martes, 19 de marzo de 2013

El espejo

Un cuento de Marta Brunet (Chile, Chillán)

Sobre la consola el espejo se adosa al muro con bollones de bronce labrado. Lo pusieron allí para que su fría lámina abriera profundidades recónditas al estrecho pasillo hacia el lado del ensueño. Del pasillo aprisionado en la penumbra que media entre la puerta de acceso al departamento y una cortina obscura, tras la cual se supone el comienzo de la intimidad. La luz no entra al abrirse la puerta porque el rellano es ciego, y a su vez las gentes no favorecen la imposible intrusión, apresuradas por irse más allá de la cortina, a esa gran habitación que finaliza con un muro de cristales, balconada florida sobre el aire de un parque.

Del cielo raso del pasillo pende una farola cuyos bronces hacen juego con los bollones del espejo. Permanece perdida en las tinieblas aún más densas del techo, pero solían encenderla -cuando había invitados-. Y cómo se obstinaban en evidenciarse las luces en aquellas contadísimas ocasiones, fuera de lo común en ese hogar en que un hombre y una mujer regían pacífica y aisladamente su vida por horas inmutables, ya previsiblemente engranadas en sus correspondientes acontecimientos.

Alguna vez, encendida la luz al azar, el mármol de la consola, la bandeja de plata que allí espera imposibles tarjetas de visitantes y la superficie del espejo aparecen infinitamente desamparados en su respectiva soledad, perdidos en el desencuentro de aquella súbita iluminación, como despertados, no de un sueño, sino de un doloroso insomnio interior. Apagada la luz, la penumbra devuelve al pasillo su inexistencia, su condición de tránsito ajeno a lo familiar.

Un día que la mujer repasa lenta y prolija la suavidad de una gamuza sobre el espejo, repara en la mancha. Frota con mayor energía. Piensa en voz alta, como suele hacerlo:

-¡Vaya, por Dios! -demorándose en cada sílaba que tanto tiene de súplica como de anticipada resignación, -alargándolas con la misma paciencia que pone en su gesto-. ¡Vaya, por Dios!

Porque aquello no es mancha sobre la faz del espejo, su rebeldía a la suave insistencia de la gamuza lo revela, sino algo más definitivo: falla del azogue, desvaída lepra amarillenta del tiempo que allí esparce sus implacables líquenes.

Enciende la lámpara para mejor observar el defecto. Una escandalosa luz de haces refractarios desnuda súbitamente sus dormidas espadas contra el blanco de las paredes, resbala por la piel fría de la consola por el peto reluciente de la bandeja, y al multiplicarse en el espejo, hace pestañear a la mujer que busca adueñarse de nuevo de su visión.

Es a sí misma a quien halla aprisionada por las estrías rojinegras entre opacidades neblinosas, entre diminutos percudidos que cubren al espejo como calofríos de su superficie. Se queda mirando, mirándose, mirándose, no a sí misma, sino mirándose en aquella extraña, mirando a esa mujer manchada, deshecha, deforme, borrosa como en un mal recuerdo, hundida en un pantano, sí, deforme con la boca abierta, con los ojos despavoridos con que afloran sobre las aguas los ahogados que han perdido entre el légamo del fondo su verdadera figura.

Permanece rígida en la contemplación. A su alrededor el aire se hiela en zonas que van adhiriéndose a su cuerpo hasta formarle un preciso revestimiento de calco. Y no es su propia forma la que el aire ciñe, sino la forma de la otra. Huecos inconfesables, huecos que sólo la muerte puede colmar median entre su ser y el molde que el aire finge en su torno. Sigue mirándose, pero escucha ahora en su interior el denso silencio de su sangre. Rodeada de frío, inmóvil. ¿Ésa es ella? ¿Ella misma? ¿O tina intrusa que hubiera osado penetrar por la puerta de acceso y aprovecha esa puerta de un rellano ciego para insinuarse en su destino? No puede habituarse a su rostro. Despacito, con una precaución que implica miedo a que los músculos no la obedezcan, hace un movimiento, corriéndose de costado. Otra cara, igualmente ajena a la suya, la mira desde este nuevo ángulo con idéntico pasmo, al que la ausencia de toda ironía torna insoportable.

Oye el eco de antiguas voces diciendo desvaídas frases.

“¡Qué belleza!" Voces oídas ¿,cuándo? Más allá del espejo, en una lejanía por la que transitaba su sangre niña como un alborotado torrente secreto. Sí. Allá en el pueblo fluvial de su infancia, en la época en que su delantal blanco revoloteaba por la avenida ribereña al volver de la escuela con el bolsón de los cuadernos apretado bajo el brazo. Sí. Entonces. La voz única de la madre, la plural e indiferenciada habla de las tías y el parloteo de las buenas vecinas desbordadas en los batones caseros, anchas de siestas y de benevolente indolencia. "¡Qué belleza!"

Y ella corría en busca del espejo para pedirle confirmación de esa belleza, que, de ser cierta, la empavoreca un poco. Y sólo hallaba unos ojos de azorado terciopelo negro y las gruesas trenzas obscuras y la boca y la nariz y todo su rostro moreno hecho de apretada leche y canela. Y continuaba contemplándose sin hallar belleza alguna, esa cosa terrible que entendía ella como belleza, y que debía abrazar el rostro que la soportara.

Sólo sabía que le gustaba estarse silenciosa, que le dieran obligaciones hogareñas, porque el trajín era una manera de hurtarse a la escuela y a las gentes, al que hacer tan de su gusto, tan insensible que se tornaba en un no hacer, en un ocio animado y feliz que a veces le dejaba sobre la palma de la mano abierta la levedad de una verde hoja, de un desamparado pétalo, de una vívida gota de agua.

Sabía eso y que el cuerpo incomodaba con una exuberancia que sentía ajena, tropezando con sus desacostumbrados pequeños pechos, con sus pesadas rebeldes creencias agobiadoras, descompasada con el juego aún torpe de sus caderas empeñadas en insinuar un idioma incomprensible. Sí, Todo eso era misterioso e inquietante. Descubrir algo ajeno aflorar de sí misma, como ciertas inflexiones de su propia voz de súbito asordada, reclamo de una vieja sabiduría que estaba allí, mucho antes de que ella naciera, que su sangre percibía al mismo tiempo que pintaba de rojo sus mejillas y encendía la frescura de ascua de su boca. "¡Qué belleza!" Belleza de niña, de muchachita, de joven, de mujer ya cabal. Belleza realzada por la transparencia con que era inadvertida, intacta por no haber sido goce de su propia dueña, ofrecida sin mácula para el asombro y la alegría de quienes la contemplaban.

Nadie sabe cómo -ella lo sabe menos que nadie- un día un hombre se sitúa a su lado, tranquilo, naturalmente, sin sobresaltos, pero también sin dudas, como llega la siesta tras el frescor de la mañana. Y otro día ya ese hombre tiene el distintivo natural de marido, fructificación de aquella otra palabra: novio, que tampoco supo cómo ni cuándo tuvo su origen. Todo va sucediendo con esa serena fluencia no exenta de recóndita majestad de ciertos destinos, en los que cada estación encuentra la justa correspondencia de su clima. Es feliz. Tiene un marido. Tiene una casa. No tiene hijos, y como no los tiene, no los ambiciona. No hay dolor en esa ausencia. No hay ausencia siquiera. Es que su vida tenía que ser así: su afán está en el presente y el presente es inviolable: no puede ser sino como es. Lo vive intensamente, en profundidad, con la sabiduría específica de su condición de mujer. Tiene un marido, tiene un hogar. A su hora sabe para qué sirve el cuerpo y cómo por la red de sus nervios puede fulgurar el instantáneo pez del placer. dejándose entrever en su deslumbramiento la lejanía de sus límites interiores.

¿Cómo habían pasado los años? Lo ignora. ¿Es que realmente habían pasado? Aquel lento deshojar de almanaques sucesivos, aquel arrancar las hojas que levemente estrujadas por sus manos iban a parar al cesto de los papeles, ¿tenía alguna relación íntima con ella? ¿No era algo desconectado con su ser, mecánico, desprovisto de toda eficacia frente a la persistencia de su identidad? Pero las horas que parecen volar dispersas arrastran tras de sí a los días, y de pronto se advierte que tantos días han formado un año. Y mientras ¡pasan tantas cosas! Nunca grandes cosas, eso no. Las grandes cosas siempre tienen algo desvergonzado en su evidencia. Pero los mínimos acontecimientos, como las lentas lloviznas, inadvertidamente calan hasta lo hondo. Y cosas pequeñas se suceden.

Ya no se vive en una pensión, sino en la buhardilla de una gran casa. Y después en un departamento. Y se compran muebles. Y se compran más muebles. Y se añaden algunas chucherías con las que antes ni se soñaba. Y hoy es un reloj de pulsera. Y mañana un abrigo de pieles.

Parsimoniosamente crece la cuenta de la caja de ahorros. Sí. Porque se prospera, y a un ascenso sigue otro. Y eso que no se advierte, es eso que de advertirse se llamaría felicidad. Cada hora entraña una obligación. Todo tiene en la casa el secreto ritmo de los vegetales, cuya savia circula sin latidos. lentísima, manteniendo el verdor del follaje y la tersura del fruto. Cuando se queda sola están los quehaceres y cuando está el marido existe una atmósfera llena de cálidos puntitos luminosos en que la ternura resplandece mágicamente a través de la costumbre.

Sonríen. Conversan.

¿De qué hablan? De esas mil menudencias que no es necesario ni escuchar siquiera, de los mínimos detalles cotidianos, tanto de la oficina como de la casa, en monólogos que se interfieren sin llegar a unificarse en diálogo. Porque el secreto está en prescindir del sentido utilitario de las palabras, en usarlas tan sólo para oír y hacerse oír, como un contacto verbal.

Eso era antes. Hace ya tiempo el silencio insinuó su lenta marejada, cada una de cuyas olas fue ganando imperceptible pero irrevocablemente terreno, socavando la convivencia. ¿Qué han hablado hoy durante el almuerzo? Él ha dicho:

-Otra vez llegó tarde ese Gutiérrez. Ya no se puede más con él.

-Deberías dejarte de contemplaciones y decírselo al jefe.

-Es muy fácil aconsejar eso: pero cuando se piensa que tiene mujer y tantos hijos...

Ella ha callado ante el argumento repetidamente eficaz, porque eso se ha dicho esta mañana, como se dijo antes de ayer y la semana pasada. Infinitamente ese Gutiérrez incurrirá en su falta, como un tedioso fantasma al que no es posible arrancar de su destino; reiteradamente será perdonado en gracia a la mujer desvanecida detrás de la neblina del impreciso número de hijos. Lo han repetido tantas veces, con igual tono, con semejantes palabras, que ya no significa siquiera una defensa contra el silencio, sino una forma de callar en voz alta. Y así todo, aun de esos temas baladíes, hablan cada vez menos que antes, que ese "antes" lleno de acontecimientos tan infinitesimales que sólo pueden diferenciarse en que se produjeron en la pieza de la pensión, en la buhardilla de la gran casa o en este departamento. Como los tres consabidos escenarios de las comedias en tres actos que suelen ir a ver los domingos por la tarde. Pero lo que pasa en los tres escenarios de su propia vida es tan monótono que no podría hacerse una comedia con todo ello. No... ni un drama tampoco.

Mueve la cabeza dentro de su molde de hielo, y los ojos que han estado mirándose y no viéndose se prenden de nuevo sorprendidos a la imagen que flota entre esas densas aceitosas aguas.

Allí hay una mujer desconocida que la observa. No, no es ella la que contempla a esa mujer desconocida, sino que es la desconocida quien la mira a ella, a la que ella cree que es. Una mujer gorda, con los ojos inexpresivos de betún sin lustre, de alquitrán, de cualquiera materia espesa y opaca. Debajo de cada uno de ellos hay una media moneda en una bolsita de piel muy fina, amarillenta, incontablemente rayada. Y la flaccidez de las mejillas rebasa sobre el cuello en doble comba, unificándose en la doble papada. Y los pechos, otrora increíbles, derrumbados sobre el vientre. Caída, toda ella caída en un desmoronamiento informe, de grasa desparramada, de carne rebelde a toda arquitectura ocultando en sus densidades el esquema ideal de sus huesos, en cuya muerte aún persiste paradójicamente la finura de la muchachita.

-¡Vaya, Por Dios! -repite, e insiste en frotar el espejo aunque tiene ya conciencia de la absoluta inutilidad de su gesto.

Algo levanta el eco de morosos diálogos pretéritos:

-Sería bueno que te compraras un vestido.

-Para lo que salgo...

-De todas maneras. Deberías cuidarte un poco más de tu apariencia.

Súbitamente desentraña ahora la expresión con que el marido se la quedó mirando, con mirada que no iba de los ojos de él hacia ella, sino hacia más adentro, buscando algo que no alcanzó a ver, porque debió atender las tostadas que se pasaban de punto en la cocina. Pero ahora comprende la falsedad de la palabra “apariencia" aplicada a una mujer. Que es mucho más que apariencia, que puede ser lo más dramático de su realidad. Ahora sabe que su marido estaba mirando a esa que está ahí, en el espejo, tratando de resucitar en ese esperpento a la que ella creía seguir siendo, la que suscitara las pretéritas voces de la admiración pueblerina‑ "¡Qué belleza!”. La certidumbre de la vejez la penetra de pronto con su relente maligno, emanado de las detenidas aguas del espejo. No siente ya que sea una desconocida quien la mira desde su fondo, sino que es ella, ella misma, súbitamente desposeída del encanto que no supo defender contra el tiempo; ella, a la que hay que comprar un vestido para disimular las deformidades, y también arrebolarle las fláccidas mejillas y teñirle piadosamente las canas. También, ¿por qué no?

Un gesto le enarca la boca y un insidioso escalofrío recorre su imagen. Se queda instantáneamente endurecida, cual si la alcanzara la solidificación del espejo, con la sensación de que no logrará jamás un movimiento. Algo tiembla en su interior y repercute dolorosamente en su corazón. A su ritmo asordado la sangre se precipita por el intrincado ramaje de sus arterias. Aprieta los dientes conteniendo la respiración, tensa cada fibra de su cuerpo. Luego, con brusquedad, aspira el aire, jadeante, y por un momento logra tranquilizar el corazón, devolviéndolo a su ser habitual. Mira reposadamente los ojos de su imagen que le devuelve con idéntica calma su mirada. Y es por allí, por esa mirada, por donde el miedo penetra en ella, colmando su pecho extendiéndose tumultuoso, anegándola toda. Terrible miedo irrazonado, miedo puro, no sabe a qué, acaso a sí misma. Miedo puro inexorable. Girar de paisajes sumergidos, y en central remolino su cara, la de ella, la de la otra, enfrentadas en única soledad, con los ojos de ahogada aferrándose a ella, tironeando de ella hacia el fondo de pavorosas honduras.

Tiende los brazos con las manos abiertas buscando no ver su imagen, y tropieza con las manos de la otra, que adhieren a sus palmas buscando su apoyo para saltar fuera de las inmóviles aguas.

-¡No quiero! -grita- ¡No quiero! -Las palabras rebotan sobre el cristal a la par que sus manos, ahora empuñadas en frenético trabajo de destrucción, en mágica impotencia para desvanecer un terrible conjuro.

Jadea, caen sus brazos derrumbados por el cansancio. Espera para recobrar el aliento, agarra la bandeja de plata. Por un segundo la costumbre le devuelve el orgullo que el peso de su noble metal le proporciona. Pero eso es sólo un ramalazo del pasado. La empuña y golpea, golpea tensa, eficaz, trabados los dientes, empecinada, pega contra la lámina del espejo que fracasa en ángulos en dispersas luces desmoronadas, en filudo estrépito. E insiste en cada trozo, minuciosamente en cada astilla.

Muele aún, con mecánico brío, a la hora en que se abre la puerta, porque es la hora en que debe ser abierta, y da paso al estupor del marido.

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