lunes, 30 de julio de 2012

Parece tan dulce

 

Un cuento de Rosa Montero (España)

CHAGAKK

Parece tan dulce y es feroz. Contemplen la sala: está llena de gente. Un tercio de esa gente, haciendo un cálculo optimista, son personas que no me quieren bien. Todos mis competidores, todos mis verdugos y todas mis víctimas. Llevo quince años en la firma, los cinco últimos como director de personal: no ha sido fácil. Pero de entre todos esos señores y señoras que me odian sé con certeza que la peor es ella. Ella es mi mayor enemigo. Estoy muy seguro de lo que digo porque la conozco bien: es mi mujer.
Y eso que están presentes los más belicosos, los más tenaces de mis adversarios: Donatella, la licenciada en Económicas con un master en Harvard que entró como secretaria mía porque no encontraba trabajo con la crisis, y que un día me echó lenta y deliberadamente un carajillo hirviendo en los pantalones porque yo le había pedido que nos trajera unos cafés a la reunión de directores (¿y qué podía hacer yo? Yo no soy culpable de la crisis. Y en la reunión estaba el director general. Y se lo había pedido por favor). Zaldíbar, que me tiranizó los seis años que fue mi jefe, firmando como suyos, sin yo saberlo, todos los informes que le hice. Contreras, que aspiraba a mi cargo y perdió en la contienda, ayudado en la derrota, probablemente, por el hecho casual de que yo me hubiera hecho socio del mismo club de tenis que el director general, con quien llegué a trabar cierta amistad a golpe de raqueta (no soy un santo, pero tampoco un cerdo como Zaldíbar: digamos que estoy asentado en el más común y vulgar nivel de indignidad). Pues bien, pese a estar presentes estos tres pesos pesados en la hostilidad, ella sigue siendo el mayor enemigo que tengo en esta sala y en el planeta. El hecho de estar casados sólo agrava la cosa. Duermo con ella, con mi feroz enemiga, y en mis noches insomnes me parece escucharle rumiar, en el silencio de sus sueños, ocultos planes de futuras venganzas.
Parece tan dulce. Ahí está, al otro lado de la sala, apoyada en la pared con su fingida y elegante desgana de siempre, hablando con alguien a quien no conozco: mírenla, ahora se la ve bien entre la gente, las espesas aguas de la concurrencia se han abierto un poco, creo que acaban de sacar los canapés calientes y ha habido una súbita deriva de glotones hacia la puerta. Hay que reconocer que se mantiene guapa: se toma su trabajo para ello, desde luego. Se tiñe el pelo, se da masajes, hace gimnasia todo el día (quiero decir, siempre que está en casa: es abogada y trabaja en un despacho laboralista), se llena la cara de potingues, de mascarillas horrendas, de cremas apestosas; se mete en la cama por las noches tan resbaladiza y aceitosa como un luchador de sumo en un campeonato. En esto compruebo una vez más que es mi enemiga y puedo medir el odio y el desapego que me tiene: tantos esfuerzos por mantenerse guapa ¿para quién? Debe de ser para Donatella, para Contreras, para Zaldíbar. Para mí no es, eso está claro: a mí me ofrece la tramoya del afeite, un gorro de plástico en el pelo, un aspecto ridículo. No sé si lo hace por sadismo: para afrentarme con su presencia. O si, lo que sería peor (lo que sospecho), lo hace simplemente porque no me ve, porque no me tiene en consideración, porque no existo. Muchas veces en mi vida, con diversas personas, me he sentido así, de cristal transparente: pero no estar en su mirada, en la mirada de ella, es lo más duro.
Cuando estoy es peor. A veces me echa una desapasionada ojeada y dice:
-¿Por qué no te compras el monoxinosequé ése, esa loción que se dan los hombres contra la calvicie?
O bien:
-Deberías cuidarte un poco más.
No parecen frases muy crueles, pero tendrían que oír el tono. Y la imagen de mí mismo que me ofrecen sus ojos. Estoy allí, en el fondo de las pupilas de ella, pequeñito por todas partes, más pequeñito aún de lo que sé que soy, con mi calva incipiente y mi barriga incipiente y mi derrota incipiente. Y entonces no le digo a mi mujer que llevo años frotándome la coronilla con minoxidil sin mejoría apreciable, y que en el secreto de mi cuarto de baño (tenemos dos, uno cada uno) hago abdominales, y que lo peor es que intento cuidarme y que la ruina incipiente de mi aspecto es el pobre resultado de todos mis desvelos. Para disimular, hago como que no me interesa nada mi apariencia física, como que desdeño esas banalidades. Es un viejo recurso que he usado desde la infancia: pretender que no me importa aquello en lo que he fracasado. Pero sé que mi mujer sabe mi truco. Y también sabe que yo sé que ella lo sabe. Es humillante. Mi mujer es mi mayor enemigo porque me humilla.
Quizá no es culpa suya. Quizá todo esto sea también tan duro para ella como lo es para mí. Al principio no fue así: al principio yo me miraba en ella y veía un dios. Sé que me quiso con locura. Lo sé, aunque no lo recuerdo: hoy me es tan difícil imaginarla enamorada de mí que, si no guardara todavía algunas arrebatadas cartas suyas, y, sobre todo, si no tuviera como prueba principal el hecho inaudito de que acabó casándose conmigo, creería que todo había sido producto de mi imaginación. Recuerdo, eso sí, que un día se apagó su mirada como se apaga la luz de un reflector. Y entonces yo dejé de estar bajo los focos y ya no volví a ser jamás el protagonista de esa mala película.
Las mujeres son así. O al menos muchas mujeres, sobre todo las que son apasionadas, como ella. Son terribles porque lo quieren todo. Porque no se conforman. Porque en el fondo pretenden encontrar al Príncipe Azul. Y cuando creen haberlo hallado, se emparejan; pero al cabo de unas semanas, de unos meses, de unos años, una mañana se despiertan y descubren que, en lugar de haberse estado acostando todas esas noches con el Príncipe, en realidad lo han estado haciendo con una rana. Lo peor es que entonces desprecian a la rana y abominan de ella, en vez de aceptar las cosas tal cual son, como yo mismo he hecho. Porque también mi mujer es mitad batracia, como todos; pero a mí no me importa, incluso me gusta. A veces, por las noches, mientras ella duerme en nuestra cama común (que es un desierto), yo la vigilo agazapado en la penumbra, esperando el prodigio. Suspira ella, se agita entre sueños, unta de crema de belleza toda la almohada; yo escruto a mi mujer atentamente, la veo un poco rana, algo verdosa, me atrevo a ponerle una mano en la cintura, ella ronronea sin despertar, como si le gustase; me acerco más, me cobijo en la noche, aquí estamos los dos siendo otra vez uno, compañera de charca al fin aunque sea dormida. Entonces me duermo yo también en esa postura inverosímil; y al cabo de un instante de plácida negrura alguien me sacude, me despierta. Es ella, que está erguida sobre un codo, contemplándome de cerca, la cabeza levantada como una cobra. La cobra mira a la rana y dice:
-Roncas. Ya estás roncando otra vez. Date la vuelta.
¿Por qué sigo con ella? Parece tan dulce a veces, sobre todo cuando está callada, cuando está ensimismada en otra cosa: será por eso. ¿Y ella por qué sigue conmigo? Es una pregunta que no me atrevo a contestarme. Sé que soy una decepción para ella: incluso lo soy para mí mismo. Sé que me falta pasión, vitalidad, empuje. Que no hablo apenas, que soy introvertido y aburrido. Sé que mi mujer se desespera cada vez que me ve pasar las horas delante del televisor absorto en unos programas que por otra parte aborrezco. Un día, hace ya años, era un domingo por la tarde y estábamos viendo una película en el vídeo, mi mujer bostezó, se estiró y se me quedó contemplando pensativamente:
-Quién sabe, quizá sea esto todo lo que hay -dijo con lentitud-: Es como cuando dejas de creer en Dios en la adolescencia, cuando un día te das cuenta de que no hay cielo ni hay infierno y que esto es todo lo que hay.
Dicho lo cual se levantó del sofá y se puso a hacer pesas furiosamente en un rincón de la sala: para qué, para quién. Si esto es todo lo que hay, a qué viene tanta gimnasia. Mírenla: está todavía guapa, ya lo sé. Quizá se arregle para Zaldíbar. Para Contreras. Para Donatella. O quizá para ese hombre con el que lleva tanto rato hablando y que no sé quién es. Tal vez a mi mujer se le hayan vuelto a encender los faros de sus ojos y esté mirando a ese tipo con la luminosa mirada del enamoramiento, que siempre es la misma y siempre parece nueva. No quiero ni pensarlo. Antes, hace años, era celoso. Ahora tengo tantas razones para serlo que no puedo permitírmelo.
Ese estruendo que acabamos de escuchar de algo que se rompe definitivamente no fue mi corazón, contra todo pronóstico, sino que me parece que ha sido un trueno. Sí, ahora truena otra vez, y a través de las ventanas se ve un cielo tan negro como el futuro. A ella le dan miedo las tormentas. Un miedo pueril que es parte de su cuota de rana, de imperfecta. Mírenla: ya se ha puesto nerviosa. Ha vuelto la cabeza hacia los balcones, baila el peso de su cuerpo de un pie a otro, se cambia el vaso de mano. Está buscando a alguien con los ojos. A mí. No quiero ser pretencioso, pero me parece que es a mí. Sí, ya me ha visto.
Me mira. Me sonríe. Es una sonrisa que nadie ve: un fruncir muy pequeñito de los labios por abajo. Sólo yo sé que ella está sonriendo. Sólo yo conozco esa sonrisa. Y yo le digo: «No te preocupes, ya sabes que en las ciudades siempre hay buenos pararrayos.» No se lo digo con la boca, pero ella entiende igual, desde el otro lado de la sala, lo que le he dicho. Esto es lo más cerca que estamos de la eternidad y del amor.
Recuerdo momentos. Buenos momentos.  Los tengo guardados en la memoria para los instantes de mayor desaliento. Recuerdo cuando enfermé de gravedad con la neumonía y ella estaba tan fresca y tan serena en el incendio de mi fiebre, sus manos arropándome, entendiéndome y perdonándome como las manos de la Providencia. Recuerdo este invierno, cuando nevó y se cortó el fluido eléctrico: a la luz de las velas nos vimos distintos e hicimos el amor como si nos deseáramos, mientras los copos se asomaban sin ruido a la ventana. Recuerdo las canciones que cantamos juntos en el viaje de vuelta de Barcelona, mientras conducíamos por la autopista a través de la noche: y lo que nos reímos. Escuchad el ruido: está diluviando. Ahí afuera llueve, en la intemperie. Es una noche desabrida y cruel, una oscuridad inacabable. Ella vuelve a mirarme, en la distancia. Entre toda la gente que hay en la habitación, me mira a mí. Afuera cae del negro cielo una lluvia de desgracias y dolores, de cánceres, fracasos, soledades; de envejecimientos, de miedos y de pérdidas. Y yo aprieto los dientes y aguanto el chaparrón, y sé que quiero a mi enemiga con toda mi voluntad, con toda mi desesperación. Con lo mejor que soy y con mi cobardía.

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miércoles, 25 de julio de 2012

Kali decapitada

Un Cuento de Marguerite Yourcenar (Francia)

kali

Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India.                                                       
Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, como la vida; sus ojos profundos, como la  muerte. Tan pronto se mira en el bronce de la no-che como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas, está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.
Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brahmanes al abrazo de los miserables -raza fétida, deshonra de la luz- encargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. Ama asimismo a los barqueros, que son fuer-tes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con fiebre que no consiguiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en encrucijada, a la búsqueda de los mismos monótonos deleites.
Sus piececitos bailan frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada.                          
Hace mucho tiempo, Kali, nenúfar de la perfección, se sentaba en el trono del cielo de Indra como en el interior de un zafiro; los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se dilataba según los latidos de su corazón.
Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.
Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío, condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses-monstruos, el dios-ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.
Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un Brahman. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavistu, de Bangalor a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.                                      
Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la calle de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un montón de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se acercara.                                          
Cuando él la dejó, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un niño le pidió limosna; ella no le avisó de que una serpiente dispuesta a morder se erguía entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas. Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su carnada. Y a los que exterminaba, los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre, exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban a sus víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos los males.
En la linde de un bosque, Kali tropezó con el Sabio.                                                                  
Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera. Nadie hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo; sus ojos, que todo lo percibían, apenas eran visibles por debajo de sus párpados medio cerrados. La luz se disponía en torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el presentimiento del gran descanso definitivo, parada de los mundos, liberación de los seres, día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que Todo se resorbe en Nada, como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera en ella a la manera de un futuro hijo.
El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.
-Mi cabeza muy pura fue soldada a la infamia-dijo ella-. Quiero y no quiero; sufro y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.
-Todos estamos incompletos -dijo el Sabio-. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos.
-Yo fui diosa en el cielo de Indra -dijo la cortesana.
-Y tampoco estabas libre del  encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante no estaba más resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallas más cerca de acceder a lo que no tiene forma.
-Estoy cansada -gimió la diosa.
Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con la punta de los dedos, dijo el Sabio:
-El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseña la inutilidad de arrepentirte. Ten paciencia, ¡oh, Error!, del que todos formamos parte... ¡Oh, Imperfecta!, en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡oh Furor!, que no eres necesariamente inmortal...

Breve Biografía de la Autora: Marguerite Yourcenar

(Marguerite de Crayencour; Bruselas, 1903 - isla de Mount Desert, Maine, EE UU, 1987) Escritora francesa de origen belga.

Huérfana de madre desde su nacimiento, fue llevada muy pronto a Francia por el padre (natural de Lille) que, tras impartirle una educación bastante esmerada, la llevó siempre con él, en el curso de su cosmopolita existencia, comunicándole su amor por los viajes.

Cursó estudios universitarios, especializándose en cultura clásica, y empezó a publicar diez años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aunque con escaso éxito. De esta primera época son las novelas Alexis o el tratado del inútil combate (1928), que comenzó a despertar el interés de la crítica: obra de corte gidiano, es una lúcida y desinhibida vivisección de un fracaso existencial; La Nouvelle Eurydice (1929), menos tensa e inspirada respecto Alexis: Denier du rêve (1934), historia de un atentado fracasado contra Mussolini, donde la violencia política ocupa el primer plano; y La mort conduit l'attelafe (1934), colección de tres cuentos.

Pueden leer más acá

lunes, 23 de julio de 2012

Pawel Kuczyński: Caricaturas que dicen y dicen…

UN NUEVO CARICATURISTA POLACO ESTA CAUSANDO SENSACIÓN

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Una maravilla imperdible que dice tanto o más de lo que imaginamos y que a mi me ha conmovido profundamente por su agudeza, su intensidad y capacidad de síntesis.

Sobre el autor:

Pawla Kuczynskiego (nombres polacos), también conocido como Pawel Kuczynski (quizá por su pronunciación en inglés), es un artista polaco nacido en 1976, con estudios en bellas artes y una trayectoria destacada en el campo de la caricatura

Algunas ilustraciones son muy fuertes y nos hacen reflexionar sobre lo que está pasando alrededor de nosotros.  Su nombre es Pawla Kuczynskiego.  Nacido en 1976 en Szczecin, se graduó de la Academia de Bellas Artes en Poznan,  especializándose en los gráficos.  Desde 2004 produce ilustraciones satíricas y hasta ahora desde 2004, año en el que se dio a conocer gracias a la fuerza crítica de su obra.ha recibido 92 premios y distinciones.  En 2005 recibió el Premio de la Asociación de Caricaturistas Polaco "Eryk". Este caricaturista recientemente descubierto tiene también un record de premios en  competiciones internacionales

 Este es su Facebook

Y acá pueden ver más imágenes, (también googleando)

Acá algunas imágenes

http://4.bp.blogspot.com/-9FpP1VewV_8/T7zo13eIkzI/AAAAAAAAEOg/164n4MHNA6Q/s1600/Pawla+Kuczynskiego+3.jpg

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http://data.whicdn.com/images/7720401/17_large.jpg

http://noesconspiracion.files.wordpress.com/2011/10/04fd.jpg?w=640&h=440

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23 de Julio: Día del payador

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Tomado prestado de payadas

En Argentina y Uruguay se celebra el 23 de julio el Día del Payador por haberse realizado en esa fecha del año 1884, en Montevideo, la famosa payada entre Juan Nava y Gabino Ezeiza. El payador posee una virtud innata por la cual expresa reflexiones casi filosóficas en el breve instante en que su pensamiento se las dicta. Todo es repentino, nada se tiene escrito. Este género es muy popular en toda la América de habla hispana, especialmente en Uruguay, Argentina, Chile y Brasil.

 

¿Qué es una payada?

Dice La Wiki

La payada, en Argentina, Uruguay, sur de Brasil, y parte de Paraguay , o paya en Chile, es un arte poético musical perteneciente a la cultura hispánica, que adquirió un gran desarrollo en el Cono Sur de América, en el que una persona, el payador, improvisa un recitado en rima, cantado y acompañado de una guitarra. Cuando la payada es a dúo se denomina contrapunto y toma la forma de un duelo cantado, en el que cada payador debe contestar payando las preguntas de su contrincante, para luego pasar a preguntar del mismo modo. Estas payadas a dúo suelen durar horas, a veces días, y terminan cuando uno de los cantores no responde inmediatamente a la pregunta de su contendiente.

Es un arte emparentado con el versolarismo vasco, el trovo alpujarreño y el repentismo cubano. Este tipo de "discusión dialéctica" responde a un patrón que ha estado presente en un gran número de culturas, y forma parte de la tradición asiática, de las culturas griega y romana y de la historia del Mediterráneo musulmán

Acá pueden ver y oír un ejemplo

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miércoles, 18 de julio de 2012

Cuento:LA MÚSICA DEL MAR

Un Cuento de Ana Cuevas Unamuno

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Entrechocar de espuma y piedra. Crepitar de llamas mínimas encandilando horizontes. Y en medio, Ella, insatisfecha, anhelante, se derrama en un encaje de lágrimas tejiendo ruegos, y soltando murmullos de promesas futuras.
Ensordece la voz el golpe de una ola que alerta a pájaros y almas: un imposible aconteció y ahora el paisaje entero guarda silencio. A lo lejos, muy lejos de la orilla, rompe el silencio un llanto nuevo.
Umika llora con desconsuelo aturdida por el duro crujir de pedregullos, el pulso violento de los pasos y el chirriar de los insectos nocturnos. Boquea ansiosa de sal y solo halla un aire límpido e inmenso. Se ahoga mientras sus delicados oídos que no soportan la grosera polifonía terrestre, olvidan sin quererlo la música que le ha sido propia.
Los ancianos, la oyen a lo lejos, concluyen su ruego y apresurando pasos la descubren y la toman en brazos asombrados ante el insólito regalo de los dioses.
Ya en la casa bajo la luz parpadeante observan el cuerpo menudo, los ojos relampagueantes como esmeraldas nocturnas, los bracitos carnoso y la escamosa cola de pez que remataba el tronco firme de la niña y les arranca suspiros y —¡Oh! ¡Ah!...—espantados. Así, aterrados y ansiosos ante la ofrenda divina le dan una suerte de bienvenida a una vida incongruente con su naturaleza.
Y Umika barbotea sonidos que ni la luz, ni los ancianos, ni ella misma comprenden. La vida ha comenzado para la niña. Una vida que a cada instante la estremece y la hace sentir perdida
El tiempo transcurre aturdiéndola con estridencias insoportables hasta empujarla al mayor de los aislamientos. Solo en el amanecer, cuando el pueblo aún duerme al igual que sus padres adoptivos, se atreve la niña a salir al exterior dejándose mecer en el arrullo lejano de las olas, en el canto de la brisa, y en los gorjeos madrugadores de las aves.
El mar, ese anhelo invisible que habitaba tras los altos muros de la montaña. El mar que solo en sus días de furia alza la voz regalándole a Umika sus melodías llenas de voces desconocidas, ocultándole su imagen, ofreciéndole su música. El mar que habitaba oculto en una caracola encontrada una tarde triste, convertida ahora en su única posición, su talismán, su compañía, e incluso su propia voz. Esa voz que ella reconoce pero no sabe emitir aunque lo intenta.
Umika a solas, canta con sonidos burbujeantes, sonidos acuosos que desbordándose en resonancias y ecos viajeros recorren el espacio regresando a ella convertidos en coros y escalas nuevas. Y es esa música secreta su único consuelo al rascar de los gestos, al tronar de voces, a la cacofonía insoportable de los actos cotidianos.
Al crecer Umika descubre que los sonidos tienen alturas diferentes, por eso solo algunos permiten ser oídos por oídos humanos. Otros, viajan en busca de escuchas diferentes. Umika entonces, desechando tonos que solo admite su tronco y su mente, busca afanosa los otros, los que ansia su cola y hurga alerta los sonidos que sabe, escucha el perro, también los que escuchan las plantas, atiende al más mínimo ondular de la atmósfera. Sin ayuda alguna entiende la sonoridad de cada piedra, tan distintas unas de otras, como distintos son los tonos de las plantas y el canto de las flores. A lo lejos oye el ronronear eterno del seno de la montaña y sabe por sus matices cuando arden velas en sus laderas y cuando se viste la montaña de oscuridad absoluta, y descubre al fin los sonidos nacidos para ella, esos que para otros son solo rincones del silencio.
Las guitarras, los tambores y las flautas del pueblo intentan burdamente conquistar la música del viento, de la tierra, de las aguas y son para Umika heridas profundas por su falta de reverberancia, La música de la tierra se extiende en brazos infinitos que nunca regresan, la música de la caracola ondula, gira, se desliza en remolinos que Umika comprende pues su cola se mece al compás de ellos.
Umika pinta y escucha el roce de las pinceladas sobre la vela, y el frotar del pincel en la tinta, dejando que roces y fricciones construyan las imágenes que su alma busca aunque no crea conocerlas. Umika se encuentra en sus diseños, vibra con el oleaje que traza y se sumerge en la línea de espuma en la que ha pintado, aunque casi invisible, su sueño. Así el trazo se convierte en arrullo que se acrecienta al tiempo que voces nuevas irrumpen en su vida, gritos, llantos, súplicas y ausencias diseñan el mundo fuera de la vela. Un mundo gris, vacío, sordo que de tanto ruido ha perdido sonido, ha destrozado melodías, a olvidado ritmos. Umika entregada en manos de sonoridad grosera, mecida en la jaula que la lleva lejos a fuerza del empuje de las olas y el viento, suelta su último suspiro, abre su pecho y deja que nazca por fin su música de caracola perdida.
Solo entonces el mar reconociéndola como su hija, la reclama.
Entrechocar de espuma y piedra. Silencio nuevo nacido en la montaña. Y en medio, Ella, satisfecha, se derrama en un encaje de notas que tejen nueva vida dónde solo ha quedado el vacío sin recuerdos.
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© Ana Cuevas Unamuno













viernes, 13 de julio de 2012

Cuento: Desquite

 

Un cuento de José Saramago (Portugal)

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El muchacho venía del río. Descalzo, con los pantalones arremangados por encima de las rodillas, las piernas sucias de lodo. Vestía una camisa roja, abierta en el pecho, donde los primeros vellos de la pubertad empezaban a ennegrecer. Tenía el pelo oscuro, mojado por el sudor que le escurría por el cuello delgado. Se inclinaba un poco hacia delante, bajo el peso de los largos remos, de los que pendían hilos verdes de limos aún goteantes. El barco quedó balanceándose en el agua turbia y, allí cerca, como si lo espiasen, afloraron de repente los ojos globulosos de una rana. El muchacho la miró, y ella le miró. Después la rana hizo un movimiento brusco y desapareció. Un minuto más y la superficie del río quedó lisa y tranquila, y brillante como los ojos del muchacho. La respiración del limo desprendía lentas y muelles burbujas de gas que la corriente arrastraba. En el calor espeso de la tarde los chopos altos vibraban silenciosamente y, de golpe, flor rápida que naciese del aire, un ave azul pasó rasando el agua. El muchacho levantó la cabeza. Desde el otro lado del río una muchacha le miraba, inmóvil. El muchacho levantó la mano libre y todo su cuerpo dibujó el gesto de una palabra que no se oyó. El río fluía, lento.

El muchacho subió la ladera, sin mirar atrás. La hierba se acababa allí mismo. Hacia arriba, hacia allá, el sol calcinaba los terrones de los barbechos y los olivares cenicientos. Metálica, durísima, una cigarra roía el silencio. En la distancia la atmósfera temblaba.

La casa era baja, achaparrada, bruñida de cal, con una franja de ocre violento. Un lienzo de pared ciega, sin ventanas, una puerta en la que se abría un postigo. En el interior el suelo de barro refrescaba los pies. El muchacho apoyó los remos, se limpió el sudor con el antebrazo. Se quedó quieto, escuchando los golpes del corazón, el pausado brotar del sudor que se renovaba en la piel. Estuvo así unos minutos, sin conciencia de los rumores que venían de la parte de detrás de la casa y que se transformaron, de súbito, en gañidos lancinantes y gratuitos: la protesta de un cerdo atado. Cuando, por fin, empezó a moverse, el grito del animal, esta vez herido e insultado, le golpeó en los oídos. Y en seguida oyó otros gritos, agudos, rabiosos, una súplica desesperada, una llamada que no espera socorro.

Corrió hacia el patio, pero no pasó del umbral de la puerta,. Dos hombres y una mujer sujetaban al cerdo. Otro hombre, con un cuchillo ensangrentado, le abría un tajo vertical en el escroto. En la paja brillaba ya un óvalo achatado, rojo. El cerdo temblaba entero, lanzaba gritos entre las quijadas que apretaba una cuerda. La herida se alargó, el testículo apareció, lechoso y rayado de sangre, los dedos del hombre se introdujeron en la abertura, tiraron, retorcieron, arrancaron. La mujer tenía el rostro pálido y crispado. Desataron al cerdo, le liberaron el hocico y uno de los hombres se agachó y cogió las dos piezas, gruesas y suaves. El animal dio una vuelta, perplejo, y se quedó con la cabeza baja, respirando con dificultad. Entonces el hombre se los tiró. El cerdo los mordió, masticó ansioso, tragó. La mujer dijo algunas palabras y los hombres se encogieron de hombros. Uno de ellos se rió. Fue en ese momento cuando vieron al muchacho en el umbral de la puerta. Se quedaron todos callados y, como si fuese la única cosa que pudiesen hacer en aquel momento, se pusieron a mirar al animal, que se había echado en la paja, suspirando, con el hocico sucio de su propia sangre.

El muchacho volvió al interior. Llenó un puchero y bebió, dejando que el agua le corriese por las comisuras de la boca, por el cuello, hasta el vello del pecho que se volvió más oscuro. Mientras bebía miraba fuera las dos manchas rojas sobre la paja. Después, con un movimiento de cansancio, volvió a salir de la casa, atravesó el olivar otra vez bajo el bochorno del sol. El polvo le quemaba los pies y él, sin darse cuenta, los encogía para huir del contacto escaldante. La misma cigarra rechinaba en tono más sordo. Después la ladera, la hierba con su olor a savia caliente, la frescura atontadora debajo de las ramas, el lodo que se insinúa entre los dedos de los pies e irrumpe por arriba.

El muchacho se quedó quieto, mirando el río. Sobre un afloramiento de limo, una rana, parda como la primera, con los ojos redondos bajo las arcadas salientes, parecía estar esperando. La piel blanca del buche palpitaba. La boca cerrada formaba un pliegue de escarnio. Pasó un tiempo y ni la rana ni el muchacho se movían. Entonces él, desviando con dificultad los ojos, como para huir de un maleficio, vio al otro lado del río, entre las ramas bajas de los salgueros, aparecer una vez más a la muchacha. Y nuevamente, silencioso e inesperado, pasó sobre el agua el relámpago azul.

El muchacho se quitó la camisa despacio. Despacio se acabó de desvestir, y sólo cuando ya no tenía ropa ninguna sobre el cuerpo, su desnudez, lentamente, se reveló. Así como si se estuviese curando una ceguera de sí misma. La muchacha miraba de lejos. Después, con los mismos gestos lentos, se liberó del vestido y de todo cuanto la cubría. Desnuda sobre el fondo verde de los árboles.

El muchacho miró una vez más el río. El silencio se asentaba sobre la líquida piel de aquel interminable cuerpo. Círculos que se alargaban y perdían en la superficie tranquila, mostraban el lugar donde por fin la rana se había sumergido. Entonces el muchacho se metió en el agua y nadó hacia la otra orilla, mientras el bulto blanco y desnudo de la muchacha se recogía hacia la penumbra de las ramas.

José Saramago (Portugal)
Breve reseña sobre su obra

Escritor, poeta, periodista, novelista y dramaturgo portugués nacido en Azinhaga en 1922. Hijo de campesinos pobres, estudió hasta los 12 años pues pagar una escuela era un lujo que no estaba al alcance de su familia. Fue miembro del Partido Comunista Portugués y participó en la Revolución de los Claveles que llevó la democracia a Portugal, en el año 1974.

Ha recibido el Premio Camoes, equivalente al Premio Cervantes en los países de lengua portuguesa y, en 1998, el Premio Nobel de Literatura, siendo el primer escritor portugués en conseguirlo. Ha sido merecedor de numerosos doctorados honoris causa por las Universidades de Turín, Sevilla, Manchester, Castilla-La Mancha y Brasilia. Falleció el 18 de junio de 2010.

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martes, 3 de julio de 2012

EN LA MIRADA ESTÁN

La-alimentacion-del-bebe

 

 

 

 

Los miro a los ojos, así, casi entornados como los tienen. Escucho su llanto a coro, idéntico a sí mismo, como si cada generación repitiese un ritual eterno desplegado a la voz primera del capitán o capitana (es indistinto) del grupo, siempre es un o una quien lo inicia. Recorro sus cuerpos percibiendo la presencia invisible de otros enmascarada en esa fragilidad de recién nacido. Escucho las voces llenas de ternura y emoción sensiblera de mis compañeras y nunca puedo evitar un estremecimiento. ¡No les creo!. No creo en sus almas inocentes, ni en su pureza. No creo que sean pobrecitos ni desamparados. Una y otra vez, a lo largo de estos casi veinticinco años que llevo trabajando como nurse cuando los veo partir en brazos de sus padres, ruego para que puedan desprenderse de sí mismos, de ese ser que llegó enmascarándose en un cuerpo falso, para lograr ser la criatura que se espera..

Con nadie puedo compartir mis certezas, me tacharían de delirante y quizás me quitarían el puesto. No puedo, mi tarea es vigilarlos, verificar que el daño suceda al nacer, por eso soy quien más insiste en que los bebes permanezcan con sus madres y de ellas se alimenten construyendo el vínculo que comenzará a roerles la conciencia sumergiéndolos en el sueño humano de la amorosidad.

El experimento fracasó, no entiendo por qué insisten, el espíritu celeste vestido de materia terrestre, duerme el sueño de la tierra, salvo, claro, esas terribles excepciones. Ilusiones de conquista, soberbia de lejanías. No, definitivamente no. Aquí en la tierra el anhelo se desvanece entre caricias o dolores, la sabiduría se disuelve, los recuerdos se convierten en fantasías y apenas hablar, los recién llegados llenan las palabras de vivencias cotidianas, de experiencias de otros, de ideas ajenas, hasta no saber ya que significan. ¿Acaso no es mejor así?. ¿De qué serviría que recuerden lo anterior?. Podrán acusarme cuento quieran, yo insisto, mi tarea es valiosa, les regalo la oportunidad de comenzar de nuevo.

Nunca tuve problemas. Nunca hasta hoy en que entre los nueve que nacieron, nació este niño cuya mirada es, si se puede, más inquisitiva que la de ninguno. Hay algo en él que me perturba. Debo tomar medidas de inmediato. La madre pide que se lo dejen junto al pecho, mi jefa se resiste, convenzo al médico y logro finalmente mi objetivo, ¡tendrá que mamar si no quiere morir!.

Me mira con resentimiento. Él sabe quien soy. Le sonrío. Su furia es impotente frente a mis fuerzas. Duérmete mi niño, duérmete mi amor, le canturreo bajito, con dulzura. Con la dulzura propia de las intenciones premeditadas, calculadas, personales. La abuela me da una propina agradecida, pobre, ignora mis fines y por suerte, aún más ignora la verdadera naturaleza de su nieto.

No todos los bebes son iguales, por cierto, de los veinte que tengo hoy, solo nueve están bajo mi responsabilidad. Nueve son diferentes. Vienen con intención, sabiendo, recordando... No deben hacerlo. No debo dejarlos. Los separo.

Miro al bebé que con furia me observa, nos entendemos sin estar de acuerdo. Él cree que podrá resistir, sé que no, su familia le ama y él está hambriento de ese amor.

Por las dudas les recomiendo al doctor Hipno, soy su secretaria, podré seguir el caso.

Ya está. El pequeño ha dicho su primer palabra: “mamá”, y al decirla todo lo ha olvidado. Lo sé. Lo veo en sus ojos, ahora abiertos, curiosos, confusos. Sabe que ha olvidado algo importante, pero por suerte, por suerte, ya es completamente humano. Las emociones: ¡Esa es la gran trampa de la tierra!.

Se los dije. Cien, mil, millones de veces se lo dije, no me creen... No importa, yo lo sé y mientras viva en este cuerpo ajeno y logre no olvidar, seguiré luchando para que los nuevos que llegan duerman el sueño de la vida.

© Ana Cuevas Unamuno- 2005