miércoles, 29 de agosto de 2012

AGUA Y ESPANTO

Cuento de Ana Cuevas Unamuno

floods08

Ariadna despertó sofocada por el ahogo. Boqueó frenética mirándose las manos vacías de hilo, y entonces comprendió que Teseo había tan solo demorado el espanto. Ningún dédalo podría detener la furia pura de las aguas.

Mannawydan, Poseidón, Neptuno, ¿importa acaso el nombre de la fuerza que arrasa en su oleaje cuanto absurdamente intenta detenerle el paso?. La mentira y la traición frutos de la soberbia humana perpetuándose a sí mismas despiertan una y otra vez la urgencia de equilibrio. La tierra avanza en busca de armonía sin propósito alguno de venganza, diseñando en sus movimientos el indiscriminado juego de las fuerzas que no detienen su hacer ante las súplicas, ni distinguen entre los seres y las cosas.

Ariadna lo sabe.

Ariadna abre sus ojos oyendo el retumbar que de lejos se acerca. Gritos, llantos, derrumbes, golpes, conjugan un coro sin voces, que enmudece toda palabra. Mira pasar chapas, cuerpos, troncos, ollas, vestidos, zapatos... un enjambre de vida hecha muerte en un instante en el que nada tiene nombre ni dueño.

Quizás este sea el sacrificio que necesitaba Ariadna para comprender que ningún Teseo puede reemplazarla en la tarea.

Quizás esta sea la última oportunidad que ella tiene de despertarse a sí misma.

 

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viernes, 24 de agosto de 2012

Aquí pasan cosas raras

Un cuento de Luisa Valenzuela

Café-caliente

 

 

 

En el café de la esquina -todo café que se precie está en esquina, todo sitio de encuentro es un cruce entre dos vías (dos vidas)- Mario y Pedro piden sendos cortados y les ponen mucha azúcar porque el azúcar es gratis y alimenta. Mario y Pedro están sin un mango desde hace rato y no es que se quejen demasiado pero bueno, ya es hora de tener un poco de suerte, y de golpe ven el portafolios abandonado y tan sólo mirándose se dicen que quizá el momento haya llegado. Propio ahí, muchachos, en el café de la esquina, uno de tantos.

Está sólito el portafolios sobre la silla arrimada a la mesa y nadie viene a buscarlo.

Entran y salen los chochamus del barrio, comentan cosas que Mario y Pedro no escuchan: Cada vez hay más y tienen tonadita, vienen de tierra adentro... me pregunto qué hacen, para qué han venido. Mario y Pedro se preguntan en cambio si alguien va a sentarse a la mesa del fondo, va a descorrer esa silla y encontrar ese portafolios que ya casi aman, casi acarician y huelen y lamen y besan. Uno por fin llega y se sienta, solitario (y pensar que el portafolios estará repleto de billetes y el otro lo va a ligar al módico precio de un batido de Gancia que es lo que finalmente pide después de dudar un rato). Le traen el batido con buena tanda de ingredientes. ¿Al llevarse a la boca qué aceituna, qué pedacito de queso va a notar el portafolios esperándolo sobre la silla al lado de la suya? Pedro y Mario no quieren ni pensarlo y no piensan otra cosa... Al fin y al cabo el tipo tiene tanto o tan poco derecho al portafolios como ellos, al fin y al cabo es sólo cuestión de azar, una mesa mejor elegida y listo. El tipo sorbe su bebida con desgano, traga uno que otro ingrediente; ellos ni pueden pedir otro café porque están en la mala como puede ocurrirle a usted o a mí, más quizá a mí que a usted, pero eso no viene a cuento ahora que Pedro y Mario viven supeditados a un tipo que se saca pedacitos de salame de entre los dientes con la uña mientras termina de tomar su trago y no ve nada, no oye los comentarios de la muchachada: Se los ve en las esquinas. Hasta Elba el otro día me lo comentaba, fíjate, ella que es tan chicata. Ni qué ciencia ficción, aterrizados de otro planeta aunque parecen tipos del interior pero tan peinaditos, atildaditos te digo y yo a uno le pedí la hora pero minga, claro, no tienen reloj. Para qué van a querer reloj, me podes decir, si viven en un tiempo que no es el de nosotros. No. Yo también los vi, salen de debajo de los adoquines en esas calles donde todavía quedan y ahora vaya uno a saber qué buscan aunque sabemos que dejan agujeros en las calles, esos baches enormes por donde salieron y que no se pueden cerrar más.

Ni el tipo del batido de Gancia los escucha ni los escuchan Mario y Pedro, pendientes de un portafolios olvidado sobre una silla que seguro contiene algo de valor porque si no no hubiera sido olvidado así para ellos, tan sólo para ellos, si el tipo del batido no. El tipo del batido de Gancia, copa terminada, dientes escarbados, platitos casi sin tocar, se levanta de la mesa, paga de pie, mozo retira todo mete propina en bolsa pasa el trapo húmedo sobre mesa se aleja y listo, ha llegado el momento porque el café está animado en la otra punta y aquí vacío y Mario y Pedro saben que si no es ahora es nunca.

Portafolios bajo el brazo, Mario sale primero y por eso mismo es el primero en ver el saco de hombre abandonado sobre un coche, contra la vereda. Contra la vereda el coche, y por ende el saco abandonado sobre el techo del mismo. Un saco espléndido de estupenda calidad. También Pedro lo ve, a Pedro le tiemblan las piernas por demasiada coincidencia, con lo bien que a él le vendría un saco nuevo y además con los bolsillos llenos de guita. Mario no se anima a agarrarlo. Pedro sí aunque con cierto remordimiento que crece, casi estalla al ver acercarse a dos canas que vienen hacia ellos con intenciones de.

-Encontramos este coche sobre un saco. Este saco sobre un coche. No sabemos qué hacer con él. El saco, digo.

-Entonces déjelo donde lo encontró. No nos moleste con menudencias, estamos para cosas más importantes.

Cosas más trascendentes. Persecución del hombre por el hombre si me está permitido el eufemismo. Gracias a lo cual el célebre saco queda en las manos azoradas de Pedro que lo ha tomado con tanto cariño. Cuánta falta le hacía un saco como éste, sport y seguro bien forradito, ya dijimos, forrado de guita no de seda qué importa la seda. Con el botín bien sujeto enfilan a pie hacia su casa. No se deciden a sacar uno de esos billetes crocantitos que Mario creyó vislumbrar al abrir apenas el portafolios, plata para tomar un taxi o un mísero colectivo.

Por las calles prestan atención por si las cosas raras que están pasando, esas que oyeron de refilón en el café, tienen algo que ver con los hallazgos. Los extraños personajes o no aparecen por esas zonas o han sido reemplazados: dos vigilantes por esquina son muchos vigilantes porque hay muchas esquinas. Ésta no es una tarde gris como cualquiera y pensándolo bien quizá tampoco sea una tarde de suerte como parece. Son las caras sin expresión de un día de semana, tan distintas de las caras sin expresión de los domingos. Pedro y Mario ahora tienen color, tienen máscara y se sienten existir porque en su camino florecieron un portafolios (fea palabra) y un saco sport. (Un saco no tan nuevo como parecía más bien algo raído y con los bordes gastados pero digno. Eso es: un saco digno.) Como tarde no es una tarde fácil, ésta. Algo se desplaza en el aire con el aullido de las sirenas y ellos empiezan a sentirse señalados. Ven policías por todos los rincones, policías en los vestíbulos sombríos, de a pares en todas las esquinas cubriendo el área ciudadana,

policías trepidantes en sus motocicletas circulando a contramano como si la marcha del país dependiera de ellos y quizá dependa, sí, por eso están las cosas como están y Mario no se arriesga a decirlo en voz alta porque el portafolios lo tiene trabado, ni que ocultara un micrófono, pero qué paranoia, si nadie lo obliga a cargarlo. Podría deshacerse de él en cualquier rincón y no, ¿cómo largar la fortuna que ha llegado sin pedirla a manos de uno, aunque la fortuna tenga carga de dinamita? Toma el portafolios con más naturalidad, con más cariño, no como si estuviera a punto de estallar. En ese mismo momento Pedro decide ponerse el saco que le queda un poco grande pero no ridículo ni nada de eso. Holgado, sí, pero no ridículo; cómodo, abrigado, cariñoso, gastadito en los bordes, sobado. Pedro mete las manos en los bolsillos del saco (sus bolsillos) y encuentra unos cuantos boletos de colectivo, un pañuelo usado, unos billetes y monedas. No le puede decir nada a Mario y se da vuelta de golpe para ver si los han estado siguiendo. Quizá hayan caído en algún tipo de trampa indefinible, y Mario debe estar sintiendo algo parecido porque tampoco dice palabra. Chifla entre dientes con cara de tipo que toda su vida ha estado cargando un ridículo portafolios negro como ése. La situación no tiene aire tan brillante como en un principio. Parece que nadie los ha seguido, pero vaya uno a saber: gente viene tras ellos y quizá alguno dejó el portafolios y el saco con oscuros designios. Mario se decide por fin y le dice a Pedro en un murmullo: No entremos a casa, sigamos como si nada, quiero ver si nos siguen. Pedro está de acuerdo. Mario rememora con nostalgia los tiempos (una hora atrás) cuando podían hablarse en voz alta y hasta reír. El portafolios se le está haciendo demasiado pesado y de nuevo tiene la tentación de abandonarlo a su suerte. ¿Abandonarlo sin antes haber revisado el contenido? Cobardía pura.

Siguen caminando sin rumbo fijo para despistar a algún posible aunque improbable perseguidor. No son ya Pedro y Mario los que caminan, son un saco y un portafolios convertidos en personajes. Avanzan y por fin el saco decide: Entremos en un bar a tomar algo, me muero de sed.

-¿Con todo esto? ¿Sin siquiera saber de qué se trata?

-Y, sí. Tengo unos pesos en el bolsillo.

Saca la mano azorada con dos billetes. Mil y mil de los viejos, no se anima a volver a hurgar, pero cree -huele- que hay más. Buena falta les hacen unos sandwiches, pueden pedirlos en ese café que parece tranquilo.

Un tipo dice y la otra se llama los sábados no hay pan; cualquier cosa, me pregunto cuál es el lavado de cerebro... En épocas turbulentas no hay como parar la oreja aunque lo malo de los cafés es el ruido de voces que tapa las voces. Lo bueno de los cafés son los tostados mixtos.

Escucha bien, vos que sos inteligente.

Ellos se dejan distraer por un ratito, también se preguntan cuál será el lavado de cerebro, y si el que fue llamado inteligente se lo cree. Creer por creer, los hay dispuestos hasta a creerse lo de los sábados sin pan, como si alguien pudiera ignorar que los sábados se necesita pan para fabricar las hostias del domingo y el domingo se necesita vino para poder atravesar el páramo feroz de los días hábiles.

Cuando se anda por el mundo -los cafés- con las antenas aguzadas se pescan todo tipo de confesiones y se hacen los razonamientos más abstrusos (absurdos), absolutamente necesarios por necesidad de alerta y por culpa de esos dos elementos tan ajenos a ellos que los poseen a ellos, los envuelven sobre todo ahora que esos muchachos entran jadeantes al café y se sientan a una mesa con cara de aquí no ha pasado nada y sacan carpetas, abren libros pero ya es tarde: traen a la policía pegada a sus talones y como se sabe los libros no engañan a los sagaces guardianes de la ley, más bien los estimulan. Han llegado tras los estudiantes para poner orden y lo ponen, a empujones: documentos, vamos, vamos, derechito al celular que espera afuera con la boca abierta, Pedro y Mario no saben cómo salir de allí, cómo abrirse paso entre la masa humana que va abandonando el café a su tranquilidad inicial, convaleciente ahora. Al salir, uno de los muchachos deja caer un paquetito a los pies de Mario que, en un gesto irreflexivo, atrae el paquete con el pie y lo oculta tras el célebre portafolios apoyado contra la silla. De golpe se asusta: cree haber entrado en la locura apropiatoria de todo lo que cae a su alcance. Después se asusta más aún: sabe que lo ha hecho para proteger al pibe pero ¿y si a la cana se le diera por registrarlo a él? Le encontrarían un portafolios que vaya uno a saber qué tiene adentro, un paquete inexplicable (de golpe le da risa, alucina que el paquete es una bomba y ve su pierna volando por los aires simpáticamente acompañada por el portafolios, ya despanzurrado y escupiendo billetes de los gordos, falsos). Todo esto en el brevísimo instante de disimular el paquetito y después nada. Más vale dejar la mente en blanco, guarda con los canas telépatas y esas cosas. ¿Y qué se estaba diciendo hace mil años cuando reinaba la calma?: un lavado de cerebro; necesario sería un autolavado de cerebro para no delatar lo que hay dentro de esa cabecita loca -la procesión va por dentro, muchachos. Los muchachos se alejan, llevados un poquito a las patadas por los azules, el paquete queda allí a los pies de estos dos señores dignos, señores de saco y portafolios (uno de cada para cada). Dignos señores o muy solos en el calmo café, señores a los que ni un tostado mixto podrá ya consolar.

Se ponen de pie. Mario sabe que si deja el paquetito el mozo lo va a llamar y todo puede ser descubierto. Se lo lleva, sumándolo así al botín del día pero por poco rato; lo abandona en una calle solitaria dentro de un tacho de basura como quien no quiere la cosa y temblando. Pedro a su lado no entiende nada pero por suerte no logra reunir las fuerzas para preguntar.

En épocas de claridad pueden hacerse todo tipo de preguntas, pero en momentos como éste el solo hecho de seguir vivo ya condensa todo lo preguntable y lo desvirtúa. Sólo se puede caminar, con uno que otro alto en el camino, eso sí, para ver por ejemplo por qué llora este hombre. Y el hombre llora de manera tan mansa, tan incontrolada, que es casi sacrílego no detenerse a su lado y hasta preocuparse. Es la hora de cierre de las tiendas y las vendedoras que enfilan a sus casas quieren saber de qué se trata: el instinto maternal siempre está al acecho en ellas, y el hombre llora sin consuelo. Por fin logra articular Ya no puedo más, y el corrillo de gente que se ha formado a su alrededor pone cara de entender pero no entiende. Cuando sacude el diario y grita No puedo más, algunos creen que ha leído las noticias y el peso del mundo le resulta excesivo. Ya están por irse y dejarlo abandonado a su flojera. Por fin entre hipos logra explicar que busca trabajo desde hace meses y ya no le queda un peso para el colectivo ni un gramo de fuerza para seguir buscando.

-Trabajo, le dice Pedro a Mario. Vamos, no tenemos nada que hacer acá.

-Al menos, no tenemos nada que ofrecerle. Ojalá tuviéramos.

Trabajo, trabajo, corean los otros y se conmueven porque ésa sí es palabra inteligible y no las lágrimas. Las lágrimas del hombre siguen horadando el asfalto y vaya uno a saber qué encuentran pero nadie se lo pregunta aunque quizá él sí, quizá él se esté diciendo mis lágrimas están perforando la tierra y el llanto puede descubrir petróleo. Si me muero acá mismo quizá pueda colarme por los agujeritos que hacen las lágrimas en el asfalto y al cabo de mil años convertirme en petróleo para que otro como yo, en estas mismas circunstancias... Una idea bonita pero el corrillo no lo deja sumirse en sus pensamientos que de alguna manera -intuye- son pensamientos de muerte (el corrillo se espanta: pensar en muerte así en plena calle, qué atentado contra la paz del ciudadano medio a quien sólo le llega la muerte por los diarios). Falta de trabajo sí, todos entienden la falta de trabajo y están dispuestos a ayudarlo. Es mejor que la muerte. Y las buenas vendedoras de las casas de artefactos electrodomésticos abren sus carteras y sacan algunos billetes por demás estrujados, de inmediato se organiza la colecta, las más decididas toman el dinero de los otros y los instan a aflojar más. Mario está tentado de abrir el portafolios ¿qué tesoros habrá ahí dentro para compartir con ese tipo? Pedro piensa que debería haber recuperado el paquete que Mario abandonó en un tacho de basura. Quizá eran herramientas de trabajo, pintura en aerosol, o el perfecto equipito para armar una bomba, cualquier cosa para darle a este tipo y que la inactividad no lo liquide.

Las chicas están ahora pujando para que el tipo acepte el dinero juntado. El tipo chilla y chilla que no quiere limosnas. Alguna le explica que sólo se trata de una contribución espontánea para sacar del paso a su familia mientras él sigue buscando trabajo con más ánimo y el estómago lleno. El cocodrilo llora ahora de emoción. Las vendedoras se sienten buenas, redimidas, y Pedro y Mario deciden que éste es un tipo de suerte.

Quizá junto a este tipo Mario se decida a abrir el portafolios, Pedro pueda revisar a fondo el secreto contenido de los bolsillos del saco.

Entonces, cuando el tipo queda solo, lo toman del brazo y lo invitan a comer con ellos. El tipo al principio se resiste, tiene miedo de estos dos: pueden querer sacarle la guita que acaba de recibir. Ya no se sabe si es cierto o si es mentira que no encuentra trabajo o si ése es su trabajo, simular la desesperación para que la gente de los barrios se conmueva. Reflexiona rápidamente: Si es cierto que soy un desesperado y todos fueron tan buenos conmigo no hay motivo para que estos dos no lo sean. Si he simulado la desesperación quiere decir que mal actor no soy y voy a poder sacarles algo a estos dos también. Decide que tienen una mirada extraña pero parecen honestos, y juntos se van a un boliche para darse el lujo de unos buenos chorizos y bastante vino.

Tres, piensa alguno de ellos, es un número de suerte. Vamos a ver si de acá sale algo bueno.

¿Por qué se les ha hecho tan tarde contándose sus vidas que quizá sean ciertas? Los tres se descubren una idéntica necesidad de poner orden y relatan minuciosamente desde que eran chicos hasta estos días aciagos en que tantas cosas raras están pasando. El boliche queda cerca del Once y ellos por momentos sueñan con irse o con descarrilar un tren o algo con tal de aflojar la tensión que los infla por dentro. Ya es la hora de las imaginaciones y ninguno de los tres quiere pedir la cuenta. Ni Pedro ni Mario han hablado de sus sorpresivos hallazgos. Y el tipo ni sueña con pagarles la comida a estos dos vagos que para colmo lo han invitado.

La tensión se vuelve insoportable y sólo hay que decidirse. Han pasado horas. Alrededor de ellos los mozos van apilando las sillas sobre las mesas, como un andamiaje que poco a poco se va cerrando, amenaza con engullirlos porque los mozos en un insensible ardor de construcción siguen apilando sillas sobre sillas, mesas sobre mesas y sillas y más sillas. Van a quedar aprisionados en una red de patas de madera, tumba de sillas y una que otra mesa. Buen final para estos tres cobardes que no se animaron a pedir la cuenta. Aquí yacen: pagaron con sus vidas siete sandwiches de chorizo y dos jarras de vino de la casa. Fue un precio equitativo.

Pedro por fin -el arrojado Pedro- pide la cuenta y reza para que la plata de los bolsillos exteriores alcance. Los bolsillos internos son un mundo inescrutable aun allí, escudado por las sillas; los bolsillos internos conforman un laberinto demasiado intrincado para él. Tendría que recorrer vidas ajenas al meterse en los bolsillos interiores del saco, meterse en lo que no le pertenece, perderse de sí mismo entrando a paso firme en la locura.

La plata alcanza. Y los tres salen del restaurant aliviados y amigos. Como quien se olvida, Mario ha dejado el portafolios -demasiado pesado, ya- entre la intrincada construcción de sillas y mesas encimadas, seguro de que no lo van a encontrar hasta el día siguiente. A las pocas cuadras se despiden del tipo y siguen camino al departamento que comparten. Cuando están por llegar, Pedro se da cuenta de que Mario ya no tiene el portafolios. Entonces se quita el saco, lo estira con cariño y lo deja sobre un auto estacionado, su lugar de origen. Por fin abren la puerta del departamento sin miedo, y se acuestan sin miedo, sin plata y sin ilusiones. Duermen profundamente, hasta el punto que Mario, en un sobresalto, no logra saber si el estruendo que lo acaba de despertar ha sido real o soñado.

sábado, 18 de agosto de 2012

Miro

magiaespirit

 

 

 

 

Se desgaja tu ladera, nacen pliegues en tu gesto

Falta el aire

                                       Lo sé

La piel se quiebra, se abren los poros

muta el gesto en ausencia

las palabras se silencian.

se acorta la distancia

             Y ya casi no estás

                                Casi

Porque aún alcanzo tu aroma.

© Ana Cuevas Unamuno

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jueves, 9 de agosto de 2012

LAS PALABRAS

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

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Miro por la ventana, el día está gris presagiando una tormenta que no quiere llegar. Metros de ladrillo y balcones me separan de los transeúntes que deambulan aturdidos con el cotidiano ruido de rutinas y costumbres, deslizándose por la vida sin tener certeza del rumbo y menos, mucho menos, de aquello que sucede alrededor. Lo leo en sus ojos, en sus muecas, en la palidez de sus siluetas. Lo veo en mi, no una sino mil veces, cuando desprevenida sorprendo mi ausencia en un espejo cualquiera.

Desconectados del afuera, ¿cómo no estarlo del adentro? ¿Cuándo fue la última vez que deseché preocuparme por la miríada de minucias cotidianas, para dedicar un momento a mis turbulencias internas?

La preocupación tiene sus ventajas, la mente está ocupada en situaciones reales e imaginarias, que funcionan de maravillas para distraernos de lo importante.

Como tantos otros, soy hábil para mantenerme ocupada, envolverme en ruidos, aturdirme en tareas, disculparme en compromisos ineludibles. Ardides que funcionan de maravillas, salvo, cuando sin saber cómo, quedo atrapada en un momento como el de hoy en el que todo repentinamente se esfuma tornándose inaccesible, y en el espacio dejado penetra la soledad. No cualquier soledad, sino esa no buscada, esa que tiene sus propias reglas, la que nos deja librados a nuestra suerte. Me consuelo repitiéndome que no solo a mí me sucede, que todos tropezamos tarde o temprano con el silencio y espantados descubrimos el gigantesco espacio que ocupaban las palabras. Consuelo que de poco sirve, apenas me distrae un instante. ¿Qué me importa la soledad de otros, sus espacios de silencio, cuando este mío de hoy me ahoga?

¡Que sensación frustrante y tediosa! Tan molesta como el amontonamiento ruidoso cotidiano al que a duras penas me he habituado.

Trato de desprenderme de ella, busco con frenesí alguna escapatoria, nada..., mi mente se ha aliado al silencio, mi alma cómplice acecha, juntos me enfrentan a aspectos de mi misma y de la realidad que me rodea, que por propia voluntad ni siquiera espiaría.

Nacemos condicionados por rutinas obligadas, por siglos de costumbre y repetición, prisioneros de mandatos ancestrales establecidos desde los genes, rodeados de otros, que con sus actos, parecen confirmar la validez de los nuestros, difícilmente nos detenemos para prestarnos la debida atención y reflexionar sobre el curso de nuestra existencia, hasta que, enfrentados por destino, por distracción o elección (en raros casos), al silencio de la soledad absolutamente solitaria, esa soledad de perder rutinas y costumbres, de no pertenecer más a lo conocido, de quedarse sin referencias, perdidos como un crío al que se le escapa la nutricia teta, debemos hacernos cargo de nosotros y ver qué hacer al respecto.

El cielo truena, las nubes sufren grises espasmos cómplices con mi estado de ánimo, busco un rayo de luz, un destello... ¡nunca pensé que el gris tuviese tantos matices!, pena que no despiertan sonrisas en mi pecho. Debo hacer algo, me digo y busco enloquecida de miedo el ruido necesario y a cualquier precio para distraerme de esta inesperada realidad que se me ha impuesto. De refilón presiento como las sombras crecen. Algo que aún no distingo me acecha...

Anochece, ya no tengo fuerzas, apago la radio, la música, se silencia el cuchicheo de los vecinos, brillan por su ausencia los desconocidos con quienes en momentos como este intento trabar algún tipo de diálogo inconducente. Ya no se me ocurren posibilidades para distraerme en deberes y servicios a un prójimo cualquiera, prójimo que por lo general no me ha pedido nada y que por lo mismo nunca se siente agradecido con mi intromisión casi forzosa, dejándome un sabor a derrota en mi intento por justificar el uso de mi tiempo. Miro a derecha, a izquierda, ¡nada!, qué remedio, aquí estoy definitivamente arrojada a mi misma.

Extenuada de intentos fallidos, me dejo caer en el sillón raído y suspiro el aroma de este intranquilizante espacio vacío e insonorizado que hoy ha invadido mi vida. Espacio de reglas desconocidas donde toda justificación resulta inútil y todo intento un bochorno.

—De acuerdo — le grito a las sombras — ¡Arrojen sobre mí el silencio, dejaré que me envuelva, que me penetre, que me devore!

¡Sorpresa! Ahora que lo convoco el silencio se escurre como agua entre los dedos y sin indicios de advertencia, primero como un murmullo, poco a poco con perversa nitidez, las palabras comienzan a emerger saltando por todas partes, obligándome a esquivarlas. — A no, esto es demasiado — exclamo y sin saber ya dónde ocultarme de ellas decido dormirme.

¡Qué vanos son nuestros intentos cuando fuerzas ajenas a nuestra voluntad se apoderan del destino! Despierta me atormentaba el silencio, ahora que intento dormir me torturan las palabras.

No alcanzo a cerrar los ojos que ya están ellas apoderándose del sueño. Se filtran, me acorralan, me persiguen voraces mientras persisto en mi huida buscando la puerta secreta del mundo del sueño dónde nada es quietud, todo es movimiento y yo, o mi yo de los sueños, la directora de la gran orquesta. Nunca imaginé que en ese mundo privado por excelencia quedaría tan desvalida y desnuda, ni que ellas envalentonadas se convertirían en mis acusadoras, mis juezas y mis verdugas.

Primero son frases de apariencia consistente, frases familiares de tanto decirlas u oírlas. Frases que poseen aparente coherencia, que creemos nacidas de una profunda reflexión interna, y así las hubiese considerado de no ser por las mezclas irracionales que arman en mi cabeza. Primero intento silenciarlas, taparlas con tierra, con mantas, ahogarlas en el agua que brota de mi vientre, dispersarlas con soplidos... Se ríen de mí, se me escurren tan solo para resurgir con más potencia. Desesperada me convenzo al mismo tiempo que intento convencerlas. —De acuerdo, ya entendí. Todo lo que necesito es ordenarlas y ordenarme para poder recuperar mi sana rutina. Quieren que piense, bien pensaré.

Amanece cuando agotada descubro que los pensamientos se repiten sin cadencia, se enciman unos a otros y las frases van quedando por la mitad, algunas se superponen y antes que pueda hacer algo comienzan a entremezclarse pedazos de ideas antiguas que nada tienen que ver con mi presente, con otras absurdas, salpicadas de cochinadas e improperios.

—¡Esto es increíble!—, murmuro al oído de mi gato, tú sabes muy bien que yo jamás me hubiese atrevido siquiera a imaginarme pensando semejantes cosas, pero..., he de confesármelo, ¡cuanto placer me produce el solo hecho de percibirlas cruzar mi mente apuntando derecho hacia objetivos invisibles! — ¡Jamás hubiese esperado esto de mí!—murmuro avergonzada. El gato mi mira indiferente. Me encojo de hombros, ¿quién va a escuchar dentro de mi cabeza?.. Primero con timidez, después eufórica me relamo lanzando maldiciones, promesas de venganza, insultos de todas las calañas.

Ya me estaba gustando cuando para mayor turbación irrumpe un giro abrupto: Llegan en tropel arrojándose sobre mí pensamientos ajenos, esos que convertidos en moralejas, frases hechas, órdenes y consejos poblaron mi infancia y adolescencia, y me oigo repetirme lo que otros me han dicho apropiándome indecentemente de sus opiniones. Instante mágico de revelación: Existen ideas nacidas en alguna parte, de donde la mente hambrienta las extrae para personalizarlas, dando así una falsa imagen de originalidad. ¿Cómo es posible que piense lo pensado? ¿Dónde habitan esas ideas prefabricadas tan al alcance de la cabeza de cualquiera? ¿Cómo pude creer que eran mías?

¡Me siento muy abochornada!

Se ve que eso pretendían pues apenas reconozco mi falta de autoría, comienzan a danzar con un frenesí tal que logran aturdirme ahogándome en un ataque sonoro e incoherente hasta que comprendo horrorizada que me tienen prisionera. Es urgente que haga algo al respecto. — ¡Tengo que hacer algo ya!—, grito con tal timbre de voz que Machuco, mi gato, salta a esconderse bajo la cama.

No puede ser tan complicado, al fin y al cabo son solo palabras, si las escupo de algún modo haré espacio y podré relajarme. Tan solo al pensarlo y suspirar creo tranquilizarme. ¡No sabía que se reproducían como los mosquitos! ¡Qué bastaba autorizarlas para que ellas entusiasmadas trajeran su parentela, confraternizaran con amigas, familiares y enemigas acérrimas, se desglosaran y rearmaran en combinaciones infinitas, hasta dejarme extenuada!

Decido, recordando una vieja costumbre infantil, cercarlas archivándolas, ordenándolas, clasificándolas, y sin titubeos pongo manos a la obra, mejor dicho a la escritura... ¡Malditas sean! Indiferentes a mi esmero se escurren de mi tinta para dibujar historias que yo detesto escuchar.

Sacudo la cabeza con frenesí. ¡Nada! Me doy un prolongado baño aromático y relajante concentrándome en la respiración... Es curioso, parece hacerles más efecto a ellas que a mí, ahora empapada sus cuentos fluyen rodeándome hasta hacerse tangibles y tan insoportables que me obligan, envuelta en una toalla y todavía chorreando, a darles forma sobre el papel.

¡Ah! ¡El papel! ¡Ha de ser el paraíso de las palabras! Basta ponerlo ante ellas para que brinquen trazando el diseño de mis temores más antiguos y ocultos y sin espacio de silencio, antes que pueda evitarlo. me sumergen en ellos a fuerza de presión y agolpamiento de letras. Agobiada, enloquecida, aullando entre espasmo y espasmo de bronca y pánico intento detenerlas, no cejan ni un ápice, siguen empujándome derecho al nudo, parece ser que es asunto mío esto de desatarlo y reacomodar el hilván de la experiencia. Hasta el tiempo y el espacio sucumben ante ellas.

Estoy sola, completa, absolutamente sola, para encontrar alguna solución ante una situación tan inesperada como absurda. ¿Alguna vez supieron de alguien asesinado por las palabras? ¿Un caso, uno solo de alguien que muriese ahogado en ellas, o que quedase simplemente prisionero entre barrotes de letras? ¿No? Pues es lo que me pasa hoy.

Hoy, que a simple vista es un día como cualquiera. Hoy en que el cielo amenaza tormenta y no sé cómo me ha arrebatado primero el ruido, luego el silencio y ahora...

Aho...

Ah...

A...

......

©Ana cuevas Unamuno

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martes, 7 de agosto de 2012

Acuérdate

un cuento de Juan Rulfo (México)

te-recuerdo-amanda

Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el «rezonga ángel maldito» cuando la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Ésa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.
Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y coros de monaguillos que cantaban «hosannas» y «glorias» y la canción esa de «ahí te mando, Señor, otro angelito». De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.
La debes haber conocido, pues era re alegadora y cada rato andaba en pleito con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar muy caro los jitomates, pegaba de gritos y decía que la estaban robando. Después, ya de pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña «para que se les endulzara la boca a sus hijos». Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.
Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa: canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos. Nos traficaba a todos, acuérdate.
Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de casado y que Inés, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.
Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebemos el tepache que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos, al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.
Quizá entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: «Ya me las pagarán caro.»
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él hacía el desentendido como si no conociera a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín, donde se estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

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miércoles, 1 de agosto de 2012

LA PACHAMAMA (Madre Tierra)

Cuento popular Argentino

pachamama

Don Hilario y su hijo salían a cazar guanacos, vicuñas y llamas. Por lo general, Don Hilario mataba más animales de los que necesitaba, aunque vendía luego en el pueblo todos aquellos que le sobraban.

A la Pachamama, no le gusta que cacen sus animales por deporte, y menos que maten a las madres de las manadas. Don Hilario, sin darle importancia a eso, fue a cazar como todos los días, pero aquella mañana la Pachamama les dio un aviso, haciendo temblar la tierra y produciendo derrumbes en los cerros.

Padre e hijo intentaron cubrirse en una cueva, pero su mula se empacó y cayó a un precipicio; éste fue el primer pago que cobró la Pachamama.

Terminaba el temblor y volvía el silencio. Los pobladores y viajeros, viendo la mula en el fondo del abismo, asustados, corrieron a hacerle una ofrenda a la Madre Tierra, para calmar su enojo y enterraron cosas que llevaban, como ginebra, coca, cigarros, y le hablaron en voz baja, con mucho respeto, pidiendo perdón, buenas cosechas y muchos animales.

Pero Don Hilario siguió cazando. La gente del pueblo también rezó a la Pachamama y hasta sacrificaron un guanaco en su honor. La tierra se calmó y Don Hilario, convencido que la calma era una señal de perdón y permiso para seguir cazando, se internó en las montañas, perdiendo a su hijo que estaba juntando unas cabras entre los cerros.

Lo buscó durante varios días, de sol a sol, sin encontrarlo. Pasaron varias semanas, de rastrear sus huellas, con la colaboración de los vecinos, hasta que una tarde, unos arrieros que bajaban al pueblo comentaron que lo habían visto de lejos, y que cabalgaba sobre un guanaco guiando la manada…parecía un fantasma, vestido con pieles; había desaparecido en la neblina del monte junto con los animales.

La Pachamama volvió a cobrarse una deuda, llevándose al único hijo de Hilario a cambio de los animales que él había matado innecesariamente.

Los arrieros contaron su visión a don Hilario, quien comenzó a realizar ofrendas a la Pachamama. Ésta no le otorgó buenas cosechas, pero tanto y tanto debió rezarle, y tan puro fue su arrepentimiento, que al cabo de unos años se vio bendecido con otro hijo, a quien le enseñó respeto por los animales y la tierra.

De ahí que en el noroeste argentino los pobladores hacen la fiesta de la Pachamama, brindando, cantando, bailando y orando (reza-baile), pidiendo por buenas siembras, climas y cosechas.

Brindan con chicha y aloja, una especie de ginebra, caña o aguardiente. Bailan zambas, bailecitos y carnavalitos, además en esos reza-baile, danzan siete “chacareras” (danza tradicional argentina) seguidas, a lo que llaman la “teleseada”, llamada así en referencia a Telésfora Castillo una niña que asistía a los reza-baile, solo a bailar esas siete chacareras. Otra danza que ofrendan es el “Huayramuyo” (revoleo de ponchos al viento) para alejar a los malos vientos.

Si miramos a nuestro alrededor veremos cuantas cosas nos brinda la Pachamama, alimentos, medicamentos, y hasta instrumentos musicales, tal vez no la adoremos, ni le hagamos rituales chamánicos, pero si démosle nuestro respeto.-

 

La Pachamama: La diosa Oscura que es Una y Tres.

Quien osa (amar) el sufrimiento

Y abrazar la forma de la muerte,

Bailar la danza de la destrucción

Para él, viene la Madre.

VIVEKANANDA

La Pachamama poderosa que nos muestra en su triple aspecto cíclico, la imagen de nuestra conciencia profunda, y expresa nuestros diferentes procesos internos y capacidades para ser y actuar.

En su rostro Virgen de la luna creciente y de la primavera (virgen porque se pertenece a sí misma), expresa la energía vital, la autoestima y la libertad que todas poseemos.

En su rostro Madre o Adulta Plena de la luna llena y del verano, nos enseña sobre nuestra capacidad de vinculación con otras y otros sin subordinación.

Y en su rostro Anciana Sabia de la luna menguante y del otoño, nos convoca a despertar en nuestro interior la capacidad de cambio y transformación.

Pero un poder trascendente y más hondo sostiene a todas esas cualidades y a esta faceta lunar se la ha llamado desde siempre: La antigua. La Oscura. La Diosa del Origen y su fase es la luna nueva (luna oscura) y el invierno, cuando se ha vaciado de toda luz solar y oculta su faz a la mirada indiscreta de los seres humanos.

clip_image001           Luna nueva que es origen y cuna, fin y tumba de todo lo viviente. La oscura noche, el frío invierno, la Sabiduría. Tiempo de vaciamiento. Entrega, preparación y transformación. Regeneración. Sabiduría. Contención. Tradición. Concentración y disolución.

Hijas de la luna. Hijas de la tierra: Hijas, Madres, Compañeras, Sanadoras, Hermanas, Sabias, Tejedoras, Hadas, Brujas, Magas... somos todas las que reconocemos que ser mujer es un don divino que merece agradecimiento y respeto pues cumple una función vital e irremplazable en el ciclo de la vida.

Extracto del libro: Hijas de la Luna de Ana Cuevas Unamuno

LA FE Y LAS MONTAÑAS

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Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.

Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino

cambiar de sitio, y cada vez era mas difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.

La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las

montañas permanecen por lo general en su sitio.

Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual

mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de Fe.

Augusto Monterroso, La oveja negra y otras fábulas, 1969