindando cerveza a todo el mundo, pero no lo creyó porque Baltasar no se había emborrachado jamás. Cuando se acostó, casi a la medianoche, Baltasar estaba en un salón iluminado, donde había mesitas de cuatro puestos con sillas alrededor, y una pista de baile al aire libre, por donde se paseaban los alcaravanes. Tenía la cara embadurnada de colorete, y como no podía dar un paso más, pensaba que quería acostarse con dos mujeres en la misma cama. Había gastado tanto, que tuvo que dejar el reloj como garantía, con el compromiso de pagar al día siguiente. Un momento después, despatarrado por la calle, se dio cuenta de que le estaban quitando los zapatos, pero no quiso abandonar el sueño más feliz de su vida. Las mujeres que pasaron para la misa de cinco no se atrevieron a mirarlo, creyendo que estaba muerto.

sábado, 10 de marzo de 2012

Proverbio Árabe

 

No digas todo lo que sabes,
no hagas todo lo puedes,
no creas todo lo que oyes,
no gastes todo lo que tienes;

Porque:

el que dice todo lo que sabe,
el que hace todo lo que puede,
el que cree todo lo que oye,
el que gasta todo lo que tiene;

Muchas veces:

Dice lo que no conviene,
hace lo que no debe,
juzga lo que no ve,
gasta lo que no puede.

Etiquetas de Technorati:

miércoles, 7 de marzo de 2012

EL MITO GUARANÍ SOBRE EL ORIGEN DEL LENGUAJE HUMANO

image

 

 

 

El verdadero Padre Ñamandú, el Primero, de una pequeña porción de su propia divinidad,
de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora,
hizo que se engendrasen llamas y tenue neblina.
Habiéndose erguido (asumido la forma humana), de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora, concibió el origen del lenguaje humano.
Creó nuestro Padre el fundamento del lenguaje humano e hizo que formara parte de su propia divinidad.
Antes de existir la tierra, en medio de las tinieblas primigenias, antes de tenerse conocimiento de las cosas, creó aquello que sería el fundamento del lenguaje humano (o: es el fundamento del futuro lenguaje humano) e hizo el verdadero Primer Padre Ñamandú que formara parte de su propia divinidad.
Habiendo concebido el origen del futuro lenguaje humano, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora concibió el fundamento del amor (al prójimo).
Antes de existir la tierra, en medio de las tinieblas primigenias, antes de tenerse conocimiento de las cosas, y en virtud de su sabiduría creadora el origen del amor (al prójimo) lo concibió.
Habiendo creado el fundamento del lenguaje humano, habiendo creado una pequeña porción del amor, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora el origen de un solo himno sagrado la creó en su soledad.
Antes de existir la tierra en medio de las tinieblas originarias, antes de conocerse las cosas el origen de un himno sagrado lo creó en su soledad (para sí mismo).
Habiendo creado, en su soledad, el fundamento del lenguaje humano; habiendo creado, en su soledad, una pequeña porción de amor; habiendo creado, en su soledad, un corto himno sagrado, reflexionó profundamente sobre a quién hacer partícipe del fundamento del lenguaje humano; sobre a quién hacer partícipe del pequeño amor (al prójimo) sobre a quién hacer partícipe de las series de palabras que componían el himno sagrado.
Habiendo reflexionado profundamente, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora creó a quienes serían compañeras de su divinidad.
Habiendo reflexionado profundamente, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora creó al ( a los) Ñamandú de corazón grande (valeroso).
Lo creó simultáneamente con el reflejo de su sabiduría (el sol).
Antes de existir la tierra, en medio de las tinieblas originarias, creó al Ñamadú de corazón grande.
Para padre de sus futuros numerosos hijos, para verdadero padre de las almas de sus futuros numerosos hijos creó al Ñamandu de corazón grande.(*)

(*) Extraído de Orígenes. Argentina; compilación de mitos de guaraníes, tehuelches, matacos y tobas, onas, pampas, araucanos y collas, de Miguel Biazzi y Guillermo Magrasi, ed. Corregidor.

martes, 6 de marzo de 2012

Leyenda del Sol y la Noche

Leyenda de Argentina

image005

Hacía ya muchos años que el Sol besaba a la Montaña. Con su resplandor la acariciaba de la cúspide a la falda.

Marrón, amarilla o negra en sus extensas laderas, ella siempre daba hijos verdes: ornamentales o de suaves frutos.

El Sol enamorado le trajo un día a Arco iris y abrillantó el espacio infinito de azul.

Con jirones de nubes hizo un collar muy blanco que ella movió coqueta alrededor de su garganta de piedra.

Claro y diáfano, duraba el Día para siempre.

En cierta ocasión, Sol se vio obligado a separarse de Montaña. Fue cuando descubrió en un acantilado, una caverna cubierta de espesa vegetación. Helechos gigantes, hiedras y enredaderas formaban una tupida puerta que ni el más valiente rayo podía traspasar.

Sol se puso frío de preocupación. Él que era el centro del universo, no podía permitir que una simple cueva escapara de su luz.

Radiante, esplendoroso, reunió toda la energía de su potente luz.

Primero envió Rayos Tibios de la Alborada. Ágilmente lucharon contra Rocío y Escarcha hasta evaporarlos en un débil rastro de humo gris. La cueva permaneció cerrada y sin luz.

Después llegaron raudos Rayos de Media Mañana. Lucharon con todo su calor, pero no pudieron pasar de las enredaderas.

Finalmente descendieron Rayos de Pleno Mediodía. Ardientes, verticales; quemaron piedras y marchitaron hiedras, pero la cueva se mantuvo cerrada y sin luz.

Sol, desaforado llamó a su hermano Viento.

Viento rompió el collar de nubes de la hermosa Montaña. Así desató a Lluvia, agua precipitada que suelta y juguetona dio muchísimas vueltas antes de regresar a su mullida casa de algodón.

Por horas, Viento y Lluvia azotaron a Montaña. Quebraron cedros, robles, ébanos y caobos, sin contar limoncillos, aguacates y un manaclar sin dueño. Los pinos destrozados cubrieron grandes zonas, pero la cueva permaneció cerrada y sin luz.

Cuando Viento y Lluvia se marcharon vencidos, hilos de plata descendieron incontenibles: Montaña lloraba sus árboles caídos.

Tras el susurro de riachuelos, una mujer de sombras, con piel hecha de sueños y pies transparentes, con larga cabellera a modo de manto sobre el cuerpo desnudo, salió de la caverna. Un grito agudo, como de ave triunfante salió de su garganta. Calor, Lluvia y Viento había vencido, ¿dónde estaba ese Sol arrogante?

Sol regresó en ese mismo instante. Clavó en la extraña sus pupilas de fuego. Sin poder soportarlo, ella corrió a ocultarse, pero sus pies de agua se le voltearon presos de las raíces brotadas. Un grito de dolor se escuchó en el silencio y Viento lo bautizó "jupido".

Cubrió sus pies distintos con su melena enorme. Perdida, elevó altiva su mirada de orgullo. Desafiante clavó en el astro sus pupilas de abismo.

Valiente, Sol enfrentó aquella ira por él desconocida, pero lanzas de hielo penetraron en su cuerpo candentes y enigmas y misterios, preguntas sin respuestas hirieron brutalmente su cuerpo hecho de luz.

Fue en ese momento que escaparon unidos los colores de la vida: azul, rojo, amarillo... dejaron el espacio a uno solo más fuerte que creció incontenible amenazando a Sol.

Entonces Montaña se removió temblando desde la tierra llana, retorciendo su cumbre. Todos los hijos verdes se estremecieron juntos y desencadenaron un poderoso alud. Entre lluvia de piedras y sacrificio de árboles Sol se recuperó.

Cegada para siempre, Ciguapa tambaleaba. Sus pies volteados negáronle equilibrio. Y ahora que no podía darle a nadie la espalda, si entraba o si salía del refugio de piedra fue de vida o de muerte... Cayó precipitada y su larga melena brillante de betún iba cubriendo todo con su oscuro misterio: los árboles, las peñas, los ríos y sus orillas, bohíos y corrales, valles, pueblos y riscos... La Noche había nacido para oponerse al Sol.

Desde entonces, la claridad termina después de doce horas de cálido esplendor. El Sol besa a la Montaña. La rodea de Arco iris, de un infinito azul, después se va prudente dando paso a esta Noche que oscura y silenciosa hace brillar estrellas en su enorme melena de apagado carbón.

A veces, en luna llena, Montaña se apiada de Noche Serena. La deja entrar con la tristeza prendida en su melena... dicen que va derecho hasta el charco de plata que hay en su antigua cueva y con polvo de estrellas se lava sus dos pies.

sábado, 3 de marzo de 2012

Cuento: Lo que sucedió a un hombre que iba cargado de piedras preciosas y se ahogó en un río

Cuento XXXVIII - Lo que sucedió a un hombre que iba cargado de piedras preciosas y se ahogó en un río

Un cuento de Don Juan Manuel

Un día dijo el conde a Patronio que tenía muchas ganas de quedarse en un sitio en el que le habían de dar mucho dinero, lo que le suponía un beneficio grande, pero que tenía mucho miedo de que si se quedaba, su vida correría peligro: por lo que le rogaba que le aconsejara qué debía hacer.

-Señor conde -respondió Patronio-, para que hagáis lo que creo que os conviene más, me gustaría que supierais lo que sucedió a un hombre que llevaba encima grandes riquezas y cruzaba un río.

El conde preguntó qué le había sucedido.

-Señor conde -dijo Patronio-, un hombre llevaba a cuestas una gran cantidad de piedras preciosas; tantas eran que pesaban mucho. Sucedió que tenía que pasar un río y como llevaba una carga tan grande se hundía mucho más que si no la llevara; al llegar a la mitad del río se empezó a hundir aún más. Un hombre que estaba en la orilla le comenzó a dar voces y a decirle que si no soltaba aquella carga se ahogaría. Aquel majadero no se dio cuenta de que, si se ahogaba, perdería sus riquezas junto con la vida, y, si las soltaba, perdería las riquezas pero no la vida. Por no perder las piedras preciosas que traía consigo no quiso soltarlas y murió en el río.

A vos, señor conde Lucanor, aunque no dudo que os vendría muy bien recibir el dinero y cualquier otra cosa que os quieran dar, os aconsejo que si hay peligro en quedaros allí no lo hagáis por afán de riquezas. También os aconsejo que nunca aventuréis vuestra vida si no en defensa de vuestra honra o por alguna cosa a que estéis obligado, pues el que poco se precia, y arriesga su vida por codicia o frivolidad, es aquel que no aspira a hacer grandes cosas. Por el contrario, el que se precia mucho ha de obrar de modo que le precien también los otros, ya que el hombre no es preciado porque él se precie, sino por hacer obras que le ganen la estimación de los demás. Convenceos de que el hombre que vale precia mucho su vida y no la arriesga por codicia o pequeña ocasión; pero en lo que verdaderamente debe aventurarse nadie la arriesgara de tan buena gana ni tan pronto como el que mucho vale y se precia mucho.

Al conde gustó mucho la moraleja, obró según ella y le fue muy bien. Viendo don Juan que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen así:

A quien por codicia la vida aventura,

la más de las veces el bien poco dura.

viernes, 2 de marzo de 2012

Leyenda: COQUENA (dios de los pastores)


 

(LEYENDA SALTEÑA)

coquena[2]
COQUENA, dice una linda leyenda de los valles del Norte, era un dios bondadoso que amparaba el ganado que pacía en los cerros. Gracias a él andaban tranquilos por valles y sierras los guanacos, las vicuñas, llamas y cabras. Coquena no permitía que nadie maltratase los animales. Por esa razón él premiaba siempre a los buenos pastores.
Cierta vez fue visto en la falda de un cerro, guiando unas cabritas que, sin duda, se habían extraviado.
Dicen que era enanito, de tez muy morena, de rostro simpático y de mirada dulce y profunda. Que vestía una larga casaca de lana de vicuña, y cubría su cabeza con un gran sombrero. En vez de zapatos usaba ojotas.
Dicen también que aquel día en que los pastores lo vieron bajando con unas cabritas la cuesta del monte, iba apoyado en un grueso bastón, y silbando contento. Era la hora en que el sol, próximo ya a desaparecer detrás de los cerros vecinos, tendía sus últimos rayos sobre las faldas verdes y floridas.
Nunca más volvieron a verlo los pastores. Oían, sí, algunas veces, su alegre silbido, mientras llevaban a pacer sus ganados.
Un día, un pastorcillo había llevado sus cabras al cerro. Subió más y más por la pendiente escabrosa siguiendo de cerca el rebaño, y en la cima misma del monte lo sorprendieron las primeras sombras del anochecer.
De pronto levantóse un fuerte viento. Comenzó el cielo a cubrirse de densos y oscuros nubarrones. Un silencio aterrador se cernía en el ambiente. Las ráfagas de viento rugían cada vez con mayor furia, repercutiendo en el valle con modulaciones siniestras. La borrasca se hizo recia e implacable.
Alarmado y temeroso, el pastorcillo quiso reunir sus cabras y bajar al valle; pero tan rápidamente como quiso huir, una niebla espesa cubrió el cerro, y el pobre zagal ya no pudo ver nada.
Las cabras se habían dispersado rápidamente en todas direcciones; el pastor comenzó a gritar desesperado, llamándolas; corría de un lado a otro, desafiando al huracán para atraerlas; pero todo fue inútil.
Gritó y lloró el desolado pastorcillo hasta que llegó la noche. La oscuridad se hizo entonces absoluta. Y al fin, el frío, el viento y la niebla vencieron al buen pastorcillo, que se quedó muy triste sin sus lindas cabras.
Sentóse bajo unas peñas a descansar y no tardó en quedarse profundamente dormido, envuelto en su ponchito de vicuña.
Con las primeras luces de la aurora, despertó el pastorcito. Recordó su desgracia y comenzó a llorar. Mas bien pronto secáronse sus lágrimas; sus ojos expresaron el más profundo asombro: era que a su lado, muy junto a él, alguien había dejado una bolsa llena de monedas de oro.
Maravillado el pastorcillo, y rebosante de alegría, contólas varias veces haciéndolas sonar entre sus dedos.
—¿Quién me dejó este tesoro, mientras yo dormía? ¿Quién habrá querido consolarme por las cabras que perdí?—se preguntaba.
De pronto cesó en sus reflexiones y exclamó alborozado:
—¡Ya sé!... ¡Es Coquena, el dios enanito!... ¡Qué alegría! ¡Es Coquena!...
Había comprendido, al fin, que no podía ser otro que Coquena, el dios enanito,
como él lo llamaba, quien así lo premiaba por haber sido siempre un pastorcito humilde y bueno, que cuidaba su rebaño con alegría y cariño.


 

REFERENCIAS SOBRE COQUENA


Los indígenas que habitaban la región de Salta y Jujuy, creían en la existencia de Coquena, el pequeño dios que protegía los guanacos, llamas, vicuñas y cabras. Si alguno de ellos se extraviaba en los montes, Coquena lo guiaba hacia el verdadero camino. Salvaba a los animales de todos los peligros y los amparaba de los malos tratos de los pastores, o de los abusos de los arrieros que conducían recuas de llamas o de guanacos cargados.
Los indígenas de los valles calchaquíes (que comprendían las actuales provincias del noroeste), creían en la existencia de otro dios semejante a Coquena. Llamábanlo Llastay, y también «Amigo» o «Dueño» de las aves. Al decir «aves», se referían a todos los animales de caza, llamando «aves mayores» a los cuadrúpedos y, «menores», a los otros, a las verdaderas aves. Llastay protegía a las «aves» y sus pequeñas crías de las crueldades y abusos de los cazadores.
Coquena y Llastay, dioses buenos y justos creados por la imaginación de nuestros indios, nos prueban que los animales habían despertado también en el corazón de aquellos seres primitivos, profundos sentimientos de ternura y compasión
.

Etiquetas de Technorati: ,,,