viernes, 27 de abril de 2012

LOS DUENDES DE LA COLORADA

 

Leyenda Argentina  

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En la inmensa llanura entapizada de pajonales matosos, traicioneros encubridores de vidas acechadoras y de muertes ignotas; sin más atenuación a su tétrica soledad que unas cuantas miserables chozas de techo de paja perdidas entre los juncales, existió, por mucho tiempo, una estancia misteriosa. Ocupaba una pequeña loma, larga y angosta, rodeada de cañadones sin fin y oculta, casi siempre, entre brillazones engañosas.
          La llamaban «la Colorada» porque en el horizonte, relumbraba a menudo como siniestra llamarada de incendio o roja mancha de sangre: «Por ser el techo de teja», decían algunos; pero, sin incendio ni sangre, no puede haber reflejo a sangre ni incendio.
          Establecimiento primitivo, aglomeración de ranchos, ramadas y ombúes, con corrales de palo a pique y montecito de sauces, sus haciendas -afirmaban los que decían haber cruzado su campo-, eran todas ariscas y bravías, cuidadas por unos gauchos temibles, de poncho y chiripá, botas de potro y grandes espuelas, armados de cuchillos enormes, enemigos acérrimos del extranjero, refractarios a toda civilización.
          Sobre su dueño corrían entre la gente mil historias. Para muchos era el mismo Mandinga en persona, y nadie más; otros decían que allí tenía su morada un duende matrero, caudillo de antaño, sanguinario y burlón, quien -lo mismo que cuando estuviera en vida-, por puro capricho de loco omnipotente, humillaba a sus víctimas, antes de degollarlas.
          De «la Colorada» salían entre alaridos huestes devastadoras. Sus sangrientas fechorías, en forma de revoluciones políticas se sucedían casi sin interrupción; del Sud pobre y rudo, se extendían al Norte fértil, llenándolo todo de crímenes y de sangre, atajando la inmigración, anhelosa ya de traer al país la fuerza de sus brazos, la ayuda de su labor, la luz y la riqueza. Todo era caos, noche, tempestad.Se disputaban la palma de la destrucción y del atraso el salvajismo político y el salvajismo del indio. La justicia parecía tener por misión castigar a la gente buena y recompensar a los criminales.

Gobernar consistía en dominar por el terror o por el hambre a los contrarios, a los que habían dado... o vendido su voto al candidato vencido.
          De rojo subido se ponía, en ciertas ocasiones, el espejismo de «la Colorada» y el pueblo atemorizado veía en ello el signo fatal de nuevas calamidades inmerecidas, obra de algunos desalmados cuya ambición venía a impedir el desarrollo de la prosperidad nacional...
          Poco a poco se hicieron menos frecuentes las brillazones rojizas, escaseando más y más los súbitos y terribles avances de la barbarie moribunda. Duendes inquietos había siempre en «la Colorada», pero iban amortiguándose los arrebatos sanguinarios de su alma matrera, y sus resabios perturbadores de la tranquilidad y del progreso. Hasta que acabó por desaparecer paulatinamente toda vislumbre funesta; y desaparecieron también los ranchos viejos y los corrales antiguos, surgiendo en su      reemplazo, en los campos saneados y cultivados, un soberbio palacio de granito y de mármol, aureolado de celeste y blanco, rodeado de los mil aparatos inventados por el genio humano para facilitar y multiplicar la producción agrícola y enriquecer hasta lo inaudito, con el cultivo de sus dilatados campos, a todos los habitantes de la Pampa.
          Fue en este palacio que nació y que todavía mora el Hada Argentina.

Tomado de Daireaux Godofredo - Fabulas argentinas -1945

jueves, 26 de abril de 2012

LA VERDAD... ¿ES LA VERDAD?

 

CUENTO POPULAR DE LA INDIA

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El rey había entrado en un estado de honda reflexión durante los últimos días. Estaba pensativo y ausente. Se hacía muchas preguntas, entre otras por qué los seres humanos no eran mejores. Sin poder resolver este último interrogante, pidió que trajeran a su presencia a un ermitaño que moraba en un bosque cercano y que llevaba años dedicado a la meditación, habiendo cobrado fama de sabio y ecuánime.

Sólo porque se lo exigieron, el eremita abandonó la inmensa paz del bosque.

--Señor, ¿qué deseas de mí? -preguntó ante el meditabundo monarca.

--He oído hablar mucho de ti -dijo el rey-. Sé que apenas hablas, que no gustas de honores ni placeres, que no haces diferencia entre un trozo de oro y uno de arcilla, pero todos dicen que eres un sabio.

--La gente dice, señor -repuso indiferente el ermitaño.

--A propósito de la gente quiero preguntarte -dijo el monarca-. ¿Cómo lograr que la gente sea mejor?

--Puedo decirte, señor -repuso el ermitaño-, que las leyes por sí mismas no bastan, en absoluto, para hacer mejor a la gente. El ser humano tiene que cultivar ciertas actitudes y practicar ciertos métodos para alcanzar la verdad de orden superior y la clara comprensión. Esa verdad de orden superior tiene, desde luego, muy poco que ver con la verdad ordinaria.

El rey se quedó dubitativo. Luego reaccionó para replicar:

--De lo que no hay duda, ermitaño, es de que yo, al menos, puedo lograr que la gente diga la verdad; al menos puedo conseguir que sean veraces.

El eremita sonrió levemente, pero nada dijo. Guardó un noble silencio.

El rey decidió establecer un patíbulo en el puente que servía de acceso a la ciudad. Un escuadrón a las órdenes de un capitán revisaba a todo aquel que entraba a la ciudad. Se hizo público lo siguiente: “Toda persona que quiera entrar en la ciudad será previamente interrogada. Si dice la verdad, podrá entrar. Si miente, será conducida al patíbulo y ahorcada”.

Amanecía. El ermitaño, tras meditar toda la noche, se puso en marcha hacia la ciudad. Su amado bosque quedaba a sus espaldas. Caminaba con lentitud. Avanzó hacia el puente. El capitán se interpuso en su camino y le preguntó:

--¿Adónde vas?

--Voy camino de la horca para que podáis ahorcarme -repuso sereno el eremita.

El capitán aseveró:

--No lo creo.

--Pues bien, capitán, si he mentido, ahórcame.

--Pero si te ahorcamos por haber mentido -repuso el capitán-, habremos convertido en cierto lo que has dicho y, en ese caso, no te habremos ahorcado por mentir, sino por decir la verdad.

--Así es -afirmó el ermitaño-.

Ahora usted sabe lo que es la verdad... ¡Su verdad!

miércoles, 25 de abril de 2012

Eduardo Galeano y sus 365 relatos de “voces que no se oyen”

 

Tomado prestado de Zona Literatura

 

Los hijos de los díasEn Los hijos de los días, el escritor uruguayo Eduardo Galeano emprende nuevamente el “largo proceso para que las palabras digan lo que tienen que decir”, a través de una personal efeméride, 365 relatos brevísimos de hechos mínimos e históricos que recuperan “las voces de los que tienen voz, pero que no se oyen”.

James Watt, el escocés precursor de la máquina de vapor con sus inventos; Nazim Hikmet, el poeta reconocido turco 50 años después de muerto en el exilio; o Soledad Barrett Viedma, revolucionaria paraguaya fusilada en Brasil durante la dictadura; son algunas voces que pueblan las páginas del libro editado por Siglo XXI.

Opresores y oprimidos, belleza, goce, solidaridad, demonización, los intereses de Galeano vuelven en estas páginas en forma de un calendario que amplifica el sonido de las ideas y palabras que él  considera “merecedoras de ser rescatadas del silenciamiento”.

En la cita inicial, extractada del Génesis según los mayas, se lee:

Y los días se echaron a caminar.
Y ellos, los días, nos hicieron.
Y así fuimos nacidos nosotros,
los hijos de los días,
los averiguadores,
los buscadores de la vida.

“Historias que recibo, devuelvo, encuentro o me encuentran a mí de manera misteriosa —reseña el escritor—, durante mis caminatas por la rambla de Montevideo son ellas las que me dan golpecitos en la espalda y me piden que las cuente”.

Galeano explica que “las voces e imágenes que merecen ser escuchadas y vistas suelen ser las más silenciadas y escondidas por el poder, no porque el poder sea el malo de la película, sino porque el mundo está organizado de tal manera que todos estamos pero figuran pocos”.

Y este libro es uno de los espacios de poder que su oficio le otorga, donde transmite no sólo lo que profundamente siente y piensa, sino esas voces que le dicen “cosas que vale la pena contagiar”.

Relatos de gente que alguna vez conoció, “archivos que la memoria guarda sin que uno lo sepa”, dice, mientras trae del recuerdo a la madre de un viejo amigo, “una mujer negra y analfabeta que solía escuchar porque era muy sabia”.

Un día, rememora el escritor, “hablábamos con mi amigo sobre la egolatría de los escritores, decíamos que expertos zoológicos nos reservarían la jaula de los pavos reales, mientras escuchamos una voz suavecita que dice `pobrecita la gente que vive midiéndose`”.

“Esa frase que nunca escribí pero escuché y quedó guardada en mi memoria, es un buen ejemplo de los que tienen voces que no se oyen y vale la pena escuchar, porque es crítica muy honda a la sociedad competitiva de nuestro tiempo que nos enseña que el prójimo es un enemigo”, postula.

Esto, asevera, “hizo que sobre todo en los últimos libros quiera redescubrir el arco iris humano, cuyos colores son muchísimo más bellos, fulgurantes y múltiples que los del arco iris celeste” y “recuperar el vínculo con el otro, sintiendo al prójimo como una promesa” y no como “la amenaza propuesta por la estructura internacional del miedo”.

“Estoy cansado pero contento”, dice Galeano, se refiere a la presentación de Los hijos de los días el fin de semana último en la Feria del Libro de Buenos Aires adonde asistieron cerca de tres mil personas.

“Había mucha vibra, mucha electricidad, lo que pasa es que colaboraron mucho los micrófonos —bromea—, me mejoraron la prosa, limpiaban todo, sacaban los adjetivos que sobraban. Impresionante el progreso tecnológico”.

–¿Peleado con la tecnología?

–Me llevo bastante mal con las máquinas en general, no nos entendemos y como ellas saben que no las quiero me tratan mal, hacen cosas que no deberían, como la computadora mía, que bebe de noche si no la miro y al día siguiente hace disparates. Pero las máquinas son muy útiles, lo que pasa es que en estos días nuestros somos máquinas de nuestras máquinas y estamos al servicio de los aparatos que inventamos para que nos sirvan. Si el automóvil nos maneja, la computadora nos programa o los shoppings nos compran es responsabilidad nuestra, las máquinas hacen lo que pueden, hasta se enferman y tienen virus, a medida que nos deshumanizamos ellas se humanizan.

–¿Y a la hora de escribir?

–Escribo a mano, sólo en la etapa final utilizo la computadora para pasar en limpio textos que a su vez sigo reescribiendo una y otra vez. Todo lo anterior lo hago a mano para ser fiel al consejo que una vez me dio Juan Carlos Onetti, que era muy mentiroso e invocaba fuentes prestigiosas para que sus palabras tuvieran otra grandeza. Él decía que había un proverbio chino que decía que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio. No era chino el proverbio, era de él, pero está muy bueno.

Once versiones tuvo Los hijos de los días antes de su edición final, lo comenzó hace cuatro años y medio mientras terminaba con Espejos: “Les voy quitando la grasa para que quede pura carne y puro hueso”, explicó el escritor.

“El oficio de escribir —asegura Galeano— implica un desafío peliagudo porque el silencio muchas veces es un lenguaje más hondo que todas las palabras juntas. Y en la búsqueda de esa hazaña que es encontrar una palabra que sea mejor que el silencio, siento el mismo pánico que la primera vez que me puse a escribir. Pero eso quiere decir que no me jubilé, que estoy vivo, yo y el oficio. Es un trabajo muy fuerte, no viene gratis. Esta idea de la inspiración funciona hasta cierto punto, ahí es cuando cuento que una historia te toca la espalda y te dice «contame que valgo la pena», pero después, como decía el viejo William Faulkner, «lo demás es transpiración».”

Dolores Pruneda Paz / Télam

Como bonus track, Galeano lee fragmentos de Los hijos de los días durante la presentación en la FIL Buenos Aires:

martes, 24 de abril de 2012

Cuento: El crimen de la cinta métrica


 

Un cuento de  Agatha Christie

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Asiendo el llamador, la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un tanto al hacerlo, y tuvo que volver a colocarlo en su sitio. En aquel paquete llevaba el nuevo vestido de invierno de la señora Spenlow, de color verde, dispuesto para la prueba. De la mano izquierda de la señorita Politt pendía una bolsa de seda negra, que contenía la cinta métrica, un acerico de alfileres y un par de tijeras grandes y prácticas.

La señorita Politt era alta y delgada, de nariz puntiaguda, labios finos y cabellos grises. Vaciló unos momentos antes de llamar por tercera vez. Mirando al final de la calle, vio una figura que se aproximaba rápidamente y la señorita Hartnell, jovial y curtida, con sus cincuenta y cinco años, le gritó con su voz potente y grave:

-¡Buenas tardes, señorita Politt!

La modista respondió:

-Buenas tardes, señorita Hartnell -su voz era extremadamente suave y moderada. Había comenzado a trabajar como doncella en casa de una gran señora-. Perdóneme -prosiguió-, pero ¿sabe por casualidad si está en casa la señora Spenlow?

-No tengo la menor idea.

-Es bastante extraño que no conteste a mis llamadas. Esta tarde tenía que probarle el vestido. Me dijo que viniese a las tres y media.

La señorita Hartnell consultó su reloj de pulsera.

-Ahora es un poco más de la media -contestó.

-Sí. He llamado ya tres veces, pero no contesta nadie; por eso me preguntaba si no habría salido y habrá olvidado que tenía que venir yo. Por lo general no se olvida, y además quería estrenar el vestido pasado mañana.

La señorita Hartnell atravesó la puerta de la verja y llegó al jardín para reunirse con la señorita Politt.

-¿Y por qué no le ha abierto Gladys? -quiso saber-. Oh, no, claro, es jueves... es su día libre. Me figuro que la señora Spenlow se habrá quedado dormida. Me parece que no consigue usted hacer gran ruido con ese chisme.

Y alzando el llamador lo descargó con todas sus fuerzas. Rat-tat-tat-tat y, además golpeó la puerta con las manos. También gritó con voz estentórea:

-¡Eh! ¿No hay nadie ahí dentro?

No obtuvo respuesta.

-Oh, yo creo que la señora Spenlow debe de haberse olvidado y se habrá ido -murmuró la señorita Politt-. Volveré cualquier otro rato.

-Tonterías -replicó la señorita Hartnell con firmeza-. No puede haber salido. Yo la hubiera encontrado. Voy a echar un vistazo por las ventanas para ver si da señales de vida.

Y riendo con su habitual buen humor, para indicar que se trataba de una broma, miró superficialmente por la ventana más próxima, pues sabía que los señores Spenlow no utilizaban aquella habitación, ya que preferían la salita de la parte posterior.

A pesar de ser una mirada superficial consiguió su objetivo. Es cierto que la señorita Hartnell no vio signos de vida. Al contrario, a través de la ventana distinguió a la señora Spenlow tendida sobre las alfombra... y muerta.

-Claro que -decía la señorita Hartnell contándolo después- procuré no perder la cabeza. Esa criatura, la señorita Politt, no hubiera sabido qué hacer. Tenemos que conservar la serenidad -le dije-. Usted quédese aquí y yo iré a buscar al alguacil Palk. Ella protestó diciendo que no quería quedarse sola, pero no le hice el menor caso. Hay que mantenerse firme con esa clase de personas. Les encanta armar alboroto. De modo que cuando iba a marcharme, en aquel preciso momento, el señor Spenlow doblaba la esquina de la casa.

La señorita Hartnell hizo una pausa significativa, permitiendo a su interlocutora que le preguntara impaciente:

-Dígame: ¿qué aspecto tenía?

La señorita Hartnell prosiguió:

-Con franqueza, ¡inmediatamente sospeché algo! Estaba demasiado tranquilo. No se sorprendió lo más mínimo. Y puede usted decir lo que quiera, pero no es natural que un hombre que oye decir que su mujer está muerta no exteriorice la menor emoción.

Todo el mundo tuvo que darle la razón.

La policía también. Y no tardaron en averiguar cuál era su situación después de la muerte de su esposa, descubriendo que ella era rica y que todo su dinero iría a parar a manos del viudo gracias a un testamento hecho a toda prisa poco después del matrimonio, cosa que despertó generales sospechas.

La señorita Marple, la solterona de rostro afable (y según algunos de lengua afilada), que vivía en la casa contigua a la rectoría, fue interrogada muy pronto... a la media hora del descubrimiento del crimen. El alguacil Palk, con una libreta de notas para datos, le dijo:

-Si no le molesta, señora, tengo que hacerle unas preguntas.

La señorita Marple repuso:

-¿Acerca del asesinato de la señora Spenlow?

Palk se sorprendió.

-¿Puedo preguntarle cómo se enteró de ello?

-Por el pescado.

La respuesta fue perfectamente inteligible para el alguacil, quien supuso con gran acierto que el repartidor del pescado le habría llevado la noticia al mismo tiempo que la merluza o las sardinas.

-Fue encontrada en el suelo de la sala estrangulada -continuó la señorita Marple-, posiblemente con un cinturón muy estrecho; pero fuera lo que fuese, no ha aparecido.

-¿Cómo es posible que Fred se entere de todo...? -comenzó a decir Palk.

La señorita Marple lo interrumpió.

-Lleva un alfiler en la solapa.

Palk se miró el lugar indicado.

-Dicen: «Ver un alfiler y cogerlo, y todo el día tendrás buena suerte.»

-Espero que sea verdad. Y ahora dígame, ¿qué es lo que quería decirme?

El alguacil se aclaró la garganta y con aire de importancia consultó su libreta.

-El señor Arturo Spenlow, esposo de la interfecta, ha prestado declaración. El señor Spenlow dice que a las dos y media, según sus cálculos, le telefoneó la señorita Marple para pedirle que fuera a verla a las tres y cuarto, pues tenía precisión de consultarle algo. Dígame, señorita, ¿es cierto?

-Desde luego que no -repuso la señorita Marple.

-¿No telefoneó al señor Spenlow a las dos y media?

-Ni a esa hora ni a ninguna otra.

-¡Ah! -exclamó Palk, retorciéndose el bigote con satisfacción.

-¿Qué más dijo el señor Spenlow?

-Según su declaración, él vino aquí atendiendo a su llamada, y salió de su casa a las tres y diez, y que al llegar, la doncella le comunicó que la señorita Marple «no estaba en casa».

-Eso es cierto -replicó la solterona-. Él vino aquí, pero yo me encontraba en una reunión del Instituto Femenino.

-¡Ah! -volvió a exclamar Palk.

-Dígame, alguacil, ¿sospecha usted acaso que el señor Spenlow haya dado muerte a su esposa?

-No puedo asegurar nada en este momento, pero me da la impresión de que alguien, sin mencionar a nadie, se las quiere dar de muy listo.

-¿El señor Spenlow? -preguntó la señorita Marple, pensativa.

Le agradaba el señor Spenlow. Era un hombre delgado, de pequeña estatura, de hablar mesurado y convencional y el colmo de la respetabilidad. Parecía extraño que hubiera ido a vivir al campo, pues era evidente que había pasado toda su vida en la ciudad, y confió sus razones a la señorita Marple.

-Desde joven tuve deseos de vivir en el campo -le dijo- y tener un jardín de mi propiedad. Siempre me gustaron mucho las flores. Ya sabe, mi esposa tenía una floristería. Es donde la vi por primera vez.

Un simple comentario, pero que dejaba adivinar el idilio: Una señora Spenlow mucho más joven y hermosa, con un fondo de flores.

No obstante el señor Spenlow, en realidad, no sabía nada acerca de las flores... ni de semillas, poda, época de plantación, etc. Sólo tenía una imagen en su mente... la imagen de una casita con un jardín repleto de flores de brillantes colores y dulce aroma. Le pidió que le instruyera, y fue anotando en su libretita todas las respuestas de la señorita Marple.

Era un hombre de ademanes reposados. Y tal vez por eso la policía se interesó por él cuando su esposa fue encontrada asesinada. A fuerza de paciencia y perseverancia averiguaron muchas cosas respecto a la difunta señora Spenlow... y pronto lo supo también todo Saint Mary Mead.

La finada señora Spenlow había comenzado su vida como camarera de una gran casa, que dejó para casarse con el segundo jardinero, y con él puso una tienda de flores en Londres. El negocio había prosperado, pero no así el jardinero, que al poco tiempo enfermó y murió. Su viuda llevó adelante la tienda y tuvo que ampliarla, pues no cesaba de prosperar. Luego la había traspasado a muy buen precio y volvió a embarcarse en un segundo matrimonio... con el señor Spenlow, un joyero de mediana edad, que había heredado un negocio reducido y decadente. Poco después lo vendieron, yendo a vivir a Saint Mary Mead.

La señora Spenlow era una mujer bien educada. Los beneficios del establecimiento de flores los había invertido... «con ayuda de los espíritus», según explicaba a todo el mundo. Y éstos le habían aconsejado con inesperado acierto.

Todas sus inversiones resultaron magníficas. Sin embargo, en vez de afianzarse en sus creencias «espiritistas», la señora Spenlow abandonó las sesiones y los médiums, y se entregó rápidamente, pero de corazón, a una oscura religión con afinidades indias que se basaba en varias formas de inspiraciones profundas. No obstante, cuando llegó a Saint Mary Mead, se adscribió temporalmente a la iglesia anglicana. Pasaba muchos ratos con el vicario, y asistía a los oficios religiosos con asiduidad. Era parroquiana de los comercios de la localidad y jugaba al bridge en las reuniones.

Una vida monótona.., sencilla. Y de repente... el crimen.

El coronel Melchett, jefe de policía, había mandado llamar al inspector Slack.

Slack era un tipo positivista. Cuando tomaba una resolución, no se volvía atrás, y ahora estaba seguro de sus hipótesis.

-Fue el esposo quien la mató, señor -declaró.

-¿Usted cree?

-Estoy completamente seguro. Sólo tiene que mirarlo. Es culpable como el mismo diablo. No demuestra la menor pena o emoción. Volvió a la casa sabiendo que su mujer estaba muerta.

-¿Y no hubiera intentado por lo menos representar el papel de marido desconsolado?

-Él no, señor. Está demasiado seguro de sí mismo. Algunos caballeros no saben fingir.

-¿Alguna otra mujer en su vida? -preguntó el coronel Melchett.

-No he podido dar con el rastro de ninguna. Claro que este hombre es muy listo. Sabe «despistar». Yo creo que estaba harto de su esposa. Ella tenía el dinero y me parece que era de carácter difícil de soportar. Así que a sangre fría decidió deshacerse de ella y vivir cómodamente solo y a sus anchas.

-Sí, supongo que puede haber sido ése el caso.

-Puede usted estar seguro de que fue así. Trazó sus planes con todo cuidado. Fingió una llamada telefónica...

Melchett le interrumpió:

-¿No han podido comprobar la llamada?

-No, señor. Eso significa que, o bien han mentido, o que fue hecha desde un teléfono público. Los únicos teléfonos públicos del pueblo son el de la estación y el de Correos. Desde Correos no llamó. La señorita Blade ve a todo el que entra. En el de la estación, tal vez. Hay un tren que llega a las dos y veintisiete y a esa hora se ve bastante concurrida. Pero lo principal es que él dice que fue la señorita Marple quien lo llamó, y eso, desde luego, no es cierto. La llamada no fue hecha desde su casa, y ella estaba en el Instituto Femenino.

-¿Y no habrá pasado por alto la posibilidad de que alguien quitara de en medio al marido... para poder asesinar a la señora Spenlow?

-Se refiere a Ted Gerard, ¿verdad? He estado investigando..., pero tropezamos con la falta de motivos. Él no iba a ganar nada. Sin embargo, es un indeseable. Y tiene un buen número de desfalcos en su haber.

-Es miembro del Grupo Oxford.

-No digo que no sea un equivocado. No obstante, él mismo fue a confesárselo a su patrón. Dijo que estaba arrepentido y comenzó a devolver el dinero. Y no digo que no fuera una artimaña... pudo pensar que sospechaban y decidir representar la comedia.

-Tiene usted una mentalidad muy escéptica, Slack -dijo el coronel Melchett-. A propósito, ¿ha hablado usted con la señorita Marple?

-¿Qué tiene ella que ver con esto, señor?

-Oh, nada. Pero ya sabe... oye cosas... ¿Por qué no va a charlar un rato con ella? Es una anciana muy inteligente.

Slack cambió de tema.

-Quería preguntarle una cosa, señor: en casa de Robert Abercrombie, donde la difunta trabajaba, hubo un robo de esmeraldas... que valían una fortuna. No aparecieron. He estado calculando... y debió ser cuando estaba allí la señora Spenlow, aunque entonces sería casi una niña. No creerá que estuviera complicada en el robo, ¿verdad, señor? Spenlow, como ya sabe, era uno de esos joyeros de vía estrecha...

-No creo que tuviera nada que ver -repuso Melchett meneando la cabeza-. Entonces ni siquiera conocía a Spenlow. Recuerdo el caso. La opinión policíaca fue que el hijo de la casa, Jim Abercrombie, estaba mezclado en el asunto... Era un joven muy gastador. Tenía un montón de deudas, que pagó precisamente después de ocurrido el robo... El viejo Abercrombie dificultó un poco las cosas... y quiso distraer la atención de la policía.

-Era sólo una idea, señor -dijo Slack.

La señorita Marple recibió al inspector Slack con satisfacción, sobre todo al saber que lo enviaba el coronel Melchett.

-Vaya, la verdad, el coronel Melchett es muy amable. No sabía que me recordaba.

-Me indicó el coronel que viniera a verla, pues, sin duda, sabía todo lo que ocurre en Saint Mary Mead, que valga la pena.

-Es muy amable, pero la verdad es que no sé nada en absoluto. Quiero decir, con respecto a este crimen.

-Pero sabe lo que se murmura.

-Oh, claro..., pero no va una a repetir simples habladurías.

-Ésta no es una conversación oficial -dijo Slack queriendo animarla-, sino una charla en confianza, por así decir.

-¿Y quiere usted saber lo que dice la gente... sea o no verdad?

-Eso es.

-Bien, pues, desde luego, se habla y se imagina mucho. Las opiniones se dividen en dos campos opuestos, no sé si me comprende. Para empezar, hay personas que creen que ha sido el marido. En cierto modo, un marido o una esposa, es el sospechoso más natural, ¿no cree?

-Es posible -repuso el inspector con precaución.

-La vida en común... ya sabe... y muy a menudo la parte monetaria. He oído decir que quien tenía el dinero era la señora Spenlow y que su esposo se beneficia con su muerte. En este perverso mundo, suposiciones menos caritativas a menudo están justificadas.

-Sí, entra en posesión de una bonita suma.

-Por eso... parece muy verosímil que la estrangulara, saliera por la puerta posterior y viniera a mi casa a través de los campos, para preguntar por mí con la excusa de haber recibido una llamada telefónica: luego regresar y descubrir que su mujer había sido asesinada durante su ausencia... Naturalmente, con la esperanza de que achacaran el crimen a cualquier ladrón o vagabundo.

-Y añadiendo a eso la parte monetaria... y si últimamente no se llevaban muy bien... -continuó el inspector.

-¡Oh, pero si se llevaban muy bien! -interrumpió la señorita Marple.

-¿Lo sabe a ciencia cierta?

-¡Si se hubieran peleado lo sabría todo el mundo! La doncella, Gladys Brent, hubiera hecho circular la noticia por todo el pueblo.

-Tal vez no lo supiera -dijo el inspector sin gran convencimiento... y recibiendo a cambio una sonrisa compasiva.

-Y luego tenemos la opinión del otro campo -prosiguió la señorita Marple-: Ted Gerad. Un joven muy simpático. Creo que el aspecto personal tiene mucha importancia sobre los demás. ¡Nuestro último vicario produjo un efecto mágico! Todas las muchachas iban a la iglesia... por la tarde y por la mañana. Y muchas mujeres ya mayores desplegaron una desacostumbrada actividad...; ¡la de zapatillas que le hicieron! Al pobre hombre le resultaba muy violento. Pero... ¿dónde estaba? Oh, sí, hablaba de ese joven, Ted Gerad. Claro que se ha hablado de él. Venía a verla muy a menudo. A pesar de que la propia señora Spenlow me dijo que era miembro de un movimiento religioso que llaman el Grupo Oxford. Creo que son muy sinceros y esforzados, y la señora Spenlow se sintió muy impresionada,

La señorita Marple tomó un poco de aliento antes de proseguir.

-Y estoy convencida de que no hay razón para creer que hubiera algo más que eso, pero ya sabe usted cómo es la gente. Muchas personas opinan que la señora Spenlow se dejó embaucar por ese joven, y que le prestó mucho dinero. Y es positivamente cierto que lo vieron en la estación aquel día... En el tren de las dos veintisiete. Pero hubiera sido muy sencillo para él apearse por el lado contrario y saltar la cerca y no pasar por la entrada de la estación. De ese modo no lo hubieran visto ir a la casa. Y claro, la gente considera que el atuendo de la señora Spenlow era, digamos, bastante particular.

-¿Particular?

-Sí. Iba en quimono -la señorita Marple se sonrojó-. Eso resulta bastante sugestivo para ciertas personas.

-¿Y para usted resulta positivo?

-¡Oh, no, yo no lo creo! A mí me parece perfectamente natural.

-¿Lo considera natural?

-En aquellas circunstancias, sí -la mirada de la señorita Marple era fría y reflexiva.

-Eso pudiera darnos otro motivo para el esposo. Celos -dijo el inspector Slack.

-¡Oh, no! El señor Spenlow no hubiera sentido nunca celos. Es de esos hombres que se dan cuenta de las cosas. Si su esposa le hubiera abandonado dejándole una nota en la almohada, él sería el primero en explicarlo.

El inspector Slack se sintió interesado por el modo significativo con que le miraba. Tenía la impresión de que toda su charla pretendía ocultarle algo que él no alcanzaba a comprender.

-¿Ha encontrado alguna pista, inspector? -le preguntó la señorita Marple con cierto énfasis.

-Hoy en día los criminales no dejan sus huellas dactilares ni puntas de cigarros, señorita.

-Pues yo creo... que este crimen es anticuado...

-¿Qué quiere decir con eso? -preguntó Slack con extrañeza.

-Creo que el alguacil Palk puede ayudarle -repuso la señora Marple despacio-. Fue la primera persona en acudir al «escenario del crimen», como dicen.

El señor Spenlow se hallaba sentado en una silla y parecía asustado. Dijo con su voz fina y precisa:

-Claro que puedo imaginarme lo ocurrido. Mi oído no es tan fino como antes, pero oí claramente cómo un chiquillo gritaba tras de mí: «¡Eh, miren a ese asesino...!» Y.., eso me dio la impresión de que pensaba que yo... había matado a mi querida esposa.

La señorita Marple, cortando una rosa marchita, repuso:

-Ésa es, sin duda, la impresión que quiso dar.

-Pero ¿cómo es posible que metieran esa idea en la cabeza de un niño?

-Pues lo más probable es que la asimiló escuchando las opiniones de sus mayores -repuso miss Marple.

-Usted... ¿usted cree de verdad que lo piensan también otras personas?

-La mitad de los habitantes de Saint Mary Mead.

-Pero... mi querida señora... ¿cómo es posible que se les haya ocurrido una idea semejante? Yo quería sinceramente a mi esposa. A ella no le agradaba vivir en el campo tanto como yo esperaba, pero el estar de completo acuerdo en todo es un ideal inasequible. Le aseguro que he sentido intensamente su pérdida.

-Es probable. Pero si me perdona le diré que no lo parece.

El señor Spenlow irguió cuanto pudo su menguada figura.

-Mi querida señora, hace muchos años leí que un filósofo chino, cuando tuvo que separarse de su adorada esposa, continuó tranquilamente tocando su batintín en la calle, como tenía por costumbre...; me figuro que debe ser un pasatiempo chino. Los habitantes de aquella ciudad se sintieron muy impresionados por su entereza.

-Mas la gente de Saint Mead ha reaccionado de un modo bastante distinto -dijo la señorita Marple-. La filosofía china no va con ellos.

-¿Pero usted lo comprende?

Miss Marple asintió.

-Mi buen tío Enrique -explicó- era un hombre con un extraordinario dominio de sí mismo. Su lema fue: «Nunca exteriorices tu emoción.» Él también era muy aficionado a las flores.

-Estaba pensando que tal vez pudiera colocar una pérgola en el lado oeste de la casa -dijo Spenlow con cierta vehemencia-. Con rosas de té, y tal vez glicinias... Y hay una florecita blanca, en forma de estrella, que ahora no recuerdo cómo se llama...

-Tengo un catálogo muy bonito, con fotografías -le dijo la señorita Marple en un tono semejante al que empleaba para dirigirse a su sobrinito de tres años-. Tal vez le agradara hojearlo. Yo tengo que ir ahora mismo al pueblo.

Y dejando al señor Spenlow sentado en el jardín con el catálogo, la señorita Marple subió a su habitación, envolvió apresuradamente un vestido en un trozo de papel castaño, y saliendo de la casa, se encaminó a toda prisa a la oficina de Correos. La señorita Politt, la modista, vivía en una de las habitaciones de la parte alta del edificio.

Mas la señorita Marple no subió directamente la escalera. Eran las dos y media, y un minuto después, el autobús de Much Benham se detendría ante la puerta de la oficina de Correos... constituyendo uno de los mayores acontecimientos de la vida cotidiana de Saint Mary Mead. La encargada saldría a toda prisa a recoger los paquetes relacionados con la parte de venta de su negocio, pues también vendía dulces, libros baratos y juguetes.

Durante algunos minutos la señorita Marple estuvo sola en la oficina de Correos.

Y hasta que la encargada hubo regresado a su puesto, no subió a ver a la señorita Politt para explicarle que quería que retocara su viejo vestido de crepé gris y lo pusiera a la moda, a ser posible. La modista le prometió hacer cuanto pudiera.

El jefe de policía quedó bastante asombrado al saber que la señorita Marple deseaba verlo. La solterona entró disculpándose:

-No sabe cuánto siento molestarlo. Sé que está muy ocupado, pero usted ha sido siempre tan amable conmigo, coronel Melchett, que creí que debía verlo a usted en vez de acudir al inspector Slack. En primer lugar no me gustaría complicar al alguacil Palk... Hablando con toda claridad, supongo que él no habría tocado nada en absoluto.

El coronel Melchett estaba ligeramente extrañado.

-¿Palk? Es el alguacil de Saint Mary Mead, ¿verdad? ¿Qué es lo que ha hecho?

-Cogió un alfiler. Lo llevaba prendido en su traje y a mí se me ocurrió que tal vez lo hubiese cogido en casa de la señora Spenlow.

-Desde luego. Pero, después de todo, ¿qué es un alfiler? A decir verdad, lo cogió junto al cadáver de la señora Spenlow. Ayer vino Slack y me lo dijo...; me figuro que usted lo obligó a ello. Claro que no debía haber tocado nada, pero como le dije ya, ¿qué es un alfiler? Era sólo un simple alfiler. De esos que emplean todas las mujeres.

-Oh, no, coronel Melchett, ahí es donde se equivoca. Tal vez a los ojos de un hombre parezca un alfiler vulgar, pero no lo es. Se trata de uno especial... muy fino... de los que se compran por cajas y que usan especialmente las modistas.

Melchett la miraba mientras se iba haciendo una pequeña luz en su mente. La señorita Marple inclinó varias veces la cabeza en señal de asentimiento.

-Sí, naturalmente. A mí me parece todo claro. Llevaba el quimono porque iba a probarse su nuevo vestido, y nada más abrir la puerta, la señorita Politt debió decir algo de las medidas y le puso la cinta métrica alrededor del cuello... y luego su tarea se limitó a cruzarla y apretar...; muy sencillo, según he oído decir. Luego saldría cerrando la puerta, y, haciendo ver que acababa de llegar, comenzó a golpearla con el llamador. Mas el alfiler demuestra que ya había estado en la casa.

-¿Y fue la señorita Politt la que telefoneó a Spenlow?

-Sí. Desde la oficina de Correos, a las dos y media... precisamente cuando llega el autobús y la oficina se queda vacía.

-Pero, mi querida señorita Marple, ¿por qué? No es posible cometer un crimen sin motivo.

-Bueno, a mí me parece, coronel Melchett, por todo lo que he oído, que este crimen data de mucho tiempo atrás. Y esto me recuerda a mis dos primos Antonio y Gordon. Todo lo que hacía Antonio le salía bien; en cambio, Gordon era el lado opuesto: perdía en las carreras de caballos, sus valores bajaron y sus acciones fueron depreciadas... Tal como lo veo, las dos mujeres actuaron juntas.

-¿En qué?

-En el robo. Hace mucho tiempo. Según he oído eran unas esmeraldas de gran valor. Fueron robadas por la doncella de la señora y la ayudante de camarera. Porque hay una cosa que todavía no se ha explicado... Cuando se casó con el jardinero, ¿de dónde sacaron el capital para montar una tienda de flores? La respuesta es: de su parte en la... rapiña... creo que es la expresión adecuada. Todo lo que emprendió le salió bien. El dinero trae dinero. Pero la otra, la doncella de la señora, debió ser poco afortunada... y tuvo que conformarse con ser una modista de pueblo. Luego volvieron a encontrarse. Todo fue bien al principio, supongo, hasta que apareció en escena Ted Gerard. La señora Spenlow seguía sintiendo remordimiento e inclinación por todas las religiones emocionales. Este joven le apremiaría para que «hiciese frente a los hechos» y «limpiara su conciencia», y me atrevo a asegurar que estaba dispuesta a hacerlo. Mas la señorita Politt no lo apreciaba así... sino que podía verse en la cárcel por un delito cometido muchos años atrás. Así que decidió poner fin a todo aquello. Me temo que haya sido siempre una mujer perversa. No creo que hubiera movido ni un dedo para impedir que ahorcaran al afable y estúpido señor Spenlow.

-Podemos... er... comprobar su teoría... si logramos identificar a la señorita Politt como la doncella de los Abercrombie -dijo el coronel Melchett-, pero...

-Será muy sencillo -lo tranquilizó miss Marple-. Es de esas mujeres que confesará en seguida al verse descubierta. Y, ¿sabe usted?, además tengo su cinta métrica. Se... se la quité distraídamente cuando me estuvo probando ayer. Cuando la eche de menos y sepa que está en manos de la policía... bien, es una mujer ignorante y creerá que eso la acusa definitivamente. No le dará trabajo, se lo aseguro -terminó la solterona animándolo, con el mismo tono con que una tía suya le aseguró que no lo suspenderían en los exámenes de ingreso en Sandhurst. Y había aprobado.

sábado, 7 de abril de 2012

Lo que quiero ahora

por Ángeles Caso

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

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viernes, 6 de abril de 2012

El huevo de pascua


 

Un cuento de Saki

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Era evidente que a doña Bárbara, mujer de buena cepa luchadora y una de las más aguerridas de su generación, le resultaba un trago amargo la cobardía sin recato de su hijo. No importa qué otras virtudes haya poseído Lester Slaggby -y en algunos aspectos era encantador-, nadie jamás lo habría tildado de valiente. Cuando niño, había sufrido de timidez infantil; cuando muchacho, de temores no muy varoniles; y ya hecho todo un hombre, había cambiado los miedos irracionales por otros todavía más tremendos, ya que sus fundamentos eran meticulosamente razonados. Les tenía un sincero pavor a los animales, las armas de fuego lo ponían nervioso y nunca atravesaba el canal de La Mancha sin calcular la relación numérica entre los salvavidas y los pasajeros. Cuando iba a caballo parecía necesitar tantos brazos como un dios hindú: por lo menos cuatro para agarrarse de las riendas y otros dos para tranquilizar al caballo con palmaditas en el cuello. Doña Bárbara había dejado de fingir que no veía la principal flaqueza de su hijo; con su habitual valor hacía frente a esta verdad y, como toda madre, no lo quería menos por eso.
Los viajes por el continente, con tal de que fuera lejos de las grandes rutas turísticas, eran una de las aficiones predilectas de doña Bárbara; y Lester la acompañaba todas las veces que podía. Ella solía pasar las Pascuas en Knobaltheim, un pueblo alto de uno de los diminutos principados que manchan con pecas insignificantes el mapa de la Europa Central.
El largo trato con la familia reinante la convertía en un personaje de merecida importancia ante los ojos de su viejo amigo el burgomaestre; de modo que fue consultada por el ansioso dignatario con motivo de la magna ocasión en que el príncipe dejó saber sus intenciones de acudir en persona a inaugurar un sanatorio en las afueras de la villa. Se habían dispuesto todos los detalles de costumbre para un programa de recepción, algunos fatuos y trillados, otros pintorescos y llenos de encanto, pero el burgomaestre tenía la esperanza de que la ingeniosa dama inglesa resultara con un aporte novedoso y de buen tono en lo tocante a un saludo que diera prueba de lealtad. El mundo exterior, si acaso se tomaba la molestia, consideraba al príncipe un reaccionario de la vieja guardia que combatía el progreso moderno, por así decirlo, con una espada de madera. Para su pueblo era un viejo y bondadoso caballero, dueño de cierta majestad cautivadora en la que no había ni pizca de altivez. Knobaltheim deseaba lucirse. Doña Bárbara discutió el asunto con Lester y uno o dos conocidos en el pequeño hostal donde se habían alojado, pero no se les ocurría nada en particular.
-¿Puedo sugerir algo a la gnädige Frau? -preguntó una dama de tez cetrina y pómulos altos a quien la inglesa le había dirigido una o dos veces la palabra y a la que había clasificado como eslava del sur.
-¿Puedo sugerir algo para la fiesta de recepción? -prosiguió, con una especie de tímida vehemencia-. A nuestro hijito, mírelo, nuestro bebito, le ponemos un vestidito blanco, con alitas, como un ángel pascual, y que lleve un gran huevo blanco de Pascua, y adentro va a estar lleno de huevos de chorlito, que le gustan tanto al príncipe, y se lo entrega a su alteza como ofrenda pascual. ¡Es una idea tan bonita! Lo vimos hacer en Estiria.
Doña Bárbara miró dudosa al candidato a angelito pascual, un niño blanco, de cara inexpresiva y de unos cuatro años. Lo había visto el día anterior en el hostal y le había intrigado bastante el hecho de que una criatura tan pelirrubia fuera hija de dos personas tan morenas como aquella mujer y su marido. Pensó que a lo mejor era adoptado, teniendo en cuenta que además no eran jóvenes.
-Claro que gnädige Frau escoltaría al niño en presencia del príncipe -prosiguió la mujer-; pero él se sabría comportar y hacer todo lo que se le diga.
-Vamos haceg qui nos manden de Viena huevos fgescos de choglito- dijo el marido.
Tanto el pequeño como doña Bárbara parecían igualmente apáticos ante la primorosa idea. Lester se opuso abiertamente, pero el burgomaestre se mostró encantado cuando lo enteraron al respecto. La mezcla de sentimentalismo y huevos de chorlito ejercía un poderoso atractivo sobre su mente teutónica.
En aquella fecha memorable el ángel pascual, en un traje realmente bonito y pintoresco, fue centro del afable interés de la engalanada compañía que esperaba en orden a su alteza. La madre estuvo muy discreta y menos cargante de lo que la mayoría de las madres habrían estado en similares circunstancias, limitándose a estipular que ella misma debía colocar el huevo de Pascua en los bracitos que con tanto cuidado habían sido adiestrados para llevar la preciosa carga. Hecho esto, doña Bárbara avanzó, con el niño marchando impasible y con torva decisión al lado suyo. Le habían prometido montones de tortas y confites si entregaba el huevo con toda corrección y reverencia al viejo y bondadoso caballero que lo aguardaba para recibirlo. Lester había tratado de comunicarle en privado que lo esperaban horribles bofetones si fallaba en lo que le tocaba de aquel acto, pero es dudoso que su alemán hubiese producido algo más que una pasajera desazón. Doña Bárbara había tomado la precaución de llevar consigo una reserva de emergencia de bombones de chocolate: los niños pueden ser oportunistas, pero no son amigos de los pagos a largo plazo. Cerca del regio estrado doña Bárbara se apartó con discreción y el infante de rostro imperturbable avanzó solo, con paso tambaleante pero decidido, alentado por el murmullo de aprobación de los adultos. Lester, que se encontraba en la primera fila de espectadores, se dio vuelta para buscar entre la multitud las caras radiantes de los felices padres. En un camino lateral que conducía a la estación divisó un coche; y entrando en él, con claras señas de clandestina prisa, vio a la pareja de rostros morenos que se habían mostrado tan verosímilmente entusiasmados con la "idea primorosa". El aguzado instinto de la cobardía le iluminó la situación en un relámpago. Sintió el rugido de la sangre que le bullía en la cabeza, como si en sus venas y arterias se hubieran abierto miles de compuertas y su cerebro fuera el canal en donde desaguaban todos los torrentes. Todo a su alrededor se puso borroso. Luego la sangre empezó a bajar en rápidas oleadas, hasta que el propio corazón le pareció escurrido y hueco, y se quedó plantado allí, mirando apabullada, desesperada y estúpidamente al niño que llevaba la maldita carga con pasos lentos e implacables, cada vez más cerca del grupo de personas que como borregos se aprestaban para recibirlo. Una curiosidad hipnótica obligó a Lester a volver otra vez la cabeza hacia los fugitivos: el coche había arrancado a toda marcha con rumbo a la estación.
Un momento después Lester corrió, corrió más rápido de lo que ninguno de los allí presentes había visto correr a una persona... y no lo hizo para huir. En ese único instante de su vida se vio movido por un impulso desacostumbrado, algún eco de su estirpe, y se precipitó sin vacilar hacia el peligro. Se arrojó sobre el huevo de Pascua y lo agarró como quien arrebata una pelota en el juego de rugby. No había pensado qué hacer con él; la cosa era echarle mano. Pero al niño le habían prometido tortas y confites si lo entregaba intacto en manos del viejo y bondadoso caballero. No emitió un solo grito, pero se prendió de su encargo como una lapa. Lester cayó de rodillas, tirando ferozmente de la carga que el chico apretaba sin ceder, al tiempo que los escandalizados espectadores dejaban escapar exclamaciones airadas. Un corro inquisitivo y amenazador los rodeó, pero echó para atrás cuando él gritó la palabra pavorosa. Doña Bárbara escuchó esta palabra y vio a la multitud salir en desbandada como ovejas; vio al príncipe, a quien los escoltas alejaban a la fuerza; y vio también a su hijo, postrado en la agonía de un terror aplastante, su amago de valor frustrado por la inesperada resistencia del niño, todavía agarrado desesperadamente, como si en ello fuera su salvación, de aquella chuchería satinada, incapaz siquiera de arrastrarse lejos, sólo capaz de gritar y gritar y gritar. Tuvo la vaga conciencia de que a la abyecta vergüenza que humillaba a su hijo contraponía mentalmente, o trataba de hacerlo, el acto único de urgente valentía que lo había lanzado grandiosa y descabelladamente al foco del peligro. Pero sólo por un segundo estuvo contemplando las dos figuras entrelazadas: el niño con su cara terca e impasible y el cuerpo tenso por la obstinada resistencia, y el joven desmadejado y casi muerto ya de un pavor que ahogaba sus gritos; y sobre ellos las largas banderolas de gala que flameaban alegremente bajo la luz del sol. Nunca pudo olvidar aquella escena. Claro que fue la última que vio.
Doña Bárbara exhibe las muchas cicatrices y los ojos ciegos de su rostro con el coraje de toda la vida, pero en determinadas fechas sus amigos tienen cuidado de no mencionar en su presencia el infantil símbolo de la Pascua.
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Felices Pascuas- jag sameaj

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En estas fechas Judíos y Cristianos coincidimos en celebración, y esto es natural dado que la Pascua fue originalmente judía y se celebraba cuando se producía la primera Luna Llena, tras el equinoccio de Primavera en el Norte (Otoño en el Sur), en memoria de la noche en que Moisés y las 12 tribus huyeron de Egipto; de ahí que, tanto el Pesaj (Pascua judía) como la Pascua cristiana siempre concuerden con esa fase lunar, aunque casi nunca se sepa en qué mes solar caen.
El problema es que el mes lunar tiene 28 días y el solar unos 30, lo que crea una fundamental diferencia que los judíos solucionaron con el almanaque lunisolar que guía sus fiestas: su Pascua es siempre el 14 de Nissan del calendario hebreo, que puede corresponderse con algún día de marzo o abril del gregoriano, pero siempre en Luna Llena.
Pascua es una de las palabras más antiguas que han llegado hasta nosotros. Nacida como pesah en el antiguo pueblo de Israel, pasó al griego como paska, por cruce con el latín pascuum (lugar de pastura, en alusión al fin del ayuno). La voz griega pasó al latín como pascha, que en latín vulgar se convirtió en pascua, como llegó al español.
En este post anterior pueden leer más
Sobre Pesaj me ha gustado mucho este artículo y por ello se los comparto

 

Pesaj, la primera liberación del otro para ser libre en sociedad

Guillermo Lipis
Con la aparición de la primera estrella de este viernes la colectividad judía comenzará a celebrar la festividad de Pésaj, que recuerda la liberación de la esclavitud en Egipto, el “pasaje” (tal una de las acepciones de la palabra con la que se denomina la festividad) a la libertad.
Pésaj recuerda la liberación del yugo del faraón egipcio y la celebración consiste, básicamente, en destacar el valor de la pregunta como un ineludible motor de búsqueda que abre caminos al conocimiento y el sostenimiento de la libertad.
La pregunta tiene un espacio central en las mesas de las familias judías en las noches de Pésaj: Se narra la historia y se pregunta ¿Por qué esta noche es diferente a las otras? ¿Por qué se come matzá (pan ázimo cocinado a base de harina y agua)? ¿Por qué se comen hierbas amargas? A la narración de la historia se le llama “Hagadá” (en hebreo), y las respuestas se encuentran en ella misma y en las contestaciones de los más pequeños de la mesa.
El más adulto de la mesa familiar recuerda que el pueblo judío fue esclavo del faraón en Egipto, todas las penurias y los males que debieron soportar camino a su libertad. Y recuerda, también, que esa memoria colectiva se transmite de generación en generación a través del relato, de la lectura y construcción de la “Hagadá”.
Darío Sztajnszrajber, filósofo, docente de filosofía y compilador del libro "Posjudaismo", afirma que “Pésaj es la pelea constante del hombre contra sus propias esclavitudes. No hubo libertad, sino que estamos todo el tiempo liberándonos porque seguimos siendo siempre esclavos”.
Desde la mirada del judaísmo secular, “Pésaj es el espacio para pensar estas esclavitudes y estas libertades. Por eso importa mucho juntarse y volver sobre los relatos fundantes para debatir y abrir estas cuestiones. Tiene que haber comunidad y reflexión”, y eso se da en la mesa central del festejo", dice.
Para Sztajnszrajber “el hiperconsumismo y la mercantilización de la vida nos hace menos libres y nos sumerge en un estado de alienación propio de cualquier tipo de esclavitud; pero el desmarque de los dogmas es un buen inicio”.
El filósofo también actualiza el concepto de las 10 plagas registradas bíblicamente que se dice que Dios infligió a los egipcios para que el faraón permita el éxodo hebreo.
“Hoy hay mucho discurso justificacionista de ciertas decisiones tan violentas como las plagas. Muchos se llenan la boca hablando de diversidad, pero no aceptan a los matrimonios mixtos; o hablan de paz y justifican la guerra como medio para conseguirla”, afirma Sztajnszrajber.
Pero sintetiza todo en la ceguera y explica que el riesgo de las plagas “es no verlas como tales y emplearlas como medios válidos” para fines egoístas o alejados del verdadero sentido de la libertad.
El rabino Daniel Goldman recuerda que la verdadera libertad se obtiene cuando se ejerce la tarea de “liberar a los otros a través de la justicia social”.
Para Goldman, “la fiesta de la libertad, Pésaj, está siempre relacionada con las luchas en contra de cualquier esclavitud, contra la explotación, contra el abuso de toda índole”.
Y agrega que no se puede ser libre sino a través de la libertad colectiva o social.
“La libertad individual se erige sobre la esclavitud del otro. Si la libertad supone la prioridad del ego, del yo, entonces el otro está condenado a desaparecer”, explica.
El rabino de la comunidad Bet-El -del barrio de Belgrano- considera que “hay que pensar nuevas categorías para la libertad, donde quien desanude y reinvente sea siempre el otro. De nada sirve que mi comunidad sea libre si el resto de las comunidades son esclavas”, afirma.
Tal vez, una de las mejores reflexiones sobre la búsqueda de libertad la dio Erich Fromm con sus preguntas: “¿Capacita Dios al hombre para hacerse libre mediante un cambio de su corazón? ¿Interviene Dios en el proceso histórico?”.
Fromm aproximó su respuesta: “No. El hombre es librado a sí mismo y hace su propia historia; Dios ayuda, pero nunca cambiando la naturaleza del hombre, haciendo lo que solamente el hombre puede hacer por sí mismo” el hombre es librado a sí mismo, y nadie puede hacer por él lo que él es incapaz de hacer por y para sí mismo”.
Y de eso se trata Pésaj: de pensar en la libertad del otro.
Pésaj es “la posibilidad de elegir, lo que implica ser conscientes de que esa acción es un acto de fe y de apuesta para el futuro”, concluye el rabino Goldman.
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La Abuela Grillo- Mito Ayoreo (Bolivia)

Este bello corto de dibujos animados, presentado en la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático y Derechos de La Madre Tierra 2010 de Tiquipaya, Cochabamba, y en el Festival Anima Mundi de Brasil, entre otros eventos, es una producción de The Animation Workshop de Viborg, Dinamarca, en la que participaron ocho artistas bolivianos -becados del Animation Workshop- y el animador francés Denis Chapon.

Abuela Grillo es la adaptación de un mito ayoreo

 

En un principio, la abuela de los Ayoreos era un grillo llamado Direjná. Ella era la dueña del agua, y donde sea que ella estaba, también estaba la lluvia. Sus nietos le pidieron que se vaya, eso hizo, fue cuando los días de calor y sequedad empezaron. La abuela Grillo decidió vivir en el segundo cielo y desde ahí es capaz de enviar lluvia cada vez que alguien cuenta su historia.

El nombre Ayoreo (ayoréode, plural masc.) significa algo como “hombres verdaderos”. Es un calificativo cultural ya que se refiere a su modo de vivir como cazadores y recolectores. Los Ayoreo llaman a otros pueblos cazadores y recolectores “otros hombres verdaderos”. A la población ya sedentaria, sea indígena o no- indígena, la denominan cojñone, “gente sin pensamiento correcto”. (Fischermann)

Los Ayoreo son un pueblo de cazadores y recolectores. Habitaban hasta mediados del siglo XX un territorio enorme del Norte del Chaco, cuya extensión superaba los 30 millones de hectáreas (300.000 Km.). Ocupaban prácticamente todo el espacio al interior del Chaco Boreal y delimitado por los ríos Paraguay, Pilcomayo, Parapetí y Río Grande. No ocupaban sin embargo las zonas ribereñas mismas, dejándolas a otros pueblos indígenas. De esta manera, de norte a sur, el territorio se extendía desde las serranías de la Chiquitania (Bolivia) hasta la zona que ocupan hoy las Colonias Menonitas del Chaco Central Paraguayo.

La lengua de los Ayoreo pertenece a la familia lingüística Zamuco, al igual que el idioma de los Chamacoco.

Hasta el inicio de los contactos forzados por la sociedad envolvente, alrededor de 1945 en Bolivia y un poco antes de 1960 en Paraguay, tanto la extensión del territorio como el número de integrantes de la etnia – unas 5.000 personas – se mantuvieron invariables, lo que es una señal del estado de equilibrio en el que vivía este pueblo con su ambiente de vida.

En el siglo XVIII, los Ayoreo tuvieron un contacto muy pasajero con las reducciones jesuíticas: un número aparentemente significativo de Ayoreo vivíeron por unos 20 años en una reducción llamada San Ignacio Zamuco. La ubicación de la misma es motivo de especulaciones; posiblemente se ubicaba en lo que hoy es Paraguay, en zonas cercanas al Cerro León, tal vez en la zona de Ingávi. El contacto con los jesuitas no dejó ningún rastro visible, aparte de algunos mitos y palabras.

- sobre la Abuela Direjná, dueña de las aguas y la lluvia que la acompañan dondequiera que va. Al ser rechazada por sus nietos Direjná se fue de la Tierra y dejó tras de sí días de calor y
seca. La Abuela Grillo fue a vivir al segundo cielo y desde allí envía lluvia cada vez que alguien cuenta su historia. Este mito fue convertido en una especie de fábula cuyo tema principal pertenece al mundo actual y es la lucha de los pueblos contra la mercantilización del agua.

Con los arreglos de Pablo Pico y la música de "Chillchi Parita", compuesta e interpretada por Luzmila Carpio, prestigiosa artista boliviana y actual embajadora de su país en Francia, la abuela cantora nos transporta a las calles de la Paz y a los mágicos valles y paisajes andinos de Bolivia, que bien pueden ser los de otros tantos pueblos de nuestro continente sometido a la sobreexplotación y la ambición humana. Excepcional obra de la animación contemporánea y conmovedor relato mito-histórico, sirva el canto de la Abuela Grillo a la lucha, la invocación y la esperanza.

Para Leer más sobre este pueblo: Iniciativa Amotocodie

 

Cosmovisión.

La representación que los Ayoreos tienen del universo, esta consolidad por la comunicación de los chamanes, cuyas orégatedie (almas) son las únicas que pueden penetrar en esas regiones. De esta forma la construcción del mundo difiere en particularidades, pero se notan rasgos fundamentales comunes que corresponden a las representaciones de todos ellos.

Los Ayoreos se imaginan a la tierra en forma plana, según su cosmovisión, sobre ella se levantan dos o cuatro capas de la bóveda celestial. La capa inferior más cercana a la tierra, la denominan gatájnoque ó érape tejnui, esta zona esta cubierta de grandes bosques donde también viven animales, pero en proporciones mayores que en la tierra.

Le sigue la llamada capa érape uñai, allí hay playas de arenas y rocas en las que habitan las nubes y donde se origina la lluvia, según su cosmovisión. En este lugar del cielo también viven los animales que aparecen en grandes cantidades poco tiempo después de las lluvias (aves acuáticas, sapos, ranas y mosquitos).

La capa superior de cielo es gatajnoque gatei. Allí se encuentran el sol, la luna y las estrellas.

Religión y Mitología

Tradicionalmente los ayoreo, poseían una amplia mitología y fiestas religiosas propias, relacionadas con sus creencias en determinadas aves como divinidades tutelares; su cósmica se desplazaba en una constelación compleja y altamente estructurada de sistemas simbólicos, cultura ideológica que contrastaba con la escasez de material en la que vivían y el estado de nomadismo tribal. Se tenía el chamanismo como fuerza centralizadora del clan, paralelo al papel del decasuté; ahora ello ya no existe y es el Cristianismo el que se ha impuesto.

 

Creencias sobre la muerte

Todos los pueblos amazónicos creen en la inmortalidad de alma, conciben que al morir una persona su alma deambula por la selva durante mucho tiempo, después se va a vivir a un lugar imaginario donde dicen se encuentra la tierra sin mal. En este lugar no hay jefes, todos son iguales y hacen lo que les place, aseguran también que en el lugar destinado a los muertos no viven los blancos.

La escatología amazónica pese a la presión e influencia católica ha logrado sobrevivir, refugiándose en simbologías cristianas, como se dio en el Beni con el movimiento mesiánico de búsqueda de la "tierra sin mal", que durante siglos y hasta hoy sigue movilizando a los indígenas moxeños, movimas y yuracaré que esperan encontrarla representada en una "loma santa".

La concepción originaria establece que existe dos tipos de almas o espíritus, las buenas y las malas; los espíritus malos permanecen por mayor tiempo peregrinando en la selva, y en oportunidades se encarnan en animales y plantas. Los espíritus buenos van directamente a un lugar de placer y abundancia (tierra sin mal).

Dada las pautas sobre las creencias después de la muerte, es reconocible en las culturas amazónicas la práctica de una ética encomiable; respetan la vida, practican la justicia y valoran la solidaridad.

Concepciones religiosas

En la religiosidad indígena se tiene la idea de que existen seres o divinidades benignas, que ayudan y protegen y malignas que atacan y engañan a los hombres de distintas maneras. Estos últimos seres sobrenaturales están para castigar a las personas que violan las reglas de la comunidad, como las leyes culturales y los tabúes de reproducción.

En la actualidad son pocos los grupos indígenas que practican la religión tradicional de carácter telúrica y natural, pues la mayoría han sido influidas por el catolicismo o el evangelismo protestante, que han cambiado sistemáticamente la faceta espiritual de las culturas amazónicas, dejándoles inmersos en un complejo sistema de valores desconocidos y contradictorios a su ética comunitaria.

Para Leer más ver acá

y AQUÍ encontrarán más material interesante sobre este pueblo

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jueves, 5 de abril de 2012

Cuento popular: El León

El león[1]

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Vivían en otro tiempo cuatro jóvenes dé la casta de los brahmanes, cuatro hermanos que se que­rían entrañablemente y que habían resuelto viajar juntos hacia un imperio vecino, en el que espera­ban encontrar fortuna y renombre.

Tres de ellos habían estudiado seriamente todas las ciencias y conocían a fondo la magia, la astro­nomía, la alquimia y las doctrinas ocultas más di­fíciles, en tanto que el cuarto no había cultivado ningún saber; él no poseía más que la inteligencia.

Mientras caminaban, uno de los doctos herma­nos hizo la siguiente observación:

–¿Por qué nuestro hermano, que no posee nin­gún conocimiento, debe beneficiarse con nuestra sabiduría? Jamás podrá obtener el favor de los reyes, e inclusive nos pondrá en ridículo. Es pre­ferible que retorne a casa.

Pero el hermano mayor le respondió:

–¡De ninguna manera! Permitámosle compartir nuestra buena fortuna, porque es nuestro hermano bienamado y puede que encontremos para él una posición que ocupe sin ocasionarnos vergüenza.

Siguieron, pues, su camino y al cabo de cierto tiempo, mientras atravesaban un bosque, advirtie­ron la osamenta de un león que yacía dispersa so­bre el sendero. Los huesos estaban blancos como la leche y duros como el silex, pues habían sido secados y blanqueados por incontables soles.

Entonces, el que había censurado la ignorancia del hermano menor volvió a hablar:

–Mostremos a nuestro hermano las maravillas que la ciencia puede cumplir. Burlémonos de su falta de saber convirtiendo esta osamenta en un león vivo. Mediante algunas palabras mágicas yo puedo ordenar a estos huesos que vuelvan a jun­tarse en armonía.

Y pronunció las mágicas palabras, de suerte tai que los huesos volaron por el aire y volvieron a ensamblarse en un perfecto esqueleto.

–Yo –declaró el segundo hermano–, median­te una fórmula encantada puedo cubrir estos hue­sos con tendones, cada uno en su lugar correcto, y regenerar los músculos irrigándoles sangre, y crear asimismo las venas, los humores, la médula, los órganos y la piel.

Y pronunció la fórmula encantada, y el cuerpo del león, enorme, perfecto y peludo, apareció ante ellos.

–En cuanto a mí –intervino el tercer herma­no–, yo puedo, gracias a una sílaba hechizada, dar calor a esta sangre y movimiento a este cora­zón, de modo que el animal viva, respire y pueda devorar a las demás criaturas... e inclusive lo escucharéis rugir.

Pero antes de que el otro pudiese pronunciar la sílaba hechizada, el cuarto hermano, que nada sa­bía de las ciencias, puso su mano sobre la boca del que había hablado y gritó:

¡Detente! No digas esa palabra..., pues lo que tenemos delante es un león, y si tú le das la vida nos devorará.

Al escucharlo los otros rieron y se burlaron de él: –¡Vuelve a casa, loco! ¿Qué sabes tú de la ciencia?

Mas él les respondió:

–Esperad al menos, antes de resucitar al león, a que vuestro hermano se haya refugiado en ese árbol. Y ellos consintieron.

No había concluido casi de trepar al árbol cuan­do la palabra fue pronunciada. El león se sacudió y abrió sus grandes ojos amarillos. Luego se esti­ró, levantóse en toda su talla y comenzó a rugir, y saltando velozmente sobre los tres sabios doc­tores los mató y comenzó a devorarlos.

Cuando el león se hubo retirado, el adolescente –que nada sabía de la ciencia y que no poseía más que la inteligencia– descendió del árbol y retornó a su casa.


[1] Versión de Lafcadio Hearn en Feuilles éparses de litteratures étranges. Parts, Mercure de France, 1910, p. 129.

La historia fue cantada por Vishnusarma en el Panfopa-kyama o PaMchatantra, y reaparece en numerosas coleccio­nes orientales.

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martes, 3 de abril de 2012

Murió Gustavo Roldán, un grande de la literatura para chicos

Dice la revista Ñ

Considerado uno de los mayores autores de literatura infantil, falleció hoy en Buenos Aires a los 76 años por un cuadro de insuficiencia respiratoria.

Acá pueden leer uno de sus cuentos

ROLDAN. “Las obras tienen que ser para todos, no tiene que haber dos literaturas", decía.

Para él no había temas para lectores niños, sino que los grandes temas eran especialmente para ellos. “A los chicos les interesan las temáticas más fundamentales que les interesan a los grandes, no los temas tontos”, decía Gustavo Roldán. La mayoría de sus personajes son animales que viven en el monte, y cual si fueran personas, les pasan cosas y exponen los valores sociales que a Roldán le parecía importante destacar. Así aparecen zorros, sapos, tatúes, piojos, bichos colorados y ñandúes a través de los cuales aborda temas universales, como el amor, la amistad y la muerte.

Roldán nació en Saenz Peña, Chaco, en 1935. Criado en el monte, era Licenciado en Letras Modernas y trabajó como periodista, docente y editor de colecciones para chicos. Nunca respetó los márgenes. Fue justamente a fines de los ’80 cuando se originó un revuelo por La canción de las pulgas, parte de El Pajarito Remendado, donde siete pulgas cantan “pata, peta, pita, pota, puta”. Estaba en contra de la intención moralizante de la literatura para chicos. “Hay demasiados educadores –los padres, la policía, la escuela y las iglesias–; la función de la literatura es cualquier cosa menos esa. Que de paso también educa, sí, pero esa no es su función”, dijo el año pasado a Ñ digital en la presentación de su libro El último dragón para integrar las colecciones Torre de Papel y Zona Libre 2011 de la editorial Norma. 

Roldán escribió más de sesenta libros para chicos, entre los que se encuentran El día de las tortugas, Historia de Pajarito Remendado -que dio lugar a la colección que lleva el mismo nombre-, El carnaval de los sapos, Prohibido el elefante, y Todos los juegos el juego, entre otros, por el que recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura Infantil, entre muchas otras distinciones. Además, fue jurado de múltiples concursos literarios nacionales y del Premio Casa de Las Américas, Cuba, 1989, y colaboró en revistas infantiles como Billiken y Humi.

“Cuando hoy temprano nos avisaron de la muerte de Gustavo Roldán sentimos muchas penas juntas. Por lo que Gustavo era como persona, como ser humano entrañable, culto, piola, rápido, despierto, amigo. Por lo que Gustavo era como escritor -narrador, poeta-, este chaqueño al cual, recorriendo nuestra Argentina, descubrimos que leían, querían, admiraban y tenía fans juveniles en todo el país”, expresó la SEA en un comunicado de prensa, institución donde Roldán integró varias comisiones directivas y junto a su mujer, Laura Devetach, defendía que la literatura para chicos es literatura, y punto. “Las obras tienen que ser para todos, no tiene que haber dos literaturas. Me crié en el monte escuchando historias y no había una diferencia: si había un grande, era para grandes, si había un chico, era para chicos”, había dicho en la misma presentación.

"En un mundo donde se derrumban los valores, todavía —creo, quiero creer—, todavía quedan los libros como un baluarte de la dignidad. Un libro es una llave, es una puerta que puede abrirse, es una habitación donde se encuentra lo que no se debe saber, es un ámbito de conocimiento de la verdad y de lo prohibido, que deja marcas que después no se pueden borrar”, dijo en la conferencia “La aventura de leer” en el marco del Congreso Mundial de Bibliotecas e Información IFLA 2004.

Se fue uno de los autores más grandes de literatura infantil. Como baluarte, como llave de la verdad y lo prohibido, como marcas que no se pueden borrar, para siempre quedarán sus libros.