lunes, 28 de mayo de 2012

EL AMOR,

un cuento de Eduardo Galeano inspirado en la tradición oral de los Cashinahua

 

 

 

 

 

 

 

Gerda Saliger/CashinahuaPeru

 

En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.

—¿Te han cortado? —preguntó el hombre.

—No —dijo ella—. Siempre he sido así.

Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:

—No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.

Ella obedeció. Con paciencia tragó los mejunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:

—No te preocupes.

El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.

Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:

—¡Lo encontré! ¡Lo encontré!

Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.

—Es así —dijo el hombre, aproximándose a la mujer.

Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.

Para este cuento, Galeano declara que se inspira en un relato de la tradición oral de los Cashinahua (población de la selva amazónica), que se encuentra en André Marcel D´Ans, La verdadera Biblia de los Cashinahua (mitos, leyendas y tradiciones de la Selva Peruana). Lima: Mosca Azul Editores, 1975, 133-136. Se titula: “De cómo se originó el uso del sexo y el de los remedios”. Galeano, aparte de algunas diferencias, ha suprimido el final.

D´Ans recopiló los relatos escuchando a los Cashinahua. La concurrencia hacía comentarios y prorrumpía en estallidos de risa, continuos y estruendosos.

Lo curioso es que estos relatos son contados por hombres. El auditorio lo forman hombres (no hay mujeres), niños y niñas (ellas, cuando alcanzan la pubertad, dejan para siempre de recontar estas historias en público y nunca más se unen al auditorio del cuentista). Dice D´Ans: Las niñas reciben desde la infancia el mensaje didáctico del mito; pero dejan de solidarizarse el día en que se vuelven sexualmente significantes. Frente a estos relatos masculinos, se esperaría encontrar, como contrapartida, una tradición femenina donde las compañeras de los Cashinahua expresaran su punto de vista, su sensibilidad, sus fantasmas... Sin embargo, parece no ser este el caso. (...) Puede ser que el machismo ostensivo de los relatos deba tomarse como la respuesta inconsciente y colectiva de los varones a la presión constante (a la vez que económica y psicológica) que hacen pesar sobre ellos (en tanto que hijos, luego esposos y, sobre todo, yernos) las mujeres que gobiernan sus hogares. Es sintomático en verdad que, mientras las decisiones políticas que afectan a la totalidad del grupo local incumben a los hombres, estos aparezcan como prácticamente despojados de todo poder en el plano familiar.

El relato mítico de los Cashinahua en que se inspiró Galeano sucede en una tribu en la que ya hay ancianos, adultos y niños de ambos sexos. Se afirma que siguen ignorando tanto el uso del sexo como la existencia de la diferencia genital. Hasta que un joven más curioso que los demás se fija por primera vez en la diferencia anatómica al mirar a una muchacha mientras conversan.

Veamos entonces dicho relato tal como fue recopilado

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DE CÓMO SE ORIGINÓ EL USO DEL SEXO Y EL DE LOS REMEDIOS

En un tiempo remoto, nuestros antepasados ignoraban el uso del sexo. Había mujeres pero nadie les prestaba atención; al menos en lo que las diferencia de los hombres.

Sin embargo, un día, un joven más curioso que los demás, mientras conversaba con una muchacha, se fijó en su entrepierna y lo que vio sí le llamó la atención.

—¿Qué tienes allí? —le preguntó.

—No sé —contestó ella—. Siempre he sido así.

Él miró la cosa más de cerca... concluyó que debía [de] ser una llaga y más valía curarla lo antes posible.

—Ponte a dieta —recomendó a la joven—. Acuéstate y ayuna hasta que encontremos el remedio para curar esa fea llaga.

La muchacha ganó su hamaca y se puso a dietar. Le prohibieron todo lo que al madurar o al ser cocinado, pudiese rajarse y abrirse, tal como plátanos, yuca sancochada y toda clase de frutas.

Entonces, todos los hombres dotados de razón se consultaron y se reunieron para examinar la llaga de la muchacha. Verdaderamente, había que sanar aquello. Pero, ¿con qué? Por turno, iban a internarse en el bosque y regresaban con una planta, hojas, raíces o alguna soga diferente. Hicieron cocciones, pomadas y ungüentos. Uno por vez, se aproximaba al sexo de la joven mujer y aplicaba su remedio.

No obstante, la maldita llaga no se decidía a sanar. Por el contrario, si aquel que la curaba tenía una cortadura en el dedo, ésta sanaba; si una verruga, también desaparecía; si sarna, al día siguiente ya no existía. Otros curaban dolores de cabeza, reumatismos y toda suerte de malestares.

Desde entonces, hemos guardado las recetas de esos diversos remedios, inventados por casualidad en aquella ocasión.

Pero en lo concerniente a la llaga del bajo vientre de nuestra antecesora, nada que hacer, ¡no daba señal de mejoría!

El muchacho curioso, el descubridor de la llaga, era el único que aún no había probado sus remedios en la joven. Se encaminó al bosque para buscar lo que podría sanarla de una vez por todas.

Mientras recorría el bosque en busca de plantas medicinales, escuchó de repente el típico alboroto de monos en la arboleda. Rápidamente se escondió, con la esperanza de matar alguno si se aproximaban. No tardaron en aparecer dos monos, persiguiéndose. Súbitamente, no lejos del joven y bajo sus ojos, asombrados, uno de los animales se colocó de espaldas sobre la rama principal de un árbol, mientras que el otro comenzaba a fornicar con él… o mejor dicho, ¡con ella! En ese instante la luz se hizo en el espíritu del joven: esos monos eran una hembra y un macho, y lo que hacían…

—¡Caray —se dijo el joven—. ¡Entonces, no es una llaga! Es un... —Y en ese momento inventó el término ‘sexo de mujer’.

Deslumbrado por su descubrimiento, ganó rápidamente el pueblo. Reunió a todos los curanderos cuyos esfuerzos habían resultado vanos en el intento de curar a la joven. La pobre todavía seguía dietando.

—¡No es una llaga! —les dijo, e inmediatamente les contó lo que había visto en el bosque.

—¡Qué interesante! —asintieron los otros—. Si los animales hacen así, entonces nosotros debemos hacerlo igual. Ensaya tú primero pues tú has visto cómo sucede eso. Nosotros observaremos cómo te comportas y luego ensayaremos a nuestra vez.

El muchacho se reunió con la joven en su hamaca. La acomodó tal como la mona se había dispuesto y, repitiendo punto por punto la actitud del macho, mostró a sus compañeros la única y verdadera forma de sanar lo que habían tomado en un principio y por error como llaga.

Este primer éxito concitó gran entusiasmo, sobre todo en las demás mujeres. Comenzaron a empujarse, buscando que el joven las iniciara a ellas también en ese nuevo uso. A todas, fuesen jóvenes, mujeres, ancianas, recién nacidas, él prestó el mismo servicio.

Ahora, el joven, muy fatigado, estaba echado de espaldas, cuando una última jovencita se le acercó. Como ya no estaba en condiciones de montarla, ella se agachó en cuclillas sobre su regazo. ¡Mala suerte! Al sentarse sobre él, le dobló la verga y se la rompió Así fue como murió el que había descubierto el uso del sexo.

Claramente el significado difiere de forma curiosa dado que el experimentador ante lo distinto (acto de la jovencita) ve su virilidad mutilada.

 

martes, 22 de mayo de 2012

Cuento: Amor: El río Almendares, ahora en su edad madura, tiene 12 millones de años

 

Calvert Casey (Cuba)

Todo el furor, la sorda ira contra mí y contra ella, se apagaron mucho antes de que el ómnibus llegara al puente, donde me esperaba, incluso mucho antes de que los primeros edificios de La Habana dejaran ver su monótono perfil brillando bajo ese sol terrible que no nos abandona nunca.

Recuerdo mal en qué momento se produjo el incidente. Ojalá se repitiera. Ojalá se repitiera muchas veces. Vi desaparecer la dureza en los rostros de los pocos que presenciamos la escena, cambiarse el letargo de los largos viajes por una inquietud molesta, una zozobra que los hizo mirar, mudar de posición en sus asientos, sonreír alterados, quizás avergonzados.

Yo iba de pie en la plataforma, oí voces, miré y vi a la anciana besar y acariciar, sacudida por el llanto, la mano de un hombre que le ofrecía un cigarro. No pude saber si el hombre le ofreció el cigarro para calmarla, o si ella le pidió el cigarro y rompió en un llanto convulso y contenido, con grandes suspiros, agarrándole la mano y besándosela. El hombre no sabía hacía dónde mirar, se reía turbado, pero al mismo tiempo se le veía conmovido por lo que pasaba. La anciana sostenía el cigarro y lloraba silenciosa sobre el puño del hombre.

–¡Qué bueno, qué bueno!– decía con voz ronca cuando la dejaba el llanto, al parecer inagotable.

El hombre le tocó un hombro, torpemente.

–Cálmese...

Debió acordarse de que llevaba un encendedor en el bolsillo y logró extraerlo y encenderlo con la mano que ella le dejaba libre.

La anciana se calmó, se llevó el cigarro a los labios y lo encendió sin soltar el puño del hombre. Le temblaban la mano y los hombros. Vi que a pesar del aire que entraba con violencia por las ventanillas, encendió el cigarro con mucha destreza, inclinando la cabeza instintivamente hasta situar la punta frente a la llama que amenazaba apagarse, y aspirando profundamente. Entre una y otra pequeña convulsión de los hombros arrojó una larga bocanada de humo antes de que el viento apagara la mecha.

Esto pareció sosegarla. Sollozó en silencio una vez más y luego soltó lentamente el puño del hombre. Su mano resbaló por los dedos, como acariciándolos. É1 la tocó de nuevo en el hombro y luego se enderezó aliviado.

La anciana vestía con suma pulcritud. Tenía la boca atrozmente sumida, sin dientes. Sostenía el cigarro uniendo los labios y eso le reducía más aún el tamaño de la cara. Se secaba el resto de las lágrimas con un pañuelo ya muy mojado, pero muy limpio. Un anillo barato le brillaba débilmente en un dedo. Todo en su persona, la blusa almidonada, el cabello blanco bien recogido, respiraba limpieza. Era más bien gorda. Los ojos sin brillo paseaban de vez en cuando una mirada indiferente.

Volví a preguntarme si se conocían y si una conversación previa al momento en que yo subí al ómnibus había provocado el llanto ahogado e inconsolable, o si el hombre le había ofrecido el cigarro para calmarla, iniciada ya la crisis cuyos primeros momentos yo no había visto. Absorto en una idea fija, no había reparado en nada hasta que oí los primeros quejidos.

El ómnibus se vació un poco en una parada y pude sentarme varios asientos delante de ellos, casi detrás del chófer.

Era difícil saber qué efecto había causado la escena entre los demás pasajeros. El ronquido del motor y la velocidad a que iba impulsado el ómnibus, y quizás el calor sofocante, comunicaba a cada rostro un extraño ensimismamiento. Todos miraban hacia fuera, como si quisieran evitar mirar a los demás, o como si esperaran algo.

Me oí respirar con dificultad, con la respiración acortada del que trata de impedir las lágrimas, perturbado pero extrañamente aliviado. Una sombría determinación me había hecho subir al ómnibus, ir a su encuentro. Habrá que impedir el asunto a toda costa. Tiene que tomar algo. Ya se lo dije. Buscar un medio, debe haberlo. Es monstruoso condenar a alguien a vivir, arrojarlo al mundo o desaparecer donde nunca me encuentre. O quitarnos la vida. Pero hay medios, tiene que haberlos, tiene que tomar algo. Me prometió hacerlo. Pienso siempre en el choque del cuerpo contra el pavimento, el desorden y la suciedad; en el cuerpo que cuelga del balcón, qué extraño, una horca en medio de la ciudad, a la vista de todos, como una horca en medio del campo, para escarmiento, como en las edades antiguas.

Pero todo eso se borró bruscamente. Logré serenarme. Cuando el ómnibus se acercó a la parada, la vi ya un poco lejos de donde nos habíamos dado cita, casi al comienzo del puente. Me pareció increíblemente frágil y fea, con el cabello largo y ralo, en una tentativa frustrada de peinado, las uñas comidas, las medias rodadas, el vestido como siempre, maltrecho. La miré como si la viera por primera vez. Allí estaba, mirando los árboles, con una expresión que pretendía ser meditativa. Más allá de los árboles corría el río, muy abajo, hediondo ya de mosto cuando llega al puente, sucio, cargado de una nata verde que el sol pudre y que como nunca llueve jamás se diluye. Me había dado cita allí, para ella el más romántico de los lugares. Pensaría seguramente algo apropiado al encuentro, que sería de una cursilería de la que sólo ella era capaz, y que yo conocía tan bien, aprendida en las novelitas grasientas manoseadas por miles de manos en las librerías de Reina, y que en ciertos momentos era capaz de provocar la náusea.

–Llegaste– me dijo.

La abracé fuertemente por la cintura y ella me miró con ojos furtivos. Comenzamos a atravesar el puente. Más allá del parque, entre los árboles, se veía negrear el río, casi detenido e infecto, despidiendo un vaho húmedo de calor y mal olor.

Hacía un calor aplastante. El tráfico de autos, ómnibus y camiones que se precipitaban con violencia hacia la ciudad, o salían de ella como impelidos por la furia, levantaba ráfagas súbitas de aire caliente y arrojaban polvo sobre nosotros. Por unos instantes el ruido nos impidió oírnos. Detrás de las nubes, el sol enviaba un resplandor exasperante.

Nos detuvimos al llegar a mitad del puente. Debajo de nosotros estaba el parque verde e inmóvil. Los árboles impedían ver el suelo. Pensé que cualquiera que cayera desde el puente quedaría preso entre las ramas, gimiendo quién sabe cuántas horas o cuántos días, con sus gritos ahogados por el ruido, como los moribundos en las cercas de alambre de la primera guerra.

Le pasé el brazo por los hombros y la estreché con fuerza hasta hacer que se volviera hacia mí, pero sin mirarla. Alguien que pasaba a toda velocidad hizo sonar un claxon y gritó.

–Todo el mundo nos ve.

–Que nos vean.

El tránsito sobre el puente pareció duplicarse. Ahora era ensordecedor.

–Deja vivir al niño.

No debió oírme porque hizo un gesto como de quien no ha comprendido. Tuve que repetírselo.

Comenzó a golpearme de pronto, con una violencia histérica, primero con los puños y luego con la cabeza y la cartera, que se abrió. Todo se desparramó por el suelo. Sus movimientos eran tan ridículos que tuve que reírme mientras luchaba por recoger sus cosas –un pañuelo anudado, un creyón gastado, medias rotas– y agarrarla por los puños. Sentí el golpe duro de un zapato cerca de la oreja. Cerré los ojos un instante en que todo me pareció negro. Cuando logré recoger la cartera me abalancé hacia ella para dominarla, abrazándola. Sentí de nuevo la oleada de ternura arrastrarme. Quizá si era lo bastante poderosa nos arrastraría a los dos hasta el río.

–¡Cálmate, cálmate!

Los curiosos demoraban la circulación por el puente. Oí una tempestad de cláxones y de gritos. Desde un auto un hombre nos miraba, sonriendo y avanzando con lentitud como una fiera satisfecha. El tráfico que huía de la ciudad se precipitaba incontenible por la otra banda.

Pero por el lado donde estábamos se paralizó por completo. El auto del hombre se apagó. Sin dejar de mirarnos fijamente, trataba de arrancar de nuevo, con calma. Oí exclamaciones de estupor, risotadas. De un vehículo algo distante bajaron varios hombres jóvenes y nos rodearon, mirándonos' con expresión de regocijo. Uno de los hombres recogió un zapato del suelo y lo sostuvo, sonriendo. Logró desprenderse de mis brazos, y antes de dominarla de nuevo pude ver los dedos de un pie saliéndosele por la media destrozada.

El hombre logró arrancar el auto y bruscamente la fila comenzó a avanzar. Un taxi viejo, casi destruido, se detuvo. Se abrió una puerta. Sin separarme de ella la arrastré por los puños y la hice subir con violencia. Para que entrara tuve que golpearla en la boca. Vi que el chófer era un hombre muy negro y muy flaco. Sin mirar hacia atrás, se aseguró con la mano de que la puerta había quedado cerrada y arrancó.

–¡Qué calor!

Mientras ella se debatía contra mí entre la furia y los primeros síntomas del aborto, mordiéndome el pecho, comencé a besarle frenéticamente el cuello empapado en sudor, el triste cabello sucio y ahora deshecho, mezclando mis sollozos y el polvo, súbitamente vivos los recuerdos de las torpes primeras tardes de sudor y semen.

Antes de que el auto dejara atrás el puente, sentí otra ráfaga de aire sofocante. Sobre los estremecimientos del viejo taxi, las manos del hombre temblaban.

© Editorial Seix Barral, S.A.

jueves, 17 de mayo de 2012

Contar el cuento

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Sí te cuento.

Te cuento un cuento que me han contado que le contaron aquellos que oyeron como contaba algún cuentero que ya traía en su memoria cuentos contados y recontados de otros tiempos

Y dice el cuento

En el comienzo fue el Silencio. De su bostezo nació el sonido que por su aliento se fue enredando hasta armar palabras y con ellas cuentos.

Cuentos como este cuento que hoy te cuento.

© Ana Cuevas Unamuno

 

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miércoles, 16 de mayo de 2012

Muere el Escritor Carlos Fuentes

Otro grande de la Literatura que parte a contar sus historias en otra dimensión.

La noticia dice:

Personalidades del mundo de la política y la cultura acudieron a dar el pésame a la familia del escritor Carlos Fuentes

CIUDAD DE MÉXICO, México, mayo 15, 2012 Grandes personalidades del mundo de la cultura llegaron a la casa del maestro Carlos Fuentes, en la colonia San Jerónimo Lídice, para despedirlo y expresarle sus condolencias a sus familiares.

A las 9:20 de la noche, llegó el Presidente Felipe Calderón, acompañado de su esposa, la señora Margarita Zavala.

El Presidente externó sus condolencias a la señora Silvia Lemus, esposa del maestro Carlos Fuentes, y a sus familiares.

Luego de 30 minutos, el Presidente habló de la importancia del fallecimiento de uno de los más grandes literatos de nuestro país:

"Lamento profundamente la muerte de Carlos Fuentes, un mexicano excepcional, un mexicano universal, uno de los más grandes de nuestro tiempo, estoy seguro que su obra va a perdurar en muchísimas generaciones? Fue un escritor, un relator de lo que somos, de lo que sentimos también, de nuestras visiones, de nuestras fantasías, de nuestras realidades, y me parece muy, muy penosa esta inesperada partida? Será muy grande el hueco que deje Carlos Fuentes en México y en la literatura universal..."

El Presidente también destacó la importancia de Carlos Fuentes como un intelectual preocupado por el acontecer nacional:

"Lamento que sea además en un punto enorme de su madurez, un hombre que estaba perfectamete lúcido, fuerte, y pues esta muerte inesperada nos ha llenado de luto y de tristeza a todos los mexicanos..."

Al lugar también llegó el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, acompañado de su esposa, la señora Rosalinda Bueso: "Una pérdida muy grande para México, como ya lo comentaba yo, también en lo personal, para nosotros es un golpe muy fuerte..."

Grandes amigos de Carlos Fuentes, como la escritora Elena Poniatowska, el literato catalán, Ramón Xirau, los escritores José María Pérez Gay, Ignacio Solares, Xavier Velasco, Federico Reyes Heroles, Héctor Aguilar Camín y su esposa, Ángeles Mastretta, entre otros, acudieron a despedir al gran escritor mexicano.

"Nuestro país necesita a toda la gente que piensa, toda la gente que tiene respuesta internacional, como la tenía Carlos Fuentes, ya no hay, era yo creo que un vocero de México, representaba a México y además defendía muy bien a México, eso sí podemos decir, es un defensor de México", comentó Elena Poniatowska.

Además de recordar sus grandes aportaciones a la literatura mexicana, también hablaron de otras cualidades de Carlos Fuentes, que lo hicieron ser un grande entre los grandes:

"Se nos olvida que era un gran conferencista en español, en inglés y en francés, se nos olvida que tuvo una pasión enorme que fue Iberoamérica y que siempre buscó que los argentinos conocieran a los escritores mexicanos, que los mexicanos conocieran a los colombianos, y se nos olvida el gran amigo que era... Otra cosa que vamos a extrañar mucho es al gran conversador", dijo Jesús Reyes Heroles.

Este miércoles el cuerpo del maestro Carlos Fuentes será trasladado al Palacio de Bellas Artes, donde se le rendirá un homenaje.

Poco antes se le había hecho una bella entrevista

Carlos Fuentes llegó a Buenos Aires a comienzos de mayo para asistir a la Feria del Libro. Acababa de entregar un libro a su editorial y ya tenía otro en la cabeza, iba de un almuerzo a una cena, firmó ejemplares durante tres horas, recibió a decenas de periodistas, uno detrás de otro, respondió a cientos de preguntas sin titubear, sin demorarse, sin dudar en un nombre ni una fecha. Y siguió paseando sus 83 años entre América y Europa, sin atisbo de cansancio. El secreto tiene mucho que ver con su pasión por la escritura.

"Mi sistema de juventud es trabajar mucho, tener siempre un proyecto pendiente. Ahora he terminado un libro, Federico en su balcón, pero ya tengo uno nuevo, El baile del centenario, que empiezo a escribirlo el lunes en México".

Pregunta. ¿Sin horror al vacío de la página en blanco?

Respuesta. Miedos literarios no tengo ninguno. Siempre he sabido muy bien lo que quiero hacer y me levanto y lo hago. Me levanto por la mañana y a las siete y ocho estoy escribiendo. Ya tengo mis notas y ya empiezo. Así que entre mis libros, mi mujer, mis amigos y mis amores, ya tengo bastantes razones para seguir viviendo.

Sigan leyendo acá: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/05/14/actualidad/1336991040_045502.html

Y ahora comparto un cuento de este autor

El que inventó la pólvora

Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel intelectual —titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades—, recordaba todavía algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero norteamericano: «Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción». De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.

La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolía.

Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde se inició la rebelión, el castigo, el destino —no sabemos cómo designarlo. El hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata Christoph; se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina. Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún tiempo, pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumno y hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda, mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.

El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té —a ella me reduje, al artículo más barato, para todos los usos culinarios— se convertía, después del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a las costumbres de los vikingos.

Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud... Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se habla caído a jirones, los colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas. Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían, sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.

La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches —esto podría haber despertado sospechas— ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de anuncios démodé del Modelo del día anterior —que, ciertamente, ya dejaba escapar un tufillo apolillado—, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las agencias.)

Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. «Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos —declaraba un cartel— usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica.» La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil millones de dólares cada dieciocho horas.

El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina, cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).

Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco. Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se reunían... amor rosa palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse en llanto. A la luz de uno de estos fulgores, vi otra cosa: nuestros grandes edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.

Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas. Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros, edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas, obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así del consumidor reticente.

La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros. ¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.

Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos lugares misteriosos.

Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo —por lo que mis últimas experiencias con los pocos objetos servibles que encuentro delatan— que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: «Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!» ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.

Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa. Huí del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido la memoria, y también, la facultad previsora... Viven al día, emparedados por los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen de un año relleno de datos— y formular algún proyecto.

¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de muchas cosas... Termino el libro («¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!») y miro en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste. ¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé, los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras sólo pensábamos (y yo sólo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles? Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obsesidad maloliente, la carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto; y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda, bocas abiertas, y supe de ellos.

No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías de Bastiat, es especialmente grotesco.

Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!... Ahí pasa otra vez el mensajero:

«USEN TODO... TODO... TODO»

Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de los cristales rotos...

Estoy sentado en una playa que antes —si recuerdo algo de geografía— no bañaba mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo... ah, la primera chispa...

De Los días enmascarados, 1954

Eduardo Galeano

Amo a este hombre maravilloso!

Esta entrevista es un placer que vale la pena compartir

Disfruten

Y un cuento que me parece bellísimo

El diagnóstico y la terapeuta

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce.

Hondas ojeras nos delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.

El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto de gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.

Eduardo Galeano

sábado, 12 de mayo de 2012

La pena de Kasi

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Kasi miró alrededor. Rugía el bosque. Nunca lo había oído rugir. ¿Y los pájaros? ¿Por qué se iban? Un animal desconocido avanzaba derribando todo a su paso y escupiendo vientos que hacían toser y doler el cuerpo. El sol venía detrás entrometiéndose en rincones dónde nunca había estado. Kasi estaba triste, no sabía por qué.

Kasi se hizo vieja cuando supo dónde nacía su pena. A los ocho años, Kasi, arrugada y triste, desapareció junto con su selva.

Dicen que hoy vuela con alas de luto por el paisaje mutilado y seco, lanzando su grito de furia y su hambre de vida.

©Ana Cuevas Unamuno

jueves, 10 de mayo de 2012

FINAL DE TIEMPO

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Abrió la puerta y decidió pintar la casa. Las paredes conservaban nítidas las marcas de las manos, los raspones, el roce de las nucas.

Blanco, ahora podría pintar todo de blanco y cambiar las cortinas, y poner la alfombra tejida a mano que guardó por años, para que no la arruinasen con los pies sucios de la calle.

Tiraría todo lo que no le sirviera, incluso tiraría lo que no hubiese usado en el último año, pero antes acomodaría las fotos. Quizás rompería algunas, o todas.

Dejó el tapado sobre la silla y fue a la cocina. Mientras calentaba el agua para un té miró a su alrededor estrenando un silencio que la hizo estremecer. No podía, no quería detenerse en el silencio, ni en las ausencias, menos en los recuerdos. Los recuerdos también los tiraría para que no le entorpecieran el presente.

¡El teléfono!. Tenía que desenchufar el teléfono, y el timbre, también el timbre.

Anochecía, a tientas preparó el té y buscó velas. No encendería las luces, prefería ver a medias, tenuemente, para poder imaginarse las sombras que ya no estaban, que ya no estarían nunca. O para no imaginarlas y ver el espacio que habían dejado libre. Quería saber si ese espacio era tan grande como el que tenía en su cuerpo, y si era tan hondo, y tan oscuro y tan punzante.

Cerró los ojos para que ninguna lágrima, si es que alguna le quedaba, pudiese escapar por ellos. Cerró los ojos y abrió la canilla dejando que el agua llenase la bañera.

Se desvistió despacio tirando la ropa por la ventana, alguien se la llevaría, ella no la quería. Esa ropa nunca más se la pondría. Desnuda recorrió la casa, mirando cada rincón, cada objeto y dejándose mirar por ellos. Encendió más velas, puso espuma en el baño y una ampolla de rosas que no recordaba cuando le habían regalado, ahora podría disfrutarla, el tiempo era su eternidad.

Se dejó acariciar por el agua, percibió el aroma de las rosas penetrándola hasta cambiarle el olor. Se desdibujó en la espuma, y sonrió mirando el intenso oscilar de las llamas. No pintaría, ni pondría cortinas, ni sacaría del baúl la alfombra, ni revisaría las fotos, bastaba con abandonar los recuerdos hasta no recordar que no recordaba, hasta no recordarse.

Aspiró profundamente para que el aroma de las rosas la embriagara y sin que pudiese evitarlo de su ojo cayó una lágrima, la última.

Cuando lograron apagar el fuego, un aroma a rosas pareció surgir de las cenizas.

—Fuego de velas y rosas — comentó un bombero como al descuido.

© Ana Cuevas Unamuno

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martes, 8 de mayo de 2012

CUENTOS RECONTADOS

HISTORIA ANÓNIMA

En la ciudad de México, una maestra al dar su clase relacionada con la lectura, recordó que cuando ella era pequeña, allá en su pueblo donde nació, su abuelo -que por cierto ya había fallecido hace algunos años- tenía un libro de cuentos que le leía a sus nietos por algunas tardes, después de las jornadas de trabajo en el campo. Evocó aquellos momentos placenteros en los que escuchaba historias tan interesantes en la voz grave y cálida de su abuelito, y entonces decidió que en las próximas vacaciones iría a casa de su abuela por el libro de hermosas historias y las compartiría con sus alumnos. 

Así lo hizo, visitó la casa de la abuela y le dijo -abuelita ¿se acuerda de aquel libro de cuentos que nos leía mi abuelito cuando éramos chiquitos?

A lo que la abuela contestaba -¿libro de cuentos?, ¿cuál? 

-Aquel libro grueso de cuentos tan bonitos que nos leía en algunas tardes a todos su nietos, ¡acuérdese abuelita! Tal vez esté en el ropero donde guarda las cosas del abuelo.

- No hija, nunca hemos tenido ningún libro de cuentos.  

-Sí abuelita, si yo me acuerdo muy bien, no recuerdo cómo eran las historias, pero me acuerdo claramente que me gustaba mucho que mi abuelito nos leía.

- No mi'jita, el único libro que hemos tenido es la vieja biblia, pero tu abuelo no sabía leer.

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Falleció hoy el dibujante argentino Caloi

Fue el creador del famoso personaje Clemente. Tenía 63 años.

Carlos Loiseau, famoso por su sobrenombre Caloi, murió luego de luchar contra el cáncer. Había nacido en Salta, el 9 de noviembre de 1948. El reconocido dibujante e historietista argentino fue el creador del querido personaje Clemente.

Sus primeros trabajos como profesional los publicó en la revista Tía Vicenta en 1966. Un año después, el dibujante se sumó a una serie llamada "Artista, Flor, Ejecutivo" en María Belén.

En 1970 realizó un cortometraje de dibujos: Las Invasiones Inglesas. En 1973 apareció la tira de Clemente en la página de humor en el diario Clarín.

En 2004, Caloi fue declarado "Personalidad destacada de la cultura" y su personaje de historietas más famoso fue nombrado "Patrimonio cultural de la ciudad", por la Legislatura de la Ciudad.

También, fue declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires. Su dibujo y creatividad también pasó por la revista El Gráfico.

"Desde muy chico le gustó el dibujo, era clarísimo para todo. Siempre imponía su mirada sobre el mundo. La familia siempre lo apoyó en su decisión artística. Lo quería mucho y siempre tuvimos una muy buena relación", contó Silvia Gurfein, prima de Caloi e artista plástica.

Este era su blog

Algo de su creación

caloi_11

Un post sobre él

Y un video…

Caloi en su tinta

 

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jueves, 3 de mayo de 2012

El suicida

Un cuento de Enrique Anderson Imbert (Argentina)

Maravillosa imagen de Alek Lindus

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno. ¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó la cuchilla de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando navajazos. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como el agua, y las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón, y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.